Pbro. Ramón O. Lara Palma
La pregunta con la cual titulamos este reflexión es más bien retórica. En ella queremos resumir una serie de puntuales interrogantes que el hombre de fe puede razonablemente hacerse: ¿Por qué morimos? ¿Éramos eternos? ¿Por qué duele morir? ¿Por qué sufre el justo? ¿Le agrada a Dios nuestro sufrimiento? ¿Quiso Dios que Jesucristo muriera así cruelmente? ¿Por qué murió así?
En la reflexión pasado intentamos responder a la inquietud sobre la relación que puede haber entre el Dios amor y la existencia del mal, caracterizado éste sobre todo con el sufrimiento y la muerte. Entonces intentamos dar algunos argumentos. También circulan en internet otros argumentos que podemos llamar “populares”, pues son reflexiones que circulan ya masivamente a través de este medio virtual. Por ser de talante popular tales argumentos tienden a apelar a la emoción mediante un juego lógico de afirmaciones.
Entre los más difundidos están el argumento del “Dios te hizo para que tú reduzcas el dolor del otro” y el argumento negativo que se sintetiza: “Hay mal donde falta Dios sumo bien”. Los supuestos lógicos siguen las siguientes premisas: 1- Hay muchos que sufren a nuestro alrededor, 2- ¿Por qué Dios no los ayuda? ¿Por qué permite que sufran así?, 3- Dios nos los ha puesto a nuestro alrededor para seamos nosotros los que les ayudemos. No esperemos que Dios haga lo que debemos hacer nosotros.
O sobre el segundo argumento: 1- El incrédulo afirma que hay dolor y muerte porque Dios no existe, 2- No es que Dios no exista, sino que ha sido apartado del mundo (pues no es que no haya oscuridad, lo que hay es ausencia de luz; no es que haya frio, sino ausencia de calor, etc.), 3- No es que el mal exista, lo que hay es ausencia de Dios, sumo y perfecto bien.
Sin embargo, por tender marcadamente a tocar las emociones, los argumentos populares en la web dejan de lado una gran veta de experiencia de sufrimiento que tantas personas afrontan y por lo mismo tales argumentos resultan hasta ilógicos. Sí, claro, yo puedo y debo solidarizarme con el que sufre a mi lado. Pero no puedo decir que está sufriendo sólo para que yo le sea solidario. Eso sería burlarme del concreto dolor que esa persona está padeciendo. Además, estamos poniendo a Dios como causa de ese dolor. ¿Dónde queda, entonces, nuestra convicción de que Dios es eterna e infinita misericordia y compasión? ¡No podemos pensar que Dios ocasiona los devastadores terremotos, las arrasadoras inundaciones, las crueles sequías y demás calamidades de la humanidad, sólo para que nosotros, que estamos bien y tranquilitos, seamos solidarios! Eso sería un insulto a Dios.
No podemos argumentar que el mal es fundamentalmente ausencia de Dios, como la oscuridad es sólo ausencia de luz o el frio es sólo ausencia de calor, porque ¿Dónde queda nuestra convicción de que Dios es “Omnipotente, Omnisapiente y Omnipresente”? ¿Qué cosa existe sin que Dios no le dé “sustancia” o existencia, si todo cuanto existe depende de Él? Si hubiera algún lugar donde Dios está ausente entonces ¿Cómo podemos afirmar aquello de que “todo existe por Él y para Él” (Col 1,16), o sea, ¿Cómo afirmar la omnipresencia de Dios? Desde pequeños aprendimos que “Dios está en el cielo, en la tierra y en todo lugar”. Por eso, argumentar que el mal existe donde hay ausencia de Dios resulta ilógico desde la perspectiva de la fe en la omnipresencia divina.
Existe también otro punto de vista, muy antiguo por cierto, que busca explicar la presencia del mal y sus consecuencias (sufrimiento y muerte) en este mundo. El maniqueísmo, una rama de las distintas corrientes gnósticas de los primero siglos de la era cristiana, veía al mundo en medio de un campo de batalla entre dos grandes potencias, principios opuestos e irreductibles: el bien y el mal. El maniqueísmo niega la responsabilidad humana por los males cometidos porque cree que no son producto de la libre voluntad sino del dominio del mal sobre nuestra vida. El hombre es un títere de esas dos fuerzas.
Esta visión dualista pone al mal con las mismas prerrogativas divinas, ya que Dios (el bien) está en continua lucha contra las fuerzas del mal. No es necesario repetirlo, pero es evidente que en los films hollywoodenses explotan hasta la saciedad esa comprensión del mundo: la eterna lucha del bien contra el mal (Star War y todas las series de los súper héroes son un claro ejemplo). Esta visión dualista del mundo es, sin duda, una visión muy popular. En muchos ambientes religiosos-eclesiales se mantiene esa visión —la lucha de Dios (el bien) contra el Demonio (el mal) — que no deja de ser en cierto modo pagana.
Vistos todos esos intentos, podemos intuir que el mal no es un tema fácil de abordar. Particularmente el mal, manifestado en la muerte y el dolor, requiere un más agudo tratamiento. Somos conscientes de que no tenemos la última palabra, claro está, ya que esta es una temática polifacética y sumamente amplia. Pretendemos sólo presentar algunas ideas con la intención de despertar en el lector el deseo de proseguir personalmente una mayor profundización.
Comencemos preguntándonos sobre algo que parece ser obvio: ¡¿Existe el mal?! Los filósofos y teólogos han gastado muchos esfuerzos reflexivos para responder a esa pregunta. Existe una ciencia para estudiar el mal y se llama Ponerología. Ante la pregunta sobre el mal, la actitud creyente no da una respuesta ni afirmativa ni negativa tajante, sólo se limita a reconocer humildemente que existe un “mysterium iniquitate” (misterio del mal). Eso quiere decir que el mal entra en el rango de las realidades no abarcables en su totalidad por la mente humana y que, por tanto, el hombre debe estar en continua búsqueda de profundización y mayor conocimiento.
Algunos teólogos últimamente han llegado a afirmar, y esto basados en los principios bíblicos, que al mal no se le puede dar entidad. El mal no existe “en sí mismo”, no es un ente (un “algo” o un “quien”) por sí mismo. Pues si se le diera entidad caeríamos en la visión dualista del bien (Dios) contra el mal. Más bien la Biblia insiste que Dios es uno y nada se puede oponer a Él. Todo lo demás es obra de sus manos.
Si el mal existe es porque existe en otro. Por eso la Biblia recalca en la figura del “Demonio”, “Diablo”, “Satanás”, “Belcebú”, etc. Bajo esa figura el texto bíblico explica la existencia de una realidad que, o se opone a Dios o se aparta de Dios. Ahora bien, si Dios es supremo Señor y todo está sometido bajo sus pies, si todo es obra de sus manos y nada existe sin que él lo haya creado, ¿Dios creó el mal? ¿Es el Demonio, o el nombre que se le quiera dar, una creación de Dios? Está claro que la Biblia afirma que “todo lo que Dios creó era bueno” o “muy bueno” (Gn 1,31). Por tanto no podemos aducir que Dios haya creado el “Demonio”.
Pero, ¿Existe el Demonio? Es obvio que la Biblia insiste en esa “figura” para explicar la presencia del mal. Sin embargo, es necesario recordar que la Biblia recoge la mentalidad del ambiente en que se escribió. El famoso “sitz im leben” (contexto vital, ambiente cultural) no se puede olvidar al leer los textos bíblicos. Pero en resumidas cuentas lo que la Biblia explica con la figura del Demonio es que existe la posibilidad de una elección negativa de Dios. A Dios, efectivamente, se le puede rechazar.
El Demonio, sobre todo bajo la figura de “Luzbel” o “Lucifer” (el “Ángel bello caído” según la tradición hebrea), representa esa posibilidad que, tanto un espíritu puro como lo es un ángel o un espíritu encarnado como lo es el hombre, tienen de rechazar a Dios. Por eso el mal es sólo esa posibilidad. No existe en sí, sino que es solo “la posibilidad de un rechazo”. La Biblia al afirmar la presencia del Demonio afirma que sí, efectivamente, hubo una elección contra Dios y por tanto el mal tomó entidad: “existe en”. El mito del pecado original explica el momento trágico cuando en el ser humano se dio, en algún momento del proceso evolutivo del hombre, esa elección contra Dios (pecado original originante). Esa elección de rechazo, tanto de los ángeles (convertidos luego en demonios), como del hombre, produjo una fuerza poderosa que atrae al hombre y lo seduce (las fuerzas demoníacas) creando una ambiente contaminado que ciega al mismo hombre en su capacidad de poder siempre elegir libremente a Dios (“pecado del mundo” o pecado original originado).
Con lo antes dicho arribamos al punto en que nos quedamos en la reflexión anterior, en la que intentamos explicar que gran parte de la experiencia del mal, manifestado en el dolor y la muerte, nace a partir de la gran posibilidad que tiene el hombre de elegir. Elegir el amor (Dios) o elegir lo que no es amor. Decíamos que el amor no elimina el sufrimiento humano, al contrario, el amor es inseparable del dolor. Pero no es lo mismo sufrir por amor que sufrir en la soledad del egoísmo y del sinsentido. Sin embargo, la mayoría de las veces el hombre se equivoca (“peca”) y no elige al amor, y por tanto rechaza a Dios.
Si tenemos claro que hay un mal real (que ha tomado entidad), que hace sufrir, y que depende fundamentalmente de una elección en contra de Dios, en contra del amor, ¿Qué podemos decir de la muerte? Ciertamente la muerte hace sufrir, y mucho. Sobre todo aquella muerte trágica, aquella muerte injusta. Los centenares y a veces millares de víctimas de los terremotos, de los huracanes y demás catástrofes naturales, ¿Por qué tienen que morir así? ¿Por qué ha de morir acribillado o torturado una persona inocente en un conflicto armado? ¿Por qué muchas veces es la persona buena la que es maltratada y ultrajada? ¿Por qué debe ser una persona buena la que ha de sufrir una larga, dolorosa y penosa enfermedad? ¿Puede Dios evitar ese mal real?
Continúa…
