Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

lunes, 8 de junio de 2009

“AL INSTANTE SALIÓ AGUA Y SANGRE” (Jn 20, 34)


LOS SACRAMENTOS

Pbro. Ramón O. Lara

El comentario exegético que la Nueva Biblia de Jerusalén pone sobre el significado de esta frase resume así: “La sangre atestigua la realidad del sacrificio del cordero por la salvación del mundo y el agua, símbolo del Espíritu, atestigua su fecundidad espiritual. Muchos Padres han visto, y no sin fundamento, en el agua el símbolo del bautismo, en la sangre el de la Eucaristía y en estos dos sacramentos, el signo de la Iglesia, nueva Eva que nace del costado del nuevo Adán”. Sintético y elocuente comentario. Se confirma aquello de que “no hay Iglesia sin Cristo”, pero igual, “no hay Cristo, para nosotros hoy, sin la Iglesia”. Además, no hay Iglesia sin sacramentos, ya que éstos la configuran y la determinan.

La Iglesia, pues, nueva Eva, nace del costado de Cristo. Lo que brota del costado, según el relato joáneo, es agua y sangre; o bien, el bautismo y la eucaristía, según los santos Padres. Los sacramentos constitutivos con que nace la Iglesia son éstos. Posteriormente, por la práctica concreta, se separó el bautismo en dos momentos: la inmersión propiamente dicha (baptisein=bautismo) y la crismación o “confirmación” en la vida del Espíritu Santo. Muy pronto las comunidades se dieron cuenta de la presencia real de una situación que contradice la vida cristiana: el pecado. Éste era visto como la más grande tragedia que le podía suceder a un bautizado. Al principio se entendía que el bautizado no podía pecar. Pero la realidad decía otra cosa. Se creo, por tanto, el proceso penitencial: nace así la penitencia, llamada luego confesión y últimamente reconciliación.

Junto a la realidad del pecado se vio también la realidad del dolor causado por la enfermedad, por lo que a los bautizados se les acompañaba con las oraciones y la presencia de la misma comunidad que los confortaba mediante la aplicación del ungüento sanador: nace así la unción de enfermos. En ese camino de desarrollo histórico las comunidades de bautizados vieron necesario el ordenamiento de los carismas y distintos ministerios que surgían entre los mismos miembros de la comunidad: la ministerialidad fue tomando “orden” y fue vista como un acto de gracia divina que construía la comunidad. En fin, entre los bautizados que compartían la vida esponsal y que juraban su amor fiel ante la comunidad se fue desarrollando la conciencia de que esa experiencia de vida esponsal en Cristo era un verdadero momento de gracia: Dios bendecía esa unión y la capacitaba para vivirla en eterna fidelidad. La sacramentalidad del matrimonio fue configurándose.

La representación sintética que hemos hecho sobre el origen de cada sacramento en los dos párrafos anteriores oculta los tortuosos y complicados avatares históricos que éstos tuvieron que pasar. No siempre se pensó en siete signos sacramentales y no siempre se pensó en cada uno de los que ahora forman parte del septenario como verdaderos sacramentos. Durante varios siglos se aceptaron decenas y decenas de otros signos a los que se les llamaba sacramentos. Paso a paso fueron purificándose y reduciéndose a unos pocos, hasta llegar al concilio de Trento (1545-1563), donde se hizo la fijación canónica del septenario por nosotros conocido. Es posible que hayan muchos signos sensibles que pueden comunicar la gracia de Dios (después del Vaticano II se hablaba del “sacramento del hermano”, o sea, que el hermano/prójimo es para mí signo y camino de salvación). Sin embargo, el número ya está fijado y la Iglesia respeta el desarrollo histórico del dogma.
El número siete, en verdad, es muy significativo. ¡Cuántas veces se ha visto en este número el símbolo de la perfección! Es la suma de tres más cuatro: el tres se refiere a la realidad divina (la trinidad) y el cuatro a la realidad humana (cuatro puntos cardinales, cuatro elementos esenciales en el universo –tierra, agua, aire, fuego-), lo humano y lo divino se unen. Dios viene a los hombres y los hombres acceden a Dios. Los tres primeros sacramentos, llamados de iniciación cristiana, introducen a la vida de Dios: sumergen, confirman y convidan al neófito en la vida intratrinitaria. Los otros cuatro, símbolo de lo humano, refieren a momentos concretos y fundamentales de la vida terrena: la tragedia del pecado y su restauración, el trauma de la enfermedad y su respectivo remedio, la experiencia concreta del amor humano que consolida la familia como cuna de la vida y el amor, y por último, la necesaria organicidad y ordenamiento entre los miembros de la comunidad de fe. No es por casualidad, pues, que sean siete sacramentos. Cada uno tiene un valor significativo para cultivar la vida en Cristo. Ciertamente no todos tienen la misma importancia (el bautismo y la eucaristía son los principales), pero todos son necesarios para vivir según Cristo.

Los sacramentos son necesarios no como actos formales y vacíos de contenido cristiano. El gran problema de nuestro tiempo es que han sido prácticamente vaciados de su profundo contenido espiritual y han sido reducidos a meros actos formales y convencionales de la vida social. Si se comprendiese que el bautismo es un evento trascendental en la vida del que lo recibe porque lo transforma en otro Cristo, porque lo introduce a la vida de fe que se materializa en la experiencia de comunión con los otros bautizados, porque lo dota de una esperanza que le promete una vida de inconmensurable tasación, no se tomaría a la ligera. Si la Eucaristía se tomase en serio porque es realmente el evento con el cual todos los bautizados formamos la más genuina e intensa comunión de vida y de amor, donde lo más puro de la vida humana -como la fraternidad, la solidaridad, la alegría, etc.- se comparte y se alimenta, no se reduciría a un mero rito intrascendente y formal. Si verdaderamente se tomase en serio la confirmación como sello de plena identidad cristiana, la penitencia como verdadero acontecimiento de conversión y no un vano desahogo de culpa, la unción como verdadero gesto de esperanza y solidaridad, el orden como verdadero carisma de servicio y el matrimonio como la verdadera expresión de amor fértil y fiel, entonces los sacramentos no serían ritos que “debemos cumplir” sino acontecimientos que “esperamos y necesitamos celebrar”.
Los sacramentos ofrecen su caudal de gracia, siempre y donde quiera, sin importar la santidad o no del ministro o la perfecta disposición de quien lo recibe. Por supuesto que entre más santidad y plena disposición exista, mayor será el provecho y mayores serán los frutos que se alcanzarán. Es que la salvación la ha portado Cristo, Él nos ha salvado. Los medios para la salvación están servidos, basta sólo acceder a ellos y aprovecharlos debidamente. Sólo la persona que se abre a ese torrente de la gracia divina y experimenta el real valor que tiene, puede afirmar sin equívocos la necesidad de celebrarlos. Que Dios salva a las personas sin los sacramentos sólo Él lo sabe. Pero quien no los celebra ni los vive se priva de un torrente de bendiciones de cuyo valor y medida ni siquiera se imagina. Muchas veces sucede lo mismo para quien sí los celebra, pero el conocimiento y comprensión de la grandeza que encierra cada uno de los sacramentos no han madurado. El gran desafío que tenemos los miembros de la Iglesia es madurar en nuestra conciencia sacramental: ellos son acontecimientos de gracia, celebración gozosa de la fe, eventos trascendentales que hacen de la vida ordinaria una maravillosa y extraordinaria experiencia.

Por último, es necesario recalcar que los sacramentos son de la Iglesia y se viven en Iglesia. Si no son celebrados dentro del contexto de pertenencia a la comunidad de creyentes no se comprenden y son convertidos en vacíos actos rituales carentes de sentido, celebrados sólo por inducción social. Sin la experiencia de vida eclesial, la celebración de los sacramentos resulta muchas veces una carga. Un riesgo posible entre nosotros hoy es convertirlos en ritos insignificantes y rígidos que hay que cumplir “por obligación”. No es fácil pasar del sentido de obligación, con el cual hemos crecido, al sentido de celebración gozosa que deben tener los sacramentos. La pastoral sacramental tiene un gran desafío en este punto. Gracias a Dios muchos cristianos viven su vida sacramental, con gran lucha y heroico sacrificio, a pesar de la escasa experiencia eclesial. Estoy seguro que la perseverancia por parte de ellos hará posible el descubrimiento del deleite que significa celebrarlos. Digo que hacen una gran lucha y heroico esfuerzo porque el mundo y el contexto en el que viven no favorecen en absoluto el sentido de fe y experiencia de Iglesia. Pero como afirma la palabra divina: se puede vivir “apretados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, mas no abandonados; derribados, mas no aniquilados. [Ya que] llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes la muerte de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos” (2Cor 4, 8-10).

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Busquemos más hondo, profundicemos, los secretos siempre se esconden...