Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

lunes, 13 de agosto de 2012

EDUCAR EN LAS VIRTUDES


LA DIALÉCTICA EDUCACIÓN-VIRTUD, PREMISA PARA OTRO MUNDO POSIBLE

Pbro. Ramón Obdulio Lara Palma

Seminario Santiago Apóstol, Santiago de María


Hay conceptos que envejecen, pierden frescura y pierden fuerza. El concepto virtud es uno de esos (Cfr. Mongillo, 1890). Poner en diálogo el concepto virtud con el de educación, por tanto, no parece muy de moda o de mucho interés. Muy poco se habla de las virtudes y mucho menos de educación en las virtudes. Dado ese subrayado desinterés, en este breve ensayo intentaremos discurrir sobre la posibilidad de poner en diálogo la educación y las virtudes. Ante todo debemos preguntarnos sobre la posibilidad de una educación en las virtudes ¿Son las virtudes realidades concernientes a la educación? Si lo son ¿Cómo se ha de entender esa relación entre virtud y educación? Y aunque parezca banal la inquietud, veremos que no lo es.

Por otra parte, trataremos de descubrir la potencialidad que tiene el diálogo entre educación y virtud, de tal modo que podamos adelantar la hipótesis de que los cambios verdaderos, incisivos y duraderos en la sociedad actual, deben pasar por esa dialéctica. La síntesis de esa dialéctica, consideramos, no puede ser otra que la de un mundo otro, rejuvenecido, humanizado con lo mejor de lo humano. O bien, que la dialéctica educación-virtud es una premisa indispensable para otro mundo posible.

Breves puntualizaciones y definiciones

Una sencilla definición de virtud es la que afirma que son hábitos buenos que perfeccionan las facultades del hombre para seguir la verdad y la bondad. Los griegos la llamaban “areté” y los latinos la tradujeron por “virtus”. En ambos usos lingüísticos el contenido del concepto, a pesar de la polisemia que está en la base griega, es similar: lo mejor de lo humano.  Para los griegos, sólo a través de las virtudes morales el hombre puede llegar as ser realmente libre. De ahí que Aristóteles en su Ética Nicomaquea nos ofrezca el tratado más detallado sobre las virtudes que desde la antigüedad haya llegado hasta nosotros. Por su parte, los Estoicos hicieron muy popular este tema.

Tanto para Aristóteles como para los griegos en general, las principales virtudes son cuatro: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. A estas virtudes se les llama  virtudes humanas o virtudes morales. Pero por estar a la base de muchas otras virtudes también se les llama virtudes cardinales. Al respecto, los libros bíblicos más tardíos dejan constancia de la presencia de este elenco de virtudes, muy apreciado al parecer por el judaísmo disperso por el mundo greco-romano: “El fruto de sus esfuerzos son las virtudes, porque ella (la Sabiduría) enseña la templanza y la prudencia, la justicia y la fortaleza, y nada es más útil que esto para los hombres en la vida” (Sab 8,7).

Con la llegada del cristianismo se agregó un elenco más a las cuatro ya conocidas en el mundo greco romano, se agregaron las llamadas virtudes teologales: “Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza y la caridad, pero la más excelente de ellas es la caridad” (1 Co 13, 13). La fe, la esperanza y la caridad se unen a la prudencia, justicia, fortaleza y templanza para  formar el septenario ideal: lo humano y lo divino se entre cruzan para llevar al hombre a la perfección. Por eso Santo Tomás trata las siete virtudes en modo orgánico y detallado. Pero el aquinate comienza su reflexión sobre las virtudes hablando primero sobre las teologales (S. Th. II, II), dejando ver claramente con ese orden la prioridad de estas sobre las cardinales y explicando que si unas vienen directamente infundidas por la gracia de Dios, las otras pertenecen a la naturaleza del hombre pero que las tales son elevadas y purificadas por la gracia divina.

En esta precisión de conceptos necesitamos decir una palabra sobre la educación. En primer lugar vayamos al significado etimológico. Educación puede entenderse desde la raíz griega “educere” y “educare”. La primera acepción hace referencia a la actividad de “sacar, extraer, elevar y avanzar”. Según esta acepción, educar no es tanto poner algo “dentro de” sino al contrario, es un sacar, un evidenciar. Por otra parte, la acepción “educare” refiere a la acción de “criar, cuidar, formar o instruir”. En este caso la educación remite a la actividad de posibilitar desde fuera el desarrollar un potencial que ya se tiene dentro pero que necesita de cierto cultivo, cierta crianza y cuido. Esta perspectiva polisémicas de la educación hace ver que éste es un concepto muy rico, preñado de posibilidades comprensivas.

Por eso es que relacionar las  virtudes con el tema de la educación resulta algo muy rico también.


¿Cómo se ha de entender la relación entre virtud y educación?

Para profundizar en la comprensión de esta relación necesitamos primero hacer una rápida mirada a la antropología que tenemos a la base. Comencemos preguntándonos ¿Es el hombre virtuoso por naturaleza? La respuesta a esta pregunta viene de diversos ángulos. Para Aristóteles la virtud es un hábito, o sea, no es connatural al hombre.  Puede pensarse entonces que para Aristóteles las virtudes son adquiridas sólo mediante la educación. Pero, por otra parte, la Biblia afirma que el hombre fue creado por Dios con una bondad innata, el hombre es bueno por naturaleza y tiende al bien connaturalmente, por tanto es virtuoso por naturaleza: después de crear al hombre “vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien” (Gn 1,31).

Además, la antropología bíblica deja claro que el hombre a parte de haber sido creado bueno y orientado siempre hacia el bien es también auxiliado por Dios, por pura gracia, para que pueda desarrollar toda esa bondad natural. Por eso la antropología teológica incluye el tema de la “gracia” como parte de esa correcta comprensión del hombre (Cfr. LADARIA, 61). Dentro de ese dinamismo de gracia entra la infusión de las virtudes teologales para que el hombre pueda adherirse a la vida divina y mediante esa adhesión purificar y elevar lo mejor de su naturaleza (las virtudes humanas). Es verdad que el hombre no siempre sabe distinguir el verdadero “bien”. El drama del hombre radica en su conocimiento: el hombre busca siempre el bien pero no siempre conoce el camino para alcanzarlo y en esa búsqueda muchas veces se pierde. Entra de esa manera la realidad del vicio o pecado, es decir, buscar el bien y la felicidad por el camino equivocado (Cfr. B. HÄRING, 1890-1893).

Con razón el Catecismo de la Iglesia Católica va a decir que las virtudes humanas son desarrolladas mediante la educación: “Las virtudes humanas adquiridas mediante la educación, mediante actos deliberados, y una perseverancia, mantenida siempre en el esfuerzo, son purificadas y elevadas por la gracia divina” (CEC, 1810). Sin duda que aquí podemos aplicar el concepto educación en su doble acepción, como sacar-extraer y como criar-alimentar, pues el desarrollo de la vida virtuosa al ser un acto deliberado, perseverante y esforzado, es alimentado y elevado por la gracia divina. La educación se convierte en una aliada de la misma gracia. Y eso está muy en sintonía con la doctrina de la “gracia cooperante” que enseña la Iglesia.

La educación, por tanto, se vuelve una exigencia frente a la virtud. El hombre necesita ser conducido, guiado para poder sacar de sí mismo lo mejor que hay su naturaleza. Puede ser que por sí mismo no pueda elevar esa virtud y por ello necesita de las mediaciones de la gracia: el acto o proceso educativo. El hombre necesita ser ayudado para que pueda desarrollar su connatural bondad, necesita de las mediaciones que le alimenten y cuiden para que no se enquisten en su bondadosa naturaleza los dardos del vicio o pecado. El vicio/pecado no es propio del hombre, es una contradicción de su naturaleza. El hombre, mediante la educación, podrá desarrollar su virtuosidad y por tanto alcanzar la plenitud de su ser, la verdad de su ser. Por ello también el catecismo afirma que la práctica de las virtudes es fuente de felicidad, de la verdadera felicidad (Cfr. CEC, 1810).


¿Cómo podría cambiar la sociedad de la actual posmodernidad?

Hemos comenzado diciendo que el momento presente está ignorando el tema de la virtud. Mucho menos se plantea la posibilidad de un tesonero trabajo educativo en las virtudes. Pero también está claro que el hombre posmoderno, como el de todos los tiempos, anhela alcanzar la plenitud de su ser. Sólo que los caminos que la modernidad y la posmodernidad le han ofrecido para alcanzarla son erráticos o insuficientes. Las vías que se han elegido pasan por la exacerbación del yo (egolatría), la hegemonía del tener frente al ser, la supremacía de lo material sobre lo espiritual/trascendente, la glorificación del vicio frente a la virtud. Todas estas opciones ofrecen la posibilidad de alcanzar niveles de plenitud y felicidad, pero unas sólo ofrecen efímeros asomos que pasan fugazmente, mientras que las otras ofrecen la sólida, permanente y plena realización de la naturaleza humana.

En estos últimos lustros hemos oído de la necesidad de buscar “otro mundo posible” (Cfr. L. BOFF, 12). Pues el mundo que tenemos parece haber perdido el encanto. Las grandes propuestas de la modernidad cedieron frente a una posmodernidad que se afianza a partir del desencanto y la frustración. Los meta relatos y utopías han desaparecido.  Y como hemos ya señalado, el hombre posmoderno como un verdadero Narciso se está ahogando en las aguas de su ego, como nuevo Dioniso se está emborrachando con el vino de su propia sangre. Por eso muchos están clamando la necesidad de hacer posible otro mundo. Este que tenemos, el que hemos construido, no es digno del hombre. En tal caso las propuestas para construir ese nuevo mundo  vienen desde muchos ángulos. Por eso es que no dudamos en sumarnos a esa miríada de  proposiciones.

Así pues, y comencemos diciendo esto, tal parece que todo mundo ha comprendido de que la “educación es la solución”. El único problema de ese axioma es que no se especifica de qué educación se está hablando. Pues sucede que para muchos educación se reduce a “instrucción técnica”, para otros es “adoctrinamiento” en ciertas teorías, para algunos la educación es sólo alfabetizar. Sin embargo, no dudamos en refrendar nuestra adhesión a ese enunciado: sin lugar a dudas la educación, para alcanzar otro mundo posible, es la solución. Pero en el sentido con que hemos comprendido la educación, como la acción que posibilita el sacar lo mejor que hay en la naturaleza del ser humano, la acción que ayuda a cultivar y alimentar todo el potencial que posee el hombre. Educar es hacer posible que el hombre sea verdaderamente hombre, despliegue la verdad de su ser, saque a flote la grandeza de su naturaleza. En otras palabras, no hay verdadera educación si no hace al hombre virtuoso.

Con razón los griegos pensaban que la “areté” era el resultado final de una verdadera educación. Si el resultado no era un hombre virtuoso la educación no había cumplido con su cometido. Además, la polis ideal, la sociedad perfecta,  podía ser sólo aquella compuesta por hombres virtuosos. El hombre carente de virtud no era digno de la polis. Hoy podemos decir que el hombre carente de virtudes no ha alcanzado la verdad de su ser y por tanto no podría ser parte de ese nuevo mundo posible: el mundo del hombre virtuoso, del hombre que ha alcanzado la plenitud de su ser. Sólo en un mundo integrado por hombres virtuosos es que merecería la pena vivir. Todo mundo así lo desea, aunque no se explicite tal deseo. Y ese mundo nuevo, digno del hombre, sólo la educación lo posibilitará.


 BIBLIGRAFÍA

1-    TOMAS DE AQUINO, Suma Teológica, BAC, Madrid, 1990.
2-    D. MONGILLO, “Las virtudes”, en NDTM, Paulinas, 1992.
3-    B. HÄRING, Liberi e Fedeli in Cristo, I, Paulie, Roma, 1979.
4-    CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA.
5-    ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco.
6-    L. F. LADARIA, Teología del Pecado Original y de la Gracia, BAC, Madrid, 1993.
7-    L. BOFF, Las Virtudes para otro mundo posible, Sal Terrae, Madrid, 2007.

lunes, 21 de mayo de 2012

LA EDUCACIÓN ES LA SOLUCIÓN


TODOS SUBIDOS EN EL MISMO BARCO

Pbro. Ramón O. Lara 
Teologado Santiago Apóstol, Santiago de María 

Los diccionarios y los manuales de pedagogía definen la educación como el proceso por medio del cual se puede sacar a flote lo mejor de la persona. Pero ese proceso implica todavía un proceso anterior, algo que tuvo que haberse hecho primero: el proceso de haber introducido dentro de la persona eso bueno que ahora, mediante el acto educativo, se pretende sacar a flote. Estamos entrando, de este modo, al terreno antropológico: ¿Quién es el hombre? Y necesitamos dar esa respuesta: el hombre es un ser dotado de bondad por naturaleza: quien lo creó ya depositó la bondad en su interior. La educación sólo tiene como tarea sacar a flote esa bondad existente.

Sin embargo, el hombre es un ser que se va haciendo, no está acabado. Por eso, si bien es cierto que por naturaleza la bondad está en su interior, hay que decir también que en el proceso de desarrollo de su ser, el hombre puede ir adquiriendo e introduciendo en su interior semillas de maldad. El mal puede anidarse en lo más profundo del ser del hombre. Por eso es que el proceso educativo puede ser, si no se cuida con atención, un proceso de “mala educación”. ¡Por supuesto que se puede desarrollar un proceso en el que se saque a flote la maldad que haya sido asimilada y depositada en la intimidad del hombre en su proceso de construcción! 

Por eso no basta con la educación. Puesto que el proceso educativo puede ser negativo (“mala educación”) es necesario dar el paso a la formación. La educación puede sacar a flote muchas cosas y entre esas cosas pueden estar lo bueno y lo malo. La formación se encargará, entonces, de separar lo bueno de lo malo y dar la “forma” buena que le corresponde al ser del hombre. La formación es un complemento de la educación. Sin la formación la educación se queda muy limitada.

Ahora bien, el proceso formativo comienza con un dinamismo “in-formativo”: dar forma en el interior del hombre. Ese dinamismo informativo comienza con el ofrecimiento de datos cognitivos (que es lo que comúnmente entendemos por información) pero también se deben ofrecer los datos afectivos. El dinamismo informativo implica dar forma al interior del hombre con datos afectivos: la afectividad es una realidad omnipresente en el ser humano. Si no se da ese dinamismo “in-formativo” con datos cognitivos y afectivos puede desatarse un dinamismo “de-formativo”, pernicioso; o sea, la formación no será eficaz ni oportuna, sino “deformante”. Por eso la formación debe atender ese dinamismo informativo integral: se forma con datos intelectivos y con datos afectivos. Una formación meramente académica es muy limitada, necesita de la formación afectiva. Con razón la psicología últimamente ha descubierto la “inteligencia emocional”.

Si la educación y la formación se complementan, con mayor razón podemos decir que necesitan de la comunidad para poder cumplir sus propios cometidos. Hemos advertido que el ser humano es un ser siempre en construcción y por tanto el ambiente social, la comunidad, resulta ser una realidad que ineludiblemente le afecta. Si la comunidad es una comunidad deformante, esa persona sacará a flote lo malo de sí, habrá mala educación. Si la comunidad es una comunidad formativa, esa persona dará lo mejor de sí, y entonces estamos hablando de verdadera educación. No podemos ignorar el rol de la comunidad en el proceso educativo, en la acepción que estamos manejando. La comunidad forma y deforma, educa o mal educa. Eso quiere decir que la comunidad es determinante en el proceso educativo, no se puede eludir.
Por último podemos decir que la conjunción de los tres elementos (educación-formación-comunidad) resulta indispensable para desatar también dinamismos de desarrollo sociales, culturales y económicos.

Sin una buena educación, que no se ampare con dinamismos formativos adecuados, y por tanto sin la participación positiva de la comunidad, no habría desarrollo en ningún conglomerado social. El verdadero desarrollo parte de un buen ambiente educativo-formativo, y por ello de una comunidad involucrada en la construcción de ese ambiente. Ciertamente hay experiencias en las que se ha posibilitado un enorme dinamismo informativo y capacitación técnica de las personas, pero se han olvidado los dinamismos formativos integrales. Tales sociedades han desarrollado ampliamente su estructura económica, no así su cultura y su bienestar integral. Porque no siempre estando bien económicamente se esté bien integralmente. El desarrollo integral de los pueblos depende de su buena educación-formación y por tanto del compromiso de sus miembros.

Por eso el título así este pequeño ensayo. Si no nos comprometemos todos en el proceso educativo integral de nuestras futuras generaciones, corremos el riesgo de naufragar en la aventura de avanzar en el progreso integral que deseamos como pueblo. El desarrollo de nuestro querido país depende de como estemos propiciando todos, desde la trinchera de cada uno, un buen ambiente educativo-formativo. Muy probablemente la generación anterior a la nuestra descuidó muchos de estos aspectos y por eso nos sentimos hundir como sociedad salvadoreña. El resquebrajamiento moral, el deterioro cultural, la pobreza económica, la aguda crisis social de la violencia, entre otras cosas, son síntomas evidentes de un descuido en la educación-formación de la generación actual. En este barco estamos todos, y por eso no nos podemos desentender. O nos salvamos todos o todos nos hundimos.

jueves, 8 de septiembre de 2011

TERESA DE LISIEUX Y D. BONHOEFFER


HISTORIA DE UN ALMA DE TERESA DE LISIEUX
UNA LECTURA COMPARATIVA


Pbro. Ramón O. Lara
Seminario Santiago Apóstol

Confieso que la veta espiritual que Santa Teresa ha abierto con su gran experiencia de Dios, testimoniada en “Historia de una alma”, no había sido de mucho interés para mí. Particularmente por el lenguaje con que se habla acerca de esa experiencia espiritual, es decir, conceptos como: “caminito”, “infancia espiritual”, “florecilla de Jesús”, “el pequeño pajarillo”, “ofrecimiento de florecillas”, “el pincelito”, etc. Es un lenguaje que contrasta con la sensibilidad que se había desarrollado en mí a partir de la lectura de varios autores del siglo veinte, particularmente con la lectura de Dietrich Bonhoeffer y su obra póstuma “Resistencia y sumisión”. En tal obra los conceptos son diametralmente diversos. Bonhoeffer habla de “cristianismo adulto”, de “mundo adulto”, de “mundo sin Dios”, “cristianismo sin religión”, etc.

Quiero aclarar que la lectura de Historia de un Alma ha estado matizada y asimilada a partir de este filtro previo, a partir de este casi prejuicio. Sin embargo, al final de esa lectura, que resultó ser una “lectura comparativa”, no me queda más que confirmar mis convicciones teológicas pero enriquecidas con una luz diversa que me ha ofrecido la santa del Carmelo de Lisieux. Puedo decir que con la lectura de Historia de un Alma he descubierto una faceta de mi vida espiritual que había descuidado profundamente: la experiencia de la ternura del amor de Dios experimentado en las cosas simples y pequeñas de la vida.

He caído en la cuenta de que el “cristiano adulto”, que debe estar presente en este “mundo adulto y sin Dios”, es el mismo cristiano que debe ante todo “hacerse como niño para poder entrar en el Reino de los cielos”. Al final he captado que tanto la experiencia dramática de la guerra que vivió Bonhoeffer tiene el mismo temple de la experiencia aparentemente sosegada y tranquila de un monasterio del Carmelo, como lo vivió Teresa. El primero busca a Dios en medio del drama del horror de una guerra y la otra lo busca en medio de la batalla campal contra sí misma, en búsqueda de una perfecta pureza espiritual. En ambos casos, creo no equivocarme, llegan al mismo lugar o a similar experiencia espiritual: la experiencia de total y auténtico abandono en Dios. La infancia espiritual de Teresa y la adultez cristiana de Bonhoeffer vienen a ser lo mismo: el verdaderamente adulto en el espíritu es el que se ha “hecho niño”, o sea, el que se abandona totalmente en Dios pero un Dios que hace madurar en el amor.

A continuación presento algunos párrafos emblemáticos en los que encontramos algunas ideas centrales de este maestro del espíritu. Luego hago otra valoración ampliada de esos párrafos, centrándome especialmente en la Santa de Lisieux.

A. El cristianismo adulto: Dietrich Bonhoeffer

“El mundo adulto – sentenciará provocativamente D. Bonhoeffer - es más ateo y, por tanto, está posiblemente más cerca de Dios que el mundo no adulto” (Resistencia y Sumisión, 254). La mayoría de edad, para Bonhoeffer, lleva a reconocer la singularidad de la relación con Dios: “Dios nos hace saber que hemos de vivir como hombres que logran vivir sin Dios. ¡El Dios que está con nosotros es el Dios que nos abandona (Mc 15, 34)! El Dios que nos hace vivir en el mundo sin la hipótesis de trabajo Dios, es el Dios ante el cual nos hallamos constantemente. Ante Dios y con Dios vivimos sin Dios. Dios, clavado en la cruz, permite que lo echen del mundo. Dios es impotente y débil, y precisamente sólo así está Dios con nosotros y nos ayuda. Mt 8, 17 indica claramente que Cristo no nos ayuda por su omnipotencia, sino por su debilidad y por sus sufrimientos” (Ibid., 252).

Dios ya no es el Deus ex machina pretendidamente todopoderoso, hecho a medida de nuestras concepciones del poder, al que se puede apelar cuando uno está escaso de soluciones, sino que el Dios de la Revelación es el que nos abandona, el que nos salva por su receso y su impotencia en este mundo. Este es el Dios revelado, el Dios que ninguna sabiduría humana, ninguna religión, se ha atrevido a proponer.

"Las personas religiosas hablan de Dios cuando los conocimientos humanos (a veces por pereza) chocan con sus límites o cuando las fuerzas humanas fallan. En el fondo se trata de un deus ex machina que ellos hacen salir a escena para resolver problemas aparentemente insolubles o para intervenir en ayuda de la impotencia humana. En una palabra: explotan siempre la debilidad y los límites de los seres humanos. Evidentemente, esta manera de actuar sólo puede durar hasta el día en que los seres humanos, con sus propias fuerzas, harán retroceder un poco sus límites y en que el deus ex machina resultará superfluo" (Ibid., 163).

Y prosigue:

"Me gustaría hablar de Dios, no en los límites, sino en el centro, no en la debilidad, sino en la fuerza, no a propósito de la muerte y de la falta, sino en la vida y la bondad del ser humano. En los límites, me parece preferible callarse y dejar sin resolver lo que no tiene solución (...). Dios está en el centro de nuestra vida, estando más allá de ella".

Bonhoeffer piensa a Dios en la positividad, en el centro de la realidad. El Dios viviente ha creado y crea el mundo. Éste posee su autonomía. Reposa en la mano de Dios. Y por esto Dios no tiene necesidad de intervenir en él de modo visible o milagroso. Pues, como Creador que es, constituye el centro absoluto de la realidad.

La respuesta adulta pasa, en definitiva, por “reconocer que hemos de vivir en el mundo ‘etsi deus non daretur’ (‘aunque no existiese Dios’). Y esto es precisamente lo que reconocemos… ¡ante Dios!; es el mismo Dios quien nos obliga a dicho reconocimiento” (E. BETHGE, “Dietrich Bonhoeffer. Teólogo – cristiano – hombre actual”, p. 252).

Sin embargo, en los momentos de trance, donde el drama de la muerte, la injusticia y el terror que se vive dentro del campo de concentración, es cuando el teólogo llega a afirmar, a través de una oración: “¡Oh Dios! A ti te invoco al inicio del día. Ayúdame a orar y a concentrar mis pensamientos en ti; no lo logro por mí mismo. Reina en mí la oscuridad pero en ti está la luz; estoy solo, pero tú no me abandonas; estoy desalentado, pero en ti está la ayuda; estoy intranquilo, pero en ti la paz; la amargura me domina, pero en ti está la paciencia; no comprendo tus caminos, pero tú sabes el camino para mi” (Oración de navidad de 1943). Una experiencia que no está lejos de lo vivido por la doctora del Carmelo de Lisieux.

B. La infancia espiritual: Teresa de Lisieux

Batalla contra sí misma

La aparente vida sosegada de un monasterio contrasta con las afirmaciones de la santa. La experiencia de purificación mística tiene un fuerte calado de amargura y de dolor: “No, no temía. Esperaba que muy pronto fuera mío el reino del Carmelo. No pensaba entonces en aquellas otras palabras de Jesús: «Yo os transmito el reino como me lo transmitió mi Padre a mí». Es decir, te reservo cruces y tribulaciones; así te harás digna de poseer ese reino por el que suspiras. Si fue necesario que Cristo sufriera, para entrar así en su gloria, si tú quieres tener un sitio a su lado, ¡tendrás que beber el cáliz que él mismo bebió...! Ese cáliz me lo presentó el Santo Padre, y mis lágrimas fueron a mezclarse con la amarga bebida que se me ofrecía”.

Hacia el interior

Al igual que el gran obispo de Hipona, la pequeña mística de Lisieux inicia un camino de interiorización en el que encuentra la miseria y la gracia escondidas allá dentro: “Comprendí bien que la alegría no se halla en las cosas que nos rodean, sino en lo más íntimo de nuestra alma; se la puede poseer lo mismo en una prisión que en un palacio. La prueba está en que yo soy más feliz en el Carmelo, aun en medio de mis sufrimientos interiores y exteriores, que entonces en el mundo, rodeada de las comodidades de la vida y sobre todo de la ternura del hogar paterno”. La grandeza del hombre consiste, pues, en lo que hay en su interior.

Silencio de Dios

La lucha interior no apartó a la pequeña santa de las amargas desolaciones y de la aridez del espíritu, de lo que ya otros maestros espirituales habían hablado siglos anteriores: “Mi deseo de sufrir se vio colmado. No obstante, mi amor al sufrimiento no decreció, por lo que pronto mi alma participó también en los sufrimientos de mi corazón. La sequedad se hizo mi pan de cada día”. Basta leer este otro párrafo para comprender la hondura de su aridez espiritual: “Esos ejercicios, no sólo no me proporcionaron ningún consuelo, sino que en ellos la aridez más absoluta y casi casi el abandono fueron mis compañeros”. (…) “Yo sufría por aquel entonces grandes pruebas interiores de todo tipo (hasta llegar a preguntarme a veces si existía un cielo)”.

El caminito

Pero es allí, en la desolación, donde la santa de Lisieux descubre su “caminino espiritual”: “Me aplicaba, sobre todo, a la práctica de las virtudes pequeñas, al no tener facilidad para practicar las grandes…Las únicas que podía hacer sin pedir permiso (las prácticas de penitencia) consistían en mortificar mi amor propio, lo cual me aprovechaba mucho más que las penitencias corporales”.

Mi vocación es el amor

El camino de la pequeñez espiritual o sea del total abandono en Dio lleva a la búsqueda de la propia vocación, que para Teresa, en su sensibilidad interior consiste en el amar: “Sin embargo, siento en mi interior otras vocaciones: siento la vocación de guerrero, de sacerdote, de apóstol, de doctor, de mártir. En una palabra, siento la necesidad, el deseo de realizar por ti, Jesús, las más heroicas hazañas...” […]“La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto de diferentes miembros, no podía faltarle el más necesario, el más noble de todos ellos. Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que ese corazón estaba ardiendo de amor”.

“Entonces, al borde de mi alegría delirante, exclamé: ¡Jesús, amor mío..., al fin he encontrado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor...! Sí, he encontrado mi puesto en la Iglesia, y ese puesto, Dios mío, eres tú quien me lo ha dado... En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor... Así lo seré todo... ¡¡¡Así mi sueño se verá hecho realidad...!!!”. Pero no cualquier amor, porque “no basta con amar, hay que demostrarlo.” Igualmente, porque “los pensamientos más hermosos no son nada sin las obras”.

Caminito recorrido en obediencia

Si la vocación para Teresa era ser en el corazón de la Iglesia el amor, este amor se demuestra en las cosas concretas, pequeñas y cotidianas de la vida: “No tengo otra forma de demostrarte mi amor que arrojando flores, es decir, no dejando escapar ningún pequeño sacrificio, ni una sola mirada, ni una sola palabra, aprovechando hasta las más pequeñas cosas y haciéndolas por amor...” […] “Usted, Madre, sabe bien que yo siempre he deseado ser santa. Pero, ¡ay!, cuando me comparo con los santos, siempre constato que entre ellos y yo existe la misma diferencia que entre una montaña cuya cumbre se pierde en el cielo y el oscuro grano que los caminantes pisan al andar. Pero en vez de desanimarme, me he dicho a mí misma: Dios no puede inspirar deseos irrealizables; por lo tanto, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la santidad. Agrandarme es imposible; tendré que soportarme tal cual soy, con todas mis imperfecciones. Pero quiero buscar la forma de ir al cielo por un caminito muy recto y muy corto, por un caminito totalmente nuevo”. ¿Cómo es posible recorrerlo?

El ascensor espiritual: el confiarse totalmente en Dios

No por las propias fuerzas, sino por el total abandono a la gracia de Dios: “Y entonces fui, adivinando que había encontrado lo que buscaba. Y queriendo saber, Dios mío, lo que harías con el que pequeñito que responda a tu llamada, continué mi búsqueda, y he aquí lo que encontré: Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo; os llevaré en mis brazos y sobre mis rodillas os meceré. Nunca palabras más tiernas ni más melodiosas alegraron mi alma ¡El ascensor que ha de elevarme hasta el cielo son tus brazos, Jesús! Y para eso, no necesito crecer; al contrario, tengo que seguir siendo pequeña, tengo que empequeñecerme más y más”. Eh ahí el secreto. Ya san Pablo y san Agustín lo habían también advertido: “todo es gracia”.

Espíritu misionero

Habiendo encontrado la propia vocación en la Iglesia no queda otro paso que expandir, comunicar ese don a todos los que sea posible arribar: “Sé que, si Dios me llamara a tierras lejanas, ese obstáculo desaparecería. Por eso, vivo sin la menor inquietud”... “Si eso fuera lo que busco, no sentiría esta dulce paz que me inunda, e incluso sufriría por no poder hacer realidad mi vocación en las lejanas misiones”. La mejor contribución con la misión es “realizar, en profunda obediencia, la pequeña misión que Dios nos invita a realizar en el cotidiano vivir”. La misión está en el corazón de la Iglesia. Por tanto, si Teresa se considera ser “en corazón de su madre la Iglesia el amor”, no podía menos que sentir un intenso fervor misionero.

Vivo yo pero no soy yo, es Cristo quien vive en mi

Este es el culmen de todo místico, del que se deja arropar totalmente por la gracia divina: ser otros Cristo, vivir por Cristo, con Cristo y en Cristo. “Tú sabes bien que yo nunca podría amar a mis hermanas como tú las amas, si tú mismo, Jesús mío, no las amaras también en mí. …Sí, lo sé: cuando soy caritativa, es únicamente Jesús quien actúa en mí. Cuanto más unida estoy a él, más amo a todas mis hermanas”.

“Hace ya mucho tiempo que no me pertenezco a mí misma, vivo totalmente entregada a Jesús. Por lo tanto, él es libre de hacer de mí lo que le plazca. El me dio la vocación del destierro total, y me hizo comprender todos los sufrimientos que en él iba a encontrar, preguntándome si quería beber ese cáliz hasta las heces. Yo quise coger sin tardanza esa copa que Jesús me ofrecía; pero él, retirando la mano, me dio a entender que se conformaba con mi aceptación”.

“Siento que ya no necesito negarme todos los consuelos del corazón, pues mi alma está afianzada en el Único a quien quería amar. Veo feliz que, amándolo a él, el corazón se ensancha y que puede dar un cariño incomparablemente mayor a los que ama que si se encerrase en un amor egoísta e infructuoso”.

Conclusión

Ciertamente Bonhoeffer invita a una fe que no descanse en un “Dios tapa agujeros”, sino en el Dios manifestado en Jesucristo, el Dios de la kénosis, el Dios sufriente. Es a ese Dios al que debemos buscar y con quien debemos unirnos y abandonarnos totalmente. Precisamente esa fue la experiencia de Teresa de Lisieux. Teresita vivió una experiencia de un Dios cercano y tierno. El Padre y Esposo como ella lo llama. Un Dios ciertamente que no es el Deus ex machina, sino el Emmanuel, el que está con nosotros. El que nos acompaña en nuestras luchas externas e internas. El Dios que se da porque es el “Dios para” los más humildes, los pequeños, los que se confían y se abandonan en Él. Bonhoeffer y Teresa, por distintos caminos, llegaron al mismo destino: al Dios Amor.