Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

viernes, 27 de marzo de 2009

LA ESPERANZA QUE NO DEFRAUDA

Pbro. Ramón O. Lara

Los discursos motivadores, lógicos y consecuentes enardecen las pasiones y conquistan voluntades. Pero los discursos que tocan las fibras más sensibles del hombre son aquellos que ofrecen luces seguras en un futuro que normalmente se pinta oscuro, son los discursos que tienen el color de la esperanza. Un mensaje que alienta la esperanza siempre será atendido. Tal estrategia la han comprendido todos los grandes oradores de la historia. Los políticos de ahora no son la excepción. Últimamente hemos sido testigos de algunas campañas electorales que han explotado al máximo esta veta sensible de la intimidad del hombre: “Yes, we can”, “nace la esperanza”, “la esperanza vence al miedo”, son ejemplos. Pero con las esperanza se puede jugar y hasta manipular.

El discurso del político apunta al convencimiento del público elector. Las campañas electorales son dirigidas a enardecer pasiones y a levantar muchas expectativas. Las expectativas crecen cada día más cuanto más se insisten en los mismos mensajes y reforzados mediante refinadas estrategias comunicacionales. El fin es conseguir el voto del público elector. Y desde el otro lado de la medalla, dar el voto a un candidato significa depositar la confianza en la propuesta política que éste ha ofrecido, tanto así que se espera pie juntillas que tales promesas serán cumplidas. La esperanza, sea esta en las propuestas políticas o en el candidato, es muchas veces depositada ciegamente. Con otras palabras, la esperanza se pone en juego.

Pero la realidad es cruda, dura y, muchas veces, despiadada. El político que levantó el mayor número de expectativas y cuyo mensaje tocó las más profundas esperanzas del pueblo, muy seguramente vencerá. Pero cuando tanto el político como el pueblo se despierta del embrujo propagandístico, se dan cuenta que la realidad es dura, cruda y despiadada. Entonces el político verá que es imposible cumplir con todas las expectativas y esperanzas que suscitó, y el pueblo a su vez se dará cuanta, y muy rápidamente, de esa incapacidad del político.

Cuando se vuelve a la realidad, lo que fue esperanza en el pueblo corre el riesgo de convertirse en decepción y hasta desesperación. Cuanto más crece la decepción y la desesperación del pueblo, el político corre el riesgo de convertirse en un “politiquero”, o sea, tratará de responder demagógicamente a las expectativas de la gente. El pueblo por su parte comenzará a despotricar contra el político, a caer en el conformismo o desatar conflictos sociales. Ante este cuadro de la realidad, por arte de magia, aparecerán nuevos “políticos” que una vez más buscarán suscitar nuevas esperanzas y nuevas expectativas en el pueblo. Significa que nos estaremos acercando a otra contienda electoral. Este ciclo politiquero puede continuar “in aeterno”, como la maldición de Sísifo.

Ahora bien, el problema de la dialéctica entre suscitar esperanzas-depositar esperanzas, y las respectivas consecuencias frente a la cruda realidad, reside en que la esperanza que es suscitada y la esperanza depositada es una esperanza extrínseca, sin implicaciones personales, y por lo mismo pasiva. Se trata de la “esperanza en”: en el partido, en el político, en las propuestas, en, en…Es una esperanza holgazana, irresponsable, atenida, depositada en los demás. Sin embargo, la esperanza verdadera, aquella de la que habló un judío marginal hace casi dos mil años es diferente, pues es una “esperanza para”, es la esperanza activa, la fuerza motora que mueve a la acción, el empuje hacia la consecución de las más grandes metas en la vida. Tal es la esperanza cristiana.

En sentido estricto la esperanza cristiana no es una “esperanza en Dios”. Para el cristiano, en sentido estricto, sólo la fe es “en Dios”. Jesús dijo: “Crean en Dios y crean también en mi” (Jn 14,1). Pero cuando habló sobre esperar dijo: “velad-esperad para no caer” (Mc 14,38), “Velad, pues, porque no sabéis el día” (Mt 25,13). La esperanza cristiana es aquella fuerza motivadora que suscita los compromisos para instaurar el reinado de Dios entre los hombres, para cimentar los valores del reino que darán solidez a la construcción social, económica y cultural. La esperanza cristiana no se cruza de brazos pensando que serán los demás los que harán las cosas. Esperar en términos cristianos significa tener un horizonte hacia donde orientar todas las energías vitales de cada ser humano. Ciertamente espera el que cree, el que cree en el reino de Dios y su justicia, el que cree que Dios hace nueva todas las cosas, el que cree que vendrán un “cielo nuevo y una tierra nueva”. Fe y esperanza son solo el anverso y reverso pero de la misma moneda.

Por eso puedo asegurar con toda certeza que esta esperanza no defrauda. Porque es una esperanza que implica el trabajo de cada uno, que requiere la responsabilidad de todos. Esa es la verdadera esperanza. Esa es la esperanza que necesita El Salvador. Si estamos esperando en que “los políticos” nos arreglarán las cosas entonces no tardaremos en caer en una total decepción. Esperar que surja un nuevo El Salvador no significa que nos podemos cruzar de brazos pensando que basta con el voto y el resto lo hagan los demás. Esperemos-trabajemos con responsabilidad y exijamos la responsabilidad de los demás, especialmente los gobernantes. Empeñémonos en toda iniciativa buena que surja para el bien del pueblo, cultivemos los más profundos y supremos valores con los cuales el país fue diseñado: Dios, Unión, Libertad. Entonces veremos un nuevo El Salvador. Esperar es trabajar por ese nuevo país que debemos siempre soñar. La esperanza es activa, nunca pasiva.

martes, 17 de marzo de 2009

HOMBRE DEL ESPÍRITU: ROMERO


Pbro. Ramón O. Lara

Se habla de Monseñor Romero como el profeta de la verdad, el mártir de la justicia, el defensor de los pobres, la voz de los sin voz, etc., y efectivamente lo es. Sin embargo, aunque tal lenguaje se ajusta plenamente para describir la verdad y profundidad de lo fue Romero, tales calificativos podrían conducir a una errónea comprensión de su identidad y de su misión. El error iniciaría si a tales calificativos se les quitase el fundamento que permitió a Monseñor ser profeta, mártir, defensor, voz, y se les pusiese sólo en el plano de la trama socio-política. Tal fundamento es el Espíritu. Quitando la dimensión espiritual la identidad de Monseñor queda reducida prácticamente a la de un moralista social y su ministerio al de un agitador de masas.

Monseñor ante todo fue hombre del Espíritu. Y cuando digo “Hombre del Espíritu” obviamente no estoy en lo más mínimo insinuando en Monseñor un posible “espiritualismo”. Todo lo contrario, con ello quiero indicar que la identidad y la misión de Monseñor tienen un fundamento que va más allá de las fronteras histórico-sociales, pues se funda precisamente en el Espíritu de Jesús. Trataré de explicarme.

Sobre todo debemos recordar que la Biblia define al espíritu como vida, libertad, energía y autenticidad. El espíritu, en la Biblia, es como el dinamismo interior que mora en la materia, el cuerpo, la realidad y la historia, para comunicar vida, identidad, energía y creatividad, en una atmósfera de libertad.

La actividad del espíritu es similar a la respiración en los seres vivos (ruah en hebreo, pneuma en griego, spiritus en latín): su presencia indica vida, su ausencia, muerte. Es el principio vital de las personas. Genera vida y la manifiesta.

También puede entenderse al “espíritu” como la motivación más profunda, la utopía o meta movilizadora, el principio y fundamento unificador de toda la existencia humana.

Según los evangelios, el dinamismo interior o el principio vital de Jesús fue establecer el Reino de Dios, es decir, el reconocimiento de la Soberanía Absoluta y la paternidad universal de Dios. Jesús sabía que él era el Ungido (Cristo) enviado para instaurar el Reino, y esa misión la tenía que realizar a pesar de toda la oposición maligna que reinaba en el mundo. Por eso, junto a la motivación de instaurar el Reino, también estaba la pasión por obedecer al Padre, aún a costa de la vida. En otras palabras, la “espiritualidad” de Cristo se caracteriza por una perfecta comunión con el Padre. La razón del vivir de Cristo es obedecer los designios del Padre. El celo por los asuntos del Padre lo devora desde sus más tiernos años. Jesús no vacila en decir que su alimento es hacer la voluntad de su Padre. Realiza lo que quiere su Padre. Es tan íntima la comunión de vida que lo une al Padre que hasta afirma que quien lo ve a Él ha visto también al Padre.

Podemos deducir que entre Cristo y el Padre hay un espíritu común, un mismo “Espíritu”. Y ese “Espíritu” que vincula tan estrechamente a Jesús con el Padre, la teología lo discierne como “El Espíritu Santo”, o sea la tercera persona de esa Trinidad Santa.

Nosotros, hombres y mujeres, podemos participar de ese dinamismo interior o principio vital de Dios mediante la fe en Cristo. La fe nos empuja a entrar a una vida nueva, a la vida de Cristo. El signo sagrado (sacramento) mediante el cual expresamos nuestra inserción a la misma vida de Cristo (morir con Cristo para vivir con él) es el bautismo. Esa vida nueva es obra del Don que viene de lo alto, del consolador que el Señor nos da, es su mismo Espíritu. La fe, entonces, nos conduce a vivir en Cristo, nos conduce a vivir en su dinamismo, o sea vivir en su Espíritu. Y precisamente Monseñor vivió en ese dinamismo, vivió en el Espíritu de Cristo: fue ante todo hombre del Espíritu.

La Espiritualidad Cristiana no es otra cosa que vivir en Cristo, es decir, siendo otros Cristos por participar de su mismo Espíritu. Por eso preguntarse por la espiritualidad cristiana es preguntarse acerca de la espiritualidad de Cristo. Y esto significa preguntarse sobre sus motivaciones últimas, sus ideales, la utopía última que inspiró su vida, la pasión y mística por las cuales vivió y luchó, y que supo contagiar a otros. Ya hemos insinuado que la motivación última de Jesús fue la de instaurar el Reino de su Padre Dios y obedecerle plenamente hasta las últimas consecuencias.

El problema se da cuando pensamos en el “espíritu” como lo opuesto a la “materia”. La mentalidad de separar espíritu-materia, cuerpo-alma, tiempo-eternidad, naturaleza-gracia, tierra-cielo, es conocida como mentalidad dualista, mentalidad tal que no es cristiana. Desde la perspectiva dualista lo espiritual se ve en oposición a lo material, lo temporal opuesto a lo eterno, oposición que a su vez abre camino a los peligrosos espiritualismos desencarnados, ajenos a los problemas sociales, e insensibles a las principales inquietudes humanas. En tal caso, podemos decir con total seguridad que Monseñor jamás vivió esa dualidad, ya que por estar inmerso en el mismo Espíritu de Cristo fue movido a comprometerse en la construcción del Reino, a ser fiel y obediente a la voluntad divina y a comprometerse profundamente con los problemas en que vivían sus hermanos.

Mediante la acción del Espíritu el Verbo se encarnó y compartió nuestras penas. Así mismo es el Espíritu el que condujo a Monseñor a encarnarse en las realidades y penas de su pueblo. Ciertamente una falsa espiritualidad (espiritualismo) aliena, desencarna y hace huir de la historia. No obstante, sólo viviendo en el Espíritu de Cristo es que es posible comprometerse seria y debidamente con las realidades del mundo. Si no es con ese Espíritu todo lo que hagamos será mera agitación social, voluntarismo, filantropía o un vago moralismo. Ser hombres del Espíritu es ser hombres comprometidos con la historia, profetas, mártires, defensores y voz de los sin voz, al estilo de Monseñor.

lunes, 9 de marzo de 2009

"VER AL ENEMIGO A LOS OJOS"
-Conocerlo y nombrarlo-
II

El mundo y la Iglesia en él, han entrado a un nuevo siglo y un nuevo milenio. Y a la mitad de la tercera década del nuevo milenio es posible otear el siglo recién pasado con un poco más de objetividad y precisión. Por tanto, los desafíos heredados de este pretérito siglo siguen en el tapete, y la Iglesia debe enfrentarse al (o a los) nuevo(s) contrincante(s). En tal caso, y siguiendo con la imagen de la “estrategia militar”, la Iglesia debe afinar su aparato de inteligencia para reconocer y, como en el caso de los exorcismos, poder también nombrar a su actual y verdadero enemigo.

En primer lugar, la Iglesia debe estar atenta a las posibles incursiones sigilosas y camufladas que el enemigo pueda ya estar ejecutando. Lo más peligroso sería dejarlo entrar en el corazón mismo del centro de operaciones y en el centro de comando eclesial. Por tal motivo, la Iglesia debe cuidar que el centro de operaciones, que es su doctrina y toda la vivencia de la fe basada en el AMOR, no sea exterminado con el peligroso y letal veneno del EGOISMO (disfrazado de un prepotente sistema social-económico-cultural). Más grave aun sería si la Iglesia descuida su mismo centro de comando (Jerarquía), de tal modo que sus miembros seducidos por el enemigo, se conviertan en verdaderos traidores de la misma Iglesia (CLERICALISMO). Tal y como sucedió con Jesús en el desierto, las seducciones del poder, del placer y del tener están siempre tentando a los discípulos y servidores del Señor hoy. 

Caer ante las tentaciones y traicionar a la Iglesia, que es lo mismo traicionar a Cristo, por no ser capaces de optar por una vida radicalmente vivida frente a Dios y a los hermanos, es muy fácil en este tiempo. Las respuestas: “no solo de pan vive el hombre”, “solo al Señor tu Dios adorarás” y “no tentarás al Señor tu Dios”, fulminantemente dadas por el Maestro en el desierto de Judea, no parecen ser las mismas que dan hoy sus discípulos, “desde los obispos hasta el último de los fieles laicos” (frase de San Agustín), en el desierto del mundo moderno. No es difícil encontrar miembros de la Iglesia que están extasiados e instalados en el poder o viven preocupados por arribar y detentar las esferas del dominio. Es fácil encontrar cristianos afanados por el éxito y el máximo acumulo de riquezas pero totalmente despreocupados por la solidaridad, el bien común, la justicia social y la paz.

En segundo lugar, la Iglesia debe anticipar y corregir los daños causados por los asaltos mortíferos del enemigo. Lo más grave de esta situación es que el enemigo está utilizando armas que son extremadamente sutiles, pero muy eficaces. La muerte y la desolación están a la vista: los templos donde antaño fulguraban las solemnes y vivas liturgias, ahora son museos; las celebraciones litúrgicas que deben ser “cumbre y fuente de la vida cristiana”, se han convertido en protocolos; la otrora vivificante experiencia comunitaria, se ha convertido en un vacío y manipulado eslogan. Es extraño, pero a pesar de los daños que a vista de todos son evidentes, no se ven atisbos de una reacción inmediata y contundente en modo pleno por parte del comando eclesiástico, cerrando filas con todos los fieles bautizados para enfrentar esa batalla. Lo cual hace pensar que el enemigo está utilizando armas somníferas o alucinógenas (espiritualismos, fundamentalismos, conformismos). 

Obviamente si revisamos con mayor detenimiento el campo de batalla descubriremos cuantiosos daños colaterales. Dentro de las mismas filas eclesiales se pueden contar decenas de obispos, cientos de sacerdotes y millares de fieles ejecutados por quienes, paradójicamente, se confiesan miembros de la misma Iglesia (les fue muy difícil a los canonistas y teólogos sostener la causa de martirio para un obispo que fue asesinado por quienes comulgaban en las Misas los domingos). Fuera de las filas eclesiales se ven bochornosos estragos. Basta con señalar uno: la vergonzosa división entre quienes tienen tanto y quienes no tienen más que sólo esperanzas. Tal división está llegando a tan profundas dimensiones que de nuevo el mundo se está dividiendo con verdaderos y físicos muros. Las paradojas en la historia suelen también darse: si en el siglo recién pasado un muro dividió al mundo entre ESTE y OESTE, en este nuevo siglo otro muro lo está dividiendo, pero ahora entre NORTE y SUR. ¡Cómo juega la historia! ¿Verdad?

Creo que con este somero sondeo ya tenemos la capacidad de señalar y nombrar con mayor precisión al verdadero y concreto enemigo de la Iglesia para estos tiempos. Sin embargo, no quiero ser yo el que lo nombre, sino que dejaré al mismo Sumo Pontífice, Benedicto XVI, quien nos haga ese honor: “Ante el abuso del poder económico, de las CRUELDADES DEL CAPITALISMO que degrada al hombre a la categoría de MERCANCÍA, hemos comenzado a comprender mejor el peligro que supone la riqueza y entendemos de manera nueva lo que Jesús quería decir al prevenirnos ante ella, ante el DIOS MAMMÓN QUE DESTRUYE AL HOMBRE, ESTRANGULANDO DESPIADADAMENTE CON SUS MANOS UNA GRAN PARTE DEL MUNDO”. (Cfr. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, págs. 126-127). Por lo que ante “el hundimiento del comunismo no significa automáticamente la bondad del capitalismo” (Benedicto XVI). 

Con justa razón el Papa Francisco nos está invitando más bien a construir puentes y derrumbar los nuevos muros que se han querido construir o se están construyendo (el muro en la frontera USA-México, Israel también construye un muro para separarse de los palestinos). Pero podemos mantener la firme esperanza que así como la Iglesia derrotó al “temible enemigo del comunismo”, así mismo vendrá un Juan Pablo III para derrocar al peligroso y letal “capitalismo salvaje” (Juan Pablo II, Centesimus annus, 8). Sólo hasta cuando todos los cristianos, al unísono y sin temor, podamos “nombrar” (definir y entender) al capitalismo como el verdadero enemigo de la Iglesia, el mundo será exorcizado. Mantengamos la firme esperanza de que la propuesta de renovación que ha iniciado Francisco con sus grandes ejes programáticos (Laudato si', Fratelli tutti), pueda ayudar a exorcizar de la Iglesia de la mundanidad (capitalismo asimilado) enquistada muy hondamente en la Iglesia.

¿QUIEN ES EL VERDADERO ENEMIGO DE LA IGLESIA?

“VER AL ENEMIGO A LOS OJOS”
-Conocerlo y Nombrarlo-

Pbro. Ramón Obdulio Lara Palma.


I

Al conocer las grandes proezas que realizaron los más famosos generales que ha habido a lo largo de la historia, llama la atención la enorme capacidad estratégica que ellos tenían. Eran estrategas por antonomasia. Estos sagaces guerreros sabían bien que la más elemental norma estratégica en los combates es “conocer al enemigo”. Se dice que la diferencia entre perder o ganar una batalla radica en el conocimiento que se tenga del enemigo: a mayor conocimiento, mayor posibilidad de vencer. Los grandes estrategas de la historia como Alejandro Magno, Julio Cesar, Napoleón Bonaparte, cifraron sus victorias en el profundo conocimiento que tenían de sus contrarios; cuando este conocimiento comenzaba a fallar, las derrotas afloraban en las más simples batallas. Aún Jesús, que no era un estratega militar, da muestras de conocer esa elemental norma estratégica cuando advierte: “¿Qué rey, que sale a enfrentarse contra otro rey, no se sienta antes y delibera si con 10.000 puede salir al paso del que viene contra él con 20.000?” (Lc 14,31). En las nuevas y más sofisticadas guerras que existen en el presente, los mayores esfuerzos y la más grande inversión tienen que ver con la famosa “inteligencia militar”. Pensar, por ejemplo, en el enorme aparato de inteligencia militar que tiene montado en todo el mundo el poderoso país del norte de las Américas.

Un dato interesante y a la vez curioso lo da el combate contra un enemigo muy particular: el demonio. Es bien sabido que ante una posesión diabólica, el principal y más inmediato cometido de un exorcista es identificar el nombre del demonio posesor. Cuando el demonio es acorralado se le obliga a revelar su nombre, y sólo cuando lo revela es que el exorcista puede constreñirlo a abandonar al poseído. Lucas comenta que Jesús, frente al endemoniado de Gerasa, lo primero que le pregunta es: “¿Cuál es tu nombre?” y el demonio, obligado por la palabra de Jesús, enseguida responde: “mi nombre es ‘Legión’”, e inmediatamente Jesús lo expulsa de aquel infortunado hombre (Lc 8,30). Este dato es comprensible, puesto que bíblicamente nombrar a alguien (o algo) es ejercer poder sobre eso que se nombra. Podemos recordar que cuando Dios terminó su obra creadora, le encomendó al hombre la tarea de poner el nombre a todas las creaturas (Gn 2,19-20); es decir, le dio al hombre la autoridad y el poder sobre lo creado. En cambio, cuando Moisés pidió al mismo Dios que le revelara su “Nombre” (Ex 3,13) el Señor le respondió en modo enigmático, pues Dios es el inefable por principio; su trascendencia es tal que nadie lo puede abarcar, y por tanto nadie lo puede nombrar. Los israelitas, conscientes de lo que significaba un nombre, evitaban en todo lo posible pronunciar el nombre de Dios, o al menos para referirse a él lo hacían con sinónimos o por medio de analogías. El nombre es algo muy poderoso y nombrar algo o alguien es apoderarse de lo que es nombrado.

La Iglesia, como cualquiera falange militar, debe prepararse para los más duros combates contra las amenazas del enemigo que la acecha a tiempo y a destiempo. Evidentemente que a ejemplo de los grandes generales de la historia, también la Iglesia debe darse a la tarea de conocer con mayor profundidad a quienes pueden ser ahora sus verdaderos y más letales enemigos. Indudablemente la Iglesia a lo largo de sus dos mil años de existencia ha sabido enfrentar con valentía e inteligencia cada enemigo que le ha salido al paso. Ya en los primero años de su historia tuvo que combatir con los peligrosos errores doctrinales que amenazaban la integridad del depósito de la fe a ella confiada (los Apologetas y los demás Santos Padres son los adalides de este momento); posteriormente tuvo que hacer frente a las graves desviaciones que laceraban profundamente su identidad histórica (el ejercicio del poder temporal), laceración que se manifestaba en las contiendas de las sagradas investiduras (Gregorio VII, entre otros reformadores, es el caudillo en este combate); finalmente, durante los siglos XVII al XIX se tuvo que enfrentar con una gran cantidad de nuevas corrientes de pensamientos que le ofrecían una verdadera beligerancia (iluminismo, modernismo, ateísmo, por mencionar algunos).

De este último combate merece especial atención la aguerrida ofensiva que la Iglesia lidió frente al temido COMUNISMO (Réquiem In Pace), durante el siglo XX. Este sistema económico, político y social, basado y construido en el “materialismo histórico” (Marx-Engels), llamado también “materialismo dialéctico”, constituyó una fuerte y real amenaza para la Iglesia durante el último siglo. Una enorme masa de la población mundial fue inducida por esta ideología, que en palabras del Papa Juan Pablo II era un “falso humanismo”, hacia un peligroso “ateísmo deshumanizante”. Tal ideología tenía la pretensión de configurar no solo las relaciones socio-económicas, sino también la misma conciencia de las personas, de tal modo que todo producto del espíritu humano (cultura, arte, religión, etc) debía estar controlado por el mismo sistema ideológico.

El proceso de instauración de este sistema socio-político-económico-cultural fue a base de una represión que arribó al genocidio (stalisnismo y maoísmo, por ejemplo) y a la eliminación de cualquier vestigio del sentimiento religioso, que es natural en la persona humana, mediante procesos ideologizantes. Fue frente a este sistema y a esta ideología que la Iglesia se enfrentó decididamente durante las últimas décadas del siglo XX. Es obvio que con la elección de un Papa proveniente de una región profundamente golpeada por este sistema y esta ideología (Juan Pablo II), la Iglesia actuaría con mayor contundencia. El desenlace de este combate está bien registrado en los anales de la historia reciente, y tiene su ápice simbólico en la caída del muro que hasta el 9 de diciembre de 1989 separó al mundo en dos grandes bloques (ESTE y OESTE) y que mantenía físicamente dividida la única Alemania: el comunismo cayó con el Muro de Berlín.
Ahora bien, ¿Es el comunismo el verdadero enemigo de la Iglesia? ¿O es que algunos quieren todavía “asustar con el petate del muerto”?

Continúa…

sábado, 7 de marzo de 2009

¡LA TIERRA SÍ ES PLANA! COPÉRNICO Y GALILEO SE EQUIVOCARON

Pbro. Ramón O. Lara Palma

No es que haya sucedido un fenómeno cósmico o que se hayan cambiado las leyes del universo, de tal modo que la tierra haya sido aplanada. Es simplemente la constatación de una verdad que nunca ha dejado de existir: la tierra, aun después de los descubrimientos de Copérnico y Galileo, siguió siendo plana.

Obviamente el apreciable lector habrá pensado que quien ha escrito las anteriores líneas sencillamente ha perdido el sano juicio. O que carece del más mínimo conocimiento de cultura general. Posiblemente el respetable ya decidió abandonar la lectura de los siguientes párrafos dada la necia afirmación con que se intitula esta reflexión. Sin embargo pido un poco de paciencia.

Naturalmente que si hablamos en términos físicos sobre la morfología del tercer planeta de este sistema solar, tal afirmación sería estólida. Todos sabemos que la tierra tiene una morfología de tipo elipsoide (una esfera achatada ligeramente por los polos) y que tiene una circunferencia ecuatorial de 40.075.014 m y una circunferencia polar: 40.007.832 m y un radio de la esfera equivalente a 6.371.000 m. Los puntos de referencia para entender la posición intraplanetaria se miden entre los polos –Ártico y Antártico–, que son los ejes desde los cuales el planeta hace su giro rotatorio en relación al sol, y el paralelo central llamado ecuador. Convencionalmente se ha aceptado la denominación de las secciones planetarias como longitudes ESTE (Oriente) y OESTE (Occidente), latitudes NORTE y SUR. Sectorizaciones que nacen a partir de esas “líneas imaginarias” (Meridiano de Greenwich y Ecuador).

Sin embargo, esa simple convencionalidad geográfica se ha ido convirtiendo en una complicadísima trama de conceptualizaciones políticas, económicas, religiosas, culturales, ecológicas, etc. ¿Quién no ha oído hablar de la cultura oriental y occidental, de las desigualdades entre norte y sur, de los conflictos entre el bloque del este y los del bloque del oeste, por decir algo? Un punto geográfico se ha convertido en un concepto o una definición, sea esta política, económica, cultural o religiosa. Tales conceptualizaciones tienen a su vez una grandísima carga ideológica. Fácilmente se define el oriente en relación directa con la MISTICA y con la ESPIRITUALIDAD, el occidente es comprendido como TÉCNICO y PRÁCTICO. En relación al norte fácilmente se relaciona con el DESARROLLO y la RIQUEZA, el sur es definido desde el SUBDESARROLLO y la POBREZA. Me detengo en las definiciones o conceptualizaciones que se hacen entre el Norte y el Sur para profundizar en mi argumento.

Digo que esas conceptualizaciones tienen una grande y peligrosa carga ideológica por las siguientes razones. Primero, porque en la mayor parte de la población de los países del norte es social y mentalmente aceptada la idea de que los países del sur son pobres porque no les gusta trabajar y hasta porque son menos dotados intelectualmente: la gente más trabajadora y más inteligente está en el norte. Segundo, y esto se da en algunos estratos sociales de corte religioso, si el sur es pobre, entonces el norte debe ayudarlo mediante el subsidio económico, las donaciones y obras de solidaridad conexas. Tercero, y esto se da en buena parte de los pueblos del sur, existe la resignación y aceptación de eso que el norte piensa sobre el sur, y tal es el caso que hasta se ha desarrollado una especie de baja estima: un “chele”, ojos azules, de estatura alta, es más que un piel morena, ojos azabache y de baja estatura. Cuarto, aunque sea inconscientemente –pues no tengo la información de que se haya hecho a propósito– desde los primeros años de estudio tanto los niños del norte como los del sur son instruidos en geografía a través del famoso “globo terráqueo” donde proverbialmente puede ubicarse el sur como si estuviera en la parte “de abajo” del mundo. Tal parece que ser del sur, como por fuerza del destino, es ser de abajo. Podríamos afirmar que de manera quizá inconsciente tal mentalidad termina con ser aceptada.

¿A caso la naturaleza tiene escrita en su inamovible legislación esa triste realidad? ¿Está condenado el sur a ser siempre pobre, a estar siempre abajo? Obviamente la respuesta sería no. Algunos ya se imaginan –y hasta lo cantan justicieramente– “que el Norte fuera el Sur” (R. Arjona). ¿Qué pasaría si hasta el diseño de los tradicionales globos terráqueos de las escuelas cambiara de posición: el Norte pasara a la parte de abajo y el Sur a la parte de arriba? En realidad ese diseño es simplemente convencional, pues en el universo –como lo afirmó en términos astrofísicos Einstein– todo es relativo. Estar arriba o estar abajo en una superficie circunferencial es una cuestión relativa al punto de referencia, y este punto referencial nace de un acuerdo convencional. Pero hablemos en términos económicamente reales. ¿Qué sucedería si en el devenir de la historia el sur se hiciera rico y el norte se volviera pobre? Posiblemente los globos terráqueos para enseñar geografía en las escuelas cambiarían de posición, pero sustancialmente nada cambiaría. El mundo real no cambiaria en nada. Cambiar de posición es igual a simplemente no cambiar. Por eso es que planteo la idea de volver a la mentalidad de un mundo plano: todos en el mismo horizonte.

Vivir en un mundo plano significa anular las desigualdades entre los seres humanos, significa respetar el derecho del otro salvaguardando siempre el bien común. Que el mundo sea plano significa compartir solidariamente tanto los bienes materiales como los espirituales en vista a un genuino y sostenible desarrollo humano universal. Un mundo plano significa derribar las barreras ideológicas, políticas, económicas, sociales y culturales para que la familia humana construya una civilización unida desde la diversidad, solidaria desde la justicia, donde el ser humano sea el centro y fin de todo el quehacer político y económico. Un mundo plano significa tener una esperanza universal, donde no exista la diferencia entre quienes en vez de ver en el horizonte los fulgores de la aurora de la esperanza y la ilusión, contemplan el tenebroso ocaso de un futuro sin sueños y sin utopías. Un niño que nace en el barrio periférico de una ciudad del sur no ve el mismo horizonte que ve un niño nacido en las exclusivas y refinadas residencias norteñas. Un mundo plano permitiría a todos los niños, de todos los lugares, contemplar el mismo horizonte de oportunidades y condiciones.

Evidentemente que un cambio geofísico de nuestro mundo es imposible. Sin embargo, volverlo existencialmente plano sí lo es. Se necesita sólo voluntad de todos. No es un imposible, ya que las diferencias –desigualdades– entre el sur y el norte han sido creadas por los hombres, somos nosotros mismos los que podemos eliminarlas. A los pueblos del norte les correspondería simplemente permitir a los del sur liberarse de la inicua dependencia a la que los han sometido. No es justo que con el canto de sirenas llamado “inversión externa” adormezcan a los pueblos y a sus gobiernos para que les permitan sustraer las inmensas riquezas naturales que son un bien común y pasen a ser parte de anónimos y desalmados (sin alma, sin conciencia) propietarios (empresas transnacionales). A los pueblos del norte se les pide detener el voraz y ciego monstruo que han creado (la economía capitalista neoliberal basado en la producción y el consumo) ya que se está devorando el planeta y que por su ceguera (economía bursátil de los mercados financiaros) no repara donde deja las incontables víctimas. A los pueblos del norte no se les pide una falsa solidaridad de subsidios (“ya que es una caricatura de la caridad dar en limosna aquello que se debe dar por justicia”, O.A. Romero), sino una renovación integral de estrategias y estructuras, pagando el verdadero valor de la “materia prima” (recursos naturales, fuerza de trabajo) e invirtiendo focalizadamente en vistas a una verdadera promoción humana y no en el ciego y asesino afán de lucro.

A los pueblos del sur les corresponde recuperar su propia dignidad mediante la revalorización de su identidad cultural, la defensa valiente de sus derechos mediante la responsable administración de sus recursos. Los pueblos del sur deben desarrollar su nivel educativo centrado sobre todo en un conocimiento humanístico, evitando en la medida de lo posible una educación basada en la instrucción técnica que al final viene a ser sólo un “recurso cualificado” al servicio del mercado. A nivel político se debe propiciar una real y eficaz participación ciudadana en todos los ámbitos del aparato gubernamental. Los gobiernos deben cualificar las instituciones de tal modo que todas funcionen de acuerdo al imperio de la ley. Una institucionalidad sana, auténtica participación ciudadana en la gestión gubernamental, una sumisión plena al imperio del derecho y una visión de estado focalizada en la dignidad de la persona, posibilitarán un verdadero y sostenible desarrollo entre los pueblos del sur. Sin olvidar que “el verdadero desarrollo es el paso de estados de vida indignos a estados de vida dignos” (Pablo VI), éste no debe ser confundido con la capacidad de consumo y la consecuente cultura frívola y deshumanizante como lo es la actual sociedad de consumo. Mundo plano es un mundo justo. Debemos soñarlo pero también lucharlo.

MONSEÑOR ROMERO HOY

LA ACTUALIDAD DE MONSEÑOR ROMERO

Pbro. Ramón O. Lara

Estamos a escasos días de celebrar el 29º. Aniversario de la muerte testimonial de Monseñor. Estas semanas previas a la fiesta conmemorativa tienen la característica de un clima de confrontación y excitación socio-política pocas veces visto en nuestro país en el post guerra. Este clima especial en torno a las elecciones me hace preguntar desde lo más profundo de mi corazón ¿Qué diría Monseñor en este momento histórico y en estas circunstancias?
Obviamente que no podemos construir un discurso basado en las posibilidades del pensamiento de otra persona y mucho menos si esta persona ya ha muerto. Sin embargo podemos aproximarnos al pensamiento de Monseñor y hacer una retro lectura del presente, o sea, interpretar el presente a la luz de las circunstancias que él afrontó, como las interpretó y reaccionó, analizándolas y parangonándolas con el presente.

En primer lugar, podemos constatar que Monseñor Romero afrontó un clima sumamente confrontativo y complejo. Confrontativo en cuanto que la realidad social estaba polarizada en extremas: un pequeño grupo de poderosos que buscaban detentar el poder a costa de todo para no perder el statu quo que habían alcanzado; pero también había una extrema beligerante que empujaba cada día con más fuerza a grandes masas sociales, empobrecidas y marginadas, hacia la lucha social. Era un ambiente complejo porque aparte de la polarización de extremas al interno del país (clase poderosa vrs lucha social), habían fuerzas externas (guerra fría) que influían grandemente en el tejido interno de la vida nacional.

En segundo lugar, podemos constatar también que Monseñor Romero afrontó un ambiente necesitado de un mensaje de esperanza y de contenido propositivo. El ambiente de confrontación no permitía ver en aquel momento una luz de esperanza en medio de tan oscura realidad. En ambos bandos de extremas se defendía un férreo fundamentalismo ideológico. Por lo que las únicas salidas que en ambos lados encontraban eran la violencia y la lucha armada respectivamente. Monseñor Romero le tocó colocarse en el medio, en el punto de equilibrio, para buscar el entendimiento y señalar certeramente el camino de solución a los conflictos. Dado el nivel de fundamentalismo ideológico y la obtusa visión de la realidad, la clase poderosa optó por eliminar su papel catalizador que en aquellos momentos había asumido el arzobispo. Sin embargo, mientras pudo, Monseñor ofreció su palabra esperanzadora e iluminadora ante aquel ambiente confrontativo y complejo.

La realidad de marzo de 2009 no dista mucho de la realidad del marzo de 1980, obviamente con sus naturales particularidades. Una realidad de confrontación y complejidad es evidente. Una obtusa visión de futuro y un clima de desesperación campean. Hoy como ayer están los grupos extremistas que luchan a muerte (gracias a Dios esta frase aplicada a la realidad presente es más metafórica que real, aunque hayan excepciones por la violencia electoral). Hoy como ayer encontramos grupos sumamente poderosos que no quieren perder su statu quo y ven al país como una parcela de su latifundio. La mentalidad feudal de muchos poderosos se puede percibir en editoriales periodísticos y opiniones “analíticas” de la realidad nacional. Hoy como ayer no se buscan los mecanismos de diálogo y entendimiento para sentar las bases para construir un país nuevo. Hoy como ayer falta la esperanza y la luz de la sabiduría para encontrar la ruta y emprender el camino de una nueva sociedad salvadoreña.

Por eso es posible pensar que hoy como lo hizo ayer, Monseñor Romero invitaría a todos los salvadoreños y salvadoreñas a tenderse la mano para encontrarse recíprocamente en un diálogo de entendimiento: mano extendida para el diálogo y no el puño cerrado de la confrontación. Monseñor invitaría a los poderosos a quitarse los anillos del autoritarismo y de la arrogancia y descubrir en el contrario un hermano con quien es necesario trabajar en entendimiento para poder construir un nuevo El Salvador. Hoy como ayer Monseñor invitaría a salir de la demagogia y del oportunismo, la manipulación intencionada y las falsas esperanzas, para centrarse en la única y verdadera esperanza que no defrauda: el amor fraterno que nace del encuentro con el Divino. Muy seguramente Monseñor gritaría a todos los vientos, como lo hizo ayer, que es necesario convertir los corazones para convertir las estructuras, que es necesario abandonar la idolatría de la riqueza y del poder (diríamos también la idolatría del mercado), para adorar al Dios de la vida.

Muy posiblemente Monseñor invitaría a todos los salvadoreños y salvadoreñas a darnos un abrazo fraterno, a no ver en el otro a un enemigo sino un hermano ya que todos somos hijos de un mismo Padre. Porque sin un mínimo sentido de cohesión y entendimiento, sin una pizca de buena voluntad para construir un país basado en los valores de la solidaridad, el bien común, el respeto a la vida, la justicia y la verdad, sin esos valores y disposiciones no hay futuro. El presente está tejido por una trama de complejidades: un mundo globalizado que se derrumba en una crisis económica que tiene como origen la codicia desmedida, el inhumano afán de lucro y la idolatría del libre mercado. Muchos planes de gobiernos pueden elaborarse, muchos análisis sociales, económicos y estructurales se podrán efectuar, pero sin una base mínima de unidad social y de valores no se construye o reconstruye una nación. Monseñor Romero, ora pro nobis.