Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

martes, 27 de octubre de 2009

¿REENCARNACIÓN O RESURRECCIÓN? 2/2


Por:
Pbro. Ramón O. Lara Palma

La gran proliferación de místicos, gurús y otros maestros de las artes y meditaciones orientales no hace más que evidenciar la enorme demanda que la población occidental hace de esas doctrinas. Como hemos insinuado en la primera parte de estas reflexiones, tales enseñanzas resultan muy atractivas para quienes viven en un mundo tan agitado y convulsionado como lo es el europeo y norteamericano. El atractivo de la meditación trascendental, la fascinación por las experiencias místicas que la cultura hindú y sus místicos ofrecen, han abierto paso irrestricto a la creencia en la reencarnación en nuestros lares.

La cultura occidental, después de pasar por la crisis del iluminismo, de haberse desencantado de los grandes ideales de la modernidad, después de haber predicado y vaticinado la “muerte de Dios”, a finales del siglo recién pasado vio resurgir una desproporcionada ansia religiosa. Una especie de mercado religioso comenzó a ganar terreno: religión al gusto del cliente. Por eso comenzaron a surgir grupos pseudo religiosos de inusitado carácter ecléctico. La New Age es muestra clara de ello. Han tomado fuerzas los distintos y tan variados grupos esotéricos como los “teosofistas”, los “rosacruces”, los “gnósticos”, etc. Todos estos grupos mantienen a la base ideas procedentes de la religiosidad del lejano oriente. Por tanto, la mentalidad reencarnacionista encuentra un favorable ambiente en ellos.

Un presupuesto básico.

Terminamos la primera parte preguntándonos por qué el occidente cristiano no cree en la reencarnación. Para responder tal inquietud analicemos primero un presupuesto que está a la base de las dos mentalidades: el tiempo. Para el pensamiento oriental, y en esto se unía Platón y gran parte del pensamiento griego, el tiempo es de dimensión circular, no tiene principio ni fin (como el círculo que siempre regresa al punto de origen, y vuelve a continuar). Es la mentalidad del “eterno retorno”. Comprendiendo así el tiempo no es difícil aceptar la idea de una vida que siempre puede recomenzar, de un alma que puede transmigrar de cuerpo en cuerpo para siempre reemprender el viaje.

En cambio, la mentalidad judeo cristiana, que es la que domina gran parte del pensamiento occidental, ofrece la comprensión lineal del tiempo. En este sentido el tiempo tiene un principio y un fin, como una línea que siempre tiene un punto de origen y un punto final. Además, el tiempo no es un ciego devenir sin rumbo, sino una trayectoria bien definida con límites claramente fijados: el tiempo es de Dios, Él es el Señor de la historia. Por eso, quien entra en el tiempo (nace-crece-multiplica-muere) tiene ya clara la trayectoria: viene de Dios y va hacia Dios. El tiempo se concibe como una historia de salvación, donde Dios acompaña la humanidad en esta trayectoria. La gran metáfora que ofrece el libro del Éxodo es elocuente: Dios camina con su pueblo hacia la meta que le ha prefijado, la tierra prometida que mana leche y miel.

Otro presupuesto base.

También, para comprender las divergencias en estos dos modos de pensar hay que atender otro presupuesto base: la relación del hombre con Dios. Hemos mencionado que para el oriental, Dios es un concepto profundo pero impersonal. Por tanto, la religiosidad es difusa, ya que ese ser con quien hay que relacionarse (del latín religare=religio=religión) es vago, no responde, no se puede interactuar con él. En cambio, para el pensamiento judeo cristiano, Dios es un Dios que habla, que dialoga con el hombre, es persona, o más bien, es comunión de personas (Trinidad).

Así mismo, siendo Dios una persona, y dado que el hombre viene de Dios porque es creado a su imagen y semejanza, también el hombre es persona, y como tal es única e irrepetible. Más aún, y esto es propio del cristianismo, el mismo Dios, en un acto de infinito amor y misericordia, se “encarna” en un hombre que viene a ser el “hombre perfecto” (Jesús de Nazareth), para enseñar el valor y la irrepetibilidad de cada ser humano. Esa unicidad e irrepetibilidad del hombre no permite una mutación y transmigración como lo acepta el reencarnacionismo. El cristianismo, entonces, es una religión que se fundamenta en la “encarnación”, única e irrepetible, por eso descarta la re-encarnación. El hombre tiene una única identidad (imagen de Dios) y un único destino (la comunión eterna con Dios).

Pero ¿Qué pasa con el pecado y sus consecuencias?

Claramente se puede captar la diferencia del cristianismo con la mentalidad reencarnacionista, ya que ésta deja al hombre solo frente al pecado y sus consecuencias. Según esta mentalidad, es el mismo hombre quien debe purificarse o hacer el largo camino de iluminación. Por eso las grandes penitencias, las distintas purificaciones (no por nada el rio Ganges juega un papel importante en la cultura India), los múltiples ayunos, y todo el bagaje ascético que es propio de la mística oriental van encaminados hacia esa liberación del pecado. Y además, si no bastó la vida presente para purificarse, pues efectivamente en la vida presente se cometen pecados, entonces no queda otra explicación que la necesidad de la reencarnación, para continuar la purificación o tener otra oportunidad de corregir los errores pasados.

En cambio, el pensamiento judeo cristiano, y particularmente el cristianismo, tiene clara conciencia de que ante el pecado es Dios mismo quien reacciona. No es el hombre el que se justifica a sí mismo, sino el mismo Dios quien lo perdona y lo justifica. El hombre no puede hacer nada para salvarse a sí mismo, sino que todo lo recibe por pura gracia y misericordia de Dios. Lo único que el hombre debe hacer es aceptar tener a Dios como su propio Dios (“Tú serás mi pueblo y yo seré tu Dios” Dt 26,17) y creer en su enviado, Jesucristo, como su único y suficiente salvador. Claro que esa aceptación y esa fe son dinámicas y requieren la respuesta concreta: la caridad. Quienes creen en Cristo actúan siempre con la caridad de Cristo. En definitiva, para el judeo cristianismo, y sobre todo para el cristianismo, el hombre no está sólo ante el pecado, tiene siempre el auxilio divino. En tal caso la reencarnación no tiene sentido.

Sin embargo, ¿Qué explicación podemos dar ante el mal que sufren los inocentes y los justos?

Hemos visto que la creencia en la reencarnación explicada por la ley del karma asume con toda serenidad el hecho del sufrimiento y la muerte como parte de ese proceso de sanación que debe pasar toda persona en su camino de purificación. Si no le alcanza la vida presente, hemos visto, tiene muchas posibilidades en infinidad de reencarnaciones futuras. Y si en esta vida está sufriendo, no es otra que cosa que la purificación de pecados en vidas pasadas. En cambio, si la explicación cristiana quita de tajo la presencia del pecado por haber sido borrado con la sangre redentora de Cristo ¿A qué se debe el sufrimiento del justo? En este caso me remito a la explicación que en otra oportunidad delineé y que consiste básicamente en la doble comprensión del mal: el mal moral, o sea el mal o sufrimiento que se debe al mismo pecado del hombre (no necesariamente el pecado personal), y el mal físico u ontológico, que viene a causa de nuestra condición de creaturas limitadas. Para ambos casos, hemos visto, es el amor el que los ha derrotado y además posibilita una nueva luz de comprensión de dichos males.

Sin embargo, queda todavía la inquietud sobre aquellos que no creen o rechazan a Dios y aquellos que no pudieron purificarse totalmente en esta vida: ¿Es justo que ese acto de libertad, ingenuo y torpe, sea motivo para una condena eterna? ¿No es más misericordioso darles otra oportunidad como lo hace la posibilidad de la reencarnación? En este aspecto sí es necesario recordar que la antropología cristiana toma muy en serio la libertad del hombre. Por eso el cristiano está invitado a ser muy pero muy responsable respecto a su vida. (“Un alma tenemos y si la perdemos ¿Quién nos la podrá recuperar?” nos recordaba nuestro vecino santo San Pedro José de Betancourt).

La muerte, para el cristianismo, es también sólo un paso (“pascua”), para presentarse al juicio delante de Dios. Pero el juicio de Dios es siempre misericordioso (“porque la misericordia triunfa ante el juicio” St 2,13) y justo (“el justo juicio de Dios” Rm 2,5). En Dios la misericordia no riñe con la justicia, ya que él no juzga a nadie, pues cada quien ha realizado su propio juicio con lo que ha hecho con su vida (“Yo no he venido para juzgar al mundo sino para salvarlo” Jn 12,47-48). Por otra parte, la teología católica ha desarrollado la doctrina del purgatorio, ciertamente poco sustentada bíblicamente, pero que ayuda a clarificar la acción misericordiosa de Dios para aquel que no estaba preparado para presentarse delante de él y recibir el juicio de salvación. Según algunos teólogos, la doctrina del purgatorio sería lo más cercano que habría entre la creencia en la reencarnación y la fe cristiana. En definitiva, y es necesario recalcarlo, para la fe cristiana la libertad del hombre es tomada muy en serio. En cambio, tal parece que los que creen en la reencarnación pueden caer en el riesgo de acomodarse moralmente y dejar todo para una purificación posterior (“gozo en esta vida y me arrepiento en la otra, o en las otras vidas”). Si al cristianismo se le ha calificado de rigorista, el reencarnacionista puede pecar de laxista.

Algunas perplejidades.

Por último podemos señalar algunas perplejidades que la creencia en la reencarnación nos deja. En primer lugar, no es justo señalar con tanta ligereza que lo que sufre una persona se deba a pecados cometidos en vidas anteriores. Si fuera así el caso ¿Qué culpa tiene mi conciencia actual de lo que hizo una conciencia que ya no es parte de mí? Ya que uno de los grandes vacíos que tienen los creyentes en la reencarnación es explicar por qué no se recuerdan absolutamente nada de lo que vivieron en una vida pasada. Y la conciencia debe ser consciente de lo que hace para imputársele una culpa. Si no es posible recordar lo hecho en el pasado no hay, por lo mismo, continuidad de la conciencia ni continuidad de la persona. Y si fue prácticamente “otra persona” (pues la persona de la vida anterior es diferente a la persona de la vida presente) ¿Por qué debo yo pagar las culpas de lo que “otro” hizo? En tal caso la reencarnación resulta ser una gran injusticia.

En segundo lugar, los que creen en la reencarnación deben aceptar la doctrina del karma. En tal caso tales creyentes deben tener en cuenta, comprender y avalar el sistema de castas tal y cual se fue diseñando en la cultura y sociedad hindú: Brahamanas, Chatrías, Vaishias, Shudras y los Parias. Por su creencia en el karma los de la india mantienen ese cerrado sistema de castas, pues quien nace en la casta de los Brahmanes indica que ha sido bendecido por una virtuosa vida pasada, en cambio los que nacen Parias (intocables, impuros) es porque han sido condenados por el propio karma a pagar pecados de vidas pasadas. En tal caso los Parias deben aceptar totalmente su condición. Ese es el motivo por el cual en la india quien nace Paria muere Paria y no merece compasión, porque está purgando pecados pasados. Es más, un mendigo, un enfermo, un desgraciado, o cualquiera que le suceda algo grave, es visto como una persona maldita, pues esas desgracias son sólo signos elocuentes de estar pagando pecados pasados. “Es su karma”, dicen los hindúes. Con razón a Madre Teresa de Calcuta nadie le ayudaba a cuidar sus leprosos, pues para los miembros de aquella cultura, era algo inútil, pues los leprosos son tales debido a su karma: están purificándose de desmanes pasados. Los creyentes en la reencarnación deben saber que el riesgo de adormecer el corazón y perder el sentido de la misericordia y la compasión es muy alto. Si todo es culpa del karma tranquilamente me puedo desatender de quien tiene necesidad de mi.

Conocer estas doctrinas y saber valorar sus motivaciones y sus perplejidades nos puede ayudar a comprender mejor nuestros principios de fe. Y parafraseando a San Pablo podemos decir: “es bueno conocer de todo y quedarse sólo con lo bueno”. Mantengo la honda esperanza de que la lectura de estas reflexione haya incitado a conocer más estas ideas y sobre todo a valorar y a confirmar nuestras convicciones de fe. Es que los cristianos tenemos la clara certeza de un acontecimiento que en ningún otro sistema religioso se atiende: la resurrección. Nuestra fe va de la mano con la certeza de la encarnación, como principio fundante y primario de la existencia terrena, y la resurrección, que es la experiencia última que ha sido experimentada sólo por una persona: Jesús de Nazareth, y mediante Jesús la Bienaventurada Virgen María. Quizá los cristianos lo que necesitamos más bien es profundizar en la verdad y en el significado de la resurrección. ¿Qué entendemos los cristianos por resurrección de la carne? Bueno, ese es material para otro artículo.

Hasta la próxima.

lunes, 19 de octubre de 2009

¿REENCARNACIÓN O RESURRECCIÓN? 1/2


Por
Pbro. Ramón O. Lara Palma

¿Es posible tener más de una vida? ¿Tiene el ser humano un alma capaz de reencarnarse? ¿Qué es el karma? ¿Por qué los cristianos no creen en la reencarnación?

Cuando un lector de este espacio de comunicación cibernética me sugirió hablar sobre la reencarnación me sentí interiormente apenado, pues sobre esa temática apenas tenía nociones. Me di a la tarea de investigar y recopilar información sobre el asunto y quedé boquiabierto al ver la cantidad de información, opiniones, tendencias y adeptos que esta mentalidad tiene. Basta con hacer un simple balance de la población mundial para darnos cuenta que muchísimo más de la mitad de terrícolas tienen una idea clara sobre la reencarnación, y son ellos los que se preguntan ¿Cómo es posible que hayan quienes no crean en esta verdad?: casi toda la China y la India la tienen como un dogma incuestionable, y en los últimos cincuenta años, como parte del “snobismo” europeo y norteamericano, hay muchos en occidente que se están adhiriendo a esta creencia.

Pero ¿Qué es la reencarnación?

Antes que nada es necesario afirmar que sobre todo es una creencia, una doctrina que es parte de un credo religioso. Una gran cantidad de corrientes del hinduismo y del budismo la tienen como una verdad incuestionable. Aunque también esta creencia formó parte del gran edificio filosófico construido por Platón y antes de él, el gran Pitágoras (sí, el del teorema) la enseñó. Obviamente que al intentar resumir una doctrina tan amplia, y a la vez tan difundida, existe el riesgo de caer en un reduccionismo e irrespeto para quienes creen en ella. Sin ninguna intención de ofender a nadie dividiré estas reflexiones en dos partes: los argumentos a favor de la reencarnación para luego pasar a las perplejidades y confusiones que aún deja. Este balance nos puede servir para tener, al menos, una noción más amplia de lo que es según algunos esta verdad de fe.

Una palabra clave que es necesario comprender al hablar de la reencarnación es el “Karma”. Para Platón y los griegos que tenían una creencia similar usaban la expresión “Metempsicosis”, que se puede traducir como “transmigración de las almas”; es decir, que el alma va errante en diferentes estados y diferentes cuerpos. El término Karma, por su parte, viene del sánscrito “kar”, que significa mano y se refiere a toda acción ejecutada y al resultado de esa acción. “De ahí pasa a significar todas las acciones hechas en vidas pasadas, y cuya suma, positiva o negativa, determina nuestra suerte en la encarnación de turno. Así, “karma” pasa a significar el “destino”, no en el sentido de una fuerza ciega externa a la persona y que determine caprichosamente lo que le ha de suceder a cada uno, sino en el sentido del camino ineludible que uno se ha labrado para el presente con sus acciones en el pasado: si yo sufro ahora, es porque ése es mi “karma”, es decir, porque yo me he portado de tal manera en mis encarnaciones anteriores que ahora tengo que pagar en sufrimiento el precio de mis desvíos y desmanes” (C.G. Valles, ¿Una vida o muchas?, 19).

El principio lógico que guía la creencia en el “karma” es el de que toda causa tiene un efecto. O si queremos expresarlo bíblicamente: “lo que el hombre siembra, es lo que recoge” (Gal 6,7). Junto al principio lógica causa-efecto se mantiene el principio moral de la “justa retribución”, es decir, cada uno ha de recibir el premio por sus virtudes y el castigo por sus vicios. Según el hinduismo, esa “lógica kármica” se extiende en el tiempo y en el espacio. La ley del karma establece que todo lo que la persona hace, dice o piensa, repercute sobre el equilibrio del universo y crea una reacción que acaba incidiendo inexorablemente en la persona, causándole dolor o gozo, según hubiera sido su acción.

Si esa es la ley del karma, ¿Cómo bloquear sus efectos? ¿Cómo corregir el karma?

Ahí entra la enorme e intensa experiencia de purificación (hinduismo) o de iluminación (budismo) para ir corrigiendo el karma y poder llegar a la total liberación. En esto entra la lógica de la reencarnación, ya que si una vida no basta para purificarse y llegar a la total liberación es posible pensar que haya una siguiente oportunidad, otra vida, en la cual pudiéndose reencarnar pueda re-emprender una nueva oportunidad. Pero sucede que de acuerdo a la ley del karma, la reencarnación puede ser no necesariamente en una persona, pues depende de lo que el karma asigne como castigo o premio. Normalmente se entiende que si hay una reencarnación (y estas son teorías de las distintas corrientes hinduistas) en una persona enferma, o si durante la vida sucede alguna tragedia que causa dolor y sufrimiento, inmediatamente se entiende que se debe al karma, que le está haciendo pagar los pecados de una vida pasada. También puede reencarnarse en cualquier otro ser, como animales y plantas, pero depende del tipo de ser para calificar si es castigo o premio. Las distintas escuelas teológicas hinduistas y budistas ofrecen sus propias explicaciones sobre cada reencarnación y el significado que tiene si sucede en tal o cual ser.

¿Qué lugar ocupa Dios en quienes creen en la reencarnación?

En primer lugar, para los que creen en Dios, pues no todos los que creen en la reencarnación creen en Dios, como los Jainitas que son ateos, éste no es un ser personal, sino una especie de energía que libera, una fuente de vida, la luz que guía, pero todo impersonal. Dentro de ese contexto teológico la creencia en la reencarnación ofrece explicaciones muy fáciles sobre el sufrimiento y el dolor, sobre la muerte y las catástrofes naturales que pueden acaecerle a una persona. En ese sentido Dios queda libre de cualquier responsabilidad, pues como insinué en los artículos sobre cómo compaginar la fe en Dios y la realidad del sufrimiento y la muerte, la gran pregunta que todos nos hacemos es ¿Por qué Dios que es bueno y todopoderoso, permite que sufran los hombres? Esta pregunta, bajo la creencia en la reencarnación, es fácilmente respondida diciendo que no es que Dios quiera el sufrimiento de nadie sino que ese sufrimiento es sólo la paga de pecados de una vida pasada.

Por ejemplo, un piadoso hindú nunca se hará la gran pregunta que un occidental se haría: “¡¿Por qué mi hija, mi linda y tierna hijita ha nacido ciega?!” Un occidental le haría esta pregunta a Dios y se lo pondría en cara: “si tu eres amor, ¿Por qué a nosotros nos ha de tocar esa desgracia?”. Y así sucesivamente, ¿Por qué ese accidente que mató toda la familia y dejó postrado y abandonado a un pequeño niño? ¿Por qué nuestro hijo joven tiene cáncer? ¿Por qué murió mi marido que era tan bueno? ¿Por qué….por qué, por qué? Las preguntas a los “por qué” el hindú piadoso no se las hace. Simplemente acepta con toda serenidad esos acontecimientos (por eso se dice que los hindúes, y en general todos los del lejano oriente, son muy tranquilos, profundos y espirituales) pues con toda naturalidad se responde sin ningún complejo que todas esas experiencias son cosas normales de la vida y si suceden es por un motivo claro: el karma. Es más, una tragedia puede ser vista como una ventaja: al recibir la tragedia como un cobro de los pecados pasados, quiere decir que esa persona que padece tal desgracia está en proceso de purificación. Si una persona sufre Dios no tiene nada que ver, pues sufre porque está purificando sus pecados.

Además, quien cree en la reencarnación no le preocupa la muerte. La muerte es solo un paso hacia una nueva oportunidad. En cambio, la mentalidad occidental teme a la muerte. Hoy más que nunca la muerte se ha convertido en un tabú. Se le maquilla, se le evade. Tanto así que ni si quiera se acepta el hecho de envejecer (los eternos jóvenes de Hollywood). Cuando se piensa en la muerte se piensa en que todo está terminado (en buen salvadoreño: muerto el chucho acaba la rabia). Para muchos occidentales con base religiosa que creen en una vida después de la muerte, se acercan a ese evento con mucho pavor, sobre todo porque no están convencidos de recibir la salvación después de morir. Para el occidental sólo hay una oportunidad: en esta vida se juega toda la eternidad, sea en el infierno o sea en el cielo. Para el reencarnacionista ese temor nunca se le asomará, pues siempre habrá una nueva oportunidad al reencarnarse, hasta que algún día alcanzará la salvación. Por eso para quien cree en la reencarnación no se plantea la idea de un infierno eterno. Según ellos, Dios que es amor no puede permitir que sólo en una oportunidad el hombre se juegue toda la eternidad en el infierno. Muy sentidamente se preguntan: ¿Será justo que el hombre, por el mal uso de su libertad, tenga sólo una oportunidad? Parece por tanto, que la creencia en la reencarnación deja mejor librado a un Dios misericordioso y todo amor que cualquier otra creencia.

¿Por qué, entonces, los cristianos no creemos en la reencarnación?

Continua…


lunes, 12 de octubre de 2009

UN PÁRRAFO A LA VEZ 3


LA PARADOJA DEL AMOR

Recopilado por:
Pbro. Ramón O. Lara Palma

“Todos, en un momento u otro, experimentamos alguna sensación de soledad y aislamiento. De vez en cuando, sentimos un doloroso vacío en nuestro interior, que se convierte en una prisión insoportable…tratamos de llenar ese vacío, de satisfacer ese hambre…, y salimos en busca de quienes estén dispuestos a amarnos…sabemos que nuestra soledad sólo puede llenarse con el amor de los demás. Sabemos que necesitamos sentirnos amados. Lo paradójico es que, si tratamos de llenar el vacío de nuestra soledad buscando el amor de los demás, será inevitable que no encontremos consuelo, sino tan sólo una desalación aún más profunda…la mayoría de nosotros conocemos nuestra necesidad de ser amados y tratamos de obtener de los demás ese amor que necesitamos. Pero la paradoja sigue inevitablemente en pie: si buscamos el amor que necesitamos, nunca lo encontraremos. Estamos perdidos. … El amor puede hacer real la solución de nuestros problemas, pero debemos afrontar el hecho de que, para ser amados, debemos ser dignos de amor. Cuando las personas orientan su vida hacia la satisfacción de sus propias necesidades, cuando salen en busca del amor que necesitan, por mucho que tratemos de suavizar nuestro juicio sobre ellas, no podemos dejar de reconocer que son unas personas egocéntricas…Sin embargo, si las personas no tratan de recibir amor, sino más bien de darlo, se hacen dignas de ser amadas, y es casi seguro que acabarán siéndolo. Ésta es la ley inmutable a que estamos sometidos: la preocupación y el interés obsesivo por uno mismo tan sólo pueden aislar el yo e inducir una soledad aún más profunda y atormentadoras”. Tomado de: John Powell, ¿Porqué temo amar?, 92-96, 1999.

El mismo autor en párrafos más adelante afirma: “Sólo alcanzaremos la madurez en la medida en que dejemos de centrarnos en nosotros mismos y en nuestras propias necesidades y renunciemos al deseo egocéntrico de satisfacer nuestras necesidades. La falsa ilusión que hay que evitar a toda costa es amar en orden a recibir amor a cambio”. Sólo que para poder verdaderamente amar al otro así desinteresadamente “debemos amarnos a nosotros mismo” (Ups! ¿No eso egoísmo? No. Simplemente realismo psicológico. Amarse a sí mismo se puede traducir mejor con otras palabras: autoestima, autovaloración). Hasta la próxima.

domingo, 4 de octubre de 2009

UN PÁRRAFO A LA VEZ (2)


NO DEJES DE ESTAR EN TI

Recopilado por:
Pbro. Ramón O. Lara Palma.

“Recuerda una cosa:
No puedes salir de tu esfuerzo si queda incompleto;
Una vez que lo inicias, has de completarlo.
Porque la mente tiene tendencia a completar lo que comenzó.
Tu mente tiende a completar, por eso cualquier cosa sin completar te causa tensión.

Si querías reír y no has reído,
Sentirás tensión.
Si querías llorar y no has llorado,
Sentirás tensión.
Por eso has estado tanto tiempo enfermo:
Porque todo lo has dejado a medias.

Nunca has reído del todo, nunca has llorado del todo;
Nunca te has enfadado del todo,
Nunca te has pacificado del todo
-todo lo has hecho a medias.
Nada es de una pieza, nada es total.

Por eso se arrastra,
Y siempre tienes toda una serie de cosas en tu mente.
Por eso te sientes siempre tan incómodo por dentro,
Por eso nunca estás a gusto…


¿Recuerdas algo que hayas hecho del todo, que hayas hecho radicalmente, completamente? ¿Encuentras algún momento en tu vida, alguna experiencia, algún evento que puedas decir haya sido completo, total, definitivo? Si has tenido una experiencia realmente completa, tu mente ya no vuelve a ella. No la necesita. No la necesita en absoluto. Lo que la mente necesita es completar las cosas. Ésa es su tendencia, y esa hace posible nuestra vida…¿Te estás duchando? Pues dúchate de veras. ¿Cómo hacer que la ducha sea completa? ¡Estando en ella! Tu mera presencia lo hace todo. Estate allí, disfruta el momento, vívelo, siéntelo. Saluda al agua que te empapa, déjate morar, déjate saturar. Sal de la ducha habiéndola vivido en su totalidad. Si no, la ducha te seguirá. Se te hará tu sombra, te acosará todo el día…”. Carlos G. Vallés, El Elogio de la vida diaria, 12-13.

Muchas veces no estamos en nosotros, somos solo “cuerpo presente”. Ni siquiera estamos en el momento presente, pues o vivimos en el pasado (solo recordando y lamentando lo pasado) o en el futuro (preocupándonos y adelantándonos), casi nunca en el "Hoy". El Carpe Diem (agarra, coge, aprovecha el día) es una buena filosofía, bien entendida por supuesto.

Hasta la próxima.