Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

martes, 5 de mayo de 2009

“BENDITA TU ENTRE LAS MUJERES” (Lc 1,42)


Pbro. Ramón O. Lara

Cuando llega mayo la vida reverdece; la naturaleza, madre tierra, se viste de esplendor. El quinto mes es también el mes de María; el corazón cristiano se vuelca en loas hacia la joven madre nazarena. Todo en mayo conduce a un punto concéntrico: la madre. No importa la madre de quien, no importa de dónde, no importa cuál sea la latitud o la posición social que ocupe. La madre es madre, y un título tal lo dice todo, y resume cualquier otro honor posible en la tierra. Mayo, pues, hace pensar en la mujer en su máxima expresión, o sea, como mamá.

Pero es curioso, y vergonzoso a la vez, saber que en aras de la defensa de la dignidad de la mujer se denigre el honor que le es superlativamente digno: ser mamá. En muchas sociedades, particularmente aquellas de condiciones económicamente ricas, no celebran este día. Para muchos grupos radicales y contestatarios, que dicen defender la dignidad de la mujer, ésta celebración es una ofensa a la mujer moderna, que lucha por “conquistar su rol digno dentro de la sociedad”. Para las sociedades “desarrolladas” el hecho de ser madre es una carga, una subyugación machista y casi una ofensa. En pocas palabras ¡ser madre es denigrante! Según esta mentalidad, la mujer tiene dignidad en cuanto más se asemeje al hombre (¡!), ¡si el hombre no pare hijos, la mujer tampoco! ¿Es esto verdadero feminismo?

Por supuesto que me opongo a cualquier vestigio machista que galopee campantemente en nuestra cultura. El respeto a la dignidad de la mujer, en todas sus dimensiones, debe ser defendido, cultivado, difundido y encarnado. No me opongo, por tanto, al trabajo productivo femenino, o que la mujer pueda cultivar al máximo sus capacidades profesionales; pero si ese trabajo relega o bloquea el don de la maternidad, debo decirlo, algo en esa lógica productiva y reivindicativa no está debidamente funcionando. Benditas las mujeres que sacrifican esa posibilidad de realizarse como profesionales en el campo productivo en aras de la maternidad, mujeres que se donan a tiempo completo para el cuido de los hijos. No creo equivocarme en decirles que de por sí ellas están realizando el trabajo más digno y noble en esta tierra. No quiero ser mal entendido en este punto, ya que es una temática que debe tratarse con precisión quirúrgica. Un sano y virtuoso justo equilibrio, admitámoslo, siempre será necesario. Sé que en muchos de los países económicamente ricos están revisando y replanteando las políticas laborales a favor de la maternidad. Cosa que los llamados países subdesarrollados o del tercer mundo tienen como algo culturalmente normal.

Por eso me siento orgulloso de ser latinoamericano y, agreguemos, “subdesarrollado”. No por el machismo que tristemente campea entre nosotros, sino porque el rol de la mujer madre todavía ocupa un lugar muy especial. Por eso quiero decirles a todas las mujeres de mi pueblo, retomando las palabras inspiradas que una mujer llena del Espíritu Santo dirigió a una jovencísima madre: “Bendita tu –ustedes mamás– entre todas las mujeres”. Por supuesto que reconozco el riesgo y el gran compromiso que implica un saludo como este. Ciertamente a la mujer que es madre merece el honor, respeto, premura y reconocimiento los trescientos sesenta y cinco días del año. Por supuesto que me avergüenzo saber que hay tantas mujeres que son tan vilmente denigradas, madres que son cruelmente maltratadas. Me avergüenzo y en nombre de todos los hijos que deberíamos honrarles siempre les pido perdón.

Además, me avergüenza reconocer que esta fecha santa sea tan manipulada por el desvergonzado mercantilismo: una madre no merece sólo un artefacto que se compra en el almacén de la esquina o en la tienda de enfrente. La madre merece de sus hijos como principal regalo: obediencia, respeto, ternura, comprensión, ayuda, compañía, delicadeza; en una palabra, amor. Y ese regalo no se da sólo una vez al año, sino cada día. Es obvio que resultará una grosera ofensa para una madre recibir sólo ese día un “chunche” para amueblar la casa, que no es ni para ella (licuadoras, cocinas, planchas, etc.), si durante el resto del año sólo ha recibido desprecios, ofensas, y una sarta de tropelías denigrantes. Reitero, por tanto, mis disculpas a las mujeres que en su condición de madres son deshonradas. Pero no por ello debemos suprimir el día que es propio para reconocer la dignidad de la mujer en su condición de mamás.

El saludo de santa Isabel a la joven nazarena tenía un motivo: “el fruto de tu vientre”. Se comprende entonces que la condición de “bendita entre todas las mujeres” es debido a ese fruto que madura en el vientre, o más bien, por la condición de mamá. Ciertamente hay que reconocer también que muchas mujeresdenigran , tristemente, la dignidad de la mujer en la condición de madre cuando atropellan su propia maternidad. Sin pretender hacer un juicio genérico, pues no es fácil conocer los motivos por los cuales una madre actúa así, hay que reconocer que muchas mujeres pisotean su maternidad cuando abandonan a sus hijos, cuando los maltratan, cuando los asesinan (aún en el vientre), etc. Por las madres que por su comportamiento pisotean la dignidad de la mujer-madre nos queda sólo elevar una plegaria, compartir las secuelas de sufrimiento que dejan sus comportamientos y en la medida de lo posible ayudarles a redescubrir su dignidad y valor de mujeres y de madres.

Honor, pues, merecen las mamás el diez de mayo y siempre. Reconozcamos, todos, la gran dignidad de la mujer madre y colaboremos para que las próximas generaciones de madres, las niñas, adolescentes y jovencitas del presente, sepan valorar y asumir con entereza ese hermoso don con el cual el creador las ha embellecido: el don de la maternidad. Cuidémoslas para que no sean víctimas de esta nuestra sociedad enferma que victimiza sobre todo a las niñas. El caso de la pequeña Katia Miranda es un símbolo de lo que una sociedad enferma puede llegar a perpetrar contra las niñas. Cuidémoslas para que sus mentes y sus corazones no sean contaminados y atropellados con tanta porquería con los que la propaganda pornográfica y la sociedad vacía de valores les embisten. La madre es un diamante que debemos cuidar. Pero como diamante es necesario tallar y embellecer, algo que se debe hacer desde los primeros años de la existencia de una personita que trae el gran privilegio (y peso) de ser mujer.

A las madres que están lejos, enviemos nuestro sentido afecto y especial agradecimiento. A las que han partido de este mundo y gozan de Dios, nuestra grata memoria e intensa plegaria por su descanso eterno. A las madres que no han engendrado físicamente pero que espiritualmente han cultivado una fertilísima maternidad, damos nuestra suprema admiración y profundo reconocimiento. Que en este día de la madre, día propio de la dignidad más grande de la mujer, el Señor las bendiga a todas. Por eso no dudamos en repetirles el saludo celestial: “benditas sean entre todas las mujeres”. En honor a todas las mamás de mi pueblo, me atrevo a transcribir una de las más bellas piezas de la poesía surgidas en nuestro suelo:

Manos las de mi madre, tan acariciadoras,
tan de seda, tan de ella, blancas y bienhechoras.
¡Sólo ellas son las santas, sólo ellas son las que aman,
las que todo prodigan y nada me reclaman!
¡Las que por aliviarme de dudas y querellas me
sacan las espinas y se las clavan ellas.

Para el ardor ingrato de recónditas penas,
no hay como la frescura de esas dos azucenas.
¡Ellas cuando la vida deja mis flores mustias
son dos milagros blancos apaciguando angustias!
Cuando del destino me acosan las maldades,
son dos alas de paz sobre mis tempestades.

¡Ellas son las celeste; las milagrosas, ellas,
porque hacen que en mi sombra me florezcan estrellas!
Para el dolor, caricias: para el pesar, unción:
¡son las únicas manos que tienen corazón!
(Rosal de rosas blancas de tersuras eternas:
aprended de blancuras en las manos maternas).

Yo que llevo en el alma las dudas escondidas,
cuando tengo las alas de la ilusión caídas,
¡las manos maternales aquí en mi pecho son
como dos alas quietas sobre mi corazón!
¡Las manos de mi madre saben borrar tristezas!
¡Las manos de mi madre perfuman con ternezas!

Alfredo Espino

martes, 28 de abril de 2009

“GRAN MISTERIO ES ESTE” (Ef 5,32)



Pbro. Ramón O. Lara

En el lenguaje cotidiano el término misterio hace referencia a lo enigmático, desconocido o imposible de comprender. ¡Cuántas veces oímos decir “esto es un misterio”, cuando estamos ante algo de lo cual no se encuentran palabras para explicar! En cierta medida este tipo de lenguaje tiene fundamento, ya que la palabra misterio proviene del griego “mystêrion”, que tiene como principal acepción “lo impronunciable”, “lo no narrable”. Los griegos desarrollaron, por tanto, los llamados “cultos mistéricos”, o sea, el culto a las fuerzas ocultas de las cuales el hombre no tiene explicación. Sin embargo, los escritos neotestamentarios utilizan muchísimas veces el término “misterio”, sólo que para tales escritos este término tiene el claro sentido de “plan de salvación que estaba oculto pero que ahora el Padre ha revelado en su Hijo mediante el Espíritu” (1Cor 2,7-10; Ef 3,5; Col 1,26). Entonces, según la Biblia, en el término misterio se conjugan lo oculto y lo revelado, lo que es desconocido pero que es conocible. Y este pasaje de lo oculto a lo conocido se refiere a una realidad concreta y específica: la salvación. El lenguaje mistérico, pues, según la Biblia, tiene que ver con la salvación: el plan salvador de Dios anteriormente oculto pero ahora revelado en Cristo.

Cristo es la máxima revelación de Dios. Más aún, es la misma presencia de Dios entre nosotros (el Emmanuel), ya que en él Dios ha puesto su morada entre nosotros (Jn 1,14). Pero Dios se revela para salvar, pues el hombre encuentra su salvación sólo viendo a Dios. Estar salvados es estar comtemplando el rostro de Dios, es experimentar la visión beatífica. Puesto que a Dios nadie lo puede ver, Él mismo diseñó un plan para poder manifestarse plenamente e indicar al hombre el camino de salvación, o sea, el modo para llegar a contemplarlo. Por eso Jesucristo llegó a afirmar que él era la luz y el camino, la verdad y la vida: quien me ve a mí ha visto al Padre le respondió a uno de sus discípulos. Así pues, todo lo que dijo y lo que hizo Jesús tiene un carácter salvífico. Él decía y actuaba la salvación. Por eso es que los textos neotestamentarios hablan de la salvación revelada en Cristo. En Cristo lo oculto de Dios se revela. Lo que es inaferrable en Dios ahora en Cristo nos es accesible. Dios deja de ser misterio oculto y pasa a ser misterio revelado. Podemos ver, pues, con mucha claridad, que el contenido del término misterio, según la Biblia, cambia sustancialmente respecto al significado griego. Ya no se refiere sólo a lo oculto, sino también a lo revelado y revelable; no se refiere solo a lo desconocido, sino que habla de lo infinitamente conocible. Ciertamente que en Dios queda siempre algo oculto, pues la mente humana es incapaz de abarcar toda la verdad de Dios. Por eso se dice que Dios queda siempre en el misterio, pero no porque no se pueda conocer, sino porque Él es “infinitamente conocible”.

Cuando los primeros discípulos de Jesús quisieron recordar el momento más importante de comunión con su Señor, o sea, el memorial de la Cena del Señor, comenzaron a estructurar la celebración de lo que luego se dio a llamar “misterios cristianos”. Esa comida santa que les recordaba y actualizaba la salvación que el Señor había revelado les introducía en el dinamismo mistérico. Hacer la fracción del pan, posteriormente llamada “eucaristía”, era confirmar su participación en el misterio de Cristo. El discípulo se volvía un solo cuerpo con el Señor. Ahora bien, para entrar a formar parte de esa selecta comunidad de elegidos (ekklesia=Iglesia) era necesario pasar por un rito de introducción a la participación al misterio de Cristo; o sea, el rito de la inmersión (baptisein) en Cristo (Gal 3,27; Rm 6,3). Los dos supremos signos sagrados de los primeros cristianos, fueron, pues, el bautismo y la fracción del pan. Eran los llamados “misterios cristianos”. Sin embargo, con el paso de los años el término griego “misterio”, con su connotación bíblica, pasó al latín sacramentum. Por eso a los ritos sagrados del bautismo y la fracción del pan se les llamó sacramentos, o sea, signos sagrados que les posibilitaban entrar a la gran obra de salvación realizada por Cristo. Esos ritos eran las formas sensibles por medio de los cuales los seguidores de Jesucristo participaban de la salvación de Dios. Siempre con el pasar de los años, estas primeras comunidades fueron ampliando el número de los ritos y signos que según ellos les permitían participar de la salvación divina. Los sacramentos se multiplicaron, ya no sólo se hablaba de la fracción del pan y del bautismo, sino de decenas y decenas de más sacramentos.

Los sacramentos, por tanto, nacieron como una necesidad de celebrar la salvación de Dios actuada en Cristo. Y nacen de la vida de la comunidad: son de la Iglesia y para la Iglesia. Son de la Iglesia porque tienen su fundamento, su origen, en la Iglesia. Tienen a la Iglesia como su fuente. Son para la Iglesia porque están orientados a confirmar y garantizar la participación como miembros activos de la misma. Por eso se dice que los sacramentos constituyen la Iglesia. Podemos decir, además, que la Iglesia tiene una profundísima identidad sacramental: ella es el fundamental sacramento de la salvación. Hemos afirmado que no hay salvación sin la Iglesia, puesto que no hay salvación sin Cristo, pues ella es, como afirmó Mons. Romero en su segunda carta pastoral, “el cuerpo de Cristo en la historia”. Toda la sacramentalidad que celebramos en los ritos sagrados, no lo olvidemos, brota de la Iglesia. Pero, si la Iglesia es el sacramento fuente, es decir, de ella nacen y a ella conducen los ritos sacramentales que nosotros conocemos, se debe a que ella está indefectiblemente unida a Cristo. La Iglesia no es sacramento de salvación por sí misma, sino en virtud de su unión a Cristo, en absoluta dependencia de él. La lógica de este razonamiento sigue los siguientes pasos: Dios quiere salvar, para salvar se debe revelar, se revela mediante la encarnación en Cristo, Cristo se prolonga en la historia mediante la Iglesia, la Iglesia comunica la gracia salvadora de Cristo mediante los signos sacramentales. Por tanto, para acceder a la salvación de Cristo, es absolutamente necesario vivir los “misterios/sacramentos” que la Iglesia celebra, con los cuales actualiza la salvación obrada por el Señor.

Para responder a la pregunta ¿Cómo dar frutos de vida nueva al lado de la cizaña? ¿Cómo mantener la identidad cristiana en medio de las pruebas que el misterio del mal nos presenta a diario? ¿Cómo vivir fielmente al llamado de santidad que todos hemos recibido de Dios? La respuesta sigue los pasos del razonamiento del párrafo anterior: el hombre es santificado y crece en la santidad sólo “de cara a Dios”, frente a Dios, y entrando en absoluta comunión con Él. Para ello necesita encontrarse con la presencia viva y actual, su Verbo encarnado, pontífice del misterio divino, o sea, que une al ser humano con Dios. Pero en el aquí y ahora de la historia se entra en comunión con Dios mediante el “Cristo en la historia”, es decir, la Iglesia. La Iglesia ofrece a todos los hombres y mujeres la posibilidad de unirse a Cristo mediante ciertos signos sensibles concretos que comunican la salvación divina, los llamados sacramentos. Repitámoslo: no hay salvación sin Cristo, no hay Cristo (para nosotros aquí y ahora) sin la Iglesia, no hay Iglesia sin los sacramentos. Con razón los santos a lo largo de la historia han sabido vivir una vida sacramental con suprema intensidad. Los sacramentos configuran la vida Cristiana, la modelan, la sostienen y la alimentan. Es imposible vivir la vida cristiana sin la Iglesia. Y para ser parte de la Iglesia, “vivir en Iglesia”, son indispensables los sacramentos. ¿Por qué los sacramentos que tiene la Iglesia, los que nosotros conocemos, no parecen comunicar toda la riqueza salvífica que deberían comunicar? ¿Por qué celebramos los sacramentos y nada pasa o cambia en nosotros? Ahh, también…Si antes eran cientos de sacramentos ¿Por qué ahora son sólo siete?

Bueno, eso parece ser terreno de la historia de la Iglesia…y mucho más.



domingo, 26 de abril de 2009

“SEMBRÓ ENCIMA CIZAÑA ENTRE EL TRIGO” (Mt 13, 25)


Pbro. Ramón O. Lara

«El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña. Los siervos del amo se acercaron a decirle: “Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?” El les contestó: “Algún enemigo ha hecho esto”» (Mt 13,24-28). La parábola del trigo y la hierba mala recoge con mucha elocuencia la gran inquietud que la comunidad de Mateo tenía respecto al pecado y la maldad que tenazmente florecían en medio de la comunidad de los bautizados: ¿Por qué hay pecado y pecadores, se preguntaban, si Cristo ya nos salvó?

Ciertamente Cristo ha obrado ya la salvación. Es necesario sólo unirse a él, identificarse con él (Gal 2,20). Pues en él está la plenitud de la gracia (Jn 1,16) y porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos (Hch 4,12). Gracia significa amistad con Dios, estar frente a Él, contemplando su rostro (Sal 11,7). Pero todo ese torrente de gracia, todos los bienes salvíficos, otorgados por Cristo ¿Cómo llegan a nosotros? En el hoy de nuestra historia ¿Cómo podemos unirnos a Cristo? Simple y llanamente debemos decirlo: mediante la Iglesia. Toda la salvación obrada por Cristo encuentra en la misma comunidad de bautizados (la Iglesia) el canal propicio mediante el cual viaja a través de la historia hasta la consumación de los siglos. Sin la Iglesia la salvación obrada por Cristo hubiera sido sólo un evento puntual en la historia ¿Cómo hubiera llegado a nosotros, 20 siglos después, esa salvación? No hay salvación sin Cristo, es verdad, pues Él es el único y suficiente salvador. Pero esa salvación no llega a nosotros mágicamente, sino mediante una realidad concreta querida por el mismo Señor: su Iglesia (Mt 16,18). La salvación para el Homo viator siempre será mediada. Por eso se puede decir también: no hay salvación sin la Iglesia. Es que no podemos separar la Iglesia de Cristo, ni a Cristo de la Iglesia. San Pablo veía una gran cohesión entre Cristo y la Iglesia: Cristo es la cabeza y la Iglesia el cuerpo (1Cor 12,27; Col 1,18).

Siglos más adelante, en uno de los párrafos más densos de la teología, San Agustín sintetiza esta verdad de la Iglesia identificada con el cuerpo de Cristo: «Si quieres comprender el misterio del cuerpo de Cristo, afirma San Agustín, escucha al apóstol que dice a los fieles: “ustedes son el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno a su modo” (1Co 12,27). Si ustedes por tanto son el cuerpo y los miembros de Cristo, sobre la mesa del Señor está depositado el misterio de ustedes. A lo que sois respondéis: “Amén” y respondiendo lo subrayáis. Se te dice en efecto: “el cuerpo de Cristo”, y tu respondes: “Amén”. Sé miembro del cuerpo de Cristo, para que sea verdadero tu Amén». Palabras más claras y elocuentes sobre lo que es la unión del cristiano con Cristo y con la Iglesia es imposible encontrar: la Iglesia es la comunión de los cristianos y esa comunión es al mismo tiempo Cristo en la historia. Además, esta expresión agustiniana explica con mucha precisión el significado del misterio eucarístico. Por eso es posible decir que la Iglesia es el verdadero cuerpo de Cristo y Cristo está indefectiblemente presente en la Iglesia. La unión de Cristo con la Iglesia es tal que el autor de la carta a los Efesios la ve como un gran misterio esponsal: la Iglesia es la esposa de Cristo (Ef 5,32).

Para tratar de responder a la inquietud que nos ha acompañado desde hace un buen rato volvamos a la parábola de Mateo. Es necesario advertir que una parábola se presta a múltiples interpretaciones; sin embargo, el mensaje que esta ofrece, inmediatamente constatable, es el del mal que crece junto al bien: la buena semilla y la mala semilla, el trigo y la cizaña. Por ser la Iglesia una realidad histórica, cuerpo de Cristo en la historia, está lanzada en el campo del mundo. Es en medio de las vicisitudes de la historia que la Iglesia (los bautizados) debe crecer y dar frutos. La figura del enemigo que siembra la cizaña entre el trigo representa el misterio del mal, que siempre aparecerá como un tentador (la serpiente del Génesis) o sembrador de maldad (según la parábola), para probar la respuesta libre del hombre. La libertad debe ser puesta a la prueba, ya que con ella se debe responder al amor gratuito de Dios. Si la libertad no es puesta a prueba, la respuesta de amor que se le debe dar a Dios, en Cristo, bajo la fuerza del Espíritu Santo, corre el riesgo de no ser auténtica y total. Al amor de Dios sólo se le responde en autenticidad y totalidad, o frio o caliente, no tibio. O se está frente a Dios o a espaldas, no de medio lado.

Es claro que la gracia de Dios nos envuelve, pues todo es gracia, todo es favor de Dios. La salvación en un primer momento no depende de nosotros. Pero la respuesta libre a ese favor de Dios es nuestra. Ahí la salvación depende de nosotros. Somos, en cierto sentido, responsables de nuestra salvación. Además, el misterio del mal (mysterium iniquitatis) no cesa de asediar como león rugiente buscando a quien devorar (1Pe 5,8). Muchos bautizados sucumben a sus zarpazos. Por eso la Iglesia, campo de la salvación, deja crecer en su interior ambas semillas: las que mantienen el gen bueno que dará frutos de vida eterna y las que tienen el gen estéril que no da fruto y que son sólo tropiezo al crecimiento de la buena semilla. La Iglesia, pues, es un mixto de santos y pecadores. Casta meretrix (santa prostituta) decían los Santos Padres en los primeros siglos. Miembros excelsos que han crecido a los más altos niveles de santidad, que han dado tantos frutos de bien, los ha tenido y los tendrá la Iglesia. Los espíritus como un Francisco de Asís o, unos más cercana a nosotros, como Teresa de Calcuta y san Óscar Romero, embellecen el rostro de la Iglesia. Sin embargo, pecado, escándalo, iniquidad y miseria, también lo ha habido, hay y habrá en el seno de la misma Iglesia: sacerdotes pedófilos, fundadores degenerados como Maciel, cardenales y obispos que viven y se comportan como príncipes, o las grandes injusticias sociales en el occidente cristiano, son claros ejemplos de quienes desfiguran el rostro de la Iglesia.

«Dícenle los siervos: “¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?” Díceles: “No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero”» (Mt 13,28-30). Según esta imagen mateana, como hemos insinuado en el párrafo anterior, también la Iglesia puede ser vista como el campo en el que es posible sembrar buena y mala semilla. En ella pueden cohabitar los más altos grados de santidad y el más vil pecado. Por ser campo es una realidad abierta y por lo mismo riesgosa. El bautizado, como buena semilla, está llamado a dejarse tragar por el humus de ese campo, literalmente morir (Jn 12,24), y desde ese total vaciamiento resurgir como una nueva criatura, para dar mucho fruto. Mientras se da ese proceso de crecimiento y madurez, la buena y la mala semilla deberán estar juntas. La buena semilla deberá resistir la presencia ensombrecedora de la cizaña y mantenerse firme hasta el final, ya que al momento de la ciega por sus frutos los reconocerán (Mt 7, 20). Sólo debe mantenerse fiel a su identidad y no permitir que la sombra de la cizaña le impida dar los frutos que debe dar ¿Cómo mantenerse fieles a la propia identidad y poder crecer hasta dar frutos?

Eso es tema de la sacramentología…