Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

domingo, 10 de enero de 2010

EL TIEMPO SE HA CUMPLIDO (2a.)


Por
Pbro. Ramón O. Lara Palma

En la primera parte hemos visto el tiempo desde las perspectivas física y psicológica. Ambos modos de entender el tiempo ofrecen interesantes aproximaciones pero no zanjan todas nuestras inquietudes. Cierto que nuestros sentidos nos proporcionan la información sobre el movimiento a nuestro alrededor, y para que haya movimiento es necesario un espacio y un cuerpo que se mueva. Entonces el tiempo existe sólo para los seres materiales que ocupan un lugar en el espacio. Pero vimos que los avances en los conocimientos científicos proporcionan nuevas comprensiones sobre lo que es la materia y el espacio, por tanto la comprensión física del tiempo resulta difícil de compaginar con esos nuevos conocimientos. Una solución es la comprensión psicológica. Pero comprender el tiempo sólo como un elemento mental tiene muchos vacios que necesitan allanarse. Veamos, pues, otras propuestas.

A esta otra comprensión del tiempo yo la llamo la perspectiva filosófica. Entre las ramas de la filosofía está aquella que estudia el ser en sí (ontología). La reflexión sobre el “ser en si” permite diferenciar la existencia de los seres materiales y los seres inmateriales (o espirituales). Hemos dicho que para el ser material es necesario un espacio/tiempo, cosa que no es necesaria para un ser espiritual, porque no ocupa ningún espacio físico. Sin embargo, entre los seres materiales y los seres espirituales existen algunas graduaciones o niveles, a saber: el ser material-material (como una roca), el ser material-sensible (como los animales), el ser material-sensible-espiritual (como el hombre), el ser espiritual-creado (los ángeles y demonios) y el ser espíritu-puro-increado (Dios). Para los dos primeros tipos de seres (minerales y animales no racionales) la experiencia del tiempo es indiferente. Para los dos últimos (ángeles-demonios y Dios) la experiencia del tiempo es inexistente. Para el hombre, que es un mixto entre los seres materiales y los seres espirituales, el tiempo existe como una real experiencia. Podemos ver que hay mucha parentela con la perspectiva psicológica en cuanto que el tiempo se ve como la experiencia del sujeto, aunque no la reduce a una cuestión mental. Cierto que la perspectiva filosófica se preocupa por analizar el tiempo como experiencia, aunque no se preocupa por dar una definición entitativa.

[El ser del hombre, que es un compuesto de espíritu-materia, al estar dentro de la coordenada material, según la comprensión tomista, obliga a lo espiritual a manifestarse en modo material, pues “el alma (o espíritu) es la forma del cuerpo”. Experimentar el tiempo le viene al hombre de su parte material, pero por ser también espíritu tiene en su interior una permanente tensión de eternidad. Por otra parte, según la perspectiva heideggeriana (de Martín Heidegger), la característica del hombre es que es un ser existente (ex-esse = ser fuera de la esencia), y ese existir es justamente el “estar ahí” (Dasein) en el tiempo. El tiempo es, para el hombre, la condición de posibilidad de existir, o sea, de no quedarse sólo como esencia. En cambio Dios existe sin necesidad del tiempo, por ser espíritu puro, o en lenguaje aristotélico-tomista: por ser acto puro.]

Ahora bien, si sólo el hombre, como ser mixto de materia y espíritu, experimenta el tiempo, lo importante para la perspectiva filosófica no es el tiempo en sí, sino el modo como el hombre lo experimenta. El hombre experimenta el tiempo independientemente de cualquier definición, sea física o psicológica. Y el modo como el hombre lo experimenta le hace pensar el tiempo en dos direcciones: el tiempo como una experiencia circular y el tiempo como una experiencia lineal. El tiempo en modo circular es la característica del pensamiento hinduista (oriental) y griego. El tiempo en modo lineal es la característica del pensamiento judeo-cristiano. El primero lo ve como un eterno retorno (la reencarnación encuentra su fundamento ahí) y el segundo lo ve como algo que tiene principio y por lo mismo final. La comprensión circular del tiempo es a-histórica, o se interesa poco por la historia; en cambio la experiencia lineal permite pensar el tiempo como historia y centrarse en ella. El tiempo, por tanto, puede ser identificado con la historia, aunque no todo el tiempo es historia, o mejor, la historia no abarca todo lo temporal.

Es que la historia es sólo el período en el cual el hombre, como ser material que ocupa un lugar en el espacio/tiempo, actúa e interactúa. Cuando el hombre interactúa es que se realizan los acontecimientos históricos. Sin embargo, sucede que el hombre no sólo interactúa con otros similares a él, sino que en el devenir del tiempo-historia se introdujo la acción de alguien que aún siendo a-temporal, se puso en diálogo con el mismo hombre que está en lo temporal. Dios, que está fuera del tiempo, pues más bien a Él le pertenece en cuanto que es su creatura (porque al crear la materia anejo venía el tiempo), quiso interactuar con el mismo hombre para hacer una historia común. Viene aquí la otra perspectiva de cómo ver el tiempo: la perspectiva teológica.

Antes de decir una palabra sobre el tiempo en perspectiva teológica, digamos una sobre la eternidad. Comencemos diciendo lo que ya hemos afirmado, o sea, que por ser Dios un espíritu puro el tiempo no existe para Él. Lo que corresponde a Dios es la eternidad. Pero este concepto a veces es poco comprendido y muchas veces es reducido a un tiempo que no tiene fin. Esto es absurdo y equivocado. Es imposible pensar la eternidad en términos temporales (¿Cuántos millones de trillones de millones de años es la eternidad?). Con razón cuando la catequista afirmó que la “gloria eterna” era estar con Dios millones y millones de años, un niño del catecismo dijo: “¡Eso será muy aburrido!”. Obviamente que la noción de “lo eterno” es una abstracción no fácil de asimilar, pero lo más cercano que podemos decir sobre la eternidad de Dios es que es el amor infinito que no cambia nunca, o sea, el acto puro, la perfección pura del existir amando, que solo corresponde a Dios. Nada es eterno excepto Dios. Si algo llega a ser eterno es en cuanto que se une a esa perfección del “acto puro” de Dios. La eternidad no es tiempo sino seno/intimidad del amor divino. Por eso cuando se dice que el hombre, junto con toda la creación, entrará en la eternidad, significa que será la experiencia cuando “Dios sea todo en todo” (1Cor 15,28).

Volvamos a nuestra perspectiva teológica. Esta perspectiva analiza el tiempo con relación a la acción que Dios mismo realiza en el tiempo-historia del hombre. Dios actúa y hace historia con el hombre para orientarlo hacia su destino definitivo: estar en y con Dios. Por eso a la historia que Dios hace con el hombre se llama historia de salvación. Sin embargo, cuando Dios quiso actuar en la historia no lo hizo sólo desde fuera, como un observador. Sino que él también se hizo historia, y lo hace encarnándose. En tal sentido, si hay un misterio de los misterios es el de la encarnación: ¿Cómo es posible que la eternidad entre en la temporalidad? La fe cristiana sostiene esa verdad y es motivo de continua profundización. La cristología es el campo de la teología que estudia ese misterio: el misterio del Dios encarnado, del eterno en el tiempo. No es el momento de entrar en esta temática, porque no es la intención de este artículo. Lo único que podemos decir es que el tiempo después de la irrupción del “eterno” ya no es el mismo. El tiempo ya no es sólo “cronos” (según la medición griega de la experiencia de la sucesión de momentos) sino que es “kairós” (tiempo oportuno de salvación).

Podemos decir que cristianamente no existe una “cronología” sino una “kairología”. Ese nuevo tiempo inició en un determinado momento de la historia (que según san Pablo puede ser llamado “plenitud de los tiempos” Gal 4,4) pero que porta la historia hacia su consumación plena en Dios. Por eso es comprensible la frase que Marcos pone en boca de Jesús: “el tiempo está cumplido”, es decir, el tiempo ya entró en la dimensión de lo eterno, su plenitud está en camino. A nosotros solo nos queda vivir el tiempo como una experiencia de salvación bajo el signo de la esperanza. Por eso el tiempo para los cristianos es siempre “tiempo de la esperanza”, no hay lugar para la desesperación, pues el tiempo es de Dios, de Cristo, Él es el Señor de la historia, todo cuanto existe viene de Él y tiende hacia Él (Ef 1,10), porque nada fue hecho sin Él (Jn 1,3).

La perspectiva teológica del tiempo nos pone frente a la experiencia de la esperanza. Pero la esperanza cristiana no es ciega ni atenida. No es ciega porque sabe hacia dónde va: hacia la comunión plena en Dios, hacia la plenitud de comunión en el amor de Dios. No es atenida, porque no es una esperanza que apunta sólo a un tiempo más allá de este tiempo, descuidando el presente, ya que como hemos señalado, la eternidad está presente ya en la historia. Por eso es una esperanza operativa, porque labora tesoneramente por hacer de la historia presente una verdadera experiencia de eternidad, y apresurar así la consumación definitiva del amoroso diseño salvífico de Dios. Eternidad, repetimos, que es la intimidad del infinito amor de Dios, que es plenitud en el amor divino, y que por tanto es anticipada y saboreada aún estando en el tiempo.

¿Qué es el tiempo? El tiempo es magnitud física, es noción mental, es experiencia existencial, es historia de salvación. El tiempo es de Dios, Él lo creó y Él lo consumará. Además, para los que creemos en Cristo, el tiempo está cumplido, porque lo eterno llegó a lo temporal, siendo que lo temporal no tiene otro destino sino entrar en la eternidad (intimidad) del infinito amor de Dios. Quizás las preguntas que debemos hacernos personalmente son, más bien: ¿Qué tipo de tiempo vivo? ¿Tiene sentido mi tiempo? ¿Cómo vivo mi tiempo? ¿En qué lo ocupo? Esas respuestas se las debe dar usted mismo querido lector.

Hasta la próxima.

lunes, 4 de enero de 2010

ACTITUD POSITIVA


Por
Pbro. Ramón O. Lara

¡Es ineludible sentir miedo, pero no puedo permitirme ser cobarde! El miedo es un sentimiento, la cobardía una actitud. Los sentimientos vienen y van sin control ni dominio. Las actitudes las cultivo y las desarrollo voluntariamente. Que sienta miedo no es ningún problema, que sea cobarde resultaría, sí, una vergüenza. Y precisamente mi conciencia lo sabe. Sabe que soy cobarde y se avergüenza. Pero eso al mismo tiempo es ya otro gran problema, pues la vergüenza produce otro grave vicio de mi alma: el odio. Cuanto más avergonzado me siento, o si soy avergonzado por otros, crece en mi corazón el duro sentimiento del odio. El odio es auto defenderse de la vergüenza. Pero el odio como sentimiento no es problema, pues un sentimiento en sí es a veces indómito, viene sin que lo invitemos; el problema resulta cuando el odio toma cuerpo en actitudes concretas: desprecio, insensibilidad, maldad, etc. Los sentimientos no son el problema, el problema son las actitudes que propicia y desencadena. Claro, están los buenos sentimientos (amor, compasión, gozo, por ejemplo) que producen actitudes positivas, son estos los que debemos cultivar. Los buenos sentimientos producen buenas y positivas actitudes. ¿Cuáles son nuestras actitudes al inicio de este nuevo año?

Hasta luego.

martes, 29 de diciembre de 2009

“EL TIEMPO SE HA CUMPLIDO” Mc 1,15


Pbro. Ramón O. Lara Palma

Ciertamente que al celebrar las fiestas del fin de año y al prepararse para recibir el año nuevo estas palabras del Señor resultan iluminadoras. Además, tales fiestas nos hacen pensar en esa ineludible realidad que tiránicamente (y benditamente si se quiere) nos envuelve y domina. El tiempo se cumple, y se cumple cada instante, para nosotros que estamos sumergidos en él. Por eso invito a los que tengan la paciencia de leer este escrito, a sumergirse en algunas elucubraciones sobre lo que es el tiempo.

Necesariamente debemos comenzar con una definición, cosa que desde el inicio complica el discurso. Pero la pregunta ¿Qué es el tiempo? no la podemos ni debemos obviar. Hay varias aproximaciones que nos ayudan a tener al menos una somera idea. Comencemos con la definición física, la que resulta de la relación entre las magnitudes de distancia y velocidad: el tiempo es la magnitud que se calcula observando la distancia recorrida por un cuerpo en relación con la velocidad con que este cuerpo se desplaza. Esta es la noción de tiempo que es más inmediata a nosotros. Todos tenemos la sensación de que en el concreto vivir se realiza un continuo movimiento, un continuo pasar, el continuo desplazarse de un instante a otro; el pasado, el presente y el futuro son esas nociones que nacen en nuestra mente al percibir esa fluidez de todo cuanto existe. La experiencia del transcurrir de los días y las noches nos ha permitido crear en lo más profundo de nuestra conciencia esa sensación de que “el tiempo pasa”, de que hay un continuo transcurrir del tiempo. Es posible que si nuestra existencia se hubiera desarrollado en un ambiente donde no existiera ese oscilar de oscuridad y luz tuviéramos una noción diferente de lo que es el tiempo.

En esta noción entran en juego tres elementos esenciales sin los cuales esta nuestra experiencia inmediata del tiempo no se comprendería: materia o cuerpo que se desplaza, espacio físico necesario por donde desplazarse, la velocidad y aceleración usada para el desplazamiento. Por eso es que en el sistema de la física clásica (newtoniana) la medición del tiempo era precisa y estable. Porque tal física se rige por las leyes que la experiencia sensible del mismo hombre permite captar. Es más, desde la antigüedad la medición del tiempo tuvo grandes avances. Cierto que no se sabía con claridad la realidad del proceso de traslación de la tierra alrededor del sol, ni se comprendía a cabalidad el movimiento rotatorio de la luna en torno a la tierra, pero la medición del tiempo en los ciclos diurnos y nocturnos, lunares (meses) y solares (años) fue algo que espontáneamente las antiguas generaciones pudieron hacer, en muchas casos, como los Mayas en Centroamérica, con mucha precisión.

El problema surge cuando las profundas intuiciones y comprobaciones matemáticas que realizó A. Einstein hicieron que las leyes de la física clásica ya no cumplieran con su cometido. Cuando Einstein descubrió y comprobó que la materia y la energía tienen una clara relación directa, tanto así que la energía resulta cuando la materia es acelerada a la velocidad de la luz, entonces resulta que el espacio y el tiempo pierden consistencia, en una palabra, el espacio y el tiempo desaparecen, no existen como dimensiones físicas. De ahí que Einstein propusiese su famosa teoría de la “Relatividad del Espacio y el Tiempo”. El tiempo, por tanto, según estos avances científicos, es relativo, pues desaparece cuando un cuerpo-materia se acelera a la velocidad de la luz y se convierte en energía, y existe sólo para el observador en modo relativo según el sistema de referencias que tenga tal observador.

Según la teoría de la relatividad, saber cuándo es pasado o cuándo es futuro depende del punto de referencia que se tome para hacer tal medición. De tal modo que si desde un punto de referencia se puede calcular un evento y decir que está en el pasado, desde otro punto de referencia el mismo evento podría verse como futuro. Todo depende del punto de referencia. Por eso, en la medición del tiempo que hacen los cosmólogos no hay todavía un acuerdo. Son tantas las teorías cosmológicas actualmente que ninguna da satisfactoriamente una respuesta. Una de las más famosas es la teoría propuesta por el físico inglés Stephen Hawkins en su libro “Historia del tiempo”. Sin embargo, por ingeniosas que parezcan las explicaciones de un gran científico, no logran satisfacer todas las inquietudes y dilemas que la mente humana contiene. Por eso la noción física de lo que es el tiempo no ha llevado más que ha mayores confusiones y más profundas interrogantes: si el tiempo es relativo, o si el tiempo en el momemtum de la energía desparece, ¿Cómo explicar la sensación concreta que todos tenemos de una sucesión continua de momentos? ¿Qué significa la experiencia de pasado, presente y futuro? ¿Tiene el universo un inicio y un final?

Llegados a este punto resulta necesario analizar el tiempo desde otra perspectiva: la perspectiva psicológica. La noción psicológica del tiempo sostiene que éste es sólo una construcción de la mente del hombre. La experiencia del tiempo sólo la tiene el hombre y en cierto modo los animales, pero no los seres inanimados. La noción sicológica liga la comprensión del tiempo a la memoria (pasado) y la imaginación (futuro). Ambas capacidades ponen al hombre en medio de las demás cosas como el que vive, experimenta, y padece el tiempo. Los animales tienen una cierta noción del tiempo porque tienen un cierto modo de memoria aunque no tienen imaginación, por lo que los animales no tendrían noción de lo que es el futuro. En cambio las cosas solo están, y en cierto modo sufren degradación a causa del contacto recíproco con las demás cosas, pero no existe el tiempo para ellas.

El hombre, sin embargo, está en el hoy (presente) pero ese estar tiene siempre la ineludible carga de la memoria, por tanto su estar ahí, o sea su existir (el Dasein de Heideger), está preñado de pasado. Pero además, el presente del hombre incluye su imparable imaginación, su proyección, y por tanto la experiencia del futuro es consustancial al presente. El presente del hombre es una permanente tensión entre lo que le propone su imaginación (futuro) y lo que le recoge su memoria (pasado). Por eso para el hombre no existe presente sin pasado ni futuro. Son magnitudes que se reclaman mutuamente. Pero toda esa estructura compresiva y aprehensiva del tiempo se da sólo en la mente, es psicológica. El tiempo es, pues, una realidad psicológica y en cierto modo una realidad muy personal, casi individual.

Pero si el tiempo es una realidad sicológica, muy personal, ¿Por qué tenemos la real impresión, y experiencia, de que las cosas existen y dejan de existir, de que tienen principio y tienen fin? Si el tiempo es realmente una realidad psicológica, cada uno tendría su propio devenir y no podríamos estar en contacto con nadie más, no habría una comprensión común del existir; sin embargo la experiencia nos dice otra cosa: que todos tenemos la experiencia de estar viviendo en el mismo y único tiempo. ¿Es acaso el tiempo una especie de histeria colectiva? Y Dios, ¿Donde entra Dios en esta comprensión del tiempo? ¿Qué es la historia si el tiempo está solo en la mente? ¿Qué es la eternidad? Bueno, las preguntas se multiplican a montón. Intentaremos discutirlas posteriormente. Por el momento sólo les deseo un Feliz Año nuevo, un feliz paso del tiempo. Hasta la próxima.