Pbro. Ramón O. Lara Palma
Mil y una respuestas pueden darse a esta pregunta. Puede responderse desde el campo de la teología, desde la sociología, desde la psicología, etc., etc. Puede darse una respuesta impersonal, genérica; puede ser profunda o puede ser vaga. La pueden responder expertos o inexpertos. Pero en este caso la quiero responder yo, que no soy ni experto, ni profundo, ni docto, ni nada por el estilo. La quiero responder yo como una exigencia que nace de mi propia identidad. Lo quiero hacer en sentido de confidencia para con aquellos que leen este espacio y lo hago porque se acercan los aniversarios de la ordenación de muchos hermanos sacerdotes de la diócesis y porque en estos días este servidor también recuerda que hace ocho años las manos del obispo le fueron impuestas y con la oración consacratoria fue constituido sacerdote de la nueva alianza.
No quiero responder la pregunta desde ninguna de las perspectivas que he mencionado. La quiero responder sólo desde lo que encuentro en lo profundo de mi corazón. Bien podría escribir este artículo documentándome con bibliografía docta y hacer algo erudito. Pero no es eso lo que quiero hacer. Quiero sólo confesarme con usted querido lector y compartir algo de lo que hay en mi interior, al mismo tiempo animarle a pedir al buen Dios por mi ministerio y por la de todos los ministros del mundo.
Si alguien me hiciera esa pregunta a rajatabla seguramente respondería con un: “¡No sé!”. ¿Cómo puede saber un enamorado por qué está enamorado? ¿Cómo puede dar explicación una madre por qué ama a su tierno hijo? Respuestas categóricas y matemáticas no existen ante estas experiencias. Para responder a esa pregunta el Papa Juan Pablo II ocupó todo un libro, que sugestivamente lo tituló “Don y Misterio”. Es apasionante leer ese libro, porque es el testimonio de una vocación, de un vocacionado, que ante la pregunta sobre su vocación responde que ante todo es un regalo, un don de Dios y nada más. El resto es misterio.
Lo mismo puedo decir yo, y lo digo con toda humildad: soy sacerdote por pura misericordia de Dios. Es un regalo que el Señor me ha dado. No lo merezco, porque si hablamos de méritos estaría perdido. Sólo puedo decir que él me llamó por pura misericordia y compasión. Es que no fui yo quien lo elegí, fue Él quien me eligió a mí. Y lo puedo decir con mucha vergüenza, pero con sinceridad: para llamarme Él se valió de mis temores, de mis incertidumbres y mis dudas cuando era adolescente. Fijó su mirada en mí y punto. Es que cuando decidí entrar al seminario yo era un manojo de dudas, de confusiones, de temores. No sabía realmente que era lo que quería hacer en la vida. No sé si mis otros hermanos sacerdotes tenían ya una diáfana certeza de lo que querían cuando entraron en el seminario, pero no fue el caso mío.
Más aún, pedí la ordenación y mis inquietudes más profundas mantenían siempre alguna fuerza. ¿Quién de mis hermanos sacerdotes tenía total y plena certeza de su vocación al momento de ordenarse? Si los hay, los felicito. Pues para mí fue sólo la gracia de Dios la que me empujó a tomar la decisión de pedir ser ordenado, porque en mi interior algo todavía temblaba y se estremecía frente a tan grande decisión. Puedo decir que lo que hice fue un gran acto de fe. Pero la fe ya es un regalo/don de Dios. Hice un acto de fe sobre mí mismo y un acto de total confianza en Dios. Recuerdo que en aquellos días la frase que resonaba en mi corazón, como una constante plegaria, era aquella de Charles de Foucault: “Padre, me pongo en tus manos, has de mi lo que quieras, sea lo que sea”. Creo que Dios también tuvo un poco de fe en mí, puesto que dejó que las cosas siguieran su curso. No hay duda que otro quien debió hacer un acto de fe fue mi obispo, pues yo era el primer sacerdote que él debía ordenar. No es fácil confiar una misión tan delicada como el sacerdocio a una persona. Todo obispo lo hace y manifiesta así una gran confianza y fe en el ordenado.
¿Por qué soy sacerdote? Por pura misericordia de Dios. Es parte de los misterios que el Buen Señor tendrá que revelarnos cuando lleguemos ante su presencia. Yo no lo comprendo todavía. Pero de algo estoy seguro, y lo puedo gritar a todos los vientos: “¡Gracias Señor por haberme elegido!”. No me canso de agradecer al Señor este don inmerecido. Pasaron ya ocho años, pero para mí no son más que ocho meses. Me siento siempre en punto de inicio. Siempre encuentro cosas nuevas y apasionantes que el Buen Señor me pone por delante. Me siento totalmente conducido por alguien que es totalmente superior a mí. Siempre hay alguien que me precede, que está delante de mí, que me prepara el camino y guía los pasos que debo dar.
¿Que todo ha sido color de rosas? NO!!! Ha habido lágrimas, desconciertos, confusiones, crisis, y sé que todavía los habrá. ¿Ha habido pecado, error, necedades, imprudencias, y un largo etc.?, Sí. ¡Lo sabrán los que me conocen! Pero le pido al Señor que me proteja y me permita crecer, superar, evitar y desterrar todos los pecados, imprudencias y necedades que se me presenten en el futuro. Pero en toda esta experiencia, lo repito, siempre hay alguien que me precede, que me prepara el camino. Estoy descubriendo que el sacerdocio es una gran aventura que no tiene final. Si alguien es amante de las aventuras más emocionantes, bueno, que sea valiente y se meta en esta aventura. Muchos piensan que es cosa de locos ser sacerdote hoy, que es desperdiciar la vida (¡Cuantas veces he escuchado eso!), que no sirve de nada. Bueno, cada quien tiene derecho a hacer sus propios juicios, pero no puede juzgar por otro. Yo no puedo juzgar que el matrimonio sea imposible, complicado, duro, etc., si no vivo esa vocación.
Por eso les suplico a todos ustedes elevar una ferviente plegaria por todos los que hemos sido llamados a tan delicadas vocaciones: por los sacerdotes y por los matrimonios. Cada vocacionado debe responder fielmente a su vocación y encontrar el camino de felicidad viviendo intensamente ese llamado. Ninguna vocación vivida a medias puede ser causa de felicidad. Que el Señor nos conceda vivir a plenitud el llamado que ha cada uno ha regalado. Repito, toda vocación, como lo es el sacerdocio, es pura gracia y misericordia de Dios. San Juan María Vianney, patrono de los sacerdotes, ruega por nosotros.
Hasta la próxima.
Mil y una respuestas pueden darse a esta pregunta. Puede responderse desde el campo de la teología, desde la sociología, desde la psicología, etc., etc. Puede darse una respuesta impersonal, genérica; puede ser profunda o puede ser vaga. La pueden responder expertos o inexpertos. Pero en este caso la quiero responder yo, que no soy ni experto, ni profundo, ni docto, ni nada por el estilo. La quiero responder yo como una exigencia que nace de mi propia identidad. Lo quiero hacer en sentido de confidencia para con aquellos que leen este espacio y lo hago porque se acercan los aniversarios de la ordenación de muchos hermanos sacerdotes de la diócesis y porque en estos días este servidor también recuerda que hace ocho años las manos del obispo le fueron impuestas y con la oración consacratoria fue constituido sacerdote de la nueva alianza.
No quiero responder la pregunta desde ninguna de las perspectivas que he mencionado. La quiero responder sólo desde lo que encuentro en lo profundo de mi corazón. Bien podría escribir este artículo documentándome con bibliografía docta y hacer algo erudito. Pero no es eso lo que quiero hacer. Quiero sólo confesarme con usted querido lector y compartir algo de lo que hay en mi interior, al mismo tiempo animarle a pedir al buen Dios por mi ministerio y por la de todos los ministros del mundo.
Si alguien me hiciera esa pregunta a rajatabla seguramente respondería con un: “¡No sé!”. ¿Cómo puede saber un enamorado por qué está enamorado? ¿Cómo puede dar explicación una madre por qué ama a su tierno hijo? Respuestas categóricas y matemáticas no existen ante estas experiencias. Para responder a esa pregunta el Papa Juan Pablo II ocupó todo un libro, que sugestivamente lo tituló “Don y Misterio”. Es apasionante leer ese libro, porque es el testimonio de una vocación, de un vocacionado, que ante la pregunta sobre su vocación responde que ante todo es un regalo, un don de Dios y nada más. El resto es misterio.
Lo mismo puedo decir yo, y lo digo con toda humildad: soy sacerdote por pura misericordia de Dios. Es un regalo que el Señor me ha dado. No lo merezco, porque si hablamos de méritos estaría perdido. Sólo puedo decir que él me llamó por pura misericordia y compasión. Es que no fui yo quien lo elegí, fue Él quien me eligió a mí. Y lo puedo decir con mucha vergüenza, pero con sinceridad: para llamarme Él se valió de mis temores, de mis incertidumbres y mis dudas cuando era adolescente. Fijó su mirada en mí y punto. Es que cuando decidí entrar al seminario yo era un manojo de dudas, de confusiones, de temores. No sabía realmente que era lo que quería hacer en la vida. No sé si mis otros hermanos sacerdotes tenían ya una diáfana certeza de lo que querían cuando entraron en el seminario, pero no fue el caso mío.
Más aún, pedí la ordenación y mis inquietudes más profundas mantenían siempre alguna fuerza. ¿Quién de mis hermanos sacerdotes tenía total y plena certeza de su vocación al momento de ordenarse? Si los hay, los felicito. Pues para mí fue sólo la gracia de Dios la que me empujó a tomar la decisión de pedir ser ordenado, porque en mi interior algo todavía temblaba y se estremecía frente a tan grande decisión. Puedo decir que lo que hice fue un gran acto de fe. Pero la fe ya es un regalo/don de Dios. Hice un acto de fe sobre mí mismo y un acto de total confianza en Dios. Recuerdo que en aquellos días la frase que resonaba en mi corazón, como una constante plegaria, era aquella de Charles de Foucault: “Padre, me pongo en tus manos, has de mi lo que quieras, sea lo que sea”. Creo que Dios también tuvo un poco de fe en mí, puesto que dejó que las cosas siguieran su curso. No hay duda que otro quien debió hacer un acto de fe fue mi obispo, pues yo era el primer sacerdote que él debía ordenar. No es fácil confiar una misión tan delicada como el sacerdocio a una persona. Todo obispo lo hace y manifiesta así una gran confianza y fe en el ordenado.
¿Por qué soy sacerdote? Por pura misericordia de Dios. Es parte de los misterios que el Buen Señor tendrá que revelarnos cuando lleguemos ante su presencia. Yo no lo comprendo todavía. Pero de algo estoy seguro, y lo puedo gritar a todos los vientos: “¡Gracias Señor por haberme elegido!”. No me canso de agradecer al Señor este don inmerecido. Pasaron ya ocho años, pero para mí no son más que ocho meses. Me siento siempre en punto de inicio. Siempre encuentro cosas nuevas y apasionantes que el Buen Señor me pone por delante. Me siento totalmente conducido por alguien que es totalmente superior a mí. Siempre hay alguien que me precede, que está delante de mí, que me prepara el camino y guía los pasos que debo dar.
¿Que todo ha sido color de rosas? NO!!! Ha habido lágrimas, desconciertos, confusiones, crisis, y sé que todavía los habrá. ¿Ha habido pecado, error, necedades, imprudencias, y un largo etc.?, Sí. ¡Lo sabrán los que me conocen! Pero le pido al Señor que me proteja y me permita crecer, superar, evitar y desterrar todos los pecados, imprudencias y necedades que se me presenten en el futuro. Pero en toda esta experiencia, lo repito, siempre hay alguien que me precede, que me prepara el camino. Estoy descubriendo que el sacerdocio es una gran aventura que no tiene final. Si alguien es amante de las aventuras más emocionantes, bueno, que sea valiente y se meta en esta aventura. Muchos piensan que es cosa de locos ser sacerdote hoy, que es desperdiciar la vida (¡Cuantas veces he escuchado eso!), que no sirve de nada. Bueno, cada quien tiene derecho a hacer sus propios juicios, pero no puede juzgar por otro. Yo no puedo juzgar que el matrimonio sea imposible, complicado, duro, etc., si no vivo esa vocación.
Por eso les suplico a todos ustedes elevar una ferviente plegaria por todos los que hemos sido llamados a tan delicadas vocaciones: por los sacerdotes y por los matrimonios. Cada vocacionado debe responder fielmente a su vocación y encontrar el camino de felicidad viviendo intensamente ese llamado. Ninguna vocación vivida a medias puede ser causa de felicidad. Que el Señor nos conceda vivir a plenitud el llamado que ha cada uno ha regalado. Repito, toda vocación, como lo es el sacerdocio, es pura gracia y misericordia de Dios. San Juan María Vianney, patrono de los sacerdotes, ruega por nosotros.
Hasta la próxima.
Que bonito lo expresas sobre tu vocacion, que me alegra que te sientas seguro de lo que haces, se siente que lo sacas de tu interior y con mucha seguridad y confianza, rezaremos para que siempre tengas esa dicha de sentirte feliz de lo que haces y que siempre tengas la vendicion de Dios para que sigas alcanzando tus suenos, con divina providencia y voluntas del senor rezare para que sigas en tu vocacion
ResponderEliminarPrimeramente felicitarlo, por aceptar el llamado de Dios, estoy segura que usted es un regalo que Dios nos quizo dar a todos los que le conocemos,gracias por inundarnos de esa fé gozosa y por renunciar a su familia por formar parte de la familia de todos.
ResponderEliminarOraremos para que Dios lo bendiga, y le de la fuerza de que nada, ni nadie le perturbe la paz de su espíritu.