Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

lunes, 13 de agosto de 2012

EDUCAR EN LAS VIRTUDES


LA DIALÉCTICA EDUCACIÓN-VIRTUD, PREMISA PARA OTRO MUNDO POSIBLE

Pbro. Ramón Obdulio Lara Palma

Seminario Santiago Apóstol, Santiago de María


Hay conceptos que envejecen, pierden frescura y pierden fuerza. El concepto virtud es uno de esos (Cfr. Mongillo, 1890). Poner en diálogo el concepto virtud con el de educación, por tanto, no parece muy de moda o de mucho interés. Muy poco se habla de las virtudes y mucho menos de educación en las virtudes. Dado ese subrayado desinterés, en este breve ensayo intentaremos discurrir sobre la posibilidad de poner en diálogo la educación y las virtudes. Ante todo debemos preguntarnos sobre la posibilidad de una educación en las virtudes ¿Son las virtudes realidades concernientes a la educación? Si lo son ¿Cómo se ha de entender esa relación entre virtud y educación? Y aunque parezca banal la inquietud, veremos que no lo es.

Por otra parte, trataremos de descubrir la potencialidad que tiene el diálogo entre educación y virtud, de tal modo que podamos adelantar la hipótesis de que los cambios verdaderos, incisivos y duraderos en la sociedad actual, deben pasar por esa dialéctica. La síntesis de esa dialéctica, consideramos, no puede ser otra que la de un mundo otro, rejuvenecido, humanizado con lo mejor de lo humano. O bien, que la dialéctica educación-virtud es una premisa indispensable para otro mundo posible.

Breves puntualizaciones y definiciones

Una sencilla definición de virtud es la que afirma que son hábitos buenos que perfeccionan las facultades del hombre para seguir la verdad y la bondad. Los griegos la llamaban “areté” y los latinos la tradujeron por “virtus”. En ambos usos lingüísticos el contenido del concepto, a pesar de la polisemia que está en la base griega, es similar: lo mejor de lo humano.  Para los griegos, sólo a través de las virtudes morales el hombre puede llegar as ser realmente libre. De ahí que Aristóteles en su Ética Nicomaquea nos ofrezca el tratado más detallado sobre las virtudes que desde la antigüedad haya llegado hasta nosotros. Por su parte, los Estoicos hicieron muy popular este tema.

Tanto para Aristóteles como para los griegos en general, las principales virtudes son cuatro: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. A estas virtudes se les llama  virtudes humanas o virtudes morales. Pero por estar a la base de muchas otras virtudes también se les llama virtudes cardinales. Al respecto, los libros bíblicos más tardíos dejan constancia de la presencia de este elenco de virtudes, muy apreciado al parecer por el judaísmo disperso por el mundo greco-romano: “El fruto de sus esfuerzos son las virtudes, porque ella (la Sabiduría) enseña la templanza y la prudencia, la justicia y la fortaleza, y nada es más útil que esto para los hombres en la vida” (Sab 8,7).

Con la llegada del cristianismo se agregó un elenco más a las cuatro ya conocidas en el mundo greco romano, se agregaron las llamadas virtudes teologales: “Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza y la caridad, pero la más excelente de ellas es la caridad” (1 Co 13, 13). La fe, la esperanza y la caridad se unen a la prudencia, justicia, fortaleza y templanza para  formar el septenario ideal: lo humano y lo divino se entre cruzan para llevar al hombre a la perfección. Por eso Santo Tomás trata las siete virtudes en modo orgánico y detallado. Pero el aquinate comienza su reflexión sobre las virtudes hablando primero sobre las teologales (S. Th. II, II), dejando ver claramente con ese orden la prioridad de estas sobre las cardinales y explicando que si unas vienen directamente infundidas por la gracia de Dios, las otras pertenecen a la naturaleza del hombre pero que las tales son elevadas y purificadas por la gracia divina.

En esta precisión de conceptos necesitamos decir una palabra sobre la educación. En primer lugar vayamos al significado etimológico. Educación puede entenderse desde la raíz griega “educere” y “educare”. La primera acepción hace referencia a la actividad de “sacar, extraer, elevar y avanzar”. Según esta acepción, educar no es tanto poner algo “dentro de” sino al contrario, es un sacar, un evidenciar. Por otra parte, la acepción “educare” refiere a la acción de “criar, cuidar, formar o instruir”. En este caso la educación remite a la actividad de posibilitar desde fuera el desarrollar un potencial que ya se tiene dentro pero que necesita de cierto cultivo, cierta crianza y cuido. Esta perspectiva polisémicas de la educación hace ver que éste es un concepto muy rico, preñado de posibilidades comprensivas.

Por eso es que relacionar las  virtudes con el tema de la educación resulta algo muy rico también.


¿Cómo se ha de entender la relación entre virtud y educación?

Para profundizar en la comprensión de esta relación necesitamos primero hacer una rápida mirada a la antropología que tenemos a la base. Comencemos preguntándonos ¿Es el hombre virtuoso por naturaleza? La respuesta a esta pregunta viene de diversos ángulos. Para Aristóteles la virtud es un hábito, o sea, no es connatural al hombre.  Puede pensarse entonces que para Aristóteles las virtudes son adquiridas sólo mediante la educación. Pero, por otra parte, la Biblia afirma que el hombre fue creado por Dios con una bondad innata, el hombre es bueno por naturaleza y tiende al bien connaturalmente, por tanto es virtuoso por naturaleza: después de crear al hombre “vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien” (Gn 1,31).

Además, la antropología bíblica deja claro que el hombre a parte de haber sido creado bueno y orientado siempre hacia el bien es también auxiliado por Dios, por pura gracia, para que pueda desarrollar toda esa bondad natural. Por eso la antropología teológica incluye el tema de la “gracia” como parte de esa correcta comprensión del hombre (Cfr. LADARIA, 61). Dentro de ese dinamismo de gracia entra la infusión de las virtudes teologales para que el hombre pueda adherirse a la vida divina y mediante esa adhesión purificar y elevar lo mejor de su naturaleza (las virtudes humanas). Es verdad que el hombre no siempre sabe distinguir el verdadero “bien”. El drama del hombre radica en su conocimiento: el hombre busca siempre el bien pero no siempre conoce el camino para alcanzarlo y en esa búsqueda muchas veces se pierde. Entra de esa manera la realidad del vicio o pecado, es decir, buscar el bien y la felicidad por el camino equivocado (Cfr. B. HÄRING, 1890-1893).

Con razón el Catecismo de la Iglesia Católica va a decir que las virtudes humanas son desarrolladas mediante la educación: “Las virtudes humanas adquiridas mediante la educación, mediante actos deliberados, y una perseverancia, mantenida siempre en el esfuerzo, son purificadas y elevadas por la gracia divina” (CEC, 1810). Sin duda que aquí podemos aplicar el concepto educación en su doble acepción, como sacar-extraer y como criar-alimentar, pues el desarrollo de la vida virtuosa al ser un acto deliberado, perseverante y esforzado, es alimentado y elevado por la gracia divina. La educación se convierte en una aliada de la misma gracia. Y eso está muy en sintonía con la doctrina de la “gracia cooperante” que enseña la Iglesia.

La educación, por tanto, se vuelve una exigencia frente a la virtud. El hombre necesita ser conducido, guiado para poder sacar de sí mismo lo mejor que hay su naturaleza. Puede ser que por sí mismo no pueda elevar esa virtud y por ello necesita de las mediaciones de la gracia: el acto o proceso educativo. El hombre necesita ser ayudado para que pueda desarrollar su connatural bondad, necesita de las mediaciones que le alimenten y cuiden para que no se enquisten en su bondadosa naturaleza los dardos del vicio o pecado. El vicio/pecado no es propio del hombre, es una contradicción de su naturaleza. El hombre, mediante la educación, podrá desarrollar su virtuosidad y por tanto alcanzar la plenitud de su ser, la verdad de su ser. Por ello también el catecismo afirma que la práctica de las virtudes es fuente de felicidad, de la verdadera felicidad (Cfr. CEC, 1810).


¿Cómo podría cambiar la sociedad de la actual posmodernidad?

Hemos comenzado diciendo que el momento presente está ignorando el tema de la virtud. Mucho menos se plantea la posibilidad de un tesonero trabajo educativo en las virtudes. Pero también está claro que el hombre posmoderno, como el de todos los tiempos, anhela alcanzar la plenitud de su ser. Sólo que los caminos que la modernidad y la posmodernidad le han ofrecido para alcanzarla son erráticos o insuficientes. Las vías que se han elegido pasan por la exacerbación del yo (egolatría), la hegemonía del tener frente al ser, la supremacía de lo material sobre lo espiritual/trascendente, la glorificación del vicio frente a la virtud. Todas estas opciones ofrecen la posibilidad de alcanzar niveles de plenitud y felicidad, pero unas sólo ofrecen efímeros asomos que pasan fugazmente, mientras que las otras ofrecen la sólida, permanente y plena realización de la naturaleza humana.

En estos últimos lustros hemos oído de la necesidad de buscar “otro mundo posible” (Cfr. L. BOFF, 12). Pues el mundo que tenemos parece haber perdido el encanto. Las grandes propuestas de la modernidad cedieron frente a una posmodernidad que se afianza a partir del desencanto y la frustración. Los meta relatos y utopías han desaparecido.  Y como hemos ya señalado, el hombre posmoderno como un verdadero Narciso se está ahogando en las aguas de su ego, como nuevo Dioniso se está emborrachando con el vino de su propia sangre. Por eso muchos están clamando la necesidad de hacer posible otro mundo. Este que tenemos, el que hemos construido, no es digno del hombre. En tal caso las propuestas para construir ese nuevo mundo  vienen desde muchos ángulos. Por eso es que no dudamos en sumarnos a esa miríada de  proposiciones.

Así pues, y comencemos diciendo esto, tal parece que todo mundo ha comprendido de que la “educación es la solución”. El único problema de ese axioma es que no se especifica de qué educación se está hablando. Pues sucede que para muchos educación se reduce a “instrucción técnica”, para otros es “adoctrinamiento” en ciertas teorías, para algunos la educación es sólo alfabetizar. Sin embargo, no dudamos en refrendar nuestra adhesión a ese enunciado: sin lugar a dudas la educación, para alcanzar otro mundo posible, es la solución. Pero en el sentido con que hemos comprendido la educación, como la acción que posibilita el sacar lo mejor que hay en la naturaleza del ser humano, la acción que ayuda a cultivar y alimentar todo el potencial que posee el hombre. Educar es hacer posible que el hombre sea verdaderamente hombre, despliegue la verdad de su ser, saque a flote la grandeza de su naturaleza. En otras palabras, no hay verdadera educación si no hace al hombre virtuoso.

Con razón los griegos pensaban que la “areté” era el resultado final de una verdadera educación. Si el resultado no era un hombre virtuoso la educación no había cumplido con su cometido. Además, la polis ideal, la sociedad perfecta,  podía ser sólo aquella compuesta por hombres virtuosos. El hombre carente de virtud no era digno de la polis. Hoy podemos decir que el hombre carente de virtudes no ha alcanzado la verdad de su ser y por tanto no podría ser parte de ese nuevo mundo posible: el mundo del hombre virtuoso, del hombre que ha alcanzado la plenitud de su ser. Sólo en un mundo integrado por hombres virtuosos es que merecería la pena vivir. Todo mundo así lo desea, aunque no se explicite tal deseo. Y ese mundo nuevo, digno del hombre, sólo la educación lo posibilitará.


 BIBLIGRAFÍA

1-    TOMAS DE AQUINO, Suma Teológica, BAC, Madrid, 1990.
2-    D. MONGILLO, “Las virtudes”, en NDTM, Paulinas, 1992.
3-    B. HÄRING, Liberi e Fedeli in Cristo, I, Paulie, Roma, 1979.
4-    CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA.
5-    ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco.
6-    L. F. LADARIA, Teología del Pecado Original y de la Gracia, BAC, Madrid, 1993.
7-    L. BOFF, Las Virtudes para otro mundo posible, Sal Terrae, Madrid, 2007.

lunes, 21 de mayo de 2012

LA EDUCACIÓN ES LA SOLUCIÓN


TODOS SUBIDOS EN EL MISMO BARCO

Pbro. Ramón O. Lara 
Teologado Santiago Apóstol, Santiago de María 

Los diccionarios y los manuales de pedagogía definen la educación como el proceso por medio del cual se puede sacar a flote lo mejor de la persona. Pero ese proceso implica todavía un proceso anterior, algo que tuvo que haberse hecho primero: el proceso de haber introducido dentro de la persona eso bueno que ahora, mediante el acto educativo, se pretende sacar a flote. Estamos entrando, de este modo, al terreno antropológico: ¿Quién es el hombre? Y necesitamos dar esa respuesta: el hombre es un ser dotado de bondad por naturaleza: quien lo creó ya depositó la bondad en su interior. La educación sólo tiene como tarea sacar a flote esa bondad existente.

Sin embargo, el hombre es un ser que se va haciendo, no está acabado. Por eso, si bien es cierto que por naturaleza la bondad está en su interior, hay que decir también que en el proceso de desarrollo de su ser, el hombre puede ir adquiriendo e introduciendo en su interior semillas de maldad. El mal puede anidarse en lo más profundo del ser del hombre. Por eso es que el proceso educativo puede ser, si no se cuida con atención, un proceso de “mala educación”. ¡Por supuesto que se puede desarrollar un proceso en el que se saque a flote la maldad que haya sido asimilada y depositada en la intimidad del hombre en su proceso de construcción! 

Por eso no basta con la educación. Puesto que el proceso educativo puede ser negativo (“mala educación”) es necesario dar el paso a la formación. La educación puede sacar a flote muchas cosas y entre esas cosas pueden estar lo bueno y lo malo. La formación se encargará, entonces, de separar lo bueno de lo malo y dar la “forma” buena que le corresponde al ser del hombre. La formación es un complemento de la educación. Sin la formación la educación se queda muy limitada.

Ahora bien, el proceso formativo comienza con un dinamismo “in-formativo”: dar forma en el interior del hombre. Ese dinamismo informativo comienza con el ofrecimiento de datos cognitivos (que es lo que comúnmente entendemos por información) pero también se deben ofrecer los datos afectivos. El dinamismo informativo implica dar forma al interior del hombre con datos afectivos: la afectividad es una realidad omnipresente en el ser humano. Si no se da ese dinamismo “in-formativo” con datos cognitivos y afectivos puede desatarse un dinamismo “de-formativo”, pernicioso; o sea, la formación no será eficaz ni oportuna, sino “deformante”. Por eso la formación debe atender ese dinamismo informativo integral: se forma con datos intelectivos y con datos afectivos. Una formación meramente académica es muy limitada, necesita de la formación afectiva. Con razón la psicología últimamente ha descubierto la “inteligencia emocional”.

Si la educación y la formación se complementan, con mayor razón podemos decir que necesitan de la comunidad para poder cumplir sus propios cometidos. Hemos advertido que el ser humano es un ser siempre en construcción y por tanto el ambiente social, la comunidad, resulta ser una realidad que ineludiblemente le afecta. Si la comunidad es una comunidad deformante, esa persona sacará a flote lo malo de sí, habrá mala educación. Si la comunidad es una comunidad formativa, esa persona dará lo mejor de sí, y entonces estamos hablando de verdadera educación. No podemos ignorar el rol de la comunidad en el proceso educativo, en la acepción que estamos manejando. La comunidad forma y deforma, educa o mal educa. Eso quiere decir que la comunidad es determinante en el proceso educativo, no se puede eludir.
Por último podemos decir que la conjunción de los tres elementos (educación-formación-comunidad) resulta indispensable para desatar también dinamismos de desarrollo sociales, culturales y económicos.

Sin una buena educación, que no se ampare con dinamismos formativos adecuados, y por tanto sin la participación positiva de la comunidad, no habría desarrollo en ningún conglomerado social. El verdadero desarrollo parte de un buen ambiente educativo-formativo, y por ello de una comunidad involucrada en la construcción de ese ambiente. Ciertamente hay experiencias en las que se ha posibilitado un enorme dinamismo informativo y capacitación técnica de las personas, pero se han olvidado los dinamismos formativos integrales. Tales sociedades han desarrollado ampliamente su estructura económica, no así su cultura y su bienestar integral. Porque no siempre estando bien económicamente se esté bien integralmente. El desarrollo integral de los pueblos depende de su buena educación-formación y por tanto del compromiso de sus miembros.

Por eso el título así este pequeño ensayo. Si no nos comprometemos todos en el proceso educativo integral de nuestras futuras generaciones, corremos el riesgo de naufragar en la aventura de avanzar en el progreso integral que deseamos como pueblo. El desarrollo de nuestro querido país depende de como estemos propiciando todos, desde la trinchera de cada uno, un buen ambiente educativo-formativo. Muy probablemente la generación anterior a la nuestra descuidó muchos de estos aspectos y por eso nos sentimos hundir como sociedad salvadoreña. El resquebrajamiento moral, el deterioro cultural, la pobreza económica, la aguda crisis social de la violencia, entre otras cosas, son síntomas evidentes de un descuido en la educación-formación de la generación actual. En este barco estamos todos, y por eso no nos podemos desentender. O nos salvamos todos o todos nos hundimos.