Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

miércoles, 30 de junio de 2010

BUSCANDO PARADIGMAS 2


PERMÍTANME DISENTIR (2)

Pbro. Ramón O. Lara Palma

De Europa, y en general de varios países del llamado primer mundo, ciertamente podemos aprender mucho. Particularmente del viejo continente podemos aprender tantísimo de su cultura, que se caracteriza por la pertinaz búsqueda de la belleza (arte), de la verdad (filosofía) y del bien (derecho). El arte, el pensamiento filosófico y el desarrollo del derecho son sin duda un legado que Europa ha dado a toda la humanidad. Por supuesto que las otras culturas están llamadas a hacer una lectura y asimilación crítica de cómo Europa ve el arte, de cómo hace y propone su pensamiento filosófico y de cómo busca el bien mediante la creación y la aplicación del derecho. En estos términos Europa es rica y mucha de esta su riqueza debemos nosotros saber atesorar, salvadoreños y pueblos del resto del mundo.

Pero Europa, embriagada por las delicias de su riqueza, tomó caminos que aún pudiendo ser deseables y al mismo tiempo inocuos, le han conducido hacia un callejón que parece no tener salida, o si la tiene parece estar muy lejos y muy difícil de arribar. Me detengo en dos de estos aspectos que han conducido a Europa hacia ese callejón cerrado: la libertad y el derecho. Es claro que el genio de la cultura europea (su arte, filosofía y derecho) creó el concepto de libertad individual y el concepto del derecho particular. En verdad ambas creaturas son neutras en sí, no pueden verse como buenas o malas a priori; pero al dejarlas abandonadas así mismas, se han convertido en peligrosas espadas de doble filo que están atentando contra la misma vida de la cultura y sociedad europea. Intentaré explicarme.

La libertad es una propiedad inherente al ser humano. El hombre es en esencia un ser libre. Por tanto, la libertad individual debe ser respetada, tutelada y difundida. Durante mucho tiempo Europa desconoció esa experiencia de la libertad, pero cuando la descubrió (con Descartes, Kant y Hegel, y otros muchos pensadores) quedó embelesada con su descubrimiento. Esa libertad descubierta derivó en “liberalismo” (de corte sociológico, económico, entre otros) y luego en “libertinaje” (moral y social). La libertad, diríamos, es buena en principio, pero mal aplicada y mal conducida acaba con afectar al mismo hombre. Una libertad no guiada correctamente ha terminado con crear una cultura fundada en el egoísmo (utilitarismo, hedonismo, pan sensualismo), en la que se configura una personalidad extremamente individualista y narcisista del sujeto.

De la experiencia de una libertad individual exacerbada fue fácil pasar a una visión del derecho en términos privados e individualistas también. Ciertamente que el descubrimiento y la promulgación de los derechos individuales ha sido un logro de no poca monta para bien de la humanidad. Por supuesto que defender, respetar y difundir los derechos humanos es una gesta inderogable. Sin embargo, pasar a una peligrosa visión fundamentalista del derecho, o de la ley, no es nada saludable. Apelando en modo antojadizo, y guiado por una egoísta y narcisista actitud, los europeos –y general los ciudadanos del llamado primer mundo– han socavado y derruido la riqueza y alcance del derecho. La dictadura de la ley, del derecho, pesa sobre la cultura europea. Hoy se apela al derecho frente a cualquier banalidad: “el derecho a…” (aborto, sexo libre, por ejemplo) es un verdadero dictador, está oprimiendo y acabando con lo verdaderamente valioso de la cultura europea.

Libertad y derecho, para bien o para mal, son hijos de la vieja Europa. El problema es que tales creaturas fueron abandonadas así mismas y no se les hizo acompañar de las que debieron ser sus inseparables nodrizas: la responsabilidad y el deber. No hay verdadera libertad sin responsabilidad y no hay derecho sin que le corresponda un deber. Entre ellos debe haber un vínculo indisoluble, de lo contrario caen en una aberrante perversión. La crisis cultural y existencial de Europa nace precisamente en esa perversión de la libertad convertida den liberalismos y libertinajes, como la perversión del derecho, que ha sido degradado a propuestas ridículas (por ejemplo dar prioridad a los animales antes que a los seres humanos: ¡“Por los derechos de los animales”!), donde se exige “derecho” para todo lo que venga en gana.

De ahí que sea necesario “responder” (responsabilidad) por el uso de la propia libertad, de lo contrario no se tendría derecho a usarla, puesto que existe el “deber” de respetar la libertad del otro. No puedo hacer uso absoluto de mi propia libertad ya que respetar la libertad del otro es para mí un deber. Si yo tengo derecho a algo, el otro debe respetar ese mi derecho, por tanto mi derecho se convierte para el otro en su deber. Y viceversa. La narcisista cultura europea, y del primer mundo en general, apela solo a los derechos individuales, apela solo al uso indiscriminado de la libertad, olvidándose rotundamente de poner en juego el deber y a la responsabilidad. Si esto es lo que se pretendiera emular de la vieja Europa, yo disiento absolutamente.

Pero, ¿Qué fue lo que le pasó a Europa que le hizo separar la libertad de la responsabilidad y el derecho del deber?

Según mi parecer, lo que sucedió fue que el proceso de descristianización de la cultura europea fue consolidándose junto al desarrollo de la conciencia de los “valores” de la libertad individual y el derecho particular. Hay que tener en cuenta, además, que la contraparte de la libertad y el derecho, o sea la responsabilidad y el deber, difícilmente podrían asumirse y encarnarse en modo natural si no es a través de la experiencia religiosa que para Europa era el mensaje de Jesús de Nazareth. Ya que alejarse de del Evangelio, de los valores esenciales que representa, como la caridad sincera y entregada, la gratuidad, la familia como fundamento de la sociedad, imposibilita la asunción de actitudes que requieren un auxilio trascendente, divino. Perdido el sentido de lo trascendente es imposible asumir la responsabilidad y el deber como algo inherente a la cultura.

Por eso sostengo como peligrosa una actitud de simple mimetismo. Los que defienden la libertad a ultranza no reparan en los excesos y descarríos del uso de la libertad. Los que enarbolan la bandera del progresismo y el abandono de todo lo que signifique trascendencia y espiritualidad olvidan que el hombre es un ser religioso por definición. En nuestro país existen quienes promulgan y defienden los “valores” de la libertad y del derecho pero bajo la perspectiva europea y norteamericana. Y esto lo hacen ideólogos tanto de izquierda como los de derecha. Aquellos que pretenden legalizar todo lo imaginable y cubrir con el manto de “derecho humano individual” terminan con imponer por ley lo que es aberrante para la misma dignidad humana. El gran riesgo es caer en la trampa de pensar que todo lo que es legal (o según la ley) es moralmente correcto.

Aquellos que defienden un conservadurismo liberal caen en una evidente hipocresía y en un moralismo simplista. Por un lado defienden todas las libertades posibles, sobre todo aquellas económicas, pero proponen una visión conservadora de la sociedad; además, se olvidan muchas veces cínicamente de los verdaderos derechos del hombre, como la justicia social y demás derechos esenciales del ser humano. Con el afán de defender las libertades apelan a los preceptos morales, que son ciertamente válidos, pero los llevan hacia un blandengue moralismo a conveniencia: aquello que va contra el propio interés se juzga inmoral pero aquello que favorece los intereses personales, aunque sea inmoral cínicamente se consiente y se hace de la vista gorda.

El Salvador está ciertamente en medio de una gran crisis social y cultural. Pero no por ello debemos caer en la trampa de las imitaciones simplistas. ¡Ya basta de compararnos con las “sociedades desarrolladas” y de hacernos pensar que somos subdesarrollados! Estas llamadas sociedades desarrolladas envejecen, están muriendo, están en seria crisis. Basta ver la crisis en la institución familiar: se ha destruido la familia y por tanto el fundamento de la sociedad. ¿De veras quisiéramos imitarles? ¡Sostengo rotundamente que no! Las tasas de suicidios son alarmantes en estas latitudes. Se ha convertido una "sociedad del cansancio" (Byun C. Han) y en una "sociedad de malestar" (A. Ehremberg) . El primer mundo, las sociedades desarrolladas, están perdiendo la alegría, la fiesta, y se hunden en la amargura existencial. Cierto, han cerrado los oídos a la gozosa noticia, el Evangelio ha sido enmudecido.

El reto que tenemos en El Salvador es presentar un cristianismo más dinámico y limpio, sin componendas, más lúcido y creativo. Ofrecer un Evangelio verdaderamente gozoso, transformador y coherente. No podemos dejarnos seducir por los cantos de sirenas de modelos engañosos, obsoletos e inútiles. Los discípulos de Cristo, todos, debemos influir seriamente en la refundación de nuestra sociedad, para que se cimiente en los verdaderos y genuinos valores del más puro humanismo cristiano. Este hoyo en el que hemos caído no es más que el nivel de profundidad desde donde se deben cimentar las sólidas bases para un nuevo El Salvador. La clave está en los verdaderos valores humanos, por lo mismo, cristianos. “¡El problema son los valores…!”. La tarea es descomunal tanto como urgente. Manos a la obra.

jueves, 24 de junio de 2010

BUSCANDO PARADIGMAS


PERMÍTANME DISENTIR


Pbro. Ramón O. Lara Palma

La vieja Europa está pasando un momento crucial en su desarrollo socio cultural. Sin embargo, con muchísimo respeto me siento obligado a decir que este noble continente, con su variopinta idiosincrasia, ha perdido la brújula en su caminar histórico. Parece que la vieja Europa ha perdido el rumbo, no sabe hacia dónde quiere ir y por tanto no sabe cómo avanzar. El tren de la historia es imparable y los pueblos deben estar siempre en camino, tener una dirección, un objetivo por alcanzar. La vieja Europa parece no tenerlo.

Oteando el devenir de este extraordinario pueblo (déjenme hablar de Europa como si fuera una identidad única, lo cual no es cierto, pero me doy esta licencia) puedo captar que la conciencia de la Europa se está perdiendo. Si un pueblo no es consciente de su identidad pierde también su alma, su vida. La historia demuestra que para bien o para mal Europa nació, se desarrolló y tomó identidad fundamentalmente en torno a la fe cristiana. Con razón el entonces Cardenal Ratzinger hablaba de la “innegable conciencia cristiana de Europa”.

Lastimosamente, y los cristianos debemos admitir esto con humildad, el cristianismo que configuró Europa estuvo en muchos aspectos contaminado, no fue del todo puro, estuvo en muchos aspectos mancillado con los vicios que son propios del poder y de las veleidades mundanas. Por eso al hablar de una Europa cristiana lo debemos hacer con cierta reserva: un papado convertido en poder imperial, un mundo cardenalicio y episcopal casado con el poder político y económico, e identificado con una vida palaciega y principesca, desdicen del mensaje evangélico proclamado por el Maestro de Nazareth.

Revisar la historia de cada pueblo, fijarse brevemente en el arte pictórico, escultórico y arquitectónico, por mencionar algunos aspectos, nos demuestran el grado de poder –en todos los sentidos– que detentaron los jerarcas de la Iglesia durante muchísimos siglos. Es normal, en cierto modo, la reacción furibunda que desencadenó el iluminismo francés y el posterior modernismo europeo. Identificado el cristianismo con los excesos del poder temporal detentado por los jerarcas eclesiásticos, la Europa optó por renegar de todo lo que sonara cristiano. A partir del iluminismo, Europa entró en un decidido camino de "descristianización".

El proceso de descristianización ha sido lento, pero muy efectivo. Lo iniciado por el iluminismo y el sin número de pensadores y escuelas de pensamiento concomitantes a éste fueron socavando las bases cristianas de la cultura Europea. El objetivo de liberarse del “poder de la fe” implicó también erradicar los valores fundamentales, profundamente humanos y por lo mismo cristianos, sobre los cuales se había fundamentado la Europa. Sin duda que el siglo XX ha sido testigo de la última etapa de descristianización europea. Los últimos decenios de tal siglo dieron inicio a la llamada Europa post cristiana.

Me pregunto, ¿Ha sido un salto de calidad para la Europa desterrar de su cultura el cristianismo? (claro que estoy generalizando, pues el cristianismo en Europa no está desterrado, y será difícil que lo esté, pero la pregunta la sostengo válida). Por lo que someramente puedo ver, diría que no. Una Unión Europea que elabora una Carta Constitucional casi anticristiana, una sociedad que influenciada por tantas y tan variadas líneas de pensamiento anticristianas abandona los más elementales valores humanos, hacen ver que la Europa post cristiana, social y culturalmente, está en crisis de identidad y en crisis existencial.

Repito, si no sabes quién eres no sabes que quieres y por tanto no sabes a donde quieres llegar. ¿Qué es la Europa hoy, al inicio de la segunda década del siglo XXI? ¿Hacia dónde se encamina Europa? Muchos intentos de respuesta se podrán dar, pero difícilmente se llegará a una definición precisa y comúnmente aceptada. Pero sobre todo la pregunta que es más apremiante responder es ¿Cómo vive la Europa de hoy? ¿Es este el ideal de vida que el europeo merece y que realmente desea? ¡Con todo respeto a los ciudadanos europeos me atrevo a responder que definitivamente esta existencia europea no es la que se merecen los europeos! Europa no sólo es el viejo continente por su larga historia, Europa literalmente envejeció y se olvidó de reír y de bailar.

Europa es, en general, económicamente rica, pero no es feliz. Tiene de todo menos el sentido de fiesta. Es refinada, artísticamente regia, temperamentalmente precisa, y tantísimas otras cualidades que resplandecen en el genio europeo, pero la Europa no parece disfrutar y celebrar ese genio y esa riqueza. La sociedad europea parece estar entrando en el gris mundo de la amargura existencial. La riqueza económica e histórica está en evidente contraste con la miseria y amargura existencial en que vive el ciudadano europeo. Revelarse contra la estructura que debía portar una “alegre noticia” hizo a la Europa rechazar también el mensaje gozoso. Europa sin el Evangelio ha perdido también la alegría.

Nosotros los salvadoreños, ¿De veras quisiéramos vivir como los europeos, como algunos articulistas y editorialistas en ciertos rotativos nacionales pregonan? ¡Permítanme disentir en eso! ¡Por supuesto que no podemos permitir que continúe la violencia en la que nos hemos acostumbrado a vivir como la que vivimos. Tristemente hemos entrado a una etapa amorfa en cuanto a los ideales patrios a perseguir. Nos hemos conformado con lo mínimo que un sistema puede ofrecer. El peligro del autoritarismo de hoy son réplicas de las dictaduras del pasado. El populismo siempre trae sus grandes costos. Pero aún así no creo que el modelo social europeo –y norteamericano también– sea el paradigma para nuestra sociedad. Veamos algunas razones.

miércoles, 16 de junio de 2010

ETICA Y POLITICA




CARITAS IN VERITATE Y LA POLÍTICA

Pbro. Ramón O. Lara Palma

Hace algunos meses escribí una reflexión sobre la enseñanza económica que ofrece la Rerum Novarum del siglo XXI, o sea la encíclica Caritas in Veritate de Benedicto XVI. Ahora me gustaría hacer una breve reflexión en torno a la enseñanza política que este magno documento ofrece. Después de haber celebrado la clausura del año sacerdotal y de haber pasado una rigurosa etapa de verificación académica, curiosamente me viene la inspiración para escribir sobre esta temática, sobre todo pensando en mi querido pueblo que necesita políticos, en el sentido genuino de la palabra, que hagan política verdadera.

Digo que esta encíclica social del Papa Benedicto es la Rerum Novarum del siglo XXI porque es y será el documento que servirá como un mojón referencial en cuanto a la doctrina social de la Iglesia para los tiempos venideros. Si el documento del Papa León XIII abrió el camino para que la enseñanza de la Iglesia tratara el tema de la Quaestionis Socialis como algo fundamental en todo su aparato doctrinal, la Caritas in Veritate pone la enseñanza social de la Iglesia en el corazón de la realidad socio-económico-política, desde la perspectiva ético-moral y técnico-racional, como una exigencia imprescindible de éstas realidades, tal y como lo requiere este momento histórico.

Está claro que Benedicto XVI establece una íntima relación entre economía y ética: la economía y las finanzas tienen una “naturaleza ética intrínseca”. Además, el Papa advierte del peligro de idolatrar el capital y las ganancias y propone más bien ver a la “persona humana como el auténtico capital” que un país pueda tener. A partir de estas ideas económicas se desprende la visión política que el Papa ofrece: la economía no puede separarse de la política puesto que esta tiene la tarea de distribuir en modo justo/ético los frutos del dinamismo económico. En otras palabras, el Papa aboga por una economía que tenga rostro humano en la que entra en juego la necesaria función política, entendida ésta como la labor (virtud) que tiene como fin último la consecución del bien común.

Para comprender mejor la postura del Papa detengamos un momento en las principales corrientes ideológicas que han dominado el mundo económico y político en los dos últimos siglos: el liberalismo (capitalismo) y el socialismo, o como es más conocido para nosotros en El Salvador, el pensamiento de derecha y el pensamiento de izquierda. Soy consciente de que la simplificación que hago de estos términos es grande y por lo mismo reductiva, puesto que hablar de liberalismo y socialismo implica tomar en cuenta tantísimos aspectos que yo no atenderé.

Con el término liberalismo quiero dar a entender al conjunto de doctrinas económicas y políticas que defienden la no intromisión del Estado o de los colectivos en la conducta privada de los ciudadanos y en sus relaciones sociales, existiendo plena libertad de expresión y religiosas, así como los diferentes tipos de relaciones sociales consentidas, morales, etc. En términos económicos defiende la no intromisión del Estado en las relaciones mercantiles entre los ciudadanos, impulsando la reducción de impuestos a su mínima expresión y eliminando cualquier regulación sobre comercio, producción, etc. Por socialismo se entiende al orden socioeconómico basado en la posesión pública de los medios de producción, el control colectivo y planificado de la economía por parte de la sociedad como un todo. El liberalismo económico y social ha sido abanderado por la llamada derecha política y el socialismo ha sido abanderado por izquierda política.

Tal nominación –derecha - izquierda– viene de la ubicación que ocupaban los jacobinos en la asamblea nacional instaurada durante la revolución francesa. Ellos, asambleístas sentados en los banquillos del lado izquierdo de salón del parlamento, respaldaban medidas que favorecieran a las clases más pobres de la sociedad. Esa bandera reivindicativa de la justicia social, que luego tomaría forma más orgánica con la teoría de Karl Marx, da origen a la simbiosis socialismo-izquierdismo. Por su parte, el liberalismo, que propugnaba la reivindicación de las libertades individuales, de la no intervención del estado, de la acumulación del capital en manos privadas (capitalismo), fue identificado con los asambleístas que se sentaban al lado derecho de la asamblea, por tanto, derechistas.

Además, a nivel ideológico se identifica a la izquierda con el pensamiento progresista que defiende una sociedad aconfesional o laica, igualitaria e intercultural; en cambio a la derecha se le identifica con la defensa de los intereses netamente individuales (privados) y a una visión tradicional de la sociedad, así como la identificación con las clases poderosas y detentoras del capital. Claro que todo esto resulta muy simplista, porque con el paso de los años estas corrientes ideológicas se fueron intercalando y creando un gran espectro ideológico con diversos matices: derecha radical, derecha moderada, centro derecha, centro, centro izquierda, izquierda, izquierda radical. A según como se asuman los principios ideológicos es que un movimiento político puede colocarse en un determinado lugar de ese espectro. Los extremos toman el mote de radicales: derecha radical – izquierda radical, y entre ellos están los llamados centristas.

Algo que también resumen lo explicado en los anteriores párrafos es el binomio socialismo–capitalismo. Que también tienen tantos matices: socialismo marxista (con las derivaciones comunistas de diverso tipo: leninismo, estalinismo, maoísmo, castrismo, etc.), socialismo democrático, socialismo de mercado y el últimamente llamado socialismo del siglo XXI; capitalismo liberal, capitalismo neoliberal, economía social de mercado, etc. Frente a este confuso panorama político económico ¿Dónde se ubica la propuesta del Papa?

En primer lugar hay que afirmar que el Papa reconoce la íntima conexión que tiene una visión económica con la esfera política y por lo tanto con la esfera social. Un modelo económico determina el modelo político e influye en el entramado social. Y es justamente por esto que el Papa defiende una necesaria implicación del estamento político frente al estamento económico. El Papa reconoce, con extraordinario realismo, las bondades y los límites que los distintos modelos económicos puedan tener. Bajo ese realismo advierte el riesgo de una idolatría del mercado como la idolatría del estado. El mercado con su capital debe ser guiado por la política (Estado) para llegar a un “orden económico-productivo socialmente responsable y a la medida del hombre”. En otras palabras, la política tiene la noble misión de humanizar la economía. Pero tampoco la política se puede convertir en obstáculo a la iniciativa emprendedora que busca desplegar toda su creatividad en búsqueda de satisfacer las necesidades de las personas, y por tanto que busca el bien común.

De lo anterior se deriva el segundo aspecto que el Papa resalta en la relación economía y política: el rol del derecho y de la justicia. El Papa aboga por crear verdaderos “Estados de derecho”, donde el respeto a la ley, que es creada en función de la justicia, debe prevalecer sobre cualquier otro interés. Si las leyes de un Estado están orientadas hacia la consecución del bien común, entonces nada se debe oponer al estricto cumplimiento de esas normas, sobre todo si atenta contra la justicia social y se busca la prevalencia de intereses particulares y egoístas. Pero a la par de una sólida estructura legal el Papa también apela a la actitud ética que debe cernirse sobre el terreno político. Si la política se aparta de los principios éticos sucumbirá en las más grandes aberraciones y contradicciones que se puedan imaginar. Si fuese así, la política pierde su identidad y razón de ser, no sabrá guiar sabiamente la economía y afectará profundamente al conglomerado social.

Con otras palabras, el Papa invita a la política a guiar la economía por los senderos humanos (no sólo técnicos y lucrativos), para lo que necesitará de un sano aparataje legal que junto a una arraigada actitud ética defienda los intereses de todos, o más bien, defienda el bien común. Los verdaderos políticos son aquellos que se apegan al marco legal no por oportunismo sino por convicción a sus principios éticos. Con razón afirma el Papa que “la articulación –ética– de la autoridad política a nivel local, nacional e internacional es, sin duda, una de las vías maestras para estar en grado de orientar la globalización económica” hacia el bien común.

¿Cuáles podrán ser los mejores políticos: los de izquierda o los de derecha? Obviamente que el político que más necesita El Salvador, independientemente que sea de izquierda o de derecha, es el que encarne y practique los más elevados principios éticos. En tal caso, parece que debemos mandarlos a hacer a Ilobasco.