Pbro. Ramón O. Lara
Un fenómeno propio de las sociedades con alto grado de desarrollo económico, en este tiempo de los grandes avances tecnológicos, es la experiencia del tedio o profundo aburrimiento. Tal experiencia parece desarrollarse a partir del asfixiante control y sistematización social que impone el sistema capitalista.
Desde una perspectiva simplística podríamos decir que la cultura creada a raíz del sistema capitalista tiene sus raíces en las más profundas libertades individuales y que el más genuino capitalismo huye de cualquier asomo de control y rigidez. Sin embargo, muchos análisis de las sociedades capitalistas arrojan impresionantes datos sobre un fuerte control y manipulación socio-cultural ejercidos por este sistema. Parece que hemos entrado en la “matrix” de la oferta y la demanda, y ésta ejerce soberano control sobre todas las voluntades. Es más, las manipula descaradamente (propaganda, mercadotecnia, etc.).
Las tendencias en el modo de vestir son dictadas por los grandes diseñadores de la moda; el tener identidad (visibilidad) social es un don que viene dado sólo de la capacidad de consumir (poseer lo más nuevo): quien no tiene, celular por ejemplo, no es nadie; el mercado es el que dice qué es la felicidad y quienes son las personas verdaderamente felices (los modelos mediáticos y los ídolos de la juventud, como cantantes, actores-actrices, deportistas, etc.). El mercado controla todo: el trabajo, los días libres, los momentos alegres, los sueños, las ilusiones, las esperanzas, todo. Todo está diseñado y preparado a la medida de los posibles deseos del consumidor. Esta actitud controladora y asfixiante la han introyectado los padres de familia y la reflejan en la crianza de los hijos. Los niños en las sociedades económicamente ricas son concebidos y criados como si estuvieran dentro de una burbuja de cristal. En definitiva, una sociedad en tal grado controladora no da espacio más que al tedio: el capitalismo ha creado la cultura del aburrimiento.
Esta experiencia asfixiante la comenzaron a sentir las jóvenes generaciones de los años sesenta. La forma como la afrontaron fue con la rebeldía total y el deseo de retornar a lo simple y natural (movimiento hippie es emblemático para comprender esta reacción). Pero el tiempo pasó y la cultura capitalista siguió avanzando y desarrollando controles más refinados y sutiles. Las nuevas generaciones cayeron en el conformismo y se resignaron a soportar el asfixiante control que ejerce el mercado. Al menos bajaron las banderas de protestas con visibilidad social. La protesta y rechazo contra la cultura del tedio derivó en otras formas.
Pero hemos dicho que el hombre es “ludens” por antonomasia. Es creativo y no se doblega ante el control. Los jóvenes de la última generación en las sociedades capitalistas son jóvenes que viven un crónico aburrimiento. Por eso su protesta, silenciosa y en la mayoría de las veces autodestructiva, ahora la vemos manifestada en: un crónico ensimismamiento (modas, sentimentalismo -cultura emo-, etc.), huída de la realidad (droga, música estridente y alienante, suicidios, etc.) y una búsqueda insaciable de emociones fuertes (descontrol sexual, deportes extremos, etc., etc.). Estas son algunas de las manifestaciones que podemos leer como la protesta silenciosa de la última generación de la sociedad capitalista.
Nuestros jóvenes, los de nuestros barrios, colonias y hasta de los cantones y caseríos, están recibiendo una fuerte influencia de este profundo aburrimiento. Ver jóvenes sentados desgarbadamente en las esquinas, en los parques o bajo los sombrosos árboles de los cruces de caminos en los cantones, hace pensar que en las mentes de tales anidan muy pocos sueños, pocas ilusiones. En nuestros jóvenes falta el brillo, el fuego y el entusiasmo que caracteriza la edad moza. Una sociedad cuya juventud carezca de sueños e ilusiones es una sociedad fallida. Estamos viendo una generación de jóvenes que no han aprendido a soñar, mucho menos a luchar por sus sueños. El silencio de los jóvenes “emo” es muy elocuente. Queda la tarea de saber responder a ese grito silencioso que tal generación nos está mandando, porque es una generación que probó el aburrimiento desde antes de nacer.
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