Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

martes, 17 de marzo de 2009

HOMBRE DEL ESPÍRITU: ROMERO


Pbro. Ramón O. Lara

Se habla de Monseñor Romero como el profeta de la verdad, el mártir de la justicia, el defensor de los pobres, la voz de los sin voz, etc., y efectivamente lo es. Sin embargo, aunque tal lenguaje se ajusta plenamente para describir la verdad y profundidad de lo fue Romero, tales calificativos podrían conducir a una errónea comprensión de su identidad y de su misión. El error iniciaría si a tales calificativos se les quitase el fundamento que permitió a Monseñor ser profeta, mártir, defensor, voz, y se les pusiese sólo en el plano de la trama socio-política. Tal fundamento es el Espíritu. Quitando la dimensión espiritual la identidad de Monseñor queda reducida prácticamente a la de un moralista social y su ministerio al de un agitador de masas.

Monseñor ante todo fue hombre del Espíritu. Y cuando digo “Hombre del Espíritu” obviamente no estoy en lo más mínimo insinuando en Monseñor un posible “espiritualismo”. Todo lo contrario, con ello quiero indicar que la identidad y la misión de Monseñor tienen un fundamento que va más allá de las fronteras histórico-sociales, pues se funda precisamente en el Espíritu de Jesús. Trataré de explicarme.

Sobre todo debemos recordar que la Biblia define al espíritu como vida, libertad, energía y autenticidad. El espíritu, en la Biblia, es como el dinamismo interior que mora en la materia, el cuerpo, la realidad y la historia, para comunicar vida, identidad, energía y creatividad, en una atmósfera de libertad.

La actividad del espíritu es similar a la respiración en los seres vivos (ruah en hebreo, pneuma en griego, spiritus en latín): su presencia indica vida, su ausencia, muerte. Es el principio vital de las personas. Genera vida y la manifiesta.

También puede entenderse al “espíritu” como la motivación más profunda, la utopía o meta movilizadora, el principio y fundamento unificador de toda la existencia humana.

Según los evangelios, el dinamismo interior o el principio vital de Jesús fue establecer el Reino de Dios, es decir, el reconocimiento de la Soberanía Absoluta y la paternidad universal de Dios. Jesús sabía que él era el Ungido (Cristo) enviado para instaurar el Reino, y esa misión la tenía que realizar a pesar de toda la oposición maligna que reinaba en el mundo. Por eso, junto a la motivación de instaurar el Reino, también estaba la pasión por obedecer al Padre, aún a costa de la vida. En otras palabras, la “espiritualidad” de Cristo se caracteriza por una perfecta comunión con el Padre. La razón del vivir de Cristo es obedecer los designios del Padre. El celo por los asuntos del Padre lo devora desde sus más tiernos años. Jesús no vacila en decir que su alimento es hacer la voluntad de su Padre. Realiza lo que quiere su Padre. Es tan íntima la comunión de vida que lo une al Padre que hasta afirma que quien lo ve a Él ha visto también al Padre.

Podemos deducir que entre Cristo y el Padre hay un espíritu común, un mismo “Espíritu”. Y ese “Espíritu” que vincula tan estrechamente a Jesús con el Padre, la teología lo discierne como “El Espíritu Santo”, o sea la tercera persona de esa Trinidad Santa.

Nosotros, hombres y mujeres, podemos participar de ese dinamismo interior o principio vital de Dios mediante la fe en Cristo. La fe nos empuja a entrar a una vida nueva, a la vida de Cristo. El signo sagrado (sacramento) mediante el cual expresamos nuestra inserción a la misma vida de Cristo (morir con Cristo para vivir con él) es el bautismo. Esa vida nueva es obra del Don que viene de lo alto, del consolador que el Señor nos da, es su mismo Espíritu. La fe, entonces, nos conduce a vivir en Cristo, nos conduce a vivir en su dinamismo, o sea vivir en su Espíritu. Y precisamente Monseñor vivió en ese dinamismo, vivió en el Espíritu de Cristo: fue ante todo hombre del Espíritu.

La Espiritualidad Cristiana no es otra cosa que vivir en Cristo, es decir, siendo otros Cristos por participar de su mismo Espíritu. Por eso preguntarse por la espiritualidad cristiana es preguntarse acerca de la espiritualidad de Cristo. Y esto significa preguntarse sobre sus motivaciones últimas, sus ideales, la utopía última que inspiró su vida, la pasión y mística por las cuales vivió y luchó, y que supo contagiar a otros. Ya hemos insinuado que la motivación última de Jesús fue la de instaurar el Reino de su Padre Dios y obedecerle plenamente hasta las últimas consecuencias.

El problema se da cuando pensamos en el “espíritu” como lo opuesto a la “materia”. La mentalidad de separar espíritu-materia, cuerpo-alma, tiempo-eternidad, naturaleza-gracia, tierra-cielo, es conocida como mentalidad dualista, mentalidad tal que no es cristiana. Desde la perspectiva dualista lo espiritual se ve en oposición a lo material, lo temporal opuesto a lo eterno, oposición que a su vez abre camino a los peligrosos espiritualismos desencarnados, ajenos a los problemas sociales, e insensibles a las principales inquietudes humanas. En tal caso, podemos decir con total seguridad que Monseñor jamás vivió esa dualidad, ya que por estar inmerso en el mismo Espíritu de Cristo fue movido a comprometerse en la construcción del Reino, a ser fiel y obediente a la voluntad divina y a comprometerse profundamente con los problemas en que vivían sus hermanos.

Mediante la acción del Espíritu el Verbo se encarnó y compartió nuestras penas. Así mismo es el Espíritu el que condujo a Monseñor a encarnarse en las realidades y penas de su pueblo. Ciertamente una falsa espiritualidad (espiritualismo) aliena, desencarna y hace huir de la historia. No obstante, sólo viviendo en el Espíritu de Cristo es que es posible comprometerse seria y debidamente con las realidades del mundo. Si no es con ese Espíritu todo lo que hagamos será mera agitación social, voluntarismo, filantropía o un vago moralismo. Ser hombres del Espíritu es ser hombres comprometidos con la historia, profetas, mártires, defensores y voz de los sin voz, al estilo de Monseñor.

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