Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

martes, 29 de diciembre de 2009

“EL TIEMPO SE HA CUMPLIDO” Mc 1,15


Pbro. Ramón O. Lara Palma

Ciertamente que al celebrar las fiestas del fin de año y al prepararse para recibir el año nuevo estas palabras del Señor resultan iluminadoras. Además, tales fiestas nos hacen pensar en esa ineludible realidad que tiránicamente (y benditamente si se quiere) nos envuelve y domina. El tiempo se cumple, y se cumple cada instante, para nosotros que estamos sumergidos en él. Por eso invito a los que tengan la paciencia de leer este escrito, a sumergirse en algunas elucubraciones sobre lo que es el tiempo.

Necesariamente debemos comenzar con una definición, cosa que desde el inicio complica el discurso. Pero la pregunta ¿Qué es el tiempo? no la podemos ni debemos obviar. Hay varias aproximaciones que nos ayudan a tener al menos una somera idea. Comencemos con la definición física, la que resulta de la relación entre las magnitudes de distancia y velocidad: el tiempo es la magnitud que se calcula observando la distancia recorrida por un cuerpo en relación con la velocidad con que este cuerpo se desplaza. Esta es la noción de tiempo que es más inmediata a nosotros. Todos tenemos la sensación de que en el concreto vivir se realiza un continuo movimiento, un continuo pasar, el continuo desplazarse de un instante a otro; el pasado, el presente y el futuro son esas nociones que nacen en nuestra mente al percibir esa fluidez de todo cuanto existe. La experiencia del transcurrir de los días y las noches nos ha permitido crear en lo más profundo de nuestra conciencia esa sensación de que “el tiempo pasa”, de que hay un continuo transcurrir del tiempo. Es posible que si nuestra existencia se hubiera desarrollado en un ambiente donde no existiera ese oscilar de oscuridad y luz tuviéramos una noción diferente de lo que es el tiempo.

En esta noción entran en juego tres elementos esenciales sin los cuales esta nuestra experiencia inmediata del tiempo no se comprendería: materia o cuerpo que se desplaza, espacio físico necesario por donde desplazarse, la velocidad y aceleración usada para el desplazamiento. Por eso es que en el sistema de la física clásica (newtoniana) la medición del tiempo era precisa y estable. Porque tal física se rige por las leyes que la experiencia sensible del mismo hombre permite captar. Es más, desde la antigüedad la medición del tiempo tuvo grandes avances. Cierto que no se sabía con claridad la realidad del proceso de traslación de la tierra alrededor del sol, ni se comprendía a cabalidad el movimiento rotatorio de la luna en torno a la tierra, pero la medición del tiempo en los ciclos diurnos y nocturnos, lunares (meses) y solares (años) fue algo que espontáneamente las antiguas generaciones pudieron hacer, en muchas casos, como los Mayas en Centroamérica, con mucha precisión.

El problema surge cuando las profundas intuiciones y comprobaciones matemáticas que realizó A. Einstein hicieron que las leyes de la física clásica ya no cumplieran con su cometido. Cuando Einstein descubrió y comprobó que la materia y la energía tienen una clara relación directa, tanto así que la energía resulta cuando la materia es acelerada a la velocidad de la luz, entonces resulta que el espacio y el tiempo pierden consistencia, en una palabra, el espacio y el tiempo desaparecen, no existen como dimensiones físicas. De ahí que Einstein propusiese su famosa teoría de la “Relatividad del Espacio y el Tiempo”. El tiempo, por tanto, según estos avances científicos, es relativo, pues desaparece cuando un cuerpo-materia se acelera a la velocidad de la luz y se convierte en energía, y existe sólo para el observador en modo relativo según el sistema de referencias que tenga tal observador.

Según la teoría de la relatividad, saber cuándo es pasado o cuándo es futuro depende del punto de referencia que se tome para hacer tal medición. De tal modo que si desde un punto de referencia se puede calcular un evento y decir que está en el pasado, desde otro punto de referencia el mismo evento podría verse como futuro. Todo depende del punto de referencia. Por eso, en la medición del tiempo que hacen los cosmólogos no hay todavía un acuerdo. Son tantas las teorías cosmológicas actualmente que ninguna da satisfactoriamente una respuesta. Una de las más famosas es la teoría propuesta por el físico inglés Stephen Hawkins en su libro “Historia del tiempo”. Sin embargo, por ingeniosas que parezcan las explicaciones de un gran científico, no logran satisfacer todas las inquietudes y dilemas que la mente humana contiene. Por eso la noción física de lo que es el tiempo no ha llevado más que ha mayores confusiones y más profundas interrogantes: si el tiempo es relativo, o si el tiempo en el momemtum de la energía desparece, ¿Cómo explicar la sensación concreta que todos tenemos de una sucesión continua de momentos? ¿Qué significa la experiencia de pasado, presente y futuro? ¿Tiene el universo un inicio y un final?

Llegados a este punto resulta necesario analizar el tiempo desde otra perspectiva: la perspectiva psicológica. La noción psicológica del tiempo sostiene que éste es sólo una construcción de la mente del hombre. La experiencia del tiempo sólo la tiene el hombre y en cierto modo los animales, pero no los seres inanimados. La noción sicológica liga la comprensión del tiempo a la memoria (pasado) y la imaginación (futuro). Ambas capacidades ponen al hombre en medio de las demás cosas como el que vive, experimenta, y padece el tiempo. Los animales tienen una cierta noción del tiempo porque tienen un cierto modo de memoria aunque no tienen imaginación, por lo que los animales no tendrían noción de lo que es el futuro. En cambio las cosas solo están, y en cierto modo sufren degradación a causa del contacto recíproco con las demás cosas, pero no existe el tiempo para ellas.

El hombre, sin embargo, está en el hoy (presente) pero ese estar tiene siempre la ineludible carga de la memoria, por tanto su estar ahí, o sea su existir (el Dasein de Heideger), está preñado de pasado. Pero además, el presente del hombre incluye su imparable imaginación, su proyección, y por tanto la experiencia del futuro es consustancial al presente. El presente del hombre es una permanente tensión entre lo que le propone su imaginación (futuro) y lo que le recoge su memoria (pasado). Por eso para el hombre no existe presente sin pasado ni futuro. Son magnitudes que se reclaman mutuamente. Pero toda esa estructura compresiva y aprehensiva del tiempo se da sólo en la mente, es psicológica. El tiempo es, pues, una realidad psicológica y en cierto modo una realidad muy personal, casi individual.

Pero si el tiempo es una realidad sicológica, muy personal, ¿Por qué tenemos la real impresión, y experiencia, de que las cosas existen y dejan de existir, de que tienen principio y tienen fin? Si el tiempo es realmente una realidad psicológica, cada uno tendría su propio devenir y no podríamos estar en contacto con nadie más, no habría una comprensión común del existir; sin embargo la experiencia nos dice otra cosa: que todos tenemos la experiencia de estar viviendo en el mismo y único tiempo. ¿Es acaso el tiempo una especie de histeria colectiva? Y Dios, ¿Donde entra Dios en esta comprensión del tiempo? ¿Qué es la historia si el tiempo está solo en la mente? ¿Qué es la eternidad? Bueno, las preguntas se multiplican a montón. Intentaremos discutirlas posteriormente. Por el momento sólo les deseo un Feliz Año nuevo, un feliz paso del tiempo. Hasta la próxima.

lunes, 21 de diciembre de 2009

MI ORACIÓN DE NAVIDAD


Por:
Pbro. Ramón O. Lara Palma

“Niñito Jesús, que naciste en Belén, bendice los niños del mundo y a mí también”. Mi querido Jesús, es verdad que tengo treinta y cinco años, pero al ponerme frente a este teclado es la única oración que me ha venido a la mente. Cierto que no soy un infante pero quisiera tener siempre un corazón de niño. Es que tú afirmaste algo que me deja estupefacto siempre que lo pienso: “Quien no se haga como un niño no entrará en el Reino de los cielos”. Por eso no me avergüenzo hacerte esta oración y compartirla con quienes leerán este escrito.

Como puedes ver, Jesús, no te pido grandes cosas, pues sólo pido tu bendición. Ah, pero tú sabes qué significa eso, ¿Verdad? ¡Pedir tu bendición no es pedir cualquier cosa! La misma palabra me lo explica: “Ben – decir = decir el bien”. Cierto, todos podemos bendecir a los demás (y nunca “mal – decir = decir el mal). Pero sucede que nuestro decir (desear) el bien es limitado, sólo se queda en un sonido o en un piadoso deseo, nada más. Además no podemos bendecir en nuestro nombre sino sólo en tu nombre (“Dios te bendiga”). Claro que eso ya es algo bueno para la persona a quien dirigimos nuestra “bendición”. Sin embargo, cuando tu “dices el bien” hacia nosotros, las cosas cambian. Porque cuando tú hablas las cosas se realizan concretamente, pues tu voz, tu palabra, es eficaz. Cuando tú hablas el bien se hace una realidad en nuestras vidas. Por eso pedir tu bendición es pedirte que el bien esté siempre conmigo.

Pero yo sé que el “bien” que tu das no es cualquier “bien”. Tú das siempre a quien te lo pide sólo “el Sumo Bien”. ¿Y cuál es ese Sumo Bien? ¡Claro! Sabemos que el Sumo Bien es Dios mismo. Ah, entonces, Jesús, tú ya me entendiste que lo que te estoy pidiendo es que Dios mismo esté conmigo. Pero, ¡Si tú eres Dios! Ah, bueno, entonces ya comprendiste que al pedir tu bendición lo que te estoy pidiendo es que siempre estés a mi lado, o más bien, que yo siempre me acuerde que tú estás a mi lado, pues sé que tu nunca me abandonas sino que soy yo quien me olvido que tu siempre eres mi compañero de camino.

Ciertamente, Jesús, soy yo quien tantas veces he olvidado que tú eres el “Emmanuel”, el “Dios con nosotros”. Que estás aquí, a mi lado, y que nunca me abandonas. Por eso en esta navidad sólo te pido que me bendigas, o sea, que nunca me olvide que tú eres un Dios cercano, que no olvide que todo el Bien que yo pueda anhelar lo encuentro en ti, y solo en ti. Por eso, Jesús, ojalá que al celebrar el día de tu nacimiento, el día de tu epifanía entre nosotros, reconociésemos que hemos sido bendecidos por ti, porque te hiciste cercano a nosotros, tan cercano que tomaste nuestra propia condición humana.

Sin embargo, mi querido Jesús, te pido disculpas, ya que esta fiesta en que recordamos tu humilde venida entre nosotros la hemos transformado en un verdadero bacanal. ¡Qué locura! ¡Cuánto hemos confundido y tergiversado el significado de esa fiesta! Cuando veo lo que hacemos celebrando tu cumpleaños quedo realmente sorprendido, no encuentro palabras para expresar mi confusión, decepción y vergüenza. Solo me acuerdo de aquel canto que un hermano sacerdote siempre ha cantado: “Navidad, navidad del siglo nuevo, me das pena pues no sabes lo que celebras. Si supieras harías penitencia”. El problema, Jesús, es que nosotros no sabemos qué es el bien. Es verdad que el bien trae consigo la felicidad, y todos nosotros los seres humanos queremos ser felices, o mejor, queremos ser “infinitamente felices”. Pero como no sabemos qué es el bien, tampoco sabemos qué es la felicidad.

Y ¿Qué es la felicidad pues? Menuda pregunta ¿Verdad? Pero yo sé, oh mi querido Jesús, que tú confías en que nosotros ya aprendimos ese secreto. Tú sabes bien que los hombres hemos buscado desde siempre y en todas las maneras posibles la felicidad, pero no la podíamos encontrar. Hasta que viniste tú y nos la enseñaste y además nos señalaste el camino para alcanzarla. ¡Cómo no recordarlo, Jesús, si el secreto lo revelaste cundo nos dijiste: “Felices los pobres…felices los mansos, felices los que lloran, felices los hambrientos de justicia, felices los misericordiosos, felices los limpios de corazón, felices los pacificadores y felices los perseguidos por mi causa”! ¡Caramba! Jesús, tú sí que has querido la felicidad para nosotros. ¡Más claras no pueden ser tus palabras!

Ah, mi querido Jesús, pero qué confundidos estamos en este nuestro tiempo. Buscamos la felicidad haciendo todo lo contrario de lo que tú nos dijiste. Hemos confundido todo: creemos que la riqueza, que la fama, que el poder, que el placer desmedido y egoísta, que los efectos de una adrenalina desbordada y las emociones exacerbadas son la felicidad. Por eso, Jesús, bendícenos, o sea, viene a nosotros, ilumínanos (tú eres la luz), condúcenos (tú eres el camino) y llena nuestras vidas de la verdadera felicidad (tú eres vida plena). Lo reconocemos humildemente, Jesús, sin ti no podemos ser felices, sin ti no hay más que oscuridad y desolación: ¡Nace de nuevo en nuestros corazones! ¡Tú eres nuestra felicidad!

Mi oración, mi querido Jesús, no es otra cosa que desearles a todos mis amigos, a los que estimo tanto, la más suprema felicidad. Es decir, que tú te acerques a ellos y los colmes de ti, que eres la verdadera alegría y el más genuino gozo, y que ellos nunca se aparten de ti. Por eso te la digo de nuevo: “Niñito Jesús que naciste en Belén, bendices a todos mis amigos y a mí también”. Y con esa experiencia de cercanía contigo podamos verdaderamente gritar: ¡Feliz Navidad!

domingo, 6 de diciembre de 2009

¿POR QUÉ SOY SACERDOTE?



Pbro. Ramón O. Lara Palma

Mil y una respuestas pueden darse a esta pregunta. Puede responderse desde el campo de la teología, desde la sociología, desde la psicología, etc., etc. Puede darse una respuesta impersonal, genérica; puede ser profunda o puede ser vaga. La pueden responder expertos o inexpertos. Pero en este caso la quiero responder yo, que no soy ni experto, ni profundo, ni docto, ni nada por el estilo. La quiero responder yo como una exigencia que nace de mi propia identidad. Lo quiero hacer en sentido de confidencia para con aquellos que leen este espacio y lo hago porque se acercan los aniversarios de la ordenación de muchos hermanos sacerdotes de la diócesis y porque en estos días este servidor también recuerda que hace ocho años las manos del obispo le fueron impuestas y con la oración consacratoria fue constituido sacerdote de la nueva alianza.

No quiero responder la pregunta desde ninguna de las perspectivas que he mencionado. La quiero responder sólo desde lo que encuentro en lo profundo de mi corazón. Bien podría escribir este artículo documentándome con bibliografía docta y hacer algo erudito. Pero no es eso lo que quiero hacer. Quiero sólo confesarme con usted querido lector y compartir algo de lo que hay en mi interior, al mismo tiempo animarle a pedir al buen Dios por mi ministerio y por la de todos los ministros del mundo.

Si alguien me hiciera esa pregunta a rajatabla seguramente respondería con un: “¡No sé!”. ¿Cómo puede saber un enamorado por qué está enamorado? ¿Cómo puede dar explicación una madre por qué ama a su tierno hijo? Respuestas categóricas y matemáticas no existen ante estas experiencias. Para responder a esa pregunta el Papa Juan Pablo II ocupó todo un libro, que sugestivamente lo tituló “Don y Misterio”. Es apasionante leer ese libro, porque es el testimonio de una vocación, de un vocacionado, que ante la pregunta sobre su vocación responde que ante todo es un regalo, un don de Dios y nada más. El resto es misterio.

Lo mismo puedo decir yo, y lo digo con toda humildad: soy sacerdote por pura misericordia de Dios. Es un regalo que el Señor me ha dado. No lo merezco, porque si hablamos de méritos estaría perdido. Sólo puedo decir que él me llamó por pura misericordia y compasión. Es que no fui yo quien lo elegí, fue Él quien me eligió a mí. Y lo puedo decir con mucha vergüenza, pero con sinceridad: para llamarme Él se valió de mis temores, de mis incertidumbres y mis dudas cuando era adolescente. Fijó su mirada en mí y punto. Es que cuando decidí entrar al seminario yo era un manojo de dudas, de confusiones, de temores. No sabía realmente que era lo que quería hacer en la vida. No sé si mis otros hermanos sacerdotes tenían ya una diáfana certeza de lo que querían cuando entraron en el seminario, pero no fue el caso mío.

Más aún, pedí la ordenación y mis inquietudes más profundas mantenían siempre alguna fuerza. ¿Quién de mis hermanos sacerdotes tenía total y plena certeza de su vocación al momento de ordenarse? Si los hay, los felicito. Pues para mí fue sólo la gracia de Dios la que me empujó a tomar la decisión de pedir ser ordenado, porque en mi interior algo todavía temblaba y se estremecía frente a tan grande decisión. Puedo decir que lo que hice fue un gran acto de fe. Pero la fe ya es un regalo/don de Dios. Hice un acto de fe sobre mí mismo y un acto de total confianza en Dios. Recuerdo que en aquellos días la frase que resonaba en mi corazón, como una constante plegaria, era aquella de Charles de Foucault: “Padre, me pongo en tus manos, has de mi lo que quieras, sea lo que sea”. Creo que Dios también tuvo un poco de fe en mí, puesto que dejó que las cosas siguieran su curso. No hay duda que otro quien debió hacer un acto de fe fue mi obispo, pues yo era el primer sacerdote que él debía ordenar. No es fácil confiar una misión tan delicada como el sacerdocio a una persona. Todo obispo lo hace y manifiesta así una gran confianza y fe en el ordenado.

¿Por qué soy sacerdote? Por pura misericordia de Dios. Es parte de los misterios que el Buen Señor tendrá que revelarnos cuando lleguemos ante su presencia. Yo no lo comprendo todavía. Pero de algo estoy seguro, y lo puedo gritar a todos los vientos: “¡Gracias Señor por haberme elegido!”. No me canso de agradecer al Señor este don inmerecido. Pasaron ya ocho años, pero para mí no son más que ocho meses. Me siento siempre en punto de inicio. Siempre encuentro cosas nuevas y apasionantes que el Buen Señor me pone por delante. Me siento totalmente conducido por alguien que es totalmente superior a mí. Siempre hay alguien que me precede, que está delante de mí, que me prepara el camino y guía los pasos que debo dar.

¿Que todo ha sido color de rosas? NO!!! Ha habido lágrimas, desconciertos, confusiones, crisis, y sé que todavía los habrá. ¿Ha habido pecado, error, necedades, imprudencias, y un largo etc.?, Sí. ¡Lo sabrán los que me conocen! Pero le pido al Señor que me proteja y me permita crecer, superar, evitar y desterrar todos los pecados, imprudencias y necedades que se me presenten en el futuro. Pero en toda esta experiencia, lo repito, siempre hay alguien que me precede, que me prepara el camino. Estoy descubriendo que el sacerdocio es una gran aventura que no tiene final. Si alguien es amante de las aventuras más emocionantes, bueno, que sea valiente y se meta en esta aventura. Muchos piensan que es cosa de locos ser sacerdote hoy, que es desperdiciar la vida (¡Cuantas veces he escuchado eso!), que no sirve de nada. Bueno, cada quien tiene derecho a hacer sus propios juicios, pero no puede juzgar por otro. Yo no puedo juzgar que el matrimonio sea imposible, complicado, duro, etc., si no vivo esa vocación.

Por eso les suplico a todos ustedes elevar una ferviente plegaria por todos los que hemos sido llamados a tan delicadas vocaciones: por los sacerdotes y por los matrimonios. Cada vocacionado debe responder fielmente a su vocación y encontrar el camino de felicidad viviendo intensamente ese llamado. Ninguna vocación vivida a medias puede ser causa de felicidad. Que el Señor nos conceda vivir a plenitud el llamado que ha cada uno ha regalado. Repito, toda vocación, como lo es el sacerdocio, es pura gracia y misericordia de Dios. San Juan María Vianney, patrono de los sacerdotes, ruega por nosotros.

Hasta la próxima.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

¡NO TEMAS!




Recopilado por:
Pbro. Ramón O. Lara Palma

Un excelente libro que leí hace algunos meses, de Carlos G. Vallés, titulado precisamente con esa exclamación: “¡No temas!”, termina con estas reflexiones que ahora les comparto en modo completo:

«Cuando los ángeles anunciaron el nacimiento de Jesús a los pastores de Belén sus primeras palabras fueron: “¡no teman!”; y cuando llevaron a las santas mujeres en Jerusalén la buena nueva de la resurrección de Jesús, comenzaron también por decir: “¡no teman!”. Todo indica que el mensaje que Jesús vino a traer a hombres y mujeres con su presencia en la tierra y su muerte en la cruz era el destierro del miedo de nuestros corazones. Y también indica que ese mensaje no encuentra mucho eco en general, ya que los ángeles tienen que repetir al final lo que dijeron al principio. La última lección en los manuales angélicos para ayuda de la humanidad es la misma que la primera: “¡No teman!”.

“¿Por qué temes, hombre de poca fe?”, “Levántate y no temas”, “no temas, hija de Sión”. El mismo mensaje les llega a Zacarías, a Pedro, a los discípulos, a las multitudes, la misma alegre noticia que va a cambiar la faz del mundo. No temas. Es una era nueva. Somos libres. No estamos ya en cautividad, y no hemos de volver a temer a las fuerzas de la naturaleza, al poder de las tinieblas o a los escrúpulos de nuestra propia alma.

Cuando el hombre y la mujer rompieron su primera inocencia en el paraíso, su primera e inmediata reacción fue el miedo: “Oí el sonido de tus pasos en el jardín, y tuve miedo”. Y con miedo continuaron hombres y mujeres por desiertos y ciudades de día y de noche en soledad y en sociedad, dondequiera que estuvieran e hicieran lo que hicieran. Temerosos de los pasos de Dios, temerosos de sus propios pasos; temerosos de amigos y enemigos, temerosos de vivir y de morir. Larga cadena de miedos desde el primer aliento hasta el último en el valle de las sombras. Desde que el hombre y la mujer perdieron su inocencia, quedaron condenados a vivir bajo el miedo.

Y el miedo redujo su alegría. Una espada de Dámocles colgaba sobre cada placer, y su amenaza amargaba el gozo. Vive, pero has de morir; come, pero puedes ser envenenado; viaja, pero puedes tener un accidente, ama, pero puedes sufrir. Cada actividad humana tenía su sombra oscura, y la comida se mezclaba con cenizas en la boca. La posesión de un tesoro quedaba vinculada para siempre al miedo de perderlo; y el desprendimiento de vivir sin tesoros conlleva el mayor miedo de cuánto durará el desprendimiento en un mundo de apegos. Nada es firme, nada es seguro; y una vida sin seguridad es una vida de temores.

La inseguridad nos ataca los nervios. Nos ponemos tensos, y proyectamos nuestras tensiones sobre el mundo que nos rodea. Vemos a los demás como enemigos, y a las oportunidades como amenazas. El trabajo es competencia, y la vida es un campo de batalla. Tenemos los peligros que conocemos, y más aún los que no conocemos pero sospechamos a la vuelta de cada esquina. El miedo que tiene nombre pierde su filo, pero el miedo sin nombre, el fantasma sin rostro, el ataque sin dirección aturde a la mente y paraliza el cuerpo. Miedos sin nombre que llenan de terror oscuro la existencia humana.

La redención es la liberación del miedo. Levanta la vista, llena tus pulmones, yergue la cabeza, abre la sonrisa, y da la bienvenida a la vida. El poder de la confianza y la alegría del coraje. Ese es el mensaje de la redención. La facultad de presentarse sin temor ante Dios, y en consecuencia ante el mundo entero y toda la creación para trabajar en libertad y vivir con alegría. Eso es lo que Jesús vino a hacer a la tierra.

La vida es bella, la naturaleza es amable, el sufrimiento tiene sentido y la muerte lleva a la vida, (si tenemos fe, que hace crecer la esperanza y consuela con el amor). No ignoramos el sufrimiento ni tratamos de ocultarlo ni de evitarlo cuando es inevitable, pero sí buscamos en Cristo la conquista de ese miedo irracional de sufrimientos futuros e imaginarios que nos hacen sufrir antes de llegar y nos estropean la vida antes de vivirla. Haremos frente al sufrimiento cuando llegue, como no dejará de llegar en la prueba que es esta vida, pero nos negamos a que nos acobarde su pensamiento, nos atormente su sospecha, nos hiera su miedo.

Tomamos las cosas como vienen, y la vida como es. Cuando aparece en el horizonte una nube negra, nos damos cuenta de ellos y tomamos nota, pero no perdemos la calma que ahora disfrutamos bajo el sol por el temor de la tormenta que se avecina. Es posible que la tormenta se disipe para cuando llegue aquí, pero si descarga sobre nuestras cabezas ya sabremos refugiarnos a tiempo, o en el peor de los casos nos mojaremos, y ya nos cambiaremos de ropa y repararemos los daños que pueda haber causado. Pero no nos desanimamos de antemano.

Encontramos el valor que derrota al miedo en nuestra fe en Jesús, que ha caminado los caminos de la vida por delante de nosotros, y ahora está a nuestro lado para llevarnos a la victoria con él. “No hay aflicción, penalidad, persecución, hambre, desnudez, peligro o muerte que pueda separarnos del amor de Cristo”, dijo san Pablo. Y Juan ofreció el último eslabón en la cadena de oro: “El amor perfecto acaba con el miedo”. Jesús sella nuestro amor, y su amor elimina el miedo de nuestras vidas.

Bendición final de Jesús para todos los que lo aman: “No teman. Yo he vencido al mundo”».

Hasta la próxima.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

REINA DE LA PAZ



Pbro. Ramón O. Lara Palma

Recorriendo el tercer año en este mi “exilio académico”, lejos de mi tierra y de mi gente, es natural que mis sentimientos de nostalgia crezcan fervorosamente al acercarse fechas significativas tal y como lo es la fiesta en honor a la Reina de la Paz. Junto a ese natural sentimiento de nostalgia también se remansan en mi corazón profundos sentimientos de preocupación a raíz de la grave situación económico-político-social en que vive mi pueblo. La situación económica se agudiza cada día más y porta con ello la angustia del tener que sobrevivir sin lo mínimo necesario que corresponde a la dignidad del ser humano; situación que se agrava con la evidente vulnerabilidad ante los fenómenos naturales. La política, siendo sana en su esencia y una virtud en su forma, entre nosotros está siendo pisoteada y reducida a burdo compadrazgo, sin la más mínima decencia y dignidad por parte de los que hacen de ella un “modus vivendi”. Socialmente hemos llegado a niveles intolerables y escandalosos de violencia, de degradación moral y de estrechez cultural. Ante tal cuadro de la realidad no queda si no preocuparse hondamente.

La mía es una preocupación esperanzada. Mantengo la firme esperanza en que las cosas cambiarán. Celebrar la fiesta de la Reina de la Paz confirma esta mi esperanza. ¿Por qué? Porque alimenta en mí la firme convicción de que el mensaje de paz portado por “el Príncipe de la paz” y alimentado por la noble devoción a la Santa Patrona calará en lo más hondo de los corazones de los fieles devotos. La Reina de la Paz nos garantiza justamente eso: que la paz es posible, que podemos ser un pueblo pacífico, que no nos dejaremos derrotar por los augurios pesimistas de aquellos que piensan que ya nada podemos hacer. Este 21 de noviembre deberá ser una enorme manifestación popular de un pueblo que al unísono gritará: ¡Que viva la Reina de la Paz! Sí, ¡Que reine la paz! ¡Queremos la paz! La procesión que acompañará la santa imagen será una elocuente expresión de que todos los salvadoreños vamos caminando con paso firme hacia esa paz social que tanto anhelamos. Cada vela encendida manifestará que el corazón de cada migueleño, de cada salvadoreño, tiene encendida la fe en el Príncipe de la Paz y en la venerada Reina.

Insisto, una manifestación religiosa no debe quedar en la mera superficialidad, pues debe ser una clara expresión de una experiencia interior. Celebrar la Reina de la Paz, acompañar la procesión siguiendo la sagrada imagen, debe ser una muestra clara de que en el interior de cada cristiano palpita un corazón pacífico y pacificador.
No podemos celebrar la Reina de la Paz si no tomamos en serio el llamado que en su momento nos hizo el Papa Juan Pablo II cuando visitó nuestro país la primera vez en 1983, el llamado de ser “artesanos de la paz”. La frase tiene un significado profundo que no podemos descuidar. Sobre todo significa que la paz es una cosa que está en nuestras manos (como el artesano que labora con sus propias manos, diferente al trabajador industrial), que no podemos delegarla a otros. Vivir en un El Salvador en paz no es sólo tarea de las fuerzas de seguridad, del sistema de justicia o del aparato gubernamental. La paz social depende también de nuestras actitudes pacíficas, de nuestra capacidad de tolerar, del espíritu de solidaridad y cooperación mutua, de nuestra responsabilidad moral y cívica. Construir un tejido social pacífico está en nuestras manos: somos los artesanos de la paz.

No podemos dejarnos vencer por el pesimismo y la inercia. Los violentos son muy pocos y los pacificadores la arrolladora mayoría. No podemos permitir que la violencia de unos pocos acabe con la paz de todos. Venzamos la violencia con la “no violencia”, concepto acuñado por Mahatma Gandhi. Que no significa una resignada actitud frente a los violentos, sino una activa convicción contra la violencia. Por eso, comprometámonos con las iniciativas que ayuden a superar la cultura de la violencia: cosas tan mínimas como la cordialidad de un saludo, la gentileza de una sonrisa, el gesto amable y el trato educado. Y claro, toda gran iniciativa social que coadyuve a cultivar el arte y rescate los valores de nuestra cultura debe ser acompañada por nuestro apoyo. Todo eso es el verdadero significado de la fiesta patronal en honor a la Reina de la Paz. Con esta fiesta tenemos una hermosa e inigualable oportunidad para proclamar públicamente que podemos y debemos vivir bajo el reinado de Cristo, Príncipe de la paz, y bajo la protección de su madre nuestra Reina.

Además, no olvidemos que la paz social tiene un componente político. Por eso debemos estar atentos y vigilantes con lo que hacen aquellos en quienes hemos depositado el trabajo de la administración pública. Toda autoridad pública tiene el deber de responder al mandato recibido del pueblo. Y el pueblo debe exigirles que cumplan su labor de hacer verdadera política, es decir, administrar el aparato público para el bien de todos. Para eso es necesario que cada ciudadano asuma su propia responsabilidad política, o sea, que ejerza su rol activo dentro de la democracia (gobierno del pueblo). Para tal efecto el ciudadano debe conocer a quien le gobierna (a su alcalde, a su diputado, a su presidente) y reclamarle cuando no hace bien su trabajo. Ya es tiempo de que los ciudadanos dejen de pensar de que los políticos ayudan al pueblo, de que el alcalde es bueno porque hace donaciones, de que el diputado es generoso. Si un administrador público hace obras no hace sino hacer lo mínimo que debe hacer. Pues lo que ellos hacen es sólo administrar el dinero del pueblo. Y claro, si todo el engranaje político hiciera mínimamente bien su trabajo, la situación económica sería diferente entre nosotros. El buen político administra bien y hace que la economía funcione para el bien del pueblo. En tal sentido, pido a la Reina de la Paz inspire a los políticos a actuar al menos con una mínima decencia y cumplan al menos con lo mínimo de lo que deben hacer. Todo ello sumará a la consecución de esa anhelada paz social.

Porque creo en la nobleza de mi pueblo mantengo la firme esperanza de un cambio real en un futuro inmediato. Creo y espero firmemente que podemos pasar de ser una sociedad violenta a una pacífica, de una sociedad vacía de valores a una con hondas raíces culturales y espirituales. La tarea es de todos y está en nuestras manos.

Reina de la Paz, ruega por nosotros y concédenos la paz.

La reflexión la he hecho con el corazón puesto en mi país, uniéndome al menos en oración ante la tragedia vivida en estos días. Pero estoy seguro que, como siempre la hemos hecho, de esta desgracia saldremos adelante. Como dice aquel aquel jingle: "Yo creo en El Salvador".


jueves, 5 de noviembre de 2009

UN PÁRRAFO A LA VEZ 4


PUROS CUENTOS…

Recopilado por:
Pbro. Ramón O. Lara Palma

Entre los libros que tengo encontré este cuento muy sugestivo, sobre todo para aquellos que siempre nos quejamos por lo que nos sucede en la vida, y no logramos leer entre líneas por qué suceden tales cosas:

“Érase una vez un hombre que tenía un hijo y un caballo. Un día, el caballo se escapó del establo y salió galopando hacia las colinas. Los vecinos se compadecieron de él:
- Menuda mala suerte, perder un caballo así – le decían.
- ¿Por qué decís eso? –dijo el hombre–. ¿Quién dice que sea mala suerte?

Y curiosamente al día siguiente, caída ya la noche, el corcel regresó a la granja junto con doce hermosos caballos salvajes. El hombre se apresuró a cerrar la puerta del establo. Ahora, en lugar de un rocín tenía –nada más y nada menos– trece ejemplares. La mañana siguiente, los vecinos del pueblo se maravillaron al ver tantos caballos.

- Eso sí es buena suerte, encontrarse de golpe con trece pura sangre.
- ¿Por qué decís eso? – volvió a preguntarles el hombre–. ¿Quién dice que sea buena suerte?

Al cabo de un rato, el hijo del granjero salió a montar uno de los caballos salvajes. Nada más subirse a él, el caballo le tiró violentamente al suelo, y el muchacho se rompió una pierna. Al conocer la noticia, los vecinos se acercaron al hombre y le dijeron:

- Qué mala suerte, que tu hijo se haya roto la pierna de esa forma.
- ¿Por qué decís eso? – les volvió a preguntar el viejo–. ¿Quién dice que sea mala suerte?

Y en efecto, pocos días después un grupo de milicianos llegó al pueblo a reclutar a los muchachos jóvenes y fuertes para que lucharan al frente de batalla, donde muchos perderían la vida. Al ver al hijo del granjero tan lesionado, no les quedó más remedio que pasar de largo, pues de poca ayuda les iba a ser en el campo de batalla.

- Qué suerte tienes – le dijeron los vecinos.
Y esta vez, el viejo sonrió”. Cuento anónimo.

Bueno, el sentido de esta página es que sea algo corto (un párrafo), pero no quiero dejar pasar la oportunidad de compartir este otro párrafo que leí hace varios años. Tiene mucho que ver con el cuento anterior, pero sobre todo se dirige a los que siempre pasamos quejándonos y PREOCUPÁNDONOS por lo que nos sucede en la vida:

NO TE PREOCUPES…

“En todas partes oirás hablar de guerras, de muertes, de incendios, bombas, atentados, secuestros, robos…
Yo te diré: ¡No te preocupes! Si te envían a defender la Patria… puede suceder una de estas dos cosas: que te manden a sitios muy peligrosos o que no te manden.
Si no te mandan a esos sitios, no te preocupes.
Si te mandan allá, puede suceder una de estas dos cosas: que te dejen en el cuartel haciendo guardia o te envíen a la batalla.
Si te dejan en el cuartel, no te preocupes.
Si te mandan a la batalla, puede suceder una de estas dos cosas: que te manden a la retaguardia o te manden al frente.
Si te mandan a la retaguardia, no te preocupes.
Si te mandan al frente, puede suceder una de estas dos cosas: que te toque un lugar seguro, o en lugar peligroso.
Si estás en lugar seguro, no te preocupes.
Si te ponen en lugar de peligro, puede suceder una de estas dos cosas: que te hieran o no te hieran.
Si no te hieren no te preocupes.
Si te hieren puede ser de gravedad o cosa leve.
Si es cosa leve no te preocupes.
Si te hieren de gravedad, puede suceder una de estas dos cosas: que te cures o que te mueras.
Si te curas no te preocupes.
Si te mueres, ya no puedes preocuparte. Así que no te preocupes”.

Hasta la próxima.

martes, 27 de octubre de 2009

¿REENCARNACIÓN O RESURRECCIÓN? 2/2


Por:
Pbro. Ramón O. Lara Palma

La gran proliferación de místicos, gurús y otros maestros de las artes y meditaciones orientales no hace más que evidenciar la enorme demanda que la población occidental hace de esas doctrinas. Como hemos insinuado en la primera parte de estas reflexiones, tales enseñanzas resultan muy atractivas para quienes viven en un mundo tan agitado y convulsionado como lo es el europeo y norteamericano. El atractivo de la meditación trascendental, la fascinación por las experiencias místicas que la cultura hindú y sus místicos ofrecen, han abierto paso irrestricto a la creencia en la reencarnación en nuestros lares.

La cultura occidental, después de pasar por la crisis del iluminismo, de haberse desencantado de los grandes ideales de la modernidad, después de haber predicado y vaticinado la “muerte de Dios”, a finales del siglo recién pasado vio resurgir una desproporcionada ansia religiosa. Una especie de mercado religioso comenzó a ganar terreno: religión al gusto del cliente. Por eso comenzaron a surgir grupos pseudo religiosos de inusitado carácter ecléctico. La New Age es muestra clara de ello. Han tomado fuerzas los distintos y tan variados grupos esotéricos como los “teosofistas”, los “rosacruces”, los “gnósticos”, etc. Todos estos grupos mantienen a la base ideas procedentes de la religiosidad del lejano oriente. Por tanto, la mentalidad reencarnacionista encuentra un favorable ambiente en ellos.

Un presupuesto básico.

Terminamos la primera parte preguntándonos por qué el occidente cristiano no cree en la reencarnación. Para responder tal inquietud analicemos primero un presupuesto que está a la base de las dos mentalidades: el tiempo. Para el pensamiento oriental, y en esto se unía Platón y gran parte del pensamiento griego, el tiempo es de dimensión circular, no tiene principio ni fin (como el círculo que siempre regresa al punto de origen, y vuelve a continuar). Es la mentalidad del “eterno retorno”. Comprendiendo así el tiempo no es difícil aceptar la idea de una vida que siempre puede recomenzar, de un alma que puede transmigrar de cuerpo en cuerpo para siempre reemprender el viaje.

En cambio, la mentalidad judeo cristiana, que es la que domina gran parte del pensamiento occidental, ofrece la comprensión lineal del tiempo. En este sentido el tiempo tiene un principio y un fin, como una línea que siempre tiene un punto de origen y un punto final. Además, el tiempo no es un ciego devenir sin rumbo, sino una trayectoria bien definida con límites claramente fijados: el tiempo es de Dios, Él es el Señor de la historia. Por eso, quien entra en el tiempo (nace-crece-multiplica-muere) tiene ya clara la trayectoria: viene de Dios y va hacia Dios. El tiempo se concibe como una historia de salvación, donde Dios acompaña la humanidad en esta trayectoria. La gran metáfora que ofrece el libro del Éxodo es elocuente: Dios camina con su pueblo hacia la meta que le ha prefijado, la tierra prometida que mana leche y miel.

Otro presupuesto base.

También, para comprender las divergencias en estos dos modos de pensar hay que atender otro presupuesto base: la relación del hombre con Dios. Hemos mencionado que para el oriental, Dios es un concepto profundo pero impersonal. Por tanto, la religiosidad es difusa, ya que ese ser con quien hay que relacionarse (del latín religare=religio=religión) es vago, no responde, no se puede interactuar con él. En cambio, para el pensamiento judeo cristiano, Dios es un Dios que habla, que dialoga con el hombre, es persona, o más bien, es comunión de personas (Trinidad).

Así mismo, siendo Dios una persona, y dado que el hombre viene de Dios porque es creado a su imagen y semejanza, también el hombre es persona, y como tal es única e irrepetible. Más aún, y esto es propio del cristianismo, el mismo Dios, en un acto de infinito amor y misericordia, se “encarna” en un hombre que viene a ser el “hombre perfecto” (Jesús de Nazareth), para enseñar el valor y la irrepetibilidad de cada ser humano. Esa unicidad e irrepetibilidad del hombre no permite una mutación y transmigración como lo acepta el reencarnacionismo. El cristianismo, entonces, es una religión que se fundamenta en la “encarnación”, única e irrepetible, por eso descarta la re-encarnación. El hombre tiene una única identidad (imagen de Dios) y un único destino (la comunión eterna con Dios).

Pero ¿Qué pasa con el pecado y sus consecuencias?

Claramente se puede captar la diferencia del cristianismo con la mentalidad reencarnacionista, ya que ésta deja al hombre solo frente al pecado y sus consecuencias. Según esta mentalidad, es el mismo hombre quien debe purificarse o hacer el largo camino de iluminación. Por eso las grandes penitencias, las distintas purificaciones (no por nada el rio Ganges juega un papel importante en la cultura India), los múltiples ayunos, y todo el bagaje ascético que es propio de la mística oriental van encaminados hacia esa liberación del pecado. Y además, si no bastó la vida presente para purificarse, pues efectivamente en la vida presente se cometen pecados, entonces no queda otra explicación que la necesidad de la reencarnación, para continuar la purificación o tener otra oportunidad de corregir los errores pasados.

En cambio, el pensamiento judeo cristiano, y particularmente el cristianismo, tiene clara conciencia de que ante el pecado es Dios mismo quien reacciona. No es el hombre el que se justifica a sí mismo, sino el mismo Dios quien lo perdona y lo justifica. El hombre no puede hacer nada para salvarse a sí mismo, sino que todo lo recibe por pura gracia y misericordia de Dios. Lo único que el hombre debe hacer es aceptar tener a Dios como su propio Dios (“Tú serás mi pueblo y yo seré tu Dios” Dt 26,17) y creer en su enviado, Jesucristo, como su único y suficiente salvador. Claro que esa aceptación y esa fe son dinámicas y requieren la respuesta concreta: la caridad. Quienes creen en Cristo actúan siempre con la caridad de Cristo. En definitiva, para el judeo cristianismo, y sobre todo para el cristianismo, el hombre no está sólo ante el pecado, tiene siempre el auxilio divino. En tal caso la reencarnación no tiene sentido.

Sin embargo, ¿Qué explicación podemos dar ante el mal que sufren los inocentes y los justos?

Hemos visto que la creencia en la reencarnación explicada por la ley del karma asume con toda serenidad el hecho del sufrimiento y la muerte como parte de ese proceso de sanación que debe pasar toda persona en su camino de purificación. Si no le alcanza la vida presente, hemos visto, tiene muchas posibilidades en infinidad de reencarnaciones futuras. Y si en esta vida está sufriendo, no es otra que cosa que la purificación de pecados en vidas pasadas. En cambio, si la explicación cristiana quita de tajo la presencia del pecado por haber sido borrado con la sangre redentora de Cristo ¿A qué se debe el sufrimiento del justo? En este caso me remito a la explicación que en otra oportunidad delineé y que consiste básicamente en la doble comprensión del mal: el mal moral, o sea el mal o sufrimiento que se debe al mismo pecado del hombre (no necesariamente el pecado personal), y el mal físico u ontológico, que viene a causa de nuestra condición de creaturas limitadas. Para ambos casos, hemos visto, es el amor el que los ha derrotado y además posibilita una nueva luz de comprensión de dichos males.

Sin embargo, queda todavía la inquietud sobre aquellos que no creen o rechazan a Dios y aquellos que no pudieron purificarse totalmente en esta vida: ¿Es justo que ese acto de libertad, ingenuo y torpe, sea motivo para una condena eterna? ¿No es más misericordioso darles otra oportunidad como lo hace la posibilidad de la reencarnación? En este aspecto sí es necesario recordar que la antropología cristiana toma muy en serio la libertad del hombre. Por eso el cristiano está invitado a ser muy pero muy responsable respecto a su vida. (“Un alma tenemos y si la perdemos ¿Quién nos la podrá recuperar?” nos recordaba nuestro vecino santo San Pedro José de Betancourt).

La muerte, para el cristianismo, es también sólo un paso (“pascua”), para presentarse al juicio delante de Dios. Pero el juicio de Dios es siempre misericordioso (“porque la misericordia triunfa ante el juicio” St 2,13) y justo (“el justo juicio de Dios” Rm 2,5). En Dios la misericordia no riñe con la justicia, ya que él no juzga a nadie, pues cada quien ha realizado su propio juicio con lo que ha hecho con su vida (“Yo no he venido para juzgar al mundo sino para salvarlo” Jn 12,47-48). Por otra parte, la teología católica ha desarrollado la doctrina del purgatorio, ciertamente poco sustentada bíblicamente, pero que ayuda a clarificar la acción misericordiosa de Dios para aquel que no estaba preparado para presentarse delante de él y recibir el juicio de salvación. Según algunos teólogos, la doctrina del purgatorio sería lo más cercano que habría entre la creencia en la reencarnación y la fe cristiana. En definitiva, y es necesario recalcarlo, para la fe cristiana la libertad del hombre es tomada muy en serio. En cambio, tal parece que los que creen en la reencarnación pueden caer en el riesgo de acomodarse moralmente y dejar todo para una purificación posterior (“gozo en esta vida y me arrepiento en la otra, o en las otras vidas”). Si al cristianismo se le ha calificado de rigorista, el reencarnacionista puede pecar de laxista.

Algunas perplejidades.

Por último podemos señalar algunas perplejidades que la creencia en la reencarnación nos deja. En primer lugar, no es justo señalar con tanta ligereza que lo que sufre una persona se deba a pecados cometidos en vidas anteriores. Si fuera así el caso ¿Qué culpa tiene mi conciencia actual de lo que hizo una conciencia que ya no es parte de mí? Ya que uno de los grandes vacíos que tienen los creyentes en la reencarnación es explicar por qué no se recuerdan absolutamente nada de lo que vivieron en una vida pasada. Y la conciencia debe ser consciente de lo que hace para imputársele una culpa. Si no es posible recordar lo hecho en el pasado no hay, por lo mismo, continuidad de la conciencia ni continuidad de la persona. Y si fue prácticamente “otra persona” (pues la persona de la vida anterior es diferente a la persona de la vida presente) ¿Por qué debo yo pagar las culpas de lo que “otro” hizo? En tal caso la reencarnación resulta ser una gran injusticia.

En segundo lugar, los que creen en la reencarnación deben aceptar la doctrina del karma. En tal caso tales creyentes deben tener en cuenta, comprender y avalar el sistema de castas tal y cual se fue diseñando en la cultura y sociedad hindú: Brahamanas, Chatrías, Vaishias, Shudras y los Parias. Por su creencia en el karma los de la india mantienen ese cerrado sistema de castas, pues quien nace en la casta de los Brahmanes indica que ha sido bendecido por una virtuosa vida pasada, en cambio los que nacen Parias (intocables, impuros) es porque han sido condenados por el propio karma a pagar pecados de vidas pasadas. En tal caso los Parias deben aceptar totalmente su condición. Ese es el motivo por el cual en la india quien nace Paria muere Paria y no merece compasión, porque está purgando pecados pasados. Es más, un mendigo, un enfermo, un desgraciado, o cualquiera que le suceda algo grave, es visto como una persona maldita, pues esas desgracias son sólo signos elocuentes de estar pagando pecados pasados. “Es su karma”, dicen los hindúes. Con razón a Madre Teresa de Calcuta nadie le ayudaba a cuidar sus leprosos, pues para los miembros de aquella cultura, era algo inútil, pues los leprosos son tales debido a su karma: están purificándose de desmanes pasados. Los creyentes en la reencarnación deben saber que el riesgo de adormecer el corazón y perder el sentido de la misericordia y la compasión es muy alto. Si todo es culpa del karma tranquilamente me puedo desatender de quien tiene necesidad de mi.

Conocer estas doctrinas y saber valorar sus motivaciones y sus perplejidades nos puede ayudar a comprender mejor nuestros principios de fe. Y parafraseando a San Pablo podemos decir: “es bueno conocer de todo y quedarse sólo con lo bueno”. Mantengo la honda esperanza de que la lectura de estas reflexione haya incitado a conocer más estas ideas y sobre todo a valorar y a confirmar nuestras convicciones de fe. Es que los cristianos tenemos la clara certeza de un acontecimiento que en ningún otro sistema religioso se atiende: la resurrección. Nuestra fe va de la mano con la certeza de la encarnación, como principio fundante y primario de la existencia terrena, y la resurrección, que es la experiencia última que ha sido experimentada sólo por una persona: Jesús de Nazareth, y mediante Jesús la Bienaventurada Virgen María. Quizá los cristianos lo que necesitamos más bien es profundizar en la verdad y en el significado de la resurrección. ¿Qué entendemos los cristianos por resurrección de la carne? Bueno, ese es material para otro artículo.

Hasta la próxima.

lunes, 19 de octubre de 2009

¿REENCARNACIÓN O RESURRECCIÓN? 1/2


Por
Pbro. Ramón O. Lara Palma

¿Es posible tener más de una vida? ¿Tiene el ser humano un alma capaz de reencarnarse? ¿Qué es el karma? ¿Por qué los cristianos no creen en la reencarnación?

Cuando un lector de este espacio de comunicación cibernética me sugirió hablar sobre la reencarnación me sentí interiormente apenado, pues sobre esa temática apenas tenía nociones. Me di a la tarea de investigar y recopilar información sobre el asunto y quedé boquiabierto al ver la cantidad de información, opiniones, tendencias y adeptos que esta mentalidad tiene. Basta con hacer un simple balance de la población mundial para darnos cuenta que muchísimo más de la mitad de terrícolas tienen una idea clara sobre la reencarnación, y son ellos los que se preguntan ¿Cómo es posible que hayan quienes no crean en esta verdad?: casi toda la China y la India la tienen como un dogma incuestionable, y en los últimos cincuenta años, como parte del “snobismo” europeo y norteamericano, hay muchos en occidente que se están adhiriendo a esta creencia.

Pero ¿Qué es la reencarnación?

Antes que nada es necesario afirmar que sobre todo es una creencia, una doctrina que es parte de un credo religioso. Una gran cantidad de corrientes del hinduismo y del budismo la tienen como una verdad incuestionable. Aunque también esta creencia formó parte del gran edificio filosófico construido por Platón y antes de él, el gran Pitágoras (sí, el del teorema) la enseñó. Obviamente que al intentar resumir una doctrina tan amplia, y a la vez tan difundida, existe el riesgo de caer en un reduccionismo e irrespeto para quienes creen en ella. Sin ninguna intención de ofender a nadie dividiré estas reflexiones en dos partes: los argumentos a favor de la reencarnación para luego pasar a las perplejidades y confusiones que aún deja. Este balance nos puede servir para tener, al menos, una noción más amplia de lo que es según algunos esta verdad de fe.

Una palabra clave que es necesario comprender al hablar de la reencarnación es el “Karma”. Para Platón y los griegos que tenían una creencia similar usaban la expresión “Metempsicosis”, que se puede traducir como “transmigración de las almas”; es decir, que el alma va errante en diferentes estados y diferentes cuerpos. El término Karma, por su parte, viene del sánscrito “kar”, que significa mano y se refiere a toda acción ejecutada y al resultado de esa acción. “De ahí pasa a significar todas las acciones hechas en vidas pasadas, y cuya suma, positiva o negativa, determina nuestra suerte en la encarnación de turno. Así, “karma” pasa a significar el “destino”, no en el sentido de una fuerza ciega externa a la persona y que determine caprichosamente lo que le ha de suceder a cada uno, sino en el sentido del camino ineludible que uno se ha labrado para el presente con sus acciones en el pasado: si yo sufro ahora, es porque ése es mi “karma”, es decir, porque yo me he portado de tal manera en mis encarnaciones anteriores que ahora tengo que pagar en sufrimiento el precio de mis desvíos y desmanes” (C.G. Valles, ¿Una vida o muchas?, 19).

El principio lógico que guía la creencia en el “karma” es el de que toda causa tiene un efecto. O si queremos expresarlo bíblicamente: “lo que el hombre siembra, es lo que recoge” (Gal 6,7). Junto al principio lógica causa-efecto se mantiene el principio moral de la “justa retribución”, es decir, cada uno ha de recibir el premio por sus virtudes y el castigo por sus vicios. Según el hinduismo, esa “lógica kármica” se extiende en el tiempo y en el espacio. La ley del karma establece que todo lo que la persona hace, dice o piensa, repercute sobre el equilibrio del universo y crea una reacción que acaba incidiendo inexorablemente en la persona, causándole dolor o gozo, según hubiera sido su acción.

Si esa es la ley del karma, ¿Cómo bloquear sus efectos? ¿Cómo corregir el karma?

Ahí entra la enorme e intensa experiencia de purificación (hinduismo) o de iluminación (budismo) para ir corrigiendo el karma y poder llegar a la total liberación. En esto entra la lógica de la reencarnación, ya que si una vida no basta para purificarse y llegar a la total liberación es posible pensar que haya una siguiente oportunidad, otra vida, en la cual pudiéndose reencarnar pueda re-emprender una nueva oportunidad. Pero sucede que de acuerdo a la ley del karma, la reencarnación puede ser no necesariamente en una persona, pues depende de lo que el karma asigne como castigo o premio. Normalmente se entiende que si hay una reencarnación (y estas son teorías de las distintas corrientes hinduistas) en una persona enferma, o si durante la vida sucede alguna tragedia que causa dolor y sufrimiento, inmediatamente se entiende que se debe al karma, que le está haciendo pagar los pecados de una vida pasada. También puede reencarnarse en cualquier otro ser, como animales y plantas, pero depende del tipo de ser para calificar si es castigo o premio. Las distintas escuelas teológicas hinduistas y budistas ofrecen sus propias explicaciones sobre cada reencarnación y el significado que tiene si sucede en tal o cual ser.

¿Qué lugar ocupa Dios en quienes creen en la reencarnación?

En primer lugar, para los que creen en Dios, pues no todos los que creen en la reencarnación creen en Dios, como los Jainitas que son ateos, éste no es un ser personal, sino una especie de energía que libera, una fuente de vida, la luz que guía, pero todo impersonal. Dentro de ese contexto teológico la creencia en la reencarnación ofrece explicaciones muy fáciles sobre el sufrimiento y el dolor, sobre la muerte y las catástrofes naturales que pueden acaecerle a una persona. En ese sentido Dios queda libre de cualquier responsabilidad, pues como insinué en los artículos sobre cómo compaginar la fe en Dios y la realidad del sufrimiento y la muerte, la gran pregunta que todos nos hacemos es ¿Por qué Dios que es bueno y todopoderoso, permite que sufran los hombres? Esta pregunta, bajo la creencia en la reencarnación, es fácilmente respondida diciendo que no es que Dios quiera el sufrimiento de nadie sino que ese sufrimiento es sólo la paga de pecados de una vida pasada.

Por ejemplo, un piadoso hindú nunca se hará la gran pregunta que un occidental se haría: “¡¿Por qué mi hija, mi linda y tierna hijita ha nacido ciega?!” Un occidental le haría esta pregunta a Dios y se lo pondría en cara: “si tu eres amor, ¿Por qué a nosotros nos ha de tocar esa desgracia?”. Y así sucesivamente, ¿Por qué ese accidente que mató toda la familia y dejó postrado y abandonado a un pequeño niño? ¿Por qué nuestro hijo joven tiene cáncer? ¿Por qué murió mi marido que era tan bueno? ¿Por qué….por qué, por qué? Las preguntas a los “por qué” el hindú piadoso no se las hace. Simplemente acepta con toda serenidad esos acontecimientos (por eso se dice que los hindúes, y en general todos los del lejano oriente, son muy tranquilos, profundos y espirituales) pues con toda naturalidad se responde sin ningún complejo que todas esas experiencias son cosas normales de la vida y si suceden es por un motivo claro: el karma. Es más, una tragedia puede ser vista como una ventaja: al recibir la tragedia como un cobro de los pecados pasados, quiere decir que esa persona que padece tal desgracia está en proceso de purificación. Si una persona sufre Dios no tiene nada que ver, pues sufre porque está purificando sus pecados.

Además, quien cree en la reencarnación no le preocupa la muerte. La muerte es solo un paso hacia una nueva oportunidad. En cambio, la mentalidad occidental teme a la muerte. Hoy más que nunca la muerte se ha convertido en un tabú. Se le maquilla, se le evade. Tanto así que ni si quiera se acepta el hecho de envejecer (los eternos jóvenes de Hollywood). Cuando se piensa en la muerte se piensa en que todo está terminado (en buen salvadoreño: muerto el chucho acaba la rabia). Para muchos occidentales con base religiosa que creen en una vida después de la muerte, se acercan a ese evento con mucho pavor, sobre todo porque no están convencidos de recibir la salvación después de morir. Para el occidental sólo hay una oportunidad: en esta vida se juega toda la eternidad, sea en el infierno o sea en el cielo. Para el reencarnacionista ese temor nunca se le asomará, pues siempre habrá una nueva oportunidad al reencarnarse, hasta que algún día alcanzará la salvación. Por eso para quien cree en la reencarnación no se plantea la idea de un infierno eterno. Según ellos, Dios que es amor no puede permitir que sólo en una oportunidad el hombre se juegue toda la eternidad en el infierno. Muy sentidamente se preguntan: ¿Será justo que el hombre, por el mal uso de su libertad, tenga sólo una oportunidad? Parece por tanto, que la creencia en la reencarnación deja mejor librado a un Dios misericordioso y todo amor que cualquier otra creencia.

¿Por qué, entonces, los cristianos no creemos en la reencarnación?

Continua…


lunes, 12 de octubre de 2009

UN PÁRRAFO A LA VEZ 3


LA PARADOJA DEL AMOR

Recopilado por:
Pbro. Ramón O. Lara Palma

“Todos, en un momento u otro, experimentamos alguna sensación de soledad y aislamiento. De vez en cuando, sentimos un doloroso vacío en nuestro interior, que se convierte en una prisión insoportable…tratamos de llenar ese vacío, de satisfacer ese hambre…, y salimos en busca de quienes estén dispuestos a amarnos…sabemos que nuestra soledad sólo puede llenarse con el amor de los demás. Sabemos que necesitamos sentirnos amados. Lo paradójico es que, si tratamos de llenar el vacío de nuestra soledad buscando el amor de los demás, será inevitable que no encontremos consuelo, sino tan sólo una desalación aún más profunda…la mayoría de nosotros conocemos nuestra necesidad de ser amados y tratamos de obtener de los demás ese amor que necesitamos. Pero la paradoja sigue inevitablemente en pie: si buscamos el amor que necesitamos, nunca lo encontraremos. Estamos perdidos. … El amor puede hacer real la solución de nuestros problemas, pero debemos afrontar el hecho de que, para ser amados, debemos ser dignos de amor. Cuando las personas orientan su vida hacia la satisfacción de sus propias necesidades, cuando salen en busca del amor que necesitan, por mucho que tratemos de suavizar nuestro juicio sobre ellas, no podemos dejar de reconocer que son unas personas egocéntricas…Sin embargo, si las personas no tratan de recibir amor, sino más bien de darlo, se hacen dignas de ser amadas, y es casi seguro que acabarán siéndolo. Ésta es la ley inmutable a que estamos sometidos: la preocupación y el interés obsesivo por uno mismo tan sólo pueden aislar el yo e inducir una soledad aún más profunda y atormentadoras”. Tomado de: John Powell, ¿Porqué temo amar?, 92-96, 1999.

El mismo autor en párrafos más adelante afirma: “Sólo alcanzaremos la madurez en la medida en que dejemos de centrarnos en nosotros mismos y en nuestras propias necesidades y renunciemos al deseo egocéntrico de satisfacer nuestras necesidades. La falsa ilusión que hay que evitar a toda costa es amar en orden a recibir amor a cambio”. Sólo que para poder verdaderamente amar al otro así desinteresadamente “debemos amarnos a nosotros mismo” (Ups! ¿No eso egoísmo? No. Simplemente realismo psicológico. Amarse a sí mismo se puede traducir mejor con otras palabras: autoestima, autovaloración). Hasta la próxima.

domingo, 4 de octubre de 2009

UN PÁRRAFO A LA VEZ (2)


NO DEJES DE ESTAR EN TI

Recopilado por:
Pbro. Ramón O. Lara Palma.

“Recuerda una cosa:
No puedes salir de tu esfuerzo si queda incompleto;
Una vez que lo inicias, has de completarlo.
Porque la mente tiene tendencia a completar lo que comenzó.
Tu mente tiende a completar, por eso cualquier cosa sin completar te causa tensión.

Si querías reír y no has reído,
Sentirás tensión.
Si querías llorar y no has llorado,
Sentirás tensión.
Por eso has estado tanto tiempo enfermo:
Porque todo lo has dejado a medias.

Nunca has reído del todo, nunca has llorado del todo;
Nunca te has enfadado del todo,
Nunca te has pacificado del todo
-todo lo has hecho a medias.
Nada es de una pieza, nada es total.

Por eso se arrastra,
Y siempre tienes toda una serie de cosas en tu mente.
Por eso te sientes siempre tan incómodo por dentro,
Por eso nunca estás a gusto…


¿Recuerdas algo que hayas hecho del todo, que hayas hecho radicalmente, completamente? ¿Encuentras algún momento en tu vida, alguna experiencia, algún evento que puedas decir haya sido completo, total, definitivo? Si has tenido una experiencia realmente completa, tu mente ya no vuelve a ella. No la necesita. No la necesita en absoluto. Lo que la mente necesita es completar las cosas. Ésa es su tendencia, y esa hace posible nuestra vida…¿Te estás duchando? Pues dúchate de veras. ¿Cómo hacer que la ducha sea completa? ¡Estando en ella! Tu mera presencia lo hace todo. Estate allí, disfruta el momento, vívelo, siéntelo. Saluda al agua que te empapa, déjate morar, déjate saturar. Sal de la ducha habiéndola vivido en su totalidad. Si no, la ducha te seguirá. Se te hará tu sombra, te acosará todo el día…”. Carlos G. Vallés, El Elogio de la vida diaria, 12-13.

Muchas veces no estamos en nosotros, somos solo “cuerpo presente”. Ni siquiera estamos en el momento presente, pues o vivimos en el pasado (solo recordando y lamentando lo pasado) o en el futuro (preocupándonos y adelantándonos), casi nunca en el "Hoy". El Carpe Diem (agarra, coge, aprovecha el día) es una buena filosofía, bien entendida por supuesto.

Hasta la próxima.

jueves, 24 de septiembre de 2009

UN PÁRRAFO A LA VEZ


Pbro. Ramón O. Lara Palma

Después de escribir sobre temáticas un tanto amplias, y por lo mismo aburridas para algunos lectores, no por la amplitud sino por mi incapacidad de ser claro y motivador, me he decidido escribir con mucha más concisión. Por eso el título de esta columna: “un párrafo a la vez”. Lo que escribiré no serán elucubraciones personales o intentos de síntesis, sino retazos de distintos libros de los que he leído o estaré leyendo. Compartiré el párrafo que más me haya impactado de esas lecturas para que también los que lean este espacio cibernético puedan dejarse llevar por la sabiduría de los que han sido bendecidos por Dios con el don del buen entender. Claro que pido disculpas por la falta de respeto, pues nadie ha dicho que lo que a mí me guste pueda gustarle a los demás. Pero correré el riesgo, y de antemano gracias por la comprensión. Ah, por ser esta la primera vez haré la excepción al presentar dos párrafos: este que están leyendo como preámbulo y el párrafo que propiamente quiero compartir con ustedes. Ahí va.
Parábola de los gemelos

«Sucedió que en un seno fueron concebidos gemelos. Pasaron las semanas y los gemelos crecieron. A medida que fueron tomando conciencia, su alegría rebosaba: “Dime: ¿no es increíble que vivamos? ¿No es maravilloso estar aquí?” Los gemelos empezaron a descubrir su mundo. Cuando encontraron el cordón que los unía a su madre y a través del cual les llegaba el alimento, exclamaron llenos de gozo: “¡Tanto nos ama nuestra madre que comparte su vida con nosotros!” Pasaron las semanas, luego los meses. De repente se dieron cuenta de cuánto habían cambiado. “¿Qué significará esto?” –preguntó uno-. “Esto significa –respondió el otro- que pronto no cabremos aquí dentro. No podemos quedarnos aquí: naceremos”. - “En ningún caso quiero verme fuera de aquí –objetó el primero- yo quiero quedarme siempre aquí”. - “Reflexiona. No tenemos otra salida –dijo su hermano. Acaso haya otra vida después del nacimiento”. - “¿Cómo puede ser esto? –repuso el primero con energía. Sin el cordón de la vida no es posible vivir. Además, otros antes de nosotros han abandonado el seno materno y ninguno de ellos ha vuelto a decirnos que hay una vida tras el nacimiento. No, con el nacimiento se acaba todo. Es el final”. El otro guardó las palabras de su hermano en su corazón y quedó hondamente preocupado. Pensaba: “Si la concepción acaba con el nacimiento, ¿qué sentido tiene esta vida aquí? No tiene ningún sentido. A lo mejor resulta que ni existe una madre como siempre hemos creído”. - “Sí que debe existir –protestaba el primero-. De lo contrario, ya no nos queda nada”. - “¿Has visto alguna vez a nuestra madre? –preguntó el otro. A lo mejor sólo nos la hemos imaginado. Nos la hemos forjado para podernos explicar mejor nuestra vida aquí.”Así, entre dudas y preguntas, sumidos en profunda angustia transcurrieron los últimos días de los dos hermanos en el seno materno. Por fin llegó el momento del nacimiento. Cuando los gemelos dejaron su mundo abrieron los ojos y lanzaron un grito. Lo que vieron superó sus más atrevidos sueños». Tomado de: Selecciones de Teología, nº 152, Vol.38, 1999, 306.

Bueno, no les prometí que iban a ser párrafos cortos!!! Pero es un párrafo digno de ser releído ¿No encuentran familiar ese diálogo respecto a nuestras dudas sobre la vida eterna?

Hasta la próxima.

sábado, 12 de septiembre de 2009

ME DUELE MI PATRIA


Pbro. Ramón O. Lara Palma

El dolor es una sensación molesta y aflictiva en alguna parte del cuerpo (dolor físico), o bien un profundo sentimiento de pena que se experimenta en lo más agudo del alma (dolor emocional). El primero es concreto y localizable, el segundo es intenso pero vago. Ambos tienen la cualidad de hacer sufrir, cada uno a su modo. Cuando digo que “me duele mi patria” quiero decir que hay algo concreto en mi, algo localizable que me hace sufrir; pero es claro que tal sufrimiento tiene el carácter emocional, que toca lo más agudo de mi ser, o lo que muchas veces llamamos “alma”. Pero es algo concreto porque me siento parte indisociable de ese cuerpo que se llama “mi patria”.

Sí, me duele mi patria. Me duele algo de mi propio ser, porque aunque estoy lejos no me siento distante e indiferente frente a mi adolorido terruño. Y no digo que me duele “mi país”, porque país es una palabra muy vaga (un galicismo que indica un área geográfica y una entidad política); ni siquiera digo “mi nación” que es ya algo más íntimo (nación = lugar donde se ha nacido), sino “mi patria” porque indica no sólo de donde soy (lugar de nacimiento) sino que recuerda mis raíces, mis ancestros: mis Padres (patria = patris ubi = lugar de mis padres).

Sí, me duele mi patria porque está muriendo. La tierra de mis padres, el lugar que me da abolengo, muere; literalmente está muriendo. Mueren mis hermanos y hermanas. Está muriendo mi familia. Pero no la mata gente extraña, sino los hermanos menores, que golpeados por el infortunio y nacidos en medio del dolor, han bebido la amarga hiel del desamor, el desamparo y la marginación. Nos estamos matando los mismos miembros de la familia. Por eso quisiera tener la fuerza para gritar con voz potente como la tuvo aquel que en un momento determinado, viendo morir a sus mismos hermanos, gritó: “están matando a sus propios hermanos…por eso les ruego, les suplico, les ordeno…” ¡Cese esta carnicería fraterna!

También por eso desde lo hondo de mi corazón gimo: “Dios te salve, patria sagrada”. Pongamos la coma para dividir la frase porque así debe ser la oración que en este llamado mes de la patria debemos elevar a Dios: ¡Que Dios te salve querida patria! Es que la vergonzosa cifra, que ya sin encogimiento y pudor manejamos, si 14 o 13 o 12 muertos diarios, requiere más que un esfuerzo humano. Sólo Dios podrá salvar esta nuestra desangrada tierra. Los que estamos momentáneamente fuera del corredor territorial nos sentimos avergonzados al conocer la crónica de la noticia internacional: “el pequeño país centroamericano tiene el poco honroso primer lugar en violencia social”. Estremece todavía más la triste constatación de que entre más muertos se dan menor es el estupor y el respeto por la vida entre nos. Tal parece que se hace realidad el triste verso de aquel mexicano: “la vida no vale nada”.

¡No! Cada vida es un tesoro de inestimable valor. Toda vida, sin ninguna distinción, merece ser salvada y restituida en su esplendor. Para ello rescatemos eso mínimo que cada uno puede hacer: respetar el derecho ajeno, porque así se alcanza la paz. El derecho a la vida, el derecho a ser amado para poder amar, el derecho a ser considerados como verdaderos hermanos, es por donde debemos comenzar. El mensaje del galileo debe encontrar resonancia en cada corazón guanaco: “dichoso el hombre que trabaja por la paz”. Con el auxilio divino, que es con lo único seguro que podemos contar, podemos convertirnos de veras en artesanos de esa paz. Sólo así será posible salvar a nuestra patria: con un verdadero empeño tomado con seriedad por parte de cada ciudadano, en sintonía unísona con todos los demás. Sí, Dios salvará nuestra patria, pero sólo a través de nuestras manos, nuestra mente y corazón. Lo demás es sólo propaganda o una falsa ilusión. Sólo así toda vida se podrá salvar.

Que Dios te salve patria sagrada y te devuelva tu dignidad. Eres pequeña pero hermosa, eres única. Tu nombre es ya presagio de tu destino y verdadera identidad: el Salvador te ha salvado y te ha llamado por tu propio nombre, que es el suyo también. Los padres que te fundaron no pudieron agraciarte mejor: su nombre, concluyeron, será El Salvador. Por eso le pido al buen Dios que nadie pueda mutilar ninguno de los catorce laureles que componen tu corona de honor. Aunque tengo la impresión de que ya solo once son: pues han desparecido casi por completo la Unión, la Paz y la Libertad. Yo aprendí desde niño que el verdadero blasón que me daba identidad era justamente la fe en DIOS, la búsqueda incansable de la UNIÓN y la defensa férrea de la verdadera LIBERTAD. Hoy sé que sólo así, guiados por esos sagrados valores, lograremos la anhelada paz social.

Loor a nuestros héroes que nos dieron identidad. Ellos solo iniciaron lo que debemos continuar: la libertad es conquista diaria que debemos buscar con ahínco. No somos libres aún si hay temor hasta de salir a la calle, no seremos realmente libres si todavía hay muertos que enterrar. Ojalá cada 15 de septiembre supiéramos realmente celebrar una verdadera fiesta de la patria, no el remedo de civismo, sin sentido y sin valor, como lo celebramos todavía hoy. ¿Por qué los niños y los jóvenes deben marchar como militares? ¿Por qué tanta pleitesía militar? Estoy seguro que podemos encontrar novedosas formas de expresar nuestro civismo y educar a las nuevas generaciones en verdadera civilidad. El lastre histórico es grande, lo sé, pero por algo podemos comenzar. Purificar ese falso civismo sería una buena opción, claro que sin fanatismo o ideologismos sesgados, ¡No faltaba más!

Por eso y por todo me duele mi patria…pero tengo la esperanza que pronto sanará!!!

martes, 8 de septiembre de 2009

¿QUIERE DIOS QUE SUFRAMOS Y QUE MURAMOS? 3/3


El sufrimiento del justo

Pbro. Ramón O. Lara Palma

Continuación...

Estamos llegando al final de este intento reflexivo que ha buscado responder a las inquietudes planteadas desde los primeros párrafos: el dolor y muerte del justo. Esta pregunta siempre ha resonado en la mente y el corazón de los hombres a lo largo de la historia: ¿Por qué sufre el justo y el hombre bueno? y ¿Por qué parece que al malvado le va bien?

Siempre es necesario recurrir y recordar la división del mal que hemos analizado anteriormente: el mal que nace del mismo actuar del hombre (mal moral) y el mal físico u ontológico, que surge por la fragilidad de la condición humana. Estos males existen, ocasionan mucho dolor y sufrimiento, y se recargan sobre cualquiera, sin ninguna distinción. Las razones teológicas y filosóficas de la existencia de estos males las hemos intentado zanjear en las anteriores partes de esta reflexión. Sin embargo, el hecho de que sea el justo y bueno el que sea víctima de estos males es lo que escandaliza: ¿Por qué es el bueno el que debe ser oprimido, por qué el justo debe sufrir las catástrofes? Nos toca ahora dilucidar el sentido del “dolor sin sentido”, del “sufrimiento injusto”.

Analicemos primero el concepto “retribución”, para poder entendernos. Este concepto tiene que ver con la idea que también se tenga de Dios. Si se ve a Dios como un juez que debe retribuir a cada quien lo que se merece, entonces es obvio que se le reclame cuando esa retribución no es dada justamente. En este caso se entiende que el malvado debe recibir siempre su castigo y el justo su premio. Según esta mentalidad, hay un “sufrimiento justo” y por lo mismo uno “injusto”. El Antiguo Testamento abunda en este modo de pensar. Pero vino la plenitud de los tiempos y el enviado de Dios, Jesucristo, vino a “perfeccionar la ley y los profetas, a darle pleno sentido” (Mt 5,17).

Por eso, si nos centramos en la visión cristiana de Dios recordaremos que “Dios hace salir el sol y manda la lluvia sobre malos y buenos” (Mt 5,45). Es que para Dios no hay distinción de categorías entre bueno y malo. Es más, el primero que recibe “la lluvia y la luz del sol” (la bendición de Dios) es el “malo”, pues es a éste a quien Dios quiere rescatar. El bueno ya está bendecido por su bondad. En cambio el malvado sufre en la oscuridad de su maldad.

Claro que entre el hombre bueno y el hombre malo está el “presuntuoso”, que somos la mayoría, quienes en nuestra limitada y a veces fingida bondad nos presentamos ante Dios como dignos de toda retribución. Presumir y ostentar la bondad es nuestro mayor defecto. Creer que somos los primeros en merecer todos los favores de Dios, nuestro mayor pecado. El bueno, el verdaderamente justo, no se pone a medir su retribución. Al contrario, el hombre verdaderamente justo y bueno se preocupa y trabaja para que el malvado se “convierta y viva”.

La hermosa parábola del “Padre misericordioso, el hijo presuntuoso y el hijo perdido” (Lc 15,11ss.) ilumina con claridad lo que estamos diciendo. Recordemos las palabras del hijo presuntuoso: “Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!”. Los ojos del padre ven en modo diferente al “hijo perdido” de cómo lo ve ese “hijo cumplidor”, quien cree merecer todo y no dar nada al hermano perdido. “Ese hijo tuyo” dice. Ya no es el hermano, es sólo hijo del papá. A veces nuestra presunción de justos corta las relaciones fraternas que debemos establecer con todos. Por supuesto que ante la “contumacia” o repetición del mismo pecado por parte del “hermano”, no la debemos tolerar. No estamos diciendo que debemos aguantar todas las maldades que el malvado quiera descargar sobre nosotros. Ante eso entra el tema de la justicia. Pero eso es otro tema del que podemos ocuparnos en otro momento.

Lo que sí podemos estar claros es que el Buen Padre no quiere que ninguno de sus hijos sufra. Y goza, hace fiesta, cuando el hijo perdido regresa. Pero hay una cruda realidad: muchos de sus hijos, particularmente sus buenos hijos, sufren, y mucho. Cuando ese sufrimiento es injustamente cargado sobre las espaldas de los buenos hijos, el Buen Padre no los abandona: “te basta mi gracia” (2Cor 12,9), les confirma. Además, cuando un hijo suyo sufre, no es que le agrade ese sufrimiento, como durante mucho tiempo se enseñó: “A Dios le agradan nuestros sufrimientos”, “Dios recibe nuestros sufrimientos como ofrenda agradable”, ¡No! Dios es eterna e infinitamente justo. Si Dios permite el sufrimiento del justo es porque espera que sus hijos justos le sean sólo fieles. Efectivamente Dios quiere ser respondido en amor, libre y desinteresado, como lo es el suyo. Para responder con amor libre al amor de Dios requiere, sí, la fidelidad, lo cual implica siempre algún tipo de sufrimiento.

En toda esa trama de amor/dolor en la que nos hemos adentrado en estas reflexiones, hemos podido ver que la verdadera identidad de Dios es una y única: Amor. Todo gira en torno a esa verdad. Por eso, en cada uno de los ángulos desde los cuales hemos analizado el mal (dolor y muerte) se vislumbra un haz de luz que resplandece en medio de la oscuridad del mal: Dios no está lejos del dolor, frente a Dios el mal no existe, y toda experiencia de mal que se pueda tener (a causa de los distintos motivos que ya hemos analizado) tiene un nuevo sabor y color con el amor infinito de Dios.

Y Dios, que es amor infinito, no se queda a distancia de su creatura. Quiso hacerse semejante en todo a ella, quiso compartir su mismo destino. Por eso se encarnó, “se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Fil 2,7). “Pues, habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados” (Heb 2,18). De este modo el mismo Dios se presentaba como el camino a seguir, la vía justa por la cual transitar (“Yo soy el camino, la verdad y la vida”). Sometiéndose en todo a la condición humana, enseñó a mantenerse fiel a esa condición, es decir, a no cometer el pecado, pues el pecado es “no humano”, más bien “deshumaniza”.

Por mantenerse fiel a lo verdaderamente humano se enfrentó a lo deshumano (pecado del mundo, mal moral, maligno, o como se le quiera llamar). Por mantenerse firme en esa fidelidad fue conducido hasta el extremo de lo deshumanizante: la muerte más cruel y el sufrimiento más atroz conocido hasta ese momento (la crucifixión). Efectivamente se convirtió en “el cordero que carga con el pecado del mundo” (Jn 1,29). ¿Quería Dios Padre ese final para el Hijo? ¡No! Sólo que era un final inevitable. La gravedad del pecado era grande. Como Hijo eterno encarnado tuvo que afrontar fielmente, pero con profunda serenidad y entereza ese destino: “no me quitan la vida, yo la doy” (Jn 10,18), “Padre, que se haga tu voluntad” (Mt 26, 42). El mismo Dios encarnado se convirtió en el modelo, prototipo, del justo que asume el dolor y la muerte para rescatar al injusto.

Por eso, los que se unen al Espíritu de Jesús, y viven de Él y para Él, el morir y sufrir injustamente se convierte en camino de redención para otros. No porque el Buen Padre quiera ese sufrimiento y esa muerte, sino que si hay que pagar ese precio por mantenerse fieles al amor, el Buen Dios recibe con benevolencia esa fidelidad. Por eso la muerte del justo jamás es en vano. La sangre del mártir es semilla de humanidad verdadera. ¿Es necesario que hayan esos mártires? Mientras haya maldad y pecado en el mundo los habrá. Pero con el gran “Testigo”, Jesús, ya inició la renovación total del mundo, de todo lo creado: “mira que hago un mundo nuevo” (Ap 21,5)… “Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva - porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mal no existe ya” (Ap 21,1). Con Jesús podemos experimentar la muerte física como lo que es: un paso natural; podemos afrontar con serenidad y fortaleza nuestra frágil condición humana, que ante las fuerzas de la naturaleza languidece; podemos emprender el camino verdadero que conduce a la vida plena porque el mal moral (el pecado) ya fue vencido y superado, pues él es la luz que nos ilumina para poder siempre elegir el Amor (Dios).

Por lo demás, no es que el malvado le vaya bien. Aparenta en su exterior vivir bien, pero en su interior, como dice el proverbio, “solo hay podredumbre y oscuridad” (Prov 4,19). No podemos desear la suerte del malvado, porque el que “camina por la senda de la injusticia acaba mal”. Muchas veces lo que sucede es que el que lucha por vivir rectamente se deja engañar por la apariencia de la vida del malvado. Y seducido por esa apariencia, el hombre bueno muchas veces sucumbe ante la oferta del mal y del pecado. Pero el pecado siempre cobra su precio, no hay que olvidarse de ello.

En fin, hay también un tipo de sufrimiento que padece el hombre bueno que tiene su origen no en el pecado personal, ni en las injusticias de los demás, ni en el efecto de nuestra condición frágil ante la naturaleza, sino que tiene su raíz en la misma mente del hombre, en nuestra frágil vida interior. Es el sufrimiento psicológico, muy común en nuestro tiempo, que se caracteriza por el descontrol de las emociones, las preocupaciones, las ansiedades, las angustias, los temores, las inseguridades y traumas sicológicos, etc., etc. Hoy más que nunca se sufre, y mucho, a causa de estas experiencias tan profundamente humanas. Pero eso es otra temática que es necesario tratar a parte.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

¿QUIERE DIOS QUE SUFRAMOS Y QUE MURAMOS? 2/3


La muerte

Pbro. Ramón O. Lara Palma

Continuación…

En la primera parte hemos concluido que el mal existe no por sí mismo, sino en otro; que la posibilidad de que exista el mal real depende de la elección o rechazo frente a Dios; que en algún momento los espíritus puros (ángeles) y los espíritus encarnados (humanos) eligieron contra Dios, desatando así la presencia concreta y real del mal: el mal lo experimentamos concretamente y hace sufrir. Que Dios no ha querido ese mal es un hecho (Él no creó el demonio, ni hizo al hombre pecador), pues Él es amor infinito y no puede contradecirse. Más bien, y eso hay que recalcarlo, ante la presencia real del mal Dios diseñó un amoroso un plan de salvación.

Pero por ahora centrémonos en la muerte en sí. Durante mucho tiempo en la Iglesia se aceptó la doctrina de los llamados “dones preternaturales”. Uno de estos dones era el don de la “inmortalidad”. Según esta doctrina, antes del pecado original el hombre no tenía como destino final la muerte, pues Dios lo había creado para la vida, y esta vida era eterna. Después del pecado, y eso lo leemos en el libro del Génesis, Dios condenó al hombre a la muerte como condena por el pecado cometido. Obviamente que tal doctrina está siendo replanteada y reenfocada. Ciertamente nos podemos preguntar: Si el hombre nunca iba a morir y si Dios les dio la orden de multiplicarse ¿A caso no sucedería que en algún momento, y con mucha rapidez, el planeta sería insuficiente para albergar a todo ser humano que naciera? Claro que la pregunta es ingenua, además de ser planteada a partir de la concreta experiencia del morir humano, pero no deja de ser oportuno planteársela.

Algunos teólogos se aventuran a decir que en realidad antes del pecado original ciertamente el hombre experimentaría la muerte física-corporal, pero ésta sería una experiencia serena, apacible y “natural”, no la experiencia dramática, dolorosa y traumática como efectivamente ahora la experimentamos. El pecado vino a ocasionar ese dolor y trauma del acontecimiento natural del morir. Morir sería sólo una “pascua natural”, ya que se nacería sin dolor y se moriría sin dolor. Tal explicación encuentra asidero experiencial en los dos modos de morir que podemos ver en casos concretos: el que muere apaciblemente en paz con Dios y el que muere angustiosamente en la desesperación de su propio ego.

Es posible pensar que cuanto más en “gracia de Dios” (amistad y cercanía con Dios) se esté, más serena es la muerte. Pensar en un Pablo que afirmaba que para él “la muerte era una ganancia” o un Francisco de Asís para quien la muerte era más bien la “hermana muerte”, etc., nos aclaran este modo diverso de ver el acontecimiento de la muerte. Claro que cuanto más lejos de Dios se viva (pecado), cuanto más centrado en el propio ego se exista, más angustia y sufrimiento ocasionará la experiencia del morir.

Por eso la experiencia del morir, en sí mismo, no es el problema. El dolor ante el morir nace más bien a partir de la percepción que tengamos frente a la muerte. Lo mismo sucede con la enfermedad. Tal parece que la enfermedad no es más que el natural camino degenerativo que el cuerpo humano toma cuando se dirige hacia su final histórico. El último estadio de la enfermedad es justamente la muerte. Por cuanto es posible ver en muchas experiencias, también la enfermedad puede ser tan trágica y angustiosa tanto como serena y apacible. Tal parece que mucho depende de la perspectiva con que se vea el evento mismo de la enfermedad. La percepción y experiencia de la enfermedad toma un sendero sereno cuanto más se viva en abandono confiado al Dios Amor y al amor concreto que se experimenta por parte de los que rodean al enfermo. En cambio toma el sendero de la angustia y desesperación cuanto más cerrado se quede el enfermo en su egoísmo y más abandonado a la soledad lo dejen sus semejantes. La muerte y la enfermedad tienen nuevo color y sabor frente al amor, frente al Dios que es amor.

También, muchas veces el sufrimiento y dolor a causa de la muerte y la enfermedad se experimentan indirectamente. La muerte o la enfermedad de un ser querido pueden ser causa de un agudo, prolongado y angustioso sufrimiento para los están cerca de esa persona querida. Sin embargo, por la experiencia que se puede recoger en el diario vivir, es posible afirmar que mucho depende también desde qué perspectiva se tome el evento que ocasiona el sufrimiento del ser querido. Siempre se redunda en lo que hemos apuntado anteriormente: en la actitud que se tome desde el amor o la actitud tomada desde el egoísmo y la desesperación.

La enfermedad y la muerte pueden ser experiencias que hagan florecer las más genuinas manifestaciones de amor. Movidos por un profundo amor, los que rodean al enfermo o acompañan al que muere, pueden hasta llegar a experimentar profundos sentimientos de serenidad y satisfacción; ya que todo lo hacen con dedicación, con premura y gran cariño. Al final se sienten satisfechos por haber manifestado ese amor sincero ante quien sufría la enfermedad. En cambio, desde el egoísmo, la enfermedad resulta cuanto menos una tragedia, un continuo reclamo, una carga insoportable; la muerte resulta ser siempre una injusticia divina, un imperdonable acontecimiento. Claro que en este ambiente saturado de hedonismo (búsqueda de sólo placer), la enfermedad y la muerte son un escándalo insoportable: al enfermo se le aparta, se le margina, se le abandona, en vez de socorrerlo. Mucho depende de cómo se vivan esas experiencias: con amor (con Dios) o sin amor (sin Dios). El mal toma rostro solo cuando se hace la elección de no amar.

Pero en el grupo de preguntas que al final de la primera parte apuntamos, dos de ellas se referían a experiencias de sufrimiento y muerte que requieren tratamiento a parte: la muerte y sufrimiento a causa de la injusticia humana y aquellas causadas por las catástrofes naturales.

La raíz de la muerte y sufrimiento a causa de las injusticias humanas está claramente en el pecado del hombre, en el mal moral de que hablaba san Agustín; o sea, el mal que el hombre mismo crea y ocasiona para sí mismo y sobre todo para los demás. Los grandes crímenes contra la humanidad: masacres, campos de concentración, bombas atómicas, etc., tienen su origen el mal que el hombre crea y expande a lo largo y ancho del mundo. Ese mal moral, es decir, el ocasionado por la acción humana, nace de la ausencia de Dios en el corazón del hombre.

Pero también existe ese sufrimiento que surge a partir de la fragilidad de la naturaleza humana. Es obvio que el obrar humano nada tiene que ver en una tragedia natural. Entonces ¿Es Dios el culpable de ese sufrimiento y de esa muerte? ¿Por qué Dios no evitó ese mal ontológico? ¿Por qué el cuerpo del hombre debió ser tan frágil y degradable?

A esa muerte y sufrimiento a causa de la frágil condición humana es a lo que san Agustín llamó “mal ontológico o mal físico”. Según Agustín, Dios da el ser a todo cuanto existe pero en diferentes grados de perfección. Algunos seres tienen cualidades perfectivas que otros no lo tienen y tales cualidades son diferentes en cada ser. Por ejemplo, una hormiga tiene ciertas cualidades ontológicas, pero frente al hombre queda superada, pues es claro que la perfección ontológica del hombre es superior. Y así sucesivamente, según san Agustín, los seres se distinguen en niveles de perfección ontológicas.

Cuando un ser se presenta con cierto nivel de imperfección ontológica frente a otro ser, a eso es a lo que Agustín llama “mal ontológico”, presente en las imperfecciones del "ser" imperfecto. Por ejemplo, es verdad que el hombre tiene el mayor cúmulo de perfección ontológica de los demás seres, sin embargo, frente a una erupción volcánica, frente a un terremoto o frente a un huracán, el hombre se ve limitado en su ser, ya que no tiene la misma fuerza y resistencia física que tiene el fuego, las rocas o el viento tempestuoso. Frente a esos fenómenos naturales, el “mal ontológico” hace presa del hombre. El hombre es frágil.

Pero en el párrafo anterior nos hemos preguntado ¿Por qué Dios no evitó el “mal ontológico” en el hombre, por qué lo creó así de frágil? Hay quienes creen que Dios creó al mundo para aumentarle el sufrimiento al hombre: “existe la obstinación del mundo por hacer sufrir al hombre mediante terremotos, inundaciones, olas de frío extremo, sequías, hambrunas, animales salvajes que devoran, árboles que caen, relámpagos que fulminan, accidentes de toda clase y demás penalidades”.

Algunos sostienen que ese mal causado por la misma naturaleza (creatura de Dios), lo permite Dios para “castigar” el pecado del hombre. Cuantas veces se hoyen voces que después de una tragedia gritan: “¡arrepiéntanse, que esta catástrofe es solo muestra de la inminente ira de Dios!”. Es obvio que una comprensión tal es un insulto al Dios que es amor. Ni siquiera la piadosa expresión “esta es la voluntad de Dios” escapa de ser una ofensa. ¡Es que Dios NO quiere la muerte del hombre, NO se complace en el sufrimiento de nadie!

Efectivamente Dios no quiere la muerte y el dolor de nadie, pero su obra creada sigue un camino ya señalado por el mismo creador. En este punto sigo a Gisbert Greshake quien sostiene la tesis de que Dios crea el cosmos entero en vistas a la aparición de la libertad humana. Según esta tesis, avalada por la visión evolucionista de la creación y por el controversial “principio antrópico”, antes de la aparición del ser humano y después de él, todo cuanto existe sigue una dinámica evolutiva de ensayo y error, pero de continuo perfeccionamiento. El grado máximo de perfeccionamiento es la aparición de un ser libre y capaz de amar.

“Digámoslo con toda concreción, ––afirma Greshake–– : que haya cáncer, epidemias, malformaciones, accidentes, inundaciones y cosas parecidas, es una secuela necesaria de que la evolución se realice como un bosquejo previo de la libertad: no de manera determinada, ni necesaria, ni fija, sino jugando, probando posibilidades en el ámbito de lo casual. La Creación, cuya meta es la libertad de la criatura, no tiene la figura de un orden estático que encaje a priori, sino que es algo dinámico, no prefijado, juguetón. Además, que el ser humano aparezca requiere determinadas leyes y constantes que producen, como la otra cara de su moneda, dolor. De aquí que en la Creación se dé necesariamente lo negativo, lo desintegrador, lo que no siempre sale bien: un conjunto de productos residuales que producen dolor”.

En otras palabras, la creación tiene una finalidad, la aparición del ser libre, pero para ello no tiene leyes fijas y preestablecidas. La única ley que Dios le dio al cosmos es evolucionar hacia la libertad. Es que Dios es libre y deja siempre en libertad su creatura. Por eso Dios no interviene en las leyes que el mismo proceso evolutivo del cosmos adquiere. ¿Podría Dios corregir la trayectoria de un huracán o evitar el acontecer de un terremoto? Desde la comprensión omnipotente de Dios podríamos decir que sí, pero no lo hace porque respecta la libertad de su creatura. La naturaleza ha elegido ciertas leyes y Dios las respeta. Cuando aparece el ser que en sí tiene conciencia de la libertad y la voluntad, o sea el hombre, Dios ve que su plan ha llegado a su perfección (el Génesis dice: “y vio Dios que era muy bueno”), sólo que siempre se mantenía el riesgo que implica la libertad de su creatura. Para entrenarlo en esa libertad, según el Génesis, Dios prueba al hombre dándole algo que elegir: no comer o comer del árbol prohibido. Lo que sucedió lo sabemos bien: el hombre eligió lo que no debía elegir.

Pero volvamos al punto del mal que ocasiona la naturaleza. Dice Greshake: “De modo que si Dios quiere al hombre y su libertad como condición para poder dar a las criaturas participación en su gloria divina y el hombre se halla esencialmente vinculado a un mundo que va en correspondencia con él y gracias al cual entra en múltiples relaciones con todos los demás hombres, queda dado al mismo tiempo el envés de la libertad: hay en tal caso necesariamente dolor estructural. Todo ello quiere decir, en lo que hace a nuestra cuestión de la compatibilidad del dolor con la imagen cristiana de Dios, que el hecho del dolor no habla contra el Dios creador bueno ni contra la bondad de la creación. Más bien, y visto desde estas reflexiones, el dolor es el precio de la libertad; mejor dicho, el precio del amor. Un Dios que por su omnipotencia y su bondad impidiera el dolor, tendría que hacer imposible el amor, porque éste presupone la libertad y es acompañado del dolor. Amor sin dolor es, pues, lo mismo que hierro de madera o círculo triangular”.

Pero, si para ser libres, y ser capaces de amar libremente es necesario pagar el precio del dolor ¿Realmente vale la pena pagar ese precio? También: ¿Por qué tiene que pagar ese precio el justo? ¿Por qué sufre el bueno y el malo no?

Continúa…