Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

miércoles, 2 de diciembre de 2009

¡NO TEMAS!




Recopilado por:
Pbro. Ramón O. Lara Palma

Un excelente libro que leí hace algunos meses, de Carlos G. Vallés, titulado precisamente con esa exclamación: “¡No temas!”, termina con estas reflexiones que ahora les comparto en modo completo:

«Cuando los ángeles anunciaron el nacimiento de Jesús a los pastores de Belén sus primeras palabras fueron: “¡no teman!”; y cuando llevaron a las santas mujeres en Jerusalén la buena nueva de la resurrección de Jesús, comenzaron también por decir: “¡no teman!”. Todo indica que el mensaje que Jesús vino a traer a hombres y mujeres con su presencia en la tierra y su muerte en la cruz era el destierro del miedo de nuestros corazones. Y también indica que ese mensaje no encuentra mucho eco en general, ya que los ángeles tienen que repetir al final lo que dijeron al principio. La última lección en los manuales angélicos para ayuda de la humanidad es la misma que la primera: “¡No teman!”.

“¿Por qué temes, hombre de poca fe?”, “Levántate y no temas”, “no temas, hija de Sión”. El mismo mensaje les llega a Zacarías, a Pedro, a los discípulos, a las multitudes, la misma alegre noticia que va a cambiar la faz del mundo. No temas. Es una era nueva. Somos libres. No estamos ya en cautividad, y no hemos de volver a temer a las fuerzas de la naturaleza, al poder de las tinieblas o a los escrúpulos de nuestra propia alma.

Cuando el hombre y la mujer rompieron su primera inocencia en el paraíso, su primera e inmediata reacción fue el miedo: “Oí el sonido de tus pasos en el jardín, y tuve miedo”. Y con miedo continuaron hombres y mujeres por desiertos y ciudades de día y de noche en soledad y en sociedad, dondequiera que estuvieran e hicieran lo que hicieran. Temerosos de los pasos de Dios, temerosos de sus propios pasos; temerosos de amigos y enemigos, temerosos de vivir y de morir. Larga cadena de miedos desde el primer aliento hasta el último en el valle de las sombras. Desde que el hombre y la mujer perdieron su inocencia, quedaron condenados a vivir bajo el miedo.

Y el miedo redujo su alegría. Una espada de Dámocles colgaba sobre cada placer, y su amenaza amargaba el gozo. Vive, pero has de morir; come, pero puedes ser envenenado; viaja, pero puedes tener un accidente, ama, pero puedes sufrir. Cada actividad humana tenía su sombra oscura, y la comida se mezclaba con cenizas en la boca. La posesión de un tesoro quedaba vinculada para siempre al miedo de perderlo; y el desprendimiento de vivir sin tesoros conlleva el mayor miedo de cuánto durará el desprendimiento en un mundo de apegos. Nada es firme, nada es seguro; y una vida sin seguridad es una vida de temores.

La inseguridad nos ataca los nervios. Nos ponemos tensos, y proyectamos nuestras tensiones sobre el mundo que nos rodea. Vemos a los demás como enemigos, y a las oportunidades como amenazas. El trabajo es competencia, y la vida es un campo de batalla. Tenemos los peligros que conocemos, y más aún los que no conocemos pero sospechamos a la vuelta de cada esquina. El miedo que tiene nombre pierde su filo, pero el miedo sin nombre, el fantasma sin rostro, el ataque sin dirección aturde a la mente y paraliza el cuerpo. Miedos sin nombre que llenan de terror oscuro la existencia humana.

La redención es la liberación del miedo. Levanta la vista, llena tus pulmones, yergue la cabeza, abre la sonrisa, y da la bienvenida a la vida. El poder de la confianza y la alegría del coraje. Ese es el mensaje de la redención. La facultad de presentarse sin temor ante Dios, y en consecuencia ante el mundo entero y toda la creación para trabajar en libertad y vivir con alegría. Eso es lo que Jesús vino a hacer a la tierra.

La vida es bella, la naturaleza es amable, el sufrimiento tiene sentido y la muerte lleva a la vida, (si tenemos fe, que hace crecer la esperanza y consuela con el amor). No ignoramos el sufrimiento ni tratamos de ocultarlo ni de evitarlo cuando es inevitable, pero sí buscamos en Cristo la conquista de ese miedo irracional de sufrimientos futuros e imaginarios que nos hacen sufrir antes de llegar y nos estropean la vida antes de vivirla. Haremos frente al sufrimiento cuando llegue, como no dejará de llegar en la prueba que es esta vida, pero nos negamos a que nos acobarde su pensamiento, nos atormente su sospecha, nos hiera su miedo.

Tomamos las cosas como vienen, y la vida como es. Cuando aparece en el horizonte una nube negra, nos damos cuenta de ellos y tomamos nota, pero no perdemos la calma que ahora disfrutamos bajo el sol por el temor de la tormenta que se avecina. Es posible que la tormenta se disipe para cuando llegue aquí, pero si descarga sobre nuestras cabezas ya sabremos refugiarnos a tiempo, o en el peor de los casos nos mojaremos, y ya nos cambiaremos de ropa y repararemos los daños que pueda haber causado. Pero no nos desanimamos de antemano.

Encontramos el valor que derrota al miedo en nuestra fe en Jesús, que ha caminado los caminos de la vida por delante de nosotros, y ahora está a nuestro lado para llevarnos a la victoria con él. “No hay aflicción, penalidad, persecución, hambre, desnudez, peligro o muerte que pueda separarnos del amor de Cristo”, dijo san Pablo. Y Juan ofreció el último eslabón en la cadena de oro: “El amor perfecto acaba con el miedo”. Jesús sella nuestro amor, y su amor elimina el miedo de nuestras vidas.

Bendición final de Jesús para todos los que lo aman: “No teman. Yo he vencido al mundo”».

Hasta la próxima.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

REINA DE LA PAZ



Pbro. Ramón O. Lara Palma

Recorriendo el tercer año en este mi “exilio académico”, lejos de mi tierra y de mi gente, es natural que mis sentimientos de nostalgia crezcan fervorosamente al acercarse fechas significativas tal y como lo es la fiesta en honor a la Reina de la Paz. Junto a ese natural sentimiento de nostalgia también se remansan en mi corazón profundos sentimientos de preocupación a raíz de la grave situación económico-político-social en que vive mi pueblo. La situación económica se agudiza cada día más y porta con ello la angustia del tener que sobrevivir sin lo mínimo necesario que corresponde a la dignidad del ser humano; situación que se agrava con la evidente vulnerabilidad ante los fenómenos naturales. La política, siendo sana en su esencia y una virtud en su forma, entre nosotros está siendo pisoteada y reducida a burdo compadrazgo, sin la más mínima decencia y dignidad por parte de los que hacen de ella un “modus vivendi”. Socialmente hemos llegado a niveles intolerables y escandalosos de violencia, de degradación moral y de estrechez cultural. Ante tal cuadro de la realidad no queda si no preocuparse hondamente.

La mía es una preocupación esperanzada. Mantengo la firme esperanza en que las cosas cambiarán. Celebrar la fiesta de la Reina de la Paz confirma esta mi esperanza. ¿Por qué? Porque alimenta en mí la firme convicción de que el mensaje de paz portado por “el Príncipe de la paz” y alimentado por la noble devoción a la Santa Patrona calará en lo más hondo de los corazones de los fieles devotos. La Reina de la Paz nos garantiza justamente eso: que la paz es posible, que podemos ser un pueblo pacífico, que no nos dejaremos derrotar por los augurios pesimistas de aquellos que piensan que ya nada podemos hacer. Este 21 de noviembre deberá ser una enorme manifestación popular de un pueblo que al unísono gritará: ¡Que viva la Reina de la Paz! Sí, ¡Que reine la paz! ¡Queremos la paz! La procesión que acompañará la santa imagen será una elocuente expresión de que todos los salvadoreños vamos caminando con paso firme hacia esa paz social que tanto anhelamos. Cada vela encendida manifestará que el corazón de cada migueleño, de cada salvadoreño, tiene encendida la fe en el Príncipe de la Paz y en la venerada Reina.

Insisto, una manifestación religiosa no debe quedar en la mera superficialidad, pues debe ser una clara expresión de una experiencia interior. Celebrar la Reina de la Paz, acompañar la procesión siguiendo la sagrada imagen, debe ser una muestra clara de que en el interior de cada cristiano palpita un corazón pacífico y pacificador.
No podemos celebrar la Reina de la Paz si no tomamos en serio el llamado que en su momento nos hizo el Papa Juan Pablo II cuando visitó nuestro país la primera vez en 1983, el llamado de ser “artesanos de la paz”. La frase tiene un significado profundo que no podemos descuidar. Sobre todo significa que la paz es una cosa que está en nuestras manos (como el artesano que labora con sus propias manos, diferente al trabajador industrial), que no podemos delegarla a otros. Vivir en un El Salvador en paz no es sólo tarea de las fuerzas de seguridad, del sistema de justicia o del aparato gubernamental. La paz social depende también de nuestras actitudes pacíficas, de nuestra capacidad de tolerar, del espíritu de solidaridad y cooperación mutua, de nuestra responsabilidad moral y cívica. Construir un tejido social pacífico está en nuestras manos: somos los artesanos de la paz.

No podemos dejarnos vencer por el pesimismo y la inercia. Los violentos son muy pocos y los pacificadores la arrolladora mayoría. No podemos permitir que la violencia de unos pocos acabe con la paz de todos. Venzamos la violencia con la “no violencia”, concepto acuñado por Mahatma Gandhi. Que no significa una resignada actitud frente a los violentos, sino una activa convicción contra la violencia. Por eso, comprometámonos con las iniciativas que ayuden a superar la cultura de la violencia: cosas tan mínimas como la cordialidad de un saludo, la gentileza de una sonrisa, el gesto amable y el trato educado. Y claro, toda gran iniciativa social que coadyuve a cultivar el arte y rescate los valores de nuestra cultura debe ser acompañada por nuestro apoyo. Todo eso es el verdadero significado de la fiesta patronal en honor a la Reina de la Paz. Con esta fiesta tenemos una hermosa e inigualable oportunidad para proclamar públicamente que podemos y debemos vivir bajo el reinado de Cristo, Príncipe de la paz, y bajo la protección de su madre nuestra Reina.

Además, no olvidemos que la paz social tiene un componente político. Por eso debemos estar atentos y vigilantes con lo que hacen aquellos en quienes hemos depositado el trabajo de la administración pública. Toda autoridad pública tiene el deber de responder al mandato recibido del pueblo. Y el pueblo debe exigirles que cumplan su labor de hacer verdadera política, es decir, administrar el aparato público para el bien de todos. Para eso es necesario que cada ciudadano asuma su propia responsabilidad política, o sea, que ejerza su rol activo dentro de la democracia (gobierno del pueblo). Para tal efecto el ciudadano debe conocer a quien le gobierna (a su alcalde, a su diputado, a su presidente) y reclamarle cuando no hace bien su trabajo. Ya es tiempo de que los ciudadanos dejen de pensar de que los políticos ayudan al pueblo, de que el alcalde es bueno porque hace donaciones, de que el diputado es generoso. Si un administrador público hace obras no hace sino hacer lo mínimo que debe hacer. Pues lo que ellos hacen es sólo administrar el dinero del pueblo. Y claro, si todo el engranaje político hiciera mínimamente bien su trabajo, la situación económica sería diferente entre nosotros. El buen político administra bien y hace que la economía funcione para el bien del pueblo. En tal sentido, pido a la Reina de la Paz inspire a los políticos a actuar al menos con una mínima decencia y cumplan al menos con lo mínimo de lo que deben hacer. Todo ello sumará a la consecución de esa anhelada paz social.

Porque creo en la nobleza de mi pueblo mantengo la firme esperanza de un cambio real en un futuro inmediato. Creo y espero firmemente que podemos pasar de ser una sociedad violenta a una pacífica, de una sociedad vacía de valores a una con hondas raíces culturales y espirituales. La tarea es de todos y está en nuestras manos.

Reina de la Paz, ruega por nosotros y concédenos la paz.

La reflexión la he hecho con el corazón puesto en mi país, uniéndome al menos en oración ante la tragedia vivida en estos días. Pero estoy seguro que, como siempre la hemos hecho, de esta desgracia saldremos adelante. Como dice aquel aquel jingle: "Yo creo en El Salvador".


jueves, 5 de noviembre de 2009

UN PÁRRAFO A LA VEZ 4


PUROS CUENTOS…

Recopilado por:
Pbro. Ramón O. Lara Palma

Entre los libros que tengo encontré este cuento muy sugestivo, sobre todo para aquellos que siempre nos quejamos por lo que nos sucede en la vida, y no logramos leer entre líneas por qué suceden tales cosas:

“Érase una vez un hombre que tenía un hijo y un caballo. Un día, el caballo se escapó del establo y salió galopando hacia las colinas. Los vecinos se compadecieron de él:
- Menuda mala suerte, perder un caballo así – le decían.
- ¿Por qué decís eso? –dijo el hombre–. ¿Quién dice que sea mala suerte?

Y curiosamente al día siguiente, caída ya la noche, el corcel regresó a la granja junto con doce hermosos caballos salvajes. El hombre se apresuró a cerrar la puerta del establo. Ahora, en lugar de un rocín tenía –nada más y nada menos– trece ejemplares. La mañana siguiente, los vecinos del pueblo se maravillaron al ver tantos caballos.

- Eso sí es buena suerte, encontrarse de golpe con trece pura sangre.
- ¿Por qué decís eso? – volvió a preguntarles el hombre–. ¿Quién dice que sea buena suerte?

Al cabo de un rato, el hijo del granjero salió a montar uno de los caballos salvajes. Nada más subirse a él, el caballo le tiró violentamente al suelo, y el muchacho se rompió una pierna. Al conocer la noticia, los vecinos se acercaron al hombre y le dijeron:

- Qué mala suerte, que tu hijo se haya roto la pierna de esa forma.
- ¿Por qué decís eso? – les volvió a preguntar el viejo–. ¿Quién dice que sea mala suerte?

Y en efecto, pocos días después un grupo de milicianos llegó al pueblo a reclutar a los muchachos jóvenes y fuertes para que lucharan al frente de batalla, donde muchos perderían la vida. Al ver al hijo del granjero tan lesionado, no les quedó más remedio que pasar de largo, pues de poca ayuda les iba a ser en el campo de batalla.

- Qué suerte tienes – le dijeron los vecinos.
Y esta vez, el viejo sonrió”. Cuento anónimo.

Bueno, el sentido de esta página es que sea algo corto (un párrafo), pero no quiero dejar pasar la oportunidad de compartir este otro párrafo que leí hace varios años. Tiene mucho que ver con el cuento anterior, pero sobre todo se dirige a los que siempre pasamos quejándonos y PREOCUPÁNDONOS por lo que nos sucede en la vida:

NO TE PREOCUPES…

“En todas partes oirás hablar de guerras, de muertes, de incendios, bombas, atentados, secuestros, robos…
Yo te diré: ¡No te preocupes! Si te envían a defender la Patria… puede suceder una de estas dos cosas: que te manden a sitios muy peligrosos o que no te manden.
Si no te mandan a esos sitios, no te preocupes.
Si te mandan allá, puede suceder una de estas dos cosas: que te dejen en el cuartel haciendo guardia o te envíen a la batalla.
Si te dejan en el cuartel, no te preocupes.
Si te mandan a la batalla, puede suceder una de estas dos cosas: que te manden a la retaguardia o te manden al frente.
Si te mandan a la retaguardia, no te preocupes.
Si te mandan al frente, puede suceder una de estas dos cosas: que te toque un lugar seguro, o en lugar peligroso.
Si estás en lugar seguro, no te preocupes.
Si te ponen en lugar de peligro, puede suceder una de estas dos cosas: que te hieran o no te hieran.
Si no te hieren no te preocupes.
Si te hieren puede ser de gravedad o cosa leve.
Si es cosa leve no te preocupes.
Si te hieren de gravedad, puede suceder una de estas dos cosas: que te cures o que te mueras.
Si te curas no te preocupes.
Si te mueres, ya no puedes preocuparte. Así que no te preocupes”.

Hasta la próxima.