TODOS
SUBIDOS EN EL MISMO BARCO
Pbro. Ramón O. Lara
Teologado Santiago Apóstol, Santiago de María
Los diccionarios
y los manuales de pedagogía definen la educación como el proceso por medio del
cual se puede sacar a flote lo mejor de la persona. Pero ese proceso implica todavía un proceso anterior, algo que tuvo que haberse
hecho primero: el proceso de haber introducido dentro de la persona eso bueno
que ahora, mediante el acto educativo, se pretende sacar a flote. Estamos
entrando, de este modo, al terreno antropológico: ¿Quién es el hombre? Y necesitamos
dar esa respuesta: el hombre es un ser dotado de bondad por naturaleza: quien lo creó ya depositó la bondad en su
interior. La educación sólo tiene como tarea sacar a flote esa
bondad existente.
Sin embargo, el
hombre es un ser que se va haciendo, no está acabado. Por eso, si bien es
cierto que por naturaleza la bondad está en su interior, hay que decir también
que en el proceso de desarrollo de su ser, el hombre puede ir adquiriendo e
introduciendo en su interior semillas de maldad. El mal puede anidarse en lo
más profundo del ser del hombre. Por eso es que el proceso educativo puede ser,
si no se cuida con atención, un proceso de “mala educación”. ¡Por supuesto que
se puede desarrollar un proceso en el que se saque a flote la maldad que haya
sido asimilada y depositada en la intimidad del hombre en su proceso de
construcción!
Por eso no basta
con la educación. Puesto que el proceso educativo puede ser negativo (“mala
educación”) es necesario dar el paso a la formación. La educación puede sacar a
flote muchas cosas y entre esas cosas pueden estar lo bueno y lo malo. La
formación se encargará, entonces, de separar lo bueno de lo malo y dar la
“forma” buena que le corresponde al ser del hombre. La formación es un
complemento de la educación. Sin la formación la educación se queda muy
limitada.
Ahora bien, el
proceso formativo comienza con un dinamismo “in-formativo”: dar forma en el
interior del hombre. Ese dinamismo informativo comienza con el ofrecimiento de
datos cognitivos (que es lo que comúnmente entendemos por información) pero
también se deben ofrecer los datos afectivos. El dinamismo informativo implica
dar forma al interior del hombre con datos afectivos: la afectividad es una
realidad omnipresente en el ser humano. Si no se da ese dinamismo
“in-formativo” con datos cognitivos y afectivos puede desatarse un dinamismo
“de-formativo”, pernicioso; o sea, la formación no será eficaz ni oportuna, sino
“deformante”. Por eso la formación debe atender ese dinamismo informativo
integral: se forma con datos intelectivos y con datos afectivos. Una formación meramente académica es muy limitada, necesita de
la formación afectiva. Con razón la psicología últimamente ha descubierto la
“inteligencia emocional”.
Si la educación
y la formación se complementan, con mayor razón podemos decir que necesitan de
la comunidad para poder cumplir sus propios cometidos. Hemos advertido que el
ser humano es un ser siempre en construcción y por tanto el ambiente social, la
comunidad, resulta ser una realidad que ineludiblemente le afecta. Si la
comunidad es una comunidad deformante, esa persona sacará a flote lo malo de
sí, habrá mala educación. Si la comunidad es una comunidad formativa, esa
persona dará lo mejor de sí, y entonces estamos hablando de verdadera
educación. No podemos ignorar el rol de la comunidad en el proceso educativo,
en la acepción que estamos manejando. La comunidad forma y deforma, educa o mal
educa. Eso quiere decir que la comunidad es determinante en el proceso
educativo, no se puede eludir.
Por último
podemos decir que la conjunción de los tres elementos
(educación-formación-comunidad) resulta indispensable para desatar también
dinamismos de desarrollo sociales, culturales y económicos.
Sin una buena
educación, que no se ampare con dinamismos formativos adecuados, y por tanto
sin la participación positiva de la comunidad, no habría desarrollo en ningún
conglomerado social. El verdadero desarrollo parte de un buen ambiente
educativo-formativo, y por ello de una comunidad involucrada en la construcción
de ese ambiente. Ciertamente hay experiencias en las que se ha posibilitado un
enorme dinamismo informativo y capacitación técnica de las personas, pero se
han olvidado los dinamismos formativos integrales. Tales sociedades han
desarrollado ampliamente su estructura económica, no así su cultura y su
bienestar integral. Porque no siempre estando bien económicamente se esté bien
integralmente. El desarrollo integral de los pueblos depende de su buena
educación-formación y por tanto del compromiso de sus miembros.
Por eso el título así este pequeño ensayo. Si no nos comprometemos todos en el proceso
educativo integral de nuestras futuras generaciones, corremos el riesgo de
naufragar en la aventura de avanzar en el progreso integral que deseamos como
pueblo. El desarrollo de nuestro querido país depende de como estemos propiciando
todos, desde la trinchera de cada uno, un buen ambiente educativo-formativo.
Muy probablemente la generación anterior a la nuestra descuidó muchos de estos
aspectos y por eso nos sentimos hundir como sociedad salvadoreña. El
resquebrajamiento moral, el deterioro cultural, la pobreza económica, la aguda
crisis social de la violencia, entre otras cosas, son síntomas evidentes de un
descuido en la educación-formación de la generación actual. En este barco
estamos todos, y por eso no nos podemos desentender. O nos salvamos todos o
todos nos hundimos.

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