Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

miércoles, 27 de mayo de 2009

BARÇA VSR MANCHESTER EN EL OLÍMPICO ¡Qué envidia!


Pbro. Ramón O. Lara

Es mediodía y el sol arde como en pleno verano. Parece que hay una heliostática luminosidad en la catedral del “calcio”: el Olímpico de Roma. Las calles y avenidas romanas se han convertido en hileras azul grana y rojo diabólico. Pocas veces se ve en la vetusta Roma una vitalidad tal: ¡Olé, olé, olé, olé, Baça, Baça!

Impulsado por tanta euforia me dirijo al Olímpico. Aquello es una verdadera fiesta; más que fiesta: bacanal. Sin embargo, pude ver que unas camisetas con determinados colores convierten a los presentes en una verdadera koinonía: “no hay ya distinción de raza, lengua, pueblo o nación”. Un mexicano, un africano, un catalán, un coreano, un romano, todos forman un mismo cuerpo, y se sienten un solo ser en torno a su equipo: la camiseta y sus colores los unen como “la vid une los sarmientos”.

Me da envidia ver aquella fiesta: una verdadera liturgia (si tomamos en cuenta que el singificado etimológico de liturgia es “participación activa del pueblo en un acto público”). Las familias completas, desde el abuelo hasta el lactante, están reunidas esperando entrar al “santuario”. La devoción se puede tocar. ¡Cuánto han cambiados los tiempos! En el fondo me hice esta pregunta: ¿Tendrán mis hermanos cristianos la misma euforia por ir a la liturgia dominical como la tienen estos aficionados respecto a sus equipos? ¡Qué envida! ¡Pues siendo realista, la respuesta es un rotundo NO! ¡Cuánto debemos aprender de las nuevas liturgias!

Confieso que me sentí muy tentado en querer entrar para formar parte de esa gran asamblea. Sólo que había un pequeñísimo inconveniente: ¡600 a 1200 euros! ¡Nada más! Mi corrosiva envidia me invadió aún más. Doy la vuelta y sigo pensando en mis adentros: ¿Por qué los que somos miembros del equipo de Jesús no logramos entusiasmar como lo hacen Messi, Eto´o, Cristiano Ronaldo entre otros?

viernes, 22 de mayo de 2009

LA PERSONA CÉLIBE


Pbro. Ramón O. Lara

Permítanme los amables lectores retomar el tema del celibato otra vez. Creo necesario dar alguna palabra más sobre esta temática pues resulta indispensable conocerla para poder valorarla. El celibato es un valor confiado y no es posible vivirlo si no se le aprecia como tal. El peligro de vivir el celibato como una castración, por tanto, es fuerte. Muy acertadamente el documento magisterial Pastores Dabo Vobis afirma: “Para una adecuada vida espiritual del sacerdote es preciso que el celibato sea considerado y vivido no como un elemento aislado o puramente negativo, sino como un aspecto de una orientación positiva, específica y característica del sacerdote: él, dejando padre y madre, sigue a Jesús, buen Pastor, en una comunión apostólica, al servicio del Pueblo de Dios. Por tanto, el celibato ha de ser acogido con libre y amorosa decisión, que debe ser continuamente renovada, como don inestimable de Dios, como estímulo de la caridad pastoral, como participación singular en la paternidad de Dios y en la fecundidad de la Iglesia, como testimonio ante el mundo del Reino escatológico” (PDV, 29).

Los siguientes párrafos los escribo retomando las ideas que he encontrado en dos grandes sicólogos, especialistas en esta materia: Mihály Szentmartoni con la obra “Psicología de la vocación religiosa y sacerdotal” y el costarricense Gastón de Mezerville con “Madurez sacerdotal y religiosa” (2 tomos). Ambos escritores ofrecen una visión realista y provocadora de lo que es esta opción de vida, poco asumida por los consagrados y poca comprendida por el común de los fieles.

Mitos sobre el celibato.

El mito del celibato imposible va de igual paso con aquel opuesto: el mito del celibato fácil. Dado que hablamos de mito, es necesario denunciar también el mito del “matrimonio remedio”. Esto no es sino una ilusión de muchos: piensan que el matrimonio podría apartar los obstáculos y rellenar todos los vacíos, mientras los verdaderos problemas son más profundos. Tiene que ver más con un sano y equilibrado proceso de madurez psico-afectivo, de una vivencia sólida de las virtudes cristianas (fe-esperanza-caridad), calibrado todo bajo la experiencia de una pobreza asumida gozosamente, de la castidad vivida maduramente y de una obediencia vivida en libertad.

Las investigaciones confirman que el celibato no es de por sí el factor mayor de abandono de la vocación. La crisis comúnmente viene entre los 5 y los 10 años de trabajo luego la ordenación, cuando el sacerdote se da cuenta que en realidad ninguno se interesa personalmente por su trabajo, se vuelve siempre más insatisfecho de sí mismo y de su rol en la Iglesia y de las exigencias de su celibato. El sacerdote se siente infeliz con su vida y pesimista en cuanto al futuro. Este es el momento en el cual viene la explosión emocional, florecen los enamoramientos intensos (y genuinos), tanto como la necesidad de experimentar la paternidad física. Es lo que se ha dado llamar “la crisis del medio día”, que ocupa generalmente el rango entre los 35 y los 45 años de edad. Pero una crisis de similares característica se da igualmente, pero en dirección contraria, en los casados: ¡Cuántos casados quisieran volver a la soltería!

¿Es posible el celibato?

Con un poco de retórica, pero no por eso sin fundamento psicológico, se podría decir que el celibato no existe, existen los célibes, y estos lo son verdaderamente sólo en la profundidad del propio ser. Es imposible vivir el celibato si no se lo piensa feliz, y esto es posible sólo si se conocen y practican las condiciones que lo hacen tal. Hacerse la idea de que el celibato lleva al desequilibrio, consigue realmente este efecto (como fruto de una falsa imaginación); vice-versa, creer en la posibilidad de un celibato equilibrado contribuye a equilibrarlo realmente. Para realizarlo-vivirlo es necesario creer que es posible. Igual en el matrimonio: si no se cree en el matrimonio es imposible vivirlo. Creer significa aquí proteger, cultivar, asumir con totalidad. La crisis de la vida matrimonial en tantas jóvenes parejas se da porque no se asume esa vocación con todas sus implicaciones.

A la pregunta de si la continencia lleva a la neurosis, los sicólogos responden con una distinción: sí, quizá, si se trata de una sufrida supresión de la sexualidad, si se la ve como una castración, cuando no se la valora y acepta libre y serenamente. La clave es la castidad. La continencia sin castidad puede devenir fuente de neurosis, dado que en este caso la sexualidad no puede más ser sublimada y vivida íntegramente. Es la puerta abierta a la remoción y a la desviación. De lo contrario la continencia no porta a la neurosis. Más bien es una fuente inagotable de energía que posibilita la donación total y generosa por los ideales del Reino: Pablo de Tarso y tantísimos otros personajes de la historia lo testimonian. La tradición monástica tibetana y otras grandes escuelas monásticas del lejano oriente corroboran la práctica de esta opción de vida.

Ciertamente la calidad del celibato varía mucho según los sujetos, y no siempre los celibatos más fáciles son los mejores. No todos los celibatos impuestos, institucionales, legados a la vida eclesiástica o religiosa son ciertamente cualitativamente iguales. No se puede atribuir ningún valor a los célibes que dependen de una falta de atracción o repulsión por la mujer; estos son los tipos de celibato negativo. Lo que cuenta en el celibato eclesiástico son las motivaciones más que el hecho mismo del celibato como tal.

La madurez es una conquista, un fruto de voluntad de dar significado a la propia realidad existencial y esto se puede hacer en diversos modos y a través de diversos caminos. El celibato se vive sine qua non en la madurez afectiva. El celibato ofrece otros tantos elementos para una autodefinición significativa tanto como el matrimonio. El celibato puede convertirse en un espacio privilegiado de la madurez mediante su carácter de una elección significativa y a través de la riqueza de las relaciones humanas que ello implica.

La vida en el celibato.

No raramente los medios de comunicación ofrecen una imagen distorsionada de las personas célibes, como si fuesen infantiloides, excéntricos, inmaduros, etc. La culpa parcialmente es también de las personas célibes, que no saben explicar la complejidad de su elección de vida y la riqueza de esa elección. Hay algunos presupuestos fundamentales que pueden ayudar a mejorar la cualidad de la vida en el celibato sacerdotal:

- Luchar contra el prejuicio del celibato desequilibrante, o bien contra aquel que afirma la incapacidad de vivirlo. Asumirlo con serenidad es medio camino recorrido.

- Comprender que no existen célibes equilibrados sin esfuerzo. A este propósito el documento Pastores Davo Vobis es muy clara: “Para vivir todas las exigencias morales, pastorales y espirituales del celibato sacerdotal es necesaria la oración humilde y confiada…Será todavía la oración, unida a los sacramentos de la Iglesia y al empeño ascético, a infundir esperanza en la dificultad, perdón en las faltas, confianza y valor en el reemprender el camino” (PDV, 29).

-   Renunciar a una definición negativa del celibato como “estado de una persona no casada” para verlo positivamente como el estado de una persona que ha elegido de permanecer completamente disponible sobre el plan profesional o relacional, rechazando los límites que la vida conyugal y familiar comportan. El célibe verdadero es aquel que lucha contra la devaluación erótica del propio sexo (masturbación, homosexualidad, pornografía). 

    En definitiva, tanto el celibato como cualquier otra opción de vida, pero principalmente el celibato, resultan imposibles de vivir sin la castidad auténtica. La castidad es una virtud que han de vivir todos los bautizados en cualquier opción de vida (sacerdocio, matrimonio, religioso, soltería). Consiste principalmente en vivir la sexualidad integrada en una personalidad sana que sabe orientar toda la energía genital hacia la madurez del amor según Cristo. Para vivir la castidad, pues, es necesaria una sexualidad integrada. Para vivir la sexualidad integrada es necesario, junto a la gracia de Dios, un largo camino de maduración sexo-genital en el que juegan un papel indispensable: un profundo autoconocimiento, una genuina experiencia de afecto (dar y recibir afecto) y una intensa experiencia de misión realizante. La identidad, la intimidad y la generatividad posibilitan una equilibrada experiencia sexo-genital en cualquier estilo de vida (Gastón de Mézerville).

Para un consagrado que no vive la castidad su celibato será siempre una carga, una experiencia psicológicamente desequilibrante, una experiencia traumatizante. Idem Idem los casados y solteros. Quiere decir, pues, que se ha de estar en pie de lucha, en continua batalla, caminando hacia esa madurez. Caídas las hay, crisis igual. Pero no estamos solos: «Él me dijo: “Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza”» (2Cor 12, 9).


sábado, 16 de mayo de 2009

ABURRIDOS ANTES DE NACER


Pbro. Ramón O. Lara

El hombre es por definición un ser lúdico (homo ludens). El juego, la diversión, el entusiasmo, la alegría, la vitalidad, son características que definen a un hombre, sobre todo en las primeras etapas de su vida. ¿Quién no añora los maravillosos años de la infancia: los años de las fantasías, de los juegos y de los sueños mágicos?

Un fenómeno propio de las sociedades con alto grado de desarrollo económico, en este tiempo de los grandes avances tecnológicos, es la experiencia del tedio o profundo aburrimiento. Tal experiencia parece desarrollarse a partir del asfixiante control y sistematización social que impone el sistema capitalista.

Desde una perspectiva simplística podríamos decir que la cultura creada a raíz del sistema capitalista tiene sus raíces en las más profundas libertades individuales y que el más genuino capitalismo huye de cualquier asomo de control y rigidez. Sin embargo, muchos análisis de las sociedades capitalistas arrojan impresionantes datos sobre un fuerte control y manipulación socio-cultural ejercidos por este sistema. Parece que hemos entrado en la “matrix” de la oferta y la demanda, y ésta ejerce soberano control sobre todas las voluntades. Es más, las manipula descaradamente (propaganda, mercadotecnia, etc.).

Las tendencias en el modo de vestir son dictadas por los grandes diseñadores de la moda; el tener identidad (visibilidad) social es un don que viene dado sólo de la capacidad de consumir (poseer lo más nuevo): quien no tiene, celular por ejemplo, no es nadie; el mercado es el que dice qué es la felicidad y quienes son las personas verdaderamente felices (los modelos mediáticos y los ídolos de la juventud, como cantantes, actores-actrices, deportistas, etc.). El mercado controla todo: el trabajo, los días libres, los momentos alegres, los sueños, las ilusiones, las esperanzas, todo. Todo está diseñado y preparado a la medida de los posibles deseos del consumidor. Esta actitud controladora y asfixiante la han introyectado los padres de familia y la reflejan en la crianza de los hijos. Los niños en las sociedades económicamente ricas son concebidos y criados como si estuvieran dentro de una burbuja de cristal. En definitiva, una sociedad en tal grado controladora no da espacio más que al tedio: el capitalismo ha creado la cultura del aburrimiento.

Esta experiencia asfixiante la comenzaron a sentir las jóvenes generaciones de los años sesenta. La forma como la afrontaron fue con la rebeldía total y el deseo de retornar a lo simple y natural (movimiento hippie es emblemático para comprender esta reacción). Pero el tiempo pasó y la cultura capitalista siguió avanzando y desarrollando controles más refinados y sutiles. Las nuevas generaciones cayeron en el conformismo y se resignaron a soportar el asfixiante control que ejerce el mercado. Al menos bajaron las banderas de protestas con visibilidad social. La protesta y rechazo contra la cultura del tedio derivó en otras formas.

Pero hemos dicho que el hombre es “ludens” por antonomasia. Es creativo y no se doblega ante el control. Los jóvenes de la última generación en las sociedades capitalistas son jóvenes que viven un crónico aburrimiento. Por eso su protesta, silenciosa y en la mayoría de las veces autodestructiva, ahora la vemos manifestada en: un crónico ensimismamiento (modas, sentimentalismo -cultura emo-, etc.), huída de la realidad (droga, música estridente y alienante, suicidios, etc.) y una búsqueda insaciable de emociones fuertes (descontrol sexual, deportes extremos, etc., etc.). Estas son algunas de las manifestaciones que podemos leer como la protesta silenciosa de la última generación de la sociedad capitalista.

Nuestros jóvenes, los de nuestros barrios, colonias y hasta de los cantones y caseríos, están recibiendo una fuerte influencia de este profundo aburrimiento. Ver jóvenes sentados desgarbadamente en las esquinas, en los parques o bajo los sombrosos árboles de los cruces de caminos en los cantones, hace pensar que en las mentes de tales anidan muy pocos sueños, pocas ilusiones. En nuestros jóvenes falta el brillo, el fuego y el entusiasmo que caracteriza la edad moza. Una sociedad cuya juventud carezca de sueños e ilusiones es una sociedad fallida. Estamos viendo una generación de jóvenes que no han aprendido a soñar, mucho menos a luchar por sus sueños. El silencio de los jóvenes “emo” es muy elocuente. Queda la tarea de saber responder a ese grito silencioso que tal generación nos está mandando, porque es una generación que probó el aburrimiento desde antes de nacer.

jueves, 7 de mayo de 2009

“SOLO EL AMOR ES DIGNO DE FE”



A PROPÓSITO DE UN ESCÁNDALO


Pbro. Ramón O. Lara

Con esta expresión el gran teólogo suizo Hans Ur von Balthasar tituló un pequeño librito en el que trata sintéticamente sobre la esencia del cristianismo. El escrito inicia con esta pregunta “¿Qué es lo cristiano en el cristianismo?”. Tratando de responder a esa pregunta el teólogo construye todo el tejido argumentativo del escrito. La conclusión a la que llega es justamente como intituló el libro: lo propio del cristianismo es el amor de Dios manifestado en Cristo, y que Dios es digno de fe porque sólo él es amor (1Jn 4,8). No voy a resumir el contenido de este escrito, que de por sí ofrece una síntesis casi completa de la teología de este gran sabio, lo traigo a memoria sólo porque estando a media lectura vine a saber del sonado escándalo de un hermano sacerdote quien ha sido calificado como “una celebridad mediática”.

Al asomarme a la avalancha de reacciones, condenatorias unas y defensivas otras, que se ha desatado en los medios de comunicación en torno al caso, me vino a la mente esta pregunta ¿Por qué tanta preocupación e histeria ante el pecado y por qué tanta indiferencia frente al amor? El llamado cuarto poder, el poder de los mass media, se alimenta sólo de lo que produce el pecado de unos pocos, y no de lo que humildemente hace el amor generoso de millares y millares. Víctimas y victimarios los hay en abundancia en el mundo mediático. Una vocación, sino no es cuidada, puede ser una presa fácil en este ambiente adverso al amor generoso. La salida inmediata que gran parte de la opinión pública defiende es la supreción de la disciplina eclesiástica del celibato. ¡Ojalá fuera así de simple! Además, de si continuará o no esta disciplina lo dirá la historia futura. En mi humilde opinión el problema es muchísimo más hondo: es cuestión de saber amar y de vivir el amor según Cristo. La gran pregunta no es ¿Se puede ser célibe en el siglo XXI? Sino ¿Es posible amar como Cristo en este siglo?

No quiero juzgar ni justificar a nadie, ni la persona ni los hechos, ya que el único juez es Dios, sino sólo me gustaría lanzar una pregunta al aire: “Mi querido hermano católico ¿En quién crees tú? ¿En qué o en quién descansa tu fe?”. Me parece que la respuesta la dio Balthasar hace 46 años cuando escribió su libro: sólo el amor es digno de fe. Obviamente el escándalo, de quien sea y por el motivo que sea, daña la credibilidad de quien escandaliza. Obviamente el escándalo de un eclesiástico daña a la Iglesia. Seguramente la credibilidad de la Iglesia, particularmente en su disciplina del celibato, está siendo realmente acorralada. No obstante, debemos distinguir entre credibilidad y fe. La fe de la Iglesia es intocable e infalible, la credibilidad eclesiástica en cambio puede menguar. Evidentemente el ideal siempre anhelado es que también la credibilidad "en "y "de "la Iglesia sea incólume.

Tampoco quiero hacer una apología del celibato. Porque quien escribe lo es, y sabe a ciencia cierta y no en teoría de lo que significa este estilo de vida. Sólo me gustaría aclarar algo que en casi nadie parece estar claro: el celibato es inseparablemente “carisma y disciplina”. En el párrafo anterior me he referido al celibato sólo como disciplina. Sin embargo, el celibato es principalmente carisma, porque es un don que se ofrece voluntariamente para la edificación de la comunidad de los creyentes. Es una oferta de amor. Sin amor el celibato es un absurdo. Es disciplina porque el amor es ordenado e implica compromiso responsable. Sin compromiso y responsabilidad no existe verdadero amor. El celibato es, pues, amor disciplinado. Quien lo acepta lo debe vivir en ese tipo de amor. Tener incapacidad de amar hace de por sí imposible el celibato y cualquier otra opción de vida.

La inmensa mayoría de las personas que opinan sobre el celibato hacen alarde de un total desconocimiento de lo que significa la unidad celibato-amor. Separar el celibato del amor e identificalo sólo con una “disciplina absurda, inhumana, impositiva, etc.” es reducirlo al "absurdum". Ciertamente que fallar al celibato por parte de quien lo ha aceptado como una muestra de su amor a la Iglesia significa justamente fallar a ese amor. Está por demás aclarar lo que entendemos por Iglesia, o sea, jamás podemos reducir la Iglesia a sólo su institucionalidad o su jerarquía. La Iglesia es para el célibe su comunidad de hermanos, su entorno de fe, con quienes vive y de quienes se alimenta para servir con alegría y satisfacción. El novio que ama su novia, o el esposo que ama a su esposa, no ve que la exigencia de exclusividad que la persona amada le demanda sea una imposición o una carga absurda. Si esa relación se reduce a una mera disciplina, obviamente que será una carga insoportable.

La sociedad mediática actual ha reducido el amor a una experiencia banal. Y ser ríe de quienes lo ven como algo que implique donación total (para el cristiano el amor tiene un rostro concreto y un contenido definido: el crucificado). La sociedad actual busca con todos los recursos posibles para presentar los escándalos y luego reírse de quienes creen en el amor verdadero, el amor que pasa por la cruz. Es fácil querer amar sin la cruz. Ese amor es sin duda atrayente. Y en nuestro momento histórico, tiempo de las sensaciones y emociones, no se puede pensar ni entender otro tipo de amor. Por eso el amor fiel e imperecedero de los esposos les parece imposible e inútil. La donación total del célibe les parece absurda, innatural y hasta inhumana. Es fácil confundir el amor con el deleite egoísta, pero es algo que nunca será amor, ni jamás dará plenitud y satisfacción total. Efectivamente no es nada fácil amar debiendo pasar por la cruz. Quien escribe da testimonio de ello. Por eso los esposos deben cargar con la cruz de la fidelidad al único cónyuge, el célibe debe cargar la cruz de la soledad, y así sucesivamente cada vocación u opción de vida.

Ciertamente la hedonista sociedad actual se ríe del amor cristiano, lo ve imposible e inútil. Pero no hay dudas, pues el testimonio de siglos lo confirma, que sólo el amor en Cristo es el que da plenitud al ser humano. Si alguien tiene incapacidad de amar verdaderamente, como el caso del incontinente en el celibato o el infiel en el matrimonio, no quiere decir que se deba claudicar o negar el amor. Todos tenemos la gran tarea de aprender a amar verdaderamente y con gran madurez. Todos debemos compartir el amor y enseñar a los otros amar. Si fallamos al amor no es el amor el que tiene la culpa, es nuestro egoísmo y nuestra inmadurez. La inmadurez en nuestra capacidad de amar no debe cancelar los carismas tan necesarios para la vida en plenitud, como la donación total para el célibe o la fidelidad absoluta para el casado. Debemos creer en el amor, él nunca defrauda. Además, confiando en la palabra revelada podemos confirmar: “El amor no acaba nunca. Desaparecerán las profecías. Cesarán las lenguas. Desaparecerá la ciencia. Porque parcial es nuestra ciencia y parcial nuestra profecía. Cuando vendrá lo perfecto, desaparecerá lo parcial” (1Cor 13, 8-10).

Volvamos nuevamente al tema del escándalo. Es normal que muchos se pregunten por qué suceden los escándalos. Al respecto me vienen a la mente aquellas palabras de Jesús: “¡Ay del mundo por los escándalos! Es forzoso, ciertamente, que vengan escándalos, pero ¡ay de aquel hombre por quien el escándalo viene!” (Mt 18,7). Nadie está exento de la posibilidad de escandalizar. Es más, Jesús afirma que es necesario que los escándalos vengan. Parece extraño que diga eso. Pero es que el escándalo sirve para que el creyente madure en la fe, y sepa ponerla en la base que no defrauda. Pero el clamor de Jesús es hondo: “¡Ay de aquel hombre por quien el escándalo viene!”.


Ese clamor estremece. Pensar en todos los escándalos y escandalizadores como el caso publicitado en estos días, nos debe servir como una fuerte sacudida a nuestra comodidad espiritual: hay que estar vigilantes. Pues bien, el que escribe, sacerdote además, no pide a sus hermanos en la fe que lo defiendan, pues por lo visto en este caso, como en tantos otros, no somos creíbles. Sólo pide que oren por los ministros, para que estemos vigilantes ante nuestras debilidades y taras en nuestra capacidad de amar. No pedimos nada más. La oración, que no es sólo una plegaria mental dirigida a Dios sino un verdadero gesto de amor, debe ser acompañada con hechos: la cercanía, el trabajo armonioso, el respeto fraterno, etc. Sobre todo y ante todo el amor. Recordemos, sólo el amor es digno de fe.