
PERMÍTANME DISENTIR
Pbro. Ramón O. Lara Palma
La vieja Europa está pasando un momento crucial en su desarrollo socio cultural. Sin embargo, con muchísimo respeto me siento obligado a decir que este noble continente, con su variopinta idiosincrasia, ha perdido la brújula en su caminar histórico. Parece que la vieja Europa ha perdido el rumbo, no sabe hacia dónde quiere ir y por tanto no sabe cómo avanzar. El tren de la historia es imparable y los pueblos deben estar siempre en camino, tener una dirección, un objetivo por alcanzar. La vieja Europa parece no tenerlo.
Oteando el devenir de este extraordinario pueblo (déjenme hablar de Europa como si fuera una identidad única, lo cual no es cierto, pero me doy esta licencia) puedo captar que la conciencia de la Europa se está perdiendo. Si un pueblo no es consciente de su identidad pierde también su alma, su vida. La historia demuestra que para bien o para mal Europa nació, se desarrolló y tomó identidad fundamentalmente en torno a la fe cristiana. Con razón el entonces Cardenal Ratzinger hablaba de la “innegable conciencia cristiana de Europa”.
Lastimosamente, y los cristianos debemos admitir esto con humildad, el cristianismo que configuró Europa estuvo en muchos aspectos contaminado, no fue del todo puro, estuvo en muchos aspectos mancillado con los vicios que son propios del poder y de las veleidades mundanas. Por eso al hablar de una Europa cristiana lo debemos hacer con cierta reserva: un papado convertido en poder imperial, un mundo cardenalicio y episcopal casado con el poder político y económico, e identificado con una vida palaciega y principesca, desdicen del mensaje evangélico proclamado por el Maestro de Nazareth.
Revisar la historia de cada pueblo, fijarse brevemente en el arte pictórico, escultórico y arquitectónico, por mencionar algunos aspectos, nos demuestran el grado de poder –en todos los sentidos– que detentaron los jerarcas de la Iglesia durante muchísimos siglos. Es normal, en cierto modo, la reacción furibunda que desencadenó el iluminismo francés y el posterior modernismo europeo. Identificado el cristianismo con los excesos del poder temporal detentado por los jerarcas eclesiásticos, la Europa optó por renegar de todo lo que sonara cristiano. A partir del iluminismo, Europa entró en un decidido camino de "descristianización".
El proceso de descristianización ha sido lento, pero muy efectivo. Lo iniciado por el iluminismo y el sin número de pensadores y escuelas de pensamiento concomitantes a éste fueron socavando las bases cristianas de la cultura Europea. El objetivo de liberarse del “poder de la fe” implicó también erradicar los valores fundamentales, profundamente humanos y por lo mismo cristianos, sobre los cuales se había fundamentado la Europa. Sin duda que el siglo XX ha sido testigo de la última etapa de descristianización europea. Los últimos decenios de tal siglo dieron inicio a la llamada Europa post cristiana.
Me pregunto, ¿Ha sido un salto de calidad para la Europa desterrar de su cultura el cristianismo? (claro que estoy generalizando, pues el cristianismo en Europa no está desterrado, y será difícil que lo esté, pero la pregunta la sostengo válida). Por lo que someramente puedo ver, diría que no. Una Unión Europea que elabora una Carta Constitucional casi anticristiana, una sociedad que influenciada por tantas y tan variadas líneas de pensamiento anticristianas abandona los más elementales valores humanos, hacen ver que la Europa post cristiana, social y culturalmente, está en crisis de identidad y en crisis existencial.
Repito, si no sabes quién eres no sabes que quieres y por tanto no sabes a donde quieres llegar. ¿Qué es la Europa hoy, al inicio de la segunda década del siglo XXI? ¿Hacia dónde se encamina Europa? Muchos intentos de respuesta se podrán dar, pero difícilmente se llegará a una definición precisa y comúnmente aceptada. Pero sobre todo la pregunta que es más apremiante responder es ¿Cómo vive la Europa de hoy? ¿Es este el ideal de vida que el europeo merece y que realmente desea? ¡Con todo respeto a los ciudadanos europeos me atrevo a responder que definitivamente esta existencia europea no es la que se merecen los europeos! Europa no sólo es el viejo continente por su larga historia, Europa literalmente envejeció y se olvidó de reír y de bailar.
Europa es, en general, económicamente rica, pero no es feliz. Tiene de todo menos el sentido de fiesta. Es refinada, artísticamente regia, temperamentalmente precisa, y tantísimas otras cualidades que resplandecen en el genio europeo, pero la Europa no parece disfrutar y celebrar ese genio y esa riqueza. La sociedad europea parece estar entrando en el gris mundo de la amargura existencial. La riqueza económica e histórica está en evidente contraste con la miseria y amargura existencial en que vive el ciudadano europeo. Revelarse contra la estructura que debía portar una “alegre noticia” hizo a la Europa rechazar también el mensaje gozoso. Europa sin el Evangelio ha perdido también la alegría.
Nosotros los salvadoreños, ¿De veras quisiéramos vivir como los europeos, como algunos articulistas y editorialistas en ciertos rotativos nacionales pregonan? ¡Permítanme disentir en eso! ¡Por supuesto que no podemos permitir que continúe la violencia en la que nos hemos acostumbrado a vivir como la que vivimos. Tristemente hemos entrado a una etapa amorfa en cuanto a los ideales patrios a perseguir. Nos hemos conformado con lo mínimo que un sistema puede ofrecer. El peligro del autoritarismo de hoy son réplicas de las dictaduras del pasado. El populismo siempre trae sus grandes costos. Pero aún así no creo que el modelo social europeo –y norteamericano también– sea el paradigma para nuestra sociedad. Veamos algunas razones.
Oteando el devenir de este extraordinario pueblo (déjenme hablar de Europa como si fuera una identidad única, lo cual no es cierto, pero me doy esta licencia) puedo captar que la conciencia de la Europa se está perdiendo. Si un pueblo no es consciente de su identidad pierde también su alma, su vida. La historia demuestra que para bien o para mal Europa nació, se desarrolló y tomó identidad fundamentalmente en torno a la fe cristiana. Con razón el entonces Cardenal Ratzinger hablaba de la “innegable conciencia cristiana de Europa”.
Lastimosamente, y los cristianos debemos admitir esto con humildad, el cristianismo que configuró Europa estuvo en muchos aspectos contaminado, no fue del todo puro, estuvo en muchos aspectos mancillado con los vicios que son propios del poder y de las veleidades mundanas. Por eso al hablar de una Europa cristiana lo debemos hacer con cierta reserva: un papado convertido en poder imperial, un mundo cardenalicio y episcopal casado con el poder político y económico, e identificado con una vida palaciega y principesca, desdicen del mensaje evangélico proclamado por el Maestro de Nazareth.
Revisar la historia de cada pueblo, fijarse brevemente en el arte pictórico, escultórico y arquitectónico, por mencionar algunos aspectos, nos demuestran el grado de poder –en todos los sentidos– que detentaron los jerarcas de la Iglesia durante muchísimos siglos. Es normal, en cierto modo, la reacción furibunda que desencadenó el iluminismo francés y el posterior modernismo europeo. Identificado el cristianismo con los excesos del poder temporal detentado por los jerarcas eclesiásticos, la Europa optó por renegar de todo lo que sonara cristiano. A partir del iluminismo, Europa entró en un decidido camino de "descristianización".
El proceso de descristianización ha sido lento, pero muy efectivo. Lo iniciado por el iluminismo y el sin número de pensadores y escuelas de pensamiento concomitantes a éste fueron socavando las bases cristianas de la cultura Europea. El objetivo de liberarse del “poder de la fe” implicó también erradicar los valores fundamentales, profundamente humanos y por lo mismo cristianos, sobre los cuales se había fundamentado la Europa. Sin duda que el siglo XX ha sido testigo de la última etapa de descristianización europea. Los últimos decenios de tal siglo dieron inicio a la llamada Europa post cristiana.
Me pregunto, ¿Ha sido un salto de calidad para la Europa desterrar de su cultura el cristianismo? (claro que estoy generalizando, pues el cristianismo en Europa no está desterrado, y será difícil que lo esté, pero la pregunta la sostengo válida). Por lo que someramente puedo ver, diría que no. Una Unión Europea que elabora una Carta Constitucional casi anticristiana, una sociedad que influenciada por tantas y tan variadas líneas de pensamiento anticristianas abandona los más elementales valores humanos, hacen ver que la Europa post cristiana, social y culturalmente, está en crisis de identidad y en crisis existencial.
Repito, si no sabes quién eres no sabes que quieres y por tanto no sabes a donde quieres llegar. ¿Qué es la Europa hoy, al inicio de la segunda década del siglo XXI? ¿Hacia dónde se encamina Europa? Muchos intentos de respuesta se podrán dar, pero difícilmente se llegará a una definición precisa y comúnmente aceptada. Pero sobre todo la pregunta que es más apremiante responder es ¿Cómo vive la Europa de hoy? ¿Es este el ideal de vida que el europeo merece y que realmente desea? ¡Con todo respeto a los ciudadanos europeos me atrevo a responder que definitivamente esta existencia europea no es la que se merecen los europeos! Europa no sólo es el viejo continente por su larga historia, Europa literalmente envejeció y se olvidó de reír y de bailar.
Europa es, en general, económicamente rica, pero no es feliz. Tiene de todo menos el sentido de fiesta. Es refinada, artísticamente regia, temperamentalmente precisa, y tantísimas otras cualidades que resplandecen en el genio europeo, pero la Europa no parece disfrutar y celebrar ese genio y esa riqueza. La sociedad europea parece estar entrando en el gris mundo de la amargura existencial. La riqueza económica e histórica está en evidente contraste con la miseria y amargura existencial en que vive el ciudadano europeo. Revelarse contra la estructura que debía portar una “alegre noticia” hizo a la Europa rechazar también el mensaje gozoso. Europa sin el Evangelio ha perdido también la alegría.
Nosotros los salvadoreños, ¿De veras quisiéramos vivir como los europeos, como algunos articulistas y editorialistas en ciertos rotativos nacionales pregonan? ¡Permítanme disentir en eso! ¡Por supuesto que no podemos permitir que continúe la violencia en la que nos hemos acostumbrado a vivir como la que vivimos. Tristemente hemos entrado a una etapa amorfa en cuanto a los ideales patrios a perseguir. Nos hemos conformado con lo mínimo que un sistema puede ofrecer. El peligro del autoritarismo de hoy son réplicas de las dictaduras del pasado. El populismo siempre trae sus grandes costos. Pero aún así no creo que el modelo social europeo –y norteamericano también– sea el paradigma para nuestra sociedad. Veamos algunas razones.
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