Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

sábado, 27 de febrero de 2010

EL CORAZÓN SACERDOTAL DE ROMERO


Por
Pbro. Ramón O. Lara Palma

Por diseño del maravilloso plan de salvación que Dios cumple en cada instante de la historia, el 2010 vino a ser el año para celebrar el trigésimo aniversario del asesinato martirial de Monseñor Romero en coincidencia con la invitación del Papa Benedicto XVI de celebrar este año un “año sacerdotal”. Eventos coincidentes que estimulan hacer algunas reflexiones sobre la persona, misión y sacerdocio de Monseñor Romero. En esta primera entrega invito a los amables lectores a que nos asomemos al tema del corazón sacerdotal de este salvadoreño universal.

¿Qué significa la expresión “corazón sacerdotal”?

Karl Rahner escribió un ensayo en el que analizó teológicamente el significado del Sagrado Corazón de Jesús. El gran teólogo de Innsbruck sostiene que el corazón de Jesús, como símbolo arquetípico, sintetiza todo el contenido del mensaje evangélico que enseñó Cristo: manifiesta el amor infinito de Dios hacia los hombres, como lo testifica Jn 3,16. En sintonía con el jesuita alemán, otro hijo de San Ignacio, el gran exégeta Albert Vanhoye, indaga sobre el contenido bíblico del símbolo del corazón sacerdotal de Jesús. Según este biblista francés, hablar del corazón sacerdotal de Jesús es resumir el sentido del sumo sacerdocio que la carta a los Hebreos aplica al nazareno.

Ciertamente la escritura nunca habla textualmente de un “corazón sacerdotal” de Jesús. Sin embargo, en el evangelio de Mateo Jesús llama a los que están cansados y agobiados a que vayan a él y que aprenda de él que es “manso y humilde de corazón” (Mt 11, 28-29). En la carta a los Hebreos encontramos una descripción del sumo sacerdocio que corresponde exactamente a esa presentación mateana: según el autor de la carta, el sumo sacerdote debe ser manso respecto a los hombres y humilde frente a Dios: “es capaz de comprender a ignorantes y extraviados” (Hb 5, 2), “de igual modo tampoco se atribuyó el honor de ser sumo sacerdote, sino que lo recibió” (Hb 5,5).

Por eso se puede decir que la carta a los Hebreos nos ayuda a captar el sentido de la expresión evangélica. El corazón “manso y humilde” de Jesús es un corazón sacerdotal, o sea, el corazón del “mediador de una alianza nueva” (Hb 9,15). Las dos cualidades que lo caracterizan corresponden a las dos relaciones necesarias para la mediación sacerdotal: la relación con los hombres y la relación con Dios. No olvidemos que la función del sacerdote es precisamente ejercer el papel de mediador entre lo sagrado-divino y lo profano-humano. El sacerdote es el puente que posibilita la comunicación de los hombres con Dios y de Dios con los hombres. Eso precisamente significa la palabra latina “sacers” (de donde deriva el nombre “sacerdote”): mediador de lo sagrado. Por eso el Único Sacerdote, el verdadero Pontífice entre Dios y los hombres, es Cristo.

Cristo sacerdote se relaciona con el hombre en términos de mansedumbre y misericordia y se relaciona con el Padre en términos de humildad y obediencia. Toda esa relacionalidad acontece precisamente en el corazón de Jesús, que es un corazón de sacerdote, de mediador. Pero detengámonos un momento en el significado bíblico del concepto “corazón”.

En nuestras lenguas modernas el corazón designa el centro de la vida afectiva del hombre, o sea, las emociones, los sentimientos, los afectos. La razón, la inteligencia, la ciencia tienen como sede el cerebro. En cambio, el lenguaje bíblico atribuye al término corazón un significado mucho más amplio. Leb (corazón en hebreo) designa la personalidad consciente, inteligente y libre del ser humano en su totalidad. En otras palabras, el corazón designa la interioridad del ser humano, el centro de la vida íntima de la persona en su globalidad. El corazón es sede de la vida emotiva (Cant 5,2; Lv 19,17), sede la vida intelectual (1Re 3,9; Qo 14,13), sede de la voluntad (Sal 20,5).

Por eso la Biblia afirma con mucha insistencia una estrecha relación entre Dios y el corazón del hombre. Dios conoce el corazón del hombre: “el hombre ve la apariencia, pero el Señor ve el corazón” (1Sam 16,7); “sondéame, oh Dios, conoce mi corazón” (Sal 139, 23; Jer 17,10; Sir 42, 18); exige docilidad: “este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Is 29, 13; Os 10,2); “no endurezcan el corazón” (Sal 95,8), “regresen a mí con todo el corazón” (Jl 2,12); la alianza con Dios es a nivel de corazón por eso en la nueva alianza dará “un corazón nuevo” en el cual pondrá su “Espíritu” (Ez 36, 26-27).

El sacerdote es tal por tener un corazón en el que se posibilita el encuentro entre Dios y los hombres. Además, hemos dicho, el corazón sacerdotal, pontificando esa interrelación, mantiene la actitud de mansedumbre y misericordia hacia los hombres, y de humildad y obediencia hacia Dios. Quien realiza plena y definitivamente la misión sacerdotal sólo es Cristo. Otros sólo pueden participar de su sacerdocio encarnando su corazón sacerdotal.

El corazón manso y misericordioso del sacerdote: relación con los hombres

Jeremías, como lo hemos insinuado arriba, anuncia la instauración de una alianza nueva y para que sea tal se dará un corazón nuevo. La carta a los Hebreos afirma que el “mediador de la nueva alianza” (Hb 9,15) es Jesús. El modo como Jesús mediatiza esa nueva alianza es precisamente con su vida, su ministerio y su entrega total que lo llevó hasta la cruz. Cierto que el sumo sacerdote viene constituido “en las cosas que refieren a Dios” (Hb 5,1), pero como condición para ser admitido al sacerdocio “debe hacerse en todo igual a los hermanos” (Hb 2,17) y sobre todo debe ser “capaz de comprender a ignorantes y extraviados” (Hb 5,2), “ofrecer ruegos y súplicas con poderoso clamor” (Hb 5,7) ya que “por los padecimientos aprende a obedecer” (Hb 5,8) y “llegado a la perfección se convierte en causa de salvación para los que le obedecen” (Hb 5,9).

Una palabra que resume todo eso que nos dice la carta a los Hebreos sobre el sacerdocio es la palabra “misericordia”, o “compasión”. Jesús ejerce su sacerdocio precisamente actuando en sintonía con su corazón compasivo y misericordioso. En su propia vida, en el ejercicio público de su ministerio, siempre actuó con ese corazón: “viendo la muchedumbre su corazón se conmovió porque los veía como ovejas sin pastor” (Mc 6,34); la compasión de su corazón lo empuja a sanar a los enfermos (Mt 14,14); su corazón compasivo no rechaza a nadie, más bien pone su predilección por los últimos, los marginados y despreciados. Cuando es criticado por es su opción él responde con el profeta Oseas: “Misericordia quiero y no sacrificio” (Mt 9,13). El corazón sacerdotal de Jesús es totalmente entregado a los demás. Por eso, su último y supremo acto sacerdotal fue dar su vida por los últimos, y como corolario de su entrega, su corazón es traspasado y abierto por una lanza (Jn 19,34).

El corazón humilde y obediente del sacerdote: relación con Dios

Para no confundir la misericordia sacerdotal con una simple filantropía es necesario ver la otra dimensión del corazón sacerdotal de Jesús. Y esta es la dimensión de su relación obediente con su padre: “por los padecimientos aprendió a obedecer”. Es evidente que los relatos evangélicos abundan en referencias sobre la obediencia por parte de Jesús a su Padre: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra” (Jn 4,34; 5,30) “Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42; Mt 26,42). Pablo por su parte ve en la obediencia de Jesús el acto de reparación de las consecuencias de la desobediencia original (Rm 5,19) y pone como resultado de esa obediencia el aceptar la muerte de cruz (Fil 2,8).

La obediencia si bien hace referencia directa con Dios es también un aspecto de la solidaridad con los hombres. Al convertirse en sumo sacerdote Jesús “no se glorificó a sí mismo” (Hb 5,5); él no buscó ensalzarse sobre los demás hombres, sino que tomó un camino de humillación, aceptando bajar hasta el punto más bajo de la miseria humana. La obediencia, pues, tiene un aspecto de doble relación –a Dios y a los hombres– y así corresponde a la tarea de la misión sacerdotal.

Obedecer es ejercer el sacerdocio como Dios lo quiere, pues a Dios le agrada más “la obediencia que los sacrificios” (1Sam 15,22; Sal 40,7-9). Es que obedecer ya es sacrificar la propia voluntad para someterse a la voluntad de Dios. Por eso quien obedece rinde el verdadero culto a Dios. Pero la obediencia a Dios tiene que pasar necesariamente a través de las mediaciones que Dios propone: la autoridad debidamente instituida. Porque, parafraseando la frase de san Juan, quien no obedece a su superior a quien ve, no puede obedecer a Dios a quien no ve.

Jesús, pues, es ese verdadero sacerdote por su misericordia y su obediencia. Monseñor Romero, participando el sacerdocio de Cristo, encarnó con precisión el corazón sacerdotal de Jesús. Es decir, fue verdadero sacerdote al estilo de Cristo.

Decía Monseñor: “El sacerdote es un hombre que, siendo verdaderamente un hombre de oración (relación con Dios), sabe también ser un hombre de pueblo, en medio del pueblo, sintiendo con su pueblo sus angustias y esperanzas (relación con los hombres)” (14 mayo 1978). Toda la vida de Monseñor Romero fue, como la de Cristo, una vida sacerdotal, una vida que cumplía la misión de relacionar los hombres con Dios. Fue una vida vivida según el parámetro del corazón sacerdotal: con profunda solidaridad (misericordia y compasión) para con los hombres y en estrecha relación con Dios mediante la oración y la vida interior. Es más, también Romero ejerció su sacerdocio en concordancia perfecta con el de Cristo hasta en el último momento: muriendo en el altar del sacrificio, con el corazón traspasado por las modernas lanzas del odio y la prepotencia. Romero fue sacerdote verdadero, de los que la Iglesia salvadoreña hoy más que nunca necesita.

Quien se precie de ser sacerdote deberá hacer resplandecer ese “corazón sacerdotal de Jesús”, como lo encarnó Romero. De lo contrario no será más que un burdo actor de tercera clase que repite un libreto mal actuado, que es incapaz de encarnar. Sin el corazón sacerdotal de Jesús, el sacerdote solo “hace de sacerdote”. Aprender hacer el oficio de sacerdote es facilísimo, basta con hacer algunas prácticas litúrgicas. Eso una persona de mediana inteligencia lo aprendería en pocas semanas. El reto es verdaderamente “ser sacerdote”, encarnar el corazón sacerdotal de Jesús, y eso se aprende mediante la práctica cotidiana de la misericordia y la obediencia, y se continúa cultivando a lo largo de toda la vida.

Ser sacerdote es tener corazón sacerdotal de Jesús: misericordioso y compasivo hacia los hombres, humilde y obediente hacia Dios. En otras palabras, el sacerdote debe vivir el equilibrio perfecto de la apertura horizontal a los hermanos y a la historia con la tensión vertical de la comunicación humilde y obediente con Dios. Un ministro que viva sesgadamente su ministerio en un rampante horizontalismo no es más que un charlatán. Uno que viva su ministerio en un verticalismo exacerbado no es más que un alienado y desubicado. El corazón sacerdotal de Romero es un modelo palpable para todos los sacerdotes que quieren vivir plenamente su sacerdocio: vivido en el equilibrio perfecto de la cruz, donde lo horizontal (—) se enlaza con lo vertical ( | ) para formar una unidad perfecta (+): la cruz.

San Romero de América. Ora pro nobis.

martes, 16 de febrero de 2010

“¿POR QUÉ TIENEN TANTO MIEDO?” Mc 4, 40


Por
Pbro. Ramón O. Lara Palma

La violencia produce miedo pero el miedo está al origen de la violencia. La persona violenta es ante todo una persona miedosa. El miedo a perder lo que se tiene, el miedo a ser rechazado o ignorado, el miedo a la soledad y a la marginación, son, entre otras cosas, algunas de las causas psicológicas de la violencia.

Pero, ¿Por qué una persona es miedosa? Una de las principales causas está en la falta de amor. Cuando una persona crece sin la experiencia de ser amado, de sentirse amado, es una persona sumamente miedosa. Muchas veces ese miedo es encubierto por las actitudes prepotentes y violentas. Por eso podemos afirmar sin ambages que el origen de la violencia está en la falta de amor.

Hay distintos tipos de violencia y entre ellas está la violencia física. La violencia física ocasiona también un tipo de miedo. Y este es el miedo social. Este tipo de miedo se instala en el tejido social cuando hay pasividad y cuando crece la desconfianza recíproca. Desconfío de todo y de todos y lo que hago es esconderme. A eso se le llama el complejo de la tortuga: ante el peligro nos encerramos en nuestro propio caparazón.

Esa pasividad no arregla la grave situación de nuestra violencia social. Por eso la situación social continúa y se acrecienta. Tiene un motivo: la pasividad de la sociedad, o sea, nuestra pasividad. No esperemos que sean los otros los que arreglen las cosas que nosotros debemos arreglar. Sí, las instituciones de gobiernos y todos actores sociales deben cerrar filas contra la violencia. Pero cada ciudadano debe poner lo mejor de su parte para solucionar esa grave situación de violencia en que vivimos.

¿Cómo? Viviendo la fe.

El cristiano, hombre de fe, no se paraliza ante la violencia, por tanto no tiene miedo: actúa. ¿Qué está haciendo la Iglesia salvadoreña -entiéndase todos los bautizados- ante la alarmante situación de violencia actual? La pasividad y la desconfianza es sinónimo de “poca fe”. Por eso, el cristiano debe poner en práctica su fe. Debe resplandecer por la vivencia de las virtudes que caracterizan el ser cristiano: fe-esperanza-caridad.

Esa situación grave en que estamos viviendo debe llevarnos a hacer un serio examen de conciencia. Los ministros debemos preguntarnos ¿Cuánto he hecho para combatir ese flagelo? ¿He dado testimonio de experiencia profunda de mi fe, de mi empeño evangelizador, de mi misión de pastor? Cada responsable, coordinador, miembro de grupo, comunidad, ministerio, todos, deberán responder a la pregunta ¿Qué he hecho para detener esa vorágine de violencia? ¿Qué estoy haciendo? ¿He vivido realmente mi fe, la he puesto en práctica, o me he conformado con solo practicar algunos ritos, con solo hacer reuniones tras reuniones?

¿Por qué tienen tanto miedo?, nos pregunta Jesús. Y luego el mismo nos responde: “hombres de poca fe”. Si verdaderamente fuéramos creyentes, si verdaderos cristianos, ¿Estaríamos sumido en este torbellino de violencia? No lo sé. Dígame usted, amable lector.