Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

martes, 28 de abril de 2009

“GRAN MISTERIO ES ESTE” (Ef 5,32)



Pbro. Ramón O. Lara

En el lenguaje cotidiano el término misterio hace referencia a lo enigmático, desconocido o imposible de comprender. ¡Cuántas veces oímos decir “esto es un misterio”, cuando estamos ante algo de lo cual no se encuentran palabras para explicar! En cierta medida este tipo de lenguaje tiene fundamento, ya que la palabra misterio proviene del griego “mystêrion”, que tiene como principal acepción “lo impronunciable”, “lo no narrable”. Los griegos desarrollaron, por tanto, los llamados “cultos mistéricos”, o sea, el culto a las fuerzas ocultas de las cuales el hombre no tiene explicación. Sin embargo, los escritos neotestamentarios utilizan muchísimas veces el término “misterio”, sólo que para tales escritos este término tiene el claro sentido de “plan de salvación que estaba oculto pero que ahora el Padre ha revelado en su Hijo mediante el Espíritu” (1Cor 2,7-10; Ef 3,5; Col 1,26). Entonces, según la Biblia, en el término misterio se conjugan lo oculto y lo revelado, lo que es desconocido pero que es conocible. Y este pasaje de lo oculto a lo conocido se refiere a una realidad concreta y específica: la salvación. El lenguaje mistérico, pues, según la Biblia, tiene que ver con la salvación: el plan salvador de Dios anteriormente oculto pero ahora revelado en Cristo.

Cristo es la máxima revelación de Dios. Más aún, es la misma presencia de Dios entre nosotros (el Emmanuel), ya que en él Dios ha puesto su morada entre nosotros (Jn 1,14). Pero Dios se revela para salvar, pues el hombre encuentra su salvación sólo viendo a Dios. Estar salvados es estar comtemplando el rostro de Dios, es experimentar la visión beatífica. Puesto que a Dios nadie lo puede ver, Él mismo diseñó un plan para poder manifestarse plenamente e indicar al hombre el camino de salvación, o sea, el modo para llegar a contemplarlo. Por eso Jesucristo llegó a afirmar que él era la luz y el camino, la verdad y la vida: quien me ve a mí ha visto al Padre le respondió a uno de sus discípulos. Así pues, todo lo que dijo y lo que hizo Jesús tiene un carácter salvífico. Él decía y actuaba la salvación. Por eso es que los textos neotestamentarios hablan de la salvación revelada en Cristo. En Cristo lo oculto de Dios se revela. Lo que es inaferrable en Dios ahora en Cristo nos es accesible. Dios deja de ser misterio oculto y pasa a ser misterio revelado. Podemos ver, pues, con mucha claridad, que el contenido del término misterio, según la Biblia, cambia sustancialmente respecto al significado griego. Ya no se refiere sólo a lo oculto, sino también a lo revelado y revelable; no se refiere solo a lo desconocido, sino que habla de lo infinitamente conocible. Ciertamente que en Dios queda siempre algo oculto, pues la mente humana es incapaz de abarcar toda la verdad de Dios. Por eso se dice que Dios queda siempre en el misterio, pero no porque no se pueda conocer, sino porque Él es “infinitamente conocible”.

Cuando los primeros discípulos de Jesús quisieron recordar el momento más importante de comunión con su Señor, o sea, el memorial de la Cena del Señor, comenzaron a estructurar la celebración de lo que luego se dio a llamar “misterios cristianos”. Esa comida santa que les recordaba y actualizaba la salvación que el Señor había revelado les introducía en el dinamismo mistérico. Hacer la fracción del pan, posteriormente llamada “eucaristía”, era confirmar su participación en el misterio de Cristo. El discípulo se volvía un solo cuerpo con el Señor. Ahora bien, para entrar a formar parte de esa selecta comunidad de elegidos (ekklesia=Iglesia) era necesario pasar por un rito de introducción a la participación al misterio de Cristo; o sea, el rito de la inmersión (baptisein) en Cristo (Gal 3,27; Rm 6,3). Los dos supremos signos sagrados de los primeros cristianos, fueron, pues, el bautismo y la fracción del pan. Eran los llamados “misterios cristianos”. Sin embargo, con el paso de los años el término griego “misterio”, con su connotación bíblica, pasó al latín sacramentum. Por eso a los ritos sagrados del bautismo y la fracción del pan se les llamó sacramentos, o sea, signos sagrados que les posibilitaban entrar a la gran obra de salvación realizada por Cristo. Esos ritos eran las formas sensibles por medio de los cuales los seguidores de Jesucristo participaban de la salvación de Dios. Siempre con el pasar de los años, estas primeras comunidades fueron ampliando el número de los ritos y signos que según ellos les permitían participar de la salvación divina. Los sacramentos se multiplicaron, ya no sólo se hablaba de la fracción del pan y del bautismo, sino de decenas y decenas de más sacramentos.

Los sacramentos, por tanto, nacieron como una necesidad de celebrar la salvación de Dios actuada en Cristo. Y nacen de la vida de la comunidad: son de la Iglesia y para la Iglesia. Son de la Iglesia porque tienen su fundamento, su origen, en la Iglesia. Tienen a la Iglesia como su fuente. Son para la Iglesia porque están orientados a confirmar y garantizar la participación como miembros activos de la misma. Por eso se dice que los sacramentos constituyen la Iglesia. Podemos decir, además, que la Iglesia tiene una profundísima identidad sacramental: ella es el fundamental sacramento de la salvación. Hemos afirmado que no hay salvación sin la Iglesia, puesto que no hay salvación sin Cristo, pues ella es, como afirmó Mons. Romero en su segunda carta pastoral, “el cuerpo de Cristo en la historia”. Toda la sacramentalidad que celebramos en los ritos sagrados, no lo olvidemos, brota de la Iglesia. Pero, si la Iglesia es el sacramento fuente, es decir, de ella nacen y a ella conducen los ritos sacramentales que nosotros conocemos, se debe a que ella está indefectiblemente unida a Cristo. La Iglesia no es sacramento de salvación por sí misma, sino en virtud de su unión a Cristo, en absoluta dependencia de él. La lógica de este razonamiento sigue los siguientes pasos: Dios quiere salvar, para salvar se debe revelar, se revela mediante la encarnación en Cristo, Cristo se prolonga en la historia mediante la Iglesia, la Iglesia comunica la gracia salvadora de Cristo mediante los signos sacramentales. Por tanto, para acceder a la salvación de Cristo, es absolutamente necesario vivir los “misterios/sacramentos” que la Iglesia celebra, con los cuales actualiza la salvación obrada por el Señor.

Para responder a la pregunta ¿Cómo dar frutos de vida nueva al lado de la cizaña? ¿Cómo mantener la identidad cristiana en medio de las pruebas que el misterio del mal nos presenta a diario? ¿Cómo vivir fielmente al llamado de santidad que todos hemos recibido de Dios? La respuesta sigue los pasos del razonamiento del párrafo anterior: el hombre es santificado y crece en la santidad sólo “de cara a Dios”, frente a Dios, y entrando en absoluta comunión con Él. Para ello necesita encontrarse con la presencia viva y actual, su Verbo encarnado, pontífice del misterio divino, o sea, que une al ser humano con Dios. Pero en el aquí y ahora de la historia se entra en comunión con Dios mediante el “Cristo en la historia”, es decir, la Iglesia. La Iglesia ofrece a todos los hombres y mujeres la posibilidad de unirse a Cristo mediante ciertos signos sensibles concretos que comunican la salvación divina, los llamados sacramentos. Repitámoslo: no hay salvación sin Cristo, no hay Cristo (para nosotros aquí y ahora) sin la Iglesia, no hay Iglesia sin los sacramentos. Con razón los santos a lo largo de la historia han sabido vivir una vida sacramental con suprema intensidad. Los sacramentos configuran la vida Cristiana, la modelan, la sostienen y la alimentan. Es imposible vivir la vida cristiana sin la Iglesia. Y para ser parte de la Iglesia, “vivir en Iglesia”, son indispensables los sacramentos. ¿Por qué los sacramentos que tiene la Iglesia, los que nosotros conocemos, no parecen comunicar toda la riqueza salvífica que deberían comunicar? ¿Por qué celebramos los sacramentos y nada pasa o cambia en nosotros? Ahh, también…Si antes eran cientos de sacramentos ¿Por qué ahora son sólo siete?

Bueno, eso parece ser terreno de la historia de la Iglesia…y mucho más.



domingo, 26 de abril de 2009

“SEMBRÓ ENCIMA CIZAÑA ENTRE EL TRIGO” (Mt 13, 25)


Pbro. Ramón O. Lara

«El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña. Los siervos del amo se acercaron a decirle: “Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?” El les contestó: “Algún enemigo ha hecho esto”» (Mt 13,24-28). La parábola del trigo y la hierba mala recoge con mucha elocuencia la gran inquietud que la comunidad de Mateo tenía respecto al pecado y la maldad que tenazmente florecían en medio de la comunidad de los bautizados: ¿Por qué hay pecado y pecadores, se preguntaban, si Cristo ya nos salvó?

Ciertamente Cristo ha obrado ya la salvación. Es necesario sólo unirse a él, identificarse con él (Gal 2,20). Pues en él está la plenitud de la gracia (Jn 1,16) y porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos (Hch 4,12). Gracia significa amistad con Dios, estar frente a Él, contemplando su rostro (Sal 11,7). Pero todo ese torrente de gracia, todos los bienes salvíficos, otorgados por Cristo ¿Cómo llegan a nosotros? En el hoy de nuestra historia ¿Cómo podemos unirnos a Cristo? Simple y llanamente debemos decirlo: mediante la Iglesia. Toda la salvación obrada por Cristo encuentra en la misma comunidad de bautizados (la Iglesia) el canal propicio mediante el cual viaja a través de la historia hasta la consumación de los siglos. Sin la Iglesia la salvación obrada por Cristo hubiera sido sólo un evento puntual en la historia ¿Cómo hubiera llegado a nosotros, 20 siglos después, esa salvación? No hay salvación sin Cristo, es verdad, pues Él es el único y suficiente salvador. Pero esa salvación no llega a nosotros mágicamente, sino mediante una realidad concreta querida por el mismo Señor: su Iglesia (Mt 16,18). La salvación para el Homo viator siempre será mediada. Por eso se puede decir también: no hay salvación sin la Iglesia. Es que no podemos separar la Iglesia de Cristo, ni a Cristo de la Iglesia. San Pablo veía una gran cohesión entre Cristo y la Iglesia: Cristo es la cabeza y la Iglesia el cuerpo (1Cor 12,27; Col 1,18).

Siglos más adelante, en uno de los párrafos más densos de la teología, San Agustín sintetiza esta verdad de la Iglesia identificada con el cuerpo de Cristo: «Si quieres comprender el misterio del cuerpo de Cristo, afirma San Agustín, escucha al apóstol que dice a los fieles: “ustedes son el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno a su modo” (1Co 12,27). Si ustedes por tanto son el cuerpo y los miembros de Cristo, sobre la mesa del Señor está depositado el misterio de ustedes. A lo que sois respondéis: “Amén” y respondiendo lo subrayáis. Se te dice en efecto: “el cuerpo de Cristo”, y tu respondes: “Amén”. Sé miembro del cuerpo de Cristo, para que sea verdadero tu Amén». Palabras más claras y elocuentes sobre lo que es la unión del cristiano con Cristo y con la Iglesia es imposible encontrar: la Iglesia es la comunión de los cristianos y esa comunión es al mismo tiempo Cristo en la historia. Además, esta expresión agustiniana explica con mucha precisión el significado del misterio eucarístico. Por eso es posible decir que la Iglesia es el verdadero cuerpo de Cristo y Cristo está indefectiblemente presente en la Iglesia. La unión de Cristo con la Iglesia es tal que el autor de la carta a los Efesios la ve como un gran misterio esponsal: la Iglesia es la esposa de Cristo (Ef 5,32).

Para tratar de responder a la inquietud que nos ha acompañado desde hace un buen rato volvamos a la parábola de Mateo. Es necesario advertir que una parábola se presta a múltiples interpretaciones; sin embargo, el mensaje que esta ofrece, inmediatamente constatable, es el del mal que crece junto al bien: la buena semilla y la mala semilla, el trigo y la cizaña. Por ser la Iglesia una realidad histórica, cuerpo de Cristo en la historia, está lanzada en el campo del mundo. Es en medio de las vicisitudes de la historia que la Iglesia (los bautizados) debe crecer y dar frutos. La figura del enemigo que siembra la cizaña entre el trigo representa el misterio del mal, que siempre aparecerá como un tentador (la serpiente del Génesis) o sembrador de maldad (según la parábola), para probar la respuesta libre del hombre. La libertad debe ser puesta a la prueba, ya que con ella se debe responder al amor gratuito de Dios. Si la libertad no es puesta a prueba, la respuesta de amor que se le debe dar a Dios, en Cristo, bajo la fuerza del Espíritu Santo, corre el riesgo de no ser auténtica y total. Al amor de Dios sólo se le responde en autenticidad y totalidad, o frio o caliente, no tibio. O se está frente a Dios o a espaldas, no de medio lado.

Es claro que la gracia de Dios nos envuelve, pues todo es gracia, todo es favor de Dios. La salvación en un primer momento no depende de nosotros. Pero la respuesta libre a ese favor de Dios es nuestra. Ahí la salvación depende de nosotros. Somos, en cierto sentido, responsables de nuestra salvación. Además, el misterio del mal (mysterium iniquitatis) no cesa de asediar como león rugiente buscando a quien devorar (1Pe 5,8). Muchos bautizados sucumben a sus zarpazos. Por eso la Iglesia, campo de la salvación, deja crecer en su interior ambas semillas: las que mantienen el gen bueno que dará frutos de vida eterna y las que tienen el gen estéril que no da fruto y que son sólo tropiezo al crecimiento de la buena semilla. La Iglesia, pues, es un mixto de santos y pecadores. Casta meretrix (santa prostituta) decían los Santos Padres en los primeros siglos. Miembros excelsos que han crecido a los más altos niveles de santidad, que han dado tantos frutos de bien, los ha tenido y los tendrá la Iglesia. Los espíritus como un Francisco de Asís o, unos más cercana a nosotros, como Teresa de Calcuta y san Óscar Romero, embellecen el rostro de la Iglesia. Sin embargo, pecado, escándalo, iniquidad y miseria, también lo ha habido, hay y habrá en el seno de la misma Iglesia: sacerdotes pedófilos, fundadores degenerados como Maciel, cardenales y obispos que viven y se comportan como príncipes, o las grandes injusticias sociales en el occidente cristiano, son claros ejemplos de quienes desfiguran el rostro de la Iglesia.

«Dícenle los siervos: “¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?” Díceles: “No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero”» (Mt 13,28-30). Según esta imagen mateana, como hemos insinuado en el párrafo anterior, también la Iglesia puede ser vista como el campo en el que es posible sembrar buena y mala semilla. En ella pueden cohabitar los más altos grados de santidad y el más vil pecado. Por ser campo es una realidad abierta y por lo mismo riesgosa. El bautizado, como buena semilla, está llamado a dejarse tragar por el humus de ese campo, literalmente morir (Jn 12,24), y desde ese total vaciamiento resurgir como una nueva criatura, para dar mucho fruto. Mientras se da ese proceso de crecimiento y madurez, la buena y la mala semilla deberán estar juntas. La buena semilla deberá resistir la presencia ensombrecedora de la cizaña y mantenerse firme hasta el final, ya que al momento de la ciega por sus frutos los reconocerán (Mt 7, 20). Sólo debe mantenerse fiel a su identidad y no permitir que la sombra de la cizaña le impida dar los frutos que debe dar ¿Cómo mantenerse fieles a la propia identidad y poder crecer hasta dar frutos?

Eso es tema de la sacramentología…

domingo, 19 de abril de 2009

“PECADOR ME CONCIBIÓ MI MADRE”


El Salmo 51 describe con mucha elocuencia la condición triste del hombre venido a este mundo: es pecador desde el seno materno. O más bien, tiene en su más íntima constitución personal una fuerte inclinación de querer existir al margen o a espalda de quien le da la existencia; de querer vivir distanciado de la fuente de la vida; de querer ser feliz y rebozar de plenitud bloqueando el canal que le abastecería la verdadera dicha y la plenitud sin límites. Eso es a lo que se llama pecado. El pecado es, pues, estar de espaldas a Dios. Con razón el término griego “hamartía” (pecado) tiene el originario significado de “equivocación”, “error”. Es que estar en pecado es estar viendo hacia la dirección equivocada. Pero esa condición pecadora la trae el hombre desde el seno materno, según el salmista. Sin embargo, el hombre sólo es hombre, plenamente hombre (humanidad perfecta: existencia, vida y felicidad en plenitud), sólo frente a Dios (Coram Deum), de cara a Dios.

Cuando el hombre no se orienta totalmente hacia Dios, cuando no se pone de cara frente a Dios, inevitablemente se orienta hacia lo más cercano que a su alrededor ve como Dios: se orienta hacia sí mismo. Al replegarse sobre sí mismo, al auto contemplarse, el hombre hace de sí mismo un dios, y por lo mismo se convierte en pecador. El pecado es, pues, repitámoslo una vez más, estar de espaldas a Dios para erigirse a sí mismo como dios. La tragedia es fácil de avizorar: la existencia en plenitud y vida en abundancia y sin límites siempre escaparán de las manos. Posiblemente el hombre encontrará atisbos engañosos y fugaces de felicidad y plenitud, pero jamás lograrán saciar sus ansias de infinita felicidad. El pecado es ante todo una tragedia. Pecar es simplemente buscar la vida, la felicidad y la plenitud del existir por el camino equivocado, en la dirección incorrecta. Ya que cuanto más peca, el hombre más se pierde, más sufre, más se hunde en la desdicha; y no sólo eso, pues al pecar inevitablemente hace sufrir también a los que están más próximos a sí: el pecado tiene siempre una dimensión social.

Con razón el predicador de Galilea dirigió desde los inicios de su ministerio este apremiante llamado: “Conviértanse” (Mc 1,15). O sea, cambien de rumbo, re-direccionen la ruta, dejen de buscarse a sí mismo y dirijan la mirada hacia Dios, porque el que se busca a sí mismo se pierde (Mc 8,34-36). Es que el hombre tiene sed de Dios y nunca estará satisfecho si no es frente a Dios, con Dios y por Dios: “nos hiciste para ti, oh Señor, y nuestro corazón permanecerá inquieto hasta no descansar en ti”, sentenció san Agustín. Si es esta la condición del hombre, queda siempre una duda: si el hombre necesita de Dios para encontrar su verdadera existencia ¿Por qué tiende desde el seno materno, como lo dice el salmista, a querer tener plenitud como Dios sin Dios? ¿Por qué el hombre peca?

La respuesta a esta inquietud la da la antropología teológica que mana de la misma Escritura: el hombre es imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26). Esto significa que el hombre tiene en su misma constitución humana el peso de la libertad. Esa cualidad que puede ser lo más sublime y noble así como la maldición más trágica del ser humano, que le viene dada justamente por su condición de Imago Dei. El hombre es libre por gracia y por desgracia. Pero es libre porque sin esa libertad no se puede experimentar el amor verdadero. Si Dios creó al hombre con esa libertad fue para que el mismo hombre libremente respondiera al amor con el cual Dios lo ha amado primero (1Jn 4,10). El hombre, pues, tiene la posibilidad de estar frente a Dios (en la gracia divina) o a espaldas a él (en pecado). Todo depende del uso de la libertad. Aquí entra una nueva pregunta ¿Por qué el hombre no hace siempre buen uso de la libertad?

El salmista afirma que desde el seno materno, o sea, desde los primero instantes de nuestra existencia terrena, existe la posibilidad y el riesgo de usar mal la libertad. La condición de pecadores, de buscarnos a nosotros mismos equivocando el rumbo de nuestra existencia, es algo que pone a prueba la libertad a lo largo de toda la vida histórica ya desde el inicio. ¿Por qué? Porque si bien es cierto el hombre es libre, le falta el conocimiento claro y seguro para no equivocar la dirección hacia donde debe canalizar sus actos libres. Conocer o no conocer ¡Esa es la gran cuestión! El engaño de la serpiente gira en torno al conocimiento: “ustedes conocerán como Dios” (Gn 3,5). El afán de conocer acompaña al hombre desde siempre. Pero el conocimiento del hombre siempre será limitado, confuso y desorientado. El hombre puede adquirir cierta ciencia, acumular conocimiento, pero desconocer el rumbo justo y adecuado hacia dónde encausar sus adelantos científicos. Hoy más que nunca somos testigos de cómo el hombre está "jugando" con la ciencia que ha desarrollado. El conocimiento adquirido y acumulado le permite dominar con mayor eficacia la creación. Pero eso no quiere decir que el hombre haya llegado a la madurez de su ciencia. Más bien se está comportando como un niño que juega con lo que ha descubierto. Necesita, y urgentemente, de la ciencia y del conocimiento divino.

Pero la ciencia verdadera, el conocimiento que el hombre necesita, no lo encuentra por sí mismo, ese lo tiene que recibir como un regalo: es un don del Espíritu Santo (recordemos que uno de los dones del Espíritu es el de la ciencia). Pero el Espíritu Santo es al mismo tiempo un don: el Don de dones, que el Padre envía por medio del Hijo. Por eso el hombre para adquirir la verdadera ciencia, para alcanzar el conocimiento que orientará rectamente el uso de su propia libertad necesita de Cristo: fundirse con Cristo y vivir de su Espíritu. “El Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo” (Jn 14,26). Sólo así el hombre hace de su libertad una gracia y no una desgracia. Con razón san Pablo afirmó que “allí donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2Cor 3,17). Allí está la libertad iluminada, la libertad que sabe elegir la dirección correcta, la libertad que empuja al hombre a responder al amor gratuito de Dios y a ponerse ante su presencia para contemplar su rostro (Sal 11,7).

Sin embargo, con todo lo dicho hasta aquí, resuena una vez más la pregunta ¿Por qué después de Cristo todavía existe la posibilidad de pecar? Si Cristo nos ha traído el perfecto conocimiento que necesitábamos para usar bien nuestra libertad, es decir, nos ha dado su Espíritu, ¿Por qué todavía pecamos? ¿Por qué el cristianismo que vivimos no refleja toda esa perfección que debería manifestar?

Esta es temática eclesiológica…


domingo, 12 de abril de 2009

“A IMAGEN DE DIOS LE CREÓ” (Gn 1,26)


Pbro. Ramón O. Lara

El hombre es la medida de todas las cosas, afirmó Protágoras. Los estudios astrofísicos y cosmológicos hablan de un principio antrópico: todo el devenir del universo tiene como finalidad la aparición de la vida, y entre los seres vivos, el ser humano (Hawking). El pensamiento religioso, particularmente el bíblico, pone al hombre en la cumbre de lo creado, su dignidad está sobre cualquier otro ser sobre la faz de la tierra: “apenas inferior a un dios le hiciste, coronándole de gloria y de esplendor; le hiciste señor de las obras de tus manos, todo fue puesto por ti bajo sus pies” (Sal 8), afirma. Reflexionar sobre la identidad y misión del hombre se le conoce como antropología. Sin duda es una rama del conocimiento humano de capital importancia. Ciertamente los enfoques antropológicos pueden ser numerosos y variados. Centrémonos brevemente en la antropología religiosa judeo-cristiana: la antropología teológica.

La biblia es el texto religioso que pone al ser humano en el centro de su construcción religiosa. La tradición judía, que está recogida en el Antiguo Testamento, pone las bases de la primera etapa de la más sublime antropología que se pueda encontrar en el universo religioso: el hombre es imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26-27). El culmen de esa construcción lo ofrece el cristianismo, al afirmar que Dios se hace hombre y pone su morada en este mundo (Jn 1,14).

Que el hombre sea imagen de Dios significa que éste ejerce en medio de lo creado una función vicaria: su actuar es reflejo del actuar divino. La palabra griega “eikon” (imagen) significa “representación personal”, “alguien que actúa en nombre de”. Este concepto va más allá de la idea que normalmente nos hacemos cuando vemos el “reflejo” emitido por un espejo, o cuando vemos una estatua que reproduce un rostro. El concepto imagen en la Biblia tiene que ver con el actuar. Por eso la vocación propia del hombre es reproducir la vida de Dios en lo histórico, actuar como actuaría Dios. Y esta vida divina se caracteriza por ser ante todo comunión en el amor, justicia misericordiosa y plenitud en el existir. Por eso Dios prohíbe hacer cualquier imagen que lo represente (Ex 20, 4; Dt 4,15; 5,8), ya que la única imagen suya sólo es el hombre. Cualquier otra imagen es un “ídolo” (imagen falsa), por lo que la idolatría es la peor ofensa contra Dios.

Además, por ser reflejo de lo divino en lo histórico el hombre tiene la condición connatural de la comunionalidad: el hombre es persona, es relación, es comunión, como Dios que es trinidad. Por estar indefectiblemente unido con el otro, el hombre no encuentra su verdadera identidad y perfecta realización si no es en comunión. El aislamiento, el egoísmo, despersonalizan y empobrecen la grandeza del hombre. Además, la condición de imagen divina de cada ser humano exige uno un mutuo y responsable respeto, ya que todos participan de la misma dignidad: todos son Imago Dei.

El misterio de la encarnación divina, por su parte, complementa y perfecciona la visión icónica de la antropología veterotestamentaria. Que Dios se haya hecho hombre representa el fulcro de la antropología bíblica. En el Verbo encarnado, Jesús de Nazareth, lo divino y lo humano encuentran una perfecta cohabitación: sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación (Calcedonia, 451). El cristianismo no ha cesado de ahondar en el significado de tan profunda revelación, por eso en cada momento histórico hace de ella una relectura y saca nuevas luces que esclarecen la verdad de lo humano. Por eso hoy se puede afirmar sin titubeos que el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado, quien manifiesta el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su propia vocación: la vocación divina (GS, 22).

Jesucristo, que es la “Imagen visible de Dios invisible” (Col 1,15), es el hombre perfecto, y restituye a los demás hombres su semejanza divina deformada por el pecado. El resto de la humanidad, imagen de Dios, recobra su dignidad sólo uniéndose a Jesucristo: la humanidad es en Cristo elevada a la divinidad. El hombre elevado a la esfera divina, obviamente sin atisbos de panteísmo, representa las más alta antropología. Ser como Dios ha sido la gran tentación del hombre. El libro del Génesis lo narra alegóricamente (Gn 3,5). Pero el destino del hombre es ese: ser como Dios, mediante Dios, con Dios y para Dios; no contra o sin Dios, tal como fue el error en los orígenes. Ahora bien, una antropología de tal cuño tiene sus eventuales consecuencias: restituye y exige la dignidad de cada ser humano en cuanto que tiene parentela divina; trasforma y perfecciona la actividad de cada hombre en cuanto es imagen de Dios.

La dignidad restituida y exigida quiere decir: el reconocimiento impostergable y universal de los derechos propios del ser humano; el establecimiento de una convivencia humana bajo el signo de una sólida fraternidad universal (Fratelli tutti); el cultivo de los valores más hondos que perfeccionan la existencia humana: la verdad, la justicia, la paz y la misericordia.

La actividad trasformada y perfeccionada apunta a la novedad que significa el vivir en Cristo. Si en Cristo el hombre es plenamente restituido en su identidad de ser imagen y semejanza de Dios (Rm 8,29), es fácil derivar un nuevo accionar: el actuar según el Espíritu o según el Hombre nuevo del que hablaba san Pablo (Col 3,10). Con otras palabras, la vida moral del hombre encuentra una nueva dirección.

El ser y el actuar, según esta antropología bíblica (judeo-cristiana), no tienen escisión. No es posible ser imagen de Dios y actuar contrario a esa dignidad. No es posible ser hombre nuevo en Cristo y no actuar como tal. Por eso el libro de la revelación corta de tajo un término medio: o se es frío o se es caliente, el tibio es vomitado (Ap 3,16). O se es o no se es cristiano. Las comunidades cristianas primitivas comprendían con mucha precisión esa verdad. Por eso tenían la conciencia de ser las comunidades de los santos: para ellos no había espacio para el pecado (1Jn 5,18). ¿Qué le ha sucedido al cristianismo actual? ¿Por qué vivimos el cristianismo que vivimos?

…la respuesta está siempre en la antropología…y en la eclesiología...

miércoles, 1 de abril de 2009

IDOLATRIA


Pbro. Ramón O. Lara

El teólogo tiene fundamentalmente la misión de indagar los profundos misterios revelados por Dios. El objeto de su estudio es la fe. El economista tiene fundamentalmente la misión de descifrar, orientar, aplicar y corregir las leyes de la economia. El objeto de su estudio es el mercado. Vistas así las cosas, tal parece que el teólogo no tendría ninguna palabra que decir sobre el objeto de estudio del economista. Sin embargo, puesto que el campo de estudio propio del economista –el mercado– ha traspasado los límites de su frontera hasta llegar al terreno que le es propio al teólogo, entonces éste tiene el deber moral de cuestionar esa invasión. ¿Por qué se debe creer ciegamente en el mercado? ¿Por qué ha de verse el mercado como omnipotente y omnipresente?

El hombre es un ser de relaciones. La economía es necesaria para el recto funcionamiento de cierto tipo de relaciones humanas: las relaciones económicas. Economía literalmente significa ley que rige la casa. La economía, pues, por principio, debe estar al servicio del hombre, ya que las leyes que ordenan la vida de la casa (la familia humana) tienen como objetivo primordial el que todos los miembros de la familia gocen de una justa distribución de todos los bienes. Mediante la economía, se entiende, la familia humana encuentra el mecanismo necesario para la vivir bien, con dignidad y en paz. Pero, ¿Realmente es así? ¿Qué ha sucedido, entonces, con la economía?

Un grave problema se da cuando se cambian los roles: cuando el fin deviene medio y el medio fin. La economía es un medio que tiene como fin el bien del hombre; en cambio, cuando el hombre es reducido a un medio para mantener un sistema económico, algo en esa lógica no está funcionando. Muestra de ese mal funcionamiento de la lógica de lo que debe ser la economía es lo que algunos analistas llaman “la idolatría del mercado” (J.J. Tamayo-Acosta). Se piensa en el mercado en categorías que antes eran netamente religiosas. Hoy se habla de “nuevas tablas de la ley del mercado”, las que pueden resumirse así:

Primer mandamiento: No puedes resistirte a la globalización de los capitales, de los mercados, de las finanzas y de las empresas. Debes adaptarte a ella.

Segundo mandamiento: No puedes resistirte a la innovación tecnológica. Deberás innovar constantemente para reducir gastos y mano de obra y mejorar resultados, aunque con ello aumente el desempleo.

Tercer mandamiento: Deberás liberalizar los mercados, renunciando a la protección de las economías nacionales.

Cuanto mandamiento: Transferirás todo el poder a los Mercados, y el Estado se convertirá en mero notario de la realidad o en simple ejecutor de órdenes.

Quinto mandamiento: Tenderás a eliminar la propiedad pública y los servicios, privatizando todo lo privatizable y dejando el gobierno de la sociedad en manos de las empresas privadas.

Sexto mandamiento: Deberás llegar a ser el más fuerte, si quieres sobrevivir en medio de la brutal competitividad mundial. De lo contrario serás eliminado del mercado (que es como ser expulsado del reino de los cielos).

Podemos ver con claridad que de estos seis mandamientos, tres se sitúan en el terreno de los imperativos fundamentales y otros tres en el plano de los medios. El fin es sin duda el mantenimiento del sistema económico. El ser humano no tiene lugar en este nuevo pacto. El objetivo primordial es el lucro, las ganancias, la producción y el consumo. Es tan invasiva esta mentalidad que hay muchas personas que ni siquiera se imaginan la posibilidad de una vía alternativa. El mercado se ha convertido en una verdadera religión: se cree ciegamente en él, se espera todo de él, se confía todo en él. En definitiva el mercado ha tomado el lugar de Dios, por tanto, es un verdadero ídolo.

Por eso un estudiante de teología debe cuestionar esta realidad. Desde la teología, o sea, desde la profundización razonada de la fe, debemos preguntarnos sobre la validez de este lenguaje y de esta mentalidad. Más aún, como cristianos debemos cuestionarnos sobre el lugar que ocupan los más elementales valores que identifican al cristianismo: el amor solidario, la fraternidad y comunión con el débil, la instauración del reino de Dios y sus esenciales valores: verdad, justicia, paz. La lógica del vivir para producir, producir para consumir, consumir para vivir, se convierte en un círculo vicioso que conduce a la muerte de lo humano. El hombre se convierte en una pieza del mercado. Se deja de ser “humano” para convertirse en “consumidor”.

El proceso deshumanizador del sistema económico mercantilista es impresionante. Reducido a pieza del mercado, el hombre se comporta como un autómata. El ritmo de vida gira en torno a la producción y el consumo. Fuera de esos dos polos nada tiene sentido. El ingenio, la creatividad, los esfuerzos de la inteligencia humana tienen un único fin: producir. Teniendo el producto viene la necesidad de venderlo. La maquinaria propagandística hace crear la necesidad, ficticia pero imperiosa, de comprar. Para comprar se necesita el dinero, para obtener dinero se ofrece la fuerza de trabajo. El trabajo ya no es algo que funge el rol de auto manifestación y auto realización de lo humano, sino sólo el medio para obtener el dinero. Son poquísimas las personas que hacen el trabajo que realmente es parte de su vocación, o sea, que les autorealiza. Puesto que el trabajo mecaniza al hombre, pues se convierte en algo rutinario y desgastante y no realizante, éste necesita una válvula de escape: el entrenamiento (“entertaiment”).

La industria del entretenimiento es la más poderosa en este nuestro tiempo. Para divertirse, entretenerse, el hombre necesita consumir lo que le ofrece el mercado. Para poder acceder los bienes que ofrece el mercado, o sea para poder tener siempre más dinero, no queda otra opción que competir. En esa competencia sobre vive el más fuerte. El débil no cuenta. Pues el éxito está destinado sólo para el más fuerte, que para serlo debe pasar sobre los débiles. Además, lo que cuenta es el ingenio personal y la búsqueda del propio interés. El motor de este sistema es el egoísmo, que es un sentimiento connatural al hombre, junto al altruismo y la solidaridad. Pero lo privado y lo individual han sido elevados a axiomas intocables. Todo está orientado a la consecución del máximo lucro personal. El sentimiento solidario es visto como una debilidad, y el bien común un obstáculo.

Por eso debemos cuestionar desde la fe el rumbo que está tomando este sistema económico imperante. El lucro, la competitividad, el egoísmo son los pilares de este sistema. El bien común, la solidaridad y la fraternidad, que son valores esenciales del cristianismo, son eliminados sutilmente de la sociedad. Por tanto, si el bien común no cuenta, debemos defenderlo y aplicarlo; si la solidaridad ni siquiera se piensa, debemos luchar por globalizarla; si la comunión fraterna se ha perdido, debemos rescatarla. Cuando el mercado se convierte en ídolo, los cristianos como nuevo pueblo profético, a ejemplo de los profetas del Antiguo Testamento, debemos condenar tal idolatría. Si el mercado, la economía en sí, vuelve al servicio del hombre, que es su originaria finalidad, ¡Que viva el mercado! Pero con el diseño que actualmente tiene, podemos decir parafraseando las palabras de Jesús: “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que el mercado verdaderamente se ponga al servicio del ser humano”. Recordemos también: el hombre no ha sido hecho para el mercado, sino el mercado para el hombre.