Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

domingo, 20 de marzo de 2011

A PROPOSITO DE LA VISITA DE OBAMA


OTRA LECTURA DE LA VISITA


Numerosas y hasta contradictorias opiniones han sido vertidas a propósito de la visita del presidente Barack Obama a nuestro país. Hay quienes muestran una inocultable simpatía y otros no esconden un vituperante rechazo. Uno de los momentos de la visita del ciudadano presidente que más atención ha llamado es el homenaje que hará a Monseñor Romero visitando su tumba para dejar un ofrenda floral. Muchos han opinado sobre el significado del gesto, unos lo satanizan y otros lo agradecen. Hay quienes hasta hacen una lectura apocalíptica del mismo.

HACERSE CARGO DE LA HISTORIA

Por supuesto que comparto la opinión con aquellos que sostienen la necesidad de que tal gesto sea un signo elocuente de asumir responsabilidades históricas, de purificar esa historia de sangre que aún no ha sido limpiada. En términos ellacurianos (de Ignacio Ellacuría), ese gesto debe ser una clara decisión del ciudadano presidente norteamericano de querer “hacerse cargo de la historia”. Esa historia que reclama la responsabilidad de los gobiernos norteamericanos junto con los gobiernos locales de aquel momento por la sangre derramada del Arzobispo mártir, y junto a él de tantísimos hombres y mujeres que fueron cruelmente asesinados y torturados. Si tal visita a la tumba de Monseñor no incluye ese hacerse cargo de la historia, sería un gesto cuanto menos politiquero y demagogo.

CARGAR CON LA HISTORIA

Si es necesario hacer una mirada a la historia pasada para purificarla y hacerse cargo de ella, es decir, asumir las responsabilidades históricas en sus aciertos y desaciertos, es igualmente importante fijarse en el momento presente. De lo contrario caeríamos en un pobre anacronismo. Por eso debemos ser responsables con el presente, o bien, siempre en término ellacurianos, debemos “cargar con la historia”. Es que no podemos siempre estar culpando al pasado y a los otros por lo que hoy está pasando. Hay que asumir la propia responsabilidad histórica. Eso quiere decir que cada ciudadano debe asumir con actitud ética coherente su compromiso con la historia. Como el mismo Monseñor Romero lo pedía: “nadie puede pasar por esta historia sin dejar una huella”. La historia futura reclamará nuestra irresponsabilidad por lo que hoy estamos haciendo. Monseñor Romero cargó con la historia y hoy el mundo se lo reconoce. ¿Estamos siendo responsables, cada uno en su propia campo, con la historia que estamos construyendo?

Si la visita a la tumba de Monseñor Romero viene a ser una expresión solemne de compromiso como gobierno norteamericano para cargar con las responsabilidades históricas en vistas a colaborar con el estado salvadoreño para construir una sociedad más justa y solidaria, entonces tal gesto tiene hondo sentido. Además, tal visita incluye el reconocimiento implícito de la altura humana y espiritual de Monseñor, cosa que en verdad no lo necesita pues su testimonio es tan elocuente que resulta innecesario cualquier puntal para dicho reconocimiento, en todo caso el gesto resulta más bien comprometedor para nosotros los salvadoreños, quienes somos los primeros llamados a ser verdaderamente responsables con nuestra historia tal y como lo hizo Monseñor.

ENCARGARSE DE LA HISTORIA

Hacerse cargo de la historia y el cargar con la historia lleva a un ineludible “encargarse de la historia”. O sea, volverse agentes activos de los cambios históricos que deben ser contundentes y reales en nuestra patria. Monseñor Romero es indudablemente un modelo de honda responsabilidad histórica con el futuro. Él, como muchos profetas, soñó con un futuro brillante, nuevo, verdaderamente humano, para su patria y para la Iglesia. Por ello trabajó incansablemente y ofrendó su vida. En cierto modo el presidente Obama ha querido presentarse al mundo con un firme propósito de “encargarse de la historia”, o sea, de ser responsable con el futuro. Si su visita a la tumba de Monseñor implica ese compromiso público, bienvenido sea.

En tal caso somos nosotros los salvadoreños los que debemos ser verdaderos agentes de cambios de esta nuestra torcida y ensangrentada historia. No vengamos a reclamarle a otros lo que a nosotros mismos nos corresponde hacer. Actuemos nosotros con responsabilidad y honremos la memoria de Monseñor. Que la celebración del trigésimo primer aniversario del martirio de Monseñor sea un compromiso unánime de toda la ciudadanía por los menos para estas tres cosas:

1) No permitir que la partidocracia se imponga en modo arbitrario, conculcando los derechos de los ciudadanos de elegir directamente a sus representantes e irrespetando una resolución precisa de la Corte Suprema de Justicia; 2) Exigir un verdadero cambio institucional en todas las áreas de vida del estado: dependencias del ejecutivo, del primer órgano del estado, justicia, contraloría pública, etc.; 3) Exigir una actitud ética coherente de todo servidor público y por extensión por parte de cada ciudadano, para frenar el oscuro y podrido mundo de la corrupción .

Es que sin un proceso democrático que vaya consolidándose, sin institucionalidad y sin moralidad, no existe verdadero desarrollo, habrá siempre pobreza en todos los niveles y sentidos, y nos hundiremos cada vez más en ese hondo pozo de la violencia y degradación social. Honremos la memoria de Monseñor encargándonos nosotros de la historia: ¡Cambiémosla! Seguramente el presidente Obama hará lo suyo. No nos crucemos de brazo nosotros y continuemos culpando a los demás.

viernes, 3 de septiembre de 2010

DECIMO ANIVERSARIO


DIEZ AÑOS DE UNA MISIÓN EPISCOPAL (2/2)

Intentar resumir lo vivido y trabajado en diez años de misión episcopal en pocos párrafos resulta cuanto menos superficial, si no reductivo. Sin embargo, me estoy atreviendo hacer tal análisis debido a lo histórico y rico que resulta esta etapa de la vida diocesana en el oriente del país. Mi selección es limitadísima, dos aspectos: el laicado y el clero. En la primera parte he presentado mi visión sobre el papel del laico en la diócesis, centrándome en la revisión del Plan Pastoral Diocesano. En esta segunda parte intentaré dar mi opinión sobre la realidad ministerial.

El clero y su formación: desafíos y esperanzas (2000-2010)

Con la llegada del nuevo pastor la diócesis recibe una ráfaga de viento fresco que auguraba nuevos planteamientos y nuevos rumbos. Las expectativas crecieron. Una de las expectativas descansaba en la larga experiencia que el nuevo obispo había tenido en el terreno de la formación sacerdotal y en el conocimiento de gran parte del clero de su nueva diócesis. Puesto que el clero en su mayoría es un clero joven, la sintonía con un obispo joven y experimentado en la formación auguraba una nueva era.

Las expectativas han sido cumplidas en gran medida. Lastimosamente ha sido justo en estos años que han venido a evidenciarse algunas de las tantas carencias que un proceso de formación puede esconder. Los medios de comunicación a nivel mundial han exacerbado hasta lo indecible los pecados y problemas de salud mental de muchos ministros. Tal contexto ha llevado al nuevo pastor a tomar muy en serio el acompañamiento de su clero, principalmente el joven. Además, el tomar medidas preventivas y sustitutivas de posibles escándalos al interno de la vida eclesial diocesana ha sido una preocupación de primer orden para este pastor. Pero la medicina no siempre es dulce.

¿Qué respuesta dar a esta situación problemática?

Entre los grandes desafíos que el nuevo pastor encontró en la diócesis está el de la formación y acompañamiento del clero. Una acción inmediata fue la de revivir el seminario menor y acompañar muy de cerca a los seminaristas en los distintos niveles y lugares de formación. Sucedió que para el año en que el nuevo obispo empieza su misión en la diócesis, el proceso de formación para los seminaristas en El Salvador (en todas las diócesis, excepto la de San Vicente) se distribuyó en tres niveles y en tres lugares diversos: el seminario introductorio (en Santiago de María), el filosofado (en Santa Ana) y el teologado (en San José de la Montaña, San Salvador). Habiendo sido designado por la Conferencia Episcopal (CEDES) como miembro de la comisión de vocaciones y seminarios, el nuevo obispo mantuvo desde sus inicios una estrecha cercanía con los seminaristas y los distintos seminarios.

A medida que iba creciendo el número de los neos ordenados, decide dar otro paso trascendental en el acompañamiento de este clero “novísimo”, instituyendo el grupo de formación permanente. Tal proceso comienza a dar los primeros pasos a partir del quinto año de su misión episcopal. Hasta la fecha el proceso de esa fraternidad sacerdotal va tomando más solidez y dinamismo. Ya son 18 sacerdotes y tres diáconos ordenados por este pastor. Las expectativas de camino en este campo de la formación, sea en la etapa inicial como en la permanente, son muy grandes. Los motivos para esperar son muchos.

Expectativas viables para los próximos años

Apoyando la formación permanente del clero joven y propiciando una verdadera experiencia de fraternidad sacerdotal entre los tales, el Señor Obispo entra en la dinámica que desde el Concilio Vaticano II ya se había iniciado, y es la dinámica de la pastoral presbiteral. El obispo tiene como principal misión acompañar y pastorear a su clero. Líneas precisas de cómo realizar ese camino ya han sido emanadas por los distintos discasterios de la Santa Sede. Uno de esos documentos es el que emitió la Congregación para el Clero en 1994, el llamado Directorio para el Ministerio y Vida de los Presbíteros. Este documento abre el camino para consolidar otra dinámica que hoy más que nunca está tomando fuerza, y es la conciencia de la “diocesanidad de la vida ministerial”.

La “diocesanidad” es un concepto aparentemente abstracto, sin embargo es absolutamente práctico. Podemos decir que la diocesanidad es la experiencia de la más genuina y profunda fraternidad sacerdotal entre el clero con su obispo, del clero entre sí, para luego pasar a la experiencia de koinonía con el resto del pueblo de Dios presente en la diócesis. En otro lugar hemos escrito: “La realidad diocesana no se puede evadir. Hoy los documentos magisteriales hablan de la ‘diocesanidad’ de la vida ministerial. Sin la profunda vinculación con el obispo, ni la experiencia de la fraternidad sacerdotal entre el clero, el ministerio sacerdotal, hoy por hoy, es imposible de vivir” (Cfr. “Ser sacerdote hoy”, Calendario Litúrgico migueleño 2010).

Las nuevas líneas sobre la pastoral presbiteral contempladas en los documentos pontificios insisten en hacer de la vida presbiteral una verdadera “fraternidad sacramental sacerdotal” (PO, 8). Por eso hemos insistido en que “los sacerdotes del tercer milenio han de vivir una auténtica comunión fraterna entre el obispo y entre ellos mismos. Esos vínculos fraternos posibilitan consolidar en el ministro una sólida identidad sacerdotal, le posibilita una sana comunión de afectos y le propicia una genuina experiencia de misión realizante. El sacerdote que se aísla de sus hermanos en el ministerio y de su obispo está condenado a perder su vocación. Esa vinculación sacramental con el clero y el obispo se ve reflejada en el espíritu de comunión con que se desarrolla la pastoral parroquial y diocesana” (Cfr. “Ser sacerdote hoy”, Calendario Litúrgico).

A esta identidad diocesana y a esa profunda fraternidad sacramental es a lo que apuntan las líneas de formación y acompañamiento de nuestro actual padre y obispo. Es más, para sentar las bases sólidas para la formación inicial (formación seminarística) ha emprendido, junto a otros obispos de otras diócesis, la enorme tarea de erigir un nuevo seminario regional en oriente. Tal proyecto prevé un dinámico y actualizado proceso de acompañamiento vocacional junto a un exigente camino de preparación académica. La idea es ofrecer a la iglesia que peregrina en el oriente del país un clero que sea capaz de responder a las exigencias que ofrecen los nuevos tiempos y las nuevas realidades. Sobre todo preparar un clero diocesano que ya no tenga el “complejo” del “llanero solitario”, sino el sacerdote que sabe que nunca está sólo porque es parte de una fraternidad sacramental, que lo une profundamente a su obispo, a sus demás hermanos presbíteros y a todo el pueblo de Dios.

Podemos ver, pues, que el horizonte que tiene por delante el clero de nuestra diócesis, llevados de la mano de su pastor, tiene luces muy provocadoras que presagian una gran aurora eclesial. A diez años de servicio episcopal podemos ver que las expectativas se van cumpliendo y se van creando nuevas. Sólo hay que seguir “lanzado las redes”: “Duc in altum et laxate retia vestra in capturam” (Lc 5, 4).

miércoles, 25 de agosto de 2010

DECIMO ANIVERSARIO




DIEZ AÑOS DE UNA MISIÓN EPISCOPAL (1/2)

Pbro. Ramón O. Lara Palma

Al acercarse la fecha en que nuestro padre y obispo cumplirá diez años de realizar su misión entre nosotros, la Iglesia particular que peregrina en el oriente del país, me atrevo a escribir estas breves notas sobre algunas líneas generales que han caracterizado dicho episcopado durante estos años. No cabe duda que el trabajo pastoral ha sido intenso, rico y fructífero, no sin contar con baches, dispersiones y hasta verdaderos traumas. Repito, mi análisis quiere sólo resaltar algunos aspectos en los que este período episcopal se ha caracterizado. Quizás no todos compartirán mi opinión y mi selección; otros podrán hacer sus propios análisis y sus propias conclusiones.

Los laicos en el Plan Pastoral Diocesano (2008-2013)

Con la dimisión de Mons. José Eduardo Álvarez, a mediados de los años noventas, la diócesis pasó un lapso de tiempo con cierta inestabilidad en cuanto a la presencia del ordinario propio. Mons. Romeo Tovar Astorga (1997-1999) asume momentáneamente las riendas de la diócesis pero luego es trasladado hacia otra diócesis, dejando otra vez acéfala tal sede eclesiástica. Hasta que es ordenado obispo Mons. Miguel Ángel Morán, el 2 de septiembre del año 2000. La diócesis reemprende así un nuevo período.

El nuevo obispo desde los inicios dejó entrever una personal manera de pastorear su grey. Por lo que la cercanía con los distintos grupos eclesiales y todas aquellas realidades diocesanas donde los laicos tienen una notable presencia son prioridades de este pastor. Después de un tiempo de conocimiento de toda la vida diocesana, comenzó a tender las líneas para la elaboración de un Plan Pastoral con vistas a organizar, dinamizar y proyectar todo el quehacer pastoral de la diócesis. Con mucha fatiga y no sin momentos de desconciertos se fue definiendo el proyecto pastoral, que tiene como objetivo principal coordinar los diferentes esfuerzos parroquiales, bajo la luz del triple ministerio de Cristo, para encaminarlos hacia una pastoral de conjunto que a su vez fortalezca la vida diocesana. El ideal final es hacer presente con mayor evidencia el reinado de Dios en esta iglesia particular.

El diseño del plan, redactado y editado, tiene dos partes fundamentales: una parte histórica-doctrinal y la otra propiamente operativa. A grandes rasgos se puede vislumbrar los ejes metodológicos asumidos por el episcopado latinoamericano (ver-juzgar-actuar). A la parte histórica-doctrinal corresponderían los ejes «ver-juzgar» y la parte propiamente operativa el eje del «actuar». En la parte histórico-doctrinal abundan las referencias al Concilio Vaticano II y a su eclesiología del misterio, comunión y misión. Por lo que no es de extrañar que se abran sin tapujos todos los espacios posibles para la participación activa de los fieles laicos en el dinamismo diocesano. Se puede decir que el plan está pensado con el propósito de involucrar a todos los bautizados a cumplir la misión que les corresponde en el campo al que el Señor les ha llamado. Baste mencionar lo que define por parroquia: «el principal lugar institucional de edificación eclesial donde se realiza la vida cristiana y, por lo mismo, la principal estructura eclesial responsable de la Evangelización. En ella encuentran los cristianos a la Iglesia como Pueblo de Dios y los agentes de pastoral ejercen en ella su ministerio» (pag. 42).

Además, todos los objetivos específicos y las líneas operativas que componen la parte práctica del plan, contienen elementos concretos en los que la figura de los laicos adquiere especial relevancia. Vale destacar solo algunas referencias: despertar en todos la vocación profética que es propia de cada bautizado (pag. 65), priorizar los ministerios laicos para que ejerzan su función sacerdotal (pag. 67, 70), insertar a los laicos en las estructuras parroquiales y diocesanas (consejos pastoral y económico), así como todas las aéreas de trabajo de la pastoral social para empeñarlos en su función real (pag. 75). Llama poderosamente la atención el hecho de que el plan sugiere la participación pasiva y activa en el campo de la formación cristiana. Es participación pasiva porque el plan expresa enfáticamente la necesidad de posibilitar una formación integral y permanente a todos los laicos. Es más, al final del plan se especifican las prioridades a tomar en cuenta en el presente quinquenio, y la primera prioridad es esa formación. Es activa porque el plan también sugiere «asignar a equipo de laicos evangelizados para que den seguimiento a los programas pastorales, sean diocesanos, vicariales o parroquiales» (pag. 68). En tal sentido, la munus docendis, propia de los ministros, es tranquilamente cedida también a los fieles laicos. No cabe duda que resuena aquí el número 12 de la Lumen Gentium: el sensus fidei y el sensus fidelium.

En fin, es posible afirmar que este plan pastoral apunta a una real, fructífera y activa participación de los fieles laicos en toda la vida diocesana. El gran desafío que todavía queda es despertar en todos ellos la pasión por ejercer aquello que les es propio como miembros del pueblo de Dios, como corresponsables en esa Iglesia misterio, comunión y misión. Además, no todos los ministros ordenados han asimilado con precisión lo que les es propio a ellos y lo que les corresponde por derecho a los fieles laicos. Por eso es que la presencia y misión de los laicos en la diócesis de San Miguel todavía debe ser vista en perspectiva, ya que no es todavía una realidad una activa y fructuosa participación de ellos.

Nuevas perspectivas

Con la elaboración y ejecución del plan pastoral, la diócesis busca dar el paso hacia un laicado consciente de su dignidad y su misión. Pasar de un laicado pasivo a un activo; de un laicado sin fisonomía ni identidad a uno con identidad, participe y corresponsable con la misión de la Iglesia que localmente peregrina en la diócesis migueleña.

Además, con ese proyecto pastoral la diócesis ha priorizado la formación de los laicos con el fin de pasar de un laicado desinformado a uno mejor informado y progresivamente bien formado. El ideal de un laicado consciente, partícipe y corresponsable pasa por el proceso de una formación profunda y amplia. No se trata sólo de formar ciertos «colaboradores de los presbíteros» sino de abrirles el espacio que les es proprio en la vida diocesana.

Asumiendo esa clara conciencia de la propia dignidad y misión, superando el rol de sentirse sólo colaboradores y servidores de los ministros, los laicos han de asumir con profundo espíritu de corresponsabilidad su propia misión. Pero además, el presbiterio de la diócesis debe también reacomodar su pre-concepto del laico como «colaborador del ministro» a la clara identidad del laico como «corresponsable» con la misión que le es propia al ministro.

También, la diócesis apunta a una plena conjunción de fuerzas para posibilitar que la viña del Señor, que en este caso es la misma diócesis, pueda fructificar con frutos de vida nueva. Para ello todos los miembros del pueblo de Dios, ministros y fieles cristianos laicos, en profunda comunión y corresponsable misión, deben convertirse en celosos y apasionados servidores de esa viña. Los esfuerzos por responder a los diferentes desafíos que la realidad diocesana contiene no han de disiparse, como tampoco ningún desafío ha de soslayarse.

Como el objetivo general del plan lo sugiere, todo el esfuerzo pastoral, que en plena comunión y participación han de realizar los fieles laicos junto con los ministros, ha de apuntar decididamente a la vivencia concreta del Reinado de Dios, en el que los valores de la justicia, la verdad y la paz serán una realidad. Donde la compasión y la solidaridad serán expresión espontánea de una vivencia cristiana profunda y gozosa. En tal sentido, la vida del Espíritu de Cristo será palpable y madura. La espiritualidad de los laicos, como la de los ministros, encontrará su centro en la vivencia plena de la propia vocación, que a su vez será manifestada mediante una fe madura, una esperanza gozosa y una caridad activa.

Obviamente todo esto es todavía un ideal, pues la realidad dista mucho de ser reflejo de tales perspectivas. Por eso la vigencia del llamado de Jesús, «¿Por qué estáis aquí ociosos todo el día?», tiene una actualidad evidente en la diócesis. El trabajo por realizar es ingente. Los primeros pasos ya se están dando, y sobre todo, con la presencia del actual padre y obispo, las perspectivas se hacen más prometedoras.

Continúa…