Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

jueves, 8 de septiembre de 2011

TERESA DE LISIEUX Y D. BONHOEFFER


HISTORIA DE UN ALMA DE TERESA DE LISIEUX
UNA LECTURA COMPARATIVA


Pbro. Ramón O. Lara
Seminario Santiago Apóstol

Confieso que la veta espiritual que Santa Teresa ha abierto con su gran experiencia de Dios, testimoniada en “Historia de una alma”, no había sido de mucho interés para mí. Particularmente por el lenguaje con que se habla acerca de esa experiencia espiritual, es decir, conceptos como: “caminito”, “infancia espiritual”, “florecilla de Jesús”, “el pequeño pajarillo”, “ofrecimiento de florecillas”, “el pincelito”, etc. Es un lenguaje que contrasta con la sensibilidad que se había desarrollado en mí a partir de la lectura de varios autores del siglo veinte, particularmente con la lectura de Dietrich Bonhoeffer y su obra póstuma “Resistencia y sumisión”. En tal obra los conceptos son diametralmente diversos. Bonhoeffer habla de “cristianismo adulto”, de “mundo adulto”, de “mundo sin Dios”, “cristianismo sin religión”, etc.

Quiero aclarar que la lectura de Historia de un Alma ha estado matizada y asimilada a partir de este filtro previo, a partir de este casi prejuicio. Sin embargo, al final de esa lectura, que resultó ser una “lectura comparativa”, no me queda más que confirmar mis convicciones teológicas pero enriquecidas con una luz diversa que me ha ofrecido la santa del Carmelo de Lisieux. Puedo decir que con la lectura de Historia de un Alma he descubierto una faceta de mi vida espiritual que había descuidado profundamente: la experiencia de la ternura del amor de Dios experimentado en las cosas simples y pequeñas de la vida.

He caído en la cuenta de que el “cristiano adulto”, que debe estar presente en este “mundo adulto y sin Dios”, es el mismo cristiano que debe ante todo “hacerse como niño para poder entrar en el Reino de los cielos”. Al final he captado que tanto la experiencia dramática de la guerra que vivió Bonhoeffer tiene el mismo temple de la experiencia aparentemente sosegada y tranquila de un monasterio del Carmelo, como lo vivió Teresa. El primero busca a Dios en medio del drama del horror de una guerra y la otra lo busca en medio de la batalla campal contra sí misma, en búsqueda de una perfecta pureza espiritual. En ambos casos, creo no equivocarme, llegan al mismo lugar o a similar experiencia espiritual: la experiencia de total y auténtico abandono en Dios. La infancia espiritual de Teresa y la adultez cristiana de Bonhoeffer vienen a ser lo mismo: el verdaderamente adulto en el espíritu es el que se ha “hecho niño”, o sea, el que se abandona totalmente en Dios pero un Dios que hace madurar en el amor.

A continuación presento algunos párrafos emblemáticos en los que encontramos algunas ideas centrales de este maestro del espíritu. Luego hago otra valoración ampliada de esos párrafos, centrándome especialmente en la Santa de Lisieux.

A. El cristianismo adulto: Dietrich Bonhoeffer

“El mundo adulto – sentenciará provocativamente D. Bonhoeffer - es más ateo y, por tanto, está posiblemente más cerca de Dios que el mundo no adulto” (Resistencia y Sumisión, 254). La mayoría de edad, para Bonhoeffer, lleva a reconocer la singularidad de la relación con Dios: “Dios nos hace saber que hemos de vivir como hombres que logran vivir sin Dios. ¡El Dios que está con nosotros es el Dios que nos abandona (Mc 15, 34)! El Dios que nos hace vivir en el mundo sin la hipótesis de trabajo Dios, es el Dios ante el cual nos hallamos constantemente. Ante Dios y con Dios vivimos sin Dios. Dios, clavado en la cruz, permite que lo echen del mundo. Dios es impotente y débil, y precisamente sólo así está Dios con nosotros y nos ayuda. Mt 8, 17 indica claramente que Cristo no nos ayuda por su omnipotencia, sino por su debilidad y por sus sufrimientos” (Ibid., 252).

Dios ya no es el Deus ex machina pretendidamente todopoderoso, hecho a medida de nuestras concepciones del poder, al que se puede apelar cuando uno está escaso de soluciones, sino que el Dios de la Revelación es el que nos abandona, el que nos salva por su receso y su impotencia en este mundo. Este es el Dios revelado, el Dios que ninguna sabiduría humana, ninguna religión, se ha atrevido a proponer.

"Las personas religiosas hablan de Dios cuando los conocimientos humanos (a veces por pereza) chocan con sus límites o cuando las fuerzas humanas fallan. En el fondo se trata de un deus ex machina que ellos hacen salir a escena para resolver problemas aparentemente insolubles o para intervenir en ayuda de la impotencia humana. En una palabra: explotan siempre la debilidad y los límites de los seres humanos. Evidentemente, esta manera de actuar sólo puede durar hasta el día en que los seres humanos, con sus propias fuerzas, harán retroceder un poco sus límites y en que el deus ex machina resultará superfluo" (Ibid., 163).

Y prosigue:

"Me gustaría hablar de Dios, no en los límites, sino en el centro, no en la debilidad, sino en la fuerza, no a propósito de la muerte y de la falta, sino en la vida y la bondad del ser humano. En los límites, me parece preferible callarse y dejar sin resolver lo que no tiene solución (...). Dios está en el centro de nuestra vida, estando más allá de ella".

Bonhoeffer piensa a Dios en la positividad, en el centro de la realidad. El Dios viviente ha creado y crea el mundo. Éste posee su autonomía. Reposa en la mano de Dios. Y por esto Dios no tiene necesidad de intervenir en él de modo visible o milagroso. Pues, como Creador que es, constituye el centro absoluto de la realidad.

La respuesta adulta pasa, en definitiva, por “reconocer que hemos de vivir en el mundo ‘etsi deus non daretur’ (‘aunque no existiese Dios’). Y esto es precisamente lo que reconocemos… ¡ante Dios!; es el mismo Dios quien nos obliga a dicho reconocimiento” (E. BETHGE, “Dietrich Bonhoeffer. Teólogo – cristiano – hombre actual”, p. 252).

Sin embargo, en los momentos de trance, donde el drama de la muerte, la injusticia y el terror que se vive dentro del campo de concentración, es cuando el teólogo llega a afirmar, a través de una oración: “¡Oh Dios! A ti te invoco al inicio del día. Ayúdame a orar y a concentrar mis pensamientos en ti; no lo logro por mí mismo. Reina en mí la oscuridad pero en ti está la luz; estoy solo, pero tú no me abandonas; estoy desalentado, pero en ti está la ayuda; estoy intranquilo, pero en ti la paz; la amargura me domina, pero en ti está la paciencia; no comprendo tus caminos, pero tú sabes el camino para mi” (Oración de navidad de 1943). Una experiencia que no está lejos de lo vivido por la doctora del Carmelo de Lisieux.

B. La infancia espiritual: Teresa de Lisieux

Batalla contra sí misma

La aparente vida sosegada de un monasterio contrasta con las afirmaciones de la santa. La experiencia de purificación mística tiene un fuerte calado de amargura y de dolor: “No, no temía. Esperaba que muy pronto fuera mío el reino del Carmelo. No pensaba entonces en aquellas otras palabras de Jesús: «Yo os transmito el reino como me lo transmitió mi Padre a mí». Es decir, te reservo cruces y tribulaciones; así te harás digna de poseer ese reino por el que suspiras. Si fue necesario que Cristo sufriera, para entrar así en su gloria, si tú quieres tener un sitio a su lado, ¡tendrás que beber el cáliz que él mismo bebió...! Ese cáliz me lo presentó el Santo Padre, y mis lágrimas fueron a mezclarse con la amarga bebida que se me ofrecía”.

Hacia el interior

Al igual que el gran obispo de Hipona, la pequeña mística de Lisieux inicia un camino de interiorización en el que encuentra la miseria y la gracia escondidas allá dentro: “Comprendí bien que la alegría no se halla en las cosas que nos rodean, sino en lo más íntimo de nuestra alma; se la puede poseer lo mismo en una prisión que en un palacio. La prueba está en que yo soy más feliz en el Carmelo, aun en medio de mis sufrimientos interiores y exteriores, que entonces en el mundo, rodeada de las comodidades de la vida y sobre todo de la ternura del hogar paterno”. La grandeza del hombre consiste, pues, en lo que hay en su interior.

Silencio de Dios

La lucha interior no apartó a la pequeña santa de las amargas desolaciones y de la aridez del espíritu, de lo que ya otros maestros espirituales habían hablado siglos anteriores: “Mi deseo de sufrir se vio colmado. No obstante, mi amor al sufrimiento no decreció, por lo que pronto mi alma participó también en los sufrimientos de mi corazón. La sequedad se hizo mi pan de cada día”. Basta leer este otro párrafo para comprender la hondura de su aridez espiritual: “Esos ejercicios, no sólo no me proporcionaron ningún consuelo, sino que en ellos la aridez más absoluta y casi casi el abandono fueron mis compañeros”. (…) “Yo sufría por aquel entonces grandes pruebas interiores de todo tipo (hasta llegar a preguntarme a veces si existía un cielo)”.

El caminito

Pero es allí, en la desolación, donde la santa de Lisieux descubre su “caminino espiritual”: “Me aplicaba, sobre todo, a la práctica de las virtudes pequeñas, al no tener facilidad para practicar las grandes…Las únicas que podía hacer sin pedir permiso (las prácticas de penitencia) consistían en mortificar mi amor propio, lo cual me aprovechaba mucho más que las penitencias corporales”.

Mi vocación es el amor

El camino de la pequeñez espiritual o sea del total abandono en Dio lleva a la búsqueda de la propia vocación, que para Teresa, en su sensibilidad interior consiste en el amar: “Sin embargo, siento en mi interior otras vocaciones: siento la vocación de guerrero, de sacerdote, de apóstol, de doctor, de mártir. En una palabra, siento la necesidad, el deseo de realizar por ti, Jesús, las más heroicas hazañas...” […]“La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto de diferentes miembros, no podía faltarle el más necesario, el más noble de todos ellos. Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que ese corazón estaba ardiendo de amor”.

“Entonces, al borde de mi alegría delirante, exclamé: ¡Jesús, amor mío..., al fin he encontrado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor...! Sí, he encontrado mi puesto en la Iglesia, y ese puesto, Dios mío, eres tú quien me lo ha dado... En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor... Así lo seré todo... ¡¡¡Así mi sueño se verá hecho realidad...!!!”. Pero no cualquier amor, porque “no basta con amar, hay que demostrarlo.” Igualmente, porque “los pensamientos más hermosos no son nada sin las obras”.

Caminito recorrido en obediencia

Si la vocación para Teresa era ser en el corazón de la Iglesia el amor, este amor se demuestra en las cosas concretas, pequeñas y cotidianas de la vida: “No tengo otra forma de demostrarte mi amor que arrojando flores, es decir, no dejando escapar ningún pequeño sacrificio, ni una sola mirada, ni una sola palabra, aprovechando hasta las más pequeñas cosas y haciéndolas por amor...” […] “Usted, Madre, sabe bien que yo siempre he deseado ser santa. Pero, ¡ay!, cuando me comparo con los santos, siempre constato que entre ellos y yo existe la misma diferencia que entre una montaña cuya cumbre se pierde en el cielo y el oscuro grano que los caminantes pisan al andar. Pero en vez de desanimarme, me he dicho a mí misma: Dios no puede inspirar deseos irrealizables; por lo tanto, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la santidad. Agrandarme es imposible; tendré que soportarme tal cual soy, con todas mis imperfecciones. Pero quiero buscar la forma de ir al cielo por un caminito muy recto y muy corto, por un caminito totalmente nuevo”. ¿Cómo es posible recorrerlo?

El ascensor espiritual: el confiarse totalmente en Dios

No por las propias fuerzas, sino por el total abandono a la gracia de Dios: “Y entonces fui, adivinando que había encontrado lo que buscaba. Y queriendo saber, Dios mío, lo que harías con el que pequeñito que responda a tu llamada, continué mi búsqueda, y he aquí lo que encontré: Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo; os llevaré en mis brazos y sobre mis rodillas os meceré. Nunca palabras más tiernas ni más melodiosas alegraron mi alma ¡El ascensor que ha de elevarme hasta el cielo son tus brazos, Jesús! Y para eso, no necesito crecer; al contrario, tengo que seguir siendo pequeña, tengo que empequeñecerme más y más”. Eh ahí el secreto. Ya san Pablo y san Agustín lo habían también advertido: “todo es gracia”.

Espíritu misionero

Habiendo encontrado la propia vocación en la Iglesia no queda otro paso que expandir, comunicar ese don a todos los que sea posible arribar: “Sé que, si Dios me llamara a tierras lejanas, ese obstáculo desaparecería. Por eso, vivo sin la menor inquietud”... “Si eso fuera lo que busco, no sentiría esta dulce paz que me inunda, e incluso sufriría por no poder hacer realidad mi vocación en las lejanas misiones”. La mejor contribución con la misión es “realizar, en profunda obediencia, la pequeña misión que Dios nos invita a realizar en el cotidiano vivir”. La misión está en el corazón de la Iglesia. Por tanto, si Teresa se considera ser “en corazón de su madre la Iglesia el amor”, no podía menos que sentir un intenso fervor misionero.

Vivo yo pero no soy yo, es Cristo quien vive en mi

Este es el culmen de todo místico, del que se deja arropar totalmente por la gracia divina: ser otros Cristo, vivir por Cristo, con Cristo y en Cristo. “Tú sabes bien que yo nunca podría amar a mis hermanas como tú las amas, si tú mismo, Jesús mío, no las amaras también en mí. …Sí, lo sé: cuando soy caritativa, es únicamente Jesús quien actúa en mí. Cuanto más unida estoy a él, más amo a todas mis hermanas”.

“Hace ya mucho tiempo que no me pertenezco a mí misma, vivo totalmente entregada a Jesús. Por lo tanto, él es libre de hacer de mí lo que le plazca. El me dio la vocación del destierro total, y me hizo comprender todos los sufrimientos que en él iba a encontrar, preguntándome si quería beber ese cáliz hasta las heces. Yo quise coger sin tardanza esa copa que Jesús me ofrecía; pero él, retirando la mano, me dio a entender que se conformaba con mi aceptación”.

“Siento que ya no necesito negarme todos los consuelos del corazón, pues mi alma está afianzada en el Único a quien quería amar. Veo feliz que, amándolo a él, el corazón se ensancha y que puede dar un cariño incomparablemente mayor a los que ama que si se encerrase en un amor egoísta e infructuoso”.

Conclusión

Ciertamente Bonhoeffer invita a una fe que no descanse en un “Dios tapa agujeros”, sino en el Dios manifestado en Jesucristo, el Dios de la kénosis, el Dios sufriente. Es a ese Dios al que debemos buscar y con quien debemos unirnos y abandonarnos totalmente. Precisamente esa fue la experiencia de Teresa de Lisieux. Teresita vivió una experiencia de un Dios cercano y tierno. El Padre y Esposo como ella lo llama. Un Dios ciertamente que no es el Deus ex machina, sino el Emmanuel, el que está con nosotros. El que nos acompaña en nuestras luchas externas e internas. El Dios que se da porque es el “Dios para” los más humildes, los pequeños, los que se confían y se abandonan en Él. Bonhoeffer y Teresa, por distintos caminos, llegaron al mismo destino: al Dios Amor.

sábado, 13 de agosto de 2011

TERESA DE LISIEUX



TERESA DE LISIEUX: UNA PROPUESTA ESPIRITUAL PARA NUESTRO TIEMPO

Pbro. Ramón O. Lara
Seminario Santiago Apóstol


Permítanme compartir unas breves notas sobre dos de las líneas fundamentales de la espiritualidad de Teresa de Lisieux (Infancia espiritual y el Caminito espiritual) confrontándolas con la nueva sensibilidad espiritual de nuestro tiempo. Sin duda que la propuesta de esta joven santa del Carmelo tiene una gran actualidad.

INFANCIA ESPIRITUAL

Tal parece que el genio espiritual de Santa Teresita del Niño Jesús optó por dar a esta jovencita la heroicidad de vivir la verdad en la sencillez de la cotidianidad. No fue en la pomposidad de la ascesis eremítica que Teresa recorrió y subió los caminos de perfección espiritual. Fue con la sencillez de un corazón abandonado a la misericordia y al amor de Dios con que esta santa logró escalar las altas cumbres de la santidad. En el amor y la sencillez es que Teresa encontró los motivos para la santificación. Ya que estos disponen a la criatura a la acción del amor misericordioso de Dios.

El amor es principio de santidad porque sólo el amor del Señor derramado en el corazón de sus elegidos es el que los salva. El amor es también medio de santificación porque es la acción amorosa de Dios lo que conduce y guía a la persona por los caminos de la perfección y madurez espiritual. El amor es también fin de la propia santificación, pues todo lo que se hace tiene la sola finalidad de que el alma vaya a la perfecta comunión con el amor de Dios, así como tambien asegurar en el mundo el triunfo del amor.

Para Teresa, la humildad y la pequeñez son la única actitud coherente ante Dios, porque sólo con la humildad se puede hacer brillar la grandeza, la bondad y sabiduría del Señor, quien sobre la debilidad humana quiere erigir las maravillas de su gracia y poder.

Por eso, el descubrimiento y novedad de la espiritualidad de Santa Teresita consiste en haber comprendido el valor de la debilidad humana, que ya no es obstáculo para la santificación, sino antes bien un elemento necesario para que Dios pueda actuar y manifestar de modo admirable su grandeza.

Ahora bien, la fusión del amor y la humildad, como respuesta al amor y a la misericordia divina, Teresa lo llama “Infancia Espiritual”. Es que el niño es la síntesis viva de esos dos elementos: amor y debilidad. El niño vive del amor premuroso de sus padres y toda su existencia, tan necesitada de cuido diligente, se confía totalmente a ellos. Para Teresa, por tanto, la infancia espiritual es la experiencia viva del amor de Dios dentro de nuestras debilidades, y no sólo un vago sentimiento de paternidad divina. Por eso, para Teresa, más que a un Padre la respuesta del amor a Dios va en la línea del amor esponsal, un amor que se complace en hacer los pequeños detalles que pueden complacer a su amado. Este amor se ha de expresar con la sencillez y simplicidad, como lo hace un niño.

Así pues, la infancia espiritual en la mente de Teresa es conciencia de la acción amorosa de Dios, es conciencia de la propia nada; pero al mismo tiempo es convicción de poder colaborar, mediante el amor y la humildad, con la acción providente y eficaz de Dios que salva.

CAMINITO ESPIRITUAL

Cuando arriba apunté que la novedad de la espiritualidad de Santa Teresita consistía en comprender el valor que tiene la debilidad humana, en cuanto que ya no es un obstáculo sino un elemento necesario para la perfección, quería hacer clara referencia a lo que la misma santa llamó “caminito espiritual”.

“Usted sabe, madre, que siempre he deseado ser santa, pero ¡Ay!, siempre he constatado, cuando me he comparado con los santos, que entre ellos y yo existe la misma diferencia que hay entre una montaña, cuya cumbre se pierde en los cielos, y el grano de arena pisado por los pies del caminante… En lugar de descorazonarme me digo: Dios no me inspiraría deseos irrealizables; puedo por lo tanto, a pesar de mi pequeñez aspirar a la santidad; crecer me es imposible, debo soportarme tal cual soy, con todas mis imperfecciones; pero quiero ir al cielo por un caminito muy derecho, muy corto, un caminito todo nuevo…” Y así santa Teresita nos lleva a concluir que es la pequeñez, la humildad, el abandono pleno en Dios, lo que lleva al hombre a la perfección. Porque no es la persona, por sus grandes esfuerzos, que logra la santidad, sino como dice la misma santa: “son tus brazos ¡Oh Jesús! Los que han de elevarme al cielo, por eso no tengo necesidad de crecer; al contrario, debo seguir siendo pequeña, serlo cada vez más”. ¡Un camino, en verdad sublime, y simple, que nos enseña esta Santa!

FRENTE AL HOMBRE EGÓLATRA

Sin duda que uno de los ejes centrales en la mentalidad del hombre moderno es su egocentrismo. El egoísmo individualista es la característica del hombre actual. La economía, la política, el arte y cualquier otra manifestación humana, promueven y exaltan la hegemonía del individualismo. Hay que aceptar, no obstante, que un sano reconocimiento de la individualidad y dignidad de la persona en su unicidad es siempre necesario, pues la masificación de la persona es indigna del ser humano. Pero lo malo es que se le dé al individuo una centralidad indiscriminada, que se exalte una enfermiza y desmedida egolatría. Las consecuencias se hacen sentir de inmediato, pues el “yo” solo, sin los “otros”, y peor aún, sin el “totalmente Otro”, se ahoga en sí mismo. La eterna insatisfacción del ego abandonado a sí mismo se vuelve insoportable, la soledad se vuelve la compañera eterna.

Es, pues, común encontrar en este tiempo a muchos hombres perdidos en su solitario e insatisfecho “yo”, buscando subterfugios, engañosas compensaciones y falsos escapes, mitigadores de su precaria condición.

A este hombre es que Santa Teresita le ofrece la “suprema humildad”. Que no es un descentrarse como persona, como individuo, sino concentrarse, es decir, ya no solitario en el centro, sino centrado en Dios; más aún, fundido en Dios. Es así que el hombre tendrá que desaparecer del centro –en eso consiste la humildad- para darle el lugar a Dios, pero no para perderse sino más bien para elevarse y encontrarse supremamente Él. La persona “fundida en Dios” se vuelve para este mundo en imagen perfecta de Dios, transparenta a Dios. De eso tiene plena conciencia Teresa: “Por eso no tengo necesidad de crecer, al contrario, debo seguir siendo pequeña, serlo cada vez más… me habéis instruido desde mi juventud y hasta el presente he cantado tus maravillas!!! Sí, he encontrado mi puesto en la Iglesia y este puesto, ¡Oh, Dios mío! me lo habéis dado vos…en el corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor… así lo seré todo!!!”

Es que si Dios es amor, quien está en Dios será en el mundo el amor. Para Teresa, esa comunión de amor se expresa o manifiesta en la plena confianza y abandono en Dios. Así que el afán egoísta no tendrá más lugar, y sólo así el hombre logrará su plenitud.

FRENTE LA MENTALIDAD SECULARISTA

Desde la Ilustración hasta hoy se ha impulsado un sistemático proceso desacralizador, a tal punto que ha llevado no pocos hombres a hablar de la “muerte de Dios”. No sólo se ha barrido con la mentalidad sacralizada de los tiempos de la cristiandad, sino que en estos tiempos se está intentando extirpar de la mente del hombre cualquier referencia a lo trascendente, o sea, extirpar al mismo Dios del corazón humano. Ciertamente la mesurada independencia de lo secular es en gran medida saludable para el espíritu del hombre; pues de lo contrario puede caerse en una malsana dependencia de lo mítico-mágico de las cosas, sacralizando la creación, y olvidando la saludable relación de amor que se entabla sólo con Dios.

Sin embargo, como todo extremo es pernicioso, quitar a Dios como punto de referencia, como principio y fin de la existencia del hombre, ha llevado a este mismo hombre a una desesperación espiritual inusitada. Así, tenemos hoy a un hombre vacío de Dios, pero al mismo tiempo desesperado por Dios. Las sectas a millares y las innumerables manifestaciones religiosas, son una clara expresión de esta realidad.

A este hombre desesperado y profundamente necesitado de Dios, que lo anda buscando por los caminos más remotos, es a quien Teresa le presenta su “caminito espiritual”. Teresa nos enseña que no es el hombre quien busca a Dios, es Dios quien busca al hombre, éste tan sólo debe dejarse encontrar. Por lo mismo, no es el hombre quien se hace santo, es Dios, el Santo, quien santifica al hombre. Por eso dice la santa que lo único coherente ante Dios es nuestra humildad y pequeñez, pues sólo en el humilde y pequeño Dios puede mostrar las maravillas y grandezas de su amor. Dejarse amar por Dios es el secreto, y amar al amor es la condición. Todo lo demás viene de Dios por pura gratuidad. Aunque el hombre no sea capaz de hacer las grandes hazañas de penitencia y ascesis, le basta con la entrega constante y fiel en las pequeñas e insignificantes cosas. “Porque quien no resiste los clavos –decía la santa- esté dispuesto a los alfilerazos de cada día”.

Así, pues, Teresa enseña al hombre de hoy a dejarse encontrar por Dios en lo cotidiano, en lo simple y pequeño. No en lo pomposo y superfluo, o en lo extravagante. Tan sólo hay que ser fieles en lo pequeño, porque en la fidelidad y constancia está la perfección. Así fue Teresa de simple, así es su camino. Así podemos ser nosotros.

domingo, 20 de marzo de 2011

A PROPOSITO DE LA VISITA DE OBAMA


OTRA LECTURA DE LA VISITA


Numerosas y hasta contradictorias opiniones han sido vertidas a propósito de la visita del presidente Barack Obama a nuestro país. Hay quienes muestran una inocultable simpatía y otros no esconden un vituperante rechazo. Uno de los momentos de la visita del ciudadano presidente que más atención ha llamado es el homenaje que hará a Monseñor Romero visitando su tumba para dejar un ofrenda floral. Muchos han opinado sobre el significado del gesto, unos lo satanizan y otros lo agradecen. Hay quienes hasta hacen una lectura apocalíptica del mismo.

HACERSE CARGO DE LA HISTORIA

Por supuesto que comparto la opinión con aquellos que sostienen la necesidad de que tal gesto sea un signo elocuente de asumir responsabilidades históricas, de purificar esa historia de sangre que aún no ha sido limpiada. En términos ellacurianos (de Ignacio Ellacuría), ese gesto debe ser una clara decisión del ciudadano presidente norteamericano de querer “hacerse cargo de la historia”. Esa historia que reclama la responsabilidad de los gobiernos norteamericanos junto con los gobiernos locales de aquel momento por la sangre derramada del Arzobispo mártir, y junto a él de tantísimos hombres y mujeres que fueron cruelmente asesinados y torturados. Si tal visita a la tumba de Monseñor no incluye ese hacerse cargo de la historia, sería un gesto cuanto menos politiquero y demagogo.

CARGAR CON LA HISTORIA

Si es necesario hacer una mirada a la historia pasada para purificarla y hacerse cargo de ella, es decir, asumir las responsabilidades históricas en sus aciertos y desaciertos, es igualmente importante fijarse en el momento presente. De lo contrario caeríamos en un pobre anacronismo. Por eso debemos ser responsables con el presente, o bien, siempre en término ellacurianos, debemos “cargar con la historia”. Es que no podemos siempre estar culpando al pasado y a los otros por lo que hoy está pasando. Hay que asumir la propia responsabilidad histórica. Eso quiere decir que cada ciudadano debe asumir con actitud ética coherente su compromiso con la historia. Como el mismo Monseñor Romero lo pedía: “nadie puede pasar por esta historia sin dejar una huella”. La historia futura reclamará nuestra irresponsabilidad por lo que hoy estamos haciendo. Monseñor Romero cargó con la historia y hoy el mundo se lo reconoce. ¿Estamos siendo responsables, cada uno en su propia campo, con la historia que estamos construyendo?

Si la visita a la tumba de Monseñor Romero viene a ser una expresión solemne de compromiso como gobierno norteamericano para cargar con las responsabilidades históricas en vistas a colaborar con el estado salvadoreño para construir una sociedad más justa y solidaria, entonces tal gesto tiene hondo sentido. Además, tal visita incluye el reconocimiento implícito de la altura humana y espiritual de Monseñor, cosa que en verdad no lo necesita pues su testimonio es tan elocuente que resulta innecesario cualquier puntal para dicho reconocimiento, en todo caso el gesto resulta más bien comprometedor para nosotros los salvadoreños, quienes somos los primeros llamados a ser verdaderamente responsables con nuestra historia tal y como lo hizo Monseñor.

ENCARGARSE DE LA HISTORIA

Hacerse cargo de la historia y el cargar con la historia lleva a un ineludible “encargarse de la historia”. O sea, volverse agentes activos de los cambios históricos que deben ser contundentes y reales en nuestra patria. Monseñor Romero es indudablemente un modelo de honda responsabilidad histórica con el futuro. Él, como muchos profetas, soñó con un futuro brillante, nuevo, verdaderamente humano, para su patria y para la Iglesia. Por ello trabajó incansablemente y ofrendó su vida. En cierto modo el presidente Obama ha querido presentarse al mundo con un firme propósito de “encargarse de la historia”, o sea, de ser responsable con el futuro. Si su visita a la tumba de Monseñor implica ese compromiso público, bienvenido sea.

En tal caso somos nosotros los salvadoreños los que debemos ser verdaderos agentes de cambios de esta nuestra torcida y ensangrentada historia. No vengamos a reclamarle a otros lo que a nosotros mismos nos corresponde hacer. Actuemos nosotros con responsabilidad y honremos la memoria de Monseñor. Que la celebración del trigésimo primer aniversario del martirio de Monseñor sea un compromiso unánime de toda la ciudadanía por los menos para estas tres cosas:

1) No permitir que la partidocracia se imponga en modo arbitrario, conculcando los derechos de los ciudadanos de elegir directamente a sus representantes e irrespetando una resolución precisa de la Corte Suprema de Justicia; 2) Exigir un verdadero cambio institucional en todas las áreas de vida del estado: dependencias del ejecutivo, del primer órgano del estado, justicia, contraloría pública, etc.; 3) Exigir una actitud ética coherente de todo servidor público y por extensión por parte de cada ciudadano, para frenar el oscuro y podrido mundo de la corrupción .

Es que sin un proceso democrático que vaya consolidándose, sin institucionalidad y sin moralidad, no existe verdadero desarrollo, habrá siempre pobreza en todos los niveles y sentidos, y nos hundiremos cada vez más en ese hondo pozo de la violencia y degradación social. Honremos la memoria de Monseñor encargándonos nosotros de la historia: ¡Cambiémosla! Seguramente el presidente Obama hará lo suyo. No nos crucemos de brazo nosotros y continuemos culpando a los demás.