
El Salmo 51 describe con mucha elocuencia la condición triste del hombre venido a este mundo: es pecador desde el seno materno. O más bien, tiene en su más íntima constitución personal una fuerte inclinación de querer existir al margen o a espalda de quien le da la existencia; de querer vivir distanciado de la fuente de la vida; de querer ser feliz y rebozar de plenitud bloqueando el canal que le abastecería la verdadera dicha y la plenitud sin límites. Eso es a lo que se llama pecado. El pecado es, pues, estar de espaldas a Dios. Con razón el término griego “hamartía” (pecado) tiene el originario significado de “equivocación”, “error”. Es que estar en pecado es estar viendo hacia la dirección equivocada. Pero esa condición pecadora la trae el hombre desde el seno materno, según el salmista. Sin embargo, el hombre sólo es hombre, plenamente hombre (humanidad perfecta: existencia, vida y felicidad en plenitud), sólo frente a Dios (Coram Deum), de cara a Dios.
Cuando el hombre no se orienta totalmente hacia Dios, cuando no se pone de cara frente a Dios, inevitablemente se orienta hacia lo más cercano que a su alrededor ve como Dios: se orienta hacia sí mismo. Al replegarse sobre sí mismo, al auto contemplarse, el hombre hace de sí mismo un dios, y por lo mismo se convierte en pecador. El pecado es, pues, repitámoslo una vez más, estar de espaldas a Dios para erigirse a sí mismo como dios. La tragedia es fácil de avizorar: la existencia en plenitud y vida en abundancia y sin límites siempre escaparán de las manos. Posiblemente el hombre encontrará atisbos engañosos y fugaces de felicidad y plenitud, pero jamás lograrán saciar sus ansias de infinita felicidad. El pecado es ante todo una tragedia. Pecar es simplemente buscar la vida, la felicidad y la plenitud del existir por el camino equivocado, en la dirección incorrecta. Ya que cuanto más peca, el hombre más se pierde, más sufre, más se hunde en la desdicha; y no sólo eso, pues al pecar inevitablemente hace sufrir también a los que están más próximos a sí: el pecado tiene siempre una dimensión social.
Con razón el predicador de Galilea dirigió desde los inicios de su ministerio este apremiante llamado: “Conviértanse” (Mc 1,15). O sea, cambien de rumbo, re-direccionen la ruta, dejen de buscarse a sí mismo y dirijan la mirada hacia Dios, porque el que se busca a sí mismo se pierde (Mc 8,34-36). Es que el hombre tiene sed de Dios y nunca estará satisfecho si no es frente a Dios, con Dios y por Dios: “nos hiciste para ti, oh Señor, y nuestro corazón permanecerá inquieto hasta no descansar en ti”, sentenció san Agustín. Si es esta la condición del hombre, queda siempre una duda: si el hombre necesita de Dios para encontrar su verdadera existencia ¿Por qué tiende desde el seno materno, como lo dice el salmista, a querer tener plenitud como Dios sin Dios? ¿Por qué el hombre peca?
La respuesta a esta inquietud la da la antropología teológica que mana de la misma Escritura: el hombre es imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26). Esto significa que el hombre tiene en su misma constitución humana el peso de la libertad. Esa cualidad que puede ser lo más sublime y noble así como la maldición más trágica del ser humano, que le viene dada justamente por su condición de Imago Dei. El hombre es libre por gracia y por desgracia. Pero es libre porque sin esa libertad no se puede experimentar el amor verdadero. Si Dios creó al hombre con esa libertad fue para que el mismo hombre libremente respondiera al amor con el cual Dios lo ha amado primero (1Jn 4,10). El hombre, pues, tiene la posibilidad de estar frente a Dios (en la gracia divina) o a espaldas a él (en pecado). Todo depende del uso de la libertad. Aquí entra una nueva pregunta ¿Por qué el hombre no hace siempre buen uso de la libertad?
El salmista afirma que desde el seno materno, o sea, desde los primero instantes de nuestra existencia terrena, existe la posibilidad y el riesgo de usar mal la libertad. La condición de pecadores, de buscarnos a nosotros mismos equivocando el rumbo de nuestra existencia, es algo que pone a prueba la libertad a lo largo de toda la vida histórica ya desde el inicio. ¿Por qué? Porque si bien es cierto el hombre es libre, le falta el conocimiento claro y seguro para no equivocar la dirección hacia donde debe canalizar sus actos libres. Conocer o no conocer ¡Esa es la gran cuestión! El engaño de la serpiente gira en torno al conocimiento: “ustedes conocerán como Dios” (Gn 3,5). El afán de conocer acompaña al hombre desde siempre. Pero el conocimiento del hombre siempre será limitado, confuso y desorientado. El hombre puede adquirir cierta ciencia, acumular conocimiento, pero desconocer el rumbo justo y adecuado hacia dónde encausar sus adelantos científicos. Hoy más que nunca somos testigos de cómo el hombre está "jugando" con la ciencia que ha desarrollado. El conocimiento adquirido y acumulado le permite dominar con mayor eficacia la creación. Pero eso no quiere decir que el hombre haya llegado a la madurez de su ciencia. Más bien se está comportando como un niño que juega con lo que ha descubierto. Necesita, y urgentemente, de la ciencia y del conocimiento divino.
Pero la ciencia verdadera, el conocimiento que el hombre necesita, no lo encuentra por sí mismo, ese lo tiene que recibir como un regalo: es un don del Espíritu Santo (recordemos que uno de los dones del Espíritu es el de la ciencia). Pero el Espíritu Santo es al mismo tiempo un don: el Don de dones, que el Padre envía por medio del Hijo. Por eso el hombre para adquirir la verdadera ciencia, para alcanzar el conocimiento que orientará rectamente el uso de su propia libertad necesita de Cristo: fundirse con Cristo y vivir de su Espíritu. “El Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo” (Jn 14,26). Sólo así el hombre hace de su libertad una gracia y no una desgracia. Con razón san Pablo afirmó que “allí donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2Cor 3,17). Allí está la libertad iluminada, la libertad que sabe elegir la dirección correcta, la libertad que empuja al hombre a responder al amor gratuito de Dios y a ponerse ante su presencia para contemplar su rostro (Sal 11,7).
Sin embargo, con todo lo dicho hasta aquí, resuena una vez más la pregunta ¿Por qué después de Cristo todavía existe la posibilidad de pecar? Si Cristo nos ha traído el perfecto conocimiento que necesitábamos para usar bien nuestra libertad, es decir, nos ha dado su Espíritu, ¿Por qué todavía pecamos? ¿Por qué el cristianismo que vivimos no refleja toda esa perfección que debería manifestar?
Esta es temática eclesiológica…
Cuando el hombre no se orienta totalmente hacia Dios, cuando no se pone de cara frente a Dios, inevitablemente se orienta hacia lo más cercano que a su alrededor ve como Dios: se orienta hacia sí mismo. Al replegarse sobre sí mismo, al auto contemplarse, el hombre hace de sí mismo un dios, y por lo mismo se convierte en pecador. El pecado es, pues, repitámoslo una vez más, estar de espaldas a Dios para erigirse a sí mismo como dios. La tragedia es fácil de avizorar: la existencia en plenitud y vida en abundancia y sin límites siempre escaparán de las manos. Posiblemente el hombre encontrará atisbos engañosos y fugaces de felicidad y plenitud, pero jamás lograrán saciar sus ansias de infinita felicidad. El pecado es ante todo una tragedia. Pecar es simplemente buscar la vida, la felicidad y la plenitud del existir por el camino equivocado, en la dirección incorrecta. Ya que cuanto más peca, el hombre más se pierde, más sufre, más se hunde en la desdicha; y no sólo eso, pues al pecar inevitablemente hace sufrir también a los que están más próximos a sí: el pecado tiene siempre una dimensión social.
Con razón el predicador de Galilea dirigió desde los inicios de su ministerio este apremiante llamado: “Conviértanse” (Mc 1,15). O sea, cambien de rumbo, re-direccionen la ruta, dejen de buscarse a sí mismo y dirijan la mirada hacia Dios, porque el que se busca a sí mismo se pierde (Mc 8,34-36). Es que el hombre tiene sed de Dios y nunca estará satisfecho si no es frente a Dios, con Dios y por Dios: “nos hiciste para ti, oh Señor, y nuestro corazón permanecerá inquieto hasta no descansar en ti”, sentenció san Agustín. Si es esta la condición del hombre, queda siempre una duda: si el hombre necesita de Dios para encontrar su verdadera existencia ¿Por qué tiende desde el seno materno, como lo dice el salmista, a querer tener plenitud como Dios sin Dios? ¿Por qué el hombre peca?
La respuesta a esta inquietud la da la antropología teológica que mana de la misma Escritura: el hombre es imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26). Esto significa que el hombre tiene en su misma constitución humana el peso de la libertad. Esa cualidad que puede ser lo más sublime y noble así como la maldición más trágica del ser humano, que le viene dada justamente por su condición de Imago Dei. El hombre es libre por gracia y por desgracia. Pero es libre porque sin esa libertad no se puede experimentar el amor verdadero. Si Dios creó al hombre con esa libertad fue para que el mismo hombre libremente respondiera al amor con el cual Dios lo ha amado primero (1Jn 4,10). El hombre, pues, tiene la posibilidad de estar frente a Dios (en la gracia divina) o a espaldas a él (en pecado). Todo depende del uso de la libertad. Aquí entra una nueva pregunta ¿Por qué el hombre no hace siempre buen uso de la libertad?
El salmista afirma que desde el seno materno, o sea, desde los primero instantes de nuestra existencia terrena, existe la posibilidad y el riesgo de usar mal la libertad. La condición de pecadores, de buscarnos a nosotros mismos equivocando el rumbo de nuestra existencia, es algo que pone a prueba la libertad a lo largo de toda la vida histórica ya desde el inicio. ¿Por qué? Porque si bien es cierto el hombre es libre, le falta el conocimiento claro y seguro para no equivocar la dirección hacia donde debe canalizar sus actos libres. Conocer o no conocer ¡Esa es la gran cuestión! El engaño de la serpiente gira en torno al conocimiento: “ustedes conocerán como Dios” (Gn 3,5). El afán de conocer acompaña al hombre desde siempre. Pero el conocimiento del hombre siempre será limitado, confuso y desorientado. El hombre puede adquirir cierta ciencia, acumular conocimiento, pero desconocer el rumbo justo y adecuado hacia dónde encausar sus adelantos científicos. Hoy más que nunca somos testigos de cómo el hombre está "jugando" con la ciencia que ha desarrollado. El conocimiento adquirido y acumulado le permite dominar con mayor eficacia la creación. Pero eso no quiere decir que el hombre haya llegado a la madurez de su ciencia. Más bien se está comportando como un niño que juega con lo que ha descubierto. Necesita, y urgentemente, de la ciencia y del conocimiento divino.
Pero la ciencia verdadera, el conocimiento que el hombre necesita, no lo encuentra por sí mismo, ese lo tiene que recibir como un regalo: es un don del Espíritu Santo (recordemos que uno de los dones del Espíritu es el de la ciencia). Pero el Espíritu Santo es al mismo tiempo un don: el Don de dones, que el Padre envía por medio del Hijo. Por eso el hombre para adquirir la verdadera ciencia, para alcanzar el conocimiento que orientará rectamente el uso de su propia libertad necesita de Cristo: fundirse con Cristo y vivir de su Espíritu. “El Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo” (Jn 14,26). Sólo así el hombre hace de su libertad una gracia y no una desgracia. Con razón san Pablo afirmó que “allí donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2Cor 3,17). Allí está la libertad iluminada, la libertad que sabe elegir la dirección correcta, la libertad que empuja al hombre a responder al amor gratuito de Dios y a ponerse ante su presencia para contemplar su rostro (Sal 11,7).
Sin embargo, con todo lo dicho hasta aquí, resuena una vez más la pregunta ¿Por qué después de Cristo todavía existe la posibilidad de pecar? Si Cristo nos ha traído el perfecto conocimiento que necesitábamos para usar bien nuestra libertad, es decir, nos ha dado su Espíritu, ¿Por qué todavía pecamos? ¿Por qué el cristianismo que vivimos no refleja toda esa perfección que debería manifestar?
Esta es temática eclesiológica…
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