Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

viernes, 3 de septiembre de 2010

DECIMO ANIVERSARIO


DIEZ AÑOS DE UNA MISIÓN EPISCOPAL (2/2)

Intentar resumir lo vivido y trabajado en diez años de misión episcopal en pocos párrafos resulta cuanto menos superficial, si no reductivo. Sin embargo, me estoy atreviendo hacer tal análisis debido a lo histórico y rico que resulta esta etapa de la vida diocesana en el oriente del país. Mi selección es limitadísima, dos aspectos: el laicado y el clero. En la primera parte he presentado mi visión sobre el papel del laico en la diócesis, centrándome en la revisión del Plan Pastoral Diocesano. En esta segunda parte intentaré dar mi opinión sobre la realidad ministerial.

El clero y su formación: desafíos y esperanzas (2000-2010)

Con la llegada del nuevo pastor la diócesis recibe una ráfaga de viento fresco que auguraba nuevos planteamientos y nuevos rumbos. Las expectativas crecieron. Una de las expectativas descansaba en la larga experiencia que el nuevo obispo había tenido en el terreno de la formación sacerdotal y en el conocimiento de gran parte del clero de su nueva diócesis. Puesto que el clero en su mayoría es un clero joven, la sintonía con un obispo joven y experimentado en la formación auguraba una nueva era.

Las expectativas han sido cumplidas en gran medida. Lastimosamente ha sido justo en estos años que han venido a evidenciarse algunas de las tantas carencias que un proceso de formación puede esconder. Los medios de comunicación a nivel mundial han exacerbado hasta lo indecible los pecados y problemas de salud mental de muchos ministros. Tal contexto ha llevado al nuevo pastor a tomar muy en serio el acompañamiento de su clero, principalmente el joven. Además, el tomar medidas preventivas y sustitutivas de posibles escándalos al interno de la vida eclesial diocesana ha sido una preocupación de primer orden para este pastor. Pero la medicina no siempre es dulce.

¿Qué respuesta dar a esta situación problemática?

Entre los grandes desafíos que el nuevo pastor encontró en la diócesis está el de la formación y acompañamiento del clero. Una acción inmediata fue la de revivir el seminario menor y acompañar muy de cerca a los seminaristas en los distintos niveles y lugares de formación. Sucedió que para el año en que el nuevo obispo empieza su misión en la diócesis, el proceso de formación para los seminaristas en El Salvador (en todas las diócesis, excepto la de San Vicente) se distribuyó en tres niveles y en tres lugares diversos: el seminario introductorio (en Santiago de María), el filosofado (en Santa Ana) y el teologado (en San José de la Montaña, San Salvador). Habiendo sido designado por la Conferencia Episcopal (CEDES) como miembro de la comisión de vocaciones y seminarios, el nuevo obispo mantuvo desde sus inicios una estrecha cercanía con los seminaristas y los distintos seminarios.

A medida que iba creciendo el número de los neos ordenados, decide dar otro paso trascendental en el acompañamiento de este clero “novísimo”, instituyendo el grupo de formación permanente. Tal proceso comienza a dar los primeros pasos a partir del quinto año de su misión episcopal. Hasta la fecha el proceso de esa fraternidad sacerdotal va tomando más solidez y dinamismo. Ya son 18 sacerdotes y tres diáconos ordenados por este pastor. Las expectativas de camino en este campo de la formación, sea en la etapa inicial como en la permanente, son muy grandes. Los motivos para esperar son muchos.

Expectativas viables para los próximos años

Apoyando la formación permanente del clero joven y propiciando una verdadera experiencia de fraternidad sacerdotal entre los tales, el Señor Obispo entra en la dinámica que desde el Concilio Vaticano II ya se había iniciado, y es la dinámica de la pastoral presbiteral. El obispo tiene como principal misión acompañar y pastorear a su clero. Líneas precisas de cómo realizar ese camino ya han sido emanadas por los distintos discasterios de la Santa Sede. Uno de esos documentos es el que emitió la Congregación para el Clero en 1994, el llamado Directorio para el Ministerio y Vida de los Presbíteros. Este documento abre el camino para consolidar otra dinámica que hoy más que nunca está tomando fuerza, y es la conciencia de la “diocesanidad de la vida ministerial”.

La “diocesanidad” es un concepto aparentemente abstracto, sin embargo es absolutamente práctico. Podemos decir que la diocesanidad es la experiencia de la más genuina y profunda fraternidad sacerdotal entre el clero con su obispo, del clero entre sí, para luego pasar a la experiencia de koinonía con el resto del pueblo de Dios presente en la diócesis. En otro lugar hemos escrito: “La realidad diocesana no se puede evadir. Hoy los documentos magisteriales hablan de la ‘diocesanidad’ de la vida ministerial. Sin la profunda vinculación con el obispo, ni la experiencia de la fraternidad sacerdotal entre el clero, el ministerio sacerdotal, hoy por hoy, es imposible de vivir” (Cfr. “Ser sacerdote hoy”, Calendario Litúrgico migueleño 2010).

Las nuevas líneas sobre la pastoral presbiteral contempladas en los documentos pontificios insisten en hacer de la vida presbiteral una verdadera “fraternidad sacramental sacerdotal” (PO, 8). Por eso hemos insistido en que “los sacerdotes del tercer milenio han de vivir una auténtica comunión fraterna entre el obispo y entre ellos mismos. Esos vínculos fraternos posibilitan consolidar en el ministro una sólida identidad sacerdotal, le posibilita una sana comunión de afectos y le propicia una genuina experiencia de misión realizante. El sacerdote que se aísla de sus hermanos en el ministerio y de su obispo está condenado a perder su vocación. Esa vinculación sacramental con el clero y el obispo se ve reflejada en el espíritu de comunión con que se desarrolla la pastoral parroquial y diocesana” (Cfr. “Ser sacerdote hoy”, Calendario Litúrgico).

A esta identidad diocesana y a esa profunda fraternidad sacramental es a lo que apuntan las líneas de formación y acompañamiento de nuestro actual padre y obispo. Es más, para sentar las bases sólidas para la formación inicial (formación seminarística) ha emprendido, junto a otros obispos de otras diócesis, la enorme tarea de erigir un nuevo seminario regional en oriente. Tal proyecto prevé un dinámico y actualizado proceso de acompañamiento vocacional junto a un exigente camino de preparación académica. La idea es ofrecer a la iglesia que peregrina en el oriente del país un clero que sea capaz de responder a las exigencias que ofrecen los nuevos tiempos y las nuevas realidades. Sobre todo preparar un clero diocesano que ya no tenga el “complejo” del “llanero solitario”, sino el sacerdote que sabe que nunca está sólo porque es parte de una fraternidad sacramental, que lo une profundamente a su obispo, a sus demás hermanos presbíteros y a todo el pueblo de Dios.

Podemos ver, pues, que el horizonte que tiene por delante el clero de nuestra diócesis, llevados de la mano de su pastor, tiene luces muy provocadoras que presagian una gran aurora eclesial. A diez años de servicio episcopal podemos ver que las expectativas se van cumpliendo y se van creando nuevas. Sólo hay que seguir “lanzado las redes”: “Duc in altum et laxate retia vestra in capturam” (Lc 5, 4).

miércoles, 25 de agosto de 2010

DECIMO ANIVERSARIO




DIEZ AÑOS DE UNA MISIÓN EPISCOPAL (1/2)

Pbro. Ramón O. Lara Palma

Al acercarse la fecha en que nuestro padre y obispo cumplirá diez años de realizar su misión entre nosotros, la Iglesia particular que peregrina en el oriente del país, me atrevo a escribir estas breves notas sobre algunas líneas generales que han caracterizado dicho episcopado durante estos años. No cabe duda que el trabajo pastoral ha sido intenso, rico y fructífero, no sin contar con baches, dispersiones y hasta verdaderos traumas. Repito, mi análisis quiere sólo resaltar algunos aspectos en los que este período episcopal se ha caracterizado. Quizás no todos compartirán mi opinión y mi selección; otros podrán hacer sus propios análisis y sus propias conclusiones.

Los laicos en el Plan Pastoral Diocesano (2008-2013)

Con la dimisión de Mons. José Eduardo Álvarez, a mediados de los años noventas, la diócesis pasó un lapso de tiempo con cierta inestabilidad en cuanto a la presencia del ordinario propio. Mons. Romeo Tovar Astorga (1997-1999) asume momentáneamente las riendas de la diócesis pero luego es trasladado hacia otra diócesis, dejando otra vez acéfala tal sede eclesiástica. Hasta que es ordenado obispo Mons. Miguel Ángel Morán, el 2 de septiembre del año 2000. La diócesis reemprende así un nuevo período.

El nuevo obispo desde los inicios dejó entrever una personal manera de pastorear su grey. Por lo que la cercanía con los distintos grupos eclesiales y todas aquellas realidades diocesanas donde los laicos tienen una notable presencia son prioridades de este pastor. Después de un tiempo de conocimiento de toda la vida diocesana, comenzó a tender las líneas para la elaboración de un Plan Pastoral con vistas a organizar, dinamizar y proyectar todo el quehacer pastoral de la diócesis. Con mucha fatiga y no sin momentos de desconciertos se fue definiendo el proyecto pastoral, que tiene como objetivo principal coordinar los diferentes esfuerzos parroquiales, bajo la luz del triple ministerio de Cristo, para encaminarlos hacia una pastoral de conjunto que a su vez fortalezca la vida diocesana. El ideal final es hacer presente con mayor evidencia el reinado de Dios en esta iglesia particular.

El diseño del plan, redactado y editado, tiene dos partes fundamentales: una parte histórica-doctrinal y la otra propiamente operativa. A grandes rasgos se puede vislumbrar los ejes metodológicos asumidos por el episcopado latinoamericano (ver-juzgar-actuar). A la parte histórica-doctrinal corresponderían los ejes «ver-juzgar» y la parte propiamente operativa el eje del «actuar». En la parte histórico-doctrinal abundan las referencias al Concilio Vaticano II y a su eclesiología del misterio, comunión y misión. Por lo que no es de extrañar que se abran sin tapujos todos los espacios posibles para la participación activa de los fieles laicos en el dinamismo diocesano. Se puede decir que el plan está pensado con el propósito de involucrar a todos los bautizados a cumplir la misión que les corresponde en el campo al que el Señor les ha llamado. Baste mencionar lo que define por parroquia: «el principal lugar institucional de edificación eclesial donde se realiza la vida cristiana y, por lo mismo, la principal estructura eclesial responsable de la Evangelización. En ella encuentran los cristianos a la Iglesia como Pueblo de Dios y los agentes de pastoral ejercen en ella su ministerio» (pag. 42).

Además, todos los objetivos específicos y las líneas operativas que componen la parte práctica del plan, contienen elementos concretos en los que la figura de los laicos adquiere especial relevancia. Vale destacar solo algunas referencias: despertar en todos la vocación profética que es propia de cada bautizado (pag. 65), priorizar los ministerios laicos para que ejerzan su función sacerdotal (pag. 67, 70), insertar a los laicos en las estructuras parroquiales y diocesanas (consejos pastoral y económico), así como todas las aéreas de trabajo de la pastoral social para empeñarlos en su función real (pag. 75). Llama poderosamente la atención el hecho de que el plan sugiere la participación pasiva y activa en el campo de la formación cristiana. Es participación pasiva porque el plan expresa enfáticamente la necesidad de posibilitar una formación integral y permanente a todos los laicos. Es más, al final del plan se especifican las prioridades a tomar en cuenta en el presente quinquenio, y la primera prioridad es esa formación. Es activa porque el plan también sugiere «asignar a equipo de laicos evangelizados para que den seguimiento a los programas pastorales, sean diocesanos, vicariales o parroquiales» (pag. 68). En tal sentido, la munus docendis, propia de los ministros, es tranquilamente cedida también a los fieles laicos. No cabe duda que resuena aquí el número 12 de la Lumen Gentium: el sensus fidei y el sensus fidelium.

En fin, es posible afirmar que este plan pastoral apunta a una real, fructífera y activa participación de los fieles laicos en toda la vida diocesana. El gran desafío que todavía queda es despertar en todos ellos la pasión por ejercer aquello que les es propio como miembros del pueblo de Dios, como corresponsables en esa Iglesia misterio, comunión y misión. Además, no todos los ministros ordenados han asimilado con precisión lo que les es propio a ellos y lo que les corresponde por derecho a los fieles laicos. Por eso es que la presencia y misión de los laicos en la diócesis de San Miguel todavía debe ser vista en perspectiva, ya que no es todavía una realidad una activa y fructuosa participación de ellos.

Nuevas perspectivas

Con la elaboración y ejecución del plan pastoral, la diócesis busca dar el paso hacia un laicado consciente de su dignidad y su misión. Pasar de un laicado pasivo a un activo; de un laicado sin fisonomía ni identidad a uno con identidad, participe y corresponsable con la misión de la Iglesia que localmente peregrina en la diócesis migueleña.

Además, con ese proyecto pastoral la diócesis ha priorizado la formación de los laicos con el fin de pasar de un laicado desinformado a uno mejor informado y progresivamente bien formado. El ideal de un laicado consciente, partícipe y corresponsable pasa por el proceso de una formación profunda y amplia. No se trata sólo de formar ciertos «colaboradores de los presbíteros» sino de abrirles el espacio que les es proprio en la vida diocesana.

Asumiendo esa clara conciencia de la propia dignidad y misión, superando el rol de sentirse sólo colaboradores y servidores de los ministros, los laicos han de asumir con profundo espíritu de corresponsabilidad su propia misión. Pero además, el presbiterio de la diócesis debe también reacomodar su pre-concepto del laico como «colaborador del ministro» a la clara identidad del laico como «corresponsable» con la misión que le es propia al ministro.

También, la diócesis apunta a una plena conjunción de fuerzas para posibilitar que la viña del Señor, que en este caso es la misma diócesis, pueda fructificar con frutos de vida nueva. Para ello todos los miembros del pueblo de Dios, ministros y fieles cristianos laicos, en profunda comunión y corresponsable misión, deben convertirse en celosos y apasionados servidores de esa viña. Los esfuerzos por responder a los diferentes desafíos que la realidad diocesana contiene no han de disiparse, como tampoco ningún desafío ha de soslayarse.

Como el objetivo general del plan lo sugiere, todo el esfuerzo pastoral, que en plena comunión y participación han de realizar los fieles laicos junto con los ministros, ha de apuntar decididamente a la vivencia concreta del Reinado de Dios, en el que los valores de la justicia, la verdad y la paz serán una realidad. Donde la compasión y la solidaridad serán expresión espontánea de una vivencia cristiana profunda y gozosa. En tal sentido, la vida del Espíritu de Cristo será palpable y madura. La espiritualidad de los laicos, como la de los ministros, encontrará su centro en la vivencia plena de la propia vocación, que a su vez será manifestada mediante una fe madura, una esperanza gozosa y una caridad activa.

Obviamente todo esto es todavía un ideal, pues la realidad dista mucho de ser reflejo de tales perspectivas. Por eso la vigencia del llamado de Jesús, «¿Por qué estáis aquí ociosos todo el día?», tiene una actualidad evidente en la diócesis. El trabajo por realizar es ingente. Los primeros pasos ya se están dando, y sobre todo, con la presencia del actual padre y obispo, las perspectivas se hacen más prometedoras.

Continúa…

jueves, 8 de julio de 2010

LA NUEVA OCURRENCIA


BIBLIA EN LA ESCUELA


Pbro. Ramón O. Lara Palma


¿Por qué no leer la Biblia en las escuelas? Este es el dilema que mueve todo el tinglado de la opinión pública salvadoreña en estos momentos. Los orondos “Padres de la Patria” han salido al ruedo como verdaderos paladines de los valores humanos y religiosos (la decadencia busca siempre vestirse de abundancia). Me imagino, y quiero pensarlo así, que algo de buena intención ha tenido esa propuesta. Pero como dijo ya alguien: “con ello están demostrando la supina ignorancia que en casi todo los campos alardean nuestros políticos”. Por eso quisiera exponer brevemente los motivos por qué no viene al caso leer la Biblia en la escuela. Por supuesto que otros más versados en la materia podrán profundizar y dar más sustentados motivos.

- Por antipedagógico

Comencemos con este motivo. Y esto es evidente. Quienes alguna vez hayan tenido la Biblia en sus manos (dudo que algunos diputados lo hayan hecho alguna vez) se darán cuenta de que este es un libro diverso a cualquier otro libro. Y el motivo es claro: no es un libro de texto escolar, es un libro sacro al que debe accederse con la actitud y la preparación debida. Una lectura seca de un párrafo bíblico no dice nada. Con todo el respeto que le tengo a este libro sagrado, y justo por ese mismo respeto, sostengo que sería perder siete minutos de un momento pedagógico que podrían ser más aprovechados. Sin contar que esa lectura anti pedagógica de la Biblia la trivializaría y la banalizaría. Además, siendo la Biblia un libro religioso, una lectura obligatoria reñiría con nuestra constitución, como bien han señalado ciertos críticos, pues terminaría con imponer una religión. Como religioso debo recordar que la fe nunca se impone (por ley o decretos) sino que se propone. La fe es una invitación no una imposición.

- Por no factible

Si la lectura bíblica en un aula de lecciones resultaría antipedagógica, hay que agregar igualmente la no factibilidad de tal lectura. Siendo un libro religioso debe ser presentado por una persona preparada en tal campo y en un ambiente adecuado al mismo. ¿Cuál es el ejército de docentes expertos en Biblia que preparará tal lectura? Además, la Biblia es para leerse en un contexto religioso propicio, con la finalidad de fundamentar la vida de fe y de moralidad según los preceptos emanados de ella. En otros países, el estado paga a un experto en religión y en los textos bíblicos para que ofrezca las lecciones que los padres de familia libremente aceptan que reciban sus hijos. ¿Tiene El Salvador la capacidad de costear ese nuevo currículo de enseñanza?

- Por contraproducente

Ciertamente la sociedad y cultura salvadoreña registra una fe mayoritariamente cristiana. Por tanto, la Biblia no es un libro desconocido. Pero el problema del cristianismo de nuestro país es que está representado por innumerables confesiones, tan variadas y distintas, que no se puede hablar de un único cristianismo. Eso no es de extrañar, pues las otras religiones que se fundan en un libro sagrado, como el judaísmo y el islam, tienen infinidad de corrientes que interpretan en modo distinto el texto sagrado. Sabemos que el mensaje cristiano es único y siempre bueno, pero cómo se interprete y se ponga en práctica resulta no siempre igual para todos. Tal divergencia trae muchas veces conflictos internos entre los creyentes. Más divisiones y conflictos por aspectos religiosos es lo que menos necesita El Salvador. Por tanto considero contraproducente imponer por ley la lectura de la Biblia.

- Por inútil

Por último, y como consecuencia de los anteriores puntos, se ve con claridad que una “ley” para leer la Biblia en los centros de enseñanza es poco menos que inútil. Además, la ola de violencia no terminará con solo imponer la lectura de la Sagrada Escritura. Eso es caer en un lastimoso simplismo. La violencia social debe ser tratada con mayor responsabilidad, contundencia y radicalidad.

¿Qué hacer ante tal dilema?

Brevemente expongo algunos caminos o pasos que podrían darse, en consonancia con la iniciativa de los legisladores.

- Elaborar un programa actualizado de valores morales y cívicos

El conocimiento de los conceptos y los contenidos de los más fundamentales valores humanos siempre es necesario. Cierto que la principal y primera institución responsable de transmitir y cultivar los fundamentales valores humanos es la familia. Lastimosamente en la realidad no es así. Por tanto, el sistema educativo puede ofrecer una pequeña ayuda que venga a solventar en algo ese vacío. Junto al conocimiento y asunción de los valores elementales del ser humano es necesario también insistir en el cultivo de un sano y auténtico civismo. La educación cívica está prácticamente en el olvido. Hay que recobrarla y cultivarla. Las nuevas generaciones no tienen culpa de no saber prácticamente nada sobre valores y sobre civismo, ya que nadie se los ha enseñado.

- Profundizar en las virtudes humanas y morales fundamentales

Junto a los valores humanos es importante conocer y asimilar las virtudes. Sobre todo aquellas que la tradición occidental ha siempre cuidado: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. Son virtudes que desde la antigua Grecia eran cultivadas. Por ser virtudes cardinales, de ellas provienen un sin número de virtudes concomitantes que habría que enseñar y cultivar.

- Poner la ética de la responsabilidad y del respeto al centro de la vida social

La actitud ética está desapareciendo en todas las latitudes y en todos los estamentos sociales. La crisis económica actual tiene su raíz en el vacío que ha dejado la desaparición de la actitud ética. Sin principios éticos es prácticamente imposible convivir humanamente. Cuando faltan los principios éticos entonces se recurre al legalismo: ley para todo, hasta llegar a elaborar leyes para cumplir otras leyes. Absurdo. Entre los principales principios éticos que debemos cultivar y asumir es el del uso responsable de la libertad, que junto al arraigado respeto al derecho ajeno propician una convivencia digna del ser humano. Sin la responsabilidad (en todos los sentidos) y sin el respeto a la dignidad de la persona humana no hay convivencia social posible. Eso es lo que prácticamente ha desaparecido de entre nosotros. Por eso la ética de la responsabilidad y del respeto debe estar al centro de nuestra convivencia social.

- Cultura de la ejemplaridad: alabar y reconocer el bueno y punir y denigrar el mal comportamiento ético

Por último, debemos empeñarnos en crear una cultura que tenga como fundamento la ejemplaridad positiva. El ser humano es un ser mimético. Imita todo lo que ve. Si los modelos que se le presentan son siempre deshumanizantes, inmorales, vacíos o triviales, aprende a vivir y a comportarse como tal. Por eso es importante hacer resaltar la ejemplaridad positiva del comportamiento ético. Ese comportamiento no se da por decreto. Eso es algo cultivado y arraigado en cada persona. Los responsables para dar esa ejemplaridad son principalmente todos los personajes públicos: políticos, religiosos, académicos, etc. Saber reconocer los buenos ejemplos y cultivarlos es necesario. Saber castigar y desdeñar los malos es una urgencia. El problema nuestro es que el sistema de valores se ha cambiado: el bueno es ridiculizado y el malo (inmoral, sin vergüenza, charlatán, etc.) es aplaudido. Los medios de comunicación y el oscuro mundo de la publicidad tienen una gran tarea al respecto. La autocensura es ineludible. El Salvador necesita de mass media que construyan nación.

Los dos primeros puntos son prácticos. Los dos últimos son sobre todo comprometedores y por tanto a largo plazo. Considero que todos son necesarios para comenzar a reconstruir un nuevo tejido social que posibilite la recomposición de nuestra destartalada convivencia ciudadana. La propuesta de nuestros Padres de la Patria no debe quedar en saco roto. Pero hay que reformularla y hacerla más sólida, sin vaguedades y simplismos como resulta ser una ley de lectura de la Biblia en las aulas.

miércoles, 30 de junio de 2010

BUSCANDO PARADIGMAS 2


PERMÍTANME DISENTIR (2)

Pbro. Ramón O. Lara Palma

De Europa, y en general de varios países del llamado primer mundo, ciertamente podemos aprender mucho. Particularmente del viejo continente podemos aprender tantísimo de su cultura, que se caracteriza por la pertinaz búsqueda de la belleza (arte), de la verdad (filosofía) y del bien (derecho). El arte, el pensamiento filosófico y el desarrollo del derecho son sin duda un legado que Europa ha dado a toda la humanidad. Por supuesto que las otras culturas están llamadas a hacer una lectura y asimilación crítica de cómo Europa ve el arte, de cómo hace y propone su pensamiento filosófico y de cómo busca el bien mediante la creación y la aplicación del derecho. En estos términos Europa es rica y mucha de esta su riqueza debemos nosotros saber atesorar, salvadoreños y pueblos del resto del mundo.

Pero Europa, embriagada por las delicias de su riqueza, tomó caminos que aún pudiendo ser deseables y al mismo tiempo inocuos, le han conducido hacia un callejón que parece no tener salida, o si la tiene parece estar muy lejos y muy difícil de arribar. Me detengo en dos de estos aspectos que han conducido a Europa hacia ese callejón cerrado: la libertad y el derecho. Es claro que el genio de la cultura europea (su arte, filosofía y derecho) creó el concepto de libertad individual y el concepto del derecho particular. En verdad ambas creaturas son neutras en sí, no pueden verse como buenas o malas a priori; pero al dejarlas abandonadas así mismas, se han convertido en peligrosas espadas de doble filo que están atentando contra la misma vida de la cultura y sociedad europea. Intentaré explicarme.

La libertad es una propiedad inherente al ser humano. El hombre es en esencia un ser libre. Por tanto, la libertad individual debe ser respetada, tutelada y difundida. Durante mucho tiempo Europa desconoció esa experiencia de la libertad, pero cuando la descubrió (con Descartes, Kant y Hegel, y otros muchos pensadores) quedó embelesada con su descubrimiento. Esa libertad descubierta derivó en “liberalismo” (de corte sociológico, económico, entre otros) y luego en “libertinaje” (moral y social). La libertad, diríamos, es buena en principio, pero mal aplicada y mal conducida acaba con afectar al mismo hombre. Una libertad no guiada correctamente ha terminado con crear una cultura fundada en el egoísmo (utilitarismo, hedonismo, pan sensualismo), en la que se configura una personalidad extremamente individualista y narcisista del sujeto.

De la experiencia de una libertad individual exacerbada fue fácil pasar a una visión del derecho en términos privados e individualistas también. Ciertamente que el descubrimiento y la promulgación de los derechos individuales ha sido un logro de no poca monta para bien de la humanidad. Por supuesto que defender, respetar y difundir los derechos humanos es una gesta inderogable. Sin embargo, pasar a una peligrosa visión fundamentalista del derecho, o de la ley, no es nada saludable. Apelando en modo antojadizo, y guiado por una egoísta y narcisista actitud, los europeos –y general los ciudadanos del llamado primer mundo– han socavado y derruido la riqueza y alcance del derecho. La dictadura de la ley, del derecho, pesa sobre la cultura europea. Hoy se apela al derecho frente a cualquier banalidad: “el derecho a…” (aborto, sexo libre, por ejemplo) es un verdadero dictador, está oprimiendo y acabando con lo verdaderamente valioso de la cultura europea.

Libertad y derecho, para bien o para mal, son hijos de la vieja Europa. El problema es que tales creaturas fueron abandonadas así mismas y no se les hizo acompañar de las que debieron ser sus inseparables nodrizas: la responsabilidad y el deber. No hay verdadera libertad sin responsabilidad y no hay derecho sin que le corresponda un deber. Entre ellos debe haber un vínculo indisoluble, de lo contrario caen en una aberrante perversión. La crisis cultural y existencial de Europa nace precisamente en esa perversión de la libertad convertida den liberalismos y libertinajes, como la perversión del derecho, que ha sido degradado a propuestas ridículas (por ejemplo dar prioridad a los animales antes que a los seres humanos: ¡“Por los derechos de los animales”!), donde se exige “derecho” para todo lo que venga en gana.

De ahí que sea necesario “responder” (responsabilidad) por el uso de la propia libertad, de lo contrario no se tendría derecho a usarla, puesto que existe el “deber” de respetar la libertad del otro. No puedo hacer uso absoluto de mi propia libertad ya que respetar la libertad del otro es para mí un deber. Si yo tengo derecho a algo, el otro debe respetar ese mi derecho, por tanto mi derecho se convierte para el otro en su deber. Y viceversa. La narcisista cultura europea, y del primer mundo en general, apela solo a los derechos individuales, apela solo al uso indiscriminado de la libertad, olvidándose rotundamente de poner en juego el deber y a la responsabilidad. Si esto es lo que se pretendiera emular de la vieja Europa, yo disiento absolutamente.

Pero, ¿Qué fue lo que le pasó a Europa que le hizo separar la libertad de la responsabilidad y el derecho del deber?

Según mi parecer, lo que sucedió fue que el proceso de descristianización de la cultura europea fue consolidándose junto al desarrollo de la conciencia de los “valores” de la libertad individual y el derecho particular. Hay que tener en cuenta, además, que la contraparte de la libertad y el derecho, o sea la responsabilidad y el deber, difícilmente podrían asumirse y encarnarse en modo natural si no es a través de la experiencia religiosa que para Europa era el mensaje de Jesús de Nazareth. Ya que alejarse de del Evangelio, de los valores esenciales que representa, como la caridad sincera y entregada, la gratuidad, la familia como fundamento de la sociedad, imposibilita la asunción de actitudes que requieren un auxilio trascendente, divino. Perdido el sentido de lo trascendente es imposible asumir la responsabilidad y el deber como algo inherente a la cultura.

Por eso sostengo como peligrosa una actitud de simple mimetismo. Los que defienden la libertad a ultranza no reparan en los excesos y descarríos del uso de la libertad. Los que enarbolan la bandera del progresismo y el abandono de todo lo que signifique trascendencia y espiritualidad olvidan que el hombre es un ser religioso por definición. En nuestro país existen quienes promulgan y defienden los “valores” de la libertad y del derecho pero bajo la perspectiva europea y norteamericana. Y esto lo hacen ideólogos tanto de izquierda como los de derecha. Aquellos que pretenden legalizar todo lo imaginable y cubrir con el manto de “derecho humano individual” terminan con imponer por ley lo que es aberrante para la misma dignidad humana. El gran riesgo es caer en la trampa de pensar que todo lo que es legal (o según la ley) es moralmente correcto.

Aquellos que defienden un conservadurismo liberal caen en una evidente hipocresía y en un moralismo simplista. Por un lado defienden todas las libertades posibles, sobre todo aquellas económicas, pero proponen una visión conservadora de la sociedad; además, se olvidan muchas veces cínicamente de los verdaderos derechos del hombre, como la justicia social y demás derechos esenciales del ser humano. Con el afán de defender las libertades apelan a los preceptos morales, que son ciertamente válidos, pero los llevan hacia un blandengue moralismo a conveniencia: aquello que va contra el propio interés se juzga inmoral pero aquello que favorece los intereses personales, aunque sea inmoral cínicamente se consiente y se hace de la vista gorda.

El Salvador está ciertamente en medio de una gran crisis social y cultural. Pero no por ello debemos caer en la trampa de las imitaciones simplistas. ¡Ya basta de compararnos con las “sociedades desarrolladas” y de hacernos pensar que somos subdesarrollados! Estas llamadas sociedades desarrolladas envejecen, están muriendo, están en seria crisis. Basta ver la crisis en la institución familiar: se ha destruido la familia y por tanto el fundamento de la sociedad. ¿De veras quisiéramos imitarles? ¡Sostengo rotundamente que no! Las tasas de suicidios son alarmantes en estas latitudes. Se ha convertido una "sociedad del cansancio" (Byun C. Han) y en una "sociedad de malestar" (A. Ehremberg) . El primer mundo, las sociedades desarrolladas, están perdiendo la alegría, la fiesta, y se hunden en la amargura existencial. Cierto, han cerrado los oídos a la gozosa noticia, el Evangelio ha sido enmudecido.

El reto que tenemos en El Salvador es presentar un cristianismo más dinámico y limpio, sin componendas, más lúcido y creativo. Ofrecer un Evangelio verdaderamente gozoso, transformador y coherente. No podemos dejarnos seducir por los cantos de sirenas de modelos engañosos, obsoletos e inútiles. Los discípulos de Cristo, todos, debemos influir seriamente en la refundación de nuestra sociedad, para que se cimiente en los verdaderos y genuinos valores del más puro humanismo cristiano. Este hoyo en el que hemos caído no es más que el nivel de profundidad desde donde se deben cimentar las sólidas bases para un nuevo El Salvador. La clave está en los verdaderos valores humanos, por lo mismo, cristianos. “¡El problema son los valores…!”. La tarea es descomunal tanto como urgente. Manos a la obra.

jueves, 24 de junio de 2010

BUSCANDO PARADIGMAS


PERMÍTANME DISENTIR


Pbro. Ramón O. Lara Palma

La vieja Europa está pasando un momento crucial en su desarrollo socio cultural. Sin embargo, con muchísimo respeto me siento obligado a decir que este noble continente, con su variopinta idiosincrasia, ha perdido la brújula en su caminar histórico. Parece que la vieja Europa ha perdido el rumbo, no sabe hacia dónde quiere ir y por tanto no sabe cómo avanzar. El tren de la historia es imparable y los pueblos deben estar siempre en camino, tener una dirección, un objetivo por alcanzar. La vieja Europa parece no tenerlo.

Oteando el devenir de este extraordinario pueblo (déjenme hablar de Europa como si fuera una identidad única, lo cual no es cierto, pero me doy esta licencia) puedo captar que la conciencia de la Europa se está perdiendo. Si un pueblo no es consciente de su identidad pierde también su alma, su vida. La historia demuestra que para bien o para mal Europa nació, se desarrolló y tomó identidad fundamentalmente en torno a la fe cristiana. Con razón el entonces Cardenal Ratzinger hablaba de la “innegable conciencia cristiana de Europa”.

Lastimosamente, y los cristianos debemos admitir esto con humildad, el cristianismo que configuró Europa estuvo en muchos aspectos contaminado, no fue del todo puro, estuvo en muchos aspectos mancillado con los vicios que son propios del poder y de las veleidades mundanas. Por eso al hablar de una Europa cristiana lo debemos hacer con cierta reserva: un papado convertido en poder imperial, un mundo cardenalicio y episcopal casado con el poder político y económico, e identificado con una vida palaciega y principesca, desdicen del mensaje evangélico proclamado por el Maestro de Nazareth.

Revisar la historia de cada pueblo, fijarse brevemente en el arte pictórico, escultórico y arquitectónico, por mencionar algunos aspectos, nos demuestran el grado de poder –en todos los sentidos– que detentaron los jerarcas de la Iglesia durante muchísimos siglos. Es normal, en cierto modo, la reacción furibunda que desencadenó el iluminismo francés y el posterior modernismo europeo. Identificado el cristianismo con los excesos del poder temporal detentado por los jerarcas eclesiásticos, la Europa optó por renegar de todo lo que sonara cristiano. A partir del iluminismo, Europa entró en un decidido camino de "descristianización".

El proceso de descristianización ha sido lento, pero muy efectivo. Lo iniciado por el iluminismo y el sin número de pensadores y escuelas de pensamiento concomitantes a éste fueron socavando las bases cristianas de la cultura Europea. El objetivo de liberarse del “poder de la fe” implicó también erradicar los valores fundamentales, profundamente humanos y por lo mismo cristianos, sobre los cuales se había fundamentado la Europa. Sin duda que el siglo XX ha sido testigo de la última etapa de descristianización europea. Los últimos decenios de tal siglo dieron inicio a la llamada Europa post cristiana.

Me pregunto, ¿Ha sido un salto de calidad para la Europa desterrar de su cultura el cristianismo? (claro que estoy generalizando, pues el cristianismo en Europa no está desterrado, y será difícil que lo esté, pero la pregunta la sostengo válida). Por lo que someramente puedo ver, diría que no. Una Unión Europea que elabora una Carta Constitucional casi anticristiana, una sociedad que influenciada por tantas y tan variadas líneas de pensamiento anticristianas abandona los más elementales valores humanos, hacen ver que la Europa post cristiana, social y culturalmente, está en crisis de identidad y en crisis existencial.

Repito, si no sabes quién eres no sabes que quieres y por tanto no sabes a donde quieres llegar. ¿Qué es la Europa hoy, al inicio de la segunda década del siglo XXI? ¿Hacia dónde se encamina Europa? Muchos intentos de respuesta se podrán dar, pero difícilmente se llegará a una definición precisa y comúnmente aceptada. Pero sobre todo la pregunta que es más apremiante responder es ¿Cómo vive la Europa de hoy? ¿Es este el ideal de vida que el europeo merece y que realmente desea? ¡Con todo respeto a los ciudadanos europeos me atrevo a responder que definitivamente esta existencia europea no es la que se merecen los europeos! Europa no sólo es el viejo continente por su larga historia, Europa literalmente envejeció y se olvidó de reír y de bailar.

Europa es, en general, económicamente rica, pero no es feliz. Tiene de todo menos el sentido de fiesta. Es refinada, artísticamente regia, temperamentalmente precisa, y tantísimas otras cualidades que resplandecen en el genio europeo, pero la Europa no parece disfrutar y celebrar ese genio y esa riqueza. La sociedad europea parece estar entrando en el gris mundo de la amargura existencial. La riqueza económica e histórica está en evidente contraste con la miseria y amargura existencial en que vive el ciudadano europeo. Revelarse contra la estructura que debía portar una “alegre noticia” hizo a la Europa rechazar también el mensaje gozoso. Europa sin el Evangelio ha perdido también la alegría.

Nosotros los salvadoreños, ¿De veras quisiéramos vivir como los europeos, como algunos articulistas y editorialistas en ciertos rotativos nacionales pregonan? ¡Permítanme disentir en eso! ¡Por supuesto que no podemos permitir que continúe la violencia en la que nos hemos acostumbrado a vivir como la que vivimos. Tristemente hemos entrado a una etapa amorfa en cuanto a los ideales patrios a perseguir. Nos hemos conformado con lo mínimo que un sistema puede ofrecer. El peligro del autoritarismo de hoy son réplicas de las dictaduras del pasado. El populismo siempre trae sus grandes costos. Pero aún así no creo que el modelo social europeo –y norteamericano también– sea el paradigma para nuestra sociedad. Veamos algunas razones.

miércoles, 16 de junio de 2010

ETICA Y POLITICA




CARITAS IN VERITATE Y LA POLÍTICA

Pbro. Ramón O. Lara Palma

Hace algunos meses escribí una reflexión sobre la enseñanza económica que ofrece la Rerum Novarum del siglo XXI, o sea la encíclica Caritas in Veritate de Benedicto XVI. Ahora me gustaría hacer una breve reflexión en torno a la enseñanza política que este magno documento ofrece. Después de haber celebrado la clausura del año sacerdotal y de haber pasado una rigurosa etapa de verificación académica, curiosamente me viene la inspiración para escribir sobre esta temática, sobre todo pensando en mi querido pueblo que necesita políticos, en el sentido genuino de la palabra, que hagan política verdadera.

Digo que esta encíclica social del Papa Benedicto es la Rerum Novarum del siglo XXI porque es y será el documento que servirá como un mojón referencial en cuanto a la doctrina social de la Iglesia para los tiempos venideros. Si el documento del Papa León XIII abrió el camino para que la enseñanza de la Iglesia tratara el tema de la Quaestionis Socialis como algo fundamental en todo su aparato doctrinal, la Caritas in Veritate pone la enseñanza social de la Iglesia en el corazón de la realidad socio-económico-política, desde la perspectiva ético-moral y técnico-racional, como una exigencia imprescindible de éstas realidades, tal y como lo requiere este momento histórico.

Está claro que Benedicto XVI establece una íntima relación entre economía y ética: la economía y las finanzas tienen una “naturaleza ética intrínseca”. Además, el Papa advierte del peligro de idolatrar el capital y las ganancias y propone más bien ver a la “persona humana como el auténtico capital” que un país pueda tener. A partir de estas ideas económicas se desprende la visión política que el Papa ofrece: la economía no puede separarse de la política puesto que esta tiene la tarea de distribuir en modo justo/ético los frutos del dinamismo económico. En otras palabras, el Papa aboga por una economía que tenga rostro humano en la que entra en juego la necesaria función política, entendida ésta como la labor (virtud) que tiene como fin último la consecución del bien común.

Para comprender mejor la postura del Papa detengamos un momento en las principales corrientes ideológicas que han dominado el mundo económico y político en los dos últimos siglos: el liberalismo (capitalismo) y el socialismo, o como es más conocido para nosotros en El Salvador, el pensamiento de derecha y el pensamiento de izquierda. Soy consciente de que la simplificación que hago de estos términos es grande y por lo mismo reductiva, puesto que hablar de liberalismo y socialismo implica tomar en cuenta tantísimos aspectos que yo no atenderé.

Con el término liberalismo quiero dar a entender al conjunto de doctrinas económicas y políticas que defienden la no intromisión del Estado o de los colectivos en la conducta privada de los ciudadanos y en sus relaciones sociales, existiendo plena libertad de expresión y religiosas, así como los diferentes tipos de relaciones sociales consentidas, morales, etc. En términos económicos defiende la no intromisión del Estado en las relaciones mercantiles entre los ciudadanos, impulsando la reducción de impuestos a su mínima expresión y eliminando cualquier regulación sobre comercio, producción, etc. Por socialismo se entiende al orden socioeconómico basado en la posesión pública de los medios de producción, el control colectivo y planificado de la economía por parte de la sociedad como un todo. El liberalismo económico y social ha sido abanderado por la llamada derecha política y el socialismo ha sido abanderado por izquierda política.

Tal nominación –derecha - izquierda– viene de la ubicación que ocupaban los jacobinos en la asamblea nacional instaurada durante la revolución francesa. Ellos, asambleístas sentados en los banquillos del lado izquierdo de salón del parlamento, respaldaban medidas que favorecieran a las clases más pobres de la sociedad. Esa bandera reivindicativa de la justicia social, que luego tomaría forma más orgánica con la teoría de Karl Marx, da origen a la simbiosis socialismo-izquierdismo. Por su parte, el liberalismo, que propugnaba la reivindicación de las libertades individuales, de la no intervención del estado, de la acumulación del capital en manos privadas (capitalismo), fue identificado con los asambleístas que se sentaban al lado derecho de la asamblea, por tanto, derechistas.

Además, a nivel ideológico se identifica a la izquierda con el pensamiento progresista que defiende una sociedad aconfesional o laica, igualitaria e intercultural; en cambio a la derecha se le identifica con la defensa de los intereses netamente individuales (privados) y a una visión tradicional de la sociedad, así como la identificación con las clases poderosas y detentoras del capital. Claro que todo esto resulta muy simplista, porque con el paso de los años estas corrientes ideológicas se fueron intercalando y creando un gran espectro ideológico con diversos matices: derecha radical, derecha moderada, centro derecha, centro, centro izquierda, izquierda, izquierda radical. A según como se asuman los principios ideológicos es que un movimiento político puede colocarse en un determinado lugar de ese espectro. Los extremos toman el mote de radicales: derecha radical – izquierda radical, y entre ellos están los llamados centristas.

Algo que también resumen lo explicado en los anteriores párrafos es el binomio socialismo–capitalismo. Que también tienen tantos matices: socialismo marxista (con las derivaciones comunistas de diverso tipo: leninismo, estalinismo, maoísmo, castrismo, etc.), socialismo democrático, socialismo de mercado y el últimamente llamado socialismo del siglo XXI; capitalismo liberal, capitalismo neoliberal, economía social de mercado, etc. Frente a este confuso panorama político económico ¿Dónde se ubica la propuesta del Papa?

En primer lugar hay que afirmar que el Papa reconoce la íntima conexión que tiene una visión económica con la esfera política y por lo tanto con la esfera social. Un modelo económico determina el modelo político e influye en el entramado social. Y es justamente por esto que el Papa defiende una necesaria implicación del estamento político frente al estamento económico. El Papa reconoce, con extraordinario realismo, las bondades y los límites que los distintos modelos económicos puedan tener. Bajo ese realismo advierte el riesgo de una idolatría del mercado como la idolatría del estado. El mercado con su capital debe ser guiado por la política (Estado) para llegar a un “orden económico-productivo socialmente responsable y a la medida del hombre”. En otras palabras, la política tiene la noble misión de humanizar la economía. Pero tampoco la política se puede convertir en obstáculo a la iniciativa emprendedora que busca desplegar toda su creatividad en búsqueda de satisfacer las necesidades de las personas, y por tanto que busca el bien común.

De lo anterior se deriva el segundo aspecto que el Papa resalta en la relación economía y política: el rol del derecho y de la justicia. El Papa aboga por crear verdaderos “Estados de derecho”, donde el respeto a la ley, que es creada en función de la justicia, debe prevalecer sobre cualquier otro interés. Si las leyes de un Estado están orientadas hacia la consecución del bien común, entonces nada se debe oponer al estricto cumplimiento de esas normas, sobre todo si atenta contra la justicia social y se busca la prevalencia de intereses particulares y egoístas. Pero a la par de una sólida estructura legal el Papa también apela a la actitud ética que debe cernirse sobre el terreno político. Si la política se aparta de los principios éticos sucumbirá en las más grandes aberraciones y contradicciones que se puedan imaginar. Si fuese así, la política pierde su identidad y razón de ser, no sabrá guiar sabiamente la economía y afectará profundamente al conglomerado social.

Con otras palabras, el Papa invita a la política a guiar la economía por los senderos humanos (no sólo técnicos y lucrativos), para lo que necesitará de un sano aparataje legal que junto a una arraigada actitud ética defienda los intereses de todos, o más bien, defienda el bien común. Los verdaderos políticos son aquellos que se apegan al marco legal no por oportunismo sino por convicción a sus principios éticos. Con razón afirma el Papa que “la articulación –ética– de la autoridad política a nivel local, nacional e internacional es, sin duda, una de las vías maestras para estar en grado de orientar la globalización económica” hacia el bien común.

¿Cuáles podrán ser los mejores políticos: los de izquierda o los de derecha? Obviamente que el político que más necesita El Salvador, independientemente que sea de izquierda o de derecha, es el que encarne y practique los más elevados principios éticos. En tal caso, parece que debemos mandarlos a hacer a Ilobasco.

lunes, 3 de mayo de 2010

ELUCUBRACIONES DE PRIMAVERA


INCURSIONES EN LO INDECIBLE

Pbro. Ramón O. Lara Palma

Este es el título de un pequeño libro del grande místico trapense del siglo XX, Thomas Merton. Uso este título para encabezar esta breve reflexión sobre la realidad de mi querido país. Lo que quiero expresar resulta una incursión (con el sentido de invasión) en un territorio que precisamente no es el mío, como es el de la política, pero como he dicho en otro momento no debe ser extraño a ninguno. Lo que quiero expresar entra en el campo de lo que parece ser en nuestra triste realidad nacional una cosa indecible, prohibida, casi un tabú: los políticos y los partidos políticos.

Al inicio del mes de mayo ¿Por qué no escribir sobre la madre o sobre la Virgen María? En cambio me siento impulsado a escribir sobre la política y sobre los políticos de mi país. Hay una razón sencilla: lo que estamos viviendo en nuestro país le quita color a la primavera que está iniciando y amarga el gusto a cualquier celebración que se haga. ¿Por qué contra los políticos? Cierto que todo lo que pasa en nuestro querido suelo no es culpa solo de ellos, pero sucede que los políticos representan a todo el pueblo y por tanto hay que iniciar con la cabeza. Lastimosamente debo usar un lenguaje generalizador, aunque sé que hay honrosas excepciones, poquísimas, pero las hay.

En primer lugar debo decir sin ambages que si hay un problema grande en El Salvador es la clase política. Como repite un cómico italiano: “il problema dell´Italia sono gli italiani”. Yo diría: el problema de El Salvador son los políticos y su política. No porque la política sea mala y que el político siempre será una carroña. No, absolutamente. La política es una virtud, una grande virtud. Y si lo queremos enunciar con lenguaje cristiano, podemos decir que la política es una de las expresiones más sublimes del amor. Una sociedad que se precie de ser humana no puede obviar el noble papel de la política: la política es bien común, solidaridad, subsidiaridad, justicia, respeto por la vida. No existe sociedad humana sin política.

El gran problema en nuestra sufrida patria es que la política ha sido convertida en lo más vil y truculento de lo que el ser humano puede hacer. La política ha sido secuestrada y estuprada. Necesitamos rescatar la política de nuestros criollos politiqueros. Los políticos (realmente los nuestros no merecen ese título) han hecho de la política sinónimo de negociaciones amañadas, soborno, búsqueda de intereses personales, enriquecimiento, bribonada, picardía. El estamento político ha sido convertido en refugio de ladrones, pillos, aprovechados y hasta verdaderos criminales.

De ahí viene el segundo punto de esta reflexión: para una nueva política necesitamos nuevos políticos. ¿Qué estamos haciendo como Iglesia y como cristianos en pro de una nueva generación de políticos? Creo que si hay una noble labor que un educador –sea un catequista o un ministro– puede hacer es formar a las nuevas generaciones de políticos. La Iglesia debe tomar muy en serio el cultivo y generación de hombres rectos, nobles, con profundos valores éticos, capaces de comunicar y contagiar esos valores, que con liderazgo efectivo (que nace del ejemplo y de la actitud democrática arraigada) se pongan al frente de las comunidades. Esos inquietos jóvenes universitarios, esos nuevos profesionales egresados, esos líderes de los cantones y caseríos, esos líderes de los barrios y colonias, todos ellos son la masa crítica de la nueva clase política que debemos impulsar.

En nuestras parroquias ¿Quiénes son los presidentes de las ADESCO? ¿Quiénes son los que forman parte del concejo municipal? ¿Quién es el alcalde? ¿Quiénes son los líderes de barrios y colonias? ¿Conocemos esos personajes? No los conocemos o no nos interesamos por ellos. Desde ahí deberíamos hacer el examen de conciencia. No es que se quiera entrar en manipulaciones tendenciosas y buscar que esos incipientes estamentos políticos se decanten hacia un partido político que sea de preferencia del educador (catequista o presbítero). Ya es una pena y resulta lastimoso saber cómo algunos ministros se proclaman públicamente a favor de un determinado partido político. Mi argumento es que se formen las personas con profundos valores éticos y que ellos elijan, conscientemente, el partido político que les parezca adecuado a sus principios.

De lo apenas mencionado entra en juego otro aspecto muy importante: los institutos políticos, o partidos políticos. Tristemente en nuestro país somos víctimas de un sistema partidario obsoleto y desvirtuado. Obsoleto porque no responde en nada a las exigencias de una verdadera democracia: son sólo organizaciones que algunos “vivos” manipulan para sus propios intereses, o intereses de poderosos que buscan mantener intactos sus privilegios feudales. Por eso mismo los partidos han desvirtuado su identidad: no tienen idearios claros y por lo tanto carecen absolutamente de principios éticos. Los partidos responden sólo a intereses oscuros. Ciertamente en el terreno político partidario entran en juegos un sin número de intereses. Pero son los idearios y los principios éticos, defendidos e impulsados por los políticos, los que mantienen la política en su justo riel: la búsqueda del bien común.

El trabajo que tenemos como cristianos y cómo Iglesia en este campo es amplísimo. Y tenemos una grande deuda que saldar. ¡Nos hemos desinteresado por formar las nuevas generaciones de políticos! Recuerdo que el entonces diputado del CDU y ahora ministro de economía, cuando vino a una reunión de clero de nuestra diócesis (2005) nos hizo este regaño: “Nosotros fuimos formados seriamente por grandes educadores que nos inculcaron profundos principios. Y ahora ¿Qué hace la Iglesia?”. Debemos incursionar en lo indecible, incursionar en la política. Luego, no nos quejemos.

martes, 27 de abril de 2010

IDEAS PRESTADAS...PERO BUENAS!


USTED ES LO QUE PIENSA, Y SERÁ LO QUE DESEA SER…

Recopilado por
Pbro. Ramón O. Lara Palma

Esta fórmula, que es clave en la auto motivación, está basada en un principio científico comprobado por sicólogos de todo el mundo, y que dice así: “Cada uno es el resultado directo de sus pensamientos”.

Una persona es lo que piensa, y puede llegar a ser lo que desea ser. Los sabios investigadores han demostrado que el ser humano únicamente utiliza el 25% o 30% de su cerebro, y que casi todos morimos sin haber estrenado las dos terceras partes de nuestra capacidad cerebral.

De los trece mil millones de células o neuronas que tenemos en el cerebro, casi diez mil millones irán con nosotros al sepulcro sin que las hayamos hecho trabajar. Teníamos miles de millones de colaboradoras cerebrales listas a ayudarnos, pero nuestra pereza mental no nos dejó pensar, y nuestro pesimismo no nos dejó desear en grande, y morimos sin haber triunfado. Se cumple así la queja del Profeta en la Biblia: "El mal de mi pueblo es que no dedica tiempo a pensar y meditar"(Oseas 4).

domingo, 18 de abril de 2010

RIESGO PARA EL FUTURO DE EL SALVADOR


IZQUIERDA Y DERECHA EXTREMISTAS
EL MAYOR RIESGO PARA EL FUTURO DE EL SALVADOR

La política no es mi territorio, pero no por ello me siento extranjero. Ciertamente mi especialidad es la teología, pero la política no puede ser indiferente para mí como ciudadano. Todo ciudadano es en esencia político, no puede no serlo. Y por eso me atrevo a dar esta mi opinión política como ciudadano salvadoreño.

Sabemos claramente que ningún extremismo es bueno. “In medio virtus”, la virtud está en el medio decían los latinos. Por eso, desde mi óptica externa al “oficio político” puedo ver el grave peligro al que se encamina la realidad salvadoreña: los extremismos de las tendencias políticas más fuertes en el país. Una derecha que se está desmoronando y reduciéndose a los estamentos más radicales del ideario derechista (autoritarismo) y una izquierda que se recompone y se purifica reduciéndose a lo más extremo del izquierdismo: el fanatismo ideológico, que no toma en cuenta “la realidad real”.

Una derecha extrema y una izquierda radical, ambas rayando el fanatismo, no son en sí el verdadero problema para El Salvador. El verdadero problema es que tales extremas sean poderosas. Nos queda solo esperar ver como el ciudadano salvadoreño actúa frente a este dilema: darle poder a las extremas o decantarse por las propuestas moderadas. Soy de los que creen en que la sociedad salvadoreña es más madura políticamente de cuanto los políticos creen que sea. Espero que todos tengamos los ojos abiertos: In medio virtus.

Pbro. Ramón O. Lara
Roma



jueves, 8 de abril de 2010

UNO DE LOS MEJORES TIEMPOS DE LA IGLESIA: HOY


ANASTHASIS (Levántatate Iglesia)

Por
Pbro. Ramón O. Lara Palma

Escribo este artículo con un profundo sentido de agradecimiento a Dios por lo que está sucediendo hoy en la Iglesia. Siendo sacerdote, residiendo por el momento precisamente en Roma, sede del catolicismo occidental, estudiando justamente sobre la identidad de la Iglesia y sobre la vida espiritual y psicológica de los futuros sacerdotes, no me viene otro sentimiento que el de serenidad y confianza, particularmente al saber todo lo que se dice sobre la Iglesia y sus ministros en los medios de comunicación social.

No soy de los que piensan que todo cuanto se dice sobre los escándalos sexuales por parte de miembros de la Iglesia (ministros) sea una orquestada confabulación que busca aniquilar a la Iglesia. No tengo los elementos de juicio, ni creo que alguien los pueda tener, para afirmar tal cosa. Además, si realmente así fuera, si realmente hubieran fuerzas ocultas, poderes fácticos, o cosas parecidas, que estén intentando atacar a la Iglesia no harían sino confirmar lo que sostengo en el título de este escrito: esto sería lo mejor que le pudiera pasar a la Iglesia, o sea, ser perseguida.

No olvidemos que una de las bienaventuranzas, quizás la menos conocida o menos resaltada es la que afirma: “bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos” (Mt 5,11-12). Eso quiere decir que una de las notas características de la Iglesia de Cristo, aparte de ser Una, Santa, Católica y Apostólica es, como lo afirmó Monseñor Romero, ser Perseguida. Sin embargo, repito, no creo que haya tal confabulación persecutoria contra la Iglesia.

Al contrario, pienso que todo lo que está pasando, todo lo que se dice, todo lo que se constata, todo lo que se descubre, todo lo que se confirma, todo lo que se opine, en torno a la Iglesia y los pecados de sus hijos es parte de ese proceso purificador con que el Espíritu está sometiendo a este su templo santo. La Iglesia necesita purificarse de todo aquello que contradiga su verdadera identidad. Ciertamente que cualquier proceso de purificación resulta amargo, doloroso y hasta insoportable. Pero la Iglesia es en esencia Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu Santo y por tanto debe resplandecer por esa identidad, de lo contrario debe ser azotada y purificada (Mt 21,12; Mc 11,12; Lc 13,6; Jn 2,14).

La Iglesia no es sólo el Papa o la Curia Romana, no es sólo los Obispos o los Sacerdotes, la Iglesia somos todos, fieles bautizados, desde el Papa hasta el más humilde catequista, madre o padre de familia, en el ángulo más escondido del mundo. Y todos necesitamos purificación. Por supuesto que los ministros debemos estar a la cabeza y en primera fila de los purificados (los santos), por eso se nos llama presbíteros (ancianos en la fe) y obispos (supervisores de la fe). Cuando los primeros que son llamados a testificar una vida de íntima comunión con Dios (vida teologal: fe-esperanza-caridad) y de seguimiento radical de Cristo (vida evangélica: pobreza-castidad-obediencia) no son coherentes, entonces el mundo tiene derecho a preguntarse ¿Por qué no son lo que dicen ser?

Los medios de comunicación están ayudando al Espíritu Santo a purificar la Iglesia. Mucho se había consentido, mucho se había tolerado, mucho nos habíamos acomodado, mucho nos habíamos descuidado. Algunos por ignorancia, otros por desidia, otros por patología, otros por pura maldad. Pero la verdad es que los miembros de la Iglesia, en muchos casos, sobre todo los ministros, nos hemos acomodado a lo que la moral llama pecado: vivir contra el amor de Dios y contra nuestra propia identidad. Además, a nivel institucional la Iglesia necesita aún purificarse. No cabe duda que en el siglo XX se dieron pasos agigantados en cuanto a purificar su rostro institucional. Sin embargo, el mundo quiere ver una Iglesia (desde su institucionalidad) más límpida, transparente, evangélica. El mundo pide más de la Iglesia y por eso el Espíritu Santo le exigirá más.

Por eso digo, y reconfirmo, esto que pasa hoy en la Iglesia no podía ser sino lo mejor: hoy la Iglesia está como en sus mejores tiempos. No es que está en los últimos tiempos, o que la Iglesia esté por sucumbir, al contrario, la Iglesia está en pie de inicio, como en los primeros años de su historia, a punto de emprender la misión de evangelizar al mundo, un mundo que necesita de Dios y del evangelio de salvación. Pero para eso la Iglesia necesita tener la pureza de los inicios, la pureza y vitalidad que le dio el fuego de Pentecostés. Esa purificación es lo que está experimentando hoy. Y es justamente lo que la Iglesia necesita. Y si alguno se siente preocupado es porque no confía en el Espíritu Santo: la Iglesia es creatura del Espíritu, es Él quien la conduce, no los hombres.

Como sacerdote e hijo de la Iglesia, hermano de todos ustedes los bautizados, sinceramente les pido orar por mí y por mis hermanos en el ministerio. Los ministros estamos en el mundo y no somos ángeles, estamos sometidos a todas las pruebas como cualquiera ser humano. Podemos caer, ser imprudentes, padecer taras psicológicas y ser seducidos por el pecado. Pero con el sostenimiento de todos los miembros de la Iglesia, en esa maravillosa realidad que se llama comunión de los santos, nos podemos levantar y seguir adelante en nuestra extraordinaria y delicada misión. El verdadero cristiano no es el que nunca pecó, sino el que habiendo pecado reconoce su culpa, y consolado por las palabras del Señor “se levanta y en adelante no vuelve a pecar” (Jn 8,11).

Felices pascuas de Resurrección.


domingo, 21 de marzo de 2010

30 ANIVERSARIO DEL "DIES NATALIS" DE ROMERO

“RESUCITARÉ EN EL PUEBLO SALVADOREÑO”

Pbro. Ramón Obdulio Lara
Roma.

Puede ser que no hayan sido palabras textuales de Monseñor pero la expresión se materializa con milimétrica precisión cuanto más pasa el tiempo: “si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño”. En verdad sólo en modo análogo es que podemos decir que Romero resucitó en su pueblo. Ya que igualar la experiencia de Monseñor con el evento único (ephapax) acontecido en Jesús de Nazareth, sería simple y llanamente una herejía.

Por analogía es que podemos decir que el hombre de Dios, Romero, tanto si vive eternamente para Dios, vive también plenamente en su pueblo. Por resurrección se entendería el tener la vida plena, el haber alcanzado la vida que se trasciende, sin límites de ningún tipo, por tanto trasciende el tiempo y la historia. Por eso, los que creyeron asesinarlo el 24 de marzo de 1980 se equivocaron, pues le estaban dando la vida sin límites. El verdadero nacimiento de Romero (dies natalis) fue ese lunes 24 de marzo a las 6:25 de la tarde.

Desde el día de su sepelio se pudieron leer pancartas con la frase “Romero vive”, o expresiones semejantes. Cada año, a veces con mayor pompa, a veces parcamente, se hace memoria de su persona, su vida, su misión. Romero, pues, vive en su pueblo. Su pueblo, sobre todo el pobre y sencillo, lo mantiene siempre vivo en la memoria y en el corazón. Después de treinta años de su muerte parece estar más vivo y activo como nunca.

Hagamos un ejercicio de imaginación. Imaginémonos que su asesinato no hubiese ocurrido. Muy posiblemente estaría aún con vida, rondando los 93 años. Pero, ¡ah! ¡Juegos de la vida!, si Romero estuviera vivo estaría más bien históricamente muerto. Con qué precisión se cumple las palabras de Jesús: “Si el grano de trigo no muere, no da fruto…porque el que cuida su vida la perderá, pero quien la pierde por causa del Reino la ganará” (Jn 12,24).

Después de 30 años de la muerte martirial de Monseñor es importante recuperar su memoria. Y hacer memoria es afirmar que somos historia, que hacemos historia. Nos permite recordar que somos compañeros de camino, peregrinos en la historia, y con la posibilidad de intervenir en ella. María López Vigil recoge en su libro “Piezas para un retrato” una expresión que la adjudica a Monseñor: “no podemos pasar por la historia sin dejar una huella”.

Celebrar la memoria de este mártir es recordar que estamos en la historia y que podemos hacer muchas cosas con ella: cambiarla, corregirla, mejorarla, purificarla. También podemos echarla a perder, arruinarla. Por supuesto que estamos invitados a dejar sólo huellas positivas, ya que según la semilla histórica que hoy sembremos serán los frutos de la historia futura. Nuestra responsabilidad con la historia es grande. Como afirmaba Ignacio Ellacuría, y repite constantemente Jon Sobrino, “debemos hacernos cargo de la historia (realidad histórica), cargar la historia y encargarnos de la historia”. Monseñor tuvo conciencia de su papel histórico –se hizo cargo, cargó y se encargó de la historia–, y por eso la cambió: nuestra historia salvadoreña no es la misma después de Monseñor Romero.

Las primeras huellas que Romero fue marcando en la historia las hizo en oriente. Romero es nuestro, podemos decir los orientales. Ahí nació, ahí se formó, ahí maduró. En la capital estuvo muy poco tiempo. Estamos de acuerdo, sí, que fue el tiempo más intenso de su horadar la historia. Pero el Arzobispo Romero no puede separarse del Padre Romero de San Miguel. Es uno y el mismo, sólo que oriente fue su cuna y su escuela, y la capital su última lección en la cátedra de la profecía y del amor compasivo.

En fin, hay que decir que Romero es de El Salvador, o mejor, es de todos y de nadie. Más aún, Romero ni siquiera es de El Salvador, pues es universal. Sólo estando fuera de nuestro terruño es posible percibir el alcance del peso histórico y del testimonio de Romero. Lo sienten suyo los africanos, los de la India, los chinos, los nórdicos, italianos, ingleses y germanos. Para un salvadoreño en tierras del viejo mundo es más fácil presentarse como compatriota de Romero que como sólo “salvadoreño”.

Tal es la experiencia de quien escribe estos párrafos. Cuando me preguntan sobre mi nacionalidad respondo con mi gentilicio, pero el tal deja al interlocutor sin mucha claridad. El Salvador es un país muy pequeño y en este viejo mundo pocos lo conocen. Sin embargo, cuando agrego la expresión “sí, soy salvadoreño, tierra de Romero”, escucho con emoción que el interlocutor ya conoce algo de mi origen: “¡Ah!, ¿Mons. Romero?”, me replican. El Salvador en el viejo mundo se ha convertido en la “tierra de Monseñor Romero”.

El papel se cambió, no es que Romero sea de El Salvador, es El Salvador que es de Romero. La familiaridad con que gente de distintas razas hablan de Romero es impresionante. Él es verdaderamente una figura universal. Una gran cantidad de libros y sesudos estudios sobre Romero los están escribiendo latinoamericanos, africanos, indios y europeos.

Efectivamente Romero resucitó en el pueblo, no solo el salvadoreño, sino en todos aquellos pueblos que se dejan inspirar por el amor con que él se entregó por la causa de los indefensos y marginados, por la justicia de los oprimidos, por el bien de los más pobres. Ahí está Romero, vivo y activo, inspirando nuevas vías de cómo vivir un cristianismo más comprometido y más evangélico. Romero sigue horadando la historia.

martes, 9 de marzo de 2010

ROMERO Y EL SACERDOCIO 2/2


LA ESPIRITUALIDAD SACERDOTAL DIOCESANA DE ROMERO (Parte 2)

Por
Pbro. Ramón O. Lara Palma

La espiritualidad sacerdotal diocesana es la fuente genuina y abundante que sacia y nutre la vida espiritual de cualquier ministro ordenado. En la primera parte dejamos por sentada la convicción de que la espiritualidad sacerdotal nace de la diocesanidad de la vida ministerial. Tal diocesanidad se manifiesta en la fraternidad sacerdotal, la caridad pastoral, la vida sacramental y el discipulado. Veamos cada aspecto con mayor detenimiento.

Fraternidad sacerdotal…o la espiritualidad de la comunión

La experiencia de la fraternidad sacerdotal es el quicio de la diocesanidad del ministerio sacerdotal. No sólo es una experiencia humana sino una verdadera experiencia de gracia. Por eso la Presbyterorum Ordinis habla de una “fraternidad sacramental” (PO, 8). Esa experiencia fraterna entre los ministros nace precisamente del vínculo sacramental que une entre sí a los ordenados. Quien representa y posibilita ese vínculo de comunión es el obispo, con quien los presbíteros comparten la misión de ser pastores para las comunidades parroquiales a ellos confiados o en las otras instancias eclesiales en las que pueden ejercer su misión sacerdotal.

Puesto que el grado de los presbíteros existe teológicamente sólo ligado a la misión del obispo, también debe haber entre ellos y el pastor supremo de la diócesis un ligamen vivencial y afectivo estrecho y profundo. De lo contrario habrá una especie de ruptura esquizofrénica en la vivencia del ministerio. Si no hay unión con el obispo difícilmente habrá unión con el resto del presbiterio y tampoco la habrá con el pueblo. El ministro que comienza a aislarse de su obispo y de sus hermanos sacerdotes está demostrando un serio problema humano y espiritual. La fraternidad sacerdotal es cuestión de vida o muerte en el ministerio ordenado. Quien se aísla muere vocacionalmente. La comunión da vida.

Precisamente dar fisonomía de comunión con el clero y con el pueblo fue algo que hizo a lo grande Monseñor Romero durante su ministerio episcopal en la arquidiócesis. Se dice que fue en tiempos de Monseñor Romero que el clero arquidiocesano estuvo más unido y compacto en torno a su obispo como nunca antes (con las normales excepciones obviamente). Por no hablar de la sintonía casi perfecta que mantenía Monseñor con el pueblo. El pueblo lo buscaba como los galileos buscan a Jesús, porque de él salían palabras de esperanza, porque tenía “un modo nuevo de hablar” (Lc 4,36), el modo de hablar de un corazón sacerdotal, lleno de amor y compasión para con el pueblo. Monseñor vivió y cultivó esa dimensión de la espiritualidad sacerdotal, que es también espiritualidad de la comunión.

Caridad pastoral… o la espiritualidad del martirio

La caridad pastoral constituye el principio interior y dinámico capaz de unificar las múltiples actividades del sacerdote. Ella reduce a unidad la oración y la acción, la vida interior y la vida práctica. Todo bajo un justo equilibrio. Sólo mediante la vivencia de una genuina caridad pastoral, que no es otra cosa que la encarnación del corazón de Cristo buen pastor, es que es posible llevar el ministerio hasta las últimas consecuencias: dar la vida por las ovejas, o sea el martirio. Por eso la caridad pastoral tiene una conexión directa con la espiritualidad del martirio. Y no necesariamente el martirio cruento, sino sobre todo el incruento, aquel morir poco a poco en el ejercicio fiel del ministerio en el cotidiano vivir.

En otras palabras, la dimensión martirial de la espiritualidad se caracteriza por ser una espiritualidad basada en el martirio de lo cotidiano, es decir, en la experiencia concreta de cada día y sus pequeños momentos de muerte y sacrificios con que se construye el cotidiano. Por eso la espiritualidad martirial implica: una vida profética (ser profeta y hacer profecía), una vida testimonial (testigo del ser: coherencia de vida, de fe, de convicciones) y una vida de esperanza (ser ministro de la esperanza: donde hay muerte se siembra vida, donde hay oscuridad se enciende la luz, donde hay desesperación se ofrece la fuerza de la esperanza) todo vivido en lo cotidiano.

Sobra decir que Monseñor Romero vivió al máximo esta dimensión de la espiritualidad sacerdotal. Su caridad pastoral lo llevó al grado máximo de esa caridad: el martirio. Primero con el martirio incruento de la incomprensión, del rechazo, la crítica, etc.; y luego con el martirio cruento, derramando su sangre y muriendo precisamente en el momento de la celebración del sacrificio por antonomasia: el sacrificio de Cristo. Es evidente que uno de los motores que movían toda la vida espiritual de Romero era ese amor por los últimos, por los marginados y siempre golpeados. Su corazón de pastor lo llevaba a ellos y con ellos sentía que el ser pastor era una misión fácil de realizar (“con este pueblo no cuesta ser pastor”, afirmaba). Por eso tenía siempre una palabra nueva, espontánea, fresca. Cuenta Monseñor Ricardo Urioste (un estrecho colaborador de Romero) que aunque Monseñor celebrase cuatro o cinco misas el mismo día, sus homilías eran todas distintas, siempre elocuentes, siempre claras: hablaba al corazón, pues eran palabras que salían de su corazón sacerdotal.

Vivir los sacramentos…o la espiritualidad sacramental

Además de la dimensión comunional y martirial, la espiritualidad sacerdotal diocesana se fundamenta en la experiencia de una intensa vida sacramental. El sacerdote vive del y para el culto, pero no es un funcionario del culto sino un “leitourgos” en el sentido etimológico de la palabra: un servidor que se une a la asamblea para rendir un culto participativo, pleno, consciente y activo. Como “leitourgos” tiene la misión de pontificar la bendición de Dios hacia el pueblo y de presentar el culto de alabanza que el pueblo devuelve a Dios en una dinámica de profunda gratitud y adoración.

En esa “munere” cultual el ministro ejerce por antonomasia su identidad sacerdotal. Cuando preside la asamblea en una acción litúrgica es cuando más identificado vive con Cristo sumo, eterno y único sacerdote. Por tanto, la celebración de cada uno de los siete signos sacramentales ofrece al presbítero la gran posibilidad de ser canal del torrente de gracia con que Dios inunda a su pueblo. En tal función el ministro no puede permanecer como una piedra sumergida en el río, inundada de agua pero sin que la frescura y la humedad penetren en su interior. Celebrando los sacramentos el ministro, como esponja sedienta, ha de empaparse de esa gracia con la que Dios inunda la vida del pueblo. El ministro, presidiendo y viviendo los sacramentos, es el primero en ser colmado de la gracia sacramental. Además, la experiencia de interioridad, de oración profunda y continua, entra en el campo de la “munere liturgicae”. En ese sentido es que hablamos de espiritualidad sacramental.

Igualmente sobraría decir que Monseñor Romero fue un verdadero liturgo (servidor del culto). Él celebraba la liturgia y se dejaba inundar por la gracia que abunda en cada momento celebrativo. No era funcionario del culto sino un verdadero instrumento de la gracia que Dios utilizaba para bendecir al pueblo. Con razón se puede decir que “Dios pasó por El Salvador en la persona de Monseñor” (Jon Sobrino). Basta recordar cómo eran las eucaristías dominicales de catedral de San Salvador para captar el grado de participación plena, consciente y activa con que participaba el pueblo. Además, Monseñor vivía personalmente una intensa vida sacramental y una proficua vida de oración. Los anales históricos testimonian que la mañana del 24 de marzo, día de su asesinato, lo primero que hizo Monseñor fue buscar a su confesor. No hay duda que Romero es modelo de la espiritualidad sacramental.

Discipulado…o la espiritualidad de la secuela

Por último, en esta identificación de los elementos que configuran la espiritualidad del sacerdote desde la diocesanidad, encontramos la dimensión discipular, o la “espiritualidad de la secuela”. Como bien sabemos, el episcopado latinoamericano reunido en la quinta conferencia, en Aparecida Brasil, propone el diseño de una vida cristiana en términos de discipulado. Cuando hablan del ministerio de los presbíteros lo hacen bajo el titulo: “Presbíteros, discípulos misioneros de Jesús Buen Pastor”. El gran giro eclesiológico que propició el Concilio Vaticano II dando prioridad a la condición de ser miembros del único “Pueblo de Dios”, que comparten la misma dignidad de ser bautizados, Aparecida lo complementa con la constatación de que todos somos fundamentalmente discípulos.

Por tanto, la condición de permanecer en un constante e intenso discipulado no sólo confirma la dimensión comunional de la espiritualidad, sino también resalta la dimensión fraterna y de radical igualdad que impera en la experiencia cristiana. Primero viene el hecho de ser pueblo de Dios, comunidad de discípulos, para luego pasar a la distinción de servicios y funciones. Además, esa dimensión discipular permite enganchar el aspecto permanente de la formación en la vida ministerial: siempre estamos a los pies del maestro, en actitud de escucha y disposición de secuela. En tal sentido, la formación permanente viene a ser parte de la vida espiritual del presbítero diocesano. Cuanto más intensa, integral, progresiva, metódica y dinámica sea la experiencia de la formación permanente, más intensa y profunda será la experiencia espiritual.

En este aspecto también Monseñor Romero resulta ser un verdadero modelo. Cuando afirmó que se “gloriaba de estar en medio de su pueblo y sentir el cariño de toda esa gente que mira en la Iglesia, a través de su obispo, la esperanza” (Hom. 25 septiembre 1977) no estaba sino afirmando lo que san Agustín en su momento decía a los fieles de Hipona: “para ustedes soy obispo pero con ustedes soy cristiano”. Por eso estaba claro que “el pueblo era su profeta” y que le enseñaban una verdad cierta, infalible en cuanto al creer, porque el pueblo posee el sensus fidei (Cf. Hom. 2 julio 1978). Además, con profundo espíritu colegial guió su arquidiócesis rodeándose de múltiples colaboradores. Eso manifestaba su profundo sentido de discipulado, pues siempre estaba en actitud de escucha como el discípulo a los pies del maestro. Por último, en esta dimensión discipular de la espiritualidad, Monseñor también mostró claras evidencias de seguir un continuo proceso de formación permanente. La reunión en la playa la mañana del 24 de marzo no era sino un momento fraterno, de compartir, de crecer con otros que comparten la misma secuela de Cristo. Romero encarnó, pues, un profundo espíritu de discípulo, o bien, una profunda espiritualidad del discipulado.

Estos cuatro ejes son elementos que dan fisonomía a la espiritualidad sacerdotal. Son indudablemente ejes de la espiritualidad sacerdotal diocesana. Es que por ser elementos distintivos de la espiritualidad sacerdotal no pueden sino ser elementos propios y característicos de la experiencia espiritual del presbítero diocesano, pues como hemos insinuado arriba, teológicamente la “espiritualidad sacerdotal” pertenece de suyo a la vida diocesana.

Insistimos, por tanto, que el clero diocesano no necesita remedar la espiritualidad de un carismático fundador que ha creado una escuela de espiritualidad (como la benedictina, la franciscana, la dominica, la jesuita, la salesiana, etc.) pues ellos ya tienen su auténtica espiritualidad. Claro que conocer otras escuelas de espiritualidad y beber de lo mejor de su néctar espiritual no hace mal a nadie. Lo que no se puede permitir es que los ministros diocesanos se sientan huérfanos de espiritualidad propia. Lo que necesitan es más bien vivenciarla, cultivarla y comunicarla. Monseñor Romero definitivamente es maestro de esta espiritualidad y no sólo un líder político como trasnochadamente un honorable diputado de la asamblea legislativa hace poco afirmó. Ojalá conociésemos más de Monseñor y honráramos su memoria imitándolo.

Romero de los pobres…Ora pro nobis.

miércoles, 3 de marzo de 2010

ROMERO Y EL SACERDOCIO


LA ESPIRITUALIDAD SACERDOTAL DIOCESANA DE ROMERO (Parte 1)

Por

Pbro. Ramón O. Lara Palma

Cuando hablamos de espiritualidad nos referimos a la experiencia que vive una persona que se deja guiar por el Espíritu Santo. Sabemos que el Espíritu Santo tiene la misión de configurar nuestra existencia según la medida de Cristo. En el lenguaje del pensamiento oriental se dice que el Espíritu tiene la misión de divinizarnos, o bien, de cristificarnos. El hombre espiritual es aquel que refleja en su vida la vida de Cristo y transparenta en toda su existencia la acción del Espíritu que lo configura progresivamente a Cristo. En ese sentido podemos decir que Monseñor Romero fue un hombre profundamente espiritual, porque su vida fue configurándose cada día más y más con Cristo, porque se abrió a la acción del Espíritu Santo que lo fue guiando y transformando en otro Cristo.

También la espiritualidad puede ser definida como el modo en que se vive y se manifiesta la acción del Espíritu Santo en la persona que intenta responder a la vocación que Dios le ha dado. Por eso se puede hablar de diferentes espiritualidades, porque diferentes son los modos en cómo se puede manifestar la acción del Espíritu en cada persona que busca dar respuesta a su propia vocación. De ahí que se pueda hablar de “espiritualidad sacerdotal”, o sea, vivir guiados según el Espíritu en la vocación sacerdotal (también se puede hablar de espiritualidad matrimonial, espiritualidad religiosa, espiritualidad laical, etc., o sea, vivir según la moción del Espíritu en cada vocación recibida). La espiritualidad sacerdotal, por tanto, no es otra cosa que la encarnación fiel del sacerdocio de Cristo bajo la acción del Espíritu Santo.

Para comprender mejor lo que es la espiritualidad sacerdotal es necesario recordar lo que es el sacerdocio. Sabemos que el sacerdocio es el oficio de propiciar el encuentro entre Dios y los hombres. El sacerdote es el mediador de lo sagrado. Sin embargo, sabemos que el único y verdadero mediador entre Dios y los hombres es Cristo, él es el único y sumo sacerdote. Si hay otros sacerdotes es porque estos participan del único sacerdocio de Cristo.

Ahora bien, para ejercer eficazmente esa función mediadora que es propia de Cristo, para ejercer el sacerdocio de Cristo, una persona debe tener un corazón sacerdotal como el de Cristo. Sabemos también que el corazón sacerdotal de Cristo es, ante todo y sobre todo, misericordioso y compasivo hacia los hombres, humilde y obediente hacia Dios. Entonces, tener una espiritualidad sacerdotal significa tener una experiencia de sacerdocio según el corazón de Cristo, o bien, que la persona llamada a ejercer ese sacerdocio mediante la acción del Espíritu Santo vive y actúa con un corazón capaz de tener misericordia y compasión para con sus hermanos y de tener total abandono y obediencia hacia Dios.

No hay duda que Monseñor Romero tenía un corazón sacerdotal como el de Cristo, o sea, un corazón misericordioso y compasivo para con sus hermanos, especialmente los más pobres, los que no tenían voz, y un corazón dócil y obediente hacia Dios, o sea, totalmente unido a Dios mediante una intensa vida de oración y vida de profunda interioridad. Por tanto, Monseñor Romero vivió una auténtica y verdadera espiritualidad sacerdotal.

Sin embargo, la espiritualidad sacerdotal de Monseñor Romero tenía una característica particular, y es la característica de la condición secular (diocesana) de su sacerdocio. Por eso es importante analizar la experiencia de la “espiritualidad sacerdotal diocesana” de Monseñor. Recalcamos en ello porque pareciera ser que el sacerdote diocesano carece de una espiritualidad que le sea propia. Algunos han afirmado que los sacerdotes diocesanos han vivido durante mucho tiempo dependiendo de espiritualidades prestadas. No obstante, hoy más que nunca podemos afirmar con toda claridad y con absoluta seguridad que los presbíteros diocesanos tienen una espiritualidad propia y original. Monseñor Romero es maestro de esa espiritualidad. Vayamos paso a paso.

Ante todo respondamos a una inquietud, ¿Qué es en definitiva la espiritualidad sacerdotal diocesana? ¿En qué consiste?

Por paradójico que parezca, en estos últimos tiempos los teólogos parecen estar de acuerdo en afirmar que la verdadera “espiritualidad sacerdotal” es la diocesana. El conflicto teológico actual consiste más bien en explicar la compaginación de la experiencia espiritual del religioso, que pertenece a un instituto de vida religiosa, pero que también es sacerdote. Se preguntan: ¿Es espiritualidad religiosa o es espiritualidad sacerdotal lo que vive el religioso que es también sacerdote? Porque ambas experiencias son dos modos de seguir a Cristo y de dejarse guiar por el Espíritu en el dinamismo cristificador. Por eso es que se ha llegado a la conclusión de que la verdadera espiritualidad sacerdotal radica en la experiencia diocesana. ¡Los sacerdotes diocesanos tienen su propia y genuina espiritualidad! ¿En qué consiste?

Para captar el sentido propio y distintivo de la experiencia espiritual del sacerdote diocesano es necesario comprender el significado de un concepto bastante reciente, el concepto “diocesanidad”. En pocas palabras podemos decir que la diocesanidad es la experiencia de la más genuina y profunda fraternidad sacerdotal entre el clero con su obispo, del clero entre sí, para luego pasar a la experiencia de comunión con el resto del pueblo santo de Dios presente en la diócesis. El eje en el que gira la diocesanidad es el obispo, él es, como lo decía Monseñor Romero, quien le da fisonomía propia a su diócesis. Es el pastor supremo de la diócesis y en torno a él gira la comunión entre los presbíteros y la comunión de los fieles laicos.

Esta diocesanidad puede palparse y realizarse concretamente sobre todo en la fraternidad sacerdotal, la caridad pastoral, la vida sacramental y la experiencia discipular. Tales experiencias son al mismo tiempo verdaderos cauces de genuina espiritualidad. Analicémoslas brevemente a la luz del testimonio de Monseñor Romero, pero en la próxima entrega.

Hasta la próxima.