Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

viernes, 27 de marzo de 2009

LA ESPERANZA QUE NO DEFRAUDA

Pbro. Ramón O. Lara

Los discursos motivadores, lógicos y consecuentes enardecen las pasiones y conquistan voluntades. Pero los discursos que tocan las fibras más sensibles del hombre son aquellos que ofrecen luces seguras en un futuro que normalmente se pinta oscuro, son los discursos que tienen el color de la esperanza. Un mensaje que alienta la esperanza siempre será atendido. Tal estrategia la han comprendido todos los grandes oradores de la historia. Los políticos de ahora no son la excepción. Últimamente hemos sido testigos de algunas campañas electorales que han explotado al máximo esta veta sensible de la intimidad del hombre: “Yes, we can”, “nace la esperanza”, “la esperanza vence al miedo”, son ejemplos. Pero con las esperanza se puede jugar y hasta manipular.

El discurso del político apunta al convencimiento del público elector. Las campañas electorales son dirigidas a enardecer pasiones y a levantar muchas expectativas. Las expectativas crecen cada día más cuanto más se insisten en los mismos mensajes y reforzados mediante refinadas estrategias comunicacionales. El fin es conseguir el voto del público elector. Y desde el otro lado de la medalla, dar el voto a un candidato significa depositar la confianza en la propuesta política que éste ha ofrecido, tanto así que se espera pie juntillas que tales promesas serán cumplidas. La esperanza, sea esta en las propuestas políticas o en el candidato, es muchas veces depositada ciegamente. Con otras palabras, la esperanza se pone en juego.

Pero la realidad es cruda, dura y, muchas veces, despiadada. El político que levantó el mayor número de expectativas y cuyo mensaje tocó las más profundas esperanzas del pueblo, muy seguramente vencerá. Pero cuando tanto el político como el pueblo se despierta del embrujo propagandístico, se dan cuenta que la realidad es dura, cruda y despiadada. Entonces el político verá que es imposible cumplir con todas las expectativas y esperanzas que suscitó, y el pueblo a su vez se dará cuanta, y muy rápidamente, de esa incapacidad del político.

Cuando se vuelve a la realidad, lo que fue esperanza en el pueblo corre el riesgo de convertirse en decepción y hasta desesperación. Cuanto más crece la decepción y la desesperación del pueblo, el político corre el riesgo de convertirse en un “politiquero”, o sea, tratará de responder demagógicamente a las expectativas de la gente. El pueblo por su parte comenzará a despotricar contra el político, a caer en el conformismo o desatar conflictos sociales. Ante este cuadro de la realidad, por arte de magia, aparecerán nuevos “políticos” que una vez más buscarán suscitar nuevas esperanzas y nuevas expectativas en el pueblo. Significa que nos estaremos acercando a otra contienda electoral. Este ciclo politiquero puede continuar “in aeterno”, como la maldición de Sísifo.

Ahora bien, el problema de la dialéctica entre suscitar esperanzas-depositar esperanzas, y las respectivas consecuencias frente a la cruda realidad, reside en que la esperanza que es suscitada y la esperanza depositada es una esperanza extrínseca, sin implicaciones personales, y por lo mismo pasiva. Se trata de la “esperanza en”: en el partido, en el político, en las propuestas, en, en…Es una esperanza holgazana, irresponsable, atenida, depositada en los demás. Sin embargo, la esperanza verdadera, aquella de la que habló un judío marginal hace casi dos mil años es diferente, pues es una “esperanza para”, es la esperanza activa, la fuerza motora que mueve a la acción, el empuje hacia la consecución de las más grandes metas en la vida. Tal es la esperanza cristiana.

En sentido estricto la esperanza cristiana no es una “esperanza en Dios”. Para el cristiano, en sentido estricto, sólo la fe es “en Dios”. Jesús dijo: “Crean en Dios y crean también en mi” (Jn 14,1). Pero cuando habló sobre esperar dijo: “velad-esperad para no caer” (Mc 14,38), “Velad, pues, porque no sabéis el día” (Mt 25,13). La esperanza cristiana es aquella fuerza motivadora que suscita los compromisos para instaurar el reinado de Dios entre los hombres, para cimentar los valores del reino que darán solidez a la construcción social, económica y cultural. La esperanza cristiana no se cruza de brazos pensando que serán los demás los que harán las cosas. Esperar en términos cristianos significa tener un horizonte hacia donde orientar todas las energías vitales de cada ser humano. Ciertamente espera el que cree, el que cree en el reino de Dios y su justicia, el que cree que Dios hace nueva todas las cosas, el que cree que vendrán un “cielo nuevo y una tierra nueva”. Fe y esperanza son solo el anverso y reverso pero de la misma moneda.

Por eso puedo asegurar con toda certeza que esta esperanza no defrauda. Porque es una esperanza que implica el trabajo de cada uno, que requiere la responsabilidad de todos. Esa es la verdadera esperanza. Esa es la esperanza que necesita El Salvador. Si estamos esperando en que “los políticos” nos arreglarán las cosas entonces no tardaremos en caer en una total decepción. Esperar que surja un nuevo El Salvador no significa que nos podemos cruzar de brazos pensando que basta con el voto y el resto lo hagan los demás. Esperemos-trabajemos con responsabilidad y exijamos la responsabilidad de los demás, especialmente los gobernantes. Empeñémonos en toda iniciativa buena que surja para el bien del pueblo, cultivemos los más profundos y supremos valores con los cuales el país fue diseñado: Dios, Unión, Libertad. Entonces veremos un nuevo El Salvador. Esperar es trabajar por ese nuevo país que debemos siempre soñar. La esperanza es activa, nunca pasiva.

martes, 17 de marzo de 2009

HOMBRE DEL ESPÍRITU: ROMERO


Pbro. Ramón O. Lara

Se habla de Monseñor Romero como el profeta de la verdad, el mártir de la justicia, el defensor de los pobres, la voz de los sin voz, etc., y efectivamente lo es. Sin embargo, aunque tal lenguaje se ajusta plenamente para describir la verdad y profundidad de lo fue Romero, tales calificativos podrían conducir a una errónea comprensión de su identidad y de su misión. El error iniciaría si a tales calificativos se les quitase el fundamento que permitió a Monseñor ser profeta, mártir, defensor, voz, y se les pusiese sólo en el plano de la trama socio-política. Tal fundamento es el Espíritu. Quitando la dimensión espiritual la identidad de Monseñor queda reducida prácticamente a la de un moralista social y su ministerio al de un agitador de masas.

Monseñor ante todo fue hombre del Espíritu. Y cuando digo “Hombre del Espíritu” obviamente no estoy en lo más mínimo insinuando en Monseñor un posible “espiritualismo”. Todo lo contrario, con ello quiero indicar que la identidad y la misión de Monseñor tienen un fundamento que va más allá de las fronteras histórico-sociales, pues se funda precisamente en el Espíritu de Jesús. Trataré de explicarme.

Sobre todo debemos recordar que la Biblia define al espíritu como vida, libertad, energía y autenticidad. El espíritu, en la Biblia, es como el dinamismo interior que mora en la materia, el cuerpo, la realidad y la historia, para comunicar vida, identidad, energía y creatividad, en una atmósfera de libertad.

La actividad del espíritu es similar a la respiración en los seres vivos (ruah en hebreo, pneuma en griego, spiritus en latín): su presencia indica vida, su ausencia, muerte. Es el principio vital de las personas. Genera vida y la manifiesta.

También puede entenderse al “espíritu” como la motivación más profunda, la utopía o meta movilizadora, el principio y fundamento unificador de toda la existencia humana.

Según los evangelios, el dinamismo interior o el principio vital de Jesús fue establecer el Reino de Dios, es decir, el reconocimiento de la Soberanía Absoluta y la paternidad universal de Dios. Jesús sabía que él era el Ungido (Cristo) enviado para instaurar el Reino, y esa misión la tenía que realizar a pesar de toda la oposición maligna que reinaba en el mundo. Por eso, junto a la motivación de instaurar el Reino, también estaba la pasión por obedecer al Padre, aún a costa de la vida. En otras palabras, la “espiritualidad” de Cristo se caracteriza por una perfecta comunión con el Padre. La razón del vivir de Cristo es obedecer los designios del Padre. El celo por los asuntos del Padre lo devora desde sus más tiernos años. Jesús no vacila en decir que su alimento es hacer la voluntad de su Padre. Realiza lo que quiere su Padre. Es tan íntima la comunión de vida que lo une al Padre que hasta afirma que quien lo ve a Él ha visto también al Padre.

Podemos deducir que entre Cristo y el Padre hay un espíritu común, un mismo “Espíritu”. Y ese “Espíritu” que vincula tan estrechamente a Jesús con el Padre, la teología lo discierne como “El Espíritu Santo”, o sea la tercera persona de esa Trinidad Santa.

Nosotros, hombres y mujeres, podemos participar de ese dinamismo interior o principio vital de Dios mediante la fe en Cristo. La fe nos empuja a entrar a una vida nueva, a la vida de Cristo. El signo sagrado (sacramento) mediante el cual expresamos nuestra inserción a la misma vida de Cristo (morir con Cristo para vivir con él) es el bautismo. Esa vida nueva es obra del Don que viene de lo alto, del consolador que el Señor nos da, es su mismo Espíritu. La fe, entonces, nos conduce a vivir en Cristo, nos conduce a vivir en su dinamismo, o sea vivir en su Espíritu. Y precisamente Monseñor vivió en ese dinamismo, vivió en el Espíritu de Cristo: fue ante todo hombre del Espíritu.

La Espiritualidad Cristiana no es otra cosa que vivir en Cristo, es decir, siendo otros Cristos por participar de su mismo Espíritu. Por eso preguntarse por la espiritualidad cristiana es preguntarse acerca de la espiritualidad de Cristo. Y esto significa preguntarse sobre sus motivaciones últimas, sus ideales, la utopía última que inspiró su vida, la pasión y mística por las cuales vivió y luchó, y que supo contagiar a otros. Ya hemos insinuado que la motivación última de Jesús fue la de instaurar el Reino de su Padre Dios y obedecerle plenamente hasta las últimas consecuencias.

El problema se da cuando pensamos en el “espíritu” como lo opuesto a la “materia”. La mentalidad de separar espíritu-materia, cuerpo-alma, tiempo-eternidad, naturaleza-gracia, tierra-cielo, es conocida como mentalidad dualista, mentalidad tal que no es cristiana. Desde la perspectiva dualista lo espiritual se ve en oposición a lo material, lo temporal opuesto a lo eterno, oposición que a su vez abre camino a los peligrosos espiritualismos desencarnados, ajenos a los problemas sociales, e insensibles a las principales inquietudes humanas. En tal caso, podemos decir con total seguridad que Monseñor jamás vivió esa dualidad, ya que por estar inmerso en el mismo Espíritu de Cristo fue movido a comprometerse en la construcción del Reino, a ser fiel y obediente a la voluntad divina y a comprometerse profundamente con los problemas en que vivían sus hermanos.

Mediante la acción del Espíritu el Verbo se encarnó y compartió nuestras penas. Así mismo es el Espíritu el que condujo a Monseñor a encarnarse en las realidades y penas de su pueblo. Ciertamente una falsa espiritualidad (espiritualismo) aliena, desencarna y hace huir de la historia. No obstante, sólo viviendo en el Espíritu de Cristo es que es posible comprometerse seria y debidamente con las realidades del mundo. Si no es con ese Espíritu todo lo que hagamos será mera agitación social, voluntarismo, filantropía o un vago moralismo. Ser hombres del Espíritu es ser hombres comprometidos con la historia, profetas, mártires, defensores y voz de los sin voz, al estilo de Monseñor.

lunes, 9 de marzo de 2009

"VER AL ENEMIGO A LOS OJOS"
-Conocerlo y nombrarlo-
II

El mundo y la Iglesia en él, han entrado a un nuevo siglo y un nuevo milenio. Y a la mitad de la tercera década del nuevo milenio es posible otear el siglo recién pasado con un poco más de objetividad y precisión. Por tanto, los desafíos heredados de este pretérito siglo siguen en el tapete, y la Iglesia debe enfrentarse al (o a los) nuevo(s) contrincante(s). En tal caso, y siguiendo con la imagen de la “estrategia militar”, la Iglesia debe afinar su aparato de inteligencia para reconocer y, como en el caso de los exorcismos, poder también nombrar a su actual y verdadero enemigo.

En primer lugar, la Iglesia debe estar atenta a las posibles incursiones sigilosas y camufladas que el enemigo pueda ya estar ejecutando. Lo más peligroso sería dejarlo entrar en el corazón mismo del centro de operaciones y en el centro de comando eclesial. Por tal motivo, la Iglesia debe cuidar que el centro de operaciones, que es su doctrina y toda la vivencia de la fe basada en el AMOR, no sea exterminado con el peligroso y letal veneno del EGOISMO (disfrazado de un prepotente sistema social-económico-cultural). Más grave aun sería si la Iglesia descuida su mismo centro de comando (Jerarquía), de tal modo que sus miembros seducidos por el enemigo, se conviertan en verdaderos traidores de la misma Iglesia (CLERICALISMO). Tal y como sucedió con Jesús en el desierto, las seducciones del poder, del placer y del tener están siempre tentando a los discípulos y servidores del Señor hoy. 

Caer ante las tentaciones y traicionar a la Iglesia, que es lo mismo traicionar a Cristo, por no ser capaces de optar por una vida radicalmente vivida frente a Dios y a los hermanos, es muy fácil en este tiempo. Las respuestas: “no solo de pan vive el hombre”, “solo al Señor tu Dios adorarás” y “no tentarás al Señor tu Dios”, fulminantemente dadas por el Maestro en el desierto de Judea, no parecen ser las mismas que dan hoy sus discípulos, “desde los obispos hasta el último de los fieles laicos” (frase de San Agustín), en el desierto del mundo moderno. No es difícil encontrar miembros de la Iglesia que están extasiados e instalados en el poder o viven preocupados por arribar y detentar las esferas del dominio. Es fácil encontrar cristianos afanados por el éxito y el máximo acumulo de riquezas pero totalmente despreocupados por la solidaridad, el bien común, la justicia social y la paz.

En segundo lugar, la Iglesia debe anticipar y corregir los daños causados por los asaltos mortíferos del enemigo. Lo más grave de esta situación es que el enemigo está utilizando armas que son extremadamente sutiles, pero muy eficaces. La muerte y la desolación están a la vista: los templos donde antaño fulguraban las solemnes y vivas liturgias, ahora son museos; las celebraciones litúrgicas que deben ser “cumbre y fuente de la vida cristiana”, se han convertido en protocolos; la otrora vivificante experiencia comunitaria, se ha convertido en un vacío y manipulado eslogan. Es extraño, pero a pesar de los daños que a vista de todos son evidentes, no se ven atisbos de una reacción inmediata y contundente en modo pleno por parte del comando eclesiástico, cerrando filas con todos los fieles bautizados para enfrentar esa batalla. Lo cual hace pensar que el enemigo está utilizando armas somníferas o alucinógenas (espiritualismos, fundamentalismos, conformismos). 

Obviamente si revisamos con mayor detenimiento el campo de batalla descubriremos cuantiosos daños colaterales. Dentro de las mismas filas eclesiales se pueden contar decenas de obispos, cientos de sacerdotes y millares de fieles ejecutados por quienes, paradójicamente, se confiesan miembros de la misma Iglesia (les fue muy difícil a los canonistas y teólogos sostener la causa de martirio para un obispo que fue asesinado por quienes comulgaban en las Misas los domingos). Fuera de las filas eclesiales se ven bochornosos estragos. Basta con señalar uno: la vergonzosa división entre quienes tienen tanto y quienes no tienen más que sólo esperanzas. Tal división está llegando a tan profundas dimensiones que de nuevo el mundo se está dividiendo con verdaderos y físicos muros. Las paradojas en la historia suelen también darse: si en el siglo recién pasado un muro dividió al mundo entre ESTE y OESTE, en este nuevo siglo otro muro lo está dividiendo, pero ahora entre NORTE y SUR. ¡Cómo juega la historia! ¿Verdad?

Creo que con este somero sondeo ya tenemos la capacidad de señalar y nombrar con mayor precisión al verdadero y concreto enemigo de la Iglesia para estos tiempos. Sin embargo, no quiero ser yo el que lo nombre, sino que dejaré al mismo Sumo Pontífice, Benedicto XVI, quien nos haga ese honor: “Ante el abuso del poder económico, de las CRUELDADES DEL CAPITALISMO que degrada al hombre a la categoría de MERCANCÍA, hemos comenzado a comprender mejor el peligro que supone la riqueza y entendemos de manera nueva lo que Jesús quería decir al prevenirnos ante ella, ante el DIOS MAMMÓN QUE DESTRUYE AL HOMBRE, ESTRANGULANDO DESPIADADAMENTE CON SUS MANOS UNA GRAN PARTE DEL MUNDO”. (Cfr. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, págs. 126-127). Por lo que ante “el hundimiento del comunismo no significa automáticamente la bondad del capitalismo” (Benedicto XVI). 

Con justa razón el Papa Francisco nos está invitando más bien a construir puentes y derrumbar los nuevos muros que se han querido construir o se están construyendo (el muro en la frontera USA-México, Israel también construye un muro para separarse de los palestinos). Pero podemos mantener la firme esperanza que así como la Iglesia derrotó al “temible enemigo del comunismo”, así mismo vendrá un Juan Pablo III para derrocar al peligroso y letal “capitalismo salvaje” (Juan Pablo II, Centesimus annus, 8). Sólo hasta cuando todos los cristianos, al unísono y sin temor, podamos “nombrar” (definir y entender) al capitalismo como el verdadero enemigo de la Iglesia, el mundo será exorcizado. Mantengamos la firme esperanza de que la propuesta de renovación que ha iniciado Francisco con sus grandes ejes programáticos (Laudato si', Fratelli tutti), pueda ayudar a exorcizar de la Iglesia de la mundanidad (capitalismo asimilado) enquistada muy hondamente en la Iglesia.