Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

domingo, 19 de abril de 2009

“PECADOR ME CONCIBIÓ MI MADRE”


El Salmo 51 describe con mucha elocuencia la condición triste del hombre venido a este mundo: es pecador desde el seno materno. O más bien, tiene en su más íntima constitución personal una fuerte inclinación de querer existir al margen o a espalda de quien le da la existencia; de querer vivir distanciado de la fuente de la vida; de querer ser feliz y rebozar de plenitud bloqueando el canal que le abastecería la verdadera dicha y la plenitud sin límites. Eso es a lo que se llama pecado. El pecado es, pues, estar de espaldas a Dios. Con razón el término griego “hamartía” (pecado) tiene el originario significado de “equivocación”, “error”. Es que estar en pecado es estar viendo hacia la dirección equivocada. Pero esa condición pecadora la trae el hombre desde el seno materno, según el salmista. Sin embargo, el hombre sólo es hombre, plenamente hombre (humanidad perfecta: existencia, vida y felicidad en plenitud), sólo frente a Dios (Coram Deum), de cara a Dios.

Cuando el hombre no se orienta totalmente hacia Dios, cuando no se pone de cara frente a Dios, inevitablemente se orienta hacia lo más cercano que a su alrededor ve como Dios: se orienta hacia sí mismo. Al replegarse sobre sí mismo, al auto contemplarse, el hombre hace de sí mismo un dios, y por lo mismo se convierte en pecador. El pecado es, pues, repitámoslo una vez más, estar de espaldas a Dios para erigirse a sí mismo como dios. La tragedia es fácil de avizorar: la existencia en plenitud y vida en abundancia y sin límites siempre escaparán de las manos. Posiblemente el hombre encontrará atisbos engañosos y fugaces de felicidad y plenitud, pero jamás lograrán saciar sus ansias de infinita felicidad. El pecado es ante todo una tragedia. Pecar es simplemente buscar la vida, la felicidad y la plenitud del existir por el camino equivocado, en la dirección incorrecta. Ya que cuanto más peca, el hombre más se pierde, más sufre, más se hunde en la desdicha; y no sólo eso, pues al pecar inevitablemente hace sufrir también a los que están más próximos a sí: el pecado tiene siempre una dimensión social.

Con razón el predicador de Galilea dirigió desde los inicios de su ministerio este apremiante llamado: “Conviértanse” (Mc 1,15). O sea, cambien de rumbo, re-direccionen la ruta, dejen de buscarse a sí mismo y dirijan la mirada hacia Dios, porque el que se busca a sí mismo se pierde (Mc 8,34-36). Es que el hombre tiene sed de Dios y nunca estará satisfecho si no es frente a Dios, con Dios y por Dios: “nos hiciste para ti, oh Señor, y nuestro corazón permanecerá inquieto hasta no descansar en ti”, sentenció san Agustín. Si es esta la condición del hombre, queda siempre una duda: si el hombre necesita de Dios para encontrar su verdadera existencia ¿Por qué tiende desde el seno materno, como lo dice el salmista, a querer tener plenitud como Dios sin Dios? ¿Por qué el hombre peca?

La respuesta a esta inquietud la da la antropología teológica que mana de la misma Escritura: el hombre es imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26). Esto significa que el hombre tiene en su misma constitución humana el peso de la libertad. Esa cualidad que puede ser lo más sublime y noble así como la maldición más trágica del ser humano, que le viene dada justamente por su condición de Imago Dei. El hombre es libre por gracia y por desgracia. Pero es libre porque sin esa libertad no se puede experimentar el amor verdadero. Si Dios creó al hombre con esa libertad fue para que el mismo hombre libremente respondiera al amor con el cual Dios lo ha amado primero (1Jn 4,10). El hombre, pues, tiene la posibilidad de estar frente a Dios (en la gracia divina) o a espaldas a él (en pecado). Todo depende del uso de la libertad. Aquí entra una nueva pregunta ¿Por qué el hombre no hace siempre buen uso de la libertad?

El salmista afirma que desde el seno materno, o sea, desde los primero instantes de nuestra existencia terrena, existe la posibilidad y el riesgo de usar mal la libertad. La condición de pecadores, de buscarnos a nosotros mismos equivocando el rumbo de nuestra existencia, es algo que pone a prueba la libertad a lo largo de toda la vida histórica ya desde el inicio. ¿Por qué? Porque si bien es cierto el hombre es libre, le falta el conocimiento claro y seguro para no equivocar la dirección hacia donde debe canalizar sus actos libres. Conocer o no conocer ¡Esa es la gran cuestión! El engaño de la serpiente gira en torno al conocimiento: “ustedes conocerán como Dios” (Gn 3,5). El afán de conocer acompaña al hombre desde siempre. Pero el conocimiento del hombre siempre será limitado, confuso y desorientado. El hombre puede adquirir cierta ciencia, acumular conocimiento, pero desconocer el rumbo justo y adecuado hacia dónde encausar sus adelantos científicos. Hoy más que nunca somos testigos de cómo el hombre está "jugando" con la ciencia que ha desarrollado. El conocimiento adquirido y acumulado le permite dominar con mayor eficacia la creación. Pero eso no quiere decir que el hombre haya llegado a la madurez de su ciencia. Más bien se está comportando como un niño que juega con lo que ha descubierto. Necesita, y urgentemente, de la ciencia y del conocimiento divino.

Pero la ciencia verdadera, el conocimiento que el hombre necesita, no lo encuentra por sí mismo, ese lo tiene que recibir como un regalo: es un don del Espíritu Santo (recordemos que uno de los dones del Espíritu es el de la ciencia). Pero el Espíritu Santo es al mismo tiempo un don: el Don de dones, que el Padre envía por medio del Hijo. Por eso el hombre para adquirir la verdadera ciencia, para alcanzar el conocimiento que orientará rectamente el uso de su propia libertad necesita de Cristo: fundirse con Cristo y vivir de su Espíritu. “El Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo” (Jn 14,26). Sólo así el hombre hace de su libertad una gracia y no una desgracia. Con razón san Pablo afirmó que “allí donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2Cor 3,17). Allí está la libertad iluminada, la libertad que sabe elegir la dirección correcta, la libertad que empuja al hombre a responder al amor gratuito de Dios y a ponerse ante su presencia para contemplar su rostro (Sal 11,7).

Sin embargo, con todo lo dicho hasta aquí, resuena una vez más la pregunta ¿Por qué después de Cristo todavía existe la posibilidad de pecar? Si Cristo nos ha traído el perfecto conocimiento que necesitábamos para usar bien nuestra libertad, es decir, nos ha dado su Espíritu, ¿Por qué todavía pecamos? ¿Por qué el cristianismo que vivimos no refleja toda esa perfección que debería manifestar?

Esta es temática eclesiológica…


domingo, 12 de abril de 2009

“A IMAGEN DE DIOS LE CREÓ” (Gn 1,26)


Pbro. Ramón O. Lara

El hombre es la medida de todas las cosas, afirmó Protágoras. Los estudios astrofísicos y cosmológicos hablan de un principio antrópico: todo el devenir del universo tiene como finalidad la aparición de la vida, y entre los seres vivos, el ser humano (Hawking). El pensamiento religioso, particularmente el bíblico, pone al hombre en la cumbre de lo creado, su dignidad está sobre cualquier otro ser sobre la faz de la tierra: “apenas inferior a un dios le hiciste, coronándole de gloria y de esplendor; le hiciste señor de las obras de tus manos, todo fue puesto por ti bajo sus pies” (Sal 8), afirma. Reflexionar sobre la identidad y misión del hombre se le conoce como antropología. Sin duda es una rama del conocimiento humano de capital importancia. Ciertamente los enfoques antropológicos pueden ser numerosos y variados. Centrémonos brevemente en la antropología religiosa judeo-cristiana: la antropología teológica.

La biblia es el texto religioso que pone al ser humano en el centro de su construcción religiosa. La tradición judía, que está recogida en el Antiguo Testamento, pone las bases de la primera etapa de la más sublime antropología que se pueda encontrar en el universo religioso: el hombre es imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26-27). El culmen de esa construcción lo ofrece el cristianismo, al afirmar que Dios se hace hombre y pone su morada en este mundo (Jn 1,14).

Que el hombre sea imagen de Dios significa que éste ejerce en medio de lo creado una función vicaria: su actuar es reflejo del actuar divino. La palabra griega “eikon” (imagen) significa “representación personal”, “alguien que actúa en nombre de”. Este concepto va más allá de la idea que normalmente nos hacemos cuando vemos el “reflejo” emitido por un espejo, o cuando vemos una estatua que reproduce un rostro. El concepto imagen en la Biblia tiene que ver con el actuar. Por eso la vocación propia del hombre es reproducir la vida de Dios en lo histórico, actuar como actuaría Dios. Y esta vida divina se caracteriza por ser ante todo comunión en el amor, justicia misericordiosa y plenitud en el existir. Por eso Dios prohíbe hacer cualquier imagen que lo represente (Ex 20, 4; Dt 4,15; 5,8), ya que la única imagen suya sólo es el hombre. Cualquier otra imagen es un “ídolo” (imagen falsa), por lo que la idolatría es la peor ofensa contra Dios.

Además, por ser reflejo de lo divino en lo histórico el hombre tiene la condición connatural de la comunionalidad: el hombre es persona, es relación, es comunión, como Dios que es trinidad. Por estar indefectiblemente unido con el otro, el hombre no encuentra su verdadera identidad y perfecta realización si no es en comunión. El aislamiento, el egoísmo, despersonalizan y empobrecen la grandeza del hombre. Además, la condición de imagen divina de cada ser humano exige uno un mutuo y responsable respeto, ya que todos participan de la misma dignidad: todos son Imago Dei.

El misterio de la encarnación divina, por su parte, complementa y perfecciona la visión icónica de la antropología veterotestamentaria. Que Dios se haya hecho hombre representa el fulcro de la antropología bíblica. En el Verbo encarnado, Jesús de Nazareth, lo divino y lo humano encuentran una perfecta cohabitación: sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación (Calcedonia, 451). El cristianismo no ha cesado de ahondar en el significado de tan profunda revelación, por eso en cada momento histórico hace de ella una relectura y saca nuevas luces que esclarecen la verdad de lo humano. Por eso hoy se puede afirmar sin titubeos que el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado, quien manifiesta el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su propia vocación: la vocación divina (GS, 22).

Jesucristo, que es la “Imagen visible de Dios invisible” (Col 1,15), es el hombre perfecto, y restituye a los demás hombres su semejanza divina deformada por el pecado. El resto de la humanidad, imagen de Dios, recobra su dignidad sólo uniéndose a Jesucristo: la humanidad es en Cristo elevada a la divinidad. El hombre elevado a la esfera divina, obviamente sin atisbos de panteísmo, representa las más alta antropología. Ser como Dios ha sido la gran tentación del hombre. El libro del Génesis lo narra alegóricamente (Gn 3,5). Pero el destino del hombre es ese: ser como Dios, mediante Dios, con Dios y para Dios; no contra o sin Dios, tal como fue el error en los orígenes. Ahora bien, una antropología de tal cuño tiene sus eventuales consecuencias: restituye y exige la dignidad de cada ser humano en cuanto que tiene parentela divina; trasforma y perfecciona la actividad de cada hombre en cuanto es imagen de Dios.

La dignidad restituida y exigida quiere decir: el reconocimiento impostergable y universal de los derechos propios del ser humano; el establecimiento de una convivencia humana bajo el signo de una sólida fraternidad universal (Fratelli tutti); el cultivo de los valores más hondos que perfeccionan la existencia humana: la verdad, la justicia, la paz y la misericordia.

La actividad trasformada y perfeccionada apunta a la novedad que significa el vivir en Cristo. Si en Cristo el hombre es plenamente restituido en su identidad de ser imagen y semejanza de Dios (Rm 8,29), es fácil derivar un nuevo accionar: el actuar según el Espíritu o según el Hombre nuevo del que hablaba san Pablo (Col 3,10). Con otras palabras, la vida moral del hombre encuentra una nueva dirección.

El ser y el actuar, según esta antropología bíblica (judeo-cristiana), no tienen escisión. No es posible ser imagen de Dios y actuar contrario a esa dignidad. No es posible ser hombre nuevo en Cristo y no actuar como tal. Por eso el libro de la revelación corta de tajo un término medio: o se es frío o se es caliente, el tibio es vomitado (Ap 3,16). O se es o no se es cristiano. Las comunidades cristianas primitivas comprendían con mucha precisión esa verdad. Por eso tenían la conciencia de ser las comunidades de los santos: para ellos no había espacio para el pecado (1Jn 5,18). ¿Qué le ha sucedido al cristianismo actual? ¿Por qué vivimos el cristianismo que vivimos?

…la respuesta está siempre en la antropología…y en la eclesiología...

miércoles, 1 de abril de 2009

IDOLATRIA


Pbro. Ramón O. Lara

El teólogo tiene fundamentalmente la misión de indagar los profundos misterios revelados por Dios. El objeto de su estudio es la fe. El economista tiene fundamentalmente la misión de descifrar, orientar, aplicar y corregir las leyes de la economia. El objeto de su estudio es el mercado. Vistas así las cosas, tal parece que el teólogo no tendría ninguna palabra que decir sobre el objeto de estudio del economista. Sin embargo, puesto que el campo de estudio propio del economista –el mercado– ha traspasado los límites de su frontera hasta llegar al terreno que le es propio al teólogo, entonces éste tiene el deber moral de cuestionar esa invasión. ¿Por qué se debe creer ciegamente en el mercado? ¿Por qué ha de verse el mercado como omnipotente y omnipresente?

El hombre es un ser de relaciones. La economía es necesaria para el recto funcionamiento de cierto tipo de relaciones humanas: las relaciones económicas. Economía literalmente significa ley que rige la casa. La economía, pues, por principio, debe estar al servicio del hombre, ya que las leyes que ordenan la vida de la casa (la familia humana) tienen como objetivo primordial el que todos los miembros de la familia gocen de una justa distribución de todos los bienes. Mediante la economía, se entiende, la familia humana encuentra el mecanismo necesario para la vivir bien, con dignidad y en paz. Pero, ¿Realmente es así? ¿Qué ha sucedido, entonces, con la economía?

Un grave problema se da cuando se cambian los roles: cuando el fin deviene medio y el medio fin. La economía es un medio que tiene como fin el bien del hombre; en cambio, cuando el hombre es reducido a un medio para mantener un sistema económico, algo en esa lógica no está funcionando. Muestra de ese mal funcionamiento de la lógica de lo que debe ser la economía es lo que algunos analistas llaman “la idolatría del mercado” (J.J. Tamayo-Acosta). Se piensa en el mercado en categorías que antes eran netamente religiosas. Hoy se habla de “nuevas tablas de la ley del mercado”, las que pueden resumirse así:

Primer mandamiento: No puedes resistirte a la globalización de los capitales, de los mercados, de las finanzas y de las empresas. Debes adaptarte a ella.

Segundo mandamiento: No puedes resistirte a la innovación tecnológica. Deberás innovar constantemente para reducir gastos y mano de obra y mejorar resultados, aunque con ello aumente el desempleo.

Tercer mandamiento: Deberás liberalizar los mercados, renunciando a la protección de las economías nacionales.

Cuanto mandamiento: Transferirás todo el poder a los Mercados, y el Estado se convertirá en mero notario de la realidad o en simple ejecutor de órdenes.

Quinto mandamiento: Tenderás a eliminar la propiedad pública y los servicios, privatizando todo lo privatizable y dejando el gobierno de la sociedad en manos de las empresas privadas.

Sexto mandamiento: Deberás llegar a ser el más fuerte, si quieres sobrevivir en medio de la brutal competitividad mundial. De lo contrario serás eliminado del mercado (que es como ser expulsado del reino de los cielos).

Podemos ver con claridad que de estos seis mandamientos, tres se sitúan en el terreno de los imperativos fundamentales y otros tres en el plano de los medios. El fin es sin duda el mantenimiento del sistema económico. El ser humano no tiene lugar en este nuevo pacto. El objetivo primordial es el lucro, las ganancias, la producción y el consumo. Es tan invasiva esta mentalidad que hay muchas personas que ni siquiera se imaginan la posibilidad de una vía alternativa. El mercado se ha convertido en una verdadera religión: se cree ciegamente en él, se espera todo de él, se confía todo en él. En definitiva el mercado ha tomado el lugar de Dios, por tanto, es un verdadero ídolo.

Por eso un estudiante de teología debe cuestionar esta realidad. Desde la teología, o sea, desde la profundización razonada de la fe, debemos preguntarnos sobre la validez de este lenguaje y de esta mentalidad. Más aún, como cristianos debemos cuestionarnos sobre el lugar que ocupan los más elementales valores que identifican al cristianismo: el amor solidario, la fraternidad y comunión con el débil, la instauración del reino de Dios y sus esenciales valores: verdad, justicia, paz. La lógica del vivir para producir, producir para consumir, consumir para vivir, se convierte en un círculo vicioso que conduce a la muerte de lo humano. El hombre se convierte en una pieza del mercado. Se deja de ser “humano” para convertirse en “consumidor”.

El proceso deshumanizador del sistema económico mercantilista es impresionante. Reducido a pieza del mercado, el hombre se comporta como un autómata. El ritmo de vida gira en torno a la producción y el consumo. Fuera de esos dos polos nada tiene sentido. El ingenio, la creatividad, los esfuerzos de la inteligencia humana tienen un único fin: producir. Teniendo el producto viene la necesidad de venderlo. La maquinaria propagandística hace crear la necesidad, ficticia pero imperiosa, de comprar. Para comprar se necesita el dinero, para obtener dinero se ofrece la fuerza de trabajo. El trabajo ya no es algo que funge el rol de auto manifestación y auto realización de lo humano, sino sólo el medio para obtener el dinero. Son poquísimas las personas que hacen el trabajo que realmente es parte de su vocación, o sea, que les autorealiza. Puesto que el trabajo mecaniza al hombre, pues se convierte en algo rutinario y desgastante y no realizante, éste necesita una válvula de escape: el entrenamiento (“entertaiment”).

La industria del entretenimiento es la más poderosa en este nuestro tiempo. Para divertirse, entretenerse, el hombre necesita consumir lo que le ofrece el mercado. Para poder acceder los bienes que ofrece el mercado, o sea para poder tener siempre más dinero, no queda otra opción que competir. En esa competencia sobre vive el más fuerte. El débil no cuenta. Pues el éxito está destinado sólo para el más fuerte, que para serlo debe pasar sobre los débiles. Además, lo que cuenta es el ingenio personal y la búsqueda del propio interés. El motor de este sistema es el egoísmo, que es un sentimiento connatural al hombre, junto al altruismo y la solidaridad. Pero lo privado y lo individual han sido elevados a axiomas intocables. Todo está orientado a la consecución del máximo lucro personal. El sentimiento solidario es visto como una debilidad, y el bien común un obstáculo.

Por eso debemos cuestionar desde la fe el rumbo que está tomando este sistema económico imperante. El lucro, la competitividad, el egoísmo son los pilares de este sistema. El bien común, la solidaridad y la fraternidad, que son valores esenciales del cristianismo, son eliminados sutilmente de la sociedad. Por tanto, si el bien común no cuenta, debemos defenderlo y aplicarlo; si la solidaridad ni siquiera se piensa, debemos luchar por globalizarla; si la comunión fraterna se ha perdido, debemos rescatarla. Cuando el mercado se convierte en ídolo, los cristianos como nuevo pueblo profético, a ejemplo de los profetas del Antiguo Testamento, debemos condenar tal idolatría. Si el mercado, la economía en sí, vuelve al servicio del hombre, que es su originaria finalidad, ¡Que viva el mercado! Pero con el diseño que actualmente tiene, podemos decir parafraseando las palabras de Jesús: “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que el mercado verdaderamente se ponga al servicio del ser humano”. Recordemos también: el hombre no ha sido hecho para el mercado, sino el mercado para el hombre.