Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

domingo, 26 de abril de 2009

“SEMBRÓ ENCIMA CIZAÑA ENTRE EL TRIGO” (Mt 13, 25)


Pbro. Ramón O. Lara

«El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña. Los siervos del amo se acercaron a decirle: “Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?” El les contestó: “Algún enemigo ha hecho esto”» (Mt 13,24-28). La parábola del trigo y la hierba mala recoge con mucha elocuencia la gran inquietud que la comunidad de Mateo tenía respecto al pecado y la maldad que tenazmente florecían en medio de la comunidad de los bautizados: ¿Por qué hay pecado y pecadores, se preguntaban, si Cristo ya nos salvó?

Ciertamente Cristo ha obrado ya la salvación. Es necesario sólo unirse a él, identificarse con él (Gal 2,20). Pues en él está la plenitud de la gracia (Jn 1,16) y porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos (Hch 4,12). Gracia significa amistad con Dios, estar frente a Él, contemplando su rostro (Sal 11,7). Pero todo ese torrente de gracia, todos los bienes salvíficos, otorgados por Cristo ¿Cómo llegan a nosotros? En el hoy de nuestra historia ¿Cómo podemos unirnos a Cristo? Simple y llanamente debemos decirlo: mediante la Iglesia. Toda la salvación obrada por Cristo encuentra en la misma comunidad de bautizados (la Iglesia) el canal propicio mediante el cual viaja a través de la historia hasta la consumación de los siglos. Sin la Iglesia la salvación obrada por Cristo hubiera sido sólo un evento puntual en la historia ¿Cómo hubiera llegado a nosotros, 20 siglos después, esa salvación? No hay salvación sin Cristo, es verdad, pues Él es el único y suficiente salvador. Pero esa salvación no llega a nosotros mágicamente, sino mediante una realidad concreta querida por el mismo Señor: su Iglesia (Mt 16,18). La salvación para el Homo viator siempre será mediada. Por eso se puede decir también: no hay salvación sin la Iglesia. Es que no podemos separar la Iglesia de Cristo, ni a Cristo de la Iglesia. San Pablo veía una gran cohesión entre Cristo y la Iglesia: Cristo es la cabeza y la Iglesia el cuerpo (1Cor 12,27; Col 1,18).

Siglos más adelante, en uno de los párrafos más densos de la teología, San Agustín sintetiza esta verdad de la Iglesia identificada con el cuerpo de Cristo: «Si quieres comprender el misterio del cuerpo de Cristo, afirma San Agustín, escucha al apóstol que dice a los fieles: “ustedes son el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno a su modo” (1Co 12,27). Si ustedes por tanto son el cuerpo y los miembros de Cristo, sobre la mesa del Señor está depositado el misterio de ustedes. A lo que sois respondéis: “Amén” y respondiendo lo subrayáis. Se te dice en efecto: “el cuerpo de Cristo”, y tu respondes: “Amén”. Sé miembro del cuerpo de Cristo, para que sea verdadero tu Amén». Palabras más claras y elocuentes sobre lo que es la unión del cristiano con Cristo y con la Iglesia es imposible encontrar: la Iglesia es la comunión de los cristianos y esa comunión es al mismo tiempo Cristo en la historia. Además, esta expresión agustiniana explica con mucha precisión el significado del misterio eucarístico. Por eso es posible decir que la Iglesia es el verdadero cuerpo de Cristo y Cristo está indefectiblemente presente en la Iglesia. La unión de Cristo con la Iglesia es tal que el autor de la carta a los Efesios la ve como un gran misterio esponsal: la Iglesia es la esposa de Cristo (Ef 5,32).

Para tratar de responder a la inquietud que nos ha acompañado desde hace un buen rato volvamos a la parábola de Mateo. Es necesario advertir que una parábola se presta a múltiples interpretaciones; sin embargo, el mensaje que esta ofrece, inmediatamente constatable, es el del mal que crece junto al bien: la buena semilla y la mala semilla, el trigo y la cizaña. Por ser la Iglesia una realidad histórica, cuerpo de Cristo en la historia, está lanzada en el campo del mundo. Es en medio de las vicisitudes de la historia que la Iglesia (los bautizados) debe crecer y dar frutos. La figura del enemigo que siembra la cizaña entre el trigo representa el misterio del mal, que siempre aparecerá como un tentador (la serpiente del Génesis) o sembrador de maldad (según la parábola), para probar la respuesta libre del hombre. La libertad debe ser puesta a la prueba, ya que con ella se debe responder al amor gratuito de Dios. Si la libertad no es puesta a prueba, la respuesta de amor que se le debe dar a Dios, en Cristo, bajo la fuerza del Espíritu Santo, corre el riesgo de no ser auténtica y total. Al amor de Dios sólo se le responde en autenticidad y totalidad, o frio o caliente, no tibio. O se está frente a Dios o a espaldas, no de medio lado.

Es claro que la gracia de Dios nos envuelve, pues todo es gracia, todo es favor de Dios. La salvación en un primer momento no depende de nosotros. Pero la respuesta libre a ese favor de Dios es nuestra. Ahí la salvación depende de nosotros. Somos, en cierto sentido, responsables de nuestra salvación. Además, el misterio del mal (mysterium iniquitatis) no cesa de asediar como león rugiente buscando a quien devorar (1Pe 5,8). Muchos bautizados sucumben a sus zarpazos. Por eso la Iglesia, campo de la salvación, deja crecer en su interior ambas semillas: las que mantienen el gen bueno que dará frutos de vida eterna y las que tienen el gen estéril que no da fruto y que son sólo tropiezo al crecimiento de la buena semilla. La Iglesia, pues, es un mixto de santos y pecadores. Casta meretrix (santa prostituta) decían los Santos Padres en los primeros siglos. Miembros excelsos que han crecido a los más altos niveles de santidad, que han dado tantos frutos de bien, los ha tenido y los tendrá la Iglesia. Los espíritus como un Francisco de Asís o, unos más cercana a nosotros, como Teresa de Calcuta y san Óscar Romero, embellecen el rostro de la Iglesia. Sin embargo, pecado, escándalo, iniquidad y miseria, también lo ha habido, hay y habrá en el seno de la misma Iglesia: sacerdotes pedófilos, fundadores degenerados como Maciel, cardenales y obispos que viven y se comportan como príncipes, o las grandes injusticias sociales en el occidente cristiano, son claros ejemplos de quienes desfiguran el rostro de la Iglesia.

«Dícenle los siervos: “¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?” Díceles: “No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero”» (Mt 13,28-30). Según esta imagen mateana, como hemos insinuado en el párrafo anterior, también la Iglesia puede ser vista como el campo en el que es posible sembrar buena y mala semilla. En ella pueden cohabitar los más altos grados de santidad y el más vil pecado. Por ser campo es una realidad abierta y por lo mismo riesgosa. El bautizado, como buena semilla, está llamado a dejarse tragar por el humus de ese campo, literalmente morir (Jn 12,24), y desde ese total vaciamiento resurgir como una nueva criatura, para dar mucho fruto. Mientras se da ese proceso de crecimiento y madurez, la buena y la mala semilla deberán estar juntas. La buena semilla deberá resistir la presencia ensombrecedora de la cizaña y mantenerse firme hasta el final, ya que al momento de la ciega por sus frutos los reconocerán (Mt 7, 20). Sólo debe mantenerse fiel a su identidad y no permitir que la sombra de la cizaña le impida dar los frutos que debe dar ¿Cómo mantenerse fieles a la propia identidad y poder crecer hasta dar frutos?

Eso es tema de la sacramentología…

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