Pbro. Ramón O. Lara
Los discursos motivadores, lógicos y consecuentes enardecen las pasiones y conquistan voluntades. Pero los discursos que tocan las fibras más sensibles del hombre son aquellos que ofrecen luces seguras en un futuro que normalmente se pinta oscuro, son los discursos que tienen el color de la esperanza. Un mensaje que alienta la esperanza siempre será atendido. Tal estrategia la han comprendido todos los grandes oradores de la historia. Los políticos de ahora no son la excepción. Últimamente hemos sido testigos de algunas campañas electorales que han explotado al máximo esta veta sensible de la intimidad del hombre: “Yes, we can”, “nace la esperanza”, “la esperanza vence al miedo”, son ejemplos. Pero con las esperanza se puede jugar y hasta manipular.
Los discursos motivadores, lógicos y consecuentes enardecen las pasiones y conquistan voluntades. Pero los discursos que tocan las fibras más sensibles del hombre son aquellos que ofrecen luces seguras en un futuro que normalmente se pinta oscuro, son los discursos que tienen el color de la esperanza. Un mensaje que alienta la esperanza siempre será atendido. Tal estrategia la han comprendido todos los grandes oradores de la historia. Los políticos de ahora no son la excepción. Últimamente hemos sido testigos de algunas campañas electorales que han explotado al máximo esta veta sensible de la intimidad del hombre: “Yes, we can”, “nace la esperanza”, “la esperanza vence al miedo”, son ejemplos. Pero con las esperanza se puede jugar y hasta manipular.
El discurso del político apunta al convencimiento del público elector. Las campañas electorales son dirigidas a enardecer pasiones y a levantar muchas expectativas. Las expectativas crecen cada día más cuanto más se insisten en los mismos mensajes y reforzados mediante refinadas estrategias comunicacionales. El fin es conseguir el voto del público elector. Y desde el otro lado de la medalla, dar el voto a un candidato significa depositar la confianza en la propuesta política que éste ha ofrecido, tanto así que se espera pie juntillas que tales promesas serán cumplidas. La esperanza, sea esta en las propuestas políticas o en el candidato, es muchas veces depositada ciegamente. Con otras palabras, la esperanza se pone en juego.
Pero la realidad es cruda, dura y, muchas veces, despiadada. El político que levantó el mayor número de expectativas y cuyo mensaje tocó las más profundas esperanzas del pueblo, muy seguramente vencerá. Pero cuando tanto el político como el pueblo se despierta del embrujo propagandístico, se dan cuenta que la realidad es dura, cruda y despiadada. Entonces el político verá que es imposible cumplir con todas las expectativas y esperanzas que suscitó, y el pueblo a su vez se dará cuanta, y muy rápidamente, de esa incapacidad del político.
Cuando se vuelve a la realidad, lo que fue esperanza en el pueblo corre el riesgo de convertirse en decepción y hasta desesperación. Cuanto más crece la decepción y la desesperación del pueblo, el político corre el riesgo de convertirse en un “politiquero”, o sea, tratará de responder demagógicamente a las expectativas de la gente. El pueblo por su parte comenzará a despotricar contra el político, a caer en el conformismo o desatar conflictos sociales. Ante este cuadro de la realidad, por arte de magia, aparecerán nuevos “políticos” que una vez más buscarán suscitar nuevas esperanzas y nuevas expectativas en el pueblo. Significa que nos estaremos acercando a otra contienda electoral. Este ciclo politiquero puede continuar “in aeterno”, como la maldición de Sísifo.
Ahora bien, el problema de la dialéctica entre suscitar esperanzas-depositar esperanzas, y las respectivas consecuencias frente a la cruda realidad, reside en que la esperanza que es suscitada y la esperanza depositada es una esperanza extrínseca, sin implicaciones personales, y por lo mismo pasiva. Se trata de la “esperanza en”: en el partido, en el político, en las propuestas, en, en…Es una esperanza holgazana, irresponsable, atenida, depositada en los demás. Sin embargo, la esperanza verdadera, aquella de la que habló un judío marginal hace casi dos mil años es diferente, pues es una “esperanza para”, es la esperanza activa, la fuerza motora que mueve a la acción, el empuje hacia la consecución de las más grandes metas en la vida. Tal es la esperanza cristiana.
En sentido estricto la esperanza cristiana no es una “esperanza en Dios”. Para el cristiano, en sentido estricto, sólo la fe es “en Dios”. Jesús dijo: “Crean en Dios y crean también en mi” (Jn 14,1). Pero cuando habló sobre esperar dijo: “velad-esperad para no caer” (Mc 14,38), “Velad, pues, porque no sabéis el día” (Mt 25,13). La esperanza cristiana es aquella fuerza motivadora que suscita los compromisos para instaurar el reinado de Dios entre los hombres, para cimentar los valores del
reino que darán solidez a la construcción social, económica y cultural. La esperanza cristiana no se cruza de brazos pensando que serán los demás los que harán las cosas. Esperar en términos cristianos significa tener un horizonte hacia donde orientar todas las energías vitales de cada ser humano. Ciertamente espera el que cree, el que cree en el reino de Dios y su justicia, el que cree que Dios hace nueva todas las cosas, el que cree que vendrán un “cielo nuevo y una tierra nueva”. Fe y esperanza son solo el anverso y reverso pero de la misma moneda. Por eso puedo asegurar con toda certeza que esta esperanza no defrauda. Porque es una esperanza que implica el trabajo de cada uno, que requiere la responsabilidad de todos. Esa es la verdadera esperanza. Esa es la esperanza que necesita El Salvador. Si estamos esperando en que “los políticos” nos arreglarán las cosas entonces no tardaremos en caer en una total decepción. Esperar que surja un nuevo El Salvador no significa que nos podemos cruzar de brazos pensando que basta con el voto y el resto lo hagan los demás. Esperemos-trabajemos con responsabilidad y exijamos la responsabilidad de los demás, especialmente los gobernantes. Empeñémonos en toda iniciativa buena que surja para el bien del pueblo, cultivemos los más profundos y supremos valores con los cuales el país fue diseñado: Dios, Unión, Libertad. Entonces veremos un nuevo El Salvador. Esperar es trabajar por ese nuevo país que debemos siempre soñar. La esperanza es activa, nunca pasiva.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Busquemos más hondo, profundicemos, los secretos siempre se esconden...