Pbro. Ramón O. Lara
Permítanme los amables lectores retomar el tema del celibato otra vez. Creo necesario dar alguna palabra más sobre esta temática pues resulta indispensable conocerla para poder valorarla. El celibato es un valor confiado y no es posible vivirlo si no se le aprecia como tal. El peligro de vivir el celibato como una castración, por tanto, es fuerte. Muy acertadamente el documento magisterial Pastores Dabo Vobis afirma: “Para una adecuada vida espiritual del sacerdote es preciso que el celibato sea considerado y vivido no como un elemento aislado o puramente negativo, sino como un aspecto de una orientación positiva, específica y característica del sacerdote: él, dejando padre y madre, sigue a Jesús, buen Pastor, en una comunión apostólica, al servicio del Pueblo de Dios. Por tanto, el celibato ha de ser acogido con libre y amorosa decisión, que debe ser continuamente renovada, como don inestimable de Dios, como estímulo de la caridad pastoral, como participación singular en la paternidad de Dios y en la fecundidad de la Iglesia, como testimonio ante el mundo del Reino escatológico” (PDV, 29).
Los siguientes párrafos los escribo retomando las ideas que he encontrado en dos grandes sicólogos, especialistas en esta materia: Mihály Szentmartoni con la obra “Psicología de la vocación religiosa y sacerdotal” y el costarricense Gastón de Mezerville con “Madurez sacerdotal y religiosa” (2 tomos). Ambos escritores ofrecen una visión realista y provocadora de lo que es esta opción de vida, poco asumida por los consagrados y poca comprendida por el común de los fieles.
Mitos sobre el celibato.
El mito del celibato imposible va de igual paso con aquel opuesto: el mito del celibato fácil. Dado que hablamos de mito, es necesario denunciar también el mito del “matrimonio remedio”. Esto no es sino una ilusión de muchos: piensan que el matrimonio podría apartar los obstáculos y rellenar todos los vacíos, mientras los verdaderos problemas son más profundos. Tiene que ver más con un sano y equilibrado proceso de madurez psico-afectivo, de una vivencia sólida de las virtudes cristianas (fe-esperanza-caridad), calibrado todo bajo la experiencia de una pobreza asumida gozosamente, de la castidad vivida maduramente y de una obediencia vivida en libertad.
Las investigaciones confirman que el celibato no es de por sí el factor mayor de abandono de la vocación. La crisis comúnmente viene entre los 5 y los 10 años de trabajo luego la ordenación, cuando el sacerdote se da cuenta que en realidad ninguno se interesa personalmente por su trabajo, se vuelve siempre más insatisfecho de sí mismo y de su rol en la Iglesia y de las exigencias de su celibato. El sacerdote se siente infeliz con su vida y pesimista en cuanto al futuro. Este es el momento en el cual viene la explosión emocional, florecen los enamoramientos intensos (y genuinos), tanto como la necesidad de experimentar la paternidad física. Es lo que se ha dado llamar “la crisis del medio día”, que ocupa generalmente el rango entre los 35 y los 45 años de edad. Pero una crisis de similares característica se da igualmente, pero en dirección contraria, en los casados: ¡Cuántos casados quisieran volver a la soltería!
¿Es posible el celibato?
Con un poco de retórica, pero no por eso sin fundamento psicológico, se podría decir que el celibato no existe, existen los célibes, y estos lo son verdaderamente sólo en la profundidad del propio ser. Es imposible vivir el celibato si no se lo piensa feliz, y esto es posible sólo si se conocen y practican las condiciones que lo hacen tal. Hacerse la idea de que el celibato lleva al desequilibrio, consigue realmente este efecto (como fruto de una falsa imaginación); vice-versa, creer en la posibilidad de un celibato equilibrado contribuye a equilibrarlo realmente. Para realizarlo-vivirlo es necesario creer que es posible. Igual en el matrimonio: si no se cree en el matrimonio es imposible vivirlo. Creer significa aquí proteger, cultivar, asumir con totalidad. La crisis de la vida matrimonial en tantas jóvenes parejas se da porque no se asume esa vocación con todas sus implicaciones.
A la pregunta de si la continencia lleva a la neurosis, los sicólogos responden con una distinción: sí, quizá, si se trata de una sufrida supresión de la sexualidad, si se la ve como una castración, cuando no se la valora y acepta libre y serenamente. La clave es la castidad. La continencia sin castidad puede devenir fuente de neurosis, dado que en este caso la sexualidad no puede más ser sublimada y vivida íntegramente. Es la puerta abierta a la remoción y a la desviación. De lo contrario la continencia no porta a la neurosis. Más bien es una fuente inagotable de energía que posibilita la donación total y generosa por los ideales del Reino: Pablo de Tarso y tantísimos otros personajes de la historia lo testimonian. La tradición monástica tibetana y otras grandes escuelas monásticas del lejano oriente corroboran la práctica de esta opción de vida.
Ciertamente la calidad del celibato varía mucho según los sujetos, y no siempre los celibatos más fáciles son los mejores. No todos los celibatos impuestos, institucionales, legados a la vida eclesiástica o religiosa son ciertamente cualitativamente iguales. No se puede atribuir ningún valor a los célibes que dependen de una falta de atracción o repulsión por la mujer; estos son los tipos de celibato negativo. Lo que cuenta en el celibato eclesiástico son las motivaciones más que el hecho mismo del celibato como tal.
La madurez es una conquista, un fruto de voluntad de dar significado a la propia realidad existencial y esto se puede hacer en diversos modos y a través de diversos caminos. El celibato se vive sine qua non en la madurez afectiva. El celibato ofrece otros tantos elementos para una autodefinición significativa tanto como el matrimonio. El celibato puede convertirse en un espacio privilegiado de la madurez mediante su carácter de una elección significativa y a través de la riqueza de las relaciones humanas que ello implica.
La vida en el celibato.
No raramente los medios de comunicación ofrecen una imagen distorsionada de las personas célibes, como si fuesen infantiloides, excéntricos, inmaduros, etc. La culpa parcialmente es también de las personas célibes, que no saben explicar la complejidad de su elección de vida y la riqueza de esa elección. Hay algunos presupuestos fundamentales que pueden ayudar a mejorar la cualidad de la vida en el celibato sacerdotal:
- Luchar contra el prejuicio del celibato desequilibrante, o bien contra aquel que afirma la incapacidad de vivirlo. Asumirlo con serenidad es medio camino recorrido.
- Comprender que no existen célibes equilibrados sin esfuerzo. A este propósito el documento Pastores Davo Vobis es muy clara: “Para vivir todas las exigencias morales, pastorales y espirituales del celibato sacerdotal es necesaria la oración humilde y confiada…Será todavía la oración, unida a los sacramentos de la Iglesia y al empeño ascético, a infundir esperanza en la dificultad, perdón en las faltas, confianza y valor en el reemprender el camino” (PDV, 29).
- Renunciar a una definición negativa del celibato como “estado de una persona no casada” para verlo positivamente como el estado de una persona que ha elegido de permanecer completamente disponible sobre el plan profesional o relacional, rechazando los límites que la vida conyugal y familiar comportan. El célibe verdadero es aquel que lucha contra la devaluación erótica del propio sexo (masturbación, homosexualidad, pornografía).
En definitiva, tanto el celibato como cualquier otra opción de vida, pero principalmente el celibato, resultan imposibles de vivir sin la castidad auténtica. La castidad es una virtud que han de vivir todos los bautizados en cualquier opción de vida (sacerdocio, matrimonio, religioso, soltería). Consiste principalmente en vivir la sexualidad integrada en una personalidad sana que sabe orientar toda la energía genital hacia la madurez del amor según Cristo. Para vivir la castidad, pues, es necesaria una sexualidad integrada. Para vivir la sexualidad integrada es necesario, junto a la gracia de Dios, un largo camino de maduración sexo-genital en el que juegan un papel indispensable: un profundo autoconocimiento, una genuina experiencia de afecto (dar y recibir afecto) y una intensa experiencia de misión realizante. La identidad, la intimidad y la generatividad posibilitan una equilibrada experiencia sexo-genital en cualquier estilo de vida (Gastón de Mézerville).
Para un consagrado que no vive la castidad su celibato será siempre una carga, una experiencia psicológicamente desequilibrante, una experiencia traumatizante. Idem Idem los casados y solteros. Quiere decir, pues, que se ha de estar en pie de lucha, en continua batalla, caminando hacia esa madurez. Caídas las hay, crisis igual. Pero no estamos solos: «Él me dijo: “Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza”» (2Cor 12, 9).
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