
INCURSIONES EN LO INDECIBLE
Pbro. Ramón O. Lara PalmaEste es el título de un pequeño libro del grande místico trapense del siglo XX, Thomas Merton. Uso este título para encabezar esta breve reflexión sobre la realidad de mi querido país. Lo que quiero expresar resulta una incursión (con el sentido de invasión) en un territorio que precisamente no es el mío, como es el de la política, pero como he dicho en otro momento no debe ser extraño a ninguno. Lo que quiero expresar entra en el campo de lo que parece ser en nuestra triste realidad nacional una cosa indecible, prohibida, casi un tabú: los políticos y los partidos políticos.
Al inicio del mes de mayo ¿Por qué no escribir sobre la madre o sobre la Virgen María? En cambio me siento impulsado a escribir sobre la política y sobre los políticos de mi país. Hay una razón sencilla: lo que estamos viviendo en nuestro país le quita color a la primavera que está iniciando y amarga el gusto a cualquier celebración que se haga. ¿Por qué contra los políticos? Cierto que todo lo que pasa en nuestro querido suelo no es culpa solo de ellos, pero sucede que los políticos representan a todo el pueblo y por tanto hay que iniciar con la cabeza. Lastimosamente debo usar un lenguaje generalizador, aunque sé que hay honrosas excepciones, poquísimas, pero las hay.
En primer lugar debo decir sin ambages que si hay un problema grande en El Salvador es la clase política. Como repite un cómico italiano: “il problema dell´Italia sono gli italiani”. Yo diría: el problema de El Salvador son los políticos y su política. No porque la política sea mala y que el político siempre será una carroña. No, absolutamente. La política es una virtud, una grande virtud. Y si lo queremos enunciar con lenguaje cristiano, podemos decir que la política es una de las expresiones más sublimes del amor. Una sociedad que se precie de ser humana no puede obviar el noble papel de la política: la política es bien común, solidaridad, subsidiaridad, justicia, respeto por la vida. No existe sociedad humana sin política.
El gran problema en nuestra sufrida patria es que la política ha sido convertida en lo más vil y truculento de lo que el ser humano puede hacer. La política ha sido secuestrada y estuprada. Necesitamos rescatar la política de nuestros criollos politiqueros. Los políticos (realmente los nuestros no merecen ese título) han hecho de la política sinónimo de negociaciones amañadas, soborno, búsqueda de intereses personales, enriquecimiento, bribonada, picardía. El estamento político ha sido convertido en refugio de ladrones, pillos, aprovechados y hasta verdaderos criminales.
De ahí viene el segundo punto de esta reflexión: para una nueva política necesitamos nuevos políticos. ¿Qué estamos haciendo como Iglesia y como cristianos en pro de una nueva generación de políticos? Creo que si hay una noble labor que un educador –sea un catequista o un ministro– puede hacer es formar a las nuevas generaciones de políticos. La Iglesia debe tomar muy en serio el cultivo y generación de hombres rectos, nobles, con profundos valores éticos, capaces de comunicar y contagiar esos valores, que con liderazgo efectivo (que nace del ejemplo y de la actitud democrática arraigada) se pongan al frente de las comunidades. Esos inquietos jóvenes universitarios, esos nuevos profesionales egresados, esos líderes de los cantones y caseríos, esos líderes de los barrios y colonias, todos ellos son la masa crítica de la nueva clase política que debemos impulsar.
En nuestras parroquias ¿Quiénes son los presidentes de las ADESCO? ¿Quiénes son los que forman parte del concejo municipal? ¿Quién es el alcalde? ¿Quiénes son los líderes de barrios y colonias? ¿Conocemos esos personajes? No los conocemos o no nos interesamos por ellos. Desde ahí deberíamos hacer el examen de conciencia. No es que se quiera entrar en manipulaciones tendenciosas y buscar que esos incipientes estamentos políticos se decanten hacia un partido político que sea de preferencia del educador (catequista o presbítero). Ya es una pena y resulta lastimoso saber cómo algunos ministros se proclaman públicamente a favor de un determinado partido político. Mi argumento es que se formen las personas con profundos valores éticos y que ellos elijan, conscientemente, el partido político que les parezca adecuado a sus principios.
De lo apenas mencionado entra en juego otro aspecto muy importante: los institutos políticos, o partidos políticos. Tristemente en nuestro país somos víctimas de un sistema partidario obsoleto y desvirtuado. Obsoleto porque no responde en nada a las exigencias de una verdadera democracia: son sólo organizaciones que algunos “vivos” manipulan para sus propios intereses, o intereses de poderosos que buscan mantener intactos sus privilegios feudales. Por eso mismo los partidos han desvirtuado su identidad: no tienen idearios claros y por lo tanto carecen absolutamente de principios éticos. Los partidos responden sólo a intereses oscuros. Ciertamente en el terreno político partidario entran en juegos un sin número de intereses. Pero son los idearios y los principios éticos, defendidos e impulsados por los políticos, los que mantienen la política en su justo riel: la búsqueda del bien común.
El trabajo que tenemos como cristianos y cómo Iglesia en este campo es amplísimo. Y tenemos una grande deuda que saldar. ¡Nos hemos desinteresado por formar las nuevas generaciones de políticos! Recuerdo que el entonces diputado del CDU y ahora ministro de economía, cuando vino a una reunión de clero de nuestra diócesis (2005) nos hizo este regaño: “Nosotros fuimos formados seriamente por grandes educadores que nos inculcaron profundos principios. Y ahora ¿Qué hace la Iglesia?”. Debemos incursionar en lo indecible, incursionar en la política. Luego, no nos quejemos.
Al inicio del mes de mayo ¿Por qué no escribir sobre la madre o sobre la Virgen María? En cambio me siento impulsado a escribir sobre la política y sobre los políticos de mi país. Hay una razón sencilla: lo que estamos viviendo en nuestro país le quita color a la primavera que está iniciando y amarga el gusto a cualquier celebración que se haga. ¿Por qué contra los políticos? Cierto que todo lo que pasa en nuestro querido suelo no es culpa solo de ellos, pero sucede que los políticos representan a todo el pueblo y por tanto hay que iniciar con la cabeza. Lastimosamente debo usar un lenguaje generalizador, aunque sé que hay honrosas excepciones, poquísimas, pero las hay.
En primer lugar debo decir sin ambages que si hay un problema grande en El Salvador es la clase política. Como repite un cómico italiano: “il problema dell´Italia sono gli italiani”. Yo diría: el problema de El Salvador son los políticos y su política. No porque la política sea mala y que el político siempre será una carroña. No, absolutamente. La política es una virtud, una grande virtud. Y si lo queremos enunciar con lenguaje cristiano, podemos decir que la política es una de las expresiones más sublimes del amor. Una sociedad que se precie de ser humana no puede obviar el noble papel de la política: la política es bien común, solidaridad, subsidiaridad, justicia, respeto por la vida. No existe sociedad humana sin política.
El gran problema en nuestra sufrida patria es que la política ha sido convertida en lo más vil y truculento de lo que el ser humano puede hacer. La política ha sido secuestrada y estuprada. Necesitamos rescatar la política de nuestros criollos politiqueros. Los políticos (realmente los nuestros no merecen ese título) han hecho de la política sinónimo de negociaciones amañadas, soborno, búsqueda de intereses personales, enriquecimiento, bribonada, picardía. El estamento político ha sido convertido en refugio de ladrones, pillos, aprovechados y hasta verdaderos criminales.
De ahí viene el segundo punto de esta reflexión: para una nueva política necesitamos nuevos políticos. ¿Qué estamos haciendo como Iglesia y como cristianos en pro de una nueva generación de políticos? Creo que si hay una noble labor que un educador –sea un catequista o un ministro– puede hacer es formar a las nuevas generaciones de políticos. La Iglesia debe tomar muy en serio el cultivo y generación de hombres rectos, nobles, con profundos valores éticos, capaces de comunicar y contagiar esos valores, que con liderazgo efectivo (que nace del ejemplo y de la actitud democrática arraigada) se pongan al frente de las comunidades. Esos inquietos jóvenes universitarios, esos nuevos profesionales egresados, esos líderes de los cantones y caseríos, esos líderes de los barrios y colonias, todos ellos son la masa crítica de la nueva clase política que debemos impulsar.
En nuestras parroquias ¿Quiénes son los presidentes de las ADESCO? ¿Quiénes son los que forman parte del concejo municipal? ¿Quién es el alcalde? ¿Quiénes son los líderes de barrios y colonias? ¿Conocemos esos personajes? No los conocemos o no nos interesamos por ellos. Desde ahí deberíamos hacer el examen de conciencia. No es que se quiera entrar en manipulaciones tendenciosas y buscar que esos incipientes estamentos políticos se decanten hacia un partido político que sea de preferencia del educador (catequista o presbítero). Ya es una pena y resulta lastimoso saber cómo algunos ministros se proclaman públicamente a favor de un determinado partido político. Mi argumento es que se formen las personas con profundos valores éticos y que ellos elijan, conscientemente, el partido político que les parezca adecuado a sus principios.
De lo apenas mencionado entra en juego otro aspecto muy importante: los institutos políticos, o partidos políticos. Tristemente en nuestro país somos víctimas de un sistema partidario obsoleto y desvirtuado. Obsoleto porque no responde en nada a las exigencias de una verdadera democracia: son sólo organizaciones que algunos “vivos” manipulan para sus propios intereses, o intereses de poderosos que buscan mantener intactos sus privilegios feudales. Por eso mismo los partidos han desvirtuado su identidad: no tienen idearios claros y por lo tanto carecen absolutamente de principios éticos. Los partidos responden sólo a intereses oscuros. Ciertamente en el terreno político partidario entran en juegos un sin número de intereses. Pero son los idearios y los principios éticos, defendidos e impulsados por los políticos, los que mantienen la política en su justo riel: la búsqueda del bien común.
El trabajo que tenemos como cristianos y cómo Iglesia en este campo es amplísimo. Y tenemos una grande deuda que saldar. ¡Nos hemos desinteresado por formar las nuevas generaciones de políticos! Recuerdo que el entonces diputado del CDU y ahora ministro de economía, cuando vino a una reunión de clero de nuestra diócesis (2005) nos hizo este regaño: “Nosotros fuimos formados seriamente por grandes educadores que nos inculcaron profundos principios. Y ahora ¿Qué hace la Iglesia?”. Debemos incursionar en lo indecible, incursionar en la política. Luego, no nos quejemos.