Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

domingo, 21 de marzo de 2010

30 ANIVERSARIO DEL "DIES NATALIS" DE ROMERO

“RESUCITARÉ EN EL PUEBLO SALVADOREÑO”

Pbro. Ramón Obdulio Lara
Roma.

Puede ser que no hayan sido palabras textuales de Monseñor pero la expresión se materializa con milimétrica precisión cuanto más pasa el tiempo: “si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño”. En verdad sólo en modo análogo es que podemos decir que Romero resucitó en su pueblo. Ya que igualar la experiencia de Monseñor con el evento único (ephapax) acontecido en Jesús de Nazareth, sería simple y llanamente una herejía.

Por analogía es que podemos decir que el hombre de Dios, Romero, tanto si vive eternamente para Dios, vive también plenamente en su pueblo. Por resurrección se entendería el tener la vida plena, el haber alcanzado la vida que se trasciende, sin límites de ningún tipo, por tanto trasciende el tiempo y la historia. Por eso, los que creyeron asesinarlo el 24 de marzo de 1980 se equivocaron, pues le estaban dando la vida sin límites. El verdadero nacimiento de Romero (dies natalis) fue ese lunes 24 de marzo a las 6:25 de la tarde.

Desde el día de su sepelio se pudieron leer pancartas con la frase “Romero vive”, o expresiones semejantes. Cada año, a veces con mayor pompa, a veces parcamente, se hace memoria de su persona, su vida, su misión. Romero, pues, vive en su pueblo. Su pueblo, sobre todo el pobre y sencillo, lo mantiene siempre vivo en la memoria y en el corazón. Después de treinta años de su muerte parece estar más vivo y activo como nunca.

Hagamos un ejercicio de imaginación. Imaginémonos que su asesinato no hubiese ocurrido. Muy posiblemente estaría aún con vida, rondando los 93 años. Pero, ¡ah! ¡Juegos de la vida!, si Romero estuviera vivo estaría más bien históricamente muerto. Con qué precisión se cumple las palabras de Jesús: “Si el grano de trigo no muere, no da fruto…porque el que cuida su vida la perderá, pero quien la pierde por causa del Reino la ganará” (Jn 12,24).

Después de 30 años de la muerte martirial de Monseñor es importante recuperar su memoria. Y hacer memoria es afirmar que somos historia, que hacemos historia. Nos permite recordar que somos compañeros de camino, peregrinos en la historia, y con la posibilidad de intervenir en ella. María López Vigil recoge en su libro “Piezas para un retrato” una expresión que la adjudica a Monseñor: “no podemos pasar por la historia sin dejar una huella”.

Celebrar la memoria de este mártir es recordar que estamos en la historia y que podemos hacer muchas cosas con ella: cambiarla, corregirla, mejorarla, purificarla. También podemos echarla a perder, arruinarla. Por supuesto que estamos invitados a dejar sólo huellas positivas, ya que según la semilla histórica que hoy sembremos serán los frutos de la historia futura. Nuestra responsabilidad con la historia es grande. Como afirmaba Ignacio Ellacuría, y repite constantemente Jon Sobrino, “debemos hacernos cargo de la historia (realidad histórica), cargar la historia y encargarnos de la historia”. Monseñor tuvo conciencia de su papel histórico –se hizo cargo, cargó y se encargó de la historia–, y por eso la cambió: nuestra historia salvadoreña no es la misma después de Monseñor Romero.

Las primeras huellas que Romero fue marcando en la historia las hizo en oriente. Romero es nuestro, podemos decir los orientales. Ahí nació, ahí se formó, ahí maduró. En la capital estuvo muy poco tiempo. Estamos de acuerdo, sí, que fue el tiempo más intenso de su horadar la historia. Pero el Arzobispo Romero no puede separarse del Padre Romero de San Miguel. Es uno y el mismo, sólo que oriente fue su cuna y su escuela, y la capital su última lección en la cátedra de la profecía y del amor compasivo.

En fin, hay que decir que Romero es de El Salvador, o mejor, es de todos y de nadie. Más aún, Romero ni siquiera es de El Salvador, pues es universal. Sólo estando fuera de nuestro terruño es posible percibir el alcance del peso histórico y del testimonio de Romero. Lo sienten suyo los africanos, los de la India, los chinos, los nórdicos, italianos, ingleses y germanos. Para un salvadoreño en tierras del viejo mundo es más fácil presentarse como compatriota de Romero que como sólo “salvadoreño”.

Tal es la experiencia de quien escribe estos párrafos. Cuando me preguntan sobre mi nacionalidad respondo con mi gentilicio, pero el tal deja al interlocutor sin mucha claridad. El Salvador es un país muy pequeño y en este viejo mundo pocos lo conocen. Sin embargo, cuando agrego la expresión “sí, soy salvadoreño, tierra de Romero”, escucho con emoción que el interlocutor ya conoce algo de mi origen: “¡Ah!, ¿Mons. Romero?”, me replican. El Salvador en el viejo mundo se ha convertido en la “tierra de Monseñor Romero”.

El papel se cambió, no es que Romero sea de El Salvador, es El Salvador que es de Romero. La familiaridad con que gente de distintas razas hablan de Romero es impresionante. Él es verdaderamente una figura universal. Una gran cantidad de libros y sesudos estudios sobre Romero los están escribiendo latinoamericanos, africanos, indios y europeos.

Efectivamente Romero resucitó en el pueblo, no solo el salvadoreño, sino en todos aquellos pueblos que se dejan inspirar por el amor con que él se entregó por la causa de los indefensos y marginados, por la justicia de los oprimidos, por el bien de los más pobres. Ahí está Romero, vivo y activo, inspirando nuevas vías de cómo vivir un cristianismo más comprometido y más evangélico. Romero sigue horadando la historia.

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