Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

lunes, 20 de julio de 2009

SI DIOS ES AMOR ¿POR QUÉ EXISTE LA MUERTE Y EL DOLOR?


Pbro. Ramón O. Lara

Esta pregunta me la hizo alguien de quien nunca me hubiera esperado la pudiera hacer: un niño de ocho años, miembro del catecismo de primera comunión. Confieso que en ese instante no encontré las palabras para responder. Aprovecho esta punzante pregunta para intentar reflexionar sobre ese misterio tan hondo que acompaña la vida de todo ser humano: el misterio del dolor. Ciertamente una pregunta tal se la han hecho muchísimas personas, a lo largo y ancho del mundo y de la historia. Se dice que la piedra de tropiezo con la cual se encontraron muchos de los grandes ateos que surgieron desde el iluminismo (siglo XVII en adelante), era justamente la pregunta sobre la existencia del mal (dolor y sufrimiento), pues no encontraban compaginación entre la existencia del mal y la existencia de Dios. Se preguntaban: si Dios es todopoderoso ¿por qué permite el sufrimiento? Y respondían con este silogismo: “o bien Dios quiere eliminar el mal pero no puede (entonces no es Dios); o bien puede, pero no quiere (entonces es un Dios cruel); o bien quiere y puede. Sólo que esta última posibilidad, que Dios quiera y pueda eliminar el mal, parece quedar desmentida por la experiencias”. Por eso, tales iluministas deducían con prueba empírica la inexistencia de un Dios todo poder y toda bondad. ¿Dónde estaba Dios en Auschwitz, Hiroshima, etc.? Ha sido la pregunta que muchos se plantearon después de esas tragedias en el siglo recién pasado.

Ciertamente la pregunta sobre la existencia del mal, particularmente manifestado en la experiencia del dolor y la muerte, es muy legítima. Las respuestas han venido desde muchos ángulos. Resumo tres. La primera es la explicación dada por San Agustín, según la cual Dios creó todo bien (Gn 1, 31) pero el mal que se encuentra en la creación –el llamado “mal ontológico” agustiniano– tiene que estar al servicio del bien y Dios lo lleva en última instancia a un fin bueno. Además, según la respuesta agustiniana, la causa de otra gran parte de los sufrimientos no es Dios, sino el pecado del hombre –el llamado “mal moral”–; así que el hombre queda señalado como responsable de esa gran parte del mal existente en el mundo. La segunda explicación viene del racionalismo alemán, con Leibniz y Kant a la cabeza, quienes pretendiendo hacer una honesta apologética (defensa de Dios) prefirieron abrazar el silencio argumentativo. Kant señaló al respecto: “nuestra razón es absolutamente impotente para penetrar en la relación en que esté un mundo tal como lo conocemos en la experiencia, con la sabiduría suprema”. En otras palabras, sobre el misterio del mal sólo podemos callar, pues siempre quedará un misterio inescrutable. Un gran teólogo del siglo XX, el también alemán Karl Rahner, afirmó siempre en la misma línea: “la incomprensibilidad del dolor es un fragmento de la incomprensibilidad de Dios”. La tercera respuesta que busca explicar o dar razones sobre el mal y el dolor existentes en el mundo la encontramos en los existencialistas del siglo veinte. Estos pensadores sencillamente desesperaron ante una existencia cruelmente dolorosa, ante un sufrimiento existencial cuyo sentido es imposible de encontrar: el mundo no tiene sentido (Sartre), todo es asco, el hombre un monstruo metamórfico (Kafka), y tan sólo un “ser para la muerte” (Heidegger).

Pero en esta reflexión, tal como lo insinúa el título, queremos compaginar la existencia de Dios todopoderoso y toda su bondad con la existencia del mal (dolor o muerte). En cierto sentido queremos hacer apologética. Sin embargo, como ha sido señalado en el párrafo anterior, muchas respuestas han sido ya dadas. Por lo que no queremos agregar una respuesta más, sino conjugar lo ya dicho y armonizar tales opiniones con claro realismo y profunda actitud creyente. La visión agustiniana, la racionalista y la existencialista no tienen por qué ser opuestas, yuxtapuestas o indiferentes entre sí. Quizá son complementarias y
 mutuamente conjugadas nos pueden dar una mayor luz sobre el misterio del dolor y el misterio de Dios amor.

La respuesta existencialista es legítima, sin caer en el nihilismo por supuesto, pues el hombre puede con justa razón protestar por su condición de estar en este “valle de lágrimas”. La misma Biblia nos da un hermoso testimonio de un solemne reclamo existencial presentado a Dios: “Maldito el día en que nací… ¿Por qué dio luz a un desdichado, vida a los que viven amargados, que suspiran en vano por la muerte?” (Job 3,1.20). Es que la cruda realidad del dolor se experimenta en carne propia y en la carne de los que más amamos, y todo reclamo resulta siempre legítimo. Aunque también se puede entender la propuesta de los racionalistas: la piadosa actitud del silencio. Muchas veces ante el dolor y sufrimiento sirve más el silencio que las palabras. Con razón éstos invitaban a la indefensa contemplación del dolor, y nada más. Sin embargo, desde la visión creyente es necesario escrutar más a fondo del por qué la existencia del mal. Un estudioso de la teología buscará mayores luces a partir de la fe y mediante la revelación divina. Por eso necesitamos detenernos en la propuesta agustiniana, con la cual podemos andar más a fondo para encontrar más mayores luces con las cuales responder.

Para Agustín, basado en la Biblia evidentemente, Dios es el creador de todo. Además, todo lo que Dios creó es bueno. Pero hay algo real, inevitablemente experimentado, o sea, el mal, el dolor, la muerte, que no se puede esconder. A lo que Agustín responde, sí, pero ese dolor Dios lo transformará en algo bueno, y además, dice Agustín, mucho de este sufrimiento es causado por el mismo hombre, por su propio pecado. Muy bien, podemos responder a Agustín, pero sí Dios es Todopoderoso y amor infinito ¿No pudo acaso haber evitado crear un mundo en el que se excluyera totalmente el sufrimiento y la muerte? Si Dios puede cambiar el mal en bien, el dolor en dicha, el sufrimiento en felicidad ¿Por qué no ahorrarse ese proceso de cambio pudiendo haber creado un mundo en cuya faz fuera totalmente ausente el dolor? Si la Biblia dice que la creación era buena (perfecta) ¿No es acaso el dolor y la muerte signo de maldad e imperfección presente en tal creación? Además, si el hombre con su pecado es en cierta medida el causante de parte del mal en este mundo ¿No pudo haber creado al hombre con total incapacidad de pecar? Estas y muchas otras preguntas le podemos plantear a nuestro obispo de Hipona. Sin embargo él no podrá respondernos porque apenas estaba sentando las bases del edificio teológico del que ahora nosotros podemos gozar una mayor altura.

Para responder a esas preguntas era necesario haber pasado por el gran proceso que ahora conocemos como época moderna, con sus corrientes de pensamientos y sus grandes sistemas filosóficos. La modernidad nos permitió desarrollar un concepto que no estaba del todo desarrollado en tiempos de Agustín: el concepto de “libertad”. La idea de la libertad individual es una invención de los tiempos modernos. Concepto tan importante y a la vez tan mal comprendido y tan mal utilizado como experiencia concreta. Pero junto a la idea/concepto “libertad” debemos conjugar el concepto “amor”. Es claro que el concepto amor ha sido elaborado profundamente en el ambiente cristiano, pues es la idea base sobre la cual gira toda la existencia cristiana. Como sea, libertad y amor son términos esenciales para comprender el actuar de Dios y la relación que podamos hacer entre la existencia del mal y la identidad de Dios todo poder y todo amor.

Dios creó al hombre libre, eso lo sabemos bien. La característica distintiva del ser humano es su libertad. A causa de esa libertad que le es propia, el hombre tiene la posibilidad del pecado. Si Dios hubiera querido crear al hombre sin la posibilidad de pecar, sencillamente lo hubiera creado sin el don de la libertad. Pero Dios quiso crear al hombre como la obra perfecta de todo lo creado, y para que el hombre fuera algo perfecto, no podía crearlo sino a su imagen y semejanza. Y puesto que lo propio de Dios es la libertad, no podía crear a su obra maestra sin libertad, pues entonces no sería la obra maestra. Pero Dios es amor también, por lo que el hombre al ser imagen y semejanza de Dios, tiene en su más genuina esencia una profunda identificación con el amor. Pero el amor sólo es amor cuando es compartido. No existe verdadero amor si no es compartido. Y para que sea verdadero amor, no se comparte sólo con una segunda persona, debe ser compartido con un tercero. Por eso en Dios, en su misma intimidad, hay una trinidad: el Padre que ama al Hijo, el Hijo responde al amor del Padre, y el amor compartido emerge como una tercera persona, llamada Espíritu Santo. Si el amor paradigmático es el de la Trinidad, el hombre puede vivir el amor sólo si es también trinitario. El amor humano es verdadero sólo si éste ama al “otro” (al prójimo/semejante) pero fundamentando tal amor en el amor del totalmente “Otro” (Dios). El amor al prójimo si no se basa en el amor de Dios, es insostenible. El amor a Dios si no se manifiesta en el amor al prójimo es falso. Es decir, el amor humano es también trinitario: a sí mismo, al otro (prójimo) y al totalmente otro (Dios).

En definitiva, lo que estamos diciendo es que el hombre por ser imagen y semejanza de Dios es libre y tendiente al amor. He ahí la puerta de entrada del misterio del mal (“misterium iniquitatem”), pues todo depende de la libertad del hombre. Porque sólo con esa libertad el hombre puede amar verdaderamente a Dios y al prójimo. Sin libertad no hay amor verdadero. (El interesante film “Todopoderoso”, con Jim Carrey, gira en torno a esta idea). En medio de la dramática situación de tener que de elegir es que el hombre se encuentra, sea con la posibilidad de equivocarse (“hamartía”=pecado) o sea con el peso de tener que preferir (no se puede tener todo, pues en un proceso de elección siempre está el hecho de aceptar y rechazar algo), y todo esto origina sufrimiento. El amor siempre es algo que hay que elegir, aunque también se puede rechazar. Por eso es que se dice que junto al amor está el dolor. Amor y sufrimiento no se pueden separar. Bien dijo Gottfried de Estrabsgurgo: “Quien nunca sufrió dolor por amor nunca tampoco gozó del amor. Amor y dolor: ¿Cuándo se han separado estos amantes?”. Para poner unos ejemplos: se sufre porque la persona amada no es como pensábamos, como la soñábamos, como esperábamos. Se sufre por la alteridad con el otro: por los hijos, que no toman el camino que habíamos previsto; por la pareja, que evoluciona a su modo hasta volvérsenos ajena. Se sufre por falta de correspondencia, de atención, de reconocimiento de nuestro amor. Y se sufre por el sufrimiento de la persona amada. Cuando se ama se sufre tanto como se goza.

Por eso para responder a la pregunta inicial “Si Dios que es amor ¿Por qué permite que suframos?”. Llegados a este punto estamos en grado de responder: pues precisamente porque Él es amor. Y nos lo ha demostrado: Él no se ha quedado tranquilamente en la infinitud del cielo viendo nuestro dolor, sino que “vino y puso su tienda entre nosotros”, o sea, sufrió con nosotros y por nosotros. Aunque todavía necesitamos profundizar en el sentido y significado de la muerte, nuestra y la de Cristo, ¿Por qué morimos? ¿Por qué tuvo que morir tan cruelmente Cristo? ¿Quiere Dios que nosotros suframos? ¿Quiso Dios que muriera Jesús y quiere que nosotros muramos? Bueno, son preguntas que trataremos de responder luego. Por ahora basta tales preguntas resuenen en nuestra mente.

domingo, 5 de julio de 2009

TEOLOGIA ¿PARA QUÉ?


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Pbro. Ramón O. Lara Palma.


Ignacio Ellacuría escribió un minúsculo ensayo sobre la practicidad del pensamiento filosófico y lo intituló “Filosofía ¿Para qué?”. Su planteamiento, sagaz y profundo, es una invitación sutil para hacer de la filosofía una herramienta práctica en la construcción de una nueva sociedad. Fundamentado en el pensamiento zubiriano, al momento de su brutal asesinato, Ellacuría comenzaba a poner las bases de una “filosofía de la praxis histórica”. Tal enfoque filosófico se negaba a quedarse en la “tautológica redundancia” de las teorías filosóficas, por muy sistemáticas y elaboradas que fuesen, ya que su producto final solo sirven para adornar los estantes de las bibliotecas al concretizarse sólo en una cantidad de libros. Por eso es que Ellacuría preguntaba ¿Para qué la filosofía? ¿Qué puede ofrecernos la filosofía para no quedarse en mera palabrería o en mera “fraseología”?

Obviamente el que escribe estos breves renglones no posee el bagaje filosófico ni la profundidad y sagacidad de un pensador de la talla de este filósofo “mártir de la verdad”. Sin embargo, me atrevo a parafrasear aquel artículo para que juntos, con usted amable lector, podamos otear el denso y profundo mar que representa el pensamiento teológico. Por tanto, al igual que Ellacuría respecto a las ideas filosóficas, nosotros también nos podemos preguntar ¿Para qué la teología? O si queremos ser más prácticos ¿Para qué tanta catequesis, tantas reflexiones y doctrinas en la Iglesia?

Es evidente que la teología, como es el caso de la filosofía, no se hace sólo desde un mero esfuerzo racional humano. El mismo término “teología” expresa el límite de esa frontera; hablar de Dios, decir una palabra sobre Dios (θeo - logos), no es posible sólo con la palabra humana. Porque, ¿qué pudiésemos decir sobre Dios sin las palabras que él mismo nos ha revelado? La razón humana sólo llega hasta cierto límite cuando piensa en Dios. Por eso es que el "Dios"     de los filósofos es tan variado: cada pensador tiene una versión de Dios. Pensemos por ejemplo en el dios platónico, el dios aristotélico, el dios kantiano, el dios hegeliano, el dios marxiano, el dios nietzcheano, el dios freudiano, etc, etc. Cada pensador ha construido filosóficamente su dios, a la medida de sus ideas. A la teología de los filósofos se le ha dado el nombre de “teología natural”. Pero ¿es esa la Teología? Obviamente no. Ciertamente la Teología utiliza el esfuerzo racional para construir un discurso sobre Dios. Pero a la base de ese discurso está la misma palabra de Dios. Teología es decir una palabra sobre Dios a partir de la Palabra de Dios. Con razón la Optatam Totius cuando aconseja sobre la formación teológica de los futuros sacerdotes aclara que la Sagrada Escritura “debe ser el alma de la teología” (OT, 16). La Teología, por tanto, se hace sólo con el auxilio que Dios nos da mediante su misma Revelación. Por tanto, para alzarse en vuelo hacia las alturas del conocimiento de Dios se necesitan las dos alas: la razón y la fe (Fides et Ratio, 1). Ambas se necesitan y se complementan: la razón sin la fe construye ídolos, la fe sin la razón construye mitos.


Pero nos hemos preguntado por el sentido práctico de la teología ¿Para qué hacer teología? Ante todo debemos comenzar con la definición de lo que es la teología. En pocas palabras podemos decir que la teología es la comprensión plenamente reflexionada de la fe cristiana en todas sus dimensiones, y especialmente en su relación con la existencia humana. Fe y Vida son conjugadas en esta definición. La teología es reflexionar sobre la fe para que esta nos conduzca a la vida plena. Desde aquí podemos entender el por qué de la importancia de la Sagrada Escritura, ya que en ella encontramos todo lo que Dios ha dicho para llegar a esa plenitud de vida o existencia humana. En otras palabras, podemos decir que la teología es el esfuerzo por comprender más plenamente lo que Dios quiere decirnos en el momento presente para que podamos llegar a la meta que Él nos ha señalado: la vida divina o la salvación integral del hombre. Por tanto, la reflexión teológica –llámese catequesis, doctrina, enseñanza, etc– juega un papel de vital importancia para nuestra existencia. No es cualquier cosa lo que se pone en juego cuando se hace teología, es la misma vida la que se mete en discusión cuando se reflexiona teológicamente. De allí que despreocuparse por “la comprensión plenamente reflexionada de la fe” es un atentado contra la vida. Las consecuencias prácticas resaltan inmediatamente: un predicador, un catequista, un consejero espiritual, en una palabra, un servidor de la Iglesia, debe preocuparse por profundizar, asimilar y contextualizar plenamente la fe que comparte o enseña, de lo contrario se hace reo de la muerte, corporal y espiritual, de sus hermanos. Una persona mal orientada en la fe, mal formada en su conciencia cristiana, mal acompañada en su crecimiento espiritual, o se convierte en asesino o lo asesinan. Solo veamos nuestra triste realidad teñida de tanta sangre y ensombrecida por tanta muerte. Ha faltado la luz de una fe “plenamente reflexionada”, profundamente vivida y sabiamente comunicada.

Por ser una cuestión tan vital, la Iglesia desde sus inicios vio con gran estima y particular interés el trabajo reflexivo y comunicativo de la fe. Desde esos primeros momentos se preocupó por elaborar un conjunto de recursos reflexivos que integrados correctamente comunicasen con certeza y plenitud la fe a ella confiada. A ese conjunto de recursos reflexivos se le conoce como “teologías”. Para comprender la pluralidad del pensamiento teológico dentro de la Iglesia, podemos recurrir a una imagen que nos ayudará a entendernos mejor.

Si la teología es ese esfuerzo de la razón humana, que ayudada por la fe va en búsqueda de esa vida plena, podemos decir que ésta se asemeja a un medio de transporte terrestre, más específicamente, a un automóvil. Para cumplir con su función de ser un medio de transporte, todo automóvil debe tener ciertos componentes que le son indispensables, sin los cuales no sería tal. Así es el pensar teológico en la Iglesia, que tiene una serie de enfoques y particularidades que deben ser ensamblados con gran precisión y estricta consonancia, los cuales constituyen un excelente vehículo de transmisión y comunicación de la fe. Que un automóvil tiene cuatro ruedas, pues la teología tiene los cuatro evangelios y todo lo que concierne a los estudios bíblicos-exegéticos. Si faltan las ruedas el auto no se mueve, faltando la profundización bíblica, la teología se anquilosa y se desfasa. Que el automóvil necesita del sistema de dirección para no salirse del carril, la teología tiene el enfoque pastoral (teología pastoral) que dirige la marcha de la fe de la Iglesia por el rumbo indicado. Que el automóvil necesita un motor para dinamizar toda la carrocería, pues la teología tiene todo el magisterio eclesiástico y la gran Tradición viva que movilizan todo el quehacer teológico. Que un motor sin gasolina no funciona, así la teología sin el testimonio vivo de los santos y la espiritualidad (teología espiritual) sería letra muerta. Que un automóvil sin faroles (alógenos) no sirve para avanzar en la oscuridad, con lo que se corre el riesgo de terminar volcado o estrellado en cualquier poste, pues lo mismo la teología necesita de los “alógenos” de la “teología fundamental” que amplía el panorama de la fe en medio de las oscuridades del pensamiento secular, y las luces bajas de la “teología dogmática”, que focaliza los misterios más profundos de la fe. Y claro, un automóvil también necesita de los frenos, ya que sin ellos terminaría por despeñarse. Pues podemos ver que para algo sirven los canonistas, aunque se les detesta y se les ve como inútiles porque pasan sólo poniendo frenos con sus observaciones legales; pero sin esas observaciones la fe y vida de la Iglesia se disgregaría. ¿Qué decir de la Teología moral y la Liturgia? Digamos que la moral viene a significar las normas de tránsito que necesita saber el conductor para llegar con bien a su destino. La liturgia sería el infaltable “stereo” que alegra el recorrido propiciando el ambiente de fiesta y de regocijo entre los pasajeros mientras dura la marcha.

Pues bien, con el anterior símil podemos ver que todo el pensamiento teológico de la Iglesia tiene una perfecta articulación; que todo tiene una mutua correspondencia y una mutua interdependencia. Toda disciplina teológica y todo esfuerzo reflexivo tienen un puesto muy importante en la gran máquina de la doctrina de la Iglesia. Profundizar y desarrollar cada una de estas disciplinas es una muestra de amor a la Iglesia y gesto indiscutible de respeto por la vida de los fieles. No olvidemos que hacer teología (formarse, estudiar, actualizarse) es trabajar y ser responsable de la vida de los demás.