Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

lunes, 9 de marzo de 2009

"VER AL ENEMIGO A LOS OJOS"
-Conocerlo y nombrarlo-
II

El mundo y la Iglesia en él, han entrado a un nuevo siglo y un nuevo milenio. Y a la mitad de la tercera década del nuevo milenio es posible otear el siglo recién pasado con un poco más de objetividad y precisión. Por tanto, los desafíos heredados de este pretérito siglo siguen en el tapete, y la Iglesia debe enfrentarse al (o a los) nuevo(s) contrincante(s). En tal caso, y siguiendo con la imagen de la “estrategia militar”, la Iglesia debe afinar su aparato de inteligencia para reconocer y, como en el caso de los exorcismos, poder también nombrar a su actual y verdadero enemigo.

En primer lugar, la Iglesia debe estar atenta a las posibles incursiones sigilosas y camufladas que el enemigo pueda ya estar ejecutando. Lo más peligroso sería dejarlo entrar en el corazón mismo del centro de operaciones y en el centro de comando eclesial. Por tal motivo, la Iglesia debe cuidar que el centro de operaciones, que es su doctrina y toda la vivencia de la fe basada en el AMOR, no sea exterminado con el peligroso y letal veneno del EGOISMO (disfrazado de un prepotente sistema social-económico-cultural). Más grave aun sería si la Iglesia descuida su mismo centro de comando (Jerarquía), de tal modo que sus miembros seducidos por el enemigo, se conviertan en verdaderos traidores de la misma Iglesia (CLERICALISMO). Tal y como sucedió con Jesús en el desierto, las seducciones del poder, del placer y del tener están siempre tentando a los discípulos y servidores del Señor hoy. 

Caer ante las tentaciones y traicionar a la Iglesia, que es lo mismo traicionar a Cristo, por no ser capaces de optar por una vida radicalmente vivida frente a Dios y a los hermanos, es muy fácil en este tiempo. Las respuestas: “no solo de pan vive el hombre”, “solo al Señor tu Dios adorarás” y “no tentarás al Señor tu Dios”, fulminantemente dadas por el Maestro en el desierto de Judea, no parecen ser las mismas que dan hoy sus discípulos, “desde los obispos hasta el último de los fieles laicos” (frase de San Agustín), en el desierto del mundo moderno. No es difícil encontrar miembros de la Iglesia que están extasiados e instalados en el poder o viven preocupados por arribar y detentar las esferas del dominio. Es fácil encontrar cristianos afanados por el éxito y el máximo acumulo de riquezas pero totalmente despreocupados por la solidaridad, el bien común, la justicia social y la paz.

En segundo lugar, la Iglesia debe anticipar y corregir los daños causados por los asaltos mortíferos del enemigo. Lo más grave de esta situación es que el enemigo está utilizando armas que son extremadamente sutiles, pero muy eficaces. La muerte y la desolación están a la vista: los templos donde antaño fulguraban las solemnes y vivas liturgias, ahora son museos; las celebraciones litúrgicas que deben ser “cumbre y fuente de la vida cristiana”, se han convertido en protocolos; la otrora vivificante experiencia comunitaria, se ha convertido en un vacío y manipulado eslogan. Es extraño, pero a pesar de los daños que a vista de todos son evidentes, no se ven atisbos de una reacción inmediata y contundente en modo pleno por parte del comando eclesiástico, cerrando filas con todos los fieles bautizados para enfrentar esa batalla. Lo cual hace pensar que el enemigo está utilizando armas somníferas o alucinógenas (espiritualismos, fundamentalismos, conformismos). 

Obviamente si revisamos con mayor detenimiento el campo de batalla descubriremos cuantiosos daños colaterales. Dentro de las mismas filas eclesiales se pueden contar decenas de obispos, cientos de sacerdotes y millares de fieles ejecutados por quienes, paradójicamente, se confiesan miembros de la misma Iglesia (les fue muy difícil a los canonistas y teólogos sostener la causa de martirio para un obispo que fue asesinado por quienes comulgaban en las Misas los domingos). Fuera de las filas eclesiales se ven bochornosos estragos. Basta con señalar uno: la vergonzosa división entre quienes tienen tanto y quienes no tienen más que sólo esperanzas. Tal división está llegando a tan profundas dimensiones que de nuevo el mundo se está dividiendo con verdaderos y físicos muros. Las paradojas en la historia suelen también darse: si en el siglo recién pasado un muro dividió al mundo entre ESTE y OESTE, en este nuevo siglo otro muro lo está dividiendo, pero ahora entre NORTE y SUR. ¡Cómo juega la historia! ¿Verdad?

Creo que con este somero sondeo ya tenemos la capacidad de señalar y nombrar con mayor precisión al verdadero y concreto enemigo de la Iglesia para estos tiempos. Sin embargo, no quiero ser yo el que lo nombre, sino que dejaré al mismo Sumo Pontífice, Benedicto XVI, quien nos haga ese honor: “Ante el abuso del poder económico, de las CRUELDADES DEL CAPITALISMO que degrada al hombre a la categoría de MERCANCÍA, hemos comenzado a comprender mejor el peligro que supone la riqueza y entendemos de manera nueva lo que Jesús quería decir al prevenirnos ante ella, ante el DIOS MAMMÓN QUE DESTRUYE AL HOMBRE, ESTRANGULANDO DESPIADADAMENTE CON SUS MANOS UNA GRAN PARTE DEL MUNDO”. (Cfr. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, págs. 126-127). Por lo que ante “el hundimiento del comunismo no significa automáticamente la bondad del capitalismo” (Benedicto XVI). 

Con justa razón el Papa Francisco nos está invitando más bien a construir puentes y derrumbar los nuevos muros que se han querido construir o se están construyendo (el muro en la frontera USA-México, Israel también construye un muro para separarse de los palestinos). Pero podemos mantener la firme esperanza que así como la Iglesia derrotó al “temible enemigo del comunismo”, así mismo vendrá un Juan Pablo III para derrocar al peligroso y letal “capitalismo salvaje” (Juan Pablo II, Centesimus annus, 8). Sólo hasta cuando todos los cristianos, al unísono y sin temor, podamos “nombrar” (definir y entender) al capitalismo como el verdadero enemigo de la Iglesia, el mundo será exorcizado. Mantengamos la firme esperanza de que la propuesta de renovación que ha iniciado Francisco con sus grandes ejes programáticos (Laudato si', Fratelli tutti), pueda ayudar a exorcizar de la Iglesia de la mundanidad (capitalismo asimilado) enquistada muy hondamente en la Iglesia.

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