Esta pregunta me la hizo alguien de quien nunca me hubiera esperado la pudiera hacer: un niño de ocho años, miembro del catecismo de primera comunión. Confieso que en ese instante no encontré las palabras para responder. Aprovecho esta punzante pregunta para intentar reflexionar sobre ese misterio tan hondo que acompaña la vida de todo ser humano: el misterio del dolor. Ciertamente una pregunta tal se la han hecho muchísimas personas, a lo largo y ancho del mundo y de la historia. Se dice que la piedra de tropiezo con la cual se encontraron muchos de los grandes ateos que surgieron desde el iluminismo (siglo XVII en adelante), era justamente la pregunta sobre la existencia del mal (dolor y sufrimiento), pues no encontraban compaginación entre la existencia del mal y la existencia de Dios. Se preguntaban: si Dios es todopoderoso ¿por qué permite el sufrimiento? Y respondían con este silogismo: “o bien Dios quiere eliminar el mal pero no puede (entonces no es Dios); o bien puede, pero no quiere (entonces es un Dios cruel); o bien quiere y puede. Sólo que esta última posibilidad, que Dios quiera y pueda eliminar el mal, parece quedar desmentida por la experiencias”. Por eso, tales iluministas deducían con prueba empírica la inexistencia de un Dios todo poder y toda bondad. ¿Dónde estaba Dios en Auschwitz, Hiroshima, etc.? Ha sido la pregunta que muchos se plantearon después de esas tragedias en el siglo recién pasado.
Ciertamente la pregunta sobre la existencia del mal, particularmente manifestado en la experiencia del dolor y la muerte, es muy legítima. Las respuestas han venido desde muchos ángulos. Resumo tres. La primera es la explicación dada por San Agustín, según la cual Dios creó todo bien (Gn 1, 31) pero el mal que se encuentra en la creación –el llamado “mal ontológico” agustiniano– tiene que estar al servicio del bien y Dios lo lleva en última instancia a un fin bueno. Además, según la respuesta agustiniana, la causa de otra gran parte de los sufrimientos no es Dios, sino el pecado del hombre –el llamado “mal moral”–; así que el hombre queda señalado como responsable de esa gran parte del mal existente en el mundo. La segunda explicación viene del racionalismo alemán, con Leibniz y Kant a la cabeza, quienes pretendiendo hacer una honesta apologética (defensa de Dios) prefirieron abrazar el silencio argumentativo. Kant señaló al respecto: “nuestra razón es absolutamente impotente para penetrar en la relación en que esté un mundo tal como lo conocemos en la experiencia, con la sabiduría suprema”. En otras palabras, sobre el misterio del mal sólo podemos callar, pues siempre quedará un misterio inescrutable. Un gran teólogo del siglo XX, el también alemán Karl Rahner, afirmó siempre en la misma línea: “la incomprensibilidad del dolor es un fragmento de la incomprensibilidad de Dios”. La tercera respuesta que busca explicar o dar razones sobre el mal y el dolor existentes en el mundo la encontramos en los existencialistas del siglo veinte. Estos pensadores sencillamente desesperaron ante una existencia cruelmente dolorosa, ante un sufrimiento existencial cuyo sentido es imposible de encontrar: el mundo no tiene sentido (Sartre), todo es asco, el hombre un monstruo metamórfico (Kafka), y tan sólo un “ser para la muerte” (Heidegger).
Pero en esta reflexión, tal como lo insinúa el título, queremos compaginar la existencia de Dios todopoderoso y toda su bondad con la existencia del mal (dolor o muerte). En cierto sentido queremos hacer apologética. Sin embargo, como ha sido señalado en el párrafo anterior, muchas respuestas han sido ya dadas. Por lo que no queremos agregar una respuesta más, sino conjugar lo ya dicho y armonizar tales opiniones con claro realismo y profunda actitud creyente. La visión agustiniana, la racionalista y la existencialista no tienen por qué ser opuestas, yuxtapuestas o indiferentes entre sí. Quizá son complementarias y mutuamente conjugadas nos pueden dar una mayor luz sobre el misterio del dolor y el misterio de Dios amor.
La respuesta existencialista es legítima, sin caer en el nihilismo por supuesto, pues el hombre puede con justa razón protestar por su condición de estar en este “valle de lágrimas”. La misma Biblia nos da un hermoso testimonio de un solemne reclamo existencial presentado a Dios: “Maldito el día en que nací… ¿Por qué dio luz a un desdichado, vida a los que viven amargados, que suspiran en vano por la muerte?” (Job 3,1.20). Es que la cruda realidad del dolor se experimenta en carne propia y en la carne de los que más amamos, y todo reclamo resulta siempre legítimo. Aunque también se puede entender la propuesta de los racionalistas: la piadosa actitud del silencio. Muchas veces ante el dolor y sufrimiento sirve más el silencio que las palabras. Con razón éstos invitaban a la indefensa contemplación del dolor, y nada más. Sin embargo, desde la visión creyente es necesario escrutar más a fondo del por qué la existencia del mal. Un estudioso de la teología buscará mayores luces a partir de la fe y mediante la revelación divina. Por eso necesitamos detenernos en la propuesta agustiniana, con la cual podemos andar más a fondo para encontrar más mayores luces con las cuales responder.
Para Agustín, basado en la Biblia evidentemente, Dios es el creador de todo. Además, todo lo que Dios creó es bueno. Pero hay algo real, inevitablemente experimentado, o sea, el mal, el dolor, la muerte, que no se puede esconder. A lo que Agustín responde, sí, pero ese dolor Dios lo transformará en algo bueno, y además, dice Agustín, mucho de este sufrimiento es causado por el mismo hombre, por su propio pecado. Muy bien, podemos responder a Agustín, pero sí Dios es Todopoderoso y amor infinito ¿No pudo acaso haber evitado crear un mundo en el que se excluyera totalmente el sufrimiento y la muerte? Si Dios puede cambiar el mal en bien, el dolor en dicha, el sufrimiento en felicidad ¿Por qué no ahorrarse ese proceso de cambio pudiendo haber creado un mundo en cuya faz fuera totalmente ausente el dolor? Si la Biblia dice que la creación era buena (perfecta) ¿No es acaso el dolor y la muerte signo de maldad e imperfección presente en tal creación? Además, si el hombre con su pecado es en cierta medida el causante de parte del mal en este mundo ¿No pudo haber creado al hombre con total incapacidad de pecar? Estas y muchas otras preguntas le podemos plantear a nuestro obispo de Hipona. Sin embargo él no podrá respondernos porque apenas estaba sentando las bases del edificio teológico del que ahora nosotros podemos gozar una mayor altura.
Para responder a esas preguntas era necesario haber pasado por el gran proceso que ahora conocemos como época moderna, con sus corrientes de pensamientos y sus grandes sistemas filosóficos. La modernidad nos permitió desarrollar un concepto que no estaba del todo desarrollado en tiempos de Agustín: el concepto de “libertad”. La idea de la libertad individual es una invención de los tiempos modernos. Concepto tan importante y a la vez tan mal comprendido y tan mal utilizado como experiencia concreta. Pero junto a la idea/concepto “libertad” debemos conjugar el concepto “amor”. Es claro que el concepto amor ha sido elaborado profundamente en el ambiente cristiano, pues es la idea base sobre la cual gira toda la existencia cristiana. Como sea, libertad y amor son términos esenciales para comprender el actuar de Dios y la relación que podamos hacer entre la existencia del mal y la identidad de Dios todo poder y todo amor.
Dios creó al hombre libre, eso lo sabemos bien. La característica distintiva del ser humano es su libertad. A causa de esa libertad que le es propia, el hombre tiene la posibilidad del pecado. Si Dios hubiera querido crear al hombre sin la posibilidad de pecar, sencillamente lo hubiera creado sin el don de la libertad. Pero Dios quiso crear al hombre como la obra perfecta de todo lo creado, y para que el hombre fuera algo perfecto, no podía crearlo sino a su imagen y semejanza. Y puesto que lo propio de Dios es la libertad, no podía crear a su obra maestra sin libertad, pues entonces no sería la obra maestra. Pero Dios es amor también, por lo que el hombre al ser imagen y semejanza de Dios, tiene en su más genuina esencia una profunda identificación con el amor. Pero el amor sólo es amor cuando es compartido. No existe verdadero amor si no es compartido. Y para que sea verdadero amor, no se comparte sólo con una segunda persona, debe ser compartido con un tercero. Por eso en Dios, en su misma intimidad, hay una trinidad: el Padre que ama al Hijo, el Hijo responde al amor del Padre, y el amor compartido emerge como una tercera persona, llamada Espíritu Santo. Si el amor paradigmático es el de la Trinidad, el hombre puede vivir el amor sólo si es también trinitario. El amor humano es verdadero sólo si éste ama al “otro” (al prójimo/semejante) pero fundamentando tal amor en el amor del totalmente “Otro” (Dios). El amor al prójimo si no se basa en el amor de Dios, es insostenible. El amor a Dios si no se manifiesta en el amor al prójimo es falso. Es decir, el amor humano es también trinitario: a sí mismo, al otro (prójimo) y al totalmente otro (Dios).
En definitiva, lo que estamos diciendo es que el hombre por ser imagen y semejanza de Dios es libre y tendiente al amor. He ahí la puerta de entrada del misterio del mal (“misterium iniquitatem”), pues todo depende de la libertad del hombre. Porque sólo con esa libertad el hombre puede amar verdaderamente a Dios y al prójimo. Sin libertad no hay amor verdadero. (El interesante film “Todopoderoso”, con Jim Carrey, gira en torno a esta idea). En medio de la dramática situación de tener que de elegir es que el hombre se encuentra, sea con la posibilidad de equivocarse (“hamartía”=pecado) o sea con el peso de tener que preferir (no se puede tener todo, pues en un proceso de elección siempre está el hecho de aceptar y rechazar algo), y todo esto origina sufrimiento. El amor siempre es algo que hay que elegir, aunque también se puede rechazar. Por eso es que se dice que junto al amor está el dolor. Amor y sufrimiento no se pueden separar. Bien dijo Gottfried de Estrabsgurgo: “Quien nunca sufrió dolor por amor nunca tampoco gozó del amor. Amor y dolor: ¿Cuándo se han separado estos amantes?”. Para poner unos ejemplos: se sufre porque la persona amada no es como pensábamos, como la soñábamos, como esperábamos. Se sufre por la alteridad con el otro: por los hijos, que no toman el camino que habíamos previsto; por la pareja, que evoluciona a su modo hasta volvérsenos ajena. Se sufre por falta de correspondencia, de atención, de reconocimiento de nuestro amor. Y se sufre por el sufrimiento de la persona amada. Cuando se ama se sufre tanto como se goza.
Por eso para responder a la pregunta inicial “Si Dios que es amor ¿Por qué permite que suframos?”. Llegados a este punto estamos en grado de responder: pues precisamente porque Él es amor. Y nos lo ha demostrado: Él no se ha quedado tranquilamente en la infinitud del cielo viendo nuestro dolor, sino que “vino y puso su tienda entre nosotros”, o sea, sufrió con nosotros y por nosotros. Aunque todavía necesitamos profundizar en el sentido y significado de la muerte, nuestra y la de Cristo, ¿Por qué morimos? ¿Por qué tuvo que morir tan cruelmente Cristo? ¿Quiere Dios que nosotros suframos? ¿Quiso Dios que muriera Jesús y quiere que nosotros muramos? Bueno, son preguntas que trataremos de responder luego. Por ahora basta tales preguntas resuenen en nuestra mente.
