Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

domingo, 12 de abril de 2009

“A IMAGEN DE DIOS LE CREÓ” (Gn 1,26)


Pbro. Ramón O. Lara

El hombre es la medida de todas las cosas, afirmó Protágoras. Los estudios astrofísicos y cosmológicos hablan de un principio antrópico: todo el devenir del universo tiene como finalidad la aparición de la vida, y entre los seres vivos, el ser humano (Hawking). El pensamiento religioso, particularmente el bíblico, pone al hombre en la cumbre de lo creado, su dignidad está sobre cualquier otro ser sobre la faz de la tierra: “apenas inferior a un dios le hiciste, coronándole de gloria y de esplendor; le hiciste señor de las obras de tus manos, todo fue puesto por ti bajo sus pies” (Sal 8), afirma. Reflexionar sobre la identidad y misión del hombre se le conoce como antropología. Sin duda es una rama del conocimiento humano de capital importancia. Ciertamente los enfoques antropológicos pueden ser numerosos y variados. Centrémonos brevemente en la antropología religiosa judeo-cristiana: la antropología teológica.

La biblia es el texto religioso que pone al ser humano en el centro de su construcción religiosa. La tradición judía, que está recogida en el Antiguo Testamento, pone las bases de la primera etapa de la más sublime antropología que se pueda encontrar en el universo religioso: el hombre es imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26-27). El culmen de esa construcción lo ofrece el cristianismo, al afirmar que Dios se hace hombre y pone su morada en este mundo (Jn 1,14).

Que el hombre sea imagen de Dios significa que éste ejerce en medio de lo creado una función vicaria: su actuar es reflejo del actuar divino. La palabra griega “eikon” (imagen) significa “representación personal”, “alguien que actúa en nombre de”. Este concepto va más allá de la idea que normalmente nos hacemos cuando vemos el “reflejo” emitido por un espejo, o cuando vemos una estatua que reproduce un rostro. El concepto imagen en la Biblia tiene que ver con el actuar. Por eso la vocación propia del hombre es reproducir la vida de Dios en lo histórico, actuar como actuaría Dios. Y esta vida divina se caracteriza por ser ante todo comunión en el amor, justicia misericordiosa y plenitud en el existir. Por eso Dios prohíbe hacer cualquier imagen que lo represente (Ex 20, 4; Dt 4,15; 5,8), ya que la única imagen suya sólo es el hombre. Cualquier otra imagen es un “ídolo” (imagen falsa), por lo que la idolatría es la peor ofensa contra Dios.

Además, por ser reflejo de lo divino en lo histórico el hombre tiene la condición connatural de la comunionalidad: el hombre es persona, es relación, es comunión, como Dios que es trinidad. Por estar indefectiblemente unido con el otro, el hombre no encuentra su verdadera identidad y perfecta realización si no es en comunión. El aislamiento, el egoísmo, despersonalizan y empobrecen la grandeza del hombre. Además, la condición de imagen divina de cada ser humano exige uno un mutuo y responsable respeto, ya que todos participan de la misma dignidad: todos son Imago Dei.

El misterio de la encarnación divina, por su parte, complementa y perfecciona la visión icónica de la antropología veterotestamentaria. Que Dios se haya hecho hombre representa el fulcro de la antropología bíblica. En el Verbo encarnado, Jesús de Nazareth, lo divino y lo humano encuentran una perfecta cohabitación: sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación (Calcedonia, 451). El cristianismo no ha cesado de ahondar en el significado de tan profunda revelación, por eso en cada momento histórico hace de ella una relectura y saca nuevas luces que esclarecen la verdad de lo humano. Por eso hoy se puede afirmar sin titubeos que el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado, quien manifiesta el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su propia vocación: la vocación divina (GS, 22).

Jesucristo, que es la “Imagen visible de Dios invisible” (Col 1,15), es el hombre perfecto, y restituye a los demás hombres su semejanza divina deformada por el pecado. El resto de la humanidad, imagen de Dios, recobra su dignidad sólo uniéndose a Jesucristo: la humanidad es en Cristo elevada a la divinidad. El hombre elevado a la esfera divina, obviamente sin atisbos de panteísmo, representa las más alta antropología. Ser como Dios ha sido la gran tentación del hombre. El libro del Génesis lo narra alegóricamente (Gn 3,5). Pero el destino del hombre es ese: ser como Dios, mediante Dios, con Dios y para Dios; no contra o sin Dios, tal como fue el error en los orígenes. Ahora bien, una antropología de tal cuño tiene sus eventuales consecuencias: restituye y exige la dignidad de cada ser humano en cuanto que tiene parentela divina; trasforma y perfecciona la actividad de cada hombre en cuanto es imagen de Dios.

La dignidad restituida y exigida quiere decir: el reconocimiento impostergable y universal de los derechos propios del ser humano; el establecimiento de una convivencia humana bajo el signo de una sólida fraternidad universal (Fratelli tutti); el cultivo de los valores más hondos que perfeccionan la existencia humana: la verdad, la justicia, la paz y la misericordia.

La actividad trasformada y perfeccionada apunta a la novedad que significa el vivir en Cristo. Si en Cristo el hombre es plenamente restituido en su identidad de ser imagen y semejanza de Dios (Rm 8,29), es fácil derivar un nuevo accionar: el actuar según el Espíritu o según el Hombre nuevo del que hablaba san Pablo (Col 3,10). Con otras palabras, la vida moral del hombre encuentra una nueva dirección.

El ser y el actuar, según esta antropología bíblica (judeo-cristiana), no tienen escisión. No es posible ser imagen de Dios y actuar contrario a esa dignidad. No es posible ser hombre nuevo en Cristo y no actuar como tal. Por eso el libro de la revelación corta de tajo un término medio: o se es frío o se es caliente, el tibio es vomitado (Ap 3,16). O se es o no se es cristiano. Las comunidades cristianas primitivas comprendían con mucha precisión esa verdad. Por eso tenían la conciencia de ser las comunidades de los santos: para ellos no había espacio para el pecado (1Jn 5,18). ¿Qué le ha sucedido al cristianismo actual? ¿Por qué vivimos el cristianismo que vivimos?

…la respuesta está siempre en la antropología…y en la eclesiología...

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