Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

sábado, 16 de mayo de 2009

ABURRIDOS ANTES DE NACER


Pbro. Ramón O. Lara

El hombre es por definición un ser lúdico (homo ludens). El juego, la diversión, el entusiasmo, la alegría, la vitalidad, son características que definen a un hombre, sobre todo en las primeras etapas de su vida. ¿Quién no añora los maravillosos años de la infancia: los años de las fantasías, de los juegos y de los sueños mágicos?

Un fenómeno propio de las sociedades con alto grado de desarrollo económico, en este tiempo de los grandes avances tecnológicos, es la experiencia del tedio o profundo aburrimiento. Tal experiencia parece desarrollarse a partir del asfixiante control y sistematización social que impone el sistema capitalista.

Desde una perspectiva simplística podríamos decir que la cultura creada a raíz del sistema capitalista tiene sus raíces en las más profundas libertades individuales y que el más genuino capitalismo huye de cualquier asomo de control y rigidez. Sin embargo, muchos análisis de las sociedades capitalistas arrojan impresionantes datos sobre un fuerte control y manipulación socio-cultural ejercidos por este sistema. Parece que hemos entrado en la “matrix” de la oferta y la demanda, y ésta ejerce soberano control sobre todas las voluntades. Es más, las manipula descaradamente (propaganda, mercadotecnia, etc.).

Las tendencias en el modo de vestir son dictadas por los grandes diseñadores de la moda; el tener identidad (visibilidad) social es un don que viene dado sólo de la capacidad de consumir (poseer lo más nuevo): quien no tiene, celular por ejemplo, no es nadie; el mercado es el que dice qué es la felicidad y quienes son las personas verdaderamente felices (los modelos mediáticos y los ídolos de la juventud, como cantantes, actores-actrices, deportistas, etc.). El mercado controla todo: el trabajo, los días libres, los momentos alegres, los sueños, las ilusiones, las esperanzas, todo. Todo está diseñado y preparado a la medida de los posibles deseos del consumidor. Esta actitud controladora y asfixiante la han introyectado los padres de familia y la reflejan en la crianza de los hijos. Los niños en las sociedades económicamente ricas son concebidos y criados como si estuvieran dentro de una burbuja de cristal. En definitiva, una sociedad en tal grado controladora no da espacio más que al tedio: el capitalismo ha creado la cultura del aburrimiento.

Esta experiencia asfixiante la comenzaron a sentir las jóvenes generaciones de los años sesenta. La forma como la afrontaron fue con la rebeldía total y el deseo de retornar a lo simple y natural (movimiento hippie es emblemático para comprender esta reacción). Pero el tiempo pasó y la cultura capitalista siguió avanzando y desarrollando controles más refinados y sutiles. Las nuevas generaciones cayeron en el conformismo y se resignaron a soportar el asfixiante control que ejerce el mercado. Al menos bajaron las banderas de protestas con visibilidad social. La protesta y rechazo contra la cultura del tedio derivó en otras formas.

Pero hemos dicho que el hombre es “ludens” por antonomasia. Es creativo y no se doblega ante el control. Los jóvenes de la última generación en las sociedades capitalistas son jóvenes que viven un crónico aburrimiento. Por eso su protesta, silenciosa y en la mayoría de las veces autodestructiva, ahora la vemos manifestada en: un crónico ensimismamiento (modas, sentimentalismo -cultura emo-, etc.), huída de la realidad (droga, música estridente y alienante, suicidios, etc.) y una búsqueda insaciable de emociones fuertes (descontrol sexual, deportes extremos, etc., etc.). Estas son algunas de las manifestaciones que podemos leer como la protesta silenciosa de la última generación de la sociedad capitalista.

Nuestros jóvenes, los de nuestros barrios, colonias y hasta de los cantones y caseríos, están recibiendo una fuerte influencia de este profundo aburrimiento. Ver jóvenes sentados desgarbadamente en las esquinas, en los parques o bajo los sombrosos árboles de los cruces de caminos en los cantones, hace pensar que en las mentes de tales anidan muy pocos sueños, pocas ilusiones. En nuestros jóvenes falta el brillo, el fuego y el entusiasmo que caracteriza la edad moza. Una sociedad cuya juventud carezca de sueños e ilusiones es una sociedad fallida. Estamos viendo una generación de jóvenes que no han aprendido a soñar, mucho menos a luchar por sus sueños. El silencio de los jóvenes “emo” es muy elocuente. Queda la tarea de saber responder a ese grito silencioso que tal generación nos está mandando, porque es una generación que probó el aburrimiento desde antes de nacer.

jueves, 7 de mayo de 2009

“SOLO EL AMOR ES DIGNO DE FE”



A PROPÓSITO DE UN ESCÁNDALO


Pbro. Ramón O. Lara

Con esta expresión el gran teólogo suizo Hans Ur von Balthasar tituló un pequeño librito en el que trata sintéticamente sobre la esencia del cristianismo. El escrito inicia con esta pregunta “¿Qué es lo cristiano en el cristianismo?”. Tratando de responder a esa pregunta el teólogo construye todo el tejido argumentativo del escrito. La conclusión a la que llega es justamente como intituló el libro: lo propio del cristianismo es el amor de Dios manifestado en Cristo, y que Dios es digno de fe porque sólo él es amor (1Jn 4,8). No voy a resumir el contenido de este escrito, que de por sí ofrece una síntesis casi completa de la teología de este gran sabio, lo traigo a memoria sólo porque estando a media lectura vine a saber del sonado escándalo de un hermano sacerdote quien ha sido calificado como “una celebridad mediática”.

Al asomarme a la avalancha de reacciones, condenatorias unas y defensivas otras, que se ha desatado en los medios de comunicación en torno al caso, me vino a la mente esta pregunta ¿Por qué tanta preocupación e histeria ante el pecado y por qué tanta indiferencia frente al amor? El llamado cuarto poder, el poder de los mass media, se alimenta sólo de lo que produce el pecado de unos pocos, y no de lo que humildemente hace el amor generoso de millares y millares. Víctimas y victimarios los hay en abundancia en el mundo mediático. Una vocación, sino no es cuidada, puede ser una presa fácil en este ambiente adverso al amor generoso. La salida inmediata que gran parte de la opinión pública defiende es la supreción de la disciplina eclesiástica del celibato. ¡Ojalá fuera así de simple! Además, de si continuará o no esta disciplina lo dirá la historia futura. En mi humilde opinión el problema es muchísimo más hondo: es cuestión de saber amar y de vivir el amor según Cristo. La gran pregunta no es ¿Se puede ser célibe en el siglo XXI? Sino ¿Es posible amar como Cristo en este siglo?

No quiero juzgar ni justificar a nadie, ni la persona ni los hechos, ya que el único juez es Dios, sino sólo me gustaría lanzar una pregunta al aire: “Mi querido hermano católico ¿En quién crees tú? ¿En qué o en quién descansa tu fe?”. Me parece que la respuesta la dio Balthasar hace 46 años cuando escribió su libro: sólo el amor es digno de fe. Obviamente el escándalo, de quien sea y por el motivo que sea, daña la credibilidad de quien escandaliza. Obviamente el escándalo de un eclesiástico daña a la Iglesia. Seguramente la credibilidad de la Iglesia, particularmente en su disciplina del celibato, está siendo realmente acorralada. No obstante, debemos distinguir entre credibilidad y fe. La fe de la Iglesia es intocable e infalible, la credibilidad eclesiástica en cambio puede menguar. Evidentemente el ideal siempre anhelado es que también la credibilidad "en "y "de "la Iglesia sea incólume.

Tampoco quiero hacer una apología del celibato. Porque quien escribe lo es, y sabe a ciencia cierta y no en teoría de lo que significa este estilo de vida. Sólo me gustaría aclarar algo que en casi nadie parece estar claro: el celibato es inseparablemente “carisma y disciplina”. En el párrafo anterior me he referido al celibato sólo como disciplina. Sin embargo, el celibato es principalmente carisma, porque es un don que se ofrece voluntariamente para la edificación de la comunidad de los creyentes. Es una oferta de amor. Sin amor el celibato es un absurdo. Es disciplina porque el amor es ordenado e implica compromiso responsable. Sin compromiso y responsabilidad no existe verdadero amor. El celibato es, pues, amor disciplinado. Quien lo acepta lo debe vivir en ese tipo de amor. Tener incapacidad de amar hace de por sí imposible el celibato y cualquier otra opción de vida.

La inmensa mayoría de las personas que opinan sobre el celibato hacen alarde de un total desconocimiento de lo que significa la unidad celibato-amor. Separar el celibato del amor e identificalo sólo con una “disciplina absurda, inhumana, impositiva, etc.” es reducirlo al "absurdum". Ciertamente que fallar al celibato por parte de quien lo ha aceptado como una muestra de su amor a la Iglesia significa justamente fallar a ese amor. Está por demás aclarar lo que entendemos por Iglesia, o sea, jamás podemos reducir la Iglesia a sólo su institucionalidad o su jerarquía. La Iglesia es para el célibe su comunidad de hermanos, su entorno de fe, con quienes vive y de quienes se alimenta para servir con alegría y satisfacción. El novio que ama su novia, o el esposo que ama a su esposa, no ve que la exigencia de exclusividad que la persona amada le demanda sea una imposición o una carga absurda. Si esa relación se reduce a una mera disciplina, obviamente que será una carga insoportable.

La sociedad mediática actual ha reducido el amor a una experiencia banal. Y ser ríe de quienes lo ven como algo que implique donación total (para el cristiano el amor tiene un rostro concreto y un contenido definido: el crucificado). La sociedad actual busca con todos los recursos posibles para presentar los escándalos y luego reírse de quienes creen en el amor verdadero, el amor que pasa por la cruz. Es fácil querer amar sin la cruz. Ese amor es sin duda atrayente. Y en nuestro momento histórico, tiempo de las sensaciones y emociones, no se puede pensar ni entender otro tipo de amor. Por eso el amor fiel e imperecedero de los esposos les parece imposible e inútil. La donación total del célibe les parece absurda, innatural y hasta inhumana. Es fácil confundir el amor con el deleite egoísta, pero es algo que nunca será amor, ni jamás dará plenitud y satisfacción total. Efectivamente no es nada fácil amar debiendo pasar por la cruz. Quien escribe da testimonio de ello. Por eso los esposos deben cargar con la cruz de la fidelidad al único cónyuge, el célibe debe cargar la cruz de la soledad, y así sucesivamente cada vocación u opción de vida.

Ciertamente la hedonista sociedad actual se ríe del amor cristiano, lo ve imposible e inútil. Pero no hay dudas, pues el testimonio de siglos lo confirma, que sólo el amor en Cristo es el que da plenitud al ser humano. Si alguien tiene incapacidad de amar verdaderamente, como el caso del incontinente en el celibato o el infiel en el matrimonio, no quiere decir que se deba claudicar o negar el amor. Todos tenemos la gran tarea de aprender a amar verdaderamente y con gran madurez. Todos debemos compartir el amor y enseñar a los otros amar. Si fallamos al amor no es el amor el que tiene la culpa, es nuestro egoísmo y nuestra inmadurez. La inmadurez en nuestra capacidad de amar no debe cancelar los carismas tan necesarios para la vida en plenitud, como la donación total para el célibe o la fidelidad absoluta para el casado. Debemos creer en el amor, él nunca defrauda. Además, confiando en la palabra revelada podemos confirmar: “El amor no acaba nunca. Desaparecerán las profecías. Cesarán las lenguas. Desaparecerá la ciencia. Porque parcial es nuestra ciencia y parcial nuestra profecía. Cuando vendrá lo perfecto, desaparecerá lo parcial” (1Cor 13, 8-10).

Volvamos nuevamente al tema del escándalo. Es normal que muchos se pregunten por qué suceden los escándalos. Al respecto me vienen a la mente aquellas palabras de Jesús: “¡Ay del mundo por los escándalos! Es forzoso, ciertamente, que vengan escándalos, pero ¡ay de aquel hombre por quien el escándalo viene!” (Mt 18,7). Nadie está exento de la posibilidad de escandalizar. Es más, Jesús afirma que es necesario que los escándalos vengan. Parece extraño que diga eso. Pero es que el escándalo sirve para que el creyente madure en la fe, y sepa ponerla en la base que no defrauda. Pero el clamor de Jesús es hondo: “¡Ay de aquel hombre por quien el escándalo viene!”.


Ese clamor estremece. Pensar en todos los escándalos y escandalizadores como el caso publicitado en estos días, nos debe servir como una fuerte sacudida a nuestra comodidad espiritual: hay que estar vigilantes. Pues bien, el que escribe, sacerdote además, no pide a sus hermanos en la fe que lo defiendan, pues por lo visto en este caso, como en tantos otros, no somos creíbles. Sólo pide que oren por los ministros, para que estemos vigilantes ante nuestras debilidades y taras en nuestra capacidad de amar. No pedimos nada más. La oración, que no es sólo una plegaria mental dirigida a Dios sino un verdadero gesto de amor, debe ser acompañada con hechos: la cercanía, el trabajo armonioso, el respeto fraterno, etc. Sobre todo y ante todo el amor. Recordemos, sólo el amor es digno de fe.


martes, 5 de mayo de 2009

“BENDITA TU ENTRE LAS MUJERES” (Lc 1,42)


Pbro. Ramón O. Lara

Cuando llega mayo la vida reverdece; la naturaleza, madre tierra, se viste de esplendor. El quinto mes es también el mes de María; el corazón cristiano se vuelca en loas hacia la joven madre nazarena. Todo en mayo conduce a un punto concéntrico: la madre. No importa la madre de quien, no importa de dónde, no importa cuál sea la latitud o la posición social que ocupe. La madre es madre, y un título tal lo dice todo, y resume cualquier otro honor posible en la tierra. Mayo, pues, hace pensar en la mujer en su máxima expresión, o sea, como mamá.

Pero es curioso, y vergonzoso a la vez, saber que en aras de la defensa de la dignidad de la mujer se denigre el honor que le es superlativamente digno: ser mamá. En muchas sociedades, particularmente aquellas de condiciones económicamente ricas, no celebran este día. Para muchos grupos radicales y contestatarios, que dicen defender la dignidad de la mujer, ésta celebración es una ofensa a la mujer moderna, que lucha por “conquistar su rol digno dentro de la sociedad”. Para las sociedades “desarrolladas” el hecho de ser madre es una carga, una subyugación machista y casi una ofensa. En pocas palabras ¡ser madre es denigrante! Según esta mentalidad, la mujer tiene dignidad en cuanto más se asemeje al hombre (¡!), ¡si el hombre no pare hijos, la mujer tampoco! ¿Es esto verdadero feminismo?

Por supuesto que me opongo a cualquier vestigio machista que galopee campantemente en nuestra cultura. El respeto a la dignidad de la mujer, en todas sus dimensiones, debe ser defendido, cultivado, difundido y encarnado. No me opongo, por tanto, al trabajo productivo femenino, o que la mujer pueda cultivar al máximo sus capacidades profesionales; pero si ese trabajo relega o bloquea el don de la maternidad, debo decirlo, algo en esa lógica productiva y reivindicativa no está debidamente funcionando. Benditas las mujeres que sacrifican esa posibilidad de realizarse como profesionales en el campo productivo en aras de la maternidad, mujeres que se donan a tiempo completo para el cuido de los hijos. No creo equivocarme en decirles que de por sí ellas están realizando el trabajo más digno y noble en esta tierra. No quiero ser mal entendido en este punto, ya que es una temática que debe tratarse con precisión quirúrgica. Un sano y virtuoso justo equilibrio, admitámoslo, siempre será necesario. Sé que en muchos de los países económicamente ricos están revisando y replanteando las políticas laborales a favor de la maternidad. Cosa que los llamados países subdesarrollados o del tercer mundo tienen como algo culturalmente normal.

Por eso me siento orgulloso de ser latinoamericano y, agreguemos, “subdesarrollado”. No por el machismo que tristemente campea entre nosotros, sino porque el rol de la mujer madre todavía ocupa un lugar muy especial. Por eso quiero decirles a todas las mujeres de mi pueblo, retomando las palabras inspiradas que una mujer llena del Espíritu Santo dirigió a una jovencísima madre: “Bendita tu –ustedes mamás– entre todas las mujeres”. Por supuesto que reconozco el riesgo y el gran compromiso que implica un saludo como este. Ciertamente a la mujer que es madre merece el honor, respeto, premura y reconocimiento los trescientos sesenta y cinco días del año. Por supuesto que me avergüenzo saber que hay tantas mujeres que son tan vilmente denigradas, madres que son cruelmente maltratadas. Me avergüenzo y en nombre de todos los hijos que deberíamos honrarles siempre les pido perdón.

Además, me avergüenza reconocer que esta fecha santa sea tan manipulada por el desvergonzado mercantilismo: una madre no merece sólo un artefacto que se compra en el almacén de la esquina o en la tienda de enfrente. La madre merece de sus hijos como principal regalo: obediencia, respeto, ternura, comprensión, ayuda, compañía, delicadeza; en una palabra, amor. Y ese regalo no se da sólo una vez al año, sino cada día. Es obvio que resultará una grosera ofensa para una madre recibir sólo ese día un “chunche” para amueblar la casa, que no es ni para ella (licuadoras, cocinas, planchas, etc.), si durante el resto del año sólo ha recibido desprecios, ofensas, y una sarta de tropelías denigrantes. Reitero, por tanto, mis disculpas a las mujeres que en su condición de madres son deshonradas. Pero no por ello debemos suprimir el día que es propio para reconocer la dignidad de la mujer en su condición de mamás.

El saludo de santa Isabel a la joven nazarena tenía un motivo: “el fruto de tu vientre”. Se comprende entonces que la condición de “bendita entre todas las mujeres” es debido a ese fruto que madura en el vientre, o más bien, por la condición de mamá. Ciertamente hay que reconocer también que muchas mujeresdenigran , tristemente, la dignidad de la mujer en la condición de madre cuando atropellan su propia maternidad. Sin pretender hacer un juicio genérico, pues no es fácil conocer los motivos por los cuales una madre actúa así, hay que reconocer que muchas mujeres pisotean su maternidad cuando abandonan a sus hijos, cuando los maltratan, cuando los asesinan (aún en el vientre), etc. Por las madres que por su comportamiento pisotean la dignidad de la mujer-madre nos queda sólo elevar una plegaria, compartir las secuelas de sufrimiento que dejan sus comportamientos y en la medida de lo posible ayudarles a redescubrir su dignidad y valor de mujeres y de madres.

Honor, pues, merecen las mamás el diez de mayo y siempre. Reconozcamos, todos, la gran dignidad de la mujer madre y colaboremos para que las próximas generaciones de madres, las niñas, adolescentes y jovencitas del presente, sepan valorar y asumir con entereza ese hermoso don con el cual el creador las ha embellecido: el don de la maternidad. Cuidémoslas para que no sean víctimas de esta nuestra sociedad enferma que victimiza sobre todo a las niñas. El caso de la pequeña Katia Miranda es un símbolo de lo que una sociedad enferma puede llegar a perpetrar contra las niñas. Cuidémoslas para que sus mentes y sus corazones no sean contaminados y atropellados con tanta porquería con los que la propaganda pornográfica y la sociedad vacía de valores les embisten. La madre es un diamante que debemos cuidar. Pero como diamante es necesario tallar y embellecer, algo que se debe hacer desde los primeros años de la existencia de una personita que trae el gran privilegio (y peso) de ser mujer.

A las madres que están lejos, enviemos nuestro sentido afecto y especial agradecimiento. A las que han partido de este mundo y gozan de Dios, nuestra grata memoria e intensa plegaria por su descanso eterno. A las madres que no han engendrado físicamente pero que espiritualmente han cultivado una fertilísima maternidad, damos nuestra suprema admiración y profundo reconocimiento. Que en este día de la madre, día propio de la dignidad más grande de la mujer, el Señor las bendiga a todas. Por eso no dudamos en repetirles el saludo celestial: “benditas sean entre todas las mujeres”. En honor a todas las mamás de mi pueblo, me atrevo a transcribir una de las más bellas piezas de la poesía surgidas en nuestro suelo:

Manos las de mi madre, tan acariciadoras,
tan de seda, tan de ella, blancas y bienhechoras.
¡Sólo ellas son las santas, sólo ellas son las que aman,
las que todo prodigan y nada me reclaman!
¡Las que por aliviarme de dudas y querellas me
sacan las espinas y se las clavan ellas.

Para el ardor ingrato de recónditas penas,
no hay como la frescura de esas dos azucenas.
¡Ellas cuando la vida deja mis flores mustias
son dos milagros blancos apaciguando angustias!
Cuando del destino me acosan las maldades,
son dos alas de paz sobre mis tempestades.

¡Ellas son las celeste; las milagrosas, ellas,
porque hacen que en mi sombra me florezcan estrellas!
Para el dolor, caricias: para el pesar, unción:
¡son las únicas manos que tienen corazón!
(Rosal de rosas blancas de tersuras eternas:
aprended de blancuras en las manos maternas).

Yo que llevo en el alma las dudas escondidas,
cuando tengo las alas de la ilusión caídas,
¡las manos maternales aquí en mi pecho son
como dos alas quietas sobre mi corazón!
¡Las manos de mi madre saben borrar tristezas!
¡Las manos de mi madre perfuman con ternezas!

Alfredo Espino