
Por
Pbro. Ramón O. Lara Palma
La violencia produce miedo pero el miedo está al origen de la violencia. La persona violenta es ante todo una persona miedosa. El miedo a perder lo que se tiene, el miedo a ser rechazado o ignorado, el miedo a la soledad y a la marginación, son, entre otras cosas, algunas de las causas psicológicas de la violencia.
Pbro. Ramón O. Lara Palma
La violencia produce miedo pero el miedo está al origen de la violencia. La persona violenta es ante todo una persona miedosa. El miedo a perder lo que se tiene, el miedo a ser rechazado o ignorado, el miedo a la soledad y a la marginación, son, entre otras cosas, algunas de las causas psicológicas de la violencia.
Pero, ¿Por qué una persona es miedosa? Una de las principales causas está en la falta de amor. Cuando una persona crece sin la experiencia de ser amado, de sentirse amado, es una persona sumamente miedosa. Muchas veces ese miedo es encubierto por las actitudes prepotentes y violentas. Por eso podemos afirmar sin ambages que el origen de la violencia está en la falta de amor.
Hay distintos tipos de violencia y entre ellas está la violencia física. La violencia física ocasiona también un tipo de miedo. Y este es el miedo social. Este tipo de miedo se instala en el tejido social cuando hay pasividad y cuando crece la desconfianza recíproca. Desconfío de todo y de todos y lo que hago es esconderme. A eso se le llama el complejo de la tortuga: ante el peligro nos encerramos en nuestro propio caparazón.
Esa pasividad no arregla la grave situación de nuestra violencia social. Por eso la situación social continúa y se acrecienta. Tiene un motivo: la pasividad de la sociedad, o sea, nuestra pasividad. No esperemos que sean los otros los que arreglen las cosas que nosotros debemos arreglar. Sí, las instituciones de gobiernos y todos actores sociales deben cerrar filas contra la violencia. Pero cada ciudadano debe poner lo mejor de su parte para solucionar esa grave situación de violencia en que vivimos.
¿Cómo? Viviendo la fe.
El cristiano, hombre de fe, no se paraliza ante la violencia, por tanto no tiene miedo: actúa. ¿Qué está haciendo la Iglesia salvadoreña -entiéndase todos los bautizados- ante la alarmante situación de violencia actual? La pasividad y la desconfianza es sinónimo de “poca fe”. Por eso, el cristiano debe poner en práctica su fe. Debe resplandecer por la vivencia de las virtudes que caracterizan el ser cristiano: fe-esperanza-caridad.
Esa situación grave en que estamos viviendo debe llevarnos a hacer un serio examen de conciencia. Los ministros debemos preguntarnos ¿Cuánto he hecho para combatir ese flagelo? ¿He dado testimonio de experiencia profunda de mi fe, de mi empeño evangelizador, de mi misión de pastor? Cada responsable, coordinador, miembro de grupo, comunidad, ministerio, todos, deberán responder a la pregunta ¿Qué he hecho para detener esa vorágine de violencia? ¿Qué estoy haciendo? ¿He vivido realmente mi fe, la he puesto en práctica, o me he conformado con solo practicar algunos ritos, con solo hacer reuniones tras reuniones?
¿Por qué tienen tanto miedo?, nos pregunta Jesús. Y luego el mismo nos responde: “hombres de poca fe”. Si verdaderamente fuéramos creyentes, si verdaderos cristianos, ¿Estaríamos sumido en este torbellino de violencia? No lo sé. Dígame usted, amable lector.
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