PERMÍTANME DISENTIR (2)
Pbro. Ramón O. Lara Palma
De Europa, y en general de varios países del llamado primer mundo, ciertamente podemos aprender mucho. Particularmente del viejo continente podemos aprender tantísimo de su cultura, que se caracteriza por la pertinaz búsqueda de la belleza (arte), de la verdad (filosofía) y del bien (derecho). El arte, el pensamiento filosófico y el desarrollo del derecho son sin duda un legado que Europa ha dado a toda la humanidad. Por supuesto que las otras culturas están llamadas a hacer una lectura y asimilación crítica de cómo Europa ve el arte, de cómo hace y propone su pensamiento filosófico y de cómo busca el bien mediante la creación y la aplicación del derecho. En estos términos Europa es rica y mucha de esta su riqueza debemos nosotros saber atesorar, salvadoreños y pueblos del resto del mundo.
Pero Europa, embriagada por las delicias de su riqueza, tomó caminos que aún pudiendo ser deseables y al mismo tiempo inocuos, le han conducido hacia un callejón que parece no tener salida, o si la tiene parece estar muy lejos y muy difícil de arribar. Me detengo en dos de estos aspectos que han conducido a Europa hacia ese callejón cerrado: la libertad y el derecho. Es claro que el genio de la cultura europea (su arte, filosofía y derecho) creó el concepto de libertad individual y el concepto del derecho particular. En verdad ambas creaturas son neutras en sí, no pueden verse como buenas o malas a priori; pero al dejarlas abandonadas así mismas, se han convertido en peligrosas espadas de doble filo que están atentando contra la misma vida de la cultura y sociedad europea. Intentaré explicarme.
La libertad es una propiedad inherente al ser humano. El hombre es en esencia un ser libre. Por tanto, la libertad individual debe ser respetada, tutelada y difundida. Durante mucho tiempo Europa desconoció esa experiencia de la libertad, pero cuando la descubrió (con Descartes, Kant y Hegel, y otros muchos pensadores) quedó embelesada con su descubrimiento. Esa libertad descubierta derivó en “liberalismo” (de corte sociológico, económico, entre otros) y luego en “libertinaje” (moral y social). La libertad, diríamos, es buena en principio, pero mal aplicada y mal conducida acaba con afectar al mismo hombre. Una libertad no guiada correctamente ha terminado con crear una cultura fundada en el egoísmo (utilitarismo, hedonismo, pan sensualismo), en la que se configura una personalidad extremamente individualista y narcisista del sujeto.
De la experiencia de una libertad individual exacerbada fue fácil pasar a una visión del derecho en términos privados e individualistas también. Ciertamente que el descubrimiento y la promulgación de los derechos individuales ha sido un logro de no poca monta para bien de la humanidad. Por supuesto que defender, respetar y difundir los derechos humanos es una gesta inderogable. Sin embargo, pasar a una peligrosa visión fundamentalista del derecho, o de la ley, no es nada saludable. Apelando en modo antojadizo, y guiado por una egoísta y narcisista actitud, los europeos –y general los ciudadanos del llamado primer mundo– han socavado y derruido la riqueza y alcance del derecho. La dictadura de la ley, del derecho, pesa sobre la cultura europea. Hoy se apela al derecho frente a cualquier banalidad: “el derecho a…” (aborto, sexo libre, por ejemplo) es un verdadero dictador, está oprimiendo y acabando con lo verdaderamente valioso de la cultura europea.
Libertad y derecho, para bien o para mal, son hijos de la vieja Europa. El problema es que tales creaturas fueron abandonadas así mismas y no se les hizo acompañar de las que debieron ser sus inseparables nodrizas: la responsabilidad y el deber. No hay verdadera libertad sin responsabilidad y no hay derecho sin que le corresponda un deber. Entre ellos debe haber un vínculo indisoluble, de lo contrario caen en una aberrante perversión. La crisis cultural y existencial de Europa nace precisamente en esa perversión de la libertad convertida den liberalismos y libertinajes, como la perversión del derecho, que ha sido degradado a propuestas ridículas (por ejemplo dar prioridad a los animales antes que a los seres humanos: ¡“Por los derechos de los animales”!), donde se exige “derecho” para todo lo que venga en gana.
De ahí que sea necesario “responder” (responsabilidad) por el uso de la propia libertad, de lo contrario no se tendría derecho a usarla, puesto que existe el “deber” de respetar la libertad del otro. No puedo hacer uso absoluto de mi propia libertad ya que respetar la libertad del otro es para mí un deber. Si yo tengo derecho a algo, el otro debe respetar ese mi derecho, por tanto mi derecho se convierte para el otro en su deber. Y viceversa. La narcisista cultura europea, y del primer mundo en general, apela solo a los derechos individuales, apela solo al uso indiscriminado de la libertad, olvidándose rotundamente de poner en juego el deber y a la responsabilidad. Si esto es lo que se pretendiera emular de la vieja Europa, yo disiento absolutamente.
Pero, ¿Qué fue lo que le pasó a Europa que le hizo separar la libertad de la responsabilidad y el derecho del deber?
Según mi parecer, lo que sucedió fue que el proceso de descristianización de la cultura europea fue consolidándose junto al desarrollo de la conciencia de los “valores” de la libertad individual y el derecho particular. Hay que tener en cuenta, además, que la contraparte de la libertad y el derecho, o sea la responsabilidad y el deber, difícilmente podrían asumirse y encarnarse en modo natural si no es a través de la experiencia religiosa que para Europa era el mensaje de Jesús de Nazareth. Ya que alejarse de del Evangelio, de los valores esenciales que representa, como la caridad sincera y entregada, la gratuidad, la familia como fundamento de la sociedad, imposibilita la asunción de actitudes que requieren un auxilio trascendente, divino. Perdido el sentido de lo trascendente es imposible asumir la responsabilidad y el deber como algo inherente a la cultura.
Por eso sostengo como peligrosa una actitud de simple mimetismo. Los que defienden la libertad a ultranza no reparan en los excesos y descarríos del uso de la libertad. Los que enarbolan la bandera del progresismo y el abandono de todo lo que signifique trascendencia y espiritualidad olvidan que el hombre es un ser religioso por definición. En nuestro país existen quienes promulgan y defienden los “valores” de la libertad y del derecho pero bajo la perspectiva europea y norteamericana. Y esto lo hacen ideólogos tanto de izquierda como los de derecha. Aquellos que pretenden legalizar todo lo imaginable y cubrir con el manto de “derecho humano individual” terminan con imponer por ley lo que es aberrante para la misma dignidad humana. El gran riesgo es caer en la trampa de pensar que todo lo que es legal (o según la ley) es moralmente correcto.
Aquellos que defienden un conservadurismo liberal caen en una evidente hipocresía y en un moralismo simplista. Por un lado defienden todas las libertades posibles, sobre todo aquellas económicas, pero proponen una visión conservadora de la sociedad; además, se olvidan muchas veces cínicamente de los verdaderos derechos del hombre, como la justicia social y demás derechos esenciales del ser humano. Con el afán de defender las libertades apelan a los preceptos morales, que son ciertamente válidos, pero los llevan hacia un blandengue moralismo a conveniencia: aquello que va contra el propio interés se juzga inmoral pero aquello que favorece los intereses personales, aunque sea inmoral cínicamente se consiente y se hace de la vista gorda.
El Salvador está ciertamente en medio de una gran crisis social y cultural. Pero no por ello debemos caer en la trampa de las imitaciones simplistas. ¡Ya basta de compararnos con las “sociedades desarrolladas” y de hacernos pensar que somos subdesarrollados! Estas llamadas sociedades desarrolladas envejecen, están muriendo, están en seria crisis. Basta ver la crisis en la institución familiar: se ha destruido la familia y por tanto el fundamento de la sociedad. ¿De veras quisiéramos imitarles? ¡Sostengo rotundamente que no! Las tasas de suicidios son alarmantes en estas latitudes. Se ha convertido una "sociedad del cansancio" (Byun C. Han) y en una "sociedad de malestar" (A. Ehremberg) . El primer mundo, las sociedades desarrolladas, están perdiendo la alegría, la fiesta, y se hunden en la amargura existencial. Cierto, han cerrado los oídos a la gozosa noticia, el Evangelio ha sido enmudecido.
El reto que tenemos en El Salvador es presentar un cristianismo más dinámico y limpio, sin componendas, más lúcido y creativo. Ofrecer un Evangelio verdaderamente gozoso, transformador y coherente. No podemos dejarnos seducir por los cantos de sirenas de modelos engañosos, obsoletos e inútiles. Los discípulos de Cristo, todos, debemos influir seriamente en la refundación de nuestra sociedad, para que se cimiente en los verdaderos y genuinos valores del más puro humanismo cristiano. Este hoyo en el que hemos caído no es más que el nivel de profundidad desde donde se deben cimentar las sólidas bases para un nuevo El Salvador. La clave está en los verdaderos valores humanos, por lo mismo, cristianos. “¡El problema son los valores…!”. La tarea es descomunal tanto como urgente. Manos a la obra.
Pero Europa, embriagada por las delicias de su riqueza, tomó caminos que aún pudiendo ser deseables y al mismo tiempo inocuos, le han conducido hacia un callejón que parece no tener salida, o si la tiene parece estar muy lejos y muy difícil de arribar. Me detengo en dos de estos aspectos que han conducido a Europa hacia ese callejón cerrado: la libertad y el derecho. Es claro que el genio de la cultura europea (su arte, filosofía y derecho) creó el concepto de libertad individual y el concepto del derecho particular. En verdad ambas creaturas son neutras en sí, no pueden verse como buenas o malas a priori; pero al dejarlas abandonadas así mismas, se han convertido en peligrosas espadas de doble filo que están atentando contra la misma vida de la cultura y sociedad europea. Intentaré explicarme.
La libertad es una propiedad inherente al ser humano. El hombre es en esencia un ser libre. Por tanto, la libertad individual debe ser respetada, tutelada y difundida. Durante mucho tiempo Europa desconoció esa experiencia de la libertad, pero cuando la descubrió (con Descartes, Kant y Hegel, y otros muchos pensadores) quedó embelesada con su descubrimiento. Esa libertad descubierta derivó en “liberalismo” (de corte sociológico, económico, entre otros) y luego en “libertinaje” (moral y social). La libertad, diríamos, es buena en principio, pero mal aplicada y mal conducida acaba con afectar al mismo hombre. Una libertad no guiada correctamente ha terminado con crear una cultura fundada en el egoísmo (utilitarismo, hedonismo, pan sensualismo), en la que se configura una personalidad extremamente individualista y narcisista del sujeto.
De la experiencia de una libertad individual exacerbada fue fácil pasar a una visión del derecho en términos privados e individualistas también. Ciertamente que el descubrimiento y la promulgación de los derechos individuales ha sido un logro de no poca monta para bien de la humanidad. Por supuesto que defender, respetar y difundir los derechos humanos es una gesta inderogable. Sin embargo, pasar a una peligrosa visión fundamentalista del derecho, o de la ley, no es nada saludable. Apelando en modo antojadizo, y guiado por una egoísta y narcisista actitud, los europeos –y general los ciudadanos del llamado primer mundo– han socavado y derruido la riqueza y alcance del derecho. La dictadura de la ley, del derecho, pesa sobre la cultura europea. Hoy se apela al derecho frente a cualquier banalidad: “el derecho a…” (aborto, sexo libre, por ejemplo) es un verdadero dictador, está oprimiendo y acabando con lo verdaderamente valioso de la cultura europea.
Libertad y derecho, para bien o para mal, son hijos de la vieja Europa. El problema es que tales creaturas fueron abandonadas así mismas y no se les hizo acompañar de las que debieron ser sus inseparables nodrizas: la responsabilidad y el deber. No hay verdadera libertad sin responsabilidad y no hay derecho sin que le corresponda un deber. Entre ellos debe haber un vínculo indisoluble, de lo contrario caen en una aberrante perversión. La crisis cultural y existencial de Europa nace precisamente en esa perversión de la libertad convertida den liberalismos y libertinajes, como la perversión del derecho, que ha sido degradado a propuestas ridículas (por ejemplo dar prioridad a los animales antes que a los seres humanos: ¡“Por los derechos de los animales”!), donde se exige “derecho” para todo lo que venga en gana.
De ahí que sea necesario “responder” (responsabilidad) por el uso de la propia libertad, de lo contrario no se tendría derecho a usarla, puesto que existe el “deber” de respetar la libertad del otro. No puedo hacer uso absoluto de mi propia libertad ya que respetar la libertad del otro es para mí un deber. Si yo tengo derecho a algo, el otro debe respetar ese mi derecho, por tanto mi derecho se convierte para el otro en su deber. Y viceversa. La narcisista cultura europea, y del primer mundo en general, apela solo a los derechos individuales, apela solo al uso indiscriminado de la libertad, olvidándose rotundamente de poner en juego el deber y a la responsabilidad. Si esto es lo que se pretendiera emular de la vieja Europa, yo disiento absolutamente.
Pero, ¿Qué fue lo que le pasó a Europa que le hizo separar la libertad de la responsabilidad y el derecho del deber?
Según mi parecer, lo que sucedió fue que el proceso de descristianización de la cultura europea fue consolidándose junto al desarrollo de la conciencia de los “valores” de la libertad individual y el derecho particular. Hay que tener en cuenta, además, que la contraparte de la libertad y el derecho, o sea la responsabilidad y el deber, difícilmente podrían asumirse y encarnarse en modo natural si no es a través de la experiencia religiosa que para Europa era el mensaje de Jesús de Nazareth. Ya que alejarse de del Evangelio, de los valores esenciales que representa, como la caridad sincera y entregada, la gratuidad, la familia como fundamento de la sociedad, imposibilita la asunción de actitudes que requieren un auxilio trascendente, divino. Perdido el sentido de lo trascendente es imposible asumir la responsabilidad y el deber como algo inherente a la cultura.
Por eso sostengo como peligrosa una actitud de simple mimetismo. Los que defienden la libertad a ultranza no reparan en los excesos y descarríos del uso de la libertad. Los que enarbolan la bandera del progresismo y el abandono de todo lo que signifique trascendencia y espiritualidad olvidan que el hombre es un ser religioso por definición. En nuestro país existen quienes promulgan y defienden los “valores” de la libertad y del derecho pero bajo la perspectiva europea y norteamericana. Y esto lo hacen ideólogos tanto de izquierda como los de derecha. Aquellos que pretenden legalizar todo lo imaginable y cubrir con el manto de “derecho humano individual” terminan con imponer por ley lo que es aberrante para la misma dignidad humana. El gran riesgo es caer en la trampa de pensar que todo lo que es legal (o según la ley) es moralmente correcto.
Aquellos que defienden un conservadurismo liberal caen en una evidente hipocresía y en un moralismo simplista. Por un lado defienden todas las libertades posibles, sobre todo aquellas económicas, pero proponen una visión conservadora de la sociedad; además, se olvidan muchas veces cínicamente de los verdaderos derechos del hombre, como la justicia social y demás derechos esenciales del ser humano. Con el afán de defender las libertades apelan a los preceptos morales, que son ciertamente válidos, pero los llevan hacia un blandengue moralismo a conveniencia: aquello que va contra el propio interés se juzga inmoral pero aquello que favorece los intereses personales, aunque sea inmoral cínicamente se consiente y se hace de la vista gorda.
El Salvador está ciertamente en medio de una gran crisis social y cultural. Pero no por ello debemos caer en la trampa de las imitaciones simplistas. ¡Ya basta de compararnos con las “sociedades desarrolladas” y de hacernos pensar que somos subdesarrollados! Estas llamadas sociedades desarrolladas envejecen, están muriendo, están en seria crisis. Basta ver la crisis en la institución familiar: se ha destruido la familia y por tanto el fundamento de la sociedad. ¿De veras quisiéramos imitarles? ¡Sostengo rotundamente que no! Las tasas de suicidios son alarmantes en estas latitudes. Se ha convertido una "sociedad del cansancio" (Byun C. Han) y en una "sociedad de malestar" (A. Ehremberg) . El primer mundo, las sociedades desarrolladas, están perdiendo la alegría, la fiesta, y se hunden en la amargura existencial. Cierto, han cerrado los oídos a la gozosa noticia, el Evangelio ha sido enmudecido.
El reto que tenemos en El Salvador es presentar un cristianismo más dinámico y limpio, sin componendas, más lúcido y creativo. Ofrecer un Evangelio verdaderamente gozoso, transformador y coherente. No podemos dejarnos seducir por los cantos de sirenas de modelos engañosos, obsoletos e inútiles. Los discípulos de Cristo, todos, debemos influir seriamente en la refundación de nuestra sociedad, para que se cimiente en los verdaderos y genuinos valores del más puro humanismo cristiano. Este hoyo en el que hemos caído no es más que el nivel de profundidad desde donde se deben cimentar las sólidas bases para un nuevo El Salvador. La clave está en los verdaderos valores humanos, por lo mismo, cristianos. “¡El problema son los valores…!”. La tarea es descomunal tanto como urgente. Manos a la obra.

