Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

lunes, 13 de agosto de 2012

EDUCAR EN LAS VIRTUDES


LA DIALÉCTICA EDUCACIÓN-VIRTUD, PREMISA PARA OTRO MUNDO POSIBLE

Pbro. Ramón Obdulio Lara Palma

Seminario Santiago Apóstol, Santiago de María


Hay conceptos que envejecen, pierden frescura y pierden fuerza. El concepto virtud es uno de esos (Cfr. Mongillo, 1890). Poner en diálogo el concepto virtud con el de educación, por tanto, no parece muy de moda o de mucho interés. Muy poco se habla de las virtudes y mucho menos de educación en las virtudes. Dado ese subrayado desinterés, en este breve ensayo intentaremos discurrir sobre la posibilidad de poner en diálogo la educación y las virtudes. Ante todo debemos preguntarnos sobre la posibilidad de una educación en las virtudes ¿Son las virtudes realidades concernientes a la educación? Si lo son ¿Cómo se ha de entender esa relación entre virtud y educación? Y aunque parezca banal la inquietud, veremos que no lo es.

Por otra parte, trataremos de descubrir la potencialidad que tiene el diálogo entre educación y virtud, de tal modo que podamos adelantar la hipótesis de que los cambios verdaderos, incisivos y duraderos en la sociedad actual, deben pasar por esa dialéctica. La síntesis de esa dialéctica, consideramos, no puede ser otra que la de un mundo otro, rejuvenecido, humanizado con lo mejor de lo humano. O bien, que la dialéctica educación-virtud es una premisa indispensable para otro mundo posible.

Breves puntualizaciones y definiciones

Una sencilla definición de virtud es la que afirma que son hábitos buenos que perfeccionan las facultades del hombre para seguir la verdad y la bondad. Los griegos la llamaban “areté” y los latinos la tradujeron por “virtus”. En ambos usos lingüísticos el contenido del concepto, a pesar de la polisemia que está en la base griega, es similar: lo mejor de lo humano.  Para los griegos, sólo a través de las virtudes morales el hombre puede llegar as ser realmente libre. De ahí que Aristóteles en su Ética Nicomaquea nos ofrezca el tratado más detallado sobre las virtudes que desde la antigüedad haya llegado hasta nosotros. Por su parte, los Estoicos hicieron muy popular este tema.

Tanto para Aristóteles como para los griegos en general, las principales virtudes son cuatro: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. A estas virtudes se les llama  virtudes humanas o virtudes morales. Pero por estar a la base de muchas otras virtudes también se les llama virtudes cardinales. Al respecto, los libros bíblicos más tardíos dejan constancia de la presencia de este elenco de virtudes, muy apreciado al parecer por el judaísmo disperso por el mundo greco-romano: “El fruto de sus esfuerzos son las virtudes, porque ella (la Sabiduría) enseña la templanza y la prudencia, la justicia y la fortaleza, y nada es más útil que esto para los hombres en la vida” (Sab 8,7).

Con la llegada del cristianismo se agregó un elenco más a las cuatro ya conocidas en el mundo greco romano, se agregaron las llamadas virtudes teologales: “Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza y la caridad, pero la más excelente de ellas es la caridad” (1 Co 13, 13). La fe, la esperanza y la caridad se unen a la prudencia, justicia, fortaleza y templanza para  formar el septenario ideal: lo humano y lo divino se entre cruzan para llevar al hombre a la perfección. Por eso Santo Tomás trata las siete virtudes en modo orgánico y detallado. Pero el aquinate comienza su reflexión sobre las virtudes hablando primero sobre las teologales (S. Th. II, II), dejando ver claramente con ese orden la prioridad de estas sobre las cardinales y explicando que si unas vienen directamente infundidas por la gracia de Dios, las otras pertenecen a la naturaleza del hombre pero que las tales son elevadas y purificadas por la gracia divina.

En esta precisión de conceptos necesitamos decir una palabra sobre la educación. En primer lugar vayamos al significado etimológico. Educación puede entenderse desde la raíz griega “educere” y “educare”. La primera acepción hace referencia a la actividad de “sacar, extraer, elevar y avanzar”. Según esta acepción, educar no es tanto poner algo “dentro de” sino al contrario, es un sacar, un evidenciar. Por otra parte, la acepción “educare” refiere a la acción de “criar, cuidar, formar o instruir”. En este caso la educación remite a la actividad de posibilitar desde fuera el desarrollar un potencial que ya se tiene dentro pero que necesita de cierto cultivo, cierta crianza y cuido. Esta perspectiva polisémicas de la educación hace ver que éste es un concepto muy rico, preñado de posibilidades comprensivas.

Por eso es que relacionar las  virtudes con el tema de la educación resulta algo muy rico también.


¿Cómo se ha de entender la relación entre virtud y educación?

Para profundizar en la comprensión de esta relación necesitamos primero hacer una rápida mirada a la antropología que tenemos a la base. Comencemos preguntándonos ¿Es el hombre virtuoso por naturaleza? La respuesta a esta pregunta viene de diversos ángulos. Para Aristóteles la virtud es un hábito, o sea, no es connatural al hombre.  Puede pensarse entonces que para Aristóteles las virtudes son adquiridas sólo mediante la educación. Pero, por otra parte, la Biblia afirma que el hombre fue creado por Dios con una bondad innata, el hombre es bueno por naturaleza y tiende al bien connaturalmente, por tanto es virtuoso por naturaleza: después de crear al hombre “vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien” (Gn 1,31).

Además, la antropología bíblica deja claro que el hombre a parte de haber sido creado bueno y orientado siempre hacia el bien es también auxiliado por Dios, por pura gracia, para que pueda desarrollar toda esa bondad natural. Por eso la antropología teológica incluye el tema de la “gracia” como parte de esa correcta comprensión del hombre (Cfr. LADARIA, 61). Dentro de ese dinamismo de gracia entra la infusión de las virtudes teologales para que el hombre pueda adherirse a la vida divina y mediante esa adhesión purificar y elevar lo mejor de su naturaleza (las virtudes humanas). Es verdad que el hombre no siempre sabe distinguir el verdadero “bien”. El drama del hombre radica en su conocimiento: el hombre busca siempre el bien pero no siempre conoce el camino para alcanzarlo y en esa búsqueda muchas veces se pierde. Entra de esa manera la realidad del vicio o pecado, es decir, buscar el bien y la felicidad por el camino equivocado (Cfr. B. HÄRING, 1890-1893).

Con razón el Catecismo de la Iglesia Católica va a decir que las virtudes humanas son desarrolladas mediante la educación: “Las virtudes humanas adquiridas mediante la educación, mediante actos deliberados, y una perseverancia, mantenida siempre en el esfuerzo, son purificadas y elevadas por la gracia divina” (CEC, 1810). Sin duda que aquí podemos aplicar el concepto educación en su doble acepción, como sacar-extraer y como criar-alimentar, pues el desarrollo de la vida virtuosa al ser un acto deliberado, perseverante y esforzado, es alimentado y elevado por la gracia divina. La educación se convierte en una aliada de la misma gracia. Y eso está muy en sintonía con la doctrina de la “gracia cooperante” que enseña la Iglesia.

La educación, por tanto, se vuelve una exigencia frente a la virtud. El hombre necesita ser conducido, guiado para poder sacar de sí mismo lo mejor que hay su naturaleza. Puede ser que por sí mismo no pueda elevar esa virtud y por ello necesita de las mediaciones de la gracia: el acto o proceso educativo. El hombre necesita ser ayudado para que pueda desarrollar su connatural bondad, necesita de las mediaciones que le alimenten y cuiden para que no se enquisten en su bondadosa naturaleza los dardos del vicio o pecado. El vicio/pecado no es propio del hombre, es una contradicción de su naturaleza. El hombre, mediante la educación, podrá desarrollar su virtuosidad y por tanto alcanzar la plenitud de su ser, la verdad de su ser. Por ello también el catecismo afirma que la práctica de las virtudes es fuente de felicidad, de la verdadera felicidad (Cfr. CEC, 1810).


¿Cómo podría cambiar la sociedad de la actual posmodernidad?

Hemos comenzado diciendo que el momento presente está ignorando el tema de la virtud. Mucho menos se plantea la posibilidad de un tesonero trabajo educativo en las virtudes. Pero también está claro que el hombre posmoderno, como el de todos los tiempos, anhela alcanzar la plenitud de su ser. Sólo que los caminos que la modernidad y la posmodernidad le han ofrecido para alcanzarla son erráticos o insuficientes. Las vías que se han elegido pasan por la exacerbación del yo (egolatría), la hegemonía del tener frente al ser, la supremacía de lo material sobre lo espiritual/trascendente, la glorificación del vicio frente a la virtud. Todas estas opciones ofrecen la posibilidad de alcanzar niveles de plenitud y felicidad, pero unas sólo ofrecen efímeros asomos que pasan fugazmente, mientras que las otras ofrecen la sólida, permanente y plena realización de la naturaleza humana.

En estos últimos lustros hemos oído de la necesidad de buscar “otro mundo posible” (Cfr. L. BOFF, 12). Pues el mundo que tenemos parece haber perdido el encanto. Las grandes propuestas de la modernidad cedieron frente a una posmodernidad que se afianza a partir del desencanto y la frustración. Los meta relatos y utopías han desaparecido.  Y como hemos ya señalado, el hombre posmoderno como un verdadero Narciso se está ahogando en las aguas de su ego, como nuevo Dioniso se está emborrachando con el vino de su propia sangre. Por eso muchos están clamando la necesidad de hacer posible otro mundo. Este que tenemos, el que hemos construido, no es digno del hombre. En tal caso las propuestas para construir ese nuevo mundo  vienen desde muchos ángulos. Por eso es que no dudamos en sumarnos a esa miríada de  proposiciones.

Así pues, y comencemos diciendo esto, tal parece que todo mundo ha comprendido de que la “educación es la solución”. El único problema de ese axioma es que no se especifica de qué educación se está hablando. Pues sucede que para muchos educación se reduce a “instrucción técnica”, para otros es “adoctrinamiento” en ciertas teorías, para algunos la educación es sólo alfabetizar. Sin embargo, no dudamos en refrendar nuestra adhesión a ese enunciado: sin lugar a dudas la educación, para alcanzar otro mundo posible, es la solución. Pero en el sentido con que hemos comprendido la educación, como la acción que posibilita el sacar lo mejor que hay en la naturaleza del ser humano, la acción que ayuda a cultivar y alimentar todo el potencial que posee el hombre. Educar es hacer posible que el hombre sea verdaderamente hombre, despliegue la verdad de su ser, saque a flote la grandeza de su naturaleza. En otras palabras, no hay verdadera educación si no hace al hombre virtuoso.

Con razón los griegos pensaban que la “areté” era el resultado final de una verdadera educación. Si el resultado no era un hombre virtuoso la educación no había cumplido con su cometido. Además, la polis ideal, la sociedad perfecta,  podía ser sólo aquella compuesta por hombres virtuosos. El hombre carente de virtud no era digno de la polis. Hoy podemos decir que el hombre carente de virtudes no ha alcanzado la verdad de su ser y por tanto no podría ser parte de ese nuevo mundo posible: el mundo del hombre virtuoso, del hombre que ha alcanzado la plenitud de su ser. Sólo en un mundo integrado por hombres virtuosos es que merecería la pena vivir. Todo mundo así lo desea, aunque no se explicite tal deseo. Y ese mundo nuevo, digno del hombre, sólo la educación lo posibilitará.


 BIBLIGRAFÍA

1-    TOMAS DE AQUINO, Suma Teológica, BAC, Madrid, 1990.
2-    D. MONGILLO, “Las virtudes”, en NDTM, Paulinas, 1992.
3-    B. HÄRING, Liberi e Fedeli in Cristo, I, Paulie, Roma, 1979.
4-    CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA.
5-    ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco.
6-    L. F. LADARIA, Teología del Pecado Original y de la Gracia, BAC, Madrid, 1993.
7-    L. BOFF, Las Virtudes para otro mundo posible, Sal Terrae, Madrid, 2007.

lunes, 21 de mayo de 2012

LA EDUCACIÓN ES LA SOLUCIÓN


TODOS SUBIDOS EN EL MISMO BARCO

Pbro. Ramón O. Lara 
Teologado Santiago Apóstol, Santiago de María 

Los diccionarios y los manuales de pedagogía definen la educación como el proceso por medio del cual se puede sacar a flote lo mejor de la persona. Pero ese proceso implica todavía un proceso anterior, algo que tuvo que haberse hecho primero: el proceso de haber introducido dentro de la persona eso bueno que ahora, mediante el acto educativo, se pretende sacar a flote. Estamos entrando, de este modo, al terreno antropológico: ¿Quién es el hombre? Y necesitamos dar esa respuesta: el hombre es un ser dotado de bondad por naturaleza: quien lo creó ya depositó la bondad en su interior. La educación sólo tiene como tarea sacar a flote esa bondad existente.

Sin embargo, el hombre es un ser que se va haciendo, no está acabado. Por eso, si bien es cierto que por naturaleza la bondad está en su interior, hay que decir también que en el proceso de desarrollo de su ser, el hombre puede ir adquiriendo e introduciendo en su interior semillas de maldad. El mal puede anidarse en lo más profundo del ser del hombre. Por eso es que el proceso educativo puede ser, si no se cuida con atención, un proceso de “mala educación”. ¡Por supuesto que se puede desarrollar un proceso en el que se saque a flote la maldad que haya sido asimilada y depositada en la intimidad del hombre en su proceso de construcción! 

Por eso no basta con la educación. Puesto que el proceso educativo puede ser negativo (“mala educación”) es necesario dar el paso a la formación. La educación puede sacar a flote muchas cosas y entre esas cosas pueden estar lo bueno y lo malo. La formación se encargará, entonces, de separar lo bueno de lo malo y dar la “forma” buena que le corresponde al ser del hombre. La formación es un complemento de la educación. Sin la formación la educación se queda muy limitada.

Ahora bien, el proceso formativo comienza con un dinamismo “in-formativo”: dar forma en el interior del hombre. Ese dinamismo informativo comienza con el ofrecimiento de datos cognitivos (que es lo que comúnmente entendemos por información) pero también se deben ofrecer los datos afectivos. El dinamismo informativo implica dar forma al interior del hombre con datos afectivos: la afectividad es una realidad omnipresente en el ser humano. Si no se da ese dinamismo “in-formativo” con datos cognitivos y afectivos puede desatarse un dinamismo “de-formativo”, pernicioso; o sea, la formación no será eficaz ni oportuna, sino “deformante”. Por eso la formación debe atender ese dinamismo informativo integral: se forma con datos intelectivos y con datos afectivos. Una formación meramente académica es muy limitada, necesita de la formación afectiva. Con razón la psicología últimamente ha descubierto la “inteligencia emocional”.

Si la educación y la formación se complementan, con mayor razón podemos decir que necesitan de la comunidad para poder cumplir sus propios cometidos. Hemos advertido que el ser humano es un ser siempre en construcción y por tanto el ambiente social, la comunidad, resulta ser una realidad que ineludiblemente le afecta. Si la comunidad es una comunidad deformante, esa persona sacará a flote lo malo de sí, habrá mala educación. Si la comunidad es una comunidad formativa, esa persona dará lo mejor de sí, y entonces estamos hablando de verdadera educación. No podemos ignorar el rol de la comunidad en el proceso educativo, en la acepción que estamos manejando. La comunidad forma y deforma, educa o mal educa. Eso quiere decir que la comunidad es determinante en el proceso educativo, no se puede eludir.
Por último podemos decir que la conjunción de los tres elementos (educación-formación-comunidad) resulta indispensable para desatar también dinamismos de desarrollo sociales, culturales y económicos.

Sin una buena educación, que no se ampare con dinamismos formativos adecuados, y por tanto sin la participación positiva de la comunidad, no habría desarrollo en ningún conglomerado social. El verdadero desarrollo parte de un buen ambiente educativo-formativo, y por ello de una comunidad involucrada en la construcción de ese ambiente. Ciertamente hay experiencias en las que se ha posibilitado un enorme dinamismo informativo y capacitación técnica de las personas, pero se han olvidado los dinamismos formativos integrales. Tales sociedades han desarrollado ampliamente su estructura económica, no así su cultura y su bienestar integral. Porque no siempre estando bien económicamente se esté bien integralmente. El desarrollo integral de los pueblos depende de su buena educación-formación y por tanto del compromiso de sus miembros.

Por eso el título así este pequeño ensayo. Si no nos comprometemos todos en el proceso educativo integral de nuestras futuras generaciones, corremos el riesgo de naufragar en la aventura de avanzar en el progreso integral que deseamos como pueblo. El desarrollo de nuestro querido país depende de como estemos propiciando todos, desde la trinchera de cada uno, un buen ambiente educativo-formativo. Muy probablemente la generación anterior a la nuestra descuidó muchos de estos aspectos y por eso nos sentimos hundir como sociedad salvadoreña. El resquebrajamiento moral, el deterioro cultural, la pobreza económica, la aguda crisis social de la violencia, entre otras cosas, son síntomas evidentes de un descuido en la educación-formación de la generación actual. En este barco estamos todos, y por eso no nos podemos desentender. O nos salvamos todos o todos nos hundimos.

jueves, 8 de septiembre de 2011

TERESA DE LISIEUX Y D. BONHOEFFER


HISTORIA DE UN ALMA DE TERESA DE LISIEUX
UNA LECTURA COMPARATIVA


Pbro. Ramón O. Lara
Seminario Santiago Apóstol

Confieso que la veta espiritual que Santa Teresa ha abierto con su gran experiencia de Dios, testimoniada en “Historia de una alma”, no había sido de mucho interés para mí. Particularmente por el lenguaje con que se habla acerca de esa experiencia espiritual, es decir, conceptos como: “caminito”, “infancia espiritual”, “florecilla de Jesús”, “el pequeño pajarillo”, “ofrecimiento de florecillas”, “el pincelito”, etc. Es un lenguaje que contrasta con la sensibilidad que se había desarrollado en mí a partir de la lectura de varios autores del siglo veinte, particularmente con la lectura de Dietrich Bonhoeffer y su obra póstuma “Resistencia y sumisión”. En tal obra los conceptos son diametralmente diversos. Bonhoeffer habla de “cristianismo adulto”, de “mundo adulto”, de “mundo sin Dios”, “cristianismo sin religión”, etc.

Quiero aclarar que la lectura de Historia de un Alma ha estado matizada y asimilada a partir de este filtro previo, a partir de este casi prejuicio. Sin embargo, al final de esa lectura, que resultó ser una “lectura comparativa”, no me queda más que confirmar mis convicciones teológicas pero enriquecidas con una luz diversa que me ha ofrecido la santa del Carmelo de Lisieux. Puedo decir que con la lectura de Historia de un Alma he descubierto una faceta de mi vida espiritual que había descuidado profundamente: la experiencia de la ternura del amor de Dios experimentado en las cosas simples y pequeñas de la vida.

He caído en la cuenta de que el “cristiano adulto”, que debe estar presente en este “mundo adulto y sin Dios”, es el mismo cristiano que debe ante todo “hacerse como niño para poder entrar en el Reino de los cielos”. Al final he captado que tanto la experiencia dramática de la guerra que vivió Bonhoeffer tiene el mismo temple de la experiencia aparentemente sosegada y tranquila de un monasterio del Carmelo, como lo vivió Teresa. El primero busca a Dios en medio del drama del horror de una guerra y la otra lo busca en medio de la batalla campal contra sí misma, en búsqueda de una perfecta pureza espiritual. En ambos casos, creo no equivocarme, llegan al mismo lugar o a similar experiencia espiritual: la experiencia de total y auténtico abandono en Dios. La infancia espiritual de Teresa y la adultez cristiana de Bonhoeffer vienen a ser lo mismo: el verdaderamente adulto en el espíritu es el que se ha “hecho niño”, o sea, el que se abandona totalmente en Dios pero un Dios que hace madurar en el amor.

A continuación presento algunos párrafos emblemáticos en los que encontramos algunas ideas centrales de este maestro del espíritu. Luego hago otra valoración ampliada de esos párrafos, centrándome especialmente en la Santa de Lisieux.

A. El cristianismo adulto: Dietrich Bonhoeffer

“El mundo adulto – sentenciará provocativamente D. Bonhoeffer - es más ateo y, por tanto, está posiblemente más cerca de Dios que el mundo no adulto” (Resistencia y Sumisión, 254). La mayoría de edad, para Bonhoeffer, lleva a reconocer la singularidad de la relación con Dios: “Dios nos hace saber que hemos de vivir como hombres que logran vivir sin Dios. ¡El Dios que está con nosotros es el Dios que nos abandona (Mc 15, 34)! El Dios que nos hace vivir en el mundo sin la hipótesis de trabajo Dios, es el Dios ante el cual nos hallamos constantemente. Ante Dios y con Dios vivimos sin Dios. Dios, clavado en la cruz, permite que lo echen del mundo. Dios es impotente y débil, y precisamente sólo así está Dios con nosotros y nos ayuda. Mt 8, 17 indica claramente que Cristo no nos ayuda por su omnipotencia, sino por su debilidad y por sus sufrimientos” (Ibid., 252).

Dios ya no es el Deus ex machina pretendidamente todopoderoso, hecho a medida de nuestras concepciones del poder, al que se puede apelar cuando uno está escaso de soluciones, sino que el Dios de la Revelación es el que nos abandona, el que nos salva por su receso y su impotencia en este mundo. Este es el Dios revelado, el Dios que ninguna sabiduría humana, ninguna religión, se ha atrevido a proponer.

"Las personas religiosas hablan de Dios cuando los conocimientos humanos (a veces por pereza) chocan con sus límites o cuando las fuerzas humanas fallan. En el fondo se trata de un deus ex machina que ellos hacen salir a escena para resolver problemas aparentemente insolubles o para intervenir en ayuda de la impotencia humana. En una palabra: explotan siempre la debilidad y los límites de los seres humanos. Evidentemente, esta manera de actuar sólo puede durar hasta el día en que los seres humanos, con sus propias fuerzas, harán retroceder un poco sus límites y en que el deus ex machina resultará superfluo" (Ibid., 163).

Y prosigue:

"Me gustaría hablar de Dios, no en los límites, sino en el centro, no en la debilidad, sino en la fuerza, no a propósito de la muerte y de la falta, sino en la vida y la bondad del ser humano. En los límites, me parece preferible callarse y dejar sin resolver lo que no tiene solución (...). Dios está en el centro de nuestra vida, estando más allá de ella".

Bonhoeffer piensa a Dios en la positividad, en el centro de la realidad. El Dios viviente ha creado y crea el mundo. Éste posee su autonomía. Reposa en la mano de Dios. Y por esto Dios no tiene necesidad de intervenir en él de modo visible o milagroso. Pues, como Creador que es, constituye el centro absoluto de la realidad.

La respuesta adulta pasa, en definitiva, por “reconocer que hemos de vivir en el mundo ‘etsi deus non daretur’ (‘aunque no existiese Dios’). Y esto es precisamente lo que reconocemos… ¡ante Dios!; es el mismo Dios quien nos obliga a dicho reconocimiento” (E. BETHGE, “Dietrich Bonhoeffer. Teólogo – cristiano – hombre actual”, p. 252).

Sin embargo, en los momentos de trance, donde el drama de la muerte, la injusticia y el terror que se vive dentro del campo de concentración, es cuando el teólogo llega a afirmar, a través de una oración: “¡Oh Dios! A ti te invoco al inicio del día. Ayúdame a orar y a concentrar mis pensamientos en ti; no lo logro por mí mismo. Reina en mí la oscuridad pero en ti está la luz; estoy solo, pero tú no me abandonas; estoy desalentado, pero en ti está la ayuda; estoy intranquilo, pero en ti la paz; la amargura me domina, pero en ti está la paciencia; no comprendo tus caminos, pero tú sabes el camino para mi” (Oración de navidad de 1943). Una experiencia que no está lejos de lo vivido por la doctora del Carmelo de Lisieux.

B. La infancia espiritual: Teresa de Lisieux

Batalla contra sí misma

La aparente vida sosegada de un monasterio contrasta con las afirmaciones de la santa. La experiencia de purificación mística tiene un fuerte calado de amargura y de dolor: “No, no temía. Esperaba que muy pronto fuera mío el reino del Carmelo. No pensaba entonces en aquellas otras palabras de Jesús: «Yo os transmito el reino como me lo transmitió mi Padre a mí». Es decir, te reservo cruces y tribulaciones; así te harás digna de poseer ese reino por el que suspiras. Si fue necesario que Cristo sufriera, para entrar así en su gloria, si tú quieres tener un sitio a su lado, ¡tendrás que beber el cáliz que él mismo bebió...! Ese cáliz me lo presentó el Santo Padre, y mis lágrimas fueron a mezclarse con la amarga bebida que se me ofrecía”.

Hacia el interior

Al igual que el gran obispo de Hipona, la pequeña mística de Lisieux inicia un camino de interiorización en el que encuentra la miseria y la gracia escondidas allá dentro: “Comprendí bien que la alegría no se halla en las cosas que nos rodean, sino en lo más íntimo de nuestra alma; se la puede poseer lo mismo en una prisión que en un palacio. La prueba está en que yo soy más feliz en el Carmelo, aun en medio de mis sufrimientos interiores y exteriores, que entonces en el mundo, rodeada de las comodidades de la vida y sobre todo de la ternura del hogar paterno”. La grandeza del hombre consiste, pues, en lo que hay en su interior.

Silencio de Dios

La lucha interior no apartó a la pequeña santa de las amargas desolaciones y de la aridez del espíritu, de lo que ya otros maestros espirituales habían hablado siglos anteriores: “Mi deseo de sufrir se vio colmado. No obstante, mi amor al sufrimiento no decreció, por lo que pronto mi alma participó también en los sufrimientos de mi corazón. La sequedad se hizo mi pan de cada día”. Basta leer este otro párrafo para comprender la hondura de su aridez espiritual: “Esos ejercicios, no sólo no me proporcionaron ningún consuelo, sino que en ellos la aridez más absoluta y casi casi el abandono fueron mis compañeros”. (…) “Yo sufría por aquel entonces grandes pruebas interiores de todo tipo (hasta llegar a preguntarme a veces si existía un cielo)”.

El caminito

Pero es allí, en la desolación, donde la santa de Lisieux descubre su “caminino espiritual”: “Me aplicaba, sobre todo, a la práctica de las virtudes pequeñas, al no tener facilidad para practicar las grandes…Las únicas que podía hacer sin pedir permiso (las prácticas de penitencia) consistían en mortificar mi amor propio, lo cual me aprovechaba mucho más que las penitencias corporales”.

Mi vocación es el amor

El camino de la pequeñez espiritual o sea del total abandono en Dio lleva a la búsqueda de la propia vocación, que para Teresa, en su sensibilidad interior consiste en el amar: “Sin embargo, siento en mi interior otras vocaciones: siento la vocación de guerrero, de sacerdote, de apóstol, de doctor, de mártir. En una palabra, siento la necesidad, el deseo de realizar por ti, Jesús, las más heroicas hazañas...” […]“La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto de diferentes miembros, no podía faltarle el más necesario, el más noble de todos ellos. Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que ese corazón estaba ardiendo de amor”.

“Entonces, al borde de mi alegría delirante, exclamé: ¡Jesús, amor mío..., al fin he encontrado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor...! Sí, he encontrado mi puesto en la Iglesia, y ese puesto, Dios mío, eres tú quien me lo ha dado... En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor... Así lo seré todo... ¡¡¡Así mi sueño se verá hecho realidad...!!!”. Pero no cualquier amor, porque “no basta con amar, hay que demostrarlo.” Igualmente, porque “los pensamientos más hermosos no son nada sin las obras”.

Caminito recorrido en obediencia

Si la vocación para Teresa era ser en el corazón de la Iglesia el amor, este amor se demuestra en las cosas concretas, pequeñas y cotidianas de la vida: “No tengo otra forma de demostrarte mi amor que arrojando flores, es decir, no dejando escapar ningún pequeño sacrificio, ni una sola mirada, ni una sola palabra, aprovechando hasta las más pequeñas cosas y haciéndolas por amor...” […] “Usted, Madre, sabe bien que yo siempre he deseado ser santa. Pero, ¡ay!, cuando me comparo con los santos, siempre constato que entre ellos y yo existe la misma diferencia que entre una montaña cuya cumbre se pierde en el cielo y el oscuro grano que los caminantes pisan al andar. Pero en vez de desanimarme, me he dicho a mí misma: Dios no puede inspirar deseos irrealizables; por lo tanto, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la santidad. Agrandarme es imposible; tendré que soportarme tal cual soy, con todas mis imperfecciones. Pero quiero buscar la forma de ir al cielo por un caminito muy recto y muy corto, por un caminito totalmente nuevo”. ¿Cómo es posible recorrerlo?

El ascensor espiritual: el confiarse totalmente en Dios

No por las propias fuerzas, sino por el total abandono a la gracia de Dios: “Y entonces fui, adivinando que había encontrado lo que buscaba. Y queriendo saber, Dios mío, lo que harías con el que pequeñito que responda a tu llamada, continué mi búsqueda, y he aquí lo que encontré: Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo; os llevaré en mis brazos y sobre mis rodillas os meceré. Nunca palabras más tiernas ni más melodiosas alegraron mi alma ¡El ascensor que ha de elevarme hasta el cielo son tus brazos, Jesús! Y para eso, no necesito crecer; al contrario, tengo que seguir siendo pequeña, tengo que empequeñecerme más y más”. Eh ahí el secreto. Ya san Pablo y san Agustín lo habían también advertido: “todo es gracia”.

Espíritu misionero

Habiendo encontrado la propia vocación en la Iglesia no queda otro paso que expandir, comunicar ese don a todos los que sea posible arribar: “Sé que, si Dios me llamara a tierras lejanas, ese obstáculo desaparecería. Por eso, vivo sin la menor inquietud”... “Si eso fuera lo que busco, no sentiría esta dulce paz que me inunda, e incluso sufriría por no poder hacer realidad mi vocación en las lejanas misiones”. La mejor contribución con la misión es “realizar, en profunda obediencia, la pequeña misión que Dios nos invita a realizar en el cotidiano vivir”. La misión está en el corazón de la Iglesia. Por tanto, si Teresa se considera ser “en corazón de su madre la Iglesia el amor”, no podía menos que sentir un intenso fervor misionero.

Vivo yo pero no soy yo, es Cristo quien vive en mi

Este es el culmen de todo místico, del que se deja arropar totalmente por la gracia divina: ser otros Cristo, vivir por Cristo, con Cristo y en Cristo. “Tú sabes bien que yo nunca podría amar a mis hermanas como tú las amas, si tú mismo, Jesús mío, no las amaras también en mí. …Sí, lo sé: cuando soy caritativa, es únicamente Jesús quien actúa en mí. Cuanto más unida estoy a él, más amo a todas mis hermanas”.

“Hace ya mucho tiempo que no me pertenezco a mí misma, vivo totalmente entregada a Jesús. Por lo tanto, él es libre de hacer de mí lo que le plazca. El me dio la vocación del destierro total, y me hizo comprender todos los sufrimientos que en él iba a encontrar, preguntándome si quería beber ese cáliz hasta las heces. Yo quise coger sin tardanza esa copa que Jesús me ofrecía; pero él, retirando la mano, me dio a entender que se conformaba con mi aceptación”.

“Siento que ya no necesito negarme todos los consuelos del corazón, pues mi alma está afianzada en el Único a quien quería amar. Veo feliz que, amándolo a él, el corazón se ensancha y que puede dar un cariño incomparablemente mayor a los que ama que si se encerrase en un amor egoísta e infructuoso”.

Conclusión

Ciertamente Bonhoeffer invita a una fe que no descanse en un “Dios tapa agujeros”, sino en el Dios manifestado en Jesucristo, el Dios de la kénosis, el Dios sufriente. Es a ese Dios al que debemos buscar y con quien debemos unirnos y abandonarnos totalmente. Precisamente esa fue la experiencia de Teresa de Lisieux. Teresita vivió una experiencia de un Dios cercano y tierno. El Padre y Esposo como ella lo llama. Un Dios ciertamente que no es el Deus ex machina, sino el Emmanuel, el que está con nosotros. El que nos acompaña en nuestras luchas externas e internas. El Dios que se da porque es el “Dios para” los más humildes, los pequeños, los que se confían y se abandonan en Él. Bonhoeffer y Teresa, por distintos caminos, llegaron al mismo destino: al Dios Amor.

sábado, 13 de agosto de 2011

TERESA DE LISIEUX



TERESA DE LISIEUX: UNA PROPUESTA ESPIRITUAL PARA NUESTRO TIEMPO

Pbro. Ramón O. Lara
Seminario Santiago Apóstol


Permítanme compartir unas breves notas sobre dos de las líneas fundamentales de la espiritualidad de Teresa de Lisieux (Infancia espiritual y el Caminito espiritual) confrontándolas con la nueva sensibilidad espiritual de nuestro tiempo. Sin duda que la propuesta de esta joven santa del Carmelo tiene una gran actualidad.

INFANCIA ESPIRITUAL

Tal parece que el genio espiritual de Santa Teresita del Niño Jesús optó por dar a esta jovencita la heroicidad de vivir la verdad en la sencillez de la cotidianidad. No fue en la pomposidad de la ascesis eremítica que Teresa recorrió y subió los caminos de perfección espiritual. Fue con la sencillez de un corazón abandonado a la misericordia y al amor de Dios con que esta santa logró escalar las altas cumbres de la santidad. En el amor y la sencillez es que Teresa encontró los motivos para la santificación. Ya que estos disponen a la criatura a la acción del amor misericordioso de Dios.

El amor es principio de santidad porque sólo el amor del Señor derramado en el corazón de sus elegidos es el que los salva. El amor es también medio de santificación porque es la acción amorosa de Dios lo que conduce y guía a la persona por los caminos de la perfección y madurez espiritual. El amor es también fin de la propia santificación, pues todo lo que se hace tiene la sola finalidad de que el alma vaya a la perfecta comunión con el amor de Dios, así como tambien asegurar en el mundo el triunfo del amor.

Para Teresa, la humildad y la pequeñez son la única actitud coherente ante Dios, porque sólo con la humildad se puede hacer brillar la grandeza, la bondad y sabiduría del Señor, quien sobre la debilidad humana quiere erigir las maravillas de su gracia y poder.

Por eso, el descubrimiento y novedad de la espiritualidad de Santa Teresita consiste en haber comprendido el valor de la debilidad humana, que ya no es obstáculo para la santificación, sino antes bien un elemento necesario para que Dios pueda actuar y manifestar de modo admirable su grandeza.

Ahora bien, la fusión del amor y la humildad, como respuesta al amor y a la misericordia divina, Teresa lo llama “Infancia Espiritual”. Es que el niño es la síntesis viva de esos dos elementos: amor y debilidad. El niño vive del amor premuroso de sus padres y toda su existencia, tan necesitada de cuido diligente, se confía totalmente a ellos. Para Teresa, por tanto, la infancia espiritual es la experiencia viva del amor de Dios dentro de nuestras debilidades, y no sólo un vago sentimiento de paternidad divina. Por eso, para Teresa, más que a un Padre la respuesta del amor a Dios va en la línea del amor esponsal, un amor que se complace en hacer los pequeños detalles que pueden complacer a su amado. Este amor se ha de expresar con la sencillez y simplicidad, como lo hace un niño.

Así pues, la infancia espiritual en la mente de Teresa es conciencia de la acción amorosa de Dios, es conciencia de la propia nada; pero al mismo tiempo es convicción de poder colaborar, mediante el amor y la humildad, con la acción providente y eficaz de Dios que salva.

CAMINITO ESPIRITUAL

Cuando arriba apunté que la novedad de la espiritualidad de Santa Teresita consistía en comprender el valor que tiene la debilidad humana, en cuanto que ya no es un obstáculo sino un elemento necesario para la perfección, quería hacer clara referencia a lo que la misma santa llamó “caminito espiritual”.

“Usted sabe, madre, que siempre he deseado ser santa, pero ¡Ay!, siempre he constatado, cuando me he comparado con los santos, que entre ellos y yo existe la misma diferencia que hay entre una montaña, cuya cumbre se pierde en los cielos, y el grano de arena pisado por los pies del caminante… En lugar de descorazonarme me digo: Dios no me inspiraría deseos irrealizables; puedo por lo tanto, a pesar de mi pequeñez aspirar a la santidad; crecer me es imposible, debo soportarme tal cual soy, con todas mis imperfecciones; pero quiero ir al cielo por un caminito muy derecho, muy corto, un caminito todo nuevo…” Y así santa Teresita nos lleva a concluir que es la pequeñez, la humildad, el abandono pleno en Dios, lo que lleva al hombre a la perfección. Porque no es la persona, por sus grandes esfuerzos, que logra la santidad, sino como dice la misma santa: “son tus brazos ¡Oh Jesús! Los que han de elevarme al cielo, por eso no tengo necesidad de crecer; al contrario, debo seguir siendo pequeña, serlo cada vez más”. ¡Un camino, en verdad sublime, y simple, que nos enseña esta Santa!

FRENTE AL HOMBRE EGÓLATRA

Sin duda que uno de los ejes centrales en la mentalidad del hombre moderno es su egocentrismo. El egoísmo individualista es la característica del hombre actual. La economía, la política, el arte y cualquier otra manifestación humana, promueven y exaltan la hegemonía del individualismo. Hay que aceptar, no obstante, que un sano reconocimiento de la individualidad y dignidad de la persona en su unicidad es siempre necesario, pues la masificación de la persona es indigna del ser humano. Pero lo malo es que se le dé al individuo una centralidad indiscriminada, que se exalte una enfermiza y desmedida egolatría. Las consecuencias se hacen sentir de inmediato, pues el “yo” solo, sin los “otros”, y peor aún, sin el “totalmente Otro”, se ahoga en sí mismo. La eterna insatisfacción del ego abandonado a sí mismo se vuelve insoportable, la soledad se vuelve la compañera eterna.

Es, pues, común encontrar en este tiempo a muchos hombres perdidos en su solitario e insatisfecho “yo”, buscando subterfugios, engañosas compensaciones y falsos escapes, mitigadores de su precaria condición.

A este hombre es que Santa Teresita le ofrece la “suprema humildad”. Que no es un descentrarse como persona, como individuo, sino concentrarse, es decir, ya no solitario en el centro, sino centrado en Dios; más aún, fundido en Dios. Es así que el hombre tendrá que desaparecer del centro –en eso consiste la humildad- para darle el lugar a Dios, pero no para perderse sino más bien para elevarse y encontrarse supremamente Él. La persona “fundida en Dios” se vuelve para este mundo en imagen perfecta de Dios, transparenta a Dios. De eso tiene plena conciencia Teresa: “Por eso no tengo necesidad de crecer, al contrario, debo seguir siendo pequeña, serlo cada vez más… me habéis instruido desde mi juventud y hasta el presente he cantado tus maravillas!!! Sí, he encontrado mi puesto en la Iglesia y este puesto, ¡Oh, Dios mío! me lo habéis dado vos…en el corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor… así lo seré todo!!!”

Es que si Dios es amor, quien está en Dios será en el mundo el amor. Para Teresa, esa comunión de amor se expresa o manifiesta en la plena confianza y abandono en Dios. Así que el afán egoísta no tendrá más lugar, y sólo así el hombre logrará su plenitud.

FRENTE LA MENTALIDAD SECULARISTA

Desde la Ilustración hasta hoy se ha impulsado un sistemático proceso desacralizador, a tal punto que ha llevado no pocos hombres a hablar de la “muerte de Dios”. No sólo se ha barrido con la mentalidad sacralizada de los tiempos de la cristiandad, sino que en estos tiempos se está intentando extirpar de la mente del hombre cualquier referencia a lo trascendente, o sea, extirpar al mismo Dios del corazón humano. Ciertamente la mesurada independencia de lo secular es en gran medida saludable para el espíritu del hombre; pues de lo contrario puede caerse en una malsana dependencia de lo mítico-mágico de las cosas, sacralizando la creación, y olvidando la saludable relación de amor que se entabla sólo con Dios.

Sin embargo, como todo extremo es pernicioso, quitar a Dios como punto de referencia, como principio y fin de la existencia del hombre, ha llevado a este mismo hombre a una desesperación espiritual inusitada. Así, tenemos hoy a un hombre vacío de Dios, pero al mismo tiempo desesperado por Dios. Las sectas a millares y las innumerables manifestaciones religiosas, son una clara expresión de esta realidad.

A este hombre desesperado y profundamente necesitado de Dios, que lo anda buscando por los caminos más remotos, es a quien Teresa le presenta su “caminito espiritual”. Teresa nos enseña que no es el hombre quien busca a Dios, es Dios quien busca al hombre, éste tan sólo debe dejarse encontrar. Por lo mismo, no es el hombre quien se hace santo, es Dios, el Santo, quien santifica al hombre. Por eso dice la santa que lo único coherente ante Dios es nuestra humildad y pequeñez, pues sólo en el humilde y pequeño Dios puede mostrar las maravillas y grandezas de su amor. Dejarse amar por Dios es el secreto, y amar al amor es la condición. Todo lo demás viene de Dios por pura gratuidad. Aunque el hombre no sea capaz de hacer las grandes hazañas de penitencia y ascesis, le basta con la entrega constante y fiel en las pequeñas e insignificantes cosas. “Porque quien no resiste los clavos –decía la santa- esté dispuesto a los alfilerazos de cada día”.

Así, pues, Teresa enseña al hombre de hoy a dejarse encontrar por Dios en lo cotidiano, en lo simple y pequeño. No en lo pomposo y superfluo, o en lo extravagante. Tan sólo hay que ser fieles en lo pequeño, porque en la fidelidad y constancia está la perfección. Así fue Teresa de simple, así es su camino. Así podemos ser nosotros.

domingo, 20 de marzo de 2011

A PROPOSITO DE LA VISITA DE OBAMA


OTRA LECTURA DE LA VISITA


Numerosas y hasta contradictorias opiniones han sido vertidas a propósito de la visita del presidente Barack Obama a nuestro país. Hay quienes muestran una inocultable simpatía y otros no esconden un vituperante rechazo. Uno de los momentos de la visita del ciudadano presidente que más atención ha llamado es el homenaje que hará a Monseñor Romero visitando su tumba para dejar un ofrenda floral. Muchos han opinado sobre el significado del gesto, unos lo satanizan y otros lo agradecen. Hay quienes hasta hacen una lectura apocalíptica del mismo.

HACERSE CARGO DE LA HISTORIA

Por supuesto que comparto la opinión con aquellos que sostienen la necesidad de que tal gesto sea un signo elocuente de asumir responsabilidades históricas, de purificar esa historia de sangre que aún no ha sido limpiada. En términos ellacurianos (de Ignacio Ellacuría), ese gesto debe ser una clara decisión del ciudadano presidente norteamericano de querer “hacerse cargo de la historia”. Esa historia que reclama la responsabilidad de los gobiernos norteamericanos junto con los gobiernos locales de aquel momento por la sangre derramada del Arzobispo mártir, y junto a él de tantísimos hombres y mujeres que fueron cruelmente asesinados y torturados. Si tal visita a la tumba de Monseñor no incluye ese hacerse cargo de la historia, sería un gesto cuanto menos politiquero y demagogo.

CARGAR CON LA HISTORIA

Si es necesario hacer una mirada a la historia pasada para purificarla y hacerse cargo de ella, es decir, asumir las responsabilidades históricas en sus aciertos y desaciertos, es igualmente importante fijarse en el momento presente. De lo contrario caeríamos en un pobre anacronismo. Por eso debemos ser responsables con el presente, o bien, siempre en término ellacurianos, debemos “cargar con la historia”. Es que no podemos siempre estar culpando al pasado y a los otros por lo que hoy está pasando. Hay que asumir la propia responsabilidad histórica. Eso quiere decir que cada ciudadano debe asumir con actitud ética coherente su compromiso con la historia. Como el mismo Monseñor Romero lo pedía: “nadie puede pasar por esta historia sin dejar una huella”. La historia futura reclamará nuestra irresponsabilidad por lo que hoy estamos haciendo. Monseñor Romero cargó con la historia y hoy el mundo se lo reconoce. ¿Estamos siendo responsables, cada uno en su propia campo, con la historia que estamos construyendo?

Si la visita a la tumba de Monseñor Romero viene a ser una expresión solemne de compromiso como gobierno norteamericano para cargar con las responsabilidades históricas en vistas a colaborar con el estado salvadoreño para construir una sociedad más justa y solidaria, entonces tal gesto tiene hondo sentido. Además, tal visita incluye el reconocimiento implícito de la altura humana y espiritual de Monseñor, cosa que en verdad no lo necesita pues su testimonio es tan elocuente que resulta innecesario cualquier puntal para dicho reconocimiento, en todo caso el gesto resulta más bien comprometedor para nosotros los salvadoreños, quienes somos los primeros llamados a ser verdaderamente responsables con nuestra historia tal y como lo hizo Monseñor.

ENCARGARSE DE LA HISTORIA

Hacerse cargo de la historia y el cargar con la historia lleva a un ineludible “encargarse de la historia”. O sea, volverse agentes activos de los cambios históricos que deben ser contundentes y reales en nuestra patria. Monseñor Romero es indudablemente un modelo de honda responsabilidad histórica con el futuro. Él, como muchos profetas, soñó con un futuro brillante, nuevo, verdaderamente humano, para su patria y para la Iglesia. Por ello trabajó incansablemente y ofrendó su vida. En cierto modo el presidente Obama ha querido presentarse al mundo con un firme propósito de “encargarse de la historia”, o sea, de ser responsable con el futuro. Si su visita a la tumba de Monseñor implica ese compromiso público, bienvenido sea.

En tal caso somos nosotros los salvadoreños los que debemos ser verdaderos agentes de cambios de esta nuestra torcida y ensangrentada historia. No vengamos a reclamarle a otros lo que a nosotros mismos nos corresponde hacer. Actuemos nosotros con responsabilidad y honremos la memoria de Monseñor. Que la celebración del trigésimo primer aniversario del martirio de Monseñor sea un compromiso unánime de toda la ciudadanía por los menos para estas tres cosas:

1) No permitir que la partidocracia se imponga en modo arbitrario, conculcando los derechos de los ciudadanos de elegir directamente a sus representantes e irrespetando una resolución precisa de la Corte Suprema de Justicia; 2) Exigir un verdadero cambio institucional en todas las áreas de vida del estado: dependencias del ejecutivo, del primer órgano del estado, justicia, contraloría pública, etc.; 3) Exigir una actitud ética coherente de todo servidor público y por extensión por parte de cada ciudadano, para frenar el oscuro y podrido mundo de la corrupción .

Es que sin un proceso democrático que vaya consolidándose, sin institucionalidad y sin moralidad, no existe verdadero desarrollo, habrá siempre pobreza en todos los niveles y sentidos, y nos hundiremos cada vez más en ese hondo pozo de la violencia y degradación social. Honremos la memoria de Monseñor encargándonos nosotros de la historia: ¡Cambiémosla! Seguramente el presidente Obama hará lo suyo. No nos crucemos de brazo nosotros y continuemos culpando a los demás.

viernes, 3 de septiembre de 2010

DECIMO ANIVERSARIO


DIEZ AÑOS DE UNA MISIÓN EPISCOPAL (2/2)

Intentar resumir lo vivido y trabajado en diez años de misión episcopal en pocos párrafos resulta cuanto menos superficial, si no reductivo. Sin embargo, me estoy atreviendo hacer tal análisis debido a lo histórico y rico que resulta esta etapa de la vida diocesana en el oriente del país. Mi selección es limitadísima, dos aspectos: el laicado y el clero. En la primera parte he presentado mi visión sobre el papel del laico en la diócesis, centrándome en la revisión del Plan Pastoral Diocesano. En esta segunda parte intentaré dar mi opinión sobre la realidad ministerial.

El clero y su formación: desafíos y esperanzas (2000-2010)

Con la llegada del nuevo pastor la diócesis recibe una ráfaga de viento fresco que auguraba nuevos planteamientos y nuevos rumbos. Las expectativas crecieron. Una de las expectativas descansaba en la larga experiencia que el nuevo obispo había tenido en el terreno de la formación sacerdotal y en el conocimiento de gran parte del clero de su nueva diócesis. Puesto que el clero en su mayoría es un clero joven, la sintonía con un obispo joven y experimentado en la formación auguraba una nueva era.

Las expectativas han sido cumplidas en gran medida. Lastimosamente ha sido justo en estos años que han venido a evidenciarse algunas de las tantas carencias que un proceso de formación puede esconder. Los medios de comunicación a nivel mundial han exacerbado hasta lo indecible los pecados y problemas de salud mental de muchos ministros. Tal contexto ha llevado al nuevo pastor a tomar muy en serio el acompañamiento de su clero, principalmente el joven. Además, el tomar medidas preventivas y sustitutivas de posibles escándalos al interno de la vida eclesial diocesana ha sido una preocupación de primer orden para este pastor. Pero la medicina no siempre es dulce.

¿Qué respuesta dar a esta situación problemática?

Entre los grandes desafíos que el nuevo pastor encontró en la diócesis está el de la formación y acompañamiento del clero. Una acción inmediata fue la de revivir el seminario menor y acompañar muy de cerca a los seminaristas en los distintos niveles y lugares de formación. Sucedió que para el año en que el nuevo obispo empieza su misión en la diócesis, el proceso de formación para los seminaristas en El Salvador (en todas las diócesis, excepto la de San Vicente) se distribuyó en tres niveles y en tres lugares diversos: el seminario introductorio (en Santiago de María), el filosofado (en Santa Ana) y el teologado (en San José de la Montaña, San Salvador). Habiendo sido designado por la Conferencia Episcopal (CEDES) como miembro de la comisión de vocaciones y seminarios, el nuevo obispo mantuvo desde sus inicios una estrecha cercanía con los seminaristas y los distintos seminarios.

A medida que iba creciendo el número de los neos ordenados, decide dar otro paso trascendental en el acompañamiento de este clero “novísimo”, instituyendo el grupo de formación permanente. Tal proceso comienza a dar los primeros pasos a partir del quinto año de su misión episcopal. Hasta la fecha el proceso de esa fraternidad sacerdotal va tomando más solidez y dinamismo. Ya son 18 sacerdotes y tres diáconos ordenados por este pastor. Las expectativas de camino en este campo de la formación, sea en la etapa inicial como en la permanente, son muy grandes. Los motivos para esperar son muchos.

Expectativas viables para los próximos años

Apoyando la formación permanente del clero joven y propiciando una verdadera experiencia de fraternidad sacerdotal entre los tales, el Señor Obispo entra en la dinámica que desde el Concilio Vaticano II ya se había iniciado, y es la dinámica de la pastoral presbiteral. El obispo tiene como principal misión acompañar y pastorear a su clero. Líneas precisas de cómo realizar ese camino ya han sido emanadas por los distintos discasterios de la Santa Sede. Uno de esos documentos es el que emitió la Congregación para el Clero en 1994, el llamado Directorio para el Ministerio y Vida de los Presbíteros. Este documento abre el camino para consolidar otra dinámica que hoy más que nunca está tomando fuerza, y es la conciencia de la “diocesanidad de la vida ministerial”.

La “diocesanidad” es un concepto aparentemente abstracto, sin embargo es absolutamente práctico. Podemos decir que la diocesanidad es la experiencia de la más genuina y profunda fraternidad sacerdotal entre el clero con su obispo, del clero entre sí, para luego pasar a la experiencia de koinonía con el resto del pueblo de Dios presente en la diócesis. En otro lugar hemos escrito: “La realidad diocesana no se puede evadir. Hoy los documentos magisteriales hablan de la ‘diocesanidad’ de la vida ministerial. Sin la profunda vinculación con el obispo, ni la experiencia de la fraternidad sacerdotal entre el clero, el ministerio sacerdotal, hoy por hoy, es imposible de vivir” (Cfr. “Ser sacerdote hoy”, Calendario Litúrgico migueleño 2010).

Las nuevas líneas sobre la pastoral presbiteral contempladas en los documentos pontificios insisten en hacer de la vida presbiteral una verdadera “fraternidad sacramental sacerdotal” (PO, 8). Por eso hemos insistido en que “los sacerdotes del tercer milenio han de vivir una auténtica comunión fraterna entre el obispo y entre ellos mismos. Esos vínculos fraternos posibilitan consolidar en el ministro una sólida identidad sacerdotal, le posibilita una sana comunión de afectos y le propicia una genuina experiencia de misión realizante. El sacerdote que se aísla de sus hermanos en el ministerio y de su obispo está condenado a perder su vocación. Esa vinculación sacramental con el clero y el obispo se ve reflejada en el espíritu de comunión con que se desarrolla la pastoral parroquial y diocesana” (Cfr. “Ser sacerdote hoy”, Calendario Litúrgico).

A esta identidad diocesana y a esa profunda fraternidad sacramental es a lo que apuntan las líneas de formación y acompañamiento de nuestro actual padre y obispo. Es más, para sentar las bases sólidas para la formación inicial (formación seminarística) ha emprendido, junto a otros obispos de otras diócesis, la enorme tarea de erigir un nuevo seminario regional en oriente. Tal proyecto prevé un dinámico y actualizado proceso de acompañamiento vocacional junto a un exigente camino de preparación académica. La idea es ofrecer a la iglesia que peregrina en el oriente del país un clero que sea capaz de responder a las exigencias que ofrecen los nuevos tiempos y las nuevas realidades. Sobre todo preparar un clero diocesano que ya no tenga el “complejo” del “llanero solitario”, sino el sacerdote que sabe que nunca está sólo porque es parte de una fraternidad sacramental, que lo une profundamente a su obispo, a sus demás hermanos presbíteros y a todo el pueblo de Dios.

Podemos ver, pues, que el horizonte que tiene por delante el clero de nuestra diócesis, llevados de la mano de su pastor, tiene luces muy provocadoras que presagian una gran aurora eclesial. A diez años de servicio episcopal podemos ver que las expectativas se van cumpliendo y se van creando nuevas. Sólo hay que seguir “lanzado las redes”: “Duc in altum et laxate retia vestra in capturam” (Lc 5, 4).

miércoles, 25 de agosto de 2010

DECIMO ANIVERSARIO




DIEZ AÑOS DE UNA MISIÓN EPISCOPAL (1/2)

Pbro. Ramón O. Lara Palma

Al acercarse la fecha en que nuestro padre y obispo cumplirá diez años de realizar su misión entre nosotros, la Iglesia particular que peregrina en el oriente del país, me atrevo a escribir estas breves notas sobre algunas líneas generales que han caracterizado dicho episcopado durante estos años. No cabe duda que el trabajo pastoral ha sido intenso, rico y fructífero, no sin contar con baches, dispersiones y hasta verdaderos traumas. Repito, mi análisis quiere sólo resaltar algunos aspectos en los que este período episcopal se ha caracterizado. Quizás no todos compartirán mi opinión y mi selección; otros podrán hacer sus propios análisis y sus propias conclusiones.

Los laicos en el Plan Pastoral Diocesano (2008-2013)

Con la dimisión de Mons. José Eduardo Álvarez, a mediados de los años noventas, la diócesis pasó un lapso de tiempo con cierta inestabilidad en cuanto a la presencia del ordinario propio. Mons. Romeo Tovar Astorga (1997-1999) asume momentáneamente las riendas de la diócesis pero luego es trasladado hacia otra diócesis, dejando otra vez acéfala tal sede eclesiástica. Hasta que es ordenado obispo Mons. Miguel Ángel Morán, el 2 de septiembre del año 2000. La diócesis reemprende así un nuevo período.

El nuevo obispo desde los inicios dejó entrever una personal manera de pastorear su grey. Por lo que la cercanía con los distintos grupos eclesiales y todas aquellas realidades diocesanas donde los laicos tienen una notable presencia son prioridades de este pastor. Después de un tiempo de conocimiento de toda la vida diocesana, comenzó a tender las líneas para la elaboración de un Plan Pastoral con vistas a organizar, dinamizar y proyectar todo el quehacer pastoral de la diócesis. Con mucha fatiga y no sin momentos de desconciertos se fue definiendo el proyecto pastoral, que tiene como objetivo principal coordinar los diferentes esfuerzos parroquiales, bajo la luz del triple ministerio de Cristo, para encaminarlos hacia una pastoral de conjunto que a su vez fortalezca la vida diocesana. El ideal final es hacer presente con mayor evidencia el reinado de Dios en esta iglesia particular.

El diseño del plan, redactado y editado, tiene dos partes fundamentales: una parte histórica-doctrinal y la otra propiamente operativa. A grandes rasgos se puede vislumbrar los ejes metodológicos asumidos por el episcopado latinoamericano (ver-juzgar-actuar). A la parte histórica-doctrinal corresponderían los ejes «ver-juzgar» y la parte propiamente operativa el eje del «actuar». En la parte histórico-doctrinal abundan las referencias al Concilio Vaticano II y a su eclesiología del misterio, comunión y misión. Por lo que no es de extrañar que se abran sin tapujos todos los espacios posibles para la participación activa de los fieles laicos en el dinamismo diocesano. Se puede decir que el plan está pensado con el propósito de involucrar a todos los bautizados a cumplir la misión que les corresponde en el campo al que el Señor les ha llamado. Baste mencionar lo que define por parroquia: «el principal lugar institucional de edificación eclesial donde se realiza la vida cristiana y, por lo mismo, la principal estructura eclesial responsable de la Evangelización. En ella encuentran los cristianos a la Iglesia como Pueblo de Dios y los agentes de pastoral ejercen en ella su ministerio» (pag. 42).

Además, todos los objetivos específicos y las líneas operativas que componen la parte práctica del plan, contienen elementos concretos en los que la figura de los laicos adquiere especial relevancia. Vale destacar solo algunas referencias: despertar en todos la vocación profética que es propia de cada bautizado (pag. 65), priorizar los ministerios laicos para que ejerzan su función sacerdotal (pag. 67, 70), insertar a los laicos en las estructuras parroquiales y diocesanas (consejos pastoral y económico), así como todas las aéreas de trabajo de la pastoral social para empeñarlos en su función real (pag. 75). Llama poderosamente la atención el hecho de que el plan sugiere la participación pasiva y activa en el campo de la formación cristiana. Es participación pasiva porque el plan expresa enfáticamente la necesidad de posibilitar una formación integral y permanente a todos los laicos. Es más, al final del plan se especifican las prioridades a tomar en cuenta en el presente quinquenio, y la primera prioridad es esa formación. Es activa porque el plan también sugiere «asignar a equipo de laicos evangelizados para que den seguimiento a los programas pastorales, sean diocesanos, vicariales o parroquiales» (pag. 68). En tal sentido, la munus docendis, propia de los ministros, es tranquilamente cedida también a los fieles laicos. No cabe duda que resuena aquí el número 12 de la Lumen Gentium: el sensus fidei y el sensus fidelium.

En fin, es posible afirmar que este plan pastoral apunta a una real, fructífera y activa participación de los fieles laicos en toda la vida diocesana. El gran desafío que todavía queda es despertar en todos ellos la pasión por ejercer aquello que les es propio como miembros del pueblo de Dios, como corresponsables en esa Iglesia misterio, comunión y misión. Además, no todos los ministros ordenados han asimilado con precisión lo que les es propio a ellos y lo que les corresponde por derecho a los fieles laicos. Por eso es que la presencia y misión de los laicos en la diócesis de San Miguel todavía debe ser vista en perspectiva, ya que no es todavía una realidad una activa y fructuosa participación de ellos.

Nuevas perspectivas

Con la elaboración y ejecución del plan pastoral, la diócesis busca dar el paso hacia un laicado consciente de su dignidad y su misión. Pasar de un laicado pasivo a un activo; de un laicado sin fisonomía ni identidad a uno con identidad, participe y corresponsable con la misión de la Iglesia que localmente peregrina en la diócesis migueleña.

Además, con ese proyecto pastoral la diócesis ha priorizado la formación de los laicos con el fin de pasar de un laicado desinformado a uno mejor informado y progresivamente bien formado. El ideal de un laicado consciente, partícipe y corresponsable pasa por el proceso de una formación profunda y amplia. No se trata sólo de formar ciertos «colaboradores de los presbíteros» sino de abrirles el espacio que les es proprio en la vida diocesana.

Asumiendo esa clara conciencia de la propia dignidad y misión, superando el rol de sentirse sólo colaboradores y servidores de los ministros, los laicos han de asumir con profundo espíritu de corresponsabilidad su propia misión. Pero además, el presbiterio de la diócesis debe también reacomodar su pre-concepto del laico como «colaborador del ministro» a la clara identidad del laico como «corresponsable» con la misión que le es propia al ministro.

También, la diócesis apunta a una plena conjunción de fuerzas para posibilitar que la viña del Señor, que en este caso es la misma diócesis, pueda fructificar con frutos de vida nueva. Para ello todos los miembros del pueblo de Dios, ministros y fieles cristianos laicos, en profunda comunión y corresponsable misión, deben convertirse en celosos y apasionados servidores de esa viña. Los esfuerzos por responder a los diferentes desafíos que la realidad diocesana contiene no han de disiparse, como tampoco ningún desafío ha de soslayarse.

Como el objetivo general del plan lo sugiere, todo el esfuerzo pastoral, que en plena comunión y participación han de realizar los fieles laicos junto con los ministros, ha de apuntar decididamente a la vivencia concreta del Reinado de Dios, en el que los valores de la justicia, la verdad y la paz serán una realidad. Donde la compasión y la solidaridad serán expresión espontánea de una vivencia cristiana profunda y gozosa. En tal sentido, la vida del Espíritu de Cristo será palpable y madura. La espiritualidad de los laicos, como la de los ministros, encontrará su centro en la vivencia plena de la propia vocación, que a su vez será manifestada mediante una fe madura, una esperanza gozosa y una caridad activa.

Obviamente todo esto es todavía un ideal, pues la realidad dista mucho de ser reflejo de tales perspectivas. Por eso la vigencia del llamado de Jesús, «¿Por qué estáis aquí ociosos todo el día?», tiene una actualidad evidente en la diócesis. El trabajo por realizar es ingente. Los primeros pasos ya se están dando, y sobre todo, con la presencia del actual padre y obispo, las perspectivas se hacen más prometedoras.

Continúa…

jueves, 8 de julio de 2010

LA NUEVA OCURRENCIA


BIBLIA EN LA ESCUELA


Pbro. Ramón O. Lara Palma


¿Por qué no leer la Biblia en las escuelas? Este es el dilema que mueve todo el tinglado de la opinión pública salvadoreña en estos momentos. Los orondos “Padres de la Patria” han salido al ruedo como verdaderos paladines de los valores humanos y religiosos (la decadencia busca siempre vestirse de abundancia). Me imagino, y quiero pensarlo así, que algo de buena intención ha tenido esa propuesta. Pero como dijo ya alguien: “con ello están demostrando la supina ignorancia que en casi todo los campos alardean nuestros políticos”. Por eso quisiera exponer brevemente los motivos por qué no viene al caso leer la Biblia en la escuela. Por supuesto que otros más versados en la materia podrán profundizar y dar más sustentados motivos.

- Por antipedagógico

Comencemos con este motivo. Y esto es evidente. Quienes alguna vez hayan tenido la Biblia en sus manos (dudo que algunos diputados lo hayan hecho alguna vez) se darán cuenta de que este es un libro diverso a cualquier otro libro. Y el motivo es claro: no es un libro de texto escolar, es un libro sacro al que debe accederse con la actitud y la preparación debida. Una lectura seca de un párrafo bíblico no dice nada. Con todo el respeto que le tengo a este libro sagrado, y justo por ese mismo respeto, sostengo que sería perder siete minutos de un momento pedagógico que podrían ser más aprovechados. Sin contar que esa lectura anti pedagógica de la Biblia la trivializaría y la banalizaría. Además, siendo la Biblia un libro religioso, una lectura obligatoria reñiría con nuestra constitución, como bien han señalado ciertos críticos, pues terminaría con imponer una religión. Como religioso debo recordar que la fe nunca se impone (por ley o decretos) sino que se propone. La fe es una invitación no una imposición.

- Por no factible

Si la lectura bíblica en un aula de lecciones resultaría antipedagógica, hay que agregar igualmente la no factibilidad de tal lectura. Siendo un libro religioso debe ser presentado por una persona preparada en tal campo y en un ambiente adecuado al mismo. ¿Cuál es el ejército de docentes expertos en Biblia que preparará tal lectura? Además, la Biblia es para leerse en un contexto religioso propicio, con la finalidad de fundamentar la vida de fe y de moralidad según los preceptos emanados de ella. En otros países, el estado paga a un experto en religión y en los textos bíblicos para que ofrezca las lecciones que los padres de familia libremente aceptan que reciban sus hijos. ¿Tiene El Salvador la capacidad de costear ese nuevo currículo de enseñanza?

- Por contraproducente

Ciertamente la sociedad y cultura salvadoreña registra una fe mayoritariamente cristiana. Por tanto, la Biblia no es un libro desconocido. Pero el problema del cristianismo de nuestro país es que está representado por innumerables confesiones, tan variadas y distintas, que no se puede hablar de un único cristianismo. Eso no es de extrañar, pues las otras religiones que se fundan en un libro sagrado, como el judaísmo y el islam, tienen infinidad de corrientes que interpretan en modo distinto el texto sagrado. Sabemos que el mensaje cristiano es único y siempre bueno, pero cómo se interprete y se ponga en práctica resulta no siempre igual para todos. Tal divergencia trae muchas veces conflictos internos entre los creyentes. Más divisiones y conflictos por aspectos religiosos es lo que menos necesita El Salvador. Por tanto considero contraproducente imponer por ley la lectura de la Biblia.

- Por inútil

Por último, y como consecuencia de los anteriores puntos, se ve con claridad que una “ley” para leer la Biblia en los centros de enseñanza es poco menos que inútil. Además, la ola de violencia no terminará con solo imponer la lectura de la Sagrada Escritura. Eso es caer en un lastimoso simplismo. La violencia social debe ser tratada con mayor responsabilidad, contundencia y radicalidad.

¿Qué hacer ante tal dilema?

Brevemente expongo algunos caminos o pasos que podrían darse, en consonancia con la iniciativa de los legisladores.

- Elaborar un programa actualizado de valores morales y cívicos

El conocimiento de los conceptos y los contenidos de los más fundamentales valores humanos siempre es necesario. Cierto que la principal y primera institución responsable de transmitir y cultivar los fundamentales valores humanos es la familia. Lastimosamente en la realidad no es así. Por tanto, el sistema educativo puede ofrecer una pequeña ayuda que venga a solventar en algo ese vacío. Junto al conocimiento y asunción de los valores elementales del ser humano es necesario también insistir en el cultivo de un sano y auténtico civismo. La educación cívica está prácticamente en el olvido. Hay que recobrarla y cultivarla. Las nuevas generaciones no tienen culpa de no saber prácticamente nada sobre valores y sobre civismo, ya que nadie se los ha enseñado.

- Profundizar en las virtudes humanas y morales fundamentales

Junto a los valores humanos es importante conocer y asimilar las virtudes. Sobre todo aquellas que la tradición occidental ha siempre cuidado: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. Son virtudes que desde la antigua Grecia eran cultivadas. Por ser virtudes cardinales, de ellas provienen un sin número de virtudes concomitantes que habría que enseñar y cultivar.

- Poner la ética de la responsabilidad y del respeto al centro de la vida social

La actitud ética está desapareciendo en todas las latitudes y en todos los estamentos sociales. La crisis económica actual tiene su raíz en el vacío que ha dejado la desaparición de la actitud ética. Sin principios éticos es prácticamente imposible convivir humanamente. Cuando faltan los principios éticos entonces se recurre al legalismo: ley para todo, hasta llegar a elaborar leyes para cumplir otras leyes. Absurdo. Entre los principales principios éticos que debemos cultivar y asumir es el del uso responsable de la libertad, que junto al arraigado respeto al derecho ajeno propician una convivencia digna del ser humano. Sin la responsabilidad (en todos los sentidos) y sin el respeto a la dignidad de la persona humana no hay convivencia social posible. Eso es lo que prácticamente ha desaparecido de entre nosotros. Por eso la ética de la responsabilidad y del respeto debe estar al centro de nuestra convivencia social.

- Cultura de la ejemplaridad: alabar y reconocer el bueno y punir y denigrar el mal comportamiento ético

Por último, debemos empeñarnos en crear una cultura que tenga como fundamento la ejemplaridad positiva. El ser humano es un ser mimético. Imita todo lo que ve. Si los modelos que se le presentan son siempre deshumanizantes, inmorales, vacíos o triviales, aprende a vivir y a comportarse como tal. Por eso es importante hacer resaltar la ejemplaridad positiva del comportamiento ético. Ese comportamiento no se da por decreto. Eso es algo cultivado y arraigado en cada persona. Los responsables para dar esa ejemplaridad son principalmente todos los personajes públicos: políticos, religiosos, académicos, etc. Saber reconocer los buenos ejemplos y cultivarlos es necesario. Saber castigar y desdeñar los malos es una urgencia. El problema nuestro es que el sistema de valores se ha cambiado: el bueno es ridiculizado y el malo (inmoral, sin vergüenza, charlatán, etc.) es aplaudido. Los medios de comunicación y el oscuro mundo de la publicidad tienen una gran tarea al respecto. La autocensura es ineludible. El Salvador necesita de mass media que construyan nación.

Los dos primeros puntos son prácticos. Los dos últimos son sobre todo comprometedores y por tanto a largo plazo. Considero que todos son necesarios para comenzar a reconstruir un nuevo tejido social que posibilite la recomposición de nuestra destartalada convivencia ciudadana. La propuesta de nuestros Padres de la Patria no debe quedar en saco roto. Pero hay que reformularla y hacerla más sólida, sin vaguedades y simplismos como resulta ser una ley de lectura de la Biblia en las aulas.

miércoles, 30 de junio de 2010

BUSCANDO PARADIGMAS 2


PERMÍTANME DISENTIR (2)

Pbro. Ramón O. Lara Palma

De Europa, y en general de varios países del llamado primer mundo, ciertamente podemos aprender mucho. Particularmente del viejo continente podemos aprender tantísimo de su cultura, que se caracteriza por la pertinaz búsqueda de la belleza (arte), de la verdad (filosofía) y del bien (derecho). El arte, el pensamiento filosófico y el desarrollo del derecho son sin duda un legado que Europa ha dado a toda la humanidad. Por supuesto que las otras culturas están llamadas a hacer una lectura y asimilación crítica de cómo Europa ve el arte, de cómo hace y propone su pensamiento filosófico y de cómo busca el bien mediante la creación y la aplicación del derecho. En estos términos Europa es rica y mucha de esta su riqueza debemos nosotros saber atesorar, salvadoreños y pueblos del resto del mundo.

Pero Europa, embriagada por las delicias de su riqueza, tomó caminos que aún pudiendo ser deseables y al mismo tiempo inocuos, le han conducido hacia un callejón que parece no tener salida, o si la tiene parece estar muy lejos y muy difícil de arribar. Me detengo en dos de estos aspectos que han conducido a Europa hacia ese callejón cerrado: la libertad y el derecho. Es claro que el genio de la cultura europea (su arte, filosofía y derecho) creó el concepto de libertad individual y el concepto del derecho particular. En verdad ambas creaturas son neutras en sí, no pueden verse como buenas o malas a priori; pero al dejarlas abandonadas así mismas, se han convertido en peligrosas espadas de doble filo que están atentando contra la misma vida de la cultura y sociedad europea. Intentaré explicarme.

La libertad es una propiedad inherente al ser humano. El hombre es en esencia un ser libre. Por tanto, la libertad individual debe ser respetada, tutelada y difundida. Durante mucho tiempo Europa desconoció esa experiencia de la libertad, pero cuando la descubrió (con Descartes, Kant y Hegel, y otros muchos pensadores) quedó embelesada con su descubrimiento. Esa libertad descubierta derivó en “liberalismo” (de corte sociológico, económico, entre otros) y luego en “libertinaje” (moral y social). La libertad, diríamos, es buena en principio, pero mal aplicada y mal conducida acaba con afectar al mismo hombre. Una libertad no guiada correctamente ha terminado con crear una cultura fundada en el egoísmo (utilitarismo, hedonismo, pan sensualismo), en la que se configura una personalidad extremamente individualista y narcisista del sujeto.

De la experiencia de una libertad individual exacerbada fue fácil pasar a una visión del derecho en términos privados e individualistas también. Ciertamente que el descubrimiento y la promulgación de los derechos individuales ha sido un logro de no poca monta para bien de la humanidad. Por supuesto que defender, respetar y difundir los derechos humanos es una gesta inderogable. Sin embargo, pasar a una peligrosa visión fundamentalista del derecho, o de la ley, no es nada saludable. Apelando en modo antojadizo, y guiado por una egoísta y narcisista actitud, los europeos –y general los ciudadanos del llamado primer mundo– han socavado y derruido la riqueza y alcance del derecho. La dictadura de la ley, del derecho, pesa sobre la cultura europea. Hoy se apela al derecho frente a cualquier banalidad: “el derecho a…” (aborto, sexo libre, por ejemplo) es un verdadero dictador, está oprimiendo y acabando con lo verdaderamente valioso de la cultura europea.

Libertad y derecho, para bien o para mal, son hijos de la vieja Europa. El problema es que tales creaturas fueron abandonadas así mismas y no se les hizo acompañar de las que debieron ser sus inseparables nodrizas: la responsabilidad y el deber. No hay verdadera libertad sin responsabilidad y no hay derecho sin que le corresponda un deber. Entre ellos debe haber un vínculo indisoluble, de lo contrario caen en una aberrante perversión. La crisis cultural y existencial de Europa nace precisamente en esa perversión de la libertad convertida den liberalismos y libertinajes, como la perversión del derecho, que ha sido degradado a propuestas ridículas (por ejemplo dar prioridad a los animales antes que a los seres humanos: ¡“Por los derechos de los animales”!), donde se exige “derecho” para todo lo que venga en gana.

De ahí que sea necesario “responder” (responsabilidad) por el uso de la propia libertad, de lo contrario no se tendría derecho a usarla, puesto que existe el “deber” de respetar la libertad del otro. No puedo hacer uso absoluto de mi propia libertad ya que respetar la libertad del otro es para mí un deber. Si yo tengo derecho a algo, el otro debe respetar ese mi derecho, por tanto mi derecho se convierte para el otro en su deber. Y viceversa. La narcisista cultura europea, y del primer mundo en general, apela solo a los derechos individuales, apela solo al uso indiscriminado de la libertad, olvidándose rotundamente de poner en juego el deber y a la responsabilidad. Si esto es lo que se pretendiera emular de la vieja Europa, yo disiento absolutamente.

Pero, ¿Qué fue lo que le pasó a Europa que le hizo separar la libertad de la responsabilidad y el derecho del deber?

Según mi parecer, lo que sucedió fue que el proceso de descristianización de la cultura europea fue consolidándose junto al desarrollo de la conciencia de los “valores” de la libertad individual y el derecho particular. Hay que tener en cuenta, además, que la contraparte de la libertad y el derecho, o sea la responsabilidad y el deber, difícilmente podrían asumirse y encarnarse en modo natural si no es a través de la experiencia religiosa que para Europa era el mensaje de Jesús de Nazareth. Ya que alejarse de del Evangelio, de los valores esenciales que representa, como la caridad sincera y entregada, la gratuidad, la familia como fundamento de la sociedad, imposibilita la asunción de actitudes que requieren un auxilio trascendente, divino. Perdido el sentido de lo trascendente es imposible asumir la responsabilidad y el deber como algo inherente a la cultura.

Por eso sostengo como peligrosa una actitud de simple mimetismo. Los que defienden la libertad a ultranza no reparan en los excesos y descarríos del uso de la libertad. Los que enarbolan la bandera del progresismo y el abandono de todo lo que signifique trascendencia y espiritualidad olvidan que el hombre es un ser religioso por definición. En nuestro país existen quienes promulgan y defienden los “valores” de la libertad y del derecho pero bajo la perspectiva europea y norteamericana. Y esto lo hacen ideólogos tanto de izquierda como los de derecha. Aquellos que pretenden legalizar todo lo imaginable y cubrir con el manto de “derecho humano individual” terminan con imponer por ley lo que es aberrante para la misma dignidad humana. El gran riesgo es caer en la trampa de pensar que todo lo que es legal (o según la ley) es moralmente correcto.

Aquellos que defienden un conservadurismo liberal caen en una evidente hipocresía y en un moralismo simplista. Por un lado defienden todas las libertades posibles, sobre todo aquellas económicas, pero proponen una visión conservadora de la sociedad; además, se olvidan muchas veces cínicamente de los verdaderos derechos del hombre, como la justicia social y demás derechos esenciales del ser humano. Con el afán de defender las libertades apelan a los preceptos morales, que son ciertamente válidos, pero los llevan hacia un blandengue moralismo a conveniencia: aquello que va contra el propio interés se juzga inmoral pero aquello que favorece los intereses personales, aunque sea inmoral cínicamente se consiente y se hace de la vista gorda.

El Salvador está ciertamente en medio de una gran crisis social y cultural. Pero no por ello debemos caer en la trampa de las imitaciones simplistas. ¡Ya basta de compararnos con las “sociedades desarrolladas” y de hacernos pensar que somos subdesarrollados! Estas llamadas sociedades desarrolladas envejecen, están muriendo, están en seria crisis. Basta ver la crisis en la institución familiar: se ha destruido la familia y por tanto el fundamento de la sociedad. ¿De veras quisiéramos imitarles? ¡Sostengo rotundamente que no! Las tasas de suicidios son alarmantes en estas latitudes. Se ha convertido una "sociedad del cansancio" (Byun C. Han) y en una "sociedad de malestar" (A. Ehremberg) . El primer mundo, las sociedades desarrolladas, están perdiendo la alegría, la fiesta, y se hunden en la amargura existencial. Cierto, han cerrado los oídos a la gozosa noticia, el Evangelio ha sido enmudecido.

El reto que tenemos en El Salvador es presentar un cristianismo más dinámico y limpio, sin componendas, más lúcido y creativo. Ofrecer un Evangelio verdaderamente gozoso, transformador y coherente. No podemos dejarnos seducir por los cantos de sirenas de modelos engañosos, obsoletos e inútiles. Los discípulos de Cristo, todos, debemos influir seriamente en la refundación de nuestra sociedad, para que se cimiente en los verdaderos y genuinos valores del más puro humanismo cristiano. Este hoyo en el que hemos caído no es más que el nivel de profundidad desde donde se deben cimentar las sólidas bases para un nuevo El Salvador. La clave está en los verdaderos valores humanos, por lo mismo, cristianos. “¡El problema son los valores…!”. La tarea es descomunal tanto como urgente. Manos a la obra.