
Por
Pbro. Ramón O. Lara Palma
En la primera parte hemos visto el tiempo desde las perspectivas física y psicológica. Ambos modos de entender el tiempo ofrecen interesantes aproximaciones pero no zanjan todas nuestras inquietudes. Cierto que nuestros sentidos nos proporcionan la información sobre el movimiento a nuestro alrededor, y para que haya movimiento es necesario un espacio y un cuerpo que se mueva. Entonces el tiempo existe sólo para los seres materiales que ocupan un lugar en el espacio. Pero vimos que los avances en los conocimientos científicos proporcionan nuevas comprensiones sobre lo que es la materia y el espacio, por tanto la comprensión física del tiempo resulta difícil de compaginar con esos nuevos conocimientos. Una solución es la comprensión psicológica. Pero comprender el tiempo sólo como un elemento mental tiene muchos vacios que necesitan allanarse. Veamos, pues, otras propuestas.
A esta otra comprensión del tiempo yo la llamo la perspectiva filosófica. Entre las ramas de la filosofía está aquella que estudia el ser en sí (ontología). La reflexión sobre el “ser en si” permite diferenciar la existencia de los seres materiales y los seres inmateriales (o espirituales). Hemos dicho que para el ser material es necesario un espacio/tiempo, cosa que no es necesaria para un ser espiritual, porque no ocupa ningún espacio físico. Sin embargo, entre los seres materiales y los seres espirituales existen algunas graduaciones o niveles, a saber: el ser material-material (como una roca), el ser material-sensible (como los animales), el ser material-sensible-espiritual (como el hombre), el ser espiritual-creado (los ángeles y demonios) y el ser espíritu-puro-increado (Dios). Para los dos primeros tipos de seres (minerales y animales no racionales) la experiencia del tiempo es indiferente. Para los dos últimos (ángeles-demonios y Dios) la experiencia del tiempo es inexistente. Para el hombre, que es un mixto entre los seres materiales y los seres espirituales, el tiempo existe como una real experiencia. Podemos ver que hay mucha parentela con la perspectiva psicológica en cuanto que el tiempo se ve como la experiencia del sujeto, aunque no la reduce a una cuestión mental. Cierto que la perspectiva filosófica se preocupa por analizar el tiempo como experiencia, aunque no se preocupa por dar una definición entitativa.
[El ser del hombre, que es un compuesto de espíritu-materia, al estar dentro de la coordenada material, según la comprensión tomista, obliga a lo espiritual a manifestarse en modo material, pues “el alma (o espíritu) es la forma del cuerpo”. Experimentar el tiempo le viene al hombre de su parte material, pero por ser también espíritu tiene en su interior una permanente tensión de eternidad. Por otra parte, según la perspectiva heideggeriana (de Martín Heidegger), la característica del hombre es que es un ser existente (ex-esse = ser fuera de la esencia), y ese existir es justamente el “estar ahí” (Dasein) en el tiempo. El tiempo es, para el hombre, la condición de posibilidad de existir, o sea, de no quedarse sólo como esencia. En cambio Dios existe sin necesidad del tiempo, por ser espíritu puro, o en lenguaje aristotélico-tomista: por ser acto puro.]
Ahora bien, si sólo el hombre, como ser mixto de materia y espíritu, experimenta el tiempo, lo importante para la perspectiva filosófica no es el tiempo en sí, sino el modo como el hombre lo experimenta. El hombre experimenta el tiempo independientemente de cualquier definición, sea física o psicológica. Y el modo como el hombre lo experimenta le hace pensar el tiempo en dos direcciones: el tiempo como una experiencia circular y el tiempo como una experiencia lineal. El tiempo en modo circular es la característica del pensamiento hinduista (oriental) y griego. El tiempo en modo lineal es la característica del pensamiento judeo-cristiano. El primero lo ve como un eterno retorno (la reencarnación encuentra su fundamento ahí) y el segundo lo ve como algo que tiene principio y por lo mismo final. La comprensión circular del tiempo es a-histórica, o se interesa poco por la historia; en cambio la experiencia lineal permite pensar el tiempo como historia y centrarse en ella. El tiempo, por tanto, puede ser identificado con la historia, aunque no todo el tiempo es historia, o mejor, la historia no abarca todo lo temporal.
Es que la historia es sólo el período en el cual el hombre, como ser material que ocupa un lugar en el espacio/tiempo, actúa e interactúa. Cuando el hombre interactúa es que se realizan los acontecimientos históricos. Sin embargo, sucede que el hombre no sólo interactúa con otros similares a él, sino que en el devenir del tiempo-historia se introdujo la acción de alguien que aún siendo a-temporal, se puso en diálogo con el mismo hombre que está en lo temporal. Dios, que está fuera del tiempo, pues más bien a Él le pertenece en cuanto que es su creatura (porque al crear la materia anejo venía el tiempo), quiso interactuar con el mismo hombre para hacer una historia común. Viene aquí la otra perspectiva de cómo ver el tiempo: la perspectiva teológica.
Antes de decir una palabra sobre el tiempo en perspectiva teológica, digamos una sobre la eternidad. Comencemos diciendo lo que ya hemos afirmado, o sea, que por ser Dios un espíritu puro el tiempo no existe para Él. Lo que corresponde a Dios es la eternidad. Pero este concepto a veces es poco comprendido y muchas veces es reducido a un tiempo que no tiene fin. Esto es absurdo y equivocado. Es imposible pensar la eternidad en términos temporales (¿Cuántos millones de trillones de millones de años es la eternidad?). Con razón cuando la catequista afirmó que la “gloria eterna” era estar con Dios millones y millones de años, un niño del catecismo dijo: “¡Eso será muy aburrido!”. Obviamente que la noción de “lo eterno” es una abstracción no fácil de asimilar, pero lo más cercano que podemos decir sobre la eternidad de Dios es que es el amor infinito que no cambia nunca, o sea, el acto puro, la perfección pura del existir amando, que solo corresponde a Dios. Nada es eterno excepto Dios. Si algo llega a ser eterno es en cuanto que se une a esa perfección del “acto puro” de Dios. La eternidad no es tiempo sino seno/intimidad del amor divino. Por eso cuando se dice que el hombre, junto con toda la creación, entrará en la eternidad, significa que será la experiencia cuando “Dios sea todo en todo” (1Cor 15,28).
Volvamos a nuestra perspectiva teológica. Esta perspectiva analiza el tiempo con relación a la acción que Dios mismo realiza en el tiempo-historia del hombre. Dios actúa y hace historia con el hombre para orientarlo hacia su destino definitivo: estar en y con Dios. Por eso a la historia que Dios hace con el hombre se llama historia de salvación. Sin embargo, cuando Dios quiso actuar en la historia no lo hizo sólo desde fuera, como un observador. Sino que él también se hizo historia, y lo hace encarnándose. En tal sentido, si hay un misterio de los misterios es el de la encarnación: ¿Cómo es posible que la eternidad entre en la temporalidad? La fe cristiana sostiene esa verdad y es motivo de continua profundización. La cristología es el campo de la teología que estudia ese misterio: el misterio del Dios encarnado, del eterno en el tiempo. No es el momento de entrar en esta temática, porque no es la intención de este artículo. Lo único que podemos decir es que el tiempo después de la irrupción del “eterno” ya no es el mismo. El tiempo ya no es sólo “cronos” (según la medición griega de la experiencia de la sucesión de momentos) sino que es “kairós” (tiempo oportuno de salvación).
Podemos decir que cristianamente no existe una “cronología” sino una “kairología”. Ese nuevo tiempo inició en un determinado momento de la historia (que según san Pablo puede ser llamado “plenitud de los tiempos” Gal 4,4) pero que porta la historia hacia su consumación plena en Dios. Por eso es comprensible la frase que Marcos pone en boca de Jesús: “el tiempo está cumplido”, es decir, el tiempo ya entró en la dimensión de lo eterno, su plenitud está en camino. A nosotros solo nos queda vivir el tiempo como una experiencia de salvación bajo el signo de la esperanza. Por eso el tiempo para los cristianos es siempre “tiempo de la esperanza”, no hay lugar para la desesperación, pues el tiempo es de Dios, de Cristo, Él es el Señor de la historia, todo cuanto existe viene de Él y tiende hacia Él (Ef 1,10), porque nada fue hecho sin Él (Jn 1,3).
La perspectiva teológica del tiempo nos pone frente a la experiencia de la esperanza. Pero la esperanza cristiana no es ciega ni atenida. No es ciega porque sabe hacia dónde va: hacia la comunión plena en Dios, hacia la plenitud de comunión en el amor de Dios. No es atenida, porque no es una esperanza que apunta sólo a un tiempo más allá de este tiempo, descuidando el presente, ya que como hemos señalado, la eternidad está presente ya en la historia. Por eso es una esperanza operativa, porque labora tesoneramente por hacer de la historia presente una verdadera experiencia de eternidad, y apresurar así la consumación definitiva del amoroso diseño salvífico de Dios. Eternidad, repetimos, que es la intimidad del infinito amor de Dios, que es plenitud en el amor divino, y que por tanto es anticipada y saboreada aún estando en el tiempo.
¿Qué es el tiempo? El tiempo es magnitud física, es noción mental, es experiencia existencial, es historia de salvación. El tiempo es de Dios, Él lo creó y Él lo consumará. Además, para los que creemos en Cristo, el tiempo está cumplido, porque lo eterno llegó a lo temporal, siendo que lo temporal no tiene otro destino sino entrar en la eternidad (intimidad) del infinito amor de Dios. Quizás las preguntas que debemos hacernos personalmente son, más bien: ¿Qué tipo de tiempo vivo? ¿Tiene sentido mi tiempo? ¿Cómo vivo mi tiempo? ¿En qué lo ocupo? Esas respuestas se las debe dar usted mismo querido lector.
Hasta la próxima.
A esta otra comprensión del tiempo yo la llamo la perspectiva filosófica. Entre las ramas de la filosofía está aquella que estudia el ser en sí (ontología). La reflexión sobre el “ser en si” permite diferenciar la existencia de los seres materiales y los seres inmateriales (o espirituales). Hemos dicho que para el ser material es necesario un espacio/tiempo, cosa que no es necesaria para un ser espiritual, porque no ocupa ningún espacio físico. Sin embargo, entre los seres materiales y los seres espirituales existen algunas graduaciones o niveles, a saber: el ser material-material (como una roca), el ser material-sensible (como los animales), el ser material-sensible-espiritual (como el hombre), el ser espiritual-creado (los ángeles y demonios) y el ser espíritu-puro-increado (Dios). Para los dos primeros tipos de seres (minerales y animales no racionales) la experiencia del tiempo es indiferente. Para los dos últimos (ángeles-demonios y Dios) la experiencia del tiempo es inexistente. Para el hombre, que es un mixto entre los seres materiales y los seres espirituales, el tiempo existe como una real experiencia. Podemos ver que hay mucha parentela con la perspectiva psicológica en cuanto que el tiempo se ve como la experiencia del sujeto, aunque no la reduce a una cuestión mental. Cierto que la perspectiva filosófica se preocupa por analizar el tiempo como experiencia, aunque no se preocupa por dar una definición entitativa.
[El ser del hombre, que es un compuesto de espíritu-materia, al estar dentro de la coordenada material, según la comprensión tomista, obliga a lo espiritual a manifestarse en modo material, pues “el alma (o espíritu) es la forma del cuerpo”. Experimentar el tiempo le viene al hombre de su parte material, pero por ser también espíritu tiene en su interior una permanente tensión de eternidad. Por otra parte, según la perspectiva heideggeriana (de Martín Heidegger), la característica del hombre es que es un ser existente (ex-esse = ser fuera de la esencia), y ese existir es justamente el “estar ahí” (Dasein) en el tiempo. El tiempo es, para el hombre, la condición de posibilidad de existir, o sea, de no quedarse sólo como esencia. En cambio Dios existe sin necesidad del tiempo, por ser espíritu puro, o en lenguaje aristotélico-tomista: por ser acto puro.]
Ahora bien, si sólo el hombre, como ser mixto de materia y espíritu, experimenta el tiempo, lo importante para la perspectiva filosófica no es el tiempo en sí, sino el modo como el hombre lo experimenta. El hombre experimenta el tiempo independientemente de cualquier definición, sea física o psicológica. Y el modo como el hombre lo experimenta le hace pensar el tiempo en dos direcciones: el tiempo como una experiencia circular y el tiempo como una experiencia lineal. El tiempo en modo circular es la característica del pensamiento hinduista (oriental) y griego. El tiempo en modo lineal es la característica del pensamiento judeo-cristiano. El primero lo ve como un eterno retorno (la reencarnación encuentra su fundamento ahí) y el segundo lo ve como algo que tiene principio y por lo mismo final. La comprensión circular del tiempo es a-histórica, o se interesa poco por la historia; en cambio la experiencia lineal permite pensar el tiempo como historia y centrarse en ella. El tiempo, por tanto, puede ser identificado con la historia, aunque no todo el tiempo es historia, o mejor, la historia no abarca todo lo temporal.
Es que la historia es sólo el período en el cual el hombre, como ser material que ocupa un lugar en el espacio/tiempo, actúa e interactúa. Cuando el hombre interactúa es que se realizan los acontecimientos históricos. Sin embargo, sucede que el hombre no sólo interactúa con otros similares a él, sino que en el devenir del tiempo-historia se introdujo la acción de alguien que aún siendo a-temporal, se puso en diálogo con el mismo hombre que está en lo temporal. Dios, que está fuera del tiempo, pues más bien a Él le pertenece en cuanto que es su creatura (porque al crear la materia anejo venía el tiempo), quiso interactuar con el mismo hombre para hacer una historia común. Viene aquí la otra perspectiva de cómo ver el tiempo: la perspectiva teológica.
Antes de decir una palabra sobre el tiempo en perspectiva teológica, digamos una sobre la eternidad. Comencemos diciendo lo que ya hemos afirmado, o sea, que por ser Dios un espíritu puro el tiempo no existe para Él. Lo que corresponde a Dios es la eternidad. Pero este concepto a veces es poco comprendido y muchas veces es reducido a un tiempo que no tiene fin. Esto es absurdo y equivocado. Es imposible pensar la eternidad en términos temporales (¿Cuántos millones de trillones de millones de años es la eternidad?). Con razón cuando la catequista afirmó que la “gloria eterna” era estar con Dios millones y millones de años, un niño del catecismo dijo: “¡Eso será muy aburrido!”. Obviamente que la noción de “lo eterno” es una abstracción no fácil de asimilar, pero lo más cercano que podemos decir sobre la eternidad de Dios es que es el amor infinito que no cambia nunca, o sea, el acto puro, la perfección pura del existir amando, que solo corresponde a Dios. Nada es eterno excepto Dios. Si algo llega a ser eterno es en cuanto que se une a esa perfección del “acto puro” de Dios. La eternidad no es tiempo sino seno/intimidad del amor divino. Por eso cuando se dice que el hombre, junto con toda la creación, entrará en la eternidad, significa que será la experiencia cuando “Dios sea todo en todo” (1Cor 15,28).
Volvamos a nuestra perspectiva teológica. Esta perspectiva analiza el tiempo con relación a la acción que Dios mismo realiza en el tiempo-historia del hombre. Dios actúa y hace historia con el hombre para orientarlo hacia su destino definitivo: estar en y con Dios. Por eso a la historia que Dios hace con el hombre se llama historia de salvación. Sin embargo, cuando Dios quiso actuar en la historia no lo hizo sólo desde fuera, como un observador. Sino que él también se hizo historia, y lo hace encarnándose. En tal sentido, si hay un misterio de los misterios es el de la encarnación: ¿Cómo es posible que la eternidad entre en la temporalidad? La fe cristiana sostiene esa verdad y es motivo de continua profundización. La cristología es el campo de la teología que estudia ese misterio: el misterio del Dios encarnado, del eterno en el tiempo. No es el momento de entrar en esta temática, porque no es la intención de este artículo. Lo único que podemos decir es que el tiempo después de la irrupción del “eterno” ya no es el mismo. El tiempo ya no es sólo “cronos” (según la medición griega de la experiencia de la sucesión de momentos) sino que es “kairós” (tiempo oportuno de salvación).
Podemos decir que cristianamente no existe una “cronología” sino una “kairología”. Ese nuevo tiempo inició en un determinado momento de la historia (que según san Pablo puede ser llamado “plenitud de los tiempos” Gal 4,4) pero que porta la historia hacia su consumación plena en Dios. Por eso es comprensible la frase que Marcos pone en boca de Jesús: “el tiempo está cumplido”, es decir, el tiempo ya entró en la dimensión de lo eterno, su plenitud está en camino. A nosotros solo nos queda vivir el tiempo como una experiencia de salvación bajo el signo de la esperanza. Por eso el tiempo para los cristianos es siempre “tiempo de la esperanza”, no hay lugar para la desesperación, pues el tiempo es de Dios, de Cristo, Él es el Señor de la historia, todo cuanto existe viene de Él y tiende hacia Él (Ef 1,10), porque nada fue hecho sin Él (Jn 1,3).
La perspectiva teológica del tiempo nos pone frente a la experiencia de la esperanza. Pero la esperanza cristiana no es ciega ni atenida. No es ciega porque sabe hacia dónde va: hacia la comunión plena en Dios, hacia la plenitud de comunión en el amor de Dios. No es atenida, porque no es una esperanza que apunta sólo a un tiempo más allá de este tiempo, descuidando el presente, ya que como hemos señalado, la eternidad está presente ya en la historia. Por eso es una esperanza operativa, porque labora tesoneramente por hacer de la historia presente una verdadera experiencia de eternidad, y apresurar así la consumación definitiva del amoroso diseño salvífico de Dios. Eternidad, repetimos, que es la intimidad del infinito amor de Dios, que es plenitud en el amor divino, y que por tanto es anticipada y saboreada aún estando en el tiempo.
¿Qué es el tiempo? El tiempo es magnitud física, es noción mental, es experiencia existencial, es historia de salvación. El tiempo es de Dios, Él lo creó y Él lo consumará. Además, para los que creemos en Cristo, el tiempo está cumplido, porque lo eterno llegó a lo temporal, siendo que lo temporal no tiene otro destino sino entrar en la eternidad (intimidad) del infinito amor de Dios. Quizás las preguntas que debemos hacernos personalmente son, más bien: ¿Qué tipo de tiempo vivo? ¿Tiene sentido mi tiempo? ¿Cómo vivo mi tiempo? ¿En qué lo ocupo? Esas respuestas se las debe dar usted mismo querido lector.
Hasta la próxima.
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