LA DIALÉCTICA EDUCACIÓN-VIRTUD, PREMISA PARA OTRO MUNDO POSIBLE
Seminario Santiago
Apóstol, Santiago de María
Hay conceptos que envejecen, pierden
frescura y pierden fuerza. El concepto virtud es uno de esos (Cfr. Mongillo,
1890). Poner en diálogo el concepto virtud con el de educación, por tanto, no
parece muy de moda o de mucho interés. Muy poco se habla de las virtudes y
mucho menos de educación en las virtudes. Dado ese subrayado desinterés, en
este breve ensayo intentaremos discurrir sobre la posibilidad de poner en
diálogo la educación y las virtudes. Ante todo debemos preguntarnos sobre la
posibilidad de una educación en las virtudes ¿Son las virtudes realidades
concernientes a la educación? Si lo son ¿Cómo se ha de entender esa relación
entre virtud y educación? Y aunque parezca banal la inquietud, veremos que no
lo es.
Por otra parte, trataremos de
descubrir la potencialidad que tiene el diálogo entre educación y virtud, de
tal modo que podamos adelantar la hipótesis de que los cambios verdaderos, incisivos
y duraderos en la sociedad actual, deben pasar por esa dialéctica. La síntesis
de esa dialéctica, consideramos, no puede ser otra que la de un mundo otro,
rejuvenecido, humanizado con lo mejor de lo humano. O bien, que la dialéctica
educación-virtud es una premisa indispensable para otro mundo posible.
Breves puntualizaciones y definiciones
Una sencilla definición de
virtud es la que afirma que son hábitos buenos que perfeccionan las facultades
del hombre para seguir la verdad y la bondad. Los griegos la llamaban “areté” y
los latinos la tradujeron por “virtus”. En ambos usos lingüísticos el contenido
del concepto, a pesar de la polisemia que está en la base griega, es similar:
lo mejor de lo humano. Para los
griegos, sólo a través de las virtudes morales el hombre puede llegar as ser
realmente libre. De ahí que Aristóteles en su Ética Nicomaquea nos ofrezca el
tratado más detallado sobre las virtudes que desde la antigüedad haya llegado hasta
nosotros. Por su parte, los Estoicos hicieron muy popular este tema.
Tanto para Aristóteles como
para los griegos en general, las principales virtudes son cuatro: prudencia,
justicia, fortaleza y templanza. A estas virtudes se les llama virtudes humanas o virtudes morales.
Pero por estar a la base de muchas otras virtudes también se les llama virtudes
cardinales. Al respecto, los libros bíblicos más tardíos dejan constancia de la
presencia de este elenco de virtudes, muy apreciado al parecer por el judaísmo
disperso por el mundo greco-romano: “El fruto de sus esfuerzos son las
virtudes, porque ella (la Sabiduría) enseña la templanza y la prudencia, la
justicia y la fortaleza, y nada es más útil que esto para los hombres en la
vida” (Sab 8,7).
Con la llegada del cristianismo
se agregó un elenco más a las cuatro ya conocidas en el mundo greco romano, se
agregaron las llamadas virtudes teologales: “Ahora permanecen estas tres cosas:
la fe, la esperanza y la caridad, pero la más excelente de ellas es la caridad”
(1 Co 13, 13). La fe, la esperanza y
la caridad se unen a la prudencia, justicia, fortaleza y templanza para formar el septenario ideal: lo humano y
lo divino se entre cruzan para llevar al hombre a la perfección. Por eso Santo
Tomás trata las siete virtudes en modo orgánico y detallado. Pero el aquinate
comienza su reflexión sobre las virtudes hablando primero sobre las teologales
(S. Th. II, II), dejando ver claramente con ese orden la prioridad de estas
sobre las cardinales y explicando que si unas vienen directamente infundidas
por la gracia de Dios, las otras pertenecen a la naturaleza del hombre pero que
las tales son elevadas y purificadas por la gracia divina.
En esta precisión de conceptos
necesitamos decir una palabra sobre la educación. En primer lugar vayamos al
significado etimológico. Educación puede entenderse desde la raíz griega
“educere” y “educare”. La primera acepción hace referencia a la actividad de
“sacar, extraer, elevar y avanzar”. Según esta acepción, educar no es tanto
poner algo “dentro de” sino al contrario, es un sacar, un evidenciar. Por otra
parte, la acepción “educare” refiere a la acción de “criar, cuidar, formar o
instruir”. En este caso la educación remite a la actividad de posibilitar desde
fuera el desarrollar un potencial que ya se tiene dentro pero que necesita de
cierto cultivo, cierta crianza y cuido. Esta perspectiva polisémicas de la
educación hace ver que éste es un concepto muy rico, preñado de posibilidades
comprensivas.
Por eso es que relacionar
las virtudes con el tema de la
educación resulta algo muy rico también.
¿Cómo se ha de entender la relación entre virtud y educación?
Para profundizar en la
comprensión de esta relación necesitamos primero hacer una rápida mirada a la
antropología que tenemos a la base. Comencemos preguntándonos ¿Es el hombre
virtuoso por naturaleza? La respuesta a esta pregunta viene de diversos
ángulos. Para Aristóteles la virtud es un hábito, o sea, no es connatural al
hombre. Puede pensarse entonces
que para Aristóteles las virtudes son adquiridas sólo mediante la educación.
Pero, por otra parte, la Biblia afirma que el hombre fue creado por Dios con
una bondad innata, el hombre es bueno por naturaleza y tiende al bien
connaturalmente, por tanto es virtuoso por naturaleza: después de crear al
hombre “vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien” (Gn 1,31).
Además, la antropología
bíblica deja claro que el hombre a parte de haber sido creado bueno y orientado
siempre hacia el bien es también auxiliado por Dios, por pura gracia, para que
pueda desarrollar toda esa bondad natural. Por eso la antropología teológica
incluye el tema de la “gracia” como parte de esa correcta comprensión del
hombre (Cfr. LADARIA, 61). Dentro de ese dinamismo de gracia entra la infusión
de las virtudes teologales para que el hombre pueda adherirse a la vida divina
y mediante esa adhesión purificar y elevar lo mejor de su naturaleza (las
virtudes humanas). Es verdad que el hombre no siempre sabe distinguir el
verdadero “bien”. El drama del hombre radica en su conocimiento: el hombre
busca siempre el bien pero no siempre conoce el camino para alcanzarlo y en esa
búsqueda muchas veces se pierde. Entra de esa manera la realidad del vicio o
pecado, es decir, buscar el bien y la felicidad por el camino equivocado (Cfr.
B. HÄRING, 1890-1893).
Con razón el Catecismo de la
Iglesia Católica va a decir que las virtudes humanas son desarrolladas mediante
la educación: “Las virtudes humanas adquiridas mediante la educación, mediante
actos deliberados, y una perseverancia, mantenida siempre en el esfuerzo, son
purificadas y elevadas por la gracia divina” (CEC, 1810). Sin duda que aquí
podemos aplicar el concepto educación en su doble acepción, como sacar-extraer
y como criar-alimentar, pues el desarrollo de la vida virtuosa al ser un acto
deliberado, perseverante y esforzado, es alimentado y elevado por la gracia
divina. La educación se convierte en una aliada de la misma gracia. Y eso está
muy en sintonía con la doctrina de la “gracia cooperante” que enseña la
Iglesia.
La educación, por tanto, se
vuelve una exigencia frente a la virtud. El hombre necesita ser conducido,
guiado para poder sacar de sí mismo lo mejor que hay su naturaleza. Puede ser
que por sí mismo no pueda elevar esa virtud y por ello necesita de las
mediaciones de la gracia: el acto o proceso educativo. El hombre necesita ser
ayudado para que pueda desarrollar su connatural bondad, necesita de las
mediaciones que le alimenten y cuiden para que no se enquisten en su bondadosa
naturaleza los dardos del vicio o pecado. El vicio/pecado no es propio del
hombre, es una contradicción de su naturaleza. El hombre, mediante la
educación, podrá desarrollar su virtuosidad y por tanto alcanzar la plenitud de
su ser, la verdad de su ser. Por ello también el catecismo afirma que la
práctica de las virtudes es fuente de felicidad, de la verdadera felicidad (Cfr.
CEC, 1810).
¿Cómo podría cambiar la sociedad de la actual posmodernidad?
Hemos comenzado diciendo que
el momento presente está ignorando el tema de la virtud. Mucho menos se plantea
la posibilidad de un tesonero trabajo educativo en las virtudes. Pero también
está claro que el hombre posmoderno, como el de todos los tiempos, anhela
alcanzar la plenitud de su ser. Sólo que los caminos que la modernidad y la
posmodernidad le han ofrecido para alcanzarla son erráticos o insuficientes.
Las vías que se han elegido pasan por la exacerbación del yo (egolatría), la
hegemonía del tener frente al ser, la supremacía de lo material sobre lo
espiritual/trascendente, la glorificación del vicio frente a la virtud. Todas
estas opciones ofrecen la posibilidad de alcanzar niveles de plenitud y
felicidad, pero unas sólo ofrecen efímeros asomos que pasan fugazmente,
mientras que las otras ofrecen la sólida, permanente y plena realización de la
naturaleza humana.
En estos últimos lustros hemos
oído de la necesidad de buscar “otro mundo posible” (Cfr. L. BOFF, 12). Pues el
mundo que tenemos parece haber perdido el encanto. Las grandes propuestas de la
modernidad cedieron frente a una posmodernidad que se afianza a partir del
desencanto y la frustración. Los meta relatos y utopías han desaparecido. Y como hemos ya señalado, el hombre
posmoderno como un verdadero Narciso se está ahogando en las aguas de su ego,
como nuevo Dioniso se está emborrachando con el vino de su propia sangre. Por
eso muchos están clamando la necesidad de hacer posible otro mundo. Este que
tenemos, el que hemos construido, no es digno del hombre. En tal caso las propuestas
para construir ese nuevo mundo
vienen desde muchos ángulos. Por eso es que no dudamos en sumarnos a esa
miríada de proposiciones.
Así pues, y comencemos
diciendo esto, tal parece que todo mundo ha comprendido de que la “educación es
la solución”. El único problema de ese axioma es que no se especifica de qué
educación se está hablando. Pues sucede que para muchos educación se reduce a
“instrucción técnica”, para otros es “adoctrinamiento” en ciertas teorías, para
algunos la educación es sólo alfabetizar. Sin embargo, no dudamos en refrendar
nuestra adhesión a ese enunciado: sin lugar a dudas la educación, para alcanzar
otro mundo posible, es la solución. Pero en el sentido con que hemos
comprendido la educación, como la acción que posibilita el sacar lo mejor que
hay en la naturaleza del ser humano, la acción que ayuda a cultivar y alimentar
todo el potencial que posee el hombre. Educar es hacer posible que el hombre
sea verdaderamente hombre, despliegue la verdad de su ser, saque a flote la
grandeza de su naturaleza. En otras palabras, no hay verdadera educación si no
hace al hombre virtuoso.
Con razón los griegos pensaban
que la “areté” era el resultado final de una verdadera educación. Si el
resultado no era un hombre virtuoso la educación no había cumplido con su
cometido. Además, la polis ideal, la sociedad perfecta, podía ser sólo aquella compuesta por
hombres virtuosos. El hombre carente de virtud no era digno de la polis. Hoy
podemos decir que el hombre carente de virtudes no ha alcanzado la verdad de su
ser y por tanto no podría ser parte de ese nuevo mundo posible: el mundo del
hombre virtuoso, del hombre que ha alcanzado la plenitud de su ser. Sólo en un
mundo integrado por hombres virtuosos es que merecería la pena vivir. Todo
mundo así lo desea, aunque no se explicite tal deseo. Y ese mundo nuevo, digno
del hombre, sólo la educación lo posibilitará.
BIBLIGRAFÍA
1- TOMAS
DE AQUINO, Suma Teológica, BAC, Madrid, 1990.
2- D.
MONGILLO, “Las virtudes”, en NDTM, Paulinas, 1992.
3- B.
HÄRING, Liberi e Fedeli in Cristo, I, Paulie, Roma, 1979.
4- CATECISMO
DE LA IGLESIA CATÓLICA.
5- ARISTÓTELES,
Ética a Nicómaco.
6- L.
F. LADARIA, Teología del Pecado Original y de la Gracia, BAC, Madrid, 1993.
7- L.
BOFF, Las Virtudes para otro mundo posible, Sal Terrae, Madrid, 2007.