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Pbro. Ramón O. Lara Palma.
Ignacio Ellacuría escribió un minúsculo ensayo sobre la practicidad del
pensamiento filosófico y lo intituló “Filosofía ¿Para qué?”. Su
planteamiento, sagaz y profundo, es una invitación sutil para hacer de la
filosofía una herramienta práctica en la construcción de una nueva sociedad.
Fundamentado en el pensamiento zubiriano, al momento de su brutal asesinato,
Ellacuría comenzaba a poner las bases de una “filosofía de la praxis
histórica”. Tal enfoque filosófico se negaba a quedarse en la “tautológica
redundancia” de las teorías filosóficas, por muy sistemáticas y elaboradas
que fuesen, ya que su producto final solo sirven para adornar los estantes de las
bibliotecas al concretizarse sólo en una cantidad de libros. Por eso es que
Ellacuría preguntaba ¿Para qué la filosofía? ¿Qué puede ofrecernos la
filosofía para no quedarse en mera palabrería o en mera “fraseología”?
Obviamente el que escribe estos breves renglones no posee el bagaje
filosófico ni la profundidad y sagacidad de un pensador de la talla de este
filósofo “mártir de la verdad”. Sin embargo, me atrevo a parafrasear aquel
artículo para que juntos, con usted amable lector, podamos otear el denso y
profundo mar que representa el pensamiento teológico. Por tanto, al igual
que Ellacuría respecto a las ideas filosóficas, nosotros también nos podemos
preguntar ¿Para qué la teología? O si queremos ser más prácticos ¿Para qué
tanta catequesis, tantas reflexiones y doctrinas en la Iglesia?
Es evidente que la teología, como es el caso de la filosofía, no se hace sólo desde un mero esfuerzo racional humano. El mismo término “teología” expresa el límite de esa frontera; hablar de Dios, decir una palabra sobre Dios (θeo - logos), no es posible sólo con la palabra humana. Porque, ¿qué pudiésemos decir sobre Dios sin las palabras que él mismo nos ha revelado? La razón humana sólo llega hasta cierto límite cuando piensa en Dios. Por eso es que el "Dios" de los filósofos es tan variado: cada pensador tiene una versión de Dios. Pensemos por ejemplo en el dios platónico, el dios aristotélico, el dios kantiano, el dios hegeliano, el dios marxiano, el dios nietzcheano, el dios freudiano, etc, etc. Cada pensador ha construido filosóficamente su dios, a la medida de sus ideas. A la teología de los filósofos se le ha dado el nombre de “teología natural”. Pero ¿es esa la Teología? Obviamente no. Ciertamente la Teología utiliza el esfuerzo racional para construir un discurso sobre Dios. Pero a la base de ese discurso está la misma palabra de Dios. Teología es decir una palabra sobre Dios a partir de la Palabra de Dios. Con razón la Optatam Totius cuando aconseja sobre la formación teológica de los futuros sacerdotes aclara que la Sagrada Escritura “debe ser el alma de la teología” (OT, 16). La Teología, por tanto, se hace sólo con el auxilio que Dios nos da mediante su misma Revelación. Por tanto, para alzarse en vuelo hacia las alturas del conocimiento de Dios se necesitan las dos alas: la razón y la fe (Fides et Ratio, 1). Ambas se necesitan y se complementan: la razón sin la fe construye ídolos, la fe sin la razón construye mitos.
Pero nos hemos preguntado por el sentido práctico de la teología ¿Para qué
hacer teología? Ante todo debemos comenzar con la definición de lo que es la
teología. En pocas palabras podemos decir que la teología es la comprensión
plenamente reflexionada de la fe cristiana en todas sus dimensiones, y
especialmente en su relación con la existencia humana. Fe y Vida son
conjugadas en esta definición. La teología es reflexionar sobre la fe para
que esta nos conduzca a la vida plena. Desde aquí podemos entender el por
qué de la importancia de la Sagrada Escritura, ya que en ella encontramos
todo lo que Dios ha dicho para llegar a esa plenitud de vida o existencia
humana. En otras palabras, podemos decir que la teología es el esfuerzo por
comprender más plenamente lo que Dios quiere decirnos en el momento presente
para que podamos llegar a la meta que Él nos ha señalado: la vida divina o
la salvación integral del hombre. Por tanto, la reflexión teológica –llámese
catequesis, doctrina, enseñanza, etc– juega un papel de vital importancia
para nuestra existencia. No es cualquier cosa lo que se pone en juego cuando
se hace teología, es la misma vida la que se mete en discusión cuando se
reflexiona teológicamente. De allí que despreocuparse por “la comprensión
plenamente reflexionada de la fe” es un atentado contra la vida. Las
consecuencias prácticas resaltan inmediatamente: un predicador, un
catequista, un consejero espiritual, en una palabra, un servidor de la
Iglesia, debe preocuparse por profundizar, asimilar y contextualizar
plenamente la fe que comparte o enseña, de lo contrario se hace reo de la
muerte, corporal y espiritual, de sus hermanos. Una persona mal orientada en
la fe, mal formada en su conciencia cristiana, mal acompañada en su
crecimiento espiritual, o se convierte en asesino o lo asesinan. Solo veamos
nuestra triste realidad teñida de tanta sangre y ensombrecida por tanta
muerte. Ha faltado la luz de una fe “plenamente reflexionada”, profundamente
vivida y sabiamente comunicada.
Por ser una cuestión tan vital, la Iglesia desde sus inicios vio con gran estima y particular interés el trabajo reflexivo y
comunicativo de la fe. Desde esos primeros momentos se preocupó por elaborar
un conjunto de recursos reflexivos que integrados correctamente comunicasen
con certeza y plenitud la fe a ella confiada. A ese conjunto de recursos
reflexivos se le conoce como “teologías”. Para comprender la pluralidad del
pensamiento teológico dentro de la Iglesia, podemos recurrir a una imagen
que nos ayudará a entendernos mejor.
Si la teología es ese esfuerzo de la razón humana, que ayudada por la fe va
en búsqueda de esa vida plena, podemos decir que ésta se asemeja a un medio
de transporte terrestre, más específicamente, a un automóvil. Para cumplir
con su función de ser un medio de transporte, todo automóvil debe tener
ciertos componentes que le son indispensables, sin los cuales no sería tal.
Así es el pensar teológico en la Iglesia, que tiene una serie de enfoques y
particularidades que deben ser ensamblados con gran precisión y estricta consonancia, los
cuales constituyen un excelente vehículo de transmisión y comunicación de la
fe. Que un automóvil tiene cuatro ruedas, pues la teología tiene los cuatro
evangelios y todo lo que concierne a los estudios bíblicos-exegéticos. Si
faltan las ruedas el auto no se mueve, faltando la profundización bíblica,
la teología se anquilosa y se desfasa. Que el automóvil necesita del sistema
de dirección para no salirse del carril, la teología tiene el enfoque
pastoral (teología pastoral) que dirige la marcha de la fe de la Iglesia por
el rumbo indicado. Que el automóvil necesita un motor para dinamizar toda la
carrocería, pues la teología tiene todo el magisterio eclesiástico y la gran
Tradición viva que movilizan todo el quehacer teológico. Que un motor sin
gasolina no funciona, así la teología sin el testimonio vivo de los santos y
la espiritualidad (teología espiritual) sería letra muerta. Que un automóvil
sin faroles (alógenos) no sirve para avanzar en la oscuridad, con lo que se
corre el riesgo de terminar volcado o estrellado en cualquier poste, pues lo
mismo la teología necesita de los “alógenos” de la “teología fundamental”
que amplía el panorama de la fe en medio de las oscuridades del pensamiento
secular, y las luces bajas de la “teología dogmática”, que focaliza los
misterios más profundos de la fe. Y claro, un automóvil también necesita de
los frenos, ya que sin ellos terminaría por despeñarse. Pues podemos ver que
para algo sirven los canonistas, aunque se les detesta y se les ve como
inútiles porque pasan sólo poniendo frenos con sus observaciones legales;
pero sin esas observaciones la fe y vida de la Iglesia se disgregaría. ¿Qué
decir de la Teología moral y la Liturgia? Digamos que la moral viene a significar las normas de tránsito que necesita saber el
conductor para llegar con bien a su destino. La liturgia sería el infaltable
“stereo” que alegra el recorrido propiciando el ambiente de fiesta y de
regocijo entre los pasajeros mientras dura la marcha.
Pues bien, con el anterior símil podemos ver que todo el pensamiento teológico de la Iglesia tiene una perfecta articulación; que todo tiene una mutua correspondencia y una mutua interdependencia. Toda disciplina teológica y todo esfuerzo reflexivo tienen un puesto muy importante en la gran máquina de la doctrina de la Iglesia. Profundizar y desarrollar cada una de estas disciplinas es una muestra de amor a la Iglesia y gesto indiscutible de respeto por la vida de los fieles. No olvidemos que hacer teología (formarse, estudiar, actualizarse) es trabajar y ser responsable de la vida de los demás.
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