“VER AL ENEMIGO A LOS OJOS”
-Conocerlo y Nombrarlo-
-Conocerlo y Nombrarlo-
Pbro. Ramón Obdulio Lara Palma.
I
Al conocer las grandes proezas que realizaron los más famosos generales que ha habido a lo largo de la historia, llama la atención la enorme capacidad estratégica que ellos tenían. Eran estrategas por antonomasia. Estos sagaces guerreros sabían bien que la más elemental norma estratégica en los combates es “conocer al enemigo”. Se dice que la diferencia entre perder o ganar una batalla radica en el conocimiento que se tenga del enemigo: a mayor conocimiento, mayor posibilidad de vencer. Los grandes estrategas de la historia como Alejandro Magno, Julio Cesar, Napoleón Bonaparte, cifraron sus victorias en el profundo conocimiento que tenían de sus contrarios; cuando este conocimiento comenzaba a fallar, las derrotas afloraban en las más simples batallas. Aún Jesús, que no era un estratega militar, da muestras de conocer esa elemental norma estratégica cuando advierte: “¿Qué rey, que sale a enfrentarse contra otro rey, no se sienta antes y delibera si con 10.000 puede salir al paso del que viene contra él con 20.000?” (Lc 14,31). En las nuevas y más sofisticadas guerras que existen en el presente, los mayores esfuerzos y la más grande inversión tienen que ver con la famosa “inteligencia militar”. Pensar, por ejemplo, en el enorme aparato de inteligencia militar que tiene montado en todo el mundo el poderoso país del norte de las Américas.
Un dato interesante y a la vez curioso lo da el combate contra un enemigo muy particular: el demonio. Es bien sabido que ante una posesión diabólica, el principal y más inmediato cometido de un exorcista es identificar el nombre del demonio posesor. Cuando el demonio es acorralado se le obliga a revelar su nombre, y sólo cuando lo revela es que el exorcista puede constreñirlo a abandonar al poseído. Lucas comenta que Jesús, frente al endemoniado de Gerasa, lo primero que le pregunta es: “¿Cuál es tu nombre?” y el demonio, obligado por la palabra de Jesús, enseguida responde: “mi nombre es ‘Legión’”, e inmediatamente Jesús lo expulsa de aquel infortunado hombre (Lc 8,30). Este dato es comprensible, puesto que bíblicamente nombrar a alguien (o algo) es ejercer poder sobre eso que se nombra. Podemos recordar que cuando Dios terminó su obra creadora, le encomendó al hombre la tarea de poner el nombre a todas las creaturas (Gn 2,19-20); es decir, le dio al hombre la autoridad y el poder sobre lo creado. En cambio, cuando Moisés pidió al mismo Dios que le revelara su “Nombre” (Ex 3,13) el Señor le respondió en modo enigmático, pues Dios es el inefable por principio; su trascendencia es tal que nadie lo puede abarcar, y por tanto nadie lo puede nombrar. Los israelitas, conscientes de lo que significaba un nombre, evitaban en todo lo posible pronunciar el nombre de Dios, o al menos para referirse a él lo hacían con sinónimos o por medio de analogías. El nombre es algo muy poderoso y nombrar algo o alguien es apoderarse de lo que es nombrado.
La Iglesia, como cualquiera falange militar, debe prepararse para los más duros combates contra las amenazas del enemigo que la acecha a tiempo y a destiempo. Evidentemente que a ejemplo de los grandes generales de la historia, también la Iglesia debe darse a la tarea de conocer con mayor profundidad a quienes pueden ser ahora sus verdaderos y más letales enemigos. Indudablemente la Iglesia a lo largo de sus dos mil años de existencia ha sabido enfrentar con valentía e inteligencia cada enemigo que le ha salido al paso. Ya en los primero años de su historia tuvo que combatir con los peligrosos errores doctrinales que amenazaban la integridad del depósito de la fe a ella confiada (los Apologetas y los demás Santos Padres son los adalides de este momento); posteriormente tuvo que hacer frente a las graves desviaciones que laceraban profundamente su identidad histórica (el ejercicio del poder temporal), laceración que se manifestaba en las contiendas de las sagradas investiduras (Gregorio VII, entre otros reformadores, es el caudillo en este combate); finalmente, durante los siglos XVII al XIX se tuvo que enfrentar con una gran cantidad de nuevas corrientes de pensamientos que le ofrecían una verdadera beligerancia (iluminismo, modernismo, ateísmo, por mencionar algunos).
De este último combate merece especial atención la aguerrida ofensiva que la Iglesia lidió frente al temido COMUNISMO (Réquiem In Pace), durante el siglo XX. Este sistema económico, político y social, basado y construido en el “materialismo histórico” (Marx-Engels), llamado también “materialismo dialéctico”, constituyó una fuerte y real amenaza para la Iglesia durante el último siglo. Una enorme masa de la población mundial fue inducida por esta ideología, que en palabras del Papa Juan Pablo II era un “falso humanismo”, hacia un peligroso “ateísmo deshumanizante”. Tal ideología tenía la pretensión de configurar no solo las relaciones socio-económicas, sino también la misma conciencia de las personas, de tal modo que todo producto del espíritu humano (cultura, arte, religión, etc) debía estar controlado por el mismo sistema ideológico.
El proceso de instauración de este sistema socio-político-económico-cultural fue a base de una represión que arribó al genocidio (stalisnismo y maoísmo, por ejemplo) y a la eliminación de cualquier vestigio del sentimiento religioso, que es natural en la persona humana, mediante procesos ideologizantes. Fue frente a este sistema y a esta ideología que la Iglesia se enfrentó decididamente durante las últimas décadas del siglo XX. Es obvio que con la elección de un Papa proveniente de una región profundamente golpeada por este sistema y esta ideología (Juan Pablo II), la Iglesia actuaría con mayor contundencia. El desenlace de este combate está bien registrado en los anales de la historia reciente, y tiene su ápice simbólico en la caída del muro que hasta el 9 de diciembre de 1989 separó al mundo en dos grandes bloques (ESTE y OESTE) y que mantenía físicamente dividida la única Alemania: el comunismo cayó con el Muro de Berlín.
Ahora bien, ¿Es el comunismo el verdadero enemigo de la Iglesia? ¿O es que algunos quieren todavía “asustar con el petate del muerto”?
Continúa…
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