Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

jueves, 24 de septiembre de 2009

UN PÁRRAFO A LA VEZ


Pbro. Ramón O. Lara Palma

Después de escribir sobre temáticas un tanto amplias, y por lo mismo aburridas para algunos lectores, no por la amplitud sino por mi incapacidad de ser claro y motivador, me he decidido escribir con mucha más concisión. Por eso el título de esta columna: “un párrafo a la vez”. Lo que escribiré no serán elucubraciones personales o intentos de síntesis, sino retazos de distintos libros de los que he leído o estaré leyendo. Compartiré el párrafo que más me haya impactado de esas lecturas para que también los que lean este espacio cibernético puedan dejarse llevar por la sabiduría de los que han sido bendecidos por Dios con el don del buen entender. Claro que pido disculpas por la falta de respeto, pues nadie ha dicho que lo que a mí me guste pueda gustarle a los demás. Pero correré el riesgo, y de antemano gracias por la comprensión. Ah, por ser esta la primera vez haré la excepción al presentar dos párrafos: este que están leyendo como preámbulo y el párrafo que propiamente quiero compartir con ustedes. Ahí va.
Parábola de los gemelos

«Sucedió que en un seno fueron concebidos gemelos. Pasaron las semanas y los gemelos crecieron. A medida que fueron tomando conciencia, su alegría rebosaba: “Dime: ¿no es increíble que vivamos? ¿No es maravilloso estar aquí?” Los gemelos empezaron a descubrir su mundo. Cuando encontraron el cordón que los unía a su madre y a través del cual les llegaba el alimento, exclamaron llenos de gozo: “¡Tanto nos ama nuestra madre que comparte su vida con nosotros!” Pasaron las semanas, luego los meses. De repente se dieron cuenta de cuánto habían cambiado. “¿Qué significará esto?” –preguntó uno-. “Esto significa –respondió el otro- que pronto no cabremos aquí dentro. No podemos quedarnos aquí: naceremos”. - “En ningún caso quiero verme fuera de aquí –objetó el primero- yo quiero quedarme siempre aquí”. - “Reflexiona. No tenemos otra salida –dijo su hermano. Acaso haya otra vida después del nacimiento”. - “¿Cómo puede ser esto? –repuso el primero con energía. Sin el cordón de la vida no es posible vivir. Además, otros antes de nosotros han abandonado el seno materno y ninguno de ellos ha vuelto a decirnos que hay una vida tras el nacimiento. No, con el nacimiento se acaba todo. Es el final”. El otro guardó las palabras de su hermano en su corazón y quedó hondamente preocupado. Pensaba: “Si la concepción acaba con el nacimiento, ¿qué sentido tiene esta vida aquí? No tiene ningún sentido. A lo mejor resulta que ni existe una madre como siempre hemos creído”. - “Sí que debe existir –protestaba el primero-. De lo contrario, ya no nos queda nada”. - “¿Has visto alguna vez a nuestra madre? –preguntó el otro. A lo mejor sólo nos la hemos imaginado. Nos la hemos forjado para podernos explicar mejor nuestra vida aquí.”Así, entre dudas y preguntas, sumidos en profunda angustia transcurrieron los últimos días de los dos hermanos en el seno materno. Por fin llegó el momento del nacimiento. Cuando los gemelos dejaron su mundo abrieron los ojos y lanzaron un grito. Lo que vieron superó sus más atrevidos sueños». Tomado de: Selecciones de Teología, nº 152, Vol.38, 1999, 306.

Bueno, no les prometí que iban a ser párrafos cortos!!! Pero es un párrafo digno de ser releído ¿No encuentran familiar ese diálogo respecto a nuestras dudas sobre la vida eterna?

Hasta la próxima.

sábado, 12 de septiembre de 2009

ME DUELE MI PATRIA


Pbro. Ramón O. Lara Palma

El dolor es una sensación molesta y aflictiva en alguna parte del cuerpo (dolor físico), o bien un profundo sentimiento de pena que se experimenta en lo más agudo del alma (dolor emocional). El primero es concreto y localizable, el segundo es intenso pero vago. Ambos tienen la cualidad de hacer sufrir, cada uno a su modo. Cuando digo que “me duele mi patria” quiero decir que hay algo concreto en mi, algo localizable que me hace sufrir; pero es claro que tal sufrimiento tiene el carácter emocional, que toca lo más agudo de mi ser, o lo que muchas veces llamamos “alma”. Pero es algo concreto porque me siento parte indisociable de ese cuerpo que se llama “mi patria”.

Sí, me duele mi patria. Me duele algo de mi propio ser, porque aunque estoy lejos no me siento distante e indiferente frente a mi adolorido terruño. Y no digo que me duele “mi país”, porque país es una palabra muy vaga (un galicismo que indica un área geográfica y una entidad política); ni siquiera digo “mi nación” que es ya algo más íntimo (nación = lugar donde se ha nacido), sino “mi patria” porque indica no sólo de donde soy (lugar de nacimiento) sino que recuerda mis raíces, mis ancestros: mis Padres (patria = patris ubi = lugar de mis padres).

Sí, me duele mi patria porque está muriendo. La tierra de mis padres, el lugar que me da abolengo, muere; literalmente está muriendo. Mueren mis hermanos y hermanas. Está muriendo mi familia. Pero no la mata gente extraña, sino los hermanos menores, que golpeados por el infortunio y nacidos en medio del dolor, han bebido la amarga hiel del desamor, el desamparo y la marginación. Nos estamos matando los mismos miembros de la familia. Por eso quisiera tener la fuerza para gritar con voz potente como la tuvo aquel que en un momento determinado, viendo morir a sus mismos hermanos, gritó: “están matando a sus propios hermanos…por eso les ruego, les suplico, les ordeno…” ¡Cese esta carnicería fraterna!

También por eso desde lo hondo de mi corazón gimo: “Dios te salve, patria sagrada”. Pongamos la coma para dividir la frase porque así debe ser la oración que en este llamado mes de la patria debemos elevar a Dios: ¡Que Dios te salve querida patria! Es que la vergonzosa cifra, que ya sin encogimiento y pudor manejamos, si 14 o 13 o 12 muertos diarios, requiere más que un esfuerzo humano. Sólo Dios podrá salvar esta nuestra desangrada tierra. Los que estamos momentáneamente fuera del corredor territorial nos sentimos avergonzados al conocer la crónica de la noticia internacional: “el pequeño país centroamericano tiene el poco honroso primer lugar en violencia social”. Estremece todavía más la triste constatación de que entre más muertos se dan menor es el estupor y el respeto por la vida entre nos. Tal parece que se hace realidad el triste verso de aquel mexicano: “la vida no vale nada”.

¡No! Cada vida es un tesoro de inestimable valor. Toda vida, sin ninguna distinción, merece ser salvada y restituida en su esplendor. Para ello rescatemos eso mínimo que cada uno puede hacer: respetar el derecho ajeno, porque así se alcanza la paz. El derecho a la vida, el derecho a ser amado para poder amar, el derecho a ser considerados como verdaderos hermanos, es por donde debemos comenzar. El mensaje del galileo debe encontrar resonancia en cada corazón guanaco: “dichoso el hombre que trabaja por la paz”. Con el auxilio divino, que es con lo único seguro que podemos contar, podemos convertirnos de veras en artesanos de esa paz. Sólo así será posible salvar a nuestra patria: con un verdadero empeño tomado con seriedad por parte de cada ciudadano, en sintonía unísona con todos los demás. Sí, Dios salvará nuestra patria, pero sólo a través de nuestras manos, nuestra mente y corazón. Lo demás es sólo propaganda o una falsa ilusión. Sólo así toda vida se podrá salvar.

Que Dios te salve patria sagrada y te devuelva tu dignidad. Eres pequeña pero hermosa, eres única. Tu nombre es ya presagio de tu destino y verdadera identidad: el Salvador te ha salvado y te ha llamado por tu propio nombre, que es el suyo también. Los padres que te fundaron no pudieron agraciarte mejor: su nombre, concluyeron, será El Salvador. Por eso le pido al buen Dios que nadie pueda mutilar ninguno de los catorce laureles que componen tu corona de honor. Aunque tengo la impresión de que ya solo once son: pues han desparecido casi por completo la Unión, la Paz y la Libertad. Yo aprendí desde niño que el verdadero blasón que me daba identidad era justamente la fe en DIOS, la búsqueda incansable de la UNIÓN y la defensa férrea de la verdadera LIBERTAD. Hoy sé que sólo así, guiados por esos sagrados valores, lograremos la anhelada paz social.

Loor a nuestros héroes que nos dieron identidad. Ellos solo iniciaron lo que debemos continuar: la libertad es conquista diaria que debemos buscar con ahínco. No somos libres aún si hay temor hasta de salir a la calle, no seremos realmente libres si todavía hay muertos que enterrar. Ojalá cada 15 de septiembre supiéramos realmente celebrar una verdadera fiesta de la patria, no el remedo de civismo, sin sentido y sin valor, como lo celebramos todavía hoy. ¿Por qué los niños y los jóvenes deben marchar como militares? ¿Por qué tanta pleitesía militar? Estoy seguro que podemos encontrar novedosas formas de expresar nuestro civismo y educar a las nuevas generaciones en verdadera civilidad. El lastre histórico es grande, lo sé, pero por algo podemos comenzar. Purificar ese falso civismo sería una buena opción, claro que sin fanatismo o ideologismos sesgados, ¡No faltaba más!

Por eso y por todo me duele mi patria…pero tengo la esperanza que pronto sanará!!!

martes, 8 de septiembre de 2009

¿QUIERE DIOS QUE SUFRAMOS Y QUE MURAMOS? 3/3


El sufrimiento del justo

Pbro. Ramón O. Lara Palma

Continuación...

Estamos llegando al final de este intento reflexivo que ha buscado responder a las inquietudes planteadas desde los primeros párrafos: el dolor y muerte del justo. Esta pregunta siempre ha resonado en la mente y el corazón de los hombres a lo largo de la historia: ¿Por qué sufre el justo y el hombre bueno? y ¿Por qué parece que al malvado le va bien?

Siempre es necesario recurrir y recordar la división del mal que hemos analizado anteriormente: el mal que nace del mismo actuar del hombre (mal moral) y el mal físico u ontológico, que surge por la fragilidad de la condición humana. Estos males existen, ocasionan mucho dolor y sufrimiento, y se recargan sobre cualquiera, sin ninguna distinción. Las razones teológicas y filosóficas de la existencia de estos males las hemos intentado zanjear en las anteriores partes de esta reflexión. Sin embargo, el hecho de que sea el justo y bueno el que sea víctima de estos males es lo que escandaliza: ¿Por qué es el bueno el que debe ser oprimido, por qué el justo debe sufrir las catástrofes? Nos toca ahora dilucidar el sentido del “dolor sin sentido”, del “sufrimiento injusto”.

Analicemos primero el concepto “retribución”, para poder entendernos. Este concepto tiene que ver con la idea que también se tenga de Dios. Si se ve a Dios como un juez que debe retribuir a cada quien lo que se merece, entonces es obvio que se le reclame cuando esa retribución no es dada justamente. En este caso se entiende que el malvado debe recibir siempre su castigo y el justo su premio. Según esta mentalidad, hay un “sufrimiento justo” y por lo mismo uno “injusto”. El Antiguo Testamento abunda en este modo de pensar. Pero vino la plenitud de los tiempos y el enviado de Dios, Jesucristo, vino a “perfeccionar la ley y los profetas, a darle pleno sentido” (Mt 5,17).

Por eso, si nos centramos en la visión cristiana de Dios recordaremos que “Dios hace salir el sol y manda la lluvia sobre malos y buenos” (Mt 5,45). Es que para Dios no hay distinción de categorías entre bueno y malo. Es más, el primero que recibe “la lluvia y la luz del sol” (la bendición de Dios) es el “malo”, pues es a éste a quien Dios quiere rescatar. El bueno ya está bendecido por su bondad. En cambio el malvado sufre en la oscuridad de su maldad.

Claro que entre el hombre bueno y el hombre malo está el “presuntuoso”, que somos la mayoría, quienes en nuestra limitada y a veces fingida bondad nos presentamos ante Dios como dignos de toda retribución. Presumir y ostentar la bondad es nuestro mayor defecto. Creer que somos los primeros en merecer todos los favores de Dios, nuestro mayor pecado. El bueno, el verdaderamente justo, no se pone a medir su retribución. Al contrario, el hombre verdaderamente justo y bueno se preocupa y trabaja para que el malvado se “convierta y viva”.

La hermosa parábola del “Padre misericordioso, el hijo presuntuoso y el hijo perdido” (Lc 15,11ss.) ilumina con claridad lo que estamos diciendo. Recordemos las palabras del hijo presuntuoso: “Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!”. Los ojos del padre ven en modo diferente al “hijo perdido” de cómo lo ve ese “hijo cumplidor”, quien cree merecer todo y no dar nada al hermano perdido. “Ese hijo tuyo” dice. Ya no es el hermano, es sólo hijo del papá. A veces nuestra presunción de justos corta las relaciones fraternas que debemos establecer con todos. Por supuesto que ante la “contumacia” o repetición del mismo pecado por parte del “hermano”, no la debemos tolerar. No estamos diciendo que debemos aguantar todas las maldades que el malvado quiera descargar sobre nosotros. Ante eso entra el tema de la justicia. Pero eso es otro tema del que podemos ocuparnos en otro momento.

Lo que sí podemos estar claros es que el Buen Padre no quiere que ninguno de sus hijos sufra. Y goza, hace fiesta, cuando el hijo perdido regresa. Pero hay una cruda realidad: muchos de sus hijos, particularmente sus buenos hijos, sufren, y mucho. Cuando ese sufrimiento es injustamente cargado sobre las espaldas de los buenos hijos, el Buen Padre no los abandona: “te basta mi gracia” (2Cor 12,9), les confirma. Además, cuando un hijo suyo sufre, no es que le agrade ese sufrimiento, como durante mucho tiempo se enseñó: “A Dios le agradan nuestros sufrimientos”, “Dios recibe nuestros sufrimientos como ofrenda agradable”, ¡No! Dios es eterna e infinitamente justo. Si Dios permite el sufrimiento del justo es porque espera que sus hijos justos le sean sólo fieles. Efectivamente Dios quiere ser respondido en amor, libre y desinteresado, como lo es el suyo. Para responder con amor libre al amor de Dios requiere, sí, la fidelidad, lo cual implica siempre algún tipo de sufrimiento.

En toda esa trama de amor/dolor en la que nos hemos adentrado en estas reflexiones, hemos podido ver que la verdadera identidad de Dios es una y única: Amor. Todo gira en torno a esa verdad. Por eso, en cada uno de los ángulos desde los cuales hemos analizado el mal (dolor y muerte) se vislumbra un haz de luz que resplandece en medio de la oscuridad del mal: Dios no está lejos del dolor, frente a Dios el mal no existe, y toda experiencia de mal que se pueda tener (a causa de los distintos motivos que ya hemos analizado) tiene un nuevo sabor y color con el amor infinito de Dios.

Y Dios, que es amor infinito, no se queda a distancia de su creatura. Quiso hacerse semejante en todo a ella, quiso compartir su mismo destino. Por eso se encarnó, “se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Fil 2,7). “Pues, habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados” (Heb 2,18). De este modo el mismo Dios se presentaba como el camino a seguir, la vía justa por la cual transitar (“Yo soy el camino, la verdad y la vida”). Sometiéndose en todo a la condición humana, enseñó a mantenerse fiel a esa condición, es decir, a no cometer el pecado, pues el pecado es “no humano”, más bien “deshumaniza”.

Por mantenerse fiel a lo verdaderamente humano se enfrentó a lo deshumano (pecado del mundo, mal moral, maligno, o como se le quiera llamar). Por mantenerse firme en esa fidelidad fue conducido hasta el extremo de lo deshumanizante: la muerte más cruel y el sufrimiento más atroz conocido hasta ese momento (la crucifixión). Efectivamente se convirtió en “el cordero que carga con el pecado del mundo” (Jn 1,29). ¿Quería Dios Padre ese final para el Hijo? ¡No! Sólo que era un final inevitable. La gravedad del pecado era grande. Como Hijo eterno encarnado tuvo que afrontar fielmente, pero con profunda serenidad y entereza ese destino: “no me quitan la vida, yo la doy” (Jn 10,18), “Padre, que se haga tu voluntad” (Mt 26, 42). El mismo Dios encarnado se convirtió en el modelo, prototipo, del justo que asume el dolor y la muerte para rescatar al injusto.

Por eso, los que se unen al Espíritu de Jesús, y viven de Él y para Él, el morir y sufrir injustamente se convierte en camino de redención para otros. No porque el Buen Padre quiera ese sufrimiento y esa muerte, sino que si hay que pagar ese precio por mantenerse fieles al amor, el Buen Dios recibe con benevolencia esa fidelidad. Por eso la muerte del justo jamás es en vano. La sangre del mártir es semilla de humanidad verdadera. ¿Es necesario que hayan esos mártires? Mientras haya maldad y pecado en el mundo los habrá. Pero con el gran “Testigo”, Jesús, ya inició la renovación total del mundo, de todo lo creado: “mira que hago un mundo nuevo” (Ap 21,5)… “Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva - porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mal no existe ya” (Ap 21,1). Con Jesús podemos experimentar la muerte física como lo que es: un paso natural; podemos afrontar con serenidad y fortaleza nuestra frágil condición humana, que ante las fuerzas de la naturaleza languidece; podemos emprender el camino verdadero que conduce a la vida plena porque el mal moral (el pecado) ya fue vencido y superado, pues él es la luz que nos ilumina para poder siempre elegir el Amor (Dios).

Por lo demás, no es que el malvado le vaya bien. Aparenta en su exterior vivir bien, pero en su interior, como dice el proverbio, “solo hay podredumbre y oscuridad” (Prov 4,19). No podemos desear la suerte del malvado, porque el que “camina por la senda de la injusticia acaba mal”. Muchas veces lo que sucede es que el que lucha por vivir rectamente se deja engañar por la apariencia de la vida del malvado. Y seducido por esa apariencia, el hombre bueno muchas veces sucumbe ante la oferta del mal y del pecado. Pero el pecado siempre cobra su precio, no hay que olvidarse de ello.

En fin, hay también un tipo de sufrimiento que padece el hombre bueno que tiene su origen no en el pecado personal, ni en las injusticias de los demás, ni en el efecto de nuestra condición frágil ante la naturaleza, sino que tiene su raíz en la misma mente del hombre, en nuestra frágil vida interior. Es el sufrimiento psicológico, muy común en nuestro tiempo, que se caracteriza por el descontrol de las emociones, las preocupaciones, las ansiedades, las angustias, los temores, las inseguridades y traumas sicológicos, etc., etc. Hoy más que nunca se sufre, y mucho, a causa de estas experiencias tan profundamente humanas. Pero eso es otra temática que es necesario tratar a parte.