Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

jueves, 24 de junio de 2010

BUSCANDO PARADIGMAS


PERMÍTANME DISENTIR


Pbro. Ramón O. Lara Palma

La vieja Europa está pasando un momento crucial en su desarrollo socio cultural. Sin embargo, con muchísimo respeto me siento obligado a decir que este noble continente, con su variopinta idiosincrasia, ha perdido la brújula en su caminar histórico. Parece que la vieja Europa ha perdido el rumbo, no sabe hacia dónde quiere ir y por tanto no sabe cómo avanzar. El tren de la historia es imparable y los pueblos deben estar siempre en camino, tener una dirección, un objetivo por alcanzar. La vieja Europa parece no tenerlo.

Oteando el devenir de este extraordinario pueblo (déjenme hablar de Europa como si fuera una identidad única, lo cual no es cierto, pero me doy esta licencia) puedo captar que la conciencia de la Europa se está perdiendo. Si un pueblo no es consciente de su identidad pierde también su alma, su vida. La historia demuestra que para bien o para mal Europa nació, se desarrolló y tomó identidad fundamentalmente en torno a la fe cristiana. Con razón el entonces Cardenal Ratzinger hablaba de la “innegable conciencia cristiana de Europa”.

Lastimosamente, y los cristianos debemos admitir esto con humildad, el cristianismo que configuró Europa estuvo en muchos aspectos contaminado, no fue del todo puro, estuvo en muchos aspectos mancillado con los vicios que son propios del poder y de las veleidades mundanas. Por eso al hablar de una Europa cristiana lo debemos hacer con cierta reserva: un papado convertido en poder imperial, un mundo cardenalicio y episcopal casado con el poder político y económico, e identificado con una vida palaciega y principesca, desdicen del mensaje evangélico proclamado por el Maestro de Nazareth.

Revisar la historia de cada pueblo, fijarse brevemente en el arte pictórico, escultórico y arquitectónico, por mencionar algunos aspectos, nos demuestran el grado de poder –en todos los sentidos– que detentaron los jerarcas de la Iglesia durante muchísimos siglos. Es normal, en cierto modo, la reacción furibunda que desencadenó el iluminismo francés y el posterior modernismo europeo. Identificado el cristianismo con los excesos del poder temporal detentado por los jerarcas eclesiásticos, la Europa optó por renegar de todo lo que sonara cristiano. A partir del iluminismo, Europa entró en un decidido camino de "descristianización".

El proceso de descristianización ha sido lento, pero muy efectivo. Lo iniciado por el iluminismo y el sin número de pensadores y escuelas de pensamiento concomitantes a éste fueron socavando las bases cristianas de la cultura Europea. El objetivo de liberarse del “poder de la fe” implicó también erradicar los valores fundamentales, profundamente humanos y por lo mismo cristianos, sobre los cuales se había fundamentado la Europa. Sin duda que el siglo XX ha sido testigo de la última etapa de descristianización europea. Los últimos decenios de tal siglo dieron inicio a la llamada Europa post cristiana.

Me pregunto, ¿Ha sido un salto de calidad para la Europa desterrar de su cultura el cristianismo? (claro que estoy generalizando, pues el cristianismo en Europa no está desterrado, y será difícil que lo esté, pero la pregunta la sostengo válida). Por lo que someramente puedo ver, diría que no. Una Unión Europea que elabora una Carta Constitucional casi anticristiana, una sociedad que influenciada por tantas y tan variadas líneas de pensamiento anticristianas abandona los más elementales valores humanos, hacen ver que la Europa post cristiana, social y culturalmente, está en crisis de identidad y en crisis existencial.

Repito, si no sabes quién eres no sabes que quieres y por tanto no sabes a donde quieres llegar. ¿Qué es la Europa hoy, al inicio de la segunda década del siglo XXI? ¿Hacia dónde se encamina Europa? Muchos intentos de respuesta se podrán dar, pero difícilmente se llegará a una definición precisa y comúnmente aceptada. Pero sobre todo la pregunta que es más apremiante responder es ¿Cómo vive la Europa de hoy? ¿Es este el ideal de vida que el europeo merece y que realmente desea? ¡Con todo respeto a los ciudadanos europeos me atrevo a responder que definitivamente esta existencia europea no es la que se merecen los europeos! Europa no sólo es el viejo continente por su larga historia, Europa literalmente envejeció y se olvidó de reír y de bailar.

Europa es, en general, económicamente rica, pero no es feliz. Tiene de todo menos el sentido de fiesta. Es refinada, artísticamente regia, temperamentalmente precisa, y tantísimas otras cualidades que resplandecen en el genio europeo, pero la Europa no parece disfrutar y celebrar ese genio y esa riqueza. La sociedad europea parece estar entrando en el gris mundo de la amargura existencial. La riqueza económica e histórica está en evidente contraste con la miseria y amargura existencial en que vive el ciudadano europeo. Revelarse contra la estructura que debía portar una “alegre noticia” hizo a la Europa rechazar también el mensaje gozoso. Europa sin el Evangelio ha perdido también la alegría.

Nosotros los salvadoreños, ¿De veras quisiéramos vivir como los europeos, como algunos articulistas y editorialistas en ciertos rotativos nacionales pregonan? ¡Permítanme disentir en eso! ¡Por supuesto que no podemos permitir que continúe la violencia en la que nos hemos acostumbrado a vivir como la que vivimos. Tristemente hemos entrado a una etapa amorfa en cuanto a los ideales patrios a perseguir. Nos hemos conformado con lo mínimo que un sistema puede ofrecer. El peligro del autoritarismo de hoy son réplicas de las dictaduras del pasado. El populismo siempre trae sus grandes costos. Pero aún así no creo que el modelo social europeo –y norteamericano también– sea el paradigma para nuestra sociedad. Veamos algunas razones.

miércoles, 16 de junio de 2010

ETICA Y POLITICA




CARITAS IN VERITATE Y LA POLÍTICA

Pbro. Ramón O. Lara Palma

Hace algunos meses escribí una reflexión sobre la enseñanza económica que ofrece la Rerum Novarum del siglo XXI, o sea la encíclica Caritas in Veritate de Benedicto XVI. Ahora me gustaría hacer una breve reflexión en torno a la enseñanza política que este magno documento ofrece. Después de haber celebrado la clausura del año sacerdotal y de haber pasado una rigurosa etapa de verificación académica, curiosamente me viene la inspiración para escribir sobre esta temática, sobre todo pensando en mi querido pueblo que necesita políticos, en el sentido genuino de la palabra, que hagan política verdadera.

Digo que esta encíclica social del Papa Benedicto es la Rerum Novarum del siglo XXI porque es y será el documento que servirá como un mojón referencial en cuanto a la doctrina social de la Iglesia para los tiempos venideros. Si el documento del Papa León XIII abrió el camino para que la enseñanza de la Iglesia tratara el tema de la Quaestionis Socialis como algo fundamental en todo su aparato doctrinal, la Caritas in Veritate pone la enseñanza social de la Iglesia en el corazón de la realidad socio-económico-política, desde la perspectiva ético-moral y técnico-racional, como una exigencia imprescindible de éstas realidades, tal y como lo requiere este momento histórico.

Está claro que Benedicto XVI establece una íntima relación entre economía y ética: la economía y las finanzas tienen una “naturaleza ética intrínseca”. Además, el Papa advierte del peligro de idolatrar el capital y las ganancias y propone más bien ver a la “persona humana como el auténtico capital” que un país pueda tener. A partir de estas ideas económicas se desprende la visión política que el Papa ofrece: la economía no puede separarse de la política puesto que esta tiene la tarea de distribuir en modo justo/ético los frutos del dinamismo económico. En otras palabras, el Papa aboga por una economía que tenga rostro humano en la que entra en juego la necesaria función política, entendida ésta como la labor (virtud) que tiene como fin último la consecución del bien común.

Para comprender mejor la postura del Papa detengamos un momento en las principales corrientes ideológicas que han dominado el mundo económico y político en los dos últimos siglos: el liberalismo (capitalismo) y el socialismo, o como es más conocido para nosotros en El Salvador, el pensamiento de derecha y el pensamiento de izquierda. Soy consciente de que la simplificación que hago de estos términos es grande y por lo mismo reductiva, puesto que hablar de liberalismo y socialismo implica tomar en cuenta tantísimos aspectos que yo no atenderé.

Con el término liberalismo quiero dar a entender al conjunto de doctrinas económicas y políticas que defienden la no intromisión del Estado o de los colectivos en la conducta privada de los ciudadanos y en sus relaciones sociales, existiendo plena libertad de expresión y religiosas, así como los diferentes tipos de relaciones sociales consentidas, morales, etc. En términos económicos defiende la no intromisión del Estado en las relaciones mercantiles entre los ciudadanos, impulsando la reducción de impuestos a su mínima expresión y eliminando cualquier regulación sobre comercio, producción, etc. Por socialismo se entiende al orden socioeconómico basado en la posesión pública de los medios de producción, el control colectivo y planificado de la economía por parte de la sociedad como un todo. El liberalismo económico y social ha sido abanderado por la llamada derecha política y el socialismo ha sido abanderado por izquierda política.

Tal nominación –derecha - izquierda– viene de la ubicación que ocupaban los jacobinos en la asamblea nacional instaurada durante la revolución francesa. Ellos, asambleístas sentados en los banquillos del lado izquierdo de salón del parlamento, respaldaban medidas que favorecieran a las clases más pobres de la sociedad. Esa bandera reivindicativa de la justicia social, que luego tomaría forma más orgánica con la teoría de Karl Marx, da origen a la simbiosis socialismo-izquierdismo. Por su parte, el liberalismo, que propugnaba la reivindicación de las libertades individuales, de la no intervención del estado, de la acumulación del capital en manos privadas (capitalismo), fue identificado con los asambleístas que se sentaban al lado derecho de la asamblea, por tanto, derechistas.

Además, a nivel ideológico se identifica a la izquierda con el pensamiento progresista que defiende una sociedad aconfesional o laica, igualitaria e intercultural; en cambio a la derecha se le identifica con la defensa de los intereses netamente individuales (privados) y a una visión tradicional de la sociedad, así como la identificación con las clases poderosas y detentoras del capital. Claro que todo esto resulta muy simplista, porque con el paso de los años estas corrientes ideológicas se fueron intercalando y creando un gran espectro ideológico con diversos matices: derecha radical, derecha moderada, centro derecha, centro, centro izquierda, izquierda, izquierda radical. A según como se asuman los principios ideológicos es que un movimiento político puede colocarse en un determinado lugar de ese espectro. Los extremos toman el mote de radicales: derecha radical – izquierda radical, y entre ellos están los llamados centristas.

Algo que también resumen lo explicado en los anteriores párrafos es el binomio socialismo–capitalismo. Que también tienen tantos matices: socialismo marxista (con las derivaciones comunistas de diverso tipo: leninismo, estalinismo, maoísmo, castrismo, etc.), socialismo democrático, socialismo de mercado y el últimamente llamado socialismo del siglo XXI; capitalismo liberal, capitalismo neoliberal, economía social de mercado, etc. Frente a este confuso panorama político económico ¿Dónde se ubica la propuesta del Papa?

En primer lugar hay que afirmar que el Papa reconoce la íntima conexión que tiene una visión económica con la esfera política y por lo tanto con la esfera social. Un modelo económico determina el modelo político e influye en el entramado social. Y es justamente por esto que el Papa defiende una necesaria implicación del estamento político frente al estamento económico. El Papa reconoce, con extraordinario realismo, las bondades y los límites que los distintos modelos económicos puedan tener. Bajo ese realismo advierte el riesgo de una idolatría del mercado como la idolatría del estado. El mercado con su capital debe ser guiado por la política (Estado) para llegar a un “orden económico-productivo socialmente responsable y a la medida del hombre”. En otras palabras, la política tiene la noble misión de humanizar la economía. Pero tampoco la política se puede convertir en obstáculo a la iniciativa emprendedora que busca desplegar toda su creatividad en búsqueda de satisfacer las necesidades de las personas, y por tanto que busca el bien común.

De lo anterior se deriva el segundo aspecto que el Papa resalta en la relación economía y política: el rol del derecho y de la justicia. El Papa aboga por crear verdaderos “Estados de derecho”, donde el respeto a la ley, que es creada en función de la justicia, debe prevalecer sobre cualquier otro interés. Si las leyes de un Estado están orientadas hacia la consecución del bien común, entonces nada se debe oponer al estricto cumplimiento de esas normas, sobre todo si atenta contra la justicia social y se busca la prevalencia de intereses particulares y egoístas. Pero a la par de una sólida estructura legal el Papa también apela a la actitud ética que debe cernirse sobre el terreno político. Si la política se aparta de los principios éticos sucumbirá en las más grandes aberraciones y contradicciones que se puedan imaginar. Si fuese así, la política pierde su identidad y razón de ser, no sabrá guiar sabiamente la economía y afectará profundamente al conglomerado social.

Con otras palabras, el Papa invita a la política a guiar la economía por los senderos humanos (no sólo técnicos y lucrativos), para lo que necesitará de un sano aparataje legal que junto a una arraigada actitud ética defienda los intereses de todos, o más bien, defienda el bien común. Los verdaderos políticos son aquellos que se apegan al marco legal no por oportunismo sino por convicción a sus principios éticos. Con razón afirma el Papa que “la articulación –ética– de la autoridad política a nivel local, nacional e internacional es, sin duda, una de las vías maestras para estar en grado de orientar la globalización económica” hacia el bien común.

¿Cuáles podrán ser los mejores políticos: los de izquierda o los de derecha? Obviamente que el político que más necesita El Salvador, independientemente que sea de izquierda o de derecha, es el que encarne y practique los más elevados principios éticos. En tal caso, parece que debemos mandarlos a hacer a Ilobasco.

lunes, 3 de mayo de 2010

ELUCUBRACIONES DE PRIMAVERA


INCURSIONES EN LO INDECIBLE

Pbro. Ramón O. Lara Palma

Este es el título de un pequeño libro del grande místico trapense del siglo XX, Thomas Merton. Uso este título para encabezar esta breve reflexión sobre la realidad de mi querido país. Lo que quiero expresar resulta una incursión (con el sentido de invasión) en un territorio que precisamente no es el mío, como es el de la política, pero como he dicho en otro momento no debe ser extraño a ninguno. Lo que quiero expresar entra en el campo de lo que parece ser en nuestra triste realidad nacional una cosa indecible, prohibida, casi un tabú: los políticos y los partidos políticos.

Al inicio del mes de mayo ¿Por qué no escribir sobre la madre o sobre la Virgen María? En cambio me siento impulsado a escribir sobre la política y sobre los políticos de mi país. Hay una razón sencilla: lo que estamos viviendo en nuestro país le quita color a la primavera que está iniciando y amarga el gusto a cualquier celebración que se haga. ¿Por qué contra los políticos? Cierto que todo lo que pasa en nuestro querido suelo no es culpa solo de ellos, pero sucede que los políticos representan a todo el pueblo y por tanto hay que iniciar con la cabeza. Lastimosamente debo usar un lenguaje generalizador, aunque sé que hay honrosas excepciones, poquísimas, pero las hay.

En primer lugar debo decir sin ambages que si hay un problema grande en El Salvador es la clase política. Como repite un cómico italiano: “il problema dell´Italia sono gli italiani”. Yo diría: el problema de El Salvador son los políticos y su política. No porque la política sea mala y que el político siempre será una carroña. No, absolutamente. La política es una virtud, una grande virtud. Y si lo queremos enunciar con lenguaje cristiano, podemos decir que la política es una de las expresiones más sublimes del amor. Una sociedad que se precie de ser humana no puede obviar el noble papel de la política: la política es bien común, solidaridad, subsidiaridad, justicia, respeto por la vida. No existe sociedad humana sin política.

El gran problema en nuestra sufrida patria es que la política ha sido convertida en lo más vil y truculento de lo que el ser humano puede hacer. La política ha sido secuestrada y estuprada. Necesitamos rescatar la política de nuestros criollos politiqueros. Los políticos (realmente los nuestros no merecen ese título) han hecho de la política sinónimo de negociaciones amañadas, soborno, búsqueda de intereses personales, enriquecimiento, bribonada, picardía. El estamento político ha sido convertido en refugio de ladrones, pillos, aprovechados y hasta verdaderos criminales.

De ahí viene el segundo punto de esta reflexión: para una nueva política necesitamos nuevos políticos. ¿Qué estamos haciendo como Iglesia y como cristianos en pro de una nueva generación de políticos? Creo que si hay una noble labor que un educador –sea un catequista o un ministro– puede hacer es formar a las nuevas generaciones de políticos. La Iglesia debe tomar muy en serio el cultivo y generación de hombres rectos, nobles, con profundos valores éticos, capaces de comunicar y contagiar esos valores, que con liderazgo efectivo (que nace del ejemplo y de la actitud democrática arraigada) se pongan al frente de las comunidades. Esos inquietos jóvenes universitarios, esos nuevos profesionales egresados, esos líderes de los cantones y caseríos, esos líderes de los barrios y colonias, todos ellos son la masa crítica de la nueva clase política que debemos impulsar.

En nuestras parroquias ¿Quiénes son los presidentes de las ADESCO? ¿Quiénes son los que forman parte del concejo municipal? ¿Quién es el alcalde? ¿Quiénes son los líderes de barrios y colonias? ¿Conocemos esos personajes? No los conocemos o no nos interesamos por ellos. Desde ahí deberíamos hacer el examen de conciencia. No es que se quiera entrar en manipulaciones tendenciosas y buscar que esos incipientes estamentos políticos se decanten hacia un partido político que sea de preferencia del educador (catequista o presbítero). Ya es una pena y resulta lastimoso saber cómo algunos ministros se proclaman públicamente a favor de un determinado partido político. Mi argumento es que se formen las personas con profundos valores éticos y que ellos elijan, conscientemente, el partido político que les parezca adecuado a sus principios.

De lo apenas mencionado entra en juego otro aspecto muy importante: los institutos políticos, o partidos políticos. Tristemente en nuestro país somos víctimas de un sistema partidario obsoleto y desvirtuado. Obsoleto porque no responde en nada a las exigencias de una verdadera democracia: son sólo organizaciones que algunos “vivos” manipulan para sus propios intereses, o intereses de poderosos que buscan mantener intactos sus privilegios feudales. Por eso mismo los partidos han desvirtuado su identidad: no tienen idearios claros y por lo tanto carecen absolutamente de principios éticos. Los partidos responden sólo a intereses oscuros. Ciertamente en el terreno político partidario entran en juegos un sin número de intereses. Pero son los idearios y los principios éticos, defendidos e impulsados por los políticos, los que mantienen la política en su justo riel: la búsqueda del bien común.

El trabajo que tenemos como cristianos y cómo Iglesia en este campo es amplísimo. Y tenemos una grande deuda que saldar. ¡Nos hemos desinteresado por formar las nuevas generaciones de políticos! Recuerdo que el entonces diputado del CDU y ahora ministro de economía, cuando vino a una reunión de clero de nuestra diócesis (2005) nos hizo este regaño: “Nosotros fuimos formados seriamente por grandes educadores que nos inculcaron profundos principios. Y ahora ¿Qué hace la Iglesia?”. Debemos incursionar en lo indecible, incursionar en la política. Luego, no nos quejemos.