Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

viernes, 3 de septiembre de 2010

DECIMO ANIVERSARIO


DIEZ AÑOS DE UNA MISIÓN EPISCOPAL (2/2)

Intentar resumir lo vivido y trabajado en diez años de misión episcopal en pocos párrafos resulta cuanto menos superficial, si no reductivo. Sin embargo, me estoy atreviendo hacer tal análisis debido a lo histórico y rico que resulta esta etapa de la vida diocesana en el oriente del país. Mi selección es limitadísima, dos aspectos: el laicado y el clero. En la primera parte he presentado mi visión sobre el papel del laico en la diócesis, centrándome en la revisión del Plan Pastoral Diocesano. En esta segunda parte intentaré dar mi opinión sobre la realidad ministerial.

El clero y su formación: desafíos y esperanzas (2000-2010)

Con la llegada del nuevo pastor la diócesis recibe una ráfaga de viento fresco que auguraba nuevos planteamientos y nuevos rumbos. Las expectativas crecieron. Una de las expectativas descansaba en la larga experiencia que el nuevo obispo había tenido en el terreno de la formación sacerdotal y en el conocimiento de gran parte del clero de su nueva diócesis. Puesto que el clero en su mayoría es un clero joven, la sintonía con un obispo joven y experimentado en la formación auguraba una nueva era.

Las expectativas han sido cumplidas en gran medida. Lastimosamente ha sido justo en estos años que han venido a evidenciarse algunas de las tantas carencias que un proceso de formación puede esconder. Los medios de comunicación a nivel mundial han exacerbado hasta lo indecible los pecados y problemas de salud mental de muchos ministros. Tal contexto ha llevado al nuevo pastor a tomar muy en serio el acompañamiento de su clero, principalmente el joven. Además, el tomar medidas preventivas y sustitutivas de posibles escándalos al interno de la vida eclesial diocesana ha sido una preocupación de primer orden para este pastor. Pero la medicina no siempre es dulce.

¿Qué respuesta dar a esta situación problemática?

Entre los grandes desafíos que el nuevo pastor encontró en la diócesis está el de la formación y acompañamiento del clero. Una acción inmediata fue la de revivir el seminario menor y acompañar muy de cerca a los seminaristas en los distintos niveles y lugares de formación. Sucedió que para el año en que el nuevo obispo empieza su misión en la diócesis, el proceso de formación para los seminaristas en El Salvador (en todas las diócesis, excepto la de San Vicente) se distribuyó en tres niveles y en tres lugares diversos: el seminario introductorio (en Santiago de María), el filosofado (en Santa Ana) y el teologado (en San José de la Montaña, San Salvador). Habiendo sido designado por la Conferencia Episcopal (CEDES) como miembro de la comisión de vocaciones y seminarios, el nuevo obispo mantuvo desde sus inicios una estrecha cercanía con los seminaristas y los distintos seminarios.

A medida que iba creciendo el número de los neos ordenados, decide dar otro paso trascendental en el acompañamiento de este clero “novísimo”, instituyendo el grupo de formación permanente. Tal proceso comienza a dar los primeros pasos a partir del quinto año de su misión episcopal. Hasta la fecha el proceso de esa fraternidad sacerdotal va tomando más solidez y dinamismo. Ya son 18 sacerdotes y tres diáconos ordenados por este pastor. Las expectativas de camino en este campo de la formación, sea en la etapa inicial como en la permanente, son muy grandes. Los motivos para esperar son muchos.

Expectativas viables para los próximos años

Apoyando la formación permanente del clero joven y propiciando una verdadera experiencia de fraternidad sacerdotal entre los tales, el Señor Obispo entra en la dinámica que desde el Concilio Vaticano II ya se había iniciado, y es la dinámica de la pastoral presbiteral. El obispo tiene como principal misión acompañar y pastorear a su clero. Líneas precisas de cómo realizar ese camino ya han sido emanadas por los distintos discasterios de la Santa Sede. Uno de esos documentos es el que emitió la Congregación para el Clero en 1994, el llamado Directorio para el Ministerio y Vida de los Presbíteros. Este documento abre el camino para consolidar otra dinámica que hoy más que nunca está tomando fuerza, y es la conciencia de la “diocesanidad de la vida ministerial”.

La “diocesanidad” es un concepto aparentemente abstracto, sin embargo es absolutamente práctico. Podemos decir que la diocesanidad es la experiencia de la más genuina y profunda fraternidad sacerdotal entre el clero con su obispo, del clero entre sí, para luego pasar a la experiencia de koinonía con el resto del pueblo de Dios presente en la diócesis. En otro lugar hemos escrito: “La realidad diocesana no se puede evadir. Hoy los documentos magisteriales hablan de la ‘diocesanidad’ de la vida ministerial. Sin la profunda vinculación con el obispo, ni la experiencia de la fraternidad sacerdotal entre el clero, el ministerio sacerdotal, hoy por hoy, es imposible de vivir” (Cfr. “Ser sacerdote hoy”, Calendario Litúrgico migueleño 2010).

Las nuevas líneas sobre la pastoral presbiteral contempladas en los documentos pontificios insisten en hacer de la vida presbiteral una verdadera “fraternidad sacramental sacerdotal” (PO, 8). Por eso hemos insistido en que “los sacerdotes del tercer milenio han de vivir una auténtica comunión fraterna entre el obispo y entre ellos mismos. Esos vínculos fraternos posibilitan consolidar en el ministro una sólida identidad sacerdotal, le posibilita una sana comunión de afectos y le propicia una genuina experiencia de misión realizante. El sacerdote que se aísla de sus hermanos en el ministerio y de su obispo está condenado a perder su vocación. Esa vinculación sacramental con el clero y el obispo se ve reflejada en el espíritu de comunión con que se desarrolla la pastoral parroquial y diocesana” (Cfr. “Ser sacerdote hoy”, Calendario Litúrgico).

A esta identidad diocesana y a esa profunda fraternidad sacramental es a lo que apuntan las líneas de formación y acompañamiento de nuestro actual padre y obispo. Es más, para sentar las bases sólidas para la formación inicial (formación seminarística) ha emprendido, junto a otros obispos de otras diócesis, la enorme tarea de erigir un nuevo seminario regional en oriente. Tal proyecto prevé un dinámico y actualizado proceso de acompañamiento vocacional junto a un exigente camino de preparación académica. La idea es ofrecer a la iglesia que peregrina en el oriente del país un clero que sea capaz de responder a las exigencias que ofrecen los nuevos tiempos y las nuevas realidades. Sobre todo preparar un clero diocesano que ya no tenga el “complejo” del “llanero solitario”, sino el sacerdote que sabe que nunca está sólo porque es parte de una fraternidad sacramental, que lo une profundamente a su obispo, a sus demás hermanos presbíteros y a todo el pueblo de Dios.

Podemos ver, pues, que el horizonte que tiene por delante el clero de nuestra diócesis, llevados de la mano de su pastor, tiene luces muy provocadoras que presagian una gran aurora eclesial. A diez años de servicio episcopal podemos ver que las expectativas se van cumpliendo y se van creando nuevas. Sólo hay que seguir “lanzado las redes”: “Duc in altum et laxate retia vestra in capturam” (Lc 5, 4).

miércoles, 25 de agosto de 2010

DECIMO ANIVERSARIO




DIEZ AÑOS DE UNA MISIÓN EPISCOPAL (1/2)

Pbro. Ramón O. Lara Palma

Al acercarse la fecha en que nuestro padre y obispo cumplirá diez años de realizar su misión entre nosotros, la Iglesia particular que peregrina en el oriente del país, me atrevo a escribir estas breves notas sobre algunas líneas generales que han caracterizado dicho episcopado durante estos años. No cabe duda que el trabajo pastoral ha sido intenso, rico y fructífero, no sin contar con baches, dispersiones y hasta verdaderos traumas. Repito, mi análisis quiere sólo resaltar algunos aspectos en los que este período episcopal se ha caracterizado. Quizás no todos compartirán mi opinión y mi selección; otros podrán hacer sus propios análisis y sus propias conclusiones.

Los laicos en el Plan Pastoral Diocesano (2008-2013)

Con la dimisión de Mons. José Eduardo Álvarez, a mediados de los años noventas, la diócesis pasó un lapso de tiempo con cierta inestabilidad en cuanto a la presencia del ordinario propio. Mons. Romeo Tovar Astorga (1997-1999) asume momentáneamente las riendas de la diócesis pero luego es trasladado hacia otra diócesis, dejando otra vez acéfala tal sede eclesiástica. Hasta que es ordenado obispo Mons. Miguel Ángel Morán, el 2 de septiembre del año 2000. La diócesis reemprende así un nuevo período.

El nuevo obispo desde los inicios dejó entrever una personal manera de pastorear su grey. Por lo que la cercanía con los distintos grupos eclesiales y todas aquellas realidades diocesanas donde los laicos tienen una notable presencia son prioridades de este pastor. Después de un tiempo de conocimiento de toda la vida diocesana, comenzó a tender las líneas para la elaboración de un Plan Pastoral con vistas a organizar, dinamizar y proyectar todo el quehacer pastoral de la diócesis. Con mucha fatiga y no sin momentos de desconciertos se fue definiendo el proyecto pastoral, que tiene como objetivo principal coordinar los diferentes esfuerzos parroquiales, bajo la luz del triple ministerio de Cristo, para encaminarlos hacia una pastoral de conjunto que a su vez fortalezca la vida diocesana. El ideal final es hacer presente con mayor evidencia el reinado de Dios en esta iglesia particular.

El diseño del plan, redactado y editado, tiene dos partes fundamentales: una parte histórica-doctrinal y la otra propiamente operativa. A grandes rasgos se puede vislumbrar los ejes metodológicos asumidos por el episcopado latinoamericano (ver-juzgar-actuar). A la parte histórica-doctrinal corresponderían los ejes «ver-juzgar» y la parte propiamente operativa el eje del «actuar». En la parte histórico-doctrinal abundan las referencias al Concilio Vaticano II y a su eclesiología del misterio, comunión y misión. Por lo que no es de extrañar que se abran sin tapujos todos los espacios posibles para la participación activa de los fieles laicos en el dinamismo diocesano. Se puede decir que el plan está pensado con el propósito de involucrar a todos los bautizados a cumplir la misión que les corresponde en el campo al que el Señor les ha llamado. Baste mencionar lo que define por parroquia: «el principal lugar institucional de edificación eclesial donde se realiza la vida cristiana y, por lo mismo, la principal estructura eclesial responsable de la Evangelización. En ella encuentran los cristianos a la Iglesia como Pueblo de Dios y los agentes de pastoral ejercen en ella su ministerio» (pag. 42).

Además, todos los objetivos específicos y las líneas operativas que componen la parte práctica del plan, contienen elementos concretos en los que la figura de los laicos adquiere especial relevancia. Vale destacar solo algunas referencias: despertar en todos la vocación profética que es propia de cada bautizado (pag. 65), priorizar los ministerios laicos para que ejerzan su función sacerdotal (pag. 67, 70), insertar a los laicos en las estructuras parroquiales y diocesanas (consejos pastoral y económico), así como todas las aéreas de trabajo de la pastoral social para empeñarlos en su función real (pag. 75). Llama poderosamente la atención el hecho de que el plan sugiere la participación pasiva y activa en el campo de la formación cristiana. Es participación pasiva porque el plan expresa enfáticamente la necesidad de posibilitar una formación integral y permanente a todos los laicos. Es más, al final del plan se especifican las prioridades a tomar en cuenta en el presente quinquenio, y la primera prioridad es esa formación. Es activa porque el plan también sugiere «asignar a equipo de laicos evangelizados para que den seguimiento a los programas pastorales, sean diocesanos, vicariales o parroquiales» (pag. 68). En tal sentido, la munus docendis, propia de los ministros, es tranquilamente cedida también a los fieles laicos. No cabe duda que resuena aquí el número 12 de la Lumen Gentium: el sensus fidei y el sensus fidelium.

En fin, es posible afirmar que este plan pastoral apunta a una real, fructífera y activa participación de los fieles laicos en toda la vida diocesana. El gran desafío que todavía queda es despertar en todos ellos la pasión por ejercer aquello que les es propio como miembros del pueblo de Dios, como corresponsables en esa Iglesia misterio, comunión y misión. Además, no todos los ministros ordenados han asimilado con precisión lo que les es propio a ellos y lo que les corresponde por derecho a los fieles laicos. Por eso es que la presencia y misión de los laicos en la diócesis de San Miguel todavía debe ser vista en perspectiva, ya que no es todavía una realidad una activa y fructuosa participación de ellos.

Nuevas perspectivas

Con la elaboración y ejecución del plan pastoral, la diócesis busca dar el paso hacia un laicado consciente de su dignidad y su misión. Pasar de un laicado pasivo a un activo; de un laicado sin fisonomía ni identidad a uno con identidad, participe y corresponsable con la misión de la Iglesia que localmente peregrina en la diócesis migueleña.

Además, con ese proyecto pastoral la diócesis ha priorizado la formación de los laicos con el fin de pasar de un laicado desinformado a uno mejor informado y progresivamente bien formado. El ideal de un laicado consciente, partícipe y corresponsable pasa por el proceso de una formación profunda y amplia. No se trata sólo de formar ciertos «colaboradores de los presbíteros» sino de abrirles el espacio que les es proprio en la vida diocesana.

Asumiendo esa clara conciencia de la propia dignidad y misión, superando el rol de sentirse sólo colaboradores y servidores de los ministros, los laicos han de asumir con profundo espíritu de corresponsabilidad su propia misión. Pero además, el presbiterio de la diócesis debe también reacomodar su pre-concepto del laico como «colaborador del ministro» a la clara identidad del laico como «corresponsable» con la misión que le es propia al ministro.

También, la diócesis apunta a una plena conjunción de fuerzas para posibilitar que la viña del Señor, que en este caso es la misma diócesis, pueda fructificar con frutos de vida nueva. Para ello todos los miembros del pueblo de Dios, ministros y fieles cristianos laicos, en profunda comunión y corresponsable misión, deben convertirse en celosos y apasionados servidores de esa viña. Los esfuerzos por responder a los diferentes desafíos que la realidad diocesana contiene no han de disiparse, como tampoco ningún desafío ha de soslayarse.

Como el objetivo general del plan lo sugiere, todo el esfuerzo pastoral, que en plena comunión y participación han de realizar los fieles laicos junto con los ministros, ha de apuntar decididamente a la vivencia concreta del Reinado de Dios, en el que los valores de la justicia, la verdad y la paz serán una realidad. Donde la compasión y la solidaridad serán expresión espontánea de una vivencia cristiana profunda y gozosa. En tal sentido, la vida del Espíritu de Cristo será palpable y madura. La espiritualidad de los laicos, como la de los ministros, encontrará su centro en la vivencia plena de la propia vocación, que a su vez será manifestada mediante una fe madura, una esperanza gozosa y una caridad activa.

Obviamente todo esto es todavía un ideal, pues la realidad dista mucho de ser reflejo de tales perspectivas. Por eso la vigencia del llamado de Jesús, «¿Por qué estáis aquí ociosos todo el día?», tiene una actualidad evidente en la diócesis. El trabajo por realizar es ingente. Los primeros pasos ya se están dando, y sobre todo, con la presencia del actual padre y obispo, las perspectivas se hacen más prometedoras.

Continúa…

jueves, 8 de julio de 2010

LA NUEVA OCURRENCIA


BIBLIA EN LA ESCUELA


Pbro. Ramón O. Lara Palma


¿Por qué no leer la Biblia en las escuelas? Este es el dilema que mueve todo el tinglado de la opinión pública salvadoreña en estos momentos. Los orondos “Padres de la Patria” han salido al ruedo como verdaderos paladines de los valores humanos y religiosos (la decadencia busca siempre vestirse de abundancia). Me imagino, y quiero pensarlo así, que algo de buena intención ha tenido esa propuesta. Pero como dijo ya alguien: “con ello están demostrando la supina ignorancia que en casi todo los campos alardean nuestros políticos”. Por eso quisiera exponer brevemente los motivos por qué no viene al caso leer la Biblia en la escuela. Por supuesto que otros más versados en la materia podrán profundizar y dar más sustentados motivos.

- Por antipedagógico

Comencemos con este motivo. Y esto es evidente. Quienes alguna vez hayan tenido la Biblia en sus manos (dudo que algunos diputados lo hayan hecho alguna vez) se darán cuenta de que este es un libro diverso a cualquier otro libro. Y el motivo es claro: no es un libro de texto escolar, es un libro sacro al que debe accederse con la actitud y la preparación debida. Una lectura seca de un párrafo bíblico no dice nada. Con todo el respeto que le tengo a este libro sagrado, y justo por ese mismo respeto, sostengo que sería perder siete minutos de un momento pedagógico que podrían ser más aprovechados. Sin contar que esa lectura anti pedagógica de la Biblia la trivializaría y la banalizaría. Además, siendo la Biblia un libro religioso, una lectura obligatoria reñiría con nuestra constitución, como bien han señalado ciertos críticos, pues terminaría con imponer una religión. Como religioso debo recordar que la fe nunca se impone (por ley o decretos) sino que se propone. La fe es una invitación no una imposición.

- Por no factible

Si la lectura bíblica en un aula de lecciones resultaría antipedagógica, hay que agregar igualmente la no factibilidad de tal lectura. Siendo un libro religioso debe ser presentado por una persona preparada en tal campo y en un ambiente adecuado al mismo. ¿Cuál es el ejército de docentes expertos en Biblia que preparará tal lectura? Además, la Biblia es para leerse en un contexto religioso propicio, con la finalidad de fundamentar la vida de fe y de moralidad según los preceptos emanados de ella. En otros países, el estado paga a un experto en religión y en los textos bíblicos para que ofrezca las lecciones que los padres de familia libremente aceptan que reciban sus hijos. ¿Tiene El Salvador la capacidad de costear ese nuevo currículo de enseñanza?

- Por contraproducente

Ciertamente la sociedad y cultura salvadoreña registra una fe mayoritariamente cristiana. Por tanto, la Biblia no es un libro desconocido. Pero el problema del cristianismo de nuestro país es que está representado por innumerables confesiones, tan variadas y distintas, que no se puede hablar de un único cristianismo. Eso no es de extrañar, pues las otras religiones que se fundan en un libro sagrado, como el judaísmo y el islam, tienen infinidad de corrientes que interpretan en modo distinto el texto sagrado. Sabemos que el mensaje cristiano es único y siempre bueno, pero cómo se interprete y se ponga en práctica resulta no siempre igual para todos. Tal divergencia trae muchas veces conflictos internos entre los creyentes. Más divisiones y conflictos por aspectos religiosos es lo que menos necesita El Salvador. Por tanto considero contraproducente imponer por ley la lectura de la Biblia.

- Por inútil

Por último, y como consecuencia de los anteriores puntos, se ve con claridad que una “ley” para leer la Biblia en los centros de enseñanza es poco menos que inútil. Además, la ola de violencia no terminará con solo imponer la lectura de la Sagrada Escritura. Eso es caer en un lastimoso simplismo. La violencia social debe ser tratada con mayor responsabilidad, contundencia y radicalidad.

¿Qué hacer ante tal dilema?

Brevemente expongo algunos caminos o pasos que podrían darse, en consonancia con la iniciativa de los legisladores.

- Elaborar un programa actualizado de valores morales y cívicos

El conocimiento de los conceptos y los contenidos de los más fundamentales valores humanos siempre es necesario. Cierto que la principal y primera institución responsable de transmitir y cultivar los fundamentales valores humanos es la familia. Lastimosamente en la realidad no es así. Por tanto, el sistema educativo puede ofrecer una pequeña ayuda que venga a solventar en algo ese vacío. Junto al conocimiento y asunción de los valores elementales del ser humano es necesario también insistir en el cultivo de un sano y auténtico civismo. La educación cívica está prácticamente en el olvido. Hay que recobrarla y cultivarla. Las nuevas generaciones no tienen culpa de no saber prácticamente nada sobre valores y sobre civismo, ya que nadie se los ha enseñado.

- Profundizar en las virtudes humanas y morales fundamentales

Junto a los valores humanos es importante conocer y asimilar las virtudes. Sobre todo aquellas que la tradición occidental ha siempre cuidado: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. Son virtudes que desde la antigua Grecia eran cultivadas. Por ser virtudes cardinales, de ellas provienen un sin número de virtudes concomitantes que habría que enseñar y cultivar.

- Poner la ética de la responsabilidad y del respeto al centro de la vida social

La actitud ética está desapareciendo en todas las latitudes y en todos los estamentos sociales. La crisis económica actual tiene su raíz en el vacío que ha dejado la desaparición de la actitud ética. Sin principios éticos es prácticamente imposible convivir humanamente. Cuando faltan los principios éticos entonces se recurre al legalismo: ley para todo, hasta llegar a elaborar leyes para cumplir otras leyes. Absurdo. Entre los principales principios éticos que debemos cultivar y asumir es el del uso responsable de la libertad, que junto al arraigado respeto al derecho ajeno propician una convivencia digna del ser humano. Sin la responsabilidad (en todos los sentidos) y sin el respeto a la dignidad de la persona humana no hay convivencia social posible. Eso es lo que prácticamente ha desaparecido de entre nosotros. Por eso la ética de la responsabilidad y del respeto debe estar al centro de nuestra convivencia social.

- Cultura de la ejemplaridad: alabar y reconocer el bueno y punir y denigrar el mal comportamiento ético

Por último, debemos empeñarnos en crear una cultura que tenga como fundamento la ejemplaridad positiva. El ser humano es un ser mimético. Imita todo lo que ve. Si los modelos que se le presentan son siempre deshumanizantes, inmorales, vacíos o triviales, aprende a vivir y a comportarse como tal. Por eso es importante hacer resaltar la ejemplaridad positiva del comportamiento ético. Ese comportamiento no se da por decreto. Eso es algo cultivado y arraigado en cada persona. Los responsables para dar esa ejemplaridad son principalmente todos los personajes públicos: políticos, religiosos, académicos, etc. Saber reconocer los buenos ejemplos y cultivarlos es necesario. Saber castigar y desdeñar los malos es una urgencia. El problema nuestro es que el sistema de valores se ha cambiado: el bueno es ridiculizado y el malo (inmoral, sin vergüenza, charlatán, etc.) es aplaudido. Los medios de comunicación y el oscuro mundo de la publicidad tienen una gran tarea al respecto. La autocensura es ineludible. El Salvador necesita de mass media que construyan nación.

Los dos primeros puntos son prácticos. Los dos últimos son sobre todo comprometedores y por tanto a largo plazo. Considero que todos son necesarios para comenzar a reconstruir un nuevo tejido social que posibilite la recomposición de nuestra destartalada convivencia ciudadana. La propuesta de nuestros Padres de la Patria no debe quedar en saco roto. Pero hay que reformularla y hacerla más sólida, sin vaguedades y simplismos como resulta ser una ley de lectura de la Biblia en las aulas.