Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

martes, 29 de diciembre de 2009

“EL TIEMPO SE HA CUMPLIDO” Mc 1,15


Pbro. Ramón O. Lara Palma

Ciertamente que al celebrar las fiestas del fin de año y al prepararse para recibir el año nuevo estas palabras del Señor resultan iluminadoras. Además, tales fiestas nos hacen pensar en esa ineludible realidad que tiránicamente (y benditamente si se quiere) nos envuelve y domina. El tiempo se cumple, y se cumple cada instante, para nosotros que estamos sumergidos en él. Por eso invito a los que tengan la paciencia de leer este escrito, a sumergirse en algunas elucubraciones sobre lo que es el tiempo.

Necesariamente debemos comenzar con una definición, cosa que desde el inicio complica el discurso. Pero la pregunta ¿Qué es el tiempo? no la podemos ni debemos obviar. Hay varias aproximaciones que nos ayudan a tener al menos una somera idea. Comencemos con la definición física, la que resulta de la relación entre las magnitudes de distancia y velocidad: el tiempo es la magnitud que se calcula observando la distancia recorrida por un cuerpo en relación con la velocidad con que este cuerpo se desplaza. Esta es la noción de tiempo que es más inmediata a nosotros. Todos tenemos la sensación de que en el concreto vivir se realiza un continuo movimiento, un continuo pasar, el continuo desplazarse de un instante a otro; el pasado, el presente y el futuro son esas nociones que nacen en nuestra mente al percibir esa fluidez de todo cuanto existe. La experiencia del transcurrir de los días y las noches nos ha permitido crear en lo más profundo de nuestra conciencia esa sensación de que “el tiempo pasa”, de que hay un continuo transcurrir del tiempo. Es posible que si nuestra existencia se hubiera desarrollado en un ambiente donde no existiera ese oscilar de oscuridad y luz tuviéramos una noción diferente de lo que es el tiempo.

En esta noción entran en juego tres elementos esenciales sin los cuales esta nuestra experiencia inmediata del tiempo no se comprendería: materia o cuerpo que se desplaza, espacio físico necesario por donde desplazarse, la velocidad y aceleración usada para el desplazamiento. Por eso es que en el sistema de la física clásica (newtoniana) la medición del tiempo era precisa y estable. Porque tal física se rige por las leyes que la experiencia sensible del mismo hombre permite captar. Es más, desde la antigüedad la medición del tiempo tuvo grandes avances. Cierto que no se sabía con claridad la realidad del proceso de traslación de la tierra alrededor del sol, ni se comprendía a cabalidad el movimiento rotatorio de la luna en torno a la tierra, pero la medición del tiempo en los ciclos diurnos y nocturnos, lunares (meses) y solares (años) fue algo que espontáneamente las antiguas generaciones pudieron hacer, en muchas casos, como los Mayas en Centroamérica, con mucha precisión.

El problema surge cuando las profundas intuiciones y comprobaciones matemáticas que realizó A. Einstein hicieron que las leyes de la física clásica ya no cumplieran con su cometido. Cuando Einstein descubrió y comprobó que la materia y la energía tienen una clara relación directa, tanto así que la energía resulta cuando la materia es acelerada a la velocidad de la luz, entonces resulta que el espacio y el tiempo pierden consistencia, en una palabra, el espacio y el tiempo desaparecen, no existen como dimensiones físicas. De ahí que Einstein propusiese su famosa teoría de la “Relatividad del Espacio y el Tiempo”. El tiempo, por tanto, según estos avances científicos, es relativo, pues desaparece cuando un cuerpo-materia se acelera a la velocidad de la luz y se convierte en energía, y existe sólo para el observador en modo relativo según el sistema de referencias que tenga tal observador.

Según la teoría de la relatividad, saber cuándo es pasado o cuándo es futuro depende del punto de referencia que se tome para hacer tal medición. De tal modo que si desde un punto de referencia se puede calcular un evento y decir que está en el pasado, desde otro punto de referencia el mismo evento podría verse como futuro. Todo depende del punto de referencia. Por eso, en la medición del tiempo que hacen los cosmólogos no hay todavía un acuerdo. Son tantas las teorías cosmológicas actualmente que ninguna da satisfactoriamente una respuesta. Una de las más famosas es la teoría propuesta por el físico inglés Stephen Hawkins en su libro “Historia del tiempo”. Sin embargo, por ingeniosas que parezcan las explicaciones de un gran científico, no logran satisfacer todas las inquietudes y dilemas que la mente humana contiene. Por eso la noción física de lo que es el tiempo no ha llevado más que ha mayores confusiones y más profundas interrogantes: si el tiempo es relativo, o si el tiempo en el momemtum de la energía desparece, ¿Cómo explicar la sensación concreta que todos tenemos de una sucesión continua de momentos? ¿Qué significa la experiencia de pasado, presente y futuro? ¿Tiene el universo un inicio y un final?

Llegados a este punto resulta necesario analizar el tiempo desde otra perspectiva: la perspectiva psicológica. La noción psicológica del tiempo sostiene que éste es sólo una construcción de la mente del hombre. La experiencia del tiempo sólo la tiene el hombre y en cierto modo los animales, pero no los seres inanimados. La noción sicológica liga la comprensión del tiempo a la memoria (pasado) y la imaginación (futuro). Ambas capacidades ponen al hombre en medio de las demás cosas como el que vive, experimenta, y padece el tiempo. Los animales tienen una cierta noción del tiempo porque tienen un cierto modo de memoria aunque no tienen imaginación, por lo que los animales no tendrían noción de lo que es el futuro. En cambio las cosas solo están, y en cierto modo sufren degradación a causa del contacto recíproco con las demás cosas, pero no existe el tiempo para ellas.

El hombre, sin embargo, está en el hoy (presente) pero ese estar tiene siempre la ineludible carga de la memoria, por tanto su estar ahí, o sea su existir (el Dasein de Heideger), está preñado de pasado. Pero además, el presente del hombre incluye su imparable imaginación, su proyección, y por tanto la experiencia del futuro es consustancial al presente. El presente del hombre es una permanente tensión entre lo que le propone su imaginación (futuro) y lo que le recoge su memoria (pasado). Por eso para el hombre no existe presente sin pasado ni futuro. Son magnitudes que se reclaman mutuamente. Pero toda esa estructura compresiva y aprehensiva del tiempo se da sólo en la mente, es psicológica. El tiempo es, pues, una realidad psicológica y en cierto modo una realidad muy personal, casi individual.

Pero si el tiempo es una realidad sicológica, muy personal, ¿Por qué tenemos la real impresión, y experiencia, de que las cosas existen y dejan de existir, de que tienen principio y tienen fin? Si el tiempo es realmente una realidad psicológica, cada uno tendría su propio devenir y no podríamos estar en contacto con nadie más, no habría una comprensión común del existir; sin embargo la experiencia nos dice otra cosa: que todos tenemos la experiencia de estar viviendo en el mismo y único tiempo. ¿Es acaso el tiempo una especie de histeria colectiva? Y Dios, ¿Donde entra Dios en esta comprensión del tiempo? ¿Qué es la historia si el tiempo está solo en la mente? ¿Qué es la eternidad? Bueno, las preguntas se multiplican a montón. Intentaremos discutirlas posteriormente. Por el momento sólo les deseo un Feliz Año nuevo, un feliz paso del tiempo. Hasta la próxima.

lunes, 21 de diciembre de 2009

MI ORACIÓN DE NAVIDAD


Por:
Pbro. Ramón O. Lara Palma

“Niñito Jesús, que naciste en Belén, bendice los niños del mundo y a mí también”. Mi querido Jesús, es verdad que tengo treinta y cinco años, pero al ponerme frente a este teclado es la única oración que me ha venido a la mente. Cierto que no soy un infante pero quisiera tener siempre un corazón de niño. Es que tú afirmaste algo que me deja estupefacto siempre que lo pienso: “Quien no se haga como un niño no entrará en el Reino de los cielos”. Por eso no me avergüenzo hacerte esta oración y compartirla con quienes leerán este escrito.

Como puedes ver, Jesús, no te pido grandes cosas, pues sólo pido tu bendición. Ah, pero tú sabes qué significa eso, ¿Verdad? ¡Pedir tu bendición no es pedir cualquier cosa! La misma palabra me lo explica: “Ben – decir = decir el bien”. Cierto, todos podemos bendecir a los demás (y nunca “mal – decir = decir el mal). Pero sucede que nuestro decir (desear) el bien es limitado, sólo se queda en un sonido o en un piadoso deseo, nada más. Además no podemos bendecir en nuestro nombre sino sólo en tu nombre (“Dios te bendiga”). Claro que eso ya es algo bueno para la persona a quien dirigimos nuestra “bendición”. Sin embargo, cuando tu “dices el bien” hacia nosotros, las cosas cambian. Porque cuando tú hablas las cosas se realizan concretamente, pues tu voz, tu palabra, es eficaz. Cuando tú hablas el bien se hace una realidad en nuestras vidas. Por eso pedir tu bendición es pedirte que el bien esté siempre conmigo.

Pero yo sé que el “bien” que tu das no es cualquier “bien”. Tú das siempre a quien te lo pide sólo “el Sumo Bien”. ¿Y cuál es ese Sumo Bien? ¡Claro! Sabemos que el Sumo Bien es Dios mismo. Ah, entonces, Jesús, tú ya me entendiste que lo que te estoy pidiendo es que Dios mismo esté conmigo. Pero, ¡Si tú eres Dios! Ah, bueno, entonces ya comprendiste que al pedir tu bendición lo que te estoy pidiendo es que siempre estés a mi lado, o más bien, que yo siempre me acuerde que tú estás a mi lado, pues sé que tu nunca me abandonas sino que soy yo quien me olvido que tu siempre eres mi compañero de camino.

Ciertamente, Jesús, soy yo quien tantas veces he olvidado que tú eres el “Emmanuel”, el “Dios con nosotros”. Que estás aquí, a mi lado, y que nunca me abandonas. Por eso en esta navidad sólo te pido que me bendigas, o sea, que nunca me olvide que tú eres un Dios cercano, que no olvide que todo el Bien que yo pueda anhelar lo encuentro en ti, y solo en ti. Por eso, Jesús, ojalá que al celebrar el día de tu nacimiento, el día de tu epifanía entre nosotros, reconociésemos que hemos sido bendecidos por ti, porque te hiciste cercano a nosotros, tan cercano que tomaste nuestra propia condición humana.

Sin embargo, mi querido Jesús, te pido disculpas, ya que esta fiesta en que recordamos tu humilde venida entre nosotros la hemos transformado en un verdadero bacanal. ¡Qué locura! ¡Cuánto hemos confundido y tergiversado el significado de esa fiesta! Cuando veo lo que hacemos celebrando tu cumpleaños quedo realmente sorprendido, no encuentro palabras para expresar mi confusión, decepción y vergüenza. Solo me acuerdo de aquel canto que un hermano sacerdote siempre ha cantado: “Navidad, navidad del siglo nuevo, me das pena pues no sabes lo que celebras. Si supieras harías penitencia”. El problema, Jesús, es que nosotros no sabemos qué es el bien. Es verdad que el bien trae consigo la felicidad, y todos nosotros los seres humanos queremos ser felices, o mejor, queremos ser “infinitamente felices”. Pero como no sabemos qué es el bien, tampoco sabemos qué es la felicidad.

Y ¿Qué es la felicidad pues? Menuda pregunta ¿Verdad? Pero yo sé, oh mi querido Jesús, que tú confías en que nosotros ya aprendimos ese secreto. Tú sabes bien que los hombres hemos buscado desde siempre y en todas las maneras posibles la felicidad, pero no la podíamos encontrar. Hasta que viniste tú y nos la enseñaste y además nos señalaste el camino para alcanzarla. ¡Cómo no recordarlo, Jesús, si el secreto lo revelaste cundo nos dijiste: “Felices los pobres…felices los mansos, felices los que lloran, felices los hambrientos de justicia, felices los misericordiosos, felices los limpios de corazón, felices los pacificadores y felices los perseguidos por mi causa”! ¡Caramba! Jesús, tú sí que has querido la felicidad para nosotros. ¡Más claras no pueden ser tus palabras!

Ah, mi querido Jesús, pero qué confundidos estamos en este nuestro tiempo. Buscamos la felicidad haciendo todo lo contrario de lo que tú nos dijiste. Hemos confundido todo: creemos que la riqueza, que la fama, que el poder, que el placer desmedido y egoísta, que los efectos de una adrenalina desbordada y las emociones exacerbadas son la felicidad. Por eso, Jesús, bendícenos, o sea, viene a nosotros, ilumínanos (tú eres la luz), condúcenos (tú eres el camino) y llena nuestras vidas de la verdadera felicidad (tú eres vida plena). Lo reconocemos humildemente, Jesús, sin ti no podemos ser felices, sin ti no hay más que oscuridad y desolación: ¡Nace de nuevo en nuestros corazones! ¡Tú eres nuestra felicidad!

Mi oración, mi querido Jesús, no es otra cosa que desearles a todos mis amigos, a los que estimo tanto, la más suprema felicidad. Es decir, que tú te acerques a ellos y los colmes de ti, que eres la verdadera alegría y el más genuino gozo, y que ellos nunca se aparten de ti. Por eso te la digo de nuevo: “Niñito Jesús que naciste en Belén, bendices a todos mis amigos y a mí también”. Y con esa experiencia de cercanía contigo podamos verdaderamente gritar: ¡Feliz Navidad!

domingo, 6 de diciembre de 2009

¿POR QUÉ SOY SACERDOTE?



Pbro. Ramón O. Lara Palma

Mil y una respuestas pueden darse a esta pregunta. Puede responderse desde el campo de la teología, desde la sociología, desde la psicología, etc., etc. Puede darse una respuesta impersonal, genérica; puede ser profunda o puede ser vaga. La pueden responder expertos o inexpertos. Pero en este caso la quiero responder yo, que no soy ni experto, ni profundo, ni docto, ni nada por el estilo. La quiero responder yo como una exigencia que nace de mi propia identidad. Lo quiero hacer en sentido de confidencia para con aquellos que leen este espacio y lo hago porque se acercan los aniversarios de la ordenación de muchos hermanos sacerdotes de la diócesis y porque en estos días este servidor también recuerda que hace ocho años las manos del obispo le fueron impuestas y con la oración consacratoria fue constituido sacerdote de la nueva alianza.

No quiero responder la pregunta desde ninguna de las perspectivas que he mencionado. La quiero responder sólo desde lo que encuentro en lo profundo de mi corazón. Bien podría escribir este artículo documentándome con bibliografía docta y hacer algo erudito. Pero no es eso lo que quiero hacer. Quiero sólo confesarme con usted querido lector y compartir algo de lo que hay en mi interior, al mismo tiempo animarle a pedir al buen Dios por mi ministerio y por la de todos los ministros del mundo.

Si alguien me hiciera esa pregunta a rajatabla seguramente respondería con un: “¡No sé!”. ¿Cómo puede saber un enamorado por qué está enamorado? ¿Cómo puede dar explicación una madre por qué ama a su tierno hijo? Respuestas categóricas y matemáticas no existen ante estas experiencias. Para responder a esa pregunta el Papa Juan Pablo II ocupó todo un libro, que sugestivamente lo tituló “Don y Misterio”. Es apasionante leer ese libro, porque es el testimonio de una vocación, de un vocacionado, que ante la pregunta sobre su vocación responde que ante todo es un regalo, un don de Dios y nada más. El resto es misterio.

Lo mismo puedo decir yo, y lo digo con toda humildad: soy sacerdote por pura misericordia de Dios. Es un regalo que el Señor me ha dado. No lo merezco, porque si hablamos de méritos estaría perdido. Sólo puedo decir que él me llamó por pura misericordia y compasión. Es que no fui yo quien lo elegí, fue Él quien me eligió a mí. Y lo puedo decir con mucha vergüenza, pero con sinceridad: para llamarme Él se valió de mis temores, de mis incertidumbres y mis dudas cuando era adolescente. Fijó su mirada en mí y punto. Es que cuando decidí entrar al seminario yo era un manojo de dudas, de confusiones, de temores. No sabía realmente que era lo que quería hacer en la vida. No sé si mis otros hermanos sacerdotes tenían ya una diáfana certeza de lo que querían cuando entraron en el seminario, pero no fue el caso mío.

Más aún, pedí la ordenación y mis inquietudes más profundas mantenían siempre alguna fuerza. ¿Quién de mis hermanos sacerdotes tenía total y plena certeza de su vocación al momento de ordenarse? Si los hay, los felicito. Pues para mí fue sólo la gracia de Dios la que me empujó a tomar la decisión de pedir ser ordenado, porque en mi interior algo todavía temblaba y se estremecía frente a tan grande decisión. Puedo decir que lo que hice fue un gran acto de fe. Pero la fe ya es un regalo/don de Dios. Hice un acto de fe sobre mí mismo y un acto de total confianza en Dios. Recuerdo que en aquellos días la frase que resonaba en mi corazón, como una constante plegaria, era aquella de Charles de Foucault: “Padre, me pongo en tus manos, has de mi lo que quieras, sea lo que sea”. Creo que Dios también tuvo un poco de fe en mí, puesto que dejó que las cosas siguieran su curso. No hay duda que otro quien debió hacer un acto de fe fue mi obispo, pues yo era el primer sacerdote que él debía ordenar. No es fácil confiar una misión tan delicada como el sacerdocio a una persona. Todo obispo lo hace y manifiesta así una gran confianza y fe en el ordenado.

¿Por qué soy sacerdote? Por pura misericordia de Dios. Es parte de los misterios que el Buen Señor tendrá que revelarnos cuando lleguemos ante su presencia. Yo no lo comprendo todavía. Pero de algo estoy seguro, y lo puedo gritar a todos los vientos: “¡Gracias Señor por haberme elegido!”. No me canso de agradecer al Señor este don inmerecido. Pasaron ya ocho años, pero para mí no son más que ocho meses. Me siento siempre en punto de inicio. Siempre encuentro cosas nuevas y apasionantes que el Buen Señor me pone por delante. Me siento totalmente conducido por alguien que es totalmente superior a mí. Siempre hay alguien que me precede, que está delante de mí, que me prepara el camino y guía los pasos que debo dar.

¿Que todo ha sido color de rosas? NO!!! Ha habido lágrimas, desconciertos, confusiones, crisis, y sé que todavía los habrá. ¿Ha habido pecado, error, necedades, imprudencias, y un largo etc.?, Sí. ¡Lo sabrán los que me conocen! Pero le pido al Señor que me proteja y me permita crecer, superar, evitar y desterrar todos los pecados, imprudencias y necedades que se me presenten en el futuro. Pero en toda esta experiencia, lo repito, siempre hay alguien que me precede, que me prepara el camino. Estoy descubriendo que el sacerdocio es una gran aventura que no tiene final. Si alguien es amante de las aventuras más emocionantes, bueno, que sea valiente y se meta en esta aventura. Muchos piensan que es cosa de locos ser sacerdote hoy, que es desperdiciar la vida (¡Cuantas veces he escuchado eso!), que no sirve de nada. Bueno, cada quien tiene derecho a hacer sus propios juicios, pero no puede juzgar por otro. Yo no puedo juzgar que el matrimonio sea imposible, complicado, duro, etc., si no vivo esa vocación.

Por eso les suplico a todos ustedes elevar una ferviente plegaria por todos los que hemos sido llamados a tan delicadas vocaciones: por los sacerdotes y por los matrimonios. Cada vocacionado debe responder fielmente a su vocación y encontrar el camino de felicidad viviendo intensamente ese llamado. Ninguna vocación vivida a medias puede ser causa de felicidad. Que el Señor nos conceda vivir a plenitud el llamado que ha cada uno ha regalado. Repito, toda vocación, como lo es el sacerdocio, es pura gracia y misericordia de Dios. San Juan María Vianney, patrono de los sacerdotes, ruega por nosotros.

Hasta la próxima.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

¡NO TEMAS!




Recopilado por:
Pbro. Ramón O. Lara Palma

Un excelente libro que leí hace algunos meses, de Carlos G. Vallés, titulado precisamente con esa exclamación: “¡No temas!”, termina con estas reflexiones que ahora les comparto en modo completo:

«Cuando los ángeles anunciaron el nacimiento de Jesús a los pastores de Belén sus primeras palabras fueron: “¡no teman!”; y cuando llevaron a las santas mujeres en Jerusalén la buena nueva de la resurrección de Jesús, comenzaron también por decir: “¡no teman!”. Todo indica que el mensaje que Jesús vino a traer a hombres y mujeres con su presencia en la tierra y su muerte en la cruz era el destierro del miedo de nuestros corazones. Y también indica que ese mensaje no encuentra mucho eco en general, ya que los ángeles tienen que repetir al final lo que dijeron al principio. La última lección en los manuales angélicos para ayuda de la humanidad es la misma que la primera: “¡No teman!”.

“¿Por qué temes, hombre de poca fe?”, “Levántate y no temas”, “no temas, hija de Sión”. El mismo mensaje les llega a Zacarías, a Pedro, a los discípulos, a las multitudes, la misma alegre noticia que va a cambiar la faz del mundo. No temas. Es una era nueva. Somos libres. No estamos ya en cautividad, y no hemos de volver a temer a las fuerzas de la naturaleza, al poder de las tinieblas o a los escrúpulos de nuestra propia alma.

Cuando el hombre y la mujer rompieron su primera inocencia en el paraíso, su primera e inmediata reacción fue el miedo: “Oí el sonido de tus pasos en el jardín, y tuve miedo”. Y con miedo continuaron hombres y mujeres por desiertos y ciudades de día y de noche en soledad y en sociedad, dondequiera que estuvieran e hicieran lo que hicieran. Temerosos de los pasos de Dios, temerosos de sus propios pasos; temerosos de amigos y enemigos, temerosos de vivir y de morir. Larga cadena de miedos desde el primer aliento hasta el último en el valle de las sombras. Desde que el hombre y la mujer perdieron su inocencia, quedaron condenados a vivir bajo el miedo.

Y el miedo redujo su alegría. Una espada de Dámocles colgaba sobre cada placer, y su amenaza amargaba el gozo. Vive, pero has de morir; come, pero puedes ser envenenado; viaja, pero puedes tener un accidente, ama, pero puedes sufrir. Cada actividad humana tenía su sombra oscura, y la comida se mezclaba con cenizas en la boca. La posesión de un tesoro quedaba vinculada para siempre al miedo de perderlo; y el desprendimiento de vivir sin tesoros conlleva el mayor miedo de cuánto durará el desprendimiento en un mundo de apegos. Nada es firme, nada es seguro; y una vida sin seguridad es una vida de temores.

La inseguridad nos ataca los nervios. Nos ponemos tensos, y proyectamos nuestras tensiones sobre el mundo que nos rodea. Vemos a los demás como enemigos, y a las oportunidades como amenazas. El trabajo es competencia, y la vida es un campo de batalla. Tenemos los peligros que conocemos, y más aún los que no conocemos pero sospechamos a la vuelta de cada esquina. El miedo que tiene nombre pierde su filo, pero el miedo sin nombre, el fantasma sin rostro, el ataque sin dirección aturde a la mente y paraliza el cuerpo. Miedos sin nombre que llenan de terror oscuro la existencia humana.

La redención es la liberación del miedo. Levanta la vista, llena tus pulmones, yergue la cabeza, abre la sonrisa, y da la bienvenida a la vida. El poder de la confianza y la alegría del coraje. Ese es el mensaje de la redención. La facultad de presentarse sin temor ante Dios, y en consecuencia ante el mundo entero y toda la creación para trabajar en libertad y vivir con alegría. Eso es lo que Jesús vino a hacer a la tierra.

La vida es bella, la naturaleza es amable, el sufrimiento tiene sentido y la muerte lleva a la vida, (si tenemos fe, que hace crecer la esperanza y consuela con el amor). No ignoramos el sufrimiento ni tratamos de ocultarlo ni de evitarlo cuando es inevitable, pero sí buscamos en Cristo la conquista de ese miedo irracional de sufrimientos futuros e imaginarios que nos hacen sufrir antes de llegar y nos estropean la vida antes de vivirla. Haremos frente al sufrimiento cuando llegue, como no dejará de llegar en la prueba que es esta vida, pero nos negamos a que nos acobarde su pensamiento, nos atormente su sospecha, nos hiera su miedo.

Tomamos las cosas como vienen, y la vida como es. Cuando aparece en el horizonte una nube negra, nos damos cuenta de ellos y tomamos nota, pero no perdemos la calma que ahora disfrutamos bajo el sol por el temor de la tormenta que se avecina. Es posible que la tormenta se disipe para cuando llegue aquí, pero si descarga sobre nuestras cabezas ya sabremos refugiarnos a tiempo, o en el peor de los casos nos mojaremos, y ya nos cambiaremos de ropa y repararemos los daños que pueda haber causado. Pero no nos desanimamos de antemano.

Encontramos el valor que derrota al miedo en nuestra fe en Jesús, que ha caminado los caminos de la vida por delante de nosotros, y ahora está a nuestro lado para llevarnos a la victoria con él. “No hay aflicción, penalidad, persecución, hambre, desnudez, peligro o muerte que pueda separarnos del amor de Cristo”, dijo san Pablo. Y Juan ofreció el último eslabón en la cadena de oro: “El amor perfecto acaba con el miedo”. Jesús sella nuestro amor, y su amor elimina el miedo de nuestras vidas.

Bendición final de Jesús para todos los que lo aman: “No teman. Yo he vencido al mundo”».

Hasta la próxima.