
Pbro. Ramón O. Lara Palma
Recorriendo el tercer año en este mi “exilio académico”, lejos de mi tierra y de mi gente, es natural que mis sentimientos de nostalgia crezcan fervorosamente al acercarse fechas significativas tal y como lo es la fiesta en honor a la Reina de la Paz. Junto a ese natural sentimiento de nostalgia también se remansan en mi corazón profundos sentimientos de preocupación a raíz de la grave situación económico-político-social en que vive mi pueblo. La situación económica se agudiza cada día más y porta con ello la angustia del tener que sobrevivir sin lo mínimo necesario que corresponde a la dignidad del ser humano; situación que se agrava con la evidente vulnerabilidad ante los fenómenos naturales. La política, siendo sana en su esencia y una virtud en su forma, entre nosotros está siendo pisoteada y reducida a burdo compadrazgo, sin la más mínima decencia y dignidad por parte de los que hacen de ella un “modus vivendi”. Socialmente hemos llegado a niveles intolerables y escandalosos de violencia, de degradación moral y de estrechez cultural. Ante tal cuadro de la realidad no queda si no preocuparse hondamente.
La mía es una preocupación esperanzada. Mantengo la firme esperanza en que las cosas cambiarán. Celebrar la fiesta de la Reina de la Paz confirma esta mi esperanza. ¿Por qué? Porque alimenta en mí la firme convicción de que el mensaje de paz portado por “el Príncipe de la paz” y alimentado por la noble devoción a la Santa Patrona calará en lo más hondo de los corazones de los fieles devotos. La Reina de la Paz nos garantiza justamente eso: que la paz es posible, que podemos ser un pueblo pacífico, que no nos dejaremos derrotar por los augurios pesimistas de aquellos que piensan que ya nada podemos hacer. Este 21 de noviembre deberá ser una enorme manifestación popular de un pueblo que al unísono gritará: ¡Que viva la Reina de la Paz! Sí, ¡Que reine la paz! ¡Queremos la paz! La procesión que acompañará la santa imagen será una elocuente expresión de que todos los salvadoreños vamos caminando con paso firme hacia esa paz social que tanto anhelamos. Cada vela encendida manifestará que el corazón de cada migueleño, de cada salvadoreño, tiene encendida la fe en el Príncipe de la Paz y en la venerada Reina.
Insisto, una manifestación religiosa no debe quedar en la mera superficialidad, pues debe ser una clara expresión de una experiencia interior. Celebrar la Reina de la Paz, acompañar la procesión siguiendo la sagrada imagen, debe ser una muestra clara de que en el interior de cada cristiano palpita un corazón pacífico y pacificador.
No podemos celebrar la Reina de la Paz si no tomamos en serio el llamado que en su momento nos hizo el Papa Juan Pablo II cuando visitó nuestro país la primera vez en 1983, el llamado de ser “artesanos de la paz”. La frase tiene un significado profundo que no podemos descuidar. Sobre todo significa que la paz es una cosa que está en nuestras manos (como el artesano que labora con sus propias manos, diferente al trabajador industrial), que no podemos delegarla a otros. Vivir en un El Salvador en paz no es sólo tarea de las fuerzas de seguridad, del sistema de justicia o del aparato gubernamental. La paz social depende también de nuestras actitudes pacíficas, de nuestra capacidad de tolerar, del espíritu de solidaridad y cooperación mutua, de nuestra responsabilidad moral y cívica. Construir un tejido social pacífico está en nuestras manos: somos los artesanos de la paz.
No podemos dejarnos vencer por el pesimismo y la inercia. Los violentos son muy pocos y los pacificadores la arrolladora mayoría. No podemos permitir que la violencia de unos pocos acabe con la paz de todos. Venzamos la violencia con la “no violencia”, concepto acuñado por Mahatma Gandhi. Que no significa una resignada actitud frente a los violentos, sino una activa convicción contra la violencia. Por eso, comprometámonos con las iniciativas que ayuden a superar la cultura de la violencia: cosas tan mínimas como la cordialidad de un saludo, la gentileza de una sonrisa, el gesto amable y el trato educado. Y claro, toda gran iniciativa social que coadyuve a cultivar el arte y rescate los valores de nuestra cultura debe ser acompañada por nuestro apoyo. Todo eso es el verdadero significado de la fiesta patronal en honor a la Reina de la Paz. Con esta fiesta tenemos una hermosa e inigualable oportunidad para proclamar públicamente que podemos y debemos vivir bajo el reinado de Cristo, Príncipe de la paz, y bajo la protección de su madre nuestra Reina.
Además, no olvidemos que la paz social tiene un componente político. Por eso debemos estar atentos y vigilantes con lo que hacen aquellos en quienes hemos depositado el trabajo de la administración pública. Toda autoridad pública tiene el deber de responder al mandato recibido del pueblo. Y el pueblo debe exigirles que cumplan su labor de hacer verdadera política, es decir, administrar el aparato público para el bien de todos. Para eso es necesario que cada ciudadano asuma su propia responsabilidad política, o sea, que ejerza su rol activo dentro de la democracia (gobierno del pueblo). Para tal efecto el ciudadano debe conocer a quien le gobierna (a su alcalde, a su diputado, a su presidente) y reclamarle cuando no hace bien su trabajo. Ya es tiempo de que los ciudadanos dejen de pensar de que los políticos ayudan al pueblo, de que el alcalde es bueno porque hace donaciones, de que el diputado es generoso. Si un administrador público hace obras no hace sino hacer lo mínimo que debe hacer. Pues lo que ellos hacen es sólo administrar el dinero del pueblo. Y claro, si todo el engranaje político hiciera mínimamente bien su trabajo, la situación económica sería diferente entre nosotros. El buen político administra bien y hace que la economía funcione para el bien del pueblo. En tal sentido, pido a la Reina de la Paz inspire a los políticos a actuar al menos con una mínima decencia y cumplan al menos con lo mínimo de lo que deben hacer. Todo ello sumará a la consecución de esa anhelada paz social.
Porque creo en la nobleza de mi pueblo mantengo la firme esperanza de un cambio real en un futuro inmediato. Creo y espero firmemente que podemos pasar de ser una sociedad violenta a una pacífica, de una sociedad vacía de valores a una con hondas raíces culturales y espirituales. La tarea es de todos y está en nuestras manos.
Reina de la Paz, ruega por nosotros y concédenos la paz.
La reflexión la he hecho con el corazón puesto en mi país, uniéndome al menos en oración ante la tragedia vivida en estos días. Pero estoy seguro que, como siempre la hemos hecho, de esta desgracia saldremos adelante. Como dice aquel aquel jingle: "Yo creo en El Salvador".
Recorriendo el tercer año en este mi “exilio académico”, lejos de mi tierra y de mi gente, es natural que mis sentimientos de nostalgia crezcan fervorosamente al acercarse fechas significativas tal y como lo es la fiesta en honor a la Reina de la Paz. Junto a ese natural sentimiento de nostalgia también se remansan en mi corazón profundos sentimientos de preocupación a raíz de la grave situación económico-político-social en que vive mi pueblo. La situación económica se agudiza cada día más y porta con ello la angustia del tener que sobrevivir sin lo mínimo necesario que corresponde a la dignidad del ser humano; situación que se agrava con la evidente vulnerabilidad ante los fenómenos naturales. La política, siendo sana en su esencia y una virtud en su forma, entre nosotros está siendo pisoteada y reducida a burdo compadrazgo, sin la más mínima decencia y dignidad por parte de los que hacen de ella un “modus vivendi”. Socialmente hemos llegado a niveles intolerables y escandalosos de violencia, de degradación moral y de estrechez cultural. Ante tal cuadro de la realidad no queda si no preocuparse hondamente.
La mía es una preocupación esperanzada. Mantengo la firme esperanza en que las cosas cambiarán. Celebrar la fiesta de la Reina de la Paz confirma esta mi esperanza. ¿Por qué? Porque alimenta en mí la firme convicción de que el mensaje de paz portado por “el Príncipe de la paz” y alimentado por la noble devoción a la Santa Patrona calará en lo más hondo de los corazones de los fieles devotos. La Reina de la Paz nos garantiza justamente eso: que la paz es posible, que podemos ser un pueblo pacífico, que no nos dejaremos derrotar por los augurios pesimistas de aquellos que piensan que ya nada podemos hacer. Este 21 de noviembre deberá ser una enorme manifestación popular de un pueblo que al unísono gritará: ¡Que viva la Reina de la Paz! Sí, ¡Que reine la paz! ¡Queremos la paz! La procesión que acompañará la santa imagen será una elocuente expresión de que todos los salvadoreños vamos caminando con paso firme hacia esa paz social que tanto anhelamos. Cada vela encendida manifestará que el corazón de cada migueleño, de cada salvadoreño, tiene encendida la fe en el Príncipe de la Paz y en la venerada Reina.
Insisto, una manifestación religiosa no debe quedar en la mera superficialidad, pues debe ser una clara expresión de una experiencia interior. Celebrar la Reina de la Paz, acompañar la procesión siguiendo la sagrada imagen, debe ser una muestra clara de que en el interior de cada cristiano palpita un corazón pacífico y pacificador.
No podemos celebrar la Reina de la Paz si no tomamos en serio el llamado que en su momento nos hizo el Papa Juan Pablo II cuando visitó nuestro país la primera vez en 1983, el llamado de ser “artesanos de la paz”. La frase tiene un significado profundo que no podemos descuidar. Sobre todo significa que la paz es una cosa que está en nuestras manos (como el artesano que labora con sus propias manos, diferente al trabajador industrial), que no podemos delegarla a otros. Vivir en un El Salvador en paz no es sólo tarea de las fuerzas de seguridad, del sistema de justicia o del aparato gubernamental. La paz social depende también de nuestras actitudes pacíficas, de nuestra capacidad de tolerar, del espíritu de solidaridad y cooperación mutua, de nuestra responsabilidad moral y cívica. Construir un tejido social pacífico está en nuestras manos: somos los artesanos de la paz.
No podemos dejarnos vencer por el pesimismo y la inercia. Los violentos son muy pocos y los pacificadores la arrolladora mayoría. No podemos permitir que la violencia de unos pocos acabe con la paz de todos. Venzamos la violencia con la “no violencia”, concepto acuñado por Mahatma Gandhi. Que no significa una resignada actitud frente a los violentos, sino una activa convicción contra la violencia. Por eso, comprometámonos con las iniciativas que ayuden a superar la cultura de la violencia: cosas tan mínimas como la cordialidad de un saludo, la gentileza de una sonrisa, el gesto amable y el trato educado. Y claro, toda gran iniciativa social que coadyuve a cultivar el arte y rescate los valores de nuestra cultura debe ser acompañada por nuestro apoyo. Todo eso es el verdadero significado de la fiesta patronal en honor a la Reina de la Paz. Con esta fiesta tenemos una hermosa e inigualable oportunidad para proclamar públicamente que podemos y debemos vivir bajo el reinado de Cristo, Príncipe de la paz, y bajo la protección de su madre nuestra Reina.
Además, no olvidemos que la paz social tiene un componente político. Por eso debemos estar atentos y vigilantes con lo que hacen aquellos en quienes hemos depositado el trabajo de la administración pública. Toda autoridad pública tiene el deber de responder al mandato recibido del pueblo. Y el pueblo debe exigirles que cumplan su labor de hacer verdadera política, es decir, administrar el aparato público para el bien de todos. Para eso es necesario que cada ciudadano asuma su propia responsabilidad política, o sea, que ejerza su rol activo dentro de la democracia (gobierno del pueblo). Para tal efecto el ciudadano debe conocer a quien le gobierna (a su alcalde, a su diputado, a su presidente) y reclamarle cuando no hace bien su trabajo. Ya es tiempo de que los ciudadanos dejen de pensar de que los políticos ayudan al pueblo, de que el alcalde es bueno porque hace donaciones, de que el diputado es generoso. Si un administrador público hace obras no hace sino hacer lo mínimo que debe hacer. Pues lo que ellos hacen es sólo administrar el dinero del pueblo. Y claro, si todo el engranaje político hiciera mínimamente bien su trabajo, la situación económica sería diferente entre nosotros. El buen político administra bien y hace que la economía funcione para el bien del pueblo. En tal sentido, pido a la Reina de la Paz inspire a los políticos a actuar al menos con una mínima decencia y cumplan al menos con lo mínimo de lo que deben hacer. Todo ello sumará a la consecución de esa anhelada paz social.
Porque creo en la nobleza de mi pueblo mantengo la firme esperanza de un cambio real en un futuro inmediato. Creo y espero firmemente que podemos pasar de ser una sociedad violenta a una pacífica, de una sociedad vacía de valores a una con hondas raíces culturales y espirituales. La tarea es de todos y está en nuestras manos.
Reina de la Paz, ruega por nosotros y concédenos la paz.
La reflexión la he hecho con el corazón puesto en mi país, uniéndome al menos en oración ante la tragedia vivida en estos días. Pero estoy seguro que, como siempre la hemos hecho, de esta desgracia saldremos adelante. Como dice aquel aquel jingle: "Yo creo en El Salvador".
Muchas bendiciones Padre Ramon, le acompano en sus buenos deseos, tambien me encuentro fuera del pais. Tengo mucha fe en que el pais pueda cambiar y ser una nacion diferente. Y espero poder ver ese cambio a bien. Tambien comparto su sentimiento de lo que verdaderamente debe significar la gran fiesta nacional en honor a la Reina de la Paz. Mucha nostalgia, mucho carino por este pais que me vio nacer. Le acompano en sus buenos deseos y oraciones por un mejor pais. Paz y Bien.
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