
HISTORIA DE UN ALMA DE TERESA DE LISIEUX
UNA LECTURA COMPARATIVA
UNA LECTURA COMPARATIVA
Pbro. Ramón O. Lara
Seminario Santiago Apóstol
Confieso que la veta espiritual que Santa Teresa ha abierto con su gran experiencia de Dios, testimoniada en “Historia de una alma”, no había sido de mucho interés para mí. Particularmente por el lenguaje con que se habla acerca de esa experiencia espiritual, es decir, conceptos como: “caminito”, “infancia espiritual”, “florecilla de Jesús”, “el pequeño pajarillo”, “ofrecimiento de florecillas”, “el pincelito”, etc. Es un lenguaje que contrasta con la sensibilidad que se había desarrollado en mí a partir de la lectura de varios autores del siglo veinte, particularmente con la lectura de Dietrich Bonhoeffer y su obra póstuma “Resistencia y sumisión”. En tal obra los conceptos son diametralmente diversos. Bonhoeffer habla de “cristianismo adulto”, de “mundo adulto”, de “mundo sin Dios”, “cristianismo sin religión”, etc.
Quiero aclarar que la lectura de Historia de un Alma ha estado matizada y asimilada a partir de este filtro previo, a partir de este casi prejuicio. Sin embargo, al final de esa lectura, que resultó ser una “lectura comparativa”, no me queda más que confirmar mis convicciones teológicas pero enriquecidas con una luz diversa que me ha ofrecido la santa del Carmelo de Lisieux. Puedo decir que con la lectura de Historia de un Alma he descubierto una faceta de mi vida espiritual que había descuidado profundamente: la experiencia de la ternura del amor de Dios experimentado en las cosas simples y pequeñas de la vida.
He caído en la cuenta de que el “cristiano adulto”, que debe estar presente en este “mundo adulto y sin Dios”, es el mismo cristiano que debe ante todo “hacerse como niño para poder entrar en el Reino de los cielos”. Al final he captado que tanto la experiencia dramática de la guerra que vivió Bonhoeffer tiene el mismo temple de la experiencia aparentemente sosegada y tranquila de un monasterio del Carmelo, como lo vivió Teresa. El primero busca a Dios en medio del drama del horror de una guerra y la otra lo busca en medio de la batalla campal contra sí misma, en búsqueda de una perfecta pureza espiritual. En ambos casos, creo no equivocarme, llegan al mismo lugar o a similar experiencia espiritual: la experiencia de total y auténtico abandono en Dios. La infancia espiritual de Teresa y la adultez cristiana de Bonhoeffer vienen a ser lo mismo: el verdaderamente adulto en el espíritu es el que se ha “hecho niño”, o sea, el que se abandona totalmente en Dios pero un Dios que hace madurar en el amor.
A continuación presento algunos párrafos emblemáticos en los que encontramos algunas ideas centrales de este maestro del espíritu. Luego hago otra valoración ampliada de esos párrafos, centrándome especialmente en la Santa de Lisieux.
A. El cristianismo adulto: Dietrich Bonhoeffer
“El mundo adulto – sentenciará provocativamente D. Bonhoeffer - es más ateo y, por tanto, está posiblemente más cerca de Dios que el mundo no adulto” (Resistencia y Sumisión, 254). La mayoría de edad, para Bonhoeffer, lleva a reconocer la singularidad de la relación con Dios: “Dios nos hace saber que hemos de vivir como hombres que logran vivir sin Dios. ¡El Dios que está con nosotros es el Dios que nos abandona (Mc 15, 34)! El Dios que nos hace vivir en el mundo sin la hipótesis de trabajo Dios, es el Dios ante el cual nos hallamos constantemente. Ante Dios y con Dios vivimos sin Dios. Dios, clavado en la cruz, permite que lo echen del mundo. Dios es impotente y débil, y precisamente sólo así está Dios con nosotros y nos ayuda. Mt 8, 17 indica claramente que Cristo no nos ayuda por su omnipotencia, sino por su debilidad y por sus sufrimientos” (Ibid., 252).
Dios ya no es el Deus ex machina pretendidamente todopoderoso, hecho a medida de nuestras concepciones del poder, al que se puede apelar cuando uno está escaso de soluciones, sino que el Dios de la Revelación es el que nos abandona, el que nos salva por su receso y su impotencia en este mundo. Este es el Dios revelado, el Dios que ninguna sabiduría humana, ninguna religión, se ha atrevido a proponer.
"Las personas religiosas hablan de Dios cuando los conocimientos humanos (a veces por pereza) chocan con sus límites o cuando las fuerzas humanas fallan. En el fondo se trata de un deus ex machina que ellos hacen salir a escena para resolver problemas aparentemente insolubles o para intervenir en ayuda de la impotencia humana. En una palabra: explotan siempre la debilidad y los límites de los seres humanos. Evidentemente, esta manera de actuar sólo puede durar hasta el día en que los seres humanos, con sus propias fuerzas, harán retroceder un poco sus límites y en que el deus ex machina resultará superfluo" (Ibid., 163).
Y prosigue:
"Me gustaría hablar de Dios, no en los límites, sino en el centro, no en la debilidad, sino en la fuerza, no a propósito de la muerte y de la falta, sino en la vida y la bondad del ser humano. En los límites, me parece preferible callarse y dejar sin resolver lo que no tiene solución (...). Dios está en el centro de nuestra vida, estando más allá de ella".
Bonhoeffer piensa a Dios en la positividad, en el centro de la realidad. El Dios viviente ha creado y crea el mundo. Éste posee su autonomía. Reposa en la mano de Dios. Y por esto Dios no tiene necesidad de intervenir en él de modo visible o milagroso. Pues, como Creador que es, constituye el centro absoluto de la realidad.
Quiero aclarar que la lectura de Historia de un Alma ha estado matizada y asimilada a partir de este filtro previo, a partir de este casi prejuicio. Sin embargo, al final de esa lectura, que resultó ser una “lectura comparativa”, no me queda más que confirmar mis convicciones teológicas pero enriquecidas con una luz diversa que me ha ofrecido la santa del Carmelo de Lisieux. Puedo decir que con la lectura de Historia de un Alma he descubierto una faceta de mi vida espiritual que había descuidado profundamente: la experiencia de la ternura del amor de Dios experimentado en las cosas simples y pequeñas de la vida.
He caído en la cuenta de que el “cristiano adulto”, que debe estar presente en este “mundo adulto y sin Dios”, es el mismo cristiano que debe ante todo “hacerse como niño para poder entrar en el Reino de los cielos”. Al final he captado que tanto la experiencia dramática de la guerra que vivió Bonhoeffer tiene el mismo temple de la experiencia aparentemente sosegada y tranquila de un monasterio del Carmelo, como lo vivió Teresa. El primero busca a Dios en medio del drama del horror de una guerra y la otra lo busca en medio de la batalla campal contra sí misma, en búsqueda de una perfecta pureza espiritual. En ambos casos, creo no equivocarme, llegan al mismo lugar o a similar experiencia espiritual: la experiencia de total y auténtico abandono en Dios. La infancia espiritual de Teresa y la adultez cristiana de Bonhoeffer vienen a ser lo mismo: el verdaderamente adulto en el espíritu es el que se ha “hecho niño”, o sea, el que se abandona totalmente en Dios pero un Dios que hace madurar en el amor.
A continuación presento algunos párrafos emblemáticos en los que encontramos algunas ideas centrales de este maestro del espíritu. Luego hago otra valoración ampliada de esos párrafos, centrándome especialmente en la Santa de Lisieux.
A. El cristianismo adulto: Dietrich Bonhoeffer
“El mundo adulto – sentenciará provocativamente D. Bonhoeffer - es más ateo y, por tanto, está posiblemente más cerca de Dios que el mundo no adulto” (Resistencia y Sumisión, 254). La mayoría de edad, para Bonhoeffer, lleva a reconocer la singularidad de la relación con Dios: “Dios nos hace saber que hemos de vivir como hombres que logran vivir sin Dios. ¡El Dios que está con nosotros es el Dios que nos abandona (Mc 15, 34)! El Dios que nos hace vivir en el mundo sin la hipótesis de trabajo Dios, es el Dios ante el cual nos hallamos constantemente. Ante Dios y con Dios vivimos sin Dios. Dios, clavado en la cruz, permite que lo echen del mundo. Dios es impotente y débil, y precisamente sólo así está Dios con nosotros y nos ayuda. Mt 8, 17 indica claramente que Cristo no nos ayuda por su omnipotencia, sino por su debilidad y por sus sufrimientos” (Ibid., 252).
Dios ya no es el Deus ex machina pretendidamente todopoderoso, hecho a medida de nuestras concepciones del poder, al que se puede apelar cuando uno está escaso de soluciones, sino que el Dios de la Revelación es el que nos abandona, el que nos salva por su receso y su impotencia en este mundo. Este es el Dios revelado, el Dios que ninguna sabiduría humana, ninguna religión, se ha atrevido a proponer.
"Las personas religiosas hablan de Dios cuando los conocimientos humanos (a veces por pereza) chocan con sus límites o cuando las fuerzas humanas fallan. En el fondo se trata de un deus ex machina que ellos hacen salir a escena para resolver problemas aparentemente insolubles o para intervenir en ayuda de la impotencia humana. En una palabra: explotan siempre la debilidad y los límites de los seres humanos. Evidentemente, esta manera de actuar sólo puede durar hasta el día en que los seres humanos, con sus propias fuerzas, harán retroceder un poco sus límites y en que el deus ex machina resultará superfluo" (Ibid., 163).
Y prosigue:
"Me gustaría hablar de Dios, no en los límites, sino en el centro, no en la debilidad, sino en la fuerza, no a propósito de la muerte y de la falta, sino en la vida y la bondad del ser humano. En los límites, me parece preferible callarse y dejar sin resolver lo que no tiene solución (...). Dios está en el centro de nuestra vida, estando más allá de ella".
Bonhoeffer piensa a Dios en la positividad, en el centro de la realidad. El Dios viviente ha creado y crea el mundo. Éste posee su autonomía. Reposa en la mano de Dios. Y por esto Dios no tiene necesidad de intervenir en él de modo visible o milagroso. Pues, como Creador que es, constituye el centro absoluto de la realidad.
La respuesta adulta pasa, en definitiva, por “reconocer que hemos de vivir en el mundo ‘etsi deus non daretur’ (‘aunque no existiese Dios’). Y esto es precisamente lo que reconocemos… ¡ante Dios!; es el mismo Dios quien nos obliga a dicho reconocimiento” (E. BETHGE, “Dietrich Bonhoeffer. Teólogo – cristiano – hombre actual”, p. 252).
Sin embargo, en los momentos de trance, donde el drama de la muerte, la injusticia y el terror que se vive dentro del campo de concentración, es cuando el teólogo llega a afirmar, a través de una oración: “¡Oh Dios! A ti te invoco al inicio del día. Ayúdame a orar y a concentrar mis pensamientos en ti; no lo logro por mí mismo. Reina en mí la oscuridad pero en ti está la luz; estoy solo, pero tú no me abandonas; estoy desalentado, pero en ti está la ayuda; estoy intranquilo, pero en ti la paz; la amargura me domina, pero en ti está la paciencia; no comprendo tus caminos, pero tú sabes el camino para mi” (Oración de navidad de 1943). Una experiencia que no está lejos de lo vivido por la doctora del Carmelo de Lisieux.
B. La infancia espiritual: Teresa de Lisieux

Batalla contra sí misma
La aparente vida sosegada de un monasterio contrasta con las afirmaciones de la santa. La experiencia de purificación mística tiene un fuerte calado de amargura y de dolor: “No, no temía. Esperaba que muy pronto fuera mío el reino del Carmelo. No pensaba entonces en aquellas otras palabras de Jesús: «Yo os transmito el reino como me lo transmitió mi Padre a mí». Es decir, te reservo cruces y tribulaciones; así te harás digna de poseer ese reino por el que suspiras. Si fue necesario que Cristo sufriera, para entrar así en su gloria, si tú quieres tener un sitio a su lado, ¡tendrás que beber el cáliz que él mismo bebió...! Ese cáliz me lo presentó el Santo Padre, y mis lágrimas fueron a mezclarse con la amarga bebida que se me ofrecía”.
Hacia el interior
Al igual que el gran obispo de Hipona, la pequeña mística de Lisieux inicia un camino de interiorización en el que encuentra la miseria y la gracia escondidas allá dentro: “Comprendí bien que la alegría no se halla en las cosas que nos rodean, sino en lo más íntimo de nuestra alma; se la puede poseer lo mismo en una prisión que en un palacio. La prueba está en que yo soy más feliz en el Carmelo, aun en medio de mis sufrimientos interiores y exteriores, que entonces en el mundo, rodeada de las comodidades de la vida y sobre todo de la ternura del hogar paterno”. La grandeza del hombre consiste, pues, en lo que hay en su interior.
Silencio de Dios
La lucha interior no apartó a la pequeña santa de las amargas desolaciones y de la aridez del espíritu, de lo que ya otros maestros espirituales habían hablado siglos anteriores: “Mi deseo de sufrir se vio colmado. No obstante, mi amor al sufrimiento no decreció, por lo que pronto mi alma participó también en los sufrimientos de mi corazón. La sequedad se hizo mi pan de cada día”. Basta leer este otro párrafo para comprender la hondura de su aridez espiritual: “Esos ejercicios, no sólo no me proporcionaron ningún consuelo, sino que en ellos la aridez más absoluta y casi casi el abandono fueron mis compañeros”. (…) “Yo sufría por aquel entonces grandes pruebas interiores de todo tipo (hasta llegar a preguntarme a veces si existía un cielo)”.
El caminito
Pero es allí, en la desolación, donde la santa de Lisieux descubre su “caminino espiritual”: “Me aplicaba, sobre todo, a la práctica de las virtudes pequeñas, al no tener facilidad para practicar las grandes…Las únicas que podía hacer sin pedir permiso (las prácticas de penitencia) consistían en mortificar mi amor propio, lo cual me aprovechaba mucho más que las penitencias corporales”.
Mi vocación es el amor
El camino de la pequeñez espiritual o sea del total abandono en Dio lleva a la búsqueda de la propia vocación, que para Teresa, en su sensibilidad interior consiste en el amar: “Sin embargo, siento en mi interior otras vocaciones: siento la vocación de guerrero, de sacerdote, de apóstol, de doctor, de mártir. En una palabra, siento la necesidad, el deseo de realizar por ti, Jesús, las más heroicas hazañas...” […]“La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto de diferentes miembros, no podía faltarle el más necesario, el más noble de todos ellos. Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que ese corazón estaba ardiendo de amor”.
“Entonces, al borde de mi alegría delirante, exclamé: ¡Jesús, amor mío..., al fin he encontrado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor...! Sí, he encontrado mi puesto en la Iglesia, y ese puesto, Dios mío, eres tú quien me lo ha dado... En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor... Así lo seré todo... ¡¡¡Así mi sueño se verá hecho realidad...!!!”. Pero no cualquier amor, porque “no basta con amar, hay que demostrarlo.” Igualmente, porque “los pensamientos más hermosos no son nada sin las obras”.
Caminito recorrido en obediencia
Si la vocación para Teresa era ser en el corazón de la Iglesia el amor, este amor se demuestra en las cosas concretas, pequeñas y cotidianas de la vida: “No tengo otra forma de demostrarte mi amor que arrojando flores, es decir, no dejando escapar ningún pequeño sacrificio, ni una sola mirada, ni una sola palabra, aprovechando hasta las más pequeñas cosas y haciéndolas por amor...” […] “Usted, Madre, sabe bien que yo siempre he deseado ser santa. Pero, ¡ay!, cuando me comparo con los santos, siempre constato que entre ellos y yo existe la misma diferencia que entre una montaña cuya cumbre se pierde en el cielo y el oscuro grano que los caminantes pisan al andar. Pero en vez de desanimarme, me he dicho a mí misma: Dios no puede inspirar deseos irrealizables; por lo tanto, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la santidad. Agrandarme es imposible; tendré que soportarme tal cual soy, con todas mis imperfecciones. Pero quiero buscar la forma de ir al cielo por un caminito muy recto y muy corto, por un caminito totalmente nuevo”. ¿Cómo es posible recorrerlo?
El ascensor espiritual: el confiarse totalmente en Dios
No por las propias fuerzas, sino por el total abandono a la gracia de Dios: “Y entonces fui, adivinando que había encontrado lo que buscaba. Y queriendo saber, Dios mío, lo que harías con el que pequeñito que responda a tu llamada, continué mi búsqueda, y he aquí lo que encontré: Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo; os llevaré en mis brazos y sobre mis rodillas os meceré. Nunca palabras más tiernas ni más melodiosas alegraron mi alma ¡El ascensor que ha de elevarme hasta el cielo son tus brazos, Jesús! Y para eso, no necesito crecer; al contrario, tengo que seguir siendo pequeña, tengo que empequeñecerme más y más”. Eh ahí el secreto. Ya san Pablo y san Agustín lo habían también advertido: “todo es gracia”.
Espíritu misionero
Habiendo encontrado la propia vocación en la Iglesia no queda otro paso que expandir, comunicar ese don a todos los que sea posible arribar: “Sé que, si Dios me llamara a tierras lejanas, ese obstáculo desaparecería. Por eso, vivo sin la menor inquietud”... “Si eso fuera lo que busco, no sentiría esta dulce paz que me inunda, e incluso sufriría por no poder hacer realidad mi vocación en las lejanas misiones”. La mejor contribución con la misión es “realizar, en profunda obediencia, la pequeña misión que Dios nos invita a realizar en el cotidiano vivir”. La misión está en el corazón de la Iglesia. Por tanto, si Teresa se considera ser “en corazón de su madre la Iglesia el amor”, no podía menos que sentir un intenso fervor misionero.
Vivo yo pero no soy yo, es Cristo quien vive en mi
Este es el culmen de todo místico, del que se deja arropar totalmente por la gracia divina: ser otros Cristo, vivir por Cristo, con Cristo y en Cristo. “Tú sabes bien que yo nunca podría amar a mis hermanas como tú las amas, si tú mismo, Jesús mío, no las amaras también en mí. …Sí, lo sé: cuando soy caritativa, es únicamente Jesús quien actúa en mí. Cuanto más unida estoy a él, más amo a todas mis hermanas”.
“Hace ya mucho tiempo que no me pertenezco a mí misma, vivo totalmente entregada a Jesús. Por lo tanto, él es libre de hacer de mí lo que le plazca. El me dio la vocación del destierro total, y me hizo comprender todos los sufrimientos que en él iba a encontrar, preguntándome si quería beber ese cáliz hasta las heces. Yo quise coger sin tardanza esa copa que Jesús me ofrecía; pero él, retirando la mano, me dio a entender que se conformaba con mi aceptación”.
“Siento que ya no necesito negarme todos los consuelos del corazón, pues mi alma está afianzada en el Único a quien quería amar. Veo feliz que, amándolo a él, el corazón se ensancha y que puede dar un cariño incomparablemente mayor a los que ama que si se encerrase en un amor egoísta e infructuoso”.
Conclusión
Ciertamente Bonhoeffer invita a una fe que no descanse en un “Dios tapa agujeros”, sino en el Dios manifestado en Jesucristo, el Dios de la kénosis, el Dios sufriente. Es a ese Dios al que debemos buscar y con quien debemos unirnos y abandonarnos totalmente. Precisamente esa fue la experiencia de Teresa de Lisieux. Teresita vivió una experiencia de un Dios cercano y tierno. El Padre y Esposo como ella lo llama. Un Dios ciertamente que no es el Deus ex machina, sino el Emmanuel, el que está con nosotros. El que nos acompaña en nuestras luchas externas e internas. El Dios que se da porque es el “Dios para” los más humildes, los pequeños, los que se confían y se abandonan en Él. Bonhoeffer y Teresa, por distintos caminos, llegaron al mismo destino: al Dios Amor.

