Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

jueves, 7 de mayo de 2009

“SOLO EL AMOR ES DIGNO DE FE”



A PROPÓSITO DE UN ESCÁNDALO


Pbro. Ramón O. Lara

Con esta expresión el gran teólogo suizo Hans Ur von Balthasar tituló un pequeño librito en el que trata sintéticamente sobre la esencia del cristianismo. El escrito inicia con esta pregunta “¿Qué es lo cristiano en el cristianismo?”. Tratando de responder a esa pregunta el teólogo construye todo el tejido argumentativo del escrito. La conclusión a la que llega es justamente como intituló el libro: lo propio del cristianismo es el amor de Dios manifestado en Cristo, y que Dios es digno de fe porque sólo él es amor (1Jn 4,8). No voy a resumir el contenido de este escrito, que de por sí ofrece una síntesis casi completa de la teología de este gran sabio, lo traigo a memoria sólo porque estando a media lectura vine a saber del sonado escándalo de un hermano sacerdote quien ha sido calificado como “una celebridad mediática”.

Al asomarme a la avalancha de reacciones, condenatorias unas y defensivas otras, que se ha desatado en los medios de comunicación en torno al caso, me vino a la mente esta pregunta ¿Por qué tanta preocupación e histeria ante el pecado y por qué tanta indiferencia frente al amor? El llamado cuarto poder, el poder de los mass media, se alimenta sólo de lo que produce el pecado de unos pocos, y no de lo que humildemente hace el amor generoso de millares y millares. Víctimas y victimarios los hay en abundancia en el mundo mediático. Una vocación, sino no es cuidada, puede ser una presa fácil en este ambiente adverso al amor generoso. La salida inmediata que gran parte de la opinión pública defiende es la supreción de la disciplina eclesiástica del celibato. ¡Ojalá fuera así de simple! Además, de si continuará o no esta disciplina lo dirá la historia futura. En mi humilde opinión el problema es muchísimo más hondo: es cuestión de saber amar y de vivir el amor según Cristo. La gran pregunta no es ¿Se puede ser célibe en el siglo XXI? Sino ¿Es posible amar como Cristo en este siglo?

No quiero juzgar ni justificar a nadie, ni la persona ni los hechos, ya que el único juez es Dios, sino sólo me gustaría lanzar una pregunta al aire: “Mi querido hermano católico ¿En quién crees tú? ¿En qué o en quién descansa tu fe?”. Me parece que la respuesta la dio Balthasar hace 46 años cuando escribió su libro: sólo el amor es digno de fe. Obviamente el escándalo, de quien sea y por el motivo que sea, daña la credibilidad de quien escandaliza. Obviamente el escándalo de un eclesiástico daña a la Iglesia. Seguramente la credibilidad de la Iglesia, particularmente en su disciplina del celibato, está siendo realmente acorralada. No obstante, debemos distinguir entre credibilidad y fe. La fe de la Iglesia es intocable e infalible, la credibilidad eclesiástica en cambio puede menguar. Evidentemente el ideal siempre anhelado es que también la credibilidad "en "y "de "la Iglesia sea incólume.

Tampoco quiero hacer una apología del celibato. Porque quien escribe lo es, y sabe a ciencia cierta y no en teoría de lo que significa este estilo de vida. Sólo me gustaría aclarar algo que en casi nadie parece estar claro: el celibato es inseparablemente “carisma y disciplina”. En el párrafo anterior me he referido al celibato sólo como disciplina. Sin embargo, el celibato es principalmente carisma, porque es un don que se ofrece voluntariamente para la edificación de la comunidad de los creyentes. Es una oferta de amor. Sin amor el celibato es un absurdo. Es disciplina porque el amor es ordenado e implica compromiso responsable. Sin compromiso y responsabilidad no existe verdadero amor. El celibato es, pues, amor disciplinado. Quien lo acepta lo debe vivir en ese tipo de amor. Tener incapacidad de amar hace de por sí imposible el celibato y cualquier otra opción de vida.

La inmensa mayoría de las personas que opinan sobre el celibato hacen alarde de un total desconocimiento de lo que significa la unidad celibato-amor. Separar el celibato del amor e identificalo sólo con una “disciplina absurda, inhumana, impositiva, etc.” es reducirlo al "absurdum". Ciertamente que fallar al celibato por parte de quien lo ha aceptado como una muestra de su amor a la Iglesia significa justamente fallar a ese amor. Está por demás aclarar lo que entendemos por Iglesia, o sea, jamás podemos reducir la Iglesia a sólo su institucionalidad o su jerarquía. La Iglesia es para el célibe su comunidad de hermanos, su entorno de fe, con quienes vive y de quienes se alimenta para servir con alegría y satisfacción. El novio que ama su novia, o el esposo que ama a su esposa, no ve que la exigencia de exclusividad que la persona amada le demanda sea una imposición o una carga absurda. Si esa relación se reduce a una mera disciplina, obviamente que será una carga insoportable.

La sociedad mediática actual ha reducido el amor a una experiencia banal. Y ser ríe de quienes lo ven como algo que implique donación total (para el cristiano el amor tiene un rostro concreto y un contenido definido: el crucificado). La sociedad actual busca con todos los recursos posibles para presentar los escándalos y luego reírse de quienes creen en el amor verdadero, el amor que pasa por la cruz. Es fácil querer amar sin la cruz. Ese amor es sin duda atrayente. Y en nuestro momento histórico, tiempo de las sensaciones y emociones, no se puede pensar ni entender otro tipo de amor. Por eso el amor fiel e imperecedero de los esposos les parece imposible e inútil. La donación total del célibe les parece absurda, innatural y hasta inhumana. Es fácil confundir el amor con el deleite egoísta, pero es algo que nunca será amor, ni jamás dará plenitud y satisfacción total. Efectivamente no es nada fácil amar debiendo pasar por la cruz. Quien escribe da testimonio de ello. Por eso los esposos deben cargar con la cruz de la fidelidad al único cónyuge, el célibe debe cargar la cruz de la soledad, y así sucesivamente cada vocación u opción de vida.

Ciertamente la hedonista sociedad actual se ríe del amor cristiano, lo ve imposible e inútil. Pero no hay dudas, pues el testimonio de siglos lo confirma, que sólo el amor en Cristo es el que da plenitud al ser humano. Si alguien tiene incapacidad de amar verdaderamente, como el caso del incontinente en el celibato o el infiel en el matrimonio, no quiere decir que se deba claudicar o negar el amor. Todos tenemos la gran tarea de aprender a amar verdaderamente y con gran madurez. Todos debemos compartir el amor y enseñar a los otros amar. Si fallamos al amor no es el amor el que tiene la culpa, es nuestro egoísmo y nuestra inmadurez. La inmadurez en nuestra capacidad de amar no debe cancelar los carismas tan necesarios para la vida en plenitud, como la donación total para el célibe o la fidelidad absoluta para el casado. Debemos creer en el amor, él nunca defrauda. Además, confiando en la palabra revelada podemos confirmar: “El amor no acaba nunca. Desaparecerán las profecías. Cesarán las lenguas. Desaparecerá la ciencia. Porque parcial es nuestra ciencia y parcial nuestra profecía. Cuando vendrá lo perfecto, desaparecerá lo parcial” (1Cor 13, 8-10).

Volvamos nuevamente al tema del escándalo. Es normal que muchos se pregunten por qué suceden los escándalos. Al respecto me vienen a la mente aquellas palabras de Jesús: “¡Ay del mundo por los escándalos! Es forzoso, ciertamente, que vengan escándalos, pero ¡ay de aquel hombre por quien el escándalo viene!” (Mt 18,7). Nadie está exento de la posibilidad de escandalizar. Es más, Jesús afirma que es necesario que los escándalos vengan. Parece extraño que diga eso. Pero es que el escándalo sirve para que el creyente madure en la fe, y sepa ponerla en la base que no defrauda. Pero el clamor de Jesús es hondo: “¡Ay de aquel hombre por quien el escándalo viene!”.


Ese clamor estremece. Pensar en todos los escándalos y escandalizadores como el caso publicitado en estos días, nos debe servir como una fuerte sacudida a nuestra comodidad espiritual: hay que estar vigilantes. Pues bien, el que escribe, sacerdote además, no pide a sus hermanos en la fe que lo defiendan, pues por lo visto en este caso, como en tantos otros, no somos creíbles. Sólo pide que oren por los ministros, para que estemos vigilantes ante nuestras debilidades y taras en nuestra capacidad de amar. No pedimos nada más. La oración, que no es sólo una plegaria mental dirigida a Dios sino un verdadero gesto de amor, debe ser acompañada con hechos: la cercanía, el trabajo armonioso, el respeto fraterno, etc. Sobre todo y ante todo el amor. Recordemos, sólo el amor es digno de fe.


3 comentarios:

  1. Le felicito por su valioso articulo, dice verdades muy claras en pocas palabras, y sobre todo cuestiona en nuestro vivir nustra vocación y fidelidad a nustra fe. muchas gracias P. Ramón- desde pasaquina.

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  2. Hola, Paz y Bien p. Ramon. Gracias por compartir su punto de vista en este tan controversial tema en la Iglesia y sociedad. Que sea Dios quien decida.
    Muchas bendiciones para usted y su ministerio.
    Saludos desde Canada.
    Victor.

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  3. dalia lara16 mayo, 2009

    Que Dios te vendiga y te ilumine para que sigas instruyendonos con tan buenas reflexione

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Busquemos más hondo, profundicemos, los secretos siempre se esconden...