Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

martes, 28 de abril de 2009

“GRAN MISTERIO ES ESTE” (Ef 5,32)



Pbro. Ramón O. Lara

En el lenguaje cotidiano el término misterio hace referencia a lo enigmático, desconocido o imposible de comprender. ¡Cuántas veces oímos decir “esto es un misterio”, cuando estamos ante algo de lo cual no se encuentran palabras para explicar! En cierta medida este tipo de lenguaje tiene fundamento, ya que la palabra misterio proviene del griego “mystêrion”, que tiene como principal acepción “lo impronunciable”, “lo no narrable”. Los griegos desarrollaron, por tanto, los llamados “cultos mistéricos”, o sea, el culto a las fuerzas ocultas de las cuales el hombre no tiene explicación. Sin embargo, los escritos neotestamentarios utilizan muchísimas veces el término “misterio”, sólo que para tales escritos este término tiene el claro sentido de “plan de salvación que estaba oculto pero que ahora el Padre ha revelado en su Hijo mediante el Espíritu” (1Cor 2,7-10; Ef 3,5; Col 1,26). Entonces, según la Biblia, en el término misterio se conjugan lo oculto y lo revelado, lo que es desconocido pero que es conocible. Y este pasaje de lo oculto a lo conocido se refiere a una realidad concreta y específica: la salvación. El lenguaje mistérico, pues, según la Biblia, tiene que ver con la salvación: el plan salvador de Dios anteriormente oculto pero ahora revelado en Cristo.

Cristo es la máxima revelación de Dios. Más aún, es la misma presencia de Dios entre nosotros (el Emmanuel), ya que en él Dios ha puesto su morada entre nosotros (Jn 1,14). Pero Dios se revela para salvar, pues el hombre encuentra su salvación sólo viendo a Dios. Estar salvados es estar comtemplando el rostro de Dios, es experimentar la visión beatífica. Puesto que a Dios nadie lo puede ver, Él mismo diseñó un plan para poder manifestarse plenamente e indicar al hombre el camino de salvación, o sea, el modo para llegar a contemplarlo. Por eso Jesucristo llegó a afirmar que él era la luz y el camino, la verdad y la vida: quien me ve a mí ha visto al Padre le respondió a uno de sus discípulos. Así pues, todo lo que dijo y lo que hizo Jesús tiene un carácter salvífico. Él decía y actuaba la salvación. Por eso es que los textos neotestamentarios hablan de la salvación revelada en Cristo. En Cristo lo oculto de Dios se revela. Lo que es inaferrable en Dios ahora en Cristo nos es accesible. Dios deja de ser misterio oculto y pasa a ser misterio revelado. Podemos ver, pues, con mucha claridad, que el contenido del término misterio, según la Biblia, cambia sustancialmente respecto al significado griego. Ya no se refiere sólo a lo oculto, sino también a lo revelado y revelable; no se refiere solo a lo desconocido, sino que habla de lo infinitamente conocible. Ciertamente que en Dios queda siempre algo oculto, pues la mente humana es incapaz de abarcar toda la verdad de Dios. Por eso se dice que Dios queda siempre en el misterio, pero no porque no se pueda conocer, sino porque Él es “infinitamente conocible”.

Cuando los primeros discípulos de Jesús quisieron recordar el momento más importante de comunión con su Señor, o sea, el memorial de la Cena del Señor, comenzaron a estructurar la celebración de lo que luego se dio a llamar “misterios cristianos”. Esa comida santa que les recordaba y actualizaba la salvación que el Señor había revelado les introducía en el dinamismo mistérico. Hacer la fracción del pan, posteriormente llamada “eucaristía”, era confirmar su participación en el misterio de Cristo. El discípulo se volvía un solo cuerpo con el Señor. Ahora bien, para entrar a formar parte de esa selecta comunidad de elegidos (ekklesia=Iglesia) era necesario pasar por un rito de introducción a la participación al misterio de Cristo; o sea, el rito de la inmersión (baptisein) en Cristo (Gal 3,27; Rm 6,3). Los dos supremos signos sagrados de los primeros cristianos, fueron, pues, el bautismo y la fracción del pan. Eran los llamados “misterios cristianos”. Sin embargo, con el paso de los años el término griego “misterio”, con su connotación bíblica, pasó al latín sacramentum. Por eso a los ritos sagrados del bautismo y la fracción del pan se les llamó sacramentos, o sea, signos sagrados que les posibilitaban entrar a la gran obra de salvación realizada por Cristo. Esos ritos eran las formas sensibles por medio de los cuales los seguidores de Jesucristo participaban de la salvación de Dios. Siempre con el pasar de los años, estas primeras comunidades fueron ampliando el número de los ritos y signos que según ellos les permitían participar de la salvación divina. Los sacramentos se multiplicaron, ya no sólo se hablaba de la fracción del pan y del bautismo, sino de decenas y decenas de más sacramentos.

Los sacramentos, por tanto, nacieron como una necesidad de celebrar la salvación de Dios actuada en Cristo. Y nacen de la vida de la comunidad: son de la Iglesia y para la Iglesia. Son de la Iglesia porque tienen su fundamento, su origen, en la Iglesia. Tienen a la Iglesia como su fuente. Son para la Iglesia porque están orientados a confirmar y garantizar la participación como miembros activos de la misma. Por eso se dice que los sacramentos constituyen la Iglesia. Podemos decir, además, que la Iglesia tiene una profundísima identidad sacramental: ella es el fundamental sacramento de la salvación. Hemos afirmado que no hay salvación sin la Iglesia, puesto que no hay salvación sin Cristo, pues ella es, como afirmó Mons. Romero en su segunda carta pastoral, “el cuerpo de Cristo en la historia”. Toda la sacramentalidad que celebramos en los ritos sagrados, no lo olvidemos, brota de la Iglesia. Pero, si la Iglesia es el sacramento fuente, es decir, de ella nacen y a ella conducen los ritos sacramentales que nosotros conocemos, se debe a que ella está indefectiblemente unida a Cristo. La Iglesia no es sacramento de salvación por sí misma, sino en virtud de su unión a Cristo, en absoluta dependencia de él. La lógica de este razonamiento sigue los siguientes pasos: Dios quiere salvar, para salvar se debe revelar, se revela mediante la encarnación en Cristo, Cristo se prolonga en la historia mediante la Iglesia, la Iglesia comunica la gracia salvadora de Cristo mediante los signos sacramentales. Por tanto, para acceder a la salvación de Cristo, es absolutamente necesario vivir los “misterios/sacramentos” que la Iglesia celebra, con los cuales actualiza la salvación obrada por el Señor.

Para responder a la pregunta ¿Cómo dar frutos de vida nueva al lado de la cizaña? ¿Cómo mantener la identidad cristiana en medio de las pruebas que el misterio del mal nos presenta a diario? ¿Cómo vivir fielmente al llamado de santidad que todos hemos recibido de Dios? La respuesta sigue los pasos del razonamiento del párrafo anterior: el hombre es santificado y crece en la santidad sólo “de cara a Dios”, frente a Dios, y entrando en absoluta comunión con Él. Para ello necesita encontrarse con la presencia viva y actual, su Verbo encarnado, pontífice del misterio divino, o sea, que une al ser humano con Dios. Pero en el aquí y ahora de la historia se entra en comunión con Dios mediante el “Cristo en la historia”, es decir, la Iglesia. La Iglesia ofrece a todos los hombres y mujeres la posibilidad de unirse a Cristo mediante ciertos signos sensibles concretos que comunican la salvación divina, los llamados sacramentos. Repitámoslo: no hay salvación sin Cristo, no hay Cristo (para nosotros aquí y ahora) sin la Iglesia, no hay Iglesia sin los sacramentos. Con razón los santos a lo largo de la historia han sabido vivir una vida sacramental con suprema intensidad. Los sacramentos configuran la vida Cristiana, la modelan, la sostienen y la alimentan. Es imposible vivir la vida cristiana sin la Iglesia. Y para ser parte de la Iglesia, “vivir en Iglesia”, son indispensables los sacramentos. ¿Por qué los sacramentos que tiene la Iglesia, los que nosotros conocemos, no parecen comunicar toda la riqueza salvífica que deberían comunicar? ¿Por qué celebramos los sacramentos y nada pasa o cambia en nosotros? Ahh, también…Si antes eran cientos de sacramentos ¿Por qué ahora son sólo siete?

Bueno, eso parece ser terreno de la historia de la Iglesia…y mucho más.



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