Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

domingo, 21 de junio de 2009

DOCENCIA CON DECENCIA

Pbro. Ramón O. Lara

Para hablar con propiedad sobre un argumento es importante comenzar tomando el sentido etimológico de los conceptos a utilizar en el discurso. Lo que quiero compartir en estos párrafos gira en torno a estos dos conceptos con los cuales se intitula este articulejo: la docencia y la decencia. La fiesta en honor a los “docentes” (profesores), nos invita a reflexionar brevemente sobre ambos conceptos. Para quien escribe estas líneas no hay separación entre ambos conceptos, pues, además de ser consonantes, tienen una íntima correlación conceptual.

Según la Real Academia de la lengua española, el término “docencia” viene del latín “docens” que es el participio activo de “docere” (enseñar). Así mismo, el término enseñar viene de “in-signare” que significa brindar una orientación (signum) sobre qué camino seguir. Por eso los griegos llamaban a la persona que realizaba esa función de señalar el camino que debían seguir los hijos, para ser buenos y verdaderos ciudadanos, como “paidagogos” (pedagogo = guía de niños). Es obvio pensar que esa función la tienen que realizar en primer lugar los padres de familia y colaborando con ellos los maestros, los “docens-paidagogos”, en la escuela.

Las definiciones etimológicos pueden ser estériles si no cogen el contenido profundo de lo que el concepto expresa. Por tanto, podemos decir que realizar la función docente, o sea enseñar o guiar a los niños, no es sólo transmitir contenidos racionales o intelectivos, sino y sobre todo, señalar el camino justo para que esta personita logre desarrollar lo mejor de su ser. En otras palabras, la función docente encuentra su verdadera expresión cuando se convierte en un verdadero “enseñar a vivir”. Por eso no es cualquier función la que realiza un docente, ya que además de docente-enseñante debe convertirse en “Magister” (Maestro). El “magister” para los latinos era la persona que comandaba, el jefe que dirigía, por su sabiduría y su ejemplaridad. Era el experto en el vivir y enseñaba a vivir como humanamente es debido. El talante magisterial de una persona le venía por sus virtudes y su ejemplaridad.

Más aún, el docente-enseñante que se convertía en maestro podía adquirir también el título de “prophetes” (del que podemos derivar el término “profesor”). En el campo bíblico es más conocido el término “profeta”, es decir, el que habla en nombre de otro, en este caso, el que habla en nombre de Dios. Por tanto, el profeta-profesor, tiene también una autoridad sumamente alta, porque le viene de Dios. Ya que siendo maestro de la vida, con la capacidad de enseñar el camino adecuado, no puede sino estar hablando en nombre de Dios (“propheteia”). El docente-enseñante-maestro-profesor-profeta no es cualquier persona, merece siempre y donde quiera el honor, respeto y consideración: “Dulces himnos cantemos de gloria al maestro…”.

Del anterior recorrido semántico sobre el término docente debemos pasar a la comprensión del término decente. Comenzando con la definición que da la RAE, tomemos las primeras dos acepciones: “Honesto, justo, debido” y “correspondiente, conforme al estado o calidad de la persona”. A partir de esta definición podemos intuir que la función “docente” no puede sino ser siempre y en todo lugar una acción “decente”, en los dos sentidos del término.

En primer lugar el docente debe ser tratado decentemente, o sea con justicia, con el debido honor que merece. El docente debe realizar su labor en un ambiente decentemente adecuado para su excelsa misión. No en las condiciones tan denigrantes y paupérrimas como en las que tienen que laborar los heroicos profesores de las escuelas rurales del programa EDUCO. Pero al mismo tiempo, y debemos reconocerlo con dolor, hay muchos docentes que realizan su función “indecentemente”, en el segundo sentido del término decente. Es decir, no realizan su labor con la altura y la dedicación debida, “conforme al estado o calidad de la persona”, conforme a la calidad de docentes. Son los que normalmente se llama “profesores de profesión, no de vocación”. Ciertamente el docente debe ejercer su labor con un mínimo de decencia. Qué tristeza da saber que hay docentes que actúan tan aberrante e indignamente, pisoteando la grandeza de esa noble misión: los que cobran para promover a los alumnos, los que chantajean a sus alumnos con favores sexuales, etc.

Me detengo aquí con el comentario anterior. Pues en esta fecha especial quiero sólo honrar a los decentes profesores, de los cuales tengo mucha estima, gran admiración, profundo respeto y gratitud, pues son la mayoría. Tengo muchos amigos y amigas que ejercen esa extraordinaria misión. Y de todos los que conozco puedo decir que son docentes por “vacación”, pues realizan con amor y pasión su labor. A ellos, y a todos los verdaderos docentes, que como Jesús de Nazareth, el verdadero “Rabbi” (Maestro), ejercen esa divina profesión –conducir a las nuevas generaciones por los caminos de la vida, es decir, por los caminos que conducen a Dios, fuente y culmen de la vida–, nuestra admiración. Recordemos: un docente decente no solo comunica conceptos o contenidos intelectivos, sino que enseña a vivir como verdadero ser humano. Honor a todos los docentes que realizan en tal sentido su misión.


sábado, 13 de junio de 2009

UN HOMENAJE A LOS PADRES

Pbro. Ramón O. Lara

El siguiente cuento que comparto con ustedes, amables lectores, lo escribí el año pasado. Lo escribí para ejercitarme en este tipo de letras. El argumento lo tomé a raíz de un diálogo con alguien muy especial para mí. Ese diálogo, como muchos otros que he tenido con este personaje, me impresionó muchísimo. Los consejos y la historia que me contó quedaron muy guardados en mi mente. Lo escribí también a partir de la realidad materialista, frívola, y por qué no decirlo, asfixiantemente triste que estoy palpando en esta mi estancia por el viejo mundo: un mundo económicamente rico pero existencialmente triste. Debo decir también que el argumento del cuento no es para nada original, aunque lo de la falta de originalidad me di cuenta sólo hasta mucho tiempo después de escribirlo. Confieso que soy un redondo ignorante en cuanto la literatura universal, pues cuando lo escribí en mi opinión el argumento era muy original, aunque después pude descubrir que ya lo había escrito el gran novelista ruso León Tolstói hace más de cien años. Reconozco, igualmente, que la forma del cuento es casi calcada del de Tolstói; sin embargo, el fondo, humildemente lo digo, es cosecha propia.


¿Por qué lo comparto con ustedes dentro del contexto de un homenaje a los padres? Bueno, es obvio que el día del padre se avecina. Ahora bien, el personaje al que he mencionado arriba se trata justamente de mi querido papá. Y, pues, les comparto esta aventura familiar por si a algunos les resulte edificante. Ya que después de ver la falta de originalidad del cuento, no me quedó más que recoger el maravilloso fruto del contexto en el que mi padre me contó su historia. Brevemente se las comparto:


Era un día de finales de invierno, en torno a la fecha del día de los difuntos. Con mi padre fuimos al cementerio a visitar la tumba de los papás de él (mis abuelos). No me recuerdo exactamente sobre todos los temas que platicamos aquella mañana, pero sí me recuerdo que entre otras cosas hablamos sobre el significado de la vida, sobre las metas e ilusiones que todos los seres humanos tenemos. Claro que en medio de las tumbas son esos los temas que afloran y llaman a la meditación. También fue en torno a esos temas que él me habló de sus múltiples experiencias, me compartió sus sencillos pero profundos consejos, y para cerrar con broche de oro me contó esa pequeña historia. No sé donde la pudo haber escuchado. Estoy seguro que él no sabía quien la había escrito. Muy posiblemente la había escuchado en las interesantes historias que trasmitía un antiguo programa radial llamado “escuela para todos”.


A varios años de haber escuchado esas palabras salidas del corazón de un padre que quiere iluminar el camino de su hijo, las tales han resonado en mi mente al encontrarme en esta realidad tan distante a mis raíces y de mis seres más queridos. Tales palabras son para mí luces fulgurantes que iluminan mis pasos. Y por eso las comparto con ustedes, queridos amigos, como un homenaje a los padres que, como el mío, siempre tienen una palabra de aliento y de luz para sus hijos. Honor a nuestros padres, que ejercitan en esta tierra algo tan divino: la paternidad. La paternidad es de Dios, Él es el gran “Padre nuestro”, y ojalá que todos los papás ejercitaran su paternidad bajo la mirada de Dios. Obviamente que en un homenaje a los padres surge espontáneamente una profunda súplica al buen Dios, pidiendo por todos los papás desnaturalizados, por los que sólo engendran y nunca llegan a ser papás. Por ellos nuestra oración. Por los demás, por los verdaderos papás, los vivos y los que están en el cielo, nuestra gratitud y admiración.


LA CAMISA DEL HOMBRE MÁS FELIZ DEL MUNDO

(Cuento corto)

Por:

Pbro. Ramón O. Lara Palma.

León Tolstói (adaptado).


Allá por la antigua y lejana Persia vivía un poderoso rey, que a pesar de su riqueza y poder vivía profundamente triste y amargado. Cierto día, el más sabio consejero advirtió al rey que uno de los magos reales había recibido un augurio en sueño indicando que si el rey vestía por un día el traje del hombre más feliz de su reino su majestad llegaría a ser feliz también.


Ni tardo ni perezoso, el rey hizo una lista de personajes a los que les mandó una carta solicitándoles que por favor le enviaran uno de sus trajes de gala. La lista comenzó con el traje del general del ejército, un hombre muy poderoso. Dijo el rey, seguro que este traje es el que me traerá la felicidad. Sin embargo no fue así, por el contrario lo sintió tan incomodo y pesado que no lo pudo soportar mucho tiempo. Siguió con el traje del banquero, prestamista y mercader del reino. Peor aún, con ese traje sintió que nada le cubría, todas sus vergüenzas eran vistas por todos. Decidió ponerse el traje del artista más famoso de su reino, pensando que ese si era el hombre más feliz del reino. Sin embargo, lo sintió muy flojo e incómodo y en nada le ayudó a sentirse feliz. Por último se midió el traje del científico del reino, un hombre muy inteligente y erudito, pero aunque lo sintió cómodo, no lo hizo sentirse realmente feliz. ¿Pero cómo, se preguntó el rey, entonces ni el poder, ni la riqueza, el arte ni la ciencia han hecho felices a estos hombres? ¿Donde, pues, podré encontrar al hombre más feliz de mi reino?


Con mucho enfado hizo un decreto en el que se prescribía hacer una búsqueda minuciosa en todo el reino para encontrar a las personas que tuvieran fama de ser felices. Que al encontrar esas personas se les pidiera uno de sus trajes para prestárselo por un día al rey. Salieron los mensajeros y soldados para ejecutar aquel mandato. Encontraron a muchas personas que eran felices y con gusto entregaron sus trajes al rey. El rey se los midió y muchos de los trajes le quedaban muy bien, lo hacían sentir feliz, sobre todo aquellos que se miraban más sencillos, de gente humilde, de trabajadores, buenos padres de familia, etc. Pero algo faltaba, la felicidad le duraba muy poco. Eso quería decir que entre esas personas no estaba el hombre más feliz del reino, pues el conjuro mágico afirmaba que si el traje del hombre más feliz era calzado por el rey, este le atraería la permanente y plena felicidad.


Con todo esto, el rey se enfureció más y mandó llamar a sus mensajeros y soldados para advertirles que no habían cumplido completamente su misión, pues no habían encontrado al hombre más feliz de su reino. Uno de sus mensajeros, un poco cabizbajo, se atrevió a responder:

- Su majestad, supimos de un hombre que vive en una de las aldeas más lejanas de tu reino y que según parece es el hombre más feliz de esta tierra. Le mandamos a pedir su traje y nos respondió que no podía mandarlo. Le volvimos a llamar y exigir que nos enviara su traje o por lo menos su camisa, pero de igual manera se excusó y no la mandó.


Completamente furioso el rey ordenó traer inmediatamente ante su presencia a ese hombre para que personalmente le explicara su negativa, y sobre todo para exigirle su traje.

Muy temprano del siguiente día los soldados regresaron con aquel hombre, quien con una gran sonrisa y profunda serenidad saludó al rey. Al verlo el rey quedó confundido y no sabía cómo reaccionar. Lo primero que se le ocurrió fue preguntarle porqué no le había prestado su traje, si era el mismo rey quien se lo ordenaba. Aquel hombre, con una sonrisa muy amable y un tono comprensivo le advirtió al rey:

- Su majestad, como usted puede ver, la razón por la que no le envíe mi traje es muy sencilla: no tengo traje, no tengo ni siquiera una camisa.

- ¿Pero cómo, le preguntó extrañado el rey, cómo puedes ser feliz si ni siquiera tienes ropa con que cubrirte?!!

- Su majestad, replicó el hombre, quizá el secreto de la felicidad no radica en las posesión de cosas materiales, en los distintos y lujosos trajes con que podamos revestir nuestro cuerpo, sino en el traje con que está revestido nuestro corazón. Quizá si su majestad revistiese su corazón de más bondad, de mayor comprensión, de paciencia, de firme esperanza y de profunda fe en Dios, estoy seguro que su vida llegará a ser plenamente feliz. Quizá sea por eso que yo ni siquiera necesito una camisa o traje para cubrirme y ser feliz. Para ser feliz, su majestad, usted no necesita revestirse de poder, dinero, ciencia, ni siquiera de la grandiosidad y la belleza del arte. Necesita, más bien, un corazón lleno de amor, firme esperanza y sólida fe; este es el camino seguro para alcanzar la plena felicidad en esta tierra. Inténtelo y verá los resultados.


Y a partir de esa fecha, su majestad decidió siempre ataviarse con tales virtudes que vienen de lo alto y, sin lugar a dudas, comenzó a experimentar día con día una más profunda y creciente felicidad. Todo el reino disfrutaba de mucha tranquilidad y paz, pues su rey se había convertido en una verdadera inspiración para sus súbditos. Y colorín colorado...


lunes, 8 de junio de 2009

“AL INSTANTE SALIÓ AGUA Y SANGRE” (Jn 20, 34)


LOS SACRAMENTOS

Pbro. Ramón O. Lara

El comentario exegético que la Nueva Biblia de Jerusalén pone sobre el significado de esta frase resume así: “La sangre atestigua la realidad del sacrificio del cordero por la salvación del mundo y el agua, símbolo del Espíritu, atestigua su fecundidad espiritual. Muchos Padres han visto, y no sin fundamento, en el agua el símbolo del bautismo, en la sangre el de la Eucaristía y en estos dos sacramentos, el signo de la Iglesia, nueva Eva que nace del costado del nuevo Adán”. Sintético y elocuente comentario. Se confirma aquello de que “no hay Iglesia sin Cristo”, pero igual, “no hay Cristo, para nosotros hoy, sin la Iglesia”. Además, no hay Iglesia sin sacramentos, ya que éstos la configuran y la determinan.

La Iglesia, pues, nueva Eva, nace del costado de Cristo. Lo que brota del costado, según el relato joáneo, es agua y sangre; o bien, el bautismo y la eucaristía, según los santos Padres. Los sacramentos constitutivos con que nace la Iglesia son éstos. Posteriormente, por la práctica concreta, se separó el bautismo en dos momentos: la inmersión propiamente dicha (baptisein=bautismo) y la crismación o “confirmación” en la vida del Espíritu Santo. Muy pronto las comunidades se dieron cuenta de la presencia real de una situación que contradice la vida cristiana: el pecado. Éste era visto como la más grande tragedia que le podía suceder a un bautizado. Al principio se entendía que el bautizado no podía pecar. Pero la realidad decía otra cosa. Se creo, por tanto, el proceso penitencial: nace así la penitencia, llamada luego confesión y últimamente reconciliación.

Junto a la realidad del pecado se vio también la realidad del dolor causado por la enfermedad, por lo que a los bautizados se les acompañaba con las oraciones y la presencia de la misma comunidad que los confortaba mediante la aplicación del ungüento sanador: nace así la unción de enfermos. En ese camino de desarrollo histórico las comunidades de bautizados vieron necesario el ordenamiento de los carismas y distintos ministerios que surgían entre los mismos miembros de la comunidad: la ministerialidad fue tomando “orden” y fue vista como un acto de gracia divina que construía la comunidad. En fin, entre los bautizados que compartían la vida esponsal y que juraban su amor fiel ante la comunidad se fue desarrollando la conciencia de que esa experiencia de vida esponsal en Cristo era un verdadero momento de gracia: Dios bendecía esa unión y la capacitaba para vivirla en eterna fidelidad. La sacramentalidad del matrimonio fue configurándose.

La representación sintética que hemos hecho sobre el origen de cada sacramento en los dos párrafos anteriores oculta los tortuosos y complicados avatares históricos que éstos tuvieron que pasar. No siempre se pensó en siete signos sacramentales y no siempre se pensó en cada uno de los que ahora forman parte del septenario como verdaderos sacramentos. Durante varios siglos se aceptaron decenas y decenas de otros signos a los que se les llamaba sacramentos. Paso a paso fueron purificándose y reduciéndose a unos pocos, hasta llegar al concilio de Trento (1545-1563), donde se hizo la fijación canónica del septenario por nosotros conocido. Es posible que hayan muchos signos sensibles que pueden comunicar la gracia de Dios (después del Vaticano II se hablaba del “sacramento del hermano”, o sea, que el hermano/prójimo es para mí signo y camino de salvación). Sin embargo, el número ya está fijado y la Iglesia respeta el desarrollo histórico del dogma.
El número siete, en verdad, es muy significativo. ¡Cuántas veces se ha visto en este número el símbolo de la perfección! Es la suma de tres más cuatro: el tres se refiere a la realidad divina (la trinidad) y el cuatro a la realidad humana (cuatro puntos cardinales, cuatro elementos esenciales en el universo –tierra, agua, aire, fuego-), lo humano y lo divino se unen. Dios viene a los hombres y los hombres acceden a Dios. Los tres primeros sacramentos, llamados de iniciación cristiana, introducen a la vida de Dios: sumergen, confirman y convidan al neófito en la vida intratrinitaria. Los otros cuatro, símbolo de lo humano, refieren a momentos concretos y fundamentales de la vida terrena: la tragedia del pecado y su restauración, el trauma de la enfermedad y su respectivo remedio, la experiencia concreta del amor humano que consolida la familia como cuna de la vida y el amor, y por último, la necesaria organicidad y ordenamiento entre los miembros de la comunidad de fe. No es por casualidad, pues, que sean siete sacramentos. Cada uno tiene un valor significativo para cultivar la vida en Cristo. Ciertamente no todos tienen la misma importancia (el bautismo y la eucaristía son los principales), pero todos son necesarios para vivir según Cristo.

Los sacramentos son necesarios no como actos formales y vacíos de contenido cristiano. El gran problema de nuestro tiempo es que han sido prácticamente vaciados de su profundo contenido espiritual y han sido reducidos a meros actos formales y convencionales de la vida social. Si se comprendiese que el bautismo es un evento trascendental en la vida del que lo recibe porque lo transforma en otro Cristo, porque lo introduce a la vida de fe que se materializa en la experiencia de comunión con los otros bautizados, porque lo dota de una esperanza que le promete una vida de inconmensurable tasación, no se tomaría a la ligera. Si la Eucaristía se tomase en serio porque es realmente el evento con el cual todos los bautizados formamos la más genuina e intensa comunión de vida y de amor, donde lo más puro de la vida humana -como la fraternidad, la solidaridad, la alegría, etc.- se comparte y se alimenta, no se reduciría a un mero rito intrascendente y formal. Si verdaderamente se tomase en serio la confirmación como sello de plena identidad cristiana, la penitencia como verdadero acontecimiento de conversión y no un vano desahogo de culpa, la unción como verdadero gesto de esperanza y solidaridad, el orden como verdadero carisma de servicio y el matrimonio como la verdadera expresión de amor fértil y fiel, entonces los sacramentos no serían ritos que “debemos cumplir” sino acontecimientos que “esperamos y necesitamos celebrar”.
Los sacramentos ofrecen su caudal de gracia, siempre y donde quiera, sin importar la santidad o no del ministro o la perfecta disposición de quien lo recibe. Por supuesto que entre más santidad y plena disposición exista, mayor será el provecho y mayores serán los frutos que se alcanzarán. Es que la salvación la ha portado Cristo, Él nos ha salvado. Los medios para la salvación están servidos, basta sólo acceder a ellos y aprovecharlos debidamente. Sólo la persona que se abre a ese torrente de la gracia divina y experimenta el real valor que tiene, puede afirmar sin equívocos la necesidad de celebrarlos. Que Dios salva a las personas sin los sacramentos sólo Él lo sabe. Pero quien no los celebra ni los vive se priva de un torrente de bendiciones de cuyo valor y medida ni siquiera se imagina. Muchas veces sucede lo mismo para quien sí los celebra, pero el conocimiento y comprensión de la grandeza que encierra cada uno de los sacramentos no han madurado. El gran desafío que tenemos los miembros de la Iglesia es madurar en nuestra conciencia sacramental: ellos son acontecimientos de gracia, celebración gozosa de la fe, eventos trascendentales que hacen de la vida ordinaria una maravillosa y extraordinaria experiencia.

Por último, es necesario recalcar que los sacramentos son de la Iglesia y se viven en Iglesia. Si no son celebrados dentro del contexto de pertenencia a la comunidad de creyentes no se comprenden y son convertidos en vacíos actos rituales carentes de sentido, celebrados sólo por inducción social. Sin la experiencia de vida eclesial, la celebración de los sacramentos resulta muchas veces una carga. Un riesgo posible entre nosotros hoy es convertirlos en ritos insignificantes y rígidos que hay que cumplir “por obligación”. No es fácil pasar del sentido de obligación, con el cual hemos crecido, al sentido de celebración gozosa que deben tener los sacramentos. La pastoral sacramental tiene un gran desafío en este punto. Gracias a Dios muchos cristianos viven su vida sacramental, con gran lucha y heroico sacrificio, a pesar de la escasa experiencia eclesial. Estoy seguro que la perseverancia por parte de ellos hará posible el descubrimiento del deleite que significa celebrarlos. Digo que hacen una gran lucha y heroico esfuerzo porque el mundo y el contexto en el que viven no favorecen en absoluto el sentido de fe y experiencia de Iglesia. Pero como afirma la palabra divina: se puede vivir “apretados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, mas no abandonados; derribados, mas no aniquilados. [Ya que] llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes la muerte de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos” (2Cor 4, 8-10).