Pbro. Ramón O. Lara
El teólogo tiene fundamentalmente la misión de indagar los profundos misterios revelados por Dios. El objeto de su estudio es la fe. El economista tiene fundamentalmente la misión de descifrar, orientar, aplicar y corregir las leyes de la economia. El objeto de su estudio es el mercado. Vistas así las cosas, tal parece que el teólogo no tendría ninguna palabra que decir sobre el objeto de estudio del economista. Sin embargo, puesto que el campo de estudio propio del economista –el mercado– ha traspasado los límites de su frontera hasta llegar al terreno que le es propio al teólogo, entonces éste tiene el deber moral de cuestionar esa invasión. ¿Por qué se debe creer ciegamente en el mercado? ¿Por qué ha de verse el mercado como omnipotente y omnipresente?
El hombre es un ser de relaciones. La economía es necesaria para el recto funcionamiento de cierto tipo de relaciones humanas: las relaciones económicas. Economía literalmente significa ley que rige la casa. La economía, pues, por principio, debe estar al servicio del hombre, ya que las leyes que ordenan la vida de la casa (la familia humana) tienen como objetivo primordial el que todos los miembros de la familia gocen de una justa distribución de todos los bienes. Mediante la economía, se entiende, la familia humana encuentra el mecanismo necesario para la vivir bien, con dignidad y en paz. Pero, ¿Realmente es así? ¿Qué ha sucedido, entonces, con la economía?
Un grave problema se da cuando se cambian los roles: cuando el fin deviene medio y el medio fin. La economía es un medio que tiene como fin el bien del hombre; en cambio, cuando el hombre es reducido a un medio para mantener un sistema económico, algo en esa lógica no está funcionando. Muestra de ese mal funcionamiento de la lógica de lo que debe ser la economía es lo que algunos analistas llaman “la idolatría del mercado” (J.J. Tamayo-Acosta). Se piensa en el mercado en categorías que antes eran netamente religiosas. Hoy se habla de “nuevas tablas de la ley del mercado”, las que pueden resumirse así:
Primer mandamiento: No puedes resistirte a la globalización de los capitales, de los mercados, de las finanzas y de las empresas. Debes adaptarte a ella.
Segundo mandamiento: No puedes resistirte a la innovación tecnológica. Deberás innovar constantemente para reducir gastos y mano de obra y mejorar resultados, aunque con ello aumente el desempleo.
Tercer mandamiento: Deberás liberalizar los mercados, renunciando a la protección de las economías nacionales.
Cuanto mandamiento: Transferirás todo el poder a los Mercados, y el Estado se convertirá en mero notario de la realidad o en simple ejecutor de órdenes.
Quinto mandamiento: Tenderás a eliminar la propiedad pública y los servicios, privatizando todo lo privatizable y dejando el gobierno de la sociedad en manos de las empresas privadas.
Sexto mandamiento: Deberás llegar a ser el más fuerte, si quieres sobrevivir en medio de la brutal competitividad mundial. De lo contrario serás eliminado del mercado (que es como ser expulsado del reino de los cielos).
Podemos ver con claridad que de estos seis mandamientos, tres se sitúan en el terreno de los imperativos fundamentales y otros tres en el plano de los medios. El fin es sin duda el mantenimiento del sistema económico. El ser humano no tiene lugar en este nuevo pacto. El objetivo primordial es el lucro, las ganancias, la producción y el consumo. Es tan invasiva esta mentalidad que hay muchas personas que ni siquiera se imaginan la posibilidad de una vía alternativa. El mercado se ha convertido en una verdadera religión: se cree ciegamente en él, se espera todo de él, se confía todo en él. En definitiva el mercado ha tomado el lugar de Dios, por tanto, es un verdadero ídolo.
Por eso un estudiante de teología debe cuestionar esta realidad. Desde la teología, o sea, desde la profundización razonada de la fe, debemos preguntarnos sobre la validez de este lenguaje y de esta mentalidad. Más aún, como cristianos debemos cuestionarnos sobre el lugar que ocupan los más elementales valores que identifican al cristianismo: el amor solidario, la fraternidad y comunión con el débil, la instauración del reino de Dios y sus esenciales valores: verdad, justicia, paz. La lógica del vivir para producir, producir para consumir, consumir para vivir, se convierte en un círculo vicioso que conduce a la muerte de lo humano. El hombre se convierte en una pieza del mercado. Se deja de ser “humano” para convertirse en “consumidor”.
El proceso deshumanizador del sistema económico mercantilista es impresionante. Reducido a pieza del mercado, el hombre se comporta como un autómata. El ritmo de vida gira en torno a la producción y el consumo. Fuera de esos dos polos nada tiene sentido. El ingenio, la creatividad, los esfuerzos de la inteligencia humana tienen un único fin: producir. Teniendo el producto viene la necesidad de venderlo. La maquinaria propagandística hace crear la necesidad, ficticia pero imperiosa, de comprar. Para comprar se necesita el dinero, para obtener dinero se ofrece la fuerza de trabajo. El trabajo ya no es algo que funge el rol de auto manifestación y auto realización de lo humano, sino sólo el medio para obtener el dinero. Son poquísimas las personas que hacen el trabajo que realmente es parte de su vocación, o sea, que les autorealiza. Puesto que el trabajo mecaniza al hombre, pues se convierte en algo rutinario y desgastante y no realizante, éste necesita una válvula de escape: el entrenamiento (“entertaiment”).
La industria del entretenimiento es la más poderosa en este nuestro tiempo. Para divertirse, entretenerse, el hombre necesita consumir lo que le ofrece el mercado. Para poder acceder los bienes que ofrece el mercado, o sea para poder tener siempre más dinero, no queda otra opción que competir. En esa competencia sobre vive el más fuerte. El débil no cuenta. Pues el éxito está destinado sólo para el más fuerte, que para serlo debe pasar sobre los débiles. Además, lo que cuenta es el ingenio personal y la búsqueda del propio interés. El motor de este sistema es el egoísmo, que es un sentimiento connatural al hombre, junto al altruismo y la solidaridad. Pero lo privado y lo individual han sido elevados a axiomas intocables. Todo está orientado a la consecución del máximo lucro personal. El sentimiento solidario es visto como una debilidad, y el bien común un obstáculo.
Por eso debemos cuestionar desde la fe el rumbo que está tomando este sistema económico imperante. El lucro, la competitividad, el egoísmo son los pilares de este sistema. El bien común, la solidaridad y la fraternidad, que son valores esenciales del cristianismo, son eliminados sutilmente de la sociedad. Por tanto, si el bien común no cuenta, debemos defenderlo y aplicarlo; si la solidaridad ni siquiera se piensa, debemos luchar por globalizarla; si la comunión fraterna se ha perdido, debemos rescatarla. Cuando el mercado se convierte en ídolo, los cristianos como nuevo pueblo profético, a ejemplo de los profetas del Antiguo Testamento, debemos condenar tal idolatría. Si el mercado, la economía en sí, vuelve al servicio del hombre, que es su originaria finalidad, ¡Que viva el mercado! Pero con el diseño que actualmente tiene, podemos decir parafraseando las palabras de Jesús: “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que el mercado verdaderamente se ponga al servicio del ser humano”. Recordemos también: el hombre no ha sido hecho para el mercado, sino el mercado para el hombre.
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