Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

miércoles, 11 de noviembre de 2009

REINA DE LA PAZ



Pbro. Ramón O. Lara Palma

Recorriendo el tercer año en este mi “exilio académico”, lejos de mi tierra y de mi gente, es natural que mis sentimientos de nostalgia crezcan fervorosamente al acercarse fechas significativas tal y como lo es la fiesta en honor a la Reina de la Paz. Junto a ese natural sentimiento de nostalgia también se remansan en mi corazón profundos sentimientos de preocupación a raíz de la grave situación económico-político-social en que vive mi pueblo. La situación económica se agudiza cada día más y porta con ello la angustia del tener que sobrevivir sin lo mínimo necesario que corresponde a la dignidad del ser humano; situación que se agrava con la evidente vulnerabilidad ante los fenómenos naturales. La política, siendo sana en su esencia y una virtud en su forma, entre nosotros está siendo pisoteada y reducida a burdo compadrazgo, sin la más mínima decencia y dignidad por parte de los que hacen de ella un “modus vivendi”. Socialmente hemos llegado a niveles intolerables y escandalosos de violencia, de degradación moral y de estrechez cultural. Ante tal cuadro de la realidad no queda si no preocuparse hondamente.

La mía es una preocupación esperanzada. Mantengo la firme esperanza en que las cosas cambiarán. Celebrar la fiesta de la Reina de la Paz confirma esta mi esperanza. ¿Por qué? Porque alimenta en mí la firme convicción de que el mensaje de paz portado por “el Príncipe de la paz” y alimentado por la noble devoción a la Santa Patrona calará en lo más hondo de los corazones de los fieles devotos. La Reina de la Paz nos garantiza justamente eso: que la paz es posible, que podemos ser un pueblo pacífico, que no nos dejaremos derrotar por los augurios pesimistas de aquellos que piensan que ya nada podemos hacer. Este 21 de noviembre deberá ser una enorme manifestación popular de un pueblo que al unísono gritará: ¡Que viva la Reina de la Paz! Sí, ¡Que reine la paz! ¡Queremos la paz! La procesión que acompañará la santa imagen será una elocuente expresión de que todos los salvadoreños vamos caminando con paso firme hacia esa paz social que tanto anhelamos. Cada vela encendida manifestará que el corazón de cada migueleño, de cada salvadoreño, tiene encendida la fe en el Príncipe de la Paz y en la venerada Reina.

Insisto, una manifestación religiosa no debe quedar en la mera superficialidad, pues debe ser una clara expresión de una experiencia interior. Celebrar la Reina de la Paz, acompañar la procesión siguiendo la sagrada imagen, debe ser una muestra clara de que en el interior de cada cristiano palpita un corazón pacífico y pacificador.
No podemos celebrar la Reina de la Paz si no tomamos en serio el llamado que en su momento nos hizo el Papa Juan Pablo II cuando visitó nuestro país la primera vez en 1983, el llamado de ser “artesanos de la paz”. La frase tiene un significado profundo que no podemos descuidar. Sobre todo significa que la paz es una cosa que está en nuestras manos (como el artesano que labora con sus propias manos, diferente al trabajador industrial), que no podemos delegarla a otros. Vivir en un El Salvador en paz no es sólo tarea de las fuerzas de seguridad, del sistema de justicia o del aparato gubernamental. La paz social depende también de nuestras actitudes pacíficas, de nuestra capacidad de tolerar, del espíritu de solidaridad y cooperación mutua, de nuestra responsabilidad moral y cívica. Construir un tejido social pacífico está en nuestras manos: somos los artesanos de la paz.

No podemos dejarnos vencer por el pesimismo y la inercia. Los violentos son muy pocos y los pacificadores la arrolladora mayoría. No podemos permitir que la violencia de unos pocos acabe con la paz de todos. Venzamos la violencia con la “no violencia”, concepto acuñado por Mahatma Gandhi. Que no significa una resignada actitud frente a los violentos, sino una activa convicción contra la violencia. Por eso, comprometámonos con las iniciativas que ayuden a superar la cultura de la violencia: cosas tan mínimas como la cordialidad de un saludo, la gentileza de una sonrisa, el gesto amable y el trato educado. Y claro, toda gran iniciativa social que coadyuve a cultivar el arte y rescate los valores de nuestra cultura debe ser acompañada por nuestro apoyo. Todo eso es el verdadero significado de la fiesta patronal en honor a la Reina de la Paz. Con esta fiesta tenemos una hermosa e inigualable oportunidad para proclamar públicamente que podemos y debemos vivir bajo el reinado de Cristo, Príncipe de la paz, y bajo la protección de su madre nuestra Reina.

Además, no olvidemos que la paz social tiene un componente político. Por eso debemos estar atentos y vigilantes con lo que hacen aquellos en quienes hemos depositado el trabajo de la administración pública. Toda autoridad pública tiene el deber de responder al mandato recibido del pueblo. Y el pueblo debe exigirles que cumplan su labor de hacer verdadera política, es decir, administrar el aparato público para el bien de todos. Para eso es necesario que cada ciudadano asuma su propia responsabilidad política, o sea, que ejerza su rol activo dentro de la democracia (gobierno del pueblo). Para tal efecto el ciudadano debe conocer a quien le gobierna (a su alcalde, a su diputado, a su presidente) y reclamarle cuando no hace bien su trabajo. Ya es tiempo de que los ciudadanos dejen de pensar de que los políticos ayudan al pueblo, de que el alcalde es bueno porque hace donaciones, de que el diputado es generoso. Si un administrador público hace obras no hace sino hacer lo mínimo que debe hacer. Pues lo que ellos hacen es sólo administrar el dinero del pueblo. Y claro, si todo el engranaje político hiciera mínimamente bien su trabajo, la situación económica sería diferente entre nosotros. El buen político administra bien y hace que la economía funcione para el bien del pueblo. En tal sentido, pido a la Reina de la Paz inspire a los políticos a actuar al menos con una mínima decencia y cumplan al menos con lo mínimo de lo que deben hacer. Todo ello sumará a la consecución de esa anhelada paz social.

Porque creo en la nobleza de mi pueblo mantengo la firme esperanza de un cambio real en un futuro inmediato. Creo y espero firmemente que podemos pasar de ser una sociedad violenta a una pacífica, de una sociedad vacía de valores a una con hondas raíces culturales y espirituales. La tarea es de todos y está en nuestras manos.

Reina de la Paz, ruega por nosotros y concédenos la paz.

La reflexión la he hecho con el corazón puesto en mi país, uniéndome al menos en oración ante la tragedia vivida en estos días. Pero estoy seguro que, como siempre la hemos hecho, de esta desgracia saldremos adelante. Como dice aquel aquel jingle: "Yo creo en El Salvador".


jueves, 5 de noviembre de 2009

UN PÁRRAFO A LA VEZ 4


PUROS CUENTOS…

Recopilado por:
Pbro. Ramón O. Lara Palma

Entre los libros que tengo encontré este cuento muy sugestivo, sobre todo para aquellos que siempre nos quejamos por lo que nos sucede en la vida, y no logramos leer entre líneas por qué suceden tales cosas:

“Érase una vez un hombre que tenía un hijo y un caballo. Un día, el caballo se escapó del establo y salió galopando hacia las colinas. Los vecinos se compadecieron de él:
- Menuda mala suerte, perder un caballo así – le decían.
- ¿Por qué decís eso? –dijo el hombre–. ¿Quién dice que sea mala suerte?

Y curiosamente al día siguiente, caída ya la noche, el corcel regresó a la granja junto con doce hermosos caballos salvajes. El hombre se apresuró a cerrar la puerta del establo. Ahora, en lugar de un rocín tenía –nada más y nada menos– trece ejemplares. La mañana siguiente, los vecinos del pueblo se maravillaron al ver tantos caballos.

- Eso sí es buena suerte, encontrarse de golpe con trece pura sangre.
- ¿Por qué decís eso? – volvió a preguntarles el hombre–. ¿Quién dice que sea buena suerte?

Al cabo de un rato, el hijo del granjero salió a montar uno de los caballos salvajes. Nada más subirse a él, el caballo le tiró violentamente al suelo, y el muchacho se rompió una pierna. Al conocer la noticia, los vecinos se acercaron al hombre y le dijeron:

- Qué mala suerte, que tu hijo se haya roto la pierna de esa forma.
- ¿Por qué decís eso? – les volvió a preguntar el viejo–. ¿Quién dice que sea mala suerte?

Y en efecto, pocos días después un grupo de milicianos llegó al pueblo a reclutar a los muchachos jóvenes y fuertes para que lucharan al frente de batalla, donde muchos perderían la vida. Al ver al hijo del granjero tan lesionado, no les quedó más remedio que pasar de largo, pues de poca ayuda les iba a ser en el campo de batalla.

- Qué suerte tienes – le dijeron los vecinos.
Y esta vez, el viejo sonrió”. Cuento anónimo.

Bueno, el sentido de esta página es que sea algo corto (un párrafo), pero no quiero dejar pasar la oportunidad de compartir este otro párrafo que leí hace varios años. Tiene mucho que ver con el cuento anterior, pero sobre todo se dirige a los que siempre pasamos quejándonos y PREOCUPÁNDONOS por lo que nos sucede en la vida:

NO TE PREOCUPES…

“En todas partes oirás hablar de guerras, de muertes, de incendios, bombas, atentados, secuestros, robos…
Yo te diré: ¡No te preocupes! Si te envían a defender la Patria… puede suceder una de estas dos cosas: que te manden a sitios muy peligrosos o que no te manden.
Si no te mandan a esos sitios, no te preocupes.
Si te mandan allá, puede suceder una de estas dos cosas: que te dejen en el cuartel haciendo guardia o te envíen a la batalla.
Si te dejan en el cuartel, no te preocupes.
Si te mandan a la batalla, puede suceder una de estas dos cosas: que te manden a la retaguardia o te manden al frente.
Si te mandan a la retaguardia, no te preocupes.
Si te mandan al frente, puede suceder una de estas dos cosas: que te toque un lugar seguro, o en lugar peligroso.
Si estás en lugar seguro, no te preocupes.
Si te ponen en lugar de peligro, puede suceder una de estas dos cosas: que te hieran o no te hieran.
Si no te hieren no te preocupes.
Si te hieren puede ser de gravedad o cosa leve.
Si es cosa leve no te preocupes.
Si te hieren de gravedad, puede suceder una de estas dos cosas: que te cures o que te mueras.
Si te curas no te preocupes.
Si te mueres, ya no puedes preocuparte. Así que no te preocupes”.

Hasta la próxima.

martes, 27 de octubre de 2009

¿REENCARNACIÓN O RESURRECCIÓN? 2/2


Por:
Pbro. Ramón O. Lara Palma

La gran proliferación de místicos, gurús y otros maestros de las artes y meditaciones orientales no hace más que evidenciar la enorme demanda que la población occidental hace de esas doctrinas. Como hemos insinuado en la primera parte de estas reflexiones, tales enseñanzas resultan muy atractivas para quienes viven en un mundo tan agitado y convulsionado como lo es el europeo y norteamericano. El atractivo de la meditación trascendental, la fascinación por las experiencias místicas que la cultura hindú y sus místicos ofrecen, han abierto paso irrestricto a la creencia en la reencarnación en nuestros lares.

La cultura occidental, después de pasar por la crisis del iluminismo, de haberse desencantado de los grandes ideales de la modernidad, después de haber predicado y vaticinado la “muerte de Dios”, a finales del siglo recién pasado vio resurgir una desproporcionada ansia religiosa. Una especie de mercado religioso comenzó a ganar terreno: religión al gusto del cliente. Por eso comenzaron a surgir grupos pseudo religiosos de inusitado carácter ecléctico. La New Age es muestra clara de ello. Han tomado fuerzas los distintos y tan variados grupos esotéricos como los “teosofistas”, los “rosacruces”, los “gnósticos”, etc. Todos estos grupos mantienen a la base ideas procedentes de la religiosidad del lejano oriente. Por tanto, la mentalidad reencarnacionista encuentra un favorable ambiente en ellos.

Un presupuesto básico.

Terminamos la primera parte preguntándonos por qué el occidente cristiano no cree en la reencarnación. Para responder tal inquietud analicemos primero un presupuesto que está a la base de las dos mentalidades: el tiempo. Para el pensamiento oriental, y en esto se unía Platón y gran parte del pensamiento griego, el tiempo es de dimensión circular, no tiene principio ni fin (como el círculo que siempre regresa al punto de origen, y vuelve a continuar). Es la mentalidad del “eterno retorno”. Comprendiendo así el tiempo no es difícil aceptar la idea de una vida que siempre puede recomenzar, de un alma que puede transmigrar de cuerpo en cuerpo para siempre reemprender el viaje.

En cambio, la mentalidad judeo cristiana, que es la que domina gran parte del pensamiento occidental, ofrece la comprensión lineal del tiempo. En este sentido el tiempo tiene un principio y un fin, como una línea que siempre tiene un punto de origen y un punto final. Además, el tiempo no es un ciego devenir sin rumbo, sino una trayectoria bien definida con límites claramente fijados: el tiempo es de Dios, Él es el Señor de la historia. Por eso, quien entra en el tiempo (nace-crece-multiplica-muere) tiene ya clara la trayectoria: viene de Dios y va hacia Dios. El tiempo se concibe como una historia de salvación, donde Dios acompaña la humanidad en esta trayectoria. La gran metáfora que ofrece el libro del Éxodo es elocuente: Dios camina con su pueblo hacia la meta que le ha prefijado, la tierra prometida que mana leche y miel.

Otro presupuesto base.

También, para comprender las divergencias en estos dos modos de pensar hay que atender otro presupuesto base: la relación del hombre con Dios. Hemos mencionado que para el oriental, Dios es un concepto profundo pero impersonal. Por tanto, la religiosidad es difusa, ya que ese ser con quien hay que relacionarse (del latín religare=religio=religión) es vago, no responde, no se puede interactuar con él. En cambio, para el pensamiento judeo cristiano, Dios es un Dios que habla, que dialoga con el hombre, es persona, o más bien, es comunión de personas (Trinidad).

Así mismo, siendo Dios una persona, y dado que el hombre viene de Dios porque es creado a su imagen y semejanza, también el hombre es persona, y como tal es única e irrepetible. Más aún, y esto es propio del cristianismo, el mismo Dios, en un acto de infinito amor y misericordia, se “encarna” en un hombre que viene a ser el “hombre perfecto” (Jesús de Nazareth), para enseñar el valor y la irrepetibilidad de cada ser humano. Esa unicidad e irrepetibilidad del hombre no permite una mutación y transmigración como lo acepta el reencarnacionismo. El cristianismo, entonces, es una religión que se fundamenta en la “encarnación”, única e irrepetible, por eso descarta la re-encarnación. El hombre tiene una única identidad (imagen de Dios) y un único destino (la comunión eterna con Dios).

Pero ¿Qué pasa con el pecado y sus consecuencias?

Claramente se puede captar la diferencia del cristianismo con la mentalidad reencarnacionista, ya que ésta deja al hombre solo frente al pecado y sus consecuencias. Según esta mentalidad, es el mismo hombre quien debe purificarse o hacer el largo camino de iluminación. Por eso las grandes penitencias, las distintas purificaciones (no por nada el rio Ganges juega un papel importante en la cultura India), los múltiples ayunos, y todo el bagaje ascético que es propio de la mística oriental van encaminados hacia esa liberación del pecado. Y además, si no bastó la vida presente para purificarse, pues efectivamente en la vida presente se cometen pecados, entonces no queda otra explicación que la necesidad de la reencarnación, para continuar la purificación o tener otra oportunidad de corregir los errores pasados.

En cambio, el pensamiento judeo cristiano, y particularmente el cristianismo, tiene clara conciencia de que ante el pecado es Dios mismo quien reacciona. No es el hombre el que se justifica a sí mismo, sino el mismo Dios quien lo perdona y lo justifica. El hombre no puede hacer nada para salvarse a sí mismo, sino que todo lo recibe por pura gracia y misericordia de Dios. Lo único que el hombre debe hacer es aceptar tener a Dios como su propio Dios (“Tú serás mi pueblo y yo seré tu Dios” Dt 26,17) y creer en su enviado, Jesucristo, como su único y suficiente salvador. Claro que esa aceptación y esa fe son dinámicas y requieren la respuesta concreta: la caridad. Quienes creen en Cristo actúan siempre con la caridad de Cristo. En definitiva, para el judeo cristianismo, y sobre todo para el cristianismo, el hombre no está sólo ante el pecado, tiene siempre el auxilio divino. En tal caso la reencarnación no tiene sentido.

Sin embargo, ¿Qué explicación podemos dar ante el mal que sufren los inocentes y los justos?

Hemos visto que la creencia en la reencarnación explicada por la ley del karma asume con toda serenidad el hecho del sufrimiento y la muerte como parte de ese proceso de sanación que debe pasar toda persona en su camino de purificación. Si no le alcanza la vida presente, hemos visto, tiene muchas posibilidades en infinidad de reencarnaciones futuras. Y si en esta vida está sufriendo, no es otra que cosa que la purificación de pecados en vidas pasadas. En cambio, si la explicación cristiana quita de tajo la presencia del pecado por haber sido borrado con la sangre redentora de Cristo ¿A qué se debe el sufrimiento del justo? En este caso me remito a la explicación que en otra oportunidad delineé y que consiste básicamente en la doble comprensión del mal: el mal moral, o sea el mal o sufrimiento que se debe al mismo pecado del hombre (no necesariamente el pecado personal), y el mal físico u ontológico, que viene a causa de nuestra condición de creaturas limitadas. Para ambos casos, hemos visto, es el amor el que los ha derrotado y además posibilita una nueva luz de comprensión de dichos males.

Sin embargo, queda todavía la inquietud sobre aquellos que no creen o rechazan a Dios y aquellos que no pudieron purificarse totalmente en esta vida: ¿Es justo que ese acto de libertad, ingenuo y torpe, sea motivo para una condena eterna? ¿No es más misericordioso darles otra oportunidad como lo hace la posibilidad de la reencarnación? En este aspecto sí es necesario recordar que la antropología cristiana toma muy en serio la libertad del hombre. Por eso el cristiano está invitado a ser muy pero muy responsable respecto a su vida. (“Un alma tenemos y si la perdemos ¿Quién nos la podrá recuperar?” nos recordaba nuestro vecino santo San Pedro José de Betancourt).

La muerte, para el cristianismo, es también sólo un paso (“pascua”), para presentarse al juicio delante de Dios. Pero el juicio de Dios es siempre misericordioso (“porque la misericordia triunfa ante el juicio” St 2,13) y justo (“el justo juicio de Dios” Rm 2,5). En Dios la misericordia no riñe con la justicia, ya que él no juzga a nadie, pues cada quien ha realizado su propio juicio con lo que ha hecho con su vida (“Yo no he venido para juzgar al mundo sino para salvarlo” Jn 12,47-48). Por otra parte, la teología católica ha desarrollado la doctrina del purgatorio, ciertamente poco sustentada bíblicamente, pero que ayuda a clarificar la acción misericordiosa de Dios para aquel que no estaba preparado para presentarse delante de él y recibir el juicio de salvación. Según algunos teólogos, la doctrina del purgatorio sería lo más cercano que habría entre la creencia en la reencarnación y la fe cristiana. En definitiva, y es necesario recalcarlo, para la fe cristiana la libertad del hombre es tomada muy en serio. En cambio, tal parece que los que creen en la reencarnación pueden caer en el riesgo de acomodarse moralmente y dejar todo para una purificación posterior (“gozo en esta vida y me arrepiento en la otra, o en las otras vidas”). Si al cristianismo se le ha calificado de rigorista, el reencarnacionista puede pecar de laxista.

Algunas perplejidades.

Por último podemos señalar algunas perplejidades que la creencia en la reencarnación nos deja. En primer lugar, no es justo señalar con tanta ligereza que lo que sufre una persona se deba a pecados cometidos en vidas anteriores. Si fuera así el caso ¿Qué culpa tiene mi conciencia actual de lo que hizo una conciencia que ya no es parte de mí? Ya que uno de los grandes vacíos que tienen los creyentes en la reencarnación es explicar por qué no se recuerdan absolutamente nada de lo que vivieron en una vida pasada. Y la conciencia debe ser consciente de lo que hace para imputársele una culpa. Si no es posible recordar lo hecho en el pasado no hay, por lo mismo, continuidad de la conciencia ni continuidad de la persona. Y si fue prácticamente “otra persona” (pues la persona de la vida anterior es diferente a la persona de la vida presente) ¿Por qué debo yo pagar las culpas de lo que “otro” hizo? En tal caso la reencarnación resulta ser una gran injusticia.

En segundo lugar, los que creen en la reencarnación deben aceptar la doctrina del karma. En tal caso tales creyentes deben tener en cuenta, comprender y avalar el sistema de castas tal y cual se fue diseñando en la cultura y sociedad hindú: Brahamanas, Chatrías, Vaishias, Shudras y los Parias. Por su creencia en el karma los de la india mantienen ese cerrado sistema de castas, pues quien nace en la casta de los Brahmanes indica que ha sido bendecido por una virtuosa vida pasada, en cambio los que nacen Parias (intocables, impuros) es porque han sido condenados por el propio karma a pagar pecados de vidas pasadas. En tal caso los Parias deben aceptar totalmente su condición. Ese es el motivo por el cual en la india quien nace Paria muere Paria y no merece compasión, porque está purgando pecados pasados. Es más, un mendigo, un enfermo, un desgraciado, o cualquiera que le suceda algo grave, es visto como una persona maldita, pues esas desgracias son sólo signos elocuentes de estar pagando pecados pasados. “Es su karma”, dicen los hindúes. Con razón a Madre Teresa de Calcuta nadie le ayudaba a cuidar sus leprosos, pues para los miembros de aquella cultura, era algo inútil, pues los leprosos son tales debido a su karma: están purificándose de desmanes pasados. Los creyentes en la reencarnación deben saber que el riesgo de adormecer el corazón y perder el sentido de la misericordia y la compasión es muy alto. Si todo es culpa del karma tranquilamente me puedo desatender de quien tiene necesidad de mi.

Conocer estas doctrinas y saber valorar sus motivaciones y sus perplejidades nos puede ayudar a comprender mejor nuestros principios de fe. Y parafraseando a San Pablo podemos decir: “es bueno conocer de todo y quedarse sólo con lo bueno”. Mantengo la honda esperanza de que la lectura de estas reflexione haya incitado a conocer más estas ideas y sobre todo a valorar y a confirmar nuestras convicciones de fe. Es que los cristianos tenemos la clara certeza de un acontecimiento que en ningún otro sistema religioso se atiende: la resurrección. Nuestra fe va de la mano con la certeza de la encarnación, como principio fundante y primario de la existencia terrena, y la resurrección, que es la experiencia última que ha sido experimentada sólo por una persona: Jesús de Nazareth, y mediante Jesús la Bienaventurada Virgen María. Quizá los cristianos lo que necesitamos más bien es profundizar en la verdad y en el significado de la resurrección. ¿Qué entendemos los cristianos por resurrección de la carne? Bueno, ese es material para otro artículo.

Hasta la próxima.