Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

miércoles, 26 de agosto de 2009

¿QUIERE DIOS QUE SUFRAMOS Y QUE MURAMOS? 1/3


El Misterio del mal

Pbro. Ramón O. Lara Palma

La pregunta con la cual titulamos este reflexión es más bien retórica. En ella queremos resumir una serie de puntuales interrogantes que el hombre de fe puede razonablemente hacerse: ¿Por qué morimos? ¿Éramos eternos? ¿Por qué duele morir? ¿Por qué sufre el justo? ¿Le agrada a Dios nuestro sufrimiento? ¿Quiso Dios que Jesucristo muriera así cruelmente? ¿Por qué murió así?

En la reflexión pasado intentamos responder a la inquietud sobre la relación que puede haber entre el Dios amor y la existencia del mal, caracterizado éste sobre todo con el sufrimiento y la muerte. Entonces intentamos dar algunos argumentos. También circulan en internet otros argumentos que podemos llamar “populares”, pues son reflexiones que circulan ya masivamente a través de este medio virtual. Por ser de talante popular tales argumentos tienden a apelar a la emoción mediante un juego lógico de afirmaciones.

Entre los más difundidos están el argumento del “Dios te hizo para que tú reduzcas el dolor del otro” y el argumento negativo que se sintetiza: “Hay mal donde falta Dios sumo bien”. Los supuestos lógicos siguen las siguientes premisas: 1- Hay muchos que sufren a nuestro alrededor, 2- ¿Por qué Dios no los ayuda? ¿Por qué permite que sufran así?, 3- Dios nos los ha puesto a nuestro alrededor para seamos nosotros los que les ayudemos. No esperemos que Dios haga lo que debemos hacer nosotros.

O sobre el segundo argumento: 1- El incrédulo afirma que hay dolor y muerte porque Dios no existe, 2- No es que Dios no exista, sino que ha sido apartado del mundo (pues no es que no haya oscuridad, lo que hay es ausencia de luz; no es que haya frio, sino ausencia de calor, etc.), 3- No es que el mal exista, lo que hay es ausencia de Dios, sumo y perfecto bien.

Sin embargo, por tender marcadamente a tocar las emociones, los argumentos populares en la web dejan de lado una gran veta de experiencia de sufrimiento que tantas personas afrontan y por lo mismo tales argumentos resultan hasta ilógicos. Sí, claro, yo puedo y debo solidarizarme con el que sufre a mi lado. Pero no puedo decir que está sufriendo sólo para que yo le sea solidario. Eso sería burlarme del concreto dolor que esa persona está padeciendo. Además, estamos poniendo a Dios como causa de ese dolor. ¿Dónde queda, entonces, nuestra convicción de que Dios es eterna e infinita misericordia y compasión? ¡No podemos pensar que Dios ocasiona los devastadores terremotos, las arrasadoras inundaciones, las crueles sequías y demás calamidades de la humanidad, sólo para que nosotros, que estamos bien y tranquilitos, seamos solidarios! Eso sería un insulto a Dios.

No podemos argumentar que el mal es fundamentalmente ausencia de Dios, como la oscuridad es sólo ausencia de luz o el frio es sólo ausencia de calor, porque ¿Dónde queda nuestra convicción de que Dios es “Omnipotente, Omnisapiente y Omnipresente”? ¿Qué cosa existe sin que Dios no le dé “sustancia” o existencia, si todo cuanto existe depende de Él? Si hubiera algún lugar donde Dios está ausente entonces ¿Cómo podemos afirmar aquello de que “todo existe por Él y para Él” (Col 1,16), o sea, ¿Cómo afirmar la omnipresencia de Dios? Desde pequeños aprendimos que “Dios está en el cielo, en la tierra y en todo lugar”. Por eso, argumentar que el mal existe donde hay ausencia de Dios resulta ilógico desde la perspectiva de la fe en la omnipresencia divina.

Existe también otro punto de vista, muy antiguo por cierto, que busca explicar la presencia del mal y sus consecuencias (sufrimiento y muerte) en este mundo. El maniqueísmo, una rama de las distintas corrientes gnósticas de los primero siglos de la era cristiana, veía al mundo en medio de un campo de batalla entre dos grandes potencias, principios opuestos e irreductibles: el bien y el mal. El maniqueísmo niega la responsabilidad humana por los males cometidos porque cree que no son producto de la libre voluntad sino del dominio del mal sobre nuestra vida. El hombre es un títere de esas dos fuerzas.

Esta visión dualista pone al mal con las mismas prerrogativas divinas, ya que Dios (el bien) está en continua lucha contra las fuerzas del mal. No es necesario repetirlo, pero es evidente que en los films hollywoodenses explotan hasta la saciedad esa comprensión del mundo: la eterna lucha del bien contra el mal (Star War y todas las series de los súper héroes son un claro ejemplo). Esta visión dualista del mundo es, sin duda, una visión muy popular. En muchos ambientes religiosos-eclesiales se mantiene esa visión —la lucha de Dios (el bien) contra el Demonio (el mal) — que no deja de ser en cierto modo pagana.

Vistos todos esos intentos, podemos intuir que el mal no es un tema fácil de abordar. Particularmente el mal, manifestado en la muerte y el dolor, requiere un más agudo tratamiento. Somos conscientes de que no tenemos la última palabra, claro está, ya que esta es una temática polifacética y sumamente amplia. Pretendemos sólo presentar algunas ideas con la intención de despertar en el lector el deseo de proseguir personalmente una mayor profundización.

Comencemos preguntándonos sobre algo que parece ser obvio: ¡¿Existe el mal?! Los filósofos y teólogos han gastado muchos esfuerzos reflexivos para responder a esa pregunta. Existe una ciencia para estudiar el mal y se llama Ponerología. Ante la pregunta sobre el mal, la actitud creyente no da una respuesta ni afirmativa ni negativa tajante, sólo se limita a reconocer humildemente que existe un “mysterium iniquitate” (misterio del mal). Eso quiere decir que el mal entra en el rango de las realidades no abarcables en su totalidad por la mente humana y que, por tanto, el hombre debe estar en continua búsqueda de profundización y mayor conocimiento.

Algunos teólogos últimamente han llegado a afirmar, y esto basados en los principios bíblicos, que al mal no se le puede dar entidad. El mal no existe “en sí mismo”, no es un ente (un “algo” o un “quien”) por sí mismo. Pues si se le diera entidad caeríamos en la visión dualista del bien (Dios) contra el mal. Más bien la Biblia insiste que Dios es uno y nada se puede oponer a Él. Todo lo demás es obra de sus manos.

Si el mal existe es porque existe en otro. Por eso la Biblia recalca en la figura del “Demonio”, “Diablo”, “Satanás”, “Belcebú”, etc. Bajo esa figura el texto bíblico explica la existencia de una realidad que, o se opone a Dios o se aparta de Dios. Ahora bien, si Dios es supremo Señor y todo está sometido bajo sus pies, si todo es obra de sus manos y nada existe sin que él lo haya creado, ¿Dios creó el mal? ¿Es el Demonio, o el nombre que se le quiera dar, una creación de Dios? Está claro que la Biblia afirma que “todo lo que Dios creó era bueno” o “muy bueno” (Gn 1,31). Por tanto no podemos aducir que Dios haya creado el “Demonio”.

Pero, ¿Existe el Demonio? Es obvio que la Biblia insiste en esa “figura” para explicar la presencia del mal. Sin embargo, es necesario recordar que la Biblia recoge la mentalidad del ambiente en que se escribió. El famoso “sitz im leben” (contexto vital, ambiente cultural) no se puede olvidar al leer los textos bíblicos. Pero en resumidas cuentas lo que la Biblia explica con la figura del Demonio es que existe la posibilidad de una elección negativa de Dios. A Dios, efectivamente, se le puede rechazar.

El Demonio, sobre todo bajo la figura de “Luzbel” o “Lucifer” (el “Ángel bello caído” según la tradición hebrea), representa esa posibilidad que, tanto un espíritu puro como lo es un ángel o un espíritu encarnado como lo es el hombre, tienen de rechazar a Dios. Por eso el mal es sólo esa posibilidad. No existe en sí, sino que es solo “la posibilidad de un rechazo”. La Biblia al afirmar la presencia del Demonio afirma que sí, efectivamente, hubo una elección contra Dios y por tanto el mal tomó entidad: “existe en”. El mito del pecado original explica el momento trágico cuando en el ser humano se dio, en algún momento del proceso evolutivo del hombre, esa elección contra Dios (pecado original originante). Esa elección de rechazo, tanto de los ángeles (convertidos luego en demonios), como del hombre, produjo una fuerza poderosa que atrae al hombre y lo seduce (las fuerzas demoníacas) creando una ambiente contaminado que ciega al mismo hombre en su capacidad de poder siempre elegir libremente a Dios (“pecado del mundo” o pecado original originado).

Con lo antes dicho arribamos al punto en que nos quedamos en la reflexión anterior, en la que intentamos explicar que gran parte de la experiencia del mal, manifestado en el dolor y la muerte, nace a partir de la gran posibilidad que tiene el hombre de elegir. Elegir el amor (Dios) o elegir lo que no es amor. Decíamos que el amor no elimina el sufrimiento humano, al contrario, el amor es inseparable del dolor. Pero no es lo mismo sufrir por amor que sufrir en la soledad del egoísmo y del sinsentido. Sin embargo, la mayoría de las veces el hombre se equivoca (“peca”) y no elige al amor, y por tanto rechaza a Dios.

Si tenemos claro que hay un mal real (que ha tomado entidad), que hace sufrir, y que depende fundamentalmente de una elección en contra de Dios, en contra del amor, ¿Qué podemos decir de la muerte? Ciertamente la muerte hace sufrir, y mucho. Sobre todo aquella muerte trágica, aquella muerte injusta. Los centenares y a veces millares de víctimas de los terremotos, de los huracanes y demás catástrofes naturales, ¿Por qué tienen que morir así? ¿Por qué ha de morir acribillado o torturado una persona inocente en un conflicto armado? ¿Por qué muchas veces es la persona buena la que es maltratada y ultrajada? ¿Por qué debe ser una persona buena la que ha de sufrir una larga, dolorosa y penosa enfermedad? ¿Puede Dios evitar ese mal real?

Continúa…


viernes, 21 de agosto de 2009

CARIDAD EN LA VERDAD


Pbro. Ramón O. Lara Palma

No se pretende con esta reflexión sintetizar o analizar exhaustivamente la tercera encíclica del Papa Benedicto XVI. Se intenta sólo retomar una de las ideas base que este documento ofrece para comprender la postura de la Iglesia en torno a la situación socio-económica del momento presente. No por casualidad el Papa eligió escribir su tercera encíclica con carácter moral, o más precisamente, en el marco de la doctrina social de la Iglesia. Es que la situación actual, caracterizada por una profunda crisis en el sistema económico imperante (capitalismo), requiere una luz clara para poder encontrar el camino por donde se pueda salir sin ocasionar más víctimas; además, para que las soluciones que se escojan tengan verdadera solidez y “sostenibilidad” a futuro. Esta idea base que ofrece el Papa en la encíclica invita a sanar de raíz una de las tantas debilidades que este sistema socio-económico tiene: el egoísmo. Cierto que el Papa no ofrece soluciones técnicas, pues no es su función, sino lineamientos indicativos de carácter ético-moral, que por lo demás tanta falta le hace al mundo económico, político y social del presente.

No hay duda que el Papa está apelando a las dos facultades propias del ser humano: la razón y la voluntad. Siguiendo con la misma línea de pensamiento que desde sus tiempos de profesor ya proponía, el Papa insiste en el papel importante que juega la razón en todo el humano existir. Pero no es una razón solitaria, ya que, y con esto el Papa se coloca en la línea de la Fides et Ratio, la razón no puede alcanzar la verdad sin la fe. El hombre tiende a la verdad y la busca. La verdad se alcanza sólo con esas dos alas: fe y razón. A eso es a lo que el Papa llama “la nueva racionalidad”.

Atender esa racionalidad fue a lo que invitó en el famoso discurso de la Universidad de Ratisbona (12 septiembre 2006), cuando invitó a encontrar un camino de diálogo con las otras religiones, especialmente con el Islam. Esa racionalidad es la que quería proponer en el discurso no dictado en la gran Universidad de Roma (16 enero 2008), cuando intentó presentar un puente de encuentro con el mundo de las ciencias positivas. El Papa insiste en que la verdad hay que buscarla. Y la razón tiene un gran papel que jugar. Toda ciencia debe colaborar en la búsqueda de la verdad. Por eso, las distintas ciencias tienen su campo de acción libre para su investigación, pero toda investigación, de cualquier ciencia que sea, no puede divorciarse de los contenidos de fe y su aporte en la consecución de la verdad, porque sólo con la fe es que la razón alcanza la verdad plena.

Pero junto a la “nueva racionalidad” que el Papa invita a practicar, en esta encíclica también hace un apelo a la voluntad humana. Y según el Papa, la voluntad humana tiene una fuente direccional, un eje que le brinda rumbo por donde dirigirse certeramente, y esta es la caridad. La caridad debe guiar todo el “querer” humano. Ya que, siguiendo el pensamiento medieval, la voluntad siempre tiende al bien, al amor, y cuando lo persigue o cuando lo encuentra, es entonces cuando tal voluntad encuentra su perfección. Ahí entra la originalidad de la encíclica, al conjugar la razón con la voluntad del hombre, cuando invita a alcanzar la verdad mediante la razón y a perseguir el bien-caridad a través de la voluntad. Y las tales, razón y voluntad, no pueden separarse, por lo que no puede separarse también la verdad de la caridad. Por eso es que el Papa afirma la “Caritas in Veritate”. Si la caridad es separada de la verdad, o mejor dicho de la racionalidad, se degenera, pierde su identidad, se convierte en voluntarismo desordenado, pierde consistencia. Así mismo, si la verdad es separada de la caridad pierde humanidad, se esteriliza, se vuelve cálculo frio, dato o información intrascendente para el ser humano. El Papa, por tanto, insiste en una inseparable “Caritas in Veritate”.

Si esta es la idea básica con la cual el Papa intenta dialogar con la realidad socio-económica actual, podemos comprender que el Romano Pontífice apunta directamente contra el principio básico desde el cual se mueve el capitalismo contemporáneo. El documento señala repetidas veces que no debe ser sólo el egoísta afán de lucro o la acumulación de riquezas (capital) lo que debe guiar “la razón económica” mundial. No debe ser el principio del “bien privado” el que debe regir la economía, sino el principio del “bien común”. Por supuesto que el documento no se opone a la libre empresa, a la mentalidad emprendedora, que es fundamental en el capitalismo actual. Sugiere, más bien, saber dirigir la creatividad emprendedora bajo el “principio de gratuidad” o principio de solidaridad, los que a su vez resultan ser el rostro activo de la caridad.

La encíclica reclama una visión humana del mercado, pues este no es sólo un frio intercambio de bienes al margen del ser humano, ya que un principal actor del mercado es el trabajo del hombre. Ciertamente “el mercado está sujeto a los principios de la llamada ‘justicia conmutativa’, que regula en efecto las relaciones del dar y recibir entre sujetos iguales. Pero la doctrina social de la Iglesia no ha dejado nunca de poner en evidencia la importancia de la justicia distributiva y de la justicia social para la misma economía de mercado, no sólo porque está insertada en el tejido de un contexto social y político más amplio, sino también por la trama de relaciones en las cuales se realiza” (35).

La razón económica, o el mercado, debe estar al servicio del hombre, no el hombre esclavo o como simple pieza del mercado. Como queriendo decirlo en alta voz el Papa afirma: «Quisiera recordar a todos, en especial a los gobernantes que se ocupan en dar un aspecto renovado al orden económico y social del mundo, que el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre, la persona en su integridad: “Pues el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social”» (25). Las relaciones económicas son también relaciones humanas; por tanto, el mercado no puede abstraerse del componente humano (Cfr., n. 45). Su racionalidad no debe reducirse a meros cálculos de ganancia y expansión.

Conceptos tales como “mercado solidario”, “racionalidad económica humanizante”, “bien común”, “principio de gratuidad”, entre otros, es lo que la encíclica propone continuamente. Es que “la actividad económica no puede resolver todos los problemas sociales mediante la simple extensión de la lógica mercantil. Esta va finalizada a la persecución del bien común, del cual debe hacerse cargo también y sobre todo la comunidad política” (36). En otras palabras, según este documento, el mercado no lo es todo, como muchos sí lo piensan. El mercado es producto del ser humano. El hombre lo ha creado, lo desarrolla, pero también lo debe canalizar. Entra aquí, según el Papa, el trabajo de la política.

El mercado, sobre todo el liberalizado y globalizado como el actual, no es una “matrix” que manipula al hombre. El mercado, como la globalización económica, afirma el papa, no es malo ni bueno en sí, será sólo aquello que el hombre quiera que sea. Como producto humano adquirirá maldad o bondad de acuerdo a las decisiones del mismo hombre. Precisamente aquí es donde entra el aspecto de la nueva racionalidad propuesta por el Papa. El hombre, con su inteligencia y su creatividad, podrá hacer de la economía y del mercado, y de todo el proceso globalizador, una herramienta eficaz para un verdadero y genuino desarrollo humano.

Podemos decir que la encíclica propone al menos dos cosas fundamentales sobre cómo administrar la crisis que actualmente está pasando la economía mundial: que sea el hombre el sujeto de la economía y que todo el engranaje económico sea permeado por los más elevados valores éticos. Es que “la convicción de la exigencia de la economía, según la cual esta no debe aceptar influencias de carácter moral, ha empujado al hombre a abusar del instrumento económico en modo hasta autodestructivo” (34). Por lo que es fácil concluir que “la esfera económica no es ni éticamente neutral ni por naturaleza deshumana o antisocial. Ella pertenece —insiste el Papa— a la actividad del hombre y, propio porque es humana, debe ser estructurada e institucionalizada éticamente” (36). En otras palabras, el Papa invita a repensar y a reorientar la economía desde el fundamento de la “veritas”, o sea desde la racionalidad humana, y desde la “caritas”, o sea la voluntad humana que es guida por el amor.

Algunos de los llamados “tanques de pensamiento” están proponiendo líneas concretas sobre las cuales construir la nueva economía. Mucho se habla de la “responsabilidad social empresarial”, de “business ethics”, de la “economía solidaria”, de la “racionalidad económica” o del “desarrollo sostenible”. Pero debemos guardar la firme esperanza de que los mercados de capitales, con su economía bursátil, puedan reorientar su accionar bajo principios de una ética mundial. El Papa insiste en que el mero hecho de “invertir tiene un fuerte componente moral y ético”. Si los mercados financieros, quienes son los principales culpables de la crisis económica actual, fueran más racionales y éticamente responsables, sin duda alguna que muchos de los males que tanto aquejan a la humanidad (como el paro laboral, la pobreza, el hambre, o en una palabra, el subdesarrollo) podrían ser superados con mayor celeridad y eficacia.

Pero no cualquier ética, sino la “que se funda en la creación del hombre ‘a imagen de Dios’ (Gn 1,27), algo que comporta la inviolable dignidad de la persona humana, así como el valor trascendente de las normas morales naturales. Una ética económica que prescinda de estos dos pilares correría el peligro de perder inevitablemente su propio significado y prestarse así a ser instrumentalizada; más concretamente, correría el riesgo de amoldarse a los sistemas económico-financieros existentes, en vez de corregir sus disfunciones” (45). Por eso, insiste el Papa, “conviene esforzarse —la observación aquí es esencial— no sólo para que surjan sectores o segmentos «éticos» de la economía o de las finanzas, sino para que toda la economía y las finanzas sean éticas y lo sean no por una etiqueta externa, sino por el respeto de exigencias intrínsecas de su propia naturaleza. A este respecto, la doctrina social de la Iglesia habla con claridad, recordando que la economía, en todas sus ramas, es un sector de la actividad humana”. Con esta afirmación deja claro que la economía y las finanzas tienen una “naturaleza ética intrínseca”. Esta es, sin duda, la “nueva racionalidad económica” a la que apela el Papa.

Sin lugar a dudas esta encíclica formará parte importante del bagaje doctrinal con el cual la Iglesia se pone al día frente a los ingentes problemas que aquejan a la humanidad. “Caritas in Veritate” prosigue el nuevo enfoque que la doctrina social de la Iglesia ha tomado a partir de la Populorum Progressio (1967). Las nuevas realidades y nuevos contextos exigen ese nuevo rumbo. El Papa señala que pionero en abrir ese nuevo horizonte reflexivo lo ha sido el Papa Pablo VI y su encíclica, a la cual “Caritas in Veritate” busca hacer homenaje en el cuadragésimo aniversario. Si el Papa Leon XIII, con la Rerum Novarum (1891), fue el pionero en cuanto a tomar en serio la cuestión social y sus distintos avatares, la Populorum Progressio abrió un nuevo sendero de reflexión y toma de postura ante el nuevo horizonte que significaba un mundo globalizado.

Hoy, en pleno proceso de globalización, “Caritas in Veritate” viene a ofrecer nuevas luces y a invitar a dar un paso más en alto para ver mejor las “nuevas realidades” ahora globalizadas. Claro que esta encíclica, como todas las encíclicas sociales, no quiere ser solo una teoría, un bonito discurso moral. La doctrina social de la Iglesia es luz no solo para poder ver mejor el mundo que nos rodea, sino que con esa luz y esa mejor visión sea posible trasformar este mundo. No hay que olvidar que todos los contenidos de la Doctrina Social de la Iglesia ofrecen, sí, principios de reflexión, criterios de juicio, pero sobre todo directrices de acción.

Es que ya es tiempo de convencerse de que la “mano invisible del mercado” o “el rebalse del vaso de la riqueza” no son más que una ilusión o una verdadera falacia. Sin embargo, para lograr esa nueva racionalidad de la economía es necesaria una sana y comprometida función política. La política, fundamentada también sobre una sólida base de principios éticos, permitirá a la economía conseguir el anhelado bien común. No hay que oponer, ni separar, dice el Papa, la política de la economía, sino que ambas juegan un papel complementario indispensable para conseguir la justicia social. Quedaría pendiente un análisis más detallado sobre la visión política que ofrece esta encíclica y retomar los temas de vital importancia como la relación entre ecología y técnica, hombre y ciencia, entre otros. Pero lo que sí es claro en la encíclica es que el Papa invita a la “Caridad en la Verdad” de la economía y de la política, porque es lo que el mundo hoy más que nunca necesita.


viernes, 14 de agosto de 2009

ROMERO PARA SIEMPRE


Pbro. Ramón O. Lara Palma

Puede ser que no hayan sido palabras textuales de Monseñor pero la interpretación que hizo el periodista se materializa con milimétrica precisión cuanto más pasa el tiempo: “si me matan resucitaré en el pueblo”. Desde el día de su sepelio se pudieron leer pancartas con la frase “Romero vive”, o expresiones semejantes. Cada año, a veces con mayor pompa, a veces parcamente, se hace memoria de su persona, su vida, su misión. Romero, pues, vive en su pueblo. Su pueblo, sobre todo el pobre y sencillo, lo mantiene siempre vivo en su memoria y en su corazón. Análogamente, podemos decir, Romero resucitó en su pueblo. Claro que no se está igualando al evento único (ephapax) acontecido en Jesús de Nazareth, pues tal expresión sería una herejía. Sino que por analogía podemos decir que el hombre de Dios, Romero, tanto si vive eternamente para Dios, vive también plenamente en su pueblo. Por resurrección se entendería el tener la vida plena, el haber alcanzado la vida sin límites. Por eso, los que creyeron asesinarlo el 24 de marzo de 1980 se equivocaron, pues le estaban dando la vida sin límites. El verdadero nacimiento de Romero fue ese lunes 24 de marzo a las 6:25 de la tarde.

Sin embargo, puesto que somos seres históricos nos gusta hacer memoria del momento de nuestro ingreso a la historia. Por eso el 15 de agosto viene a ser una fecha especial para los que hemos crecido bajo la imponente sombre de este hombre de Dios. Romero tendría a esta fecha 92 años. Muy posiblemente, si el curso de la historia hubiera sido otra, él estaría aún con vida. Pero, ¡ah juegos de la vida!, si Romero estuviera vivo estaría más bien históricamente muerto. Con qué precisión se cumple las palabras del Maestro: “Si el grano de trigo no muere, no da fruto…porque el que cuida su vida la perderá, pero quien la pierde por causa del Reino la ganará”. Pero es importante celebrar el natalicio, el nuestro y el de los otros, pues nos permite recordar que en un momento dado nos convertimos en compañeros de camino, peregrinos de la historia, y con la posibilidad de intervenir en esta historia. María López Vigil recoge en su libro “Piezas para un retrato” una expresión que la adjudica a Monseñor: “no podemos pasar por la historia sin dejar una huella”. Sí, celebrar el cumpleaños, el nuestro y el de los otros, es recordar que estamos en la historia y que podemos hacer muchas cosas con ella: cambiarla, corregirla, mejorarla, purificarla, como también, perderla, arruinarla, etc. Por supuesto que estamos invitados a dejar una huella positiva en la historia. Monseñor tuvo conciencia de su papel histórico y por eso la cambió: no hay duda que dejó una profunda huella en nuestra historia.

Los migueleños, y más ampliamente los orientales, debemos siempre resaltar el natalicio de Romero. Por varias razones. Pero sobre todo, porque la irrupción en la historia Romero la hizo en nuestras tierras: él es un oriental. Todo el oriente de El Salvador fue marcado por este pastor. Fue párroco de Anamorós, La Unión; morazán le vio crecer cubriéndolo con las sombras del Cacahuatique. San Miguel lo recibió como seminarista y como Padre Romero, Usulután lo tuvo como obispo por algunos años. La historia de los pueblos orientales de El Salvador está ligada con la historia de Romero. Las primeras huellas que fue marcando en la historia Romero las hizo en oriente. Romero es nuestro, podemos decir los orientales. Ahí nació, ahí se formó, ahí maduró. En la capital estuvo muy poco tiempo. Sí, estamos de acuerdo, que fue el tiempo más intenso de su horadar la historia. Pero el Arzobispo Romero no puede separarse del Padre Romero de San Miguel. Es uno y el mismo, sólo que oriente fue su cuna y su escuela, y la capital su última lección.

Como sea, Romero es de El Salvador, o mejor, es de todos y de nadie. Más aún, Romero ni siquiera es de El Salvador, pues él es universal. Sólo estando fuera de nuestro terruño es posible percibir el alcance de Romero. Lo sienten suyos los africanos, los de la India, los chinos, los nórdicos, ingleses y germanos. Para un salvadoreño en tierras del viejo mundo es más fácil presentarse como compatriota de Romero que como sólo “salvadoreño”. Tal es la experiencia de quien escribe estos párrafos. Cuando se me pregunta sobre mi nacionalidad respondo con mi gentilicio, pero el tal deja al interlocutor con poca claridad. El Salvador es un país muy pequeño y en este viejo mundo pocos lo conocen. Sin embargo, cuando agrego la expresión “sí, soy salvadoreño, tierra de Romero”, escucho con emoción que el interlocutor ya conoce algo de mi origen: “ah, Mons. Romero?”, me replican. Sí, El Salvador, en el viejo mundo se ha convertido en la “tierra de Monseñor Romero”. El papel se cambió: no es que Romero sea de El Salvador, es El Salvador que es de Romero. La familiaridad con que gente de distintas razas hablan de Romero es impresionante. El es ya una figura universal. Una gran cantidad de libros y sesudos estudios sobre Romero los están escribiendo africanos e indios, chinos y europeos. Efectivamente Romero resucitó en el pueblo, no solo salvadoreño, sino en aquellos pueblos que se dejan inspirar por el amor con que él se entregó por la causa de los indefensos, por la justicia de los marginados, por el bien del más pobre. Ahí está Romero, vivo y activo, inspirando nuevas vías de cómo vivir un cristianismo más comprometido y más evangélico. Romero sigue horadando la historia.